
Raúl Román (Madrid, 1972) pertenece a una generación que vivió la televisión deportiva cuando aún era posible grabar lo que el ojo no ve, perseguir historias sin guion y apostar por el documental reposado en un prime time que hoy parece imposible. Formado en las trincheras de «El día después», fue uno de los padres fundadores de «Informe Robinson» junto a Michael Robinson y un puñado de redactores que soñaban con llevar a la pantalla la crónica larga que sólo existía en las revistas dominicales.
Ha perseguido fantasmas como el Trinche Carlovich por las calles de Rosario, ha llamado al timbre de Mágico González en El Salvador y ha entrado en cárceles venezolanas donde el rugby salvaba vidas; siempre con la misma obsesión: que el deporte sea la excusa para contar algo más grande.
Casi veinte años después del primer Informe, con Michael ya ausente y el programa convertido en «Informe Plus», Román mira atrás sin nostalgia impostada. Habla de la libertad, de la confianza ciega que Robinson depositaba en su equipo, de la velocidad lenta que permite mirar por la ventanilla y de cómo, en un mundo de gritos y audiencias inmediatas, aún resiste la idea de que una buena historia merece tres meses de rodaje. Esta es la memoria viva de uno de los últimos románticos de la televisión deportiva española.
Gracias.
¿Por qué?
Fuiste quién me hizo conocer la historia del Trinche Carlovich.
(Risas) Fuimos a Argentina sin saber exactamente lo que íbamos a encontrar y pienso que es una de esas historias de personajes anónimos que le han dado el sello al programa. En los primeros años de programa, Gaby Ruiz, que luego ha estado en el cuerpo técnico de Leedso el Sevilla, tenía una enorme relación con Michael e hizo un par o tres Informes, tampoco demasiados porque no se lo permitía la agenda al estar comentando constantemente partidos y demás.
Uno de los Informes que hizo fue sobre los orígenes de Leo Messi, se fue a Rosario y al volver me comentó que le habían hablado de un tipo con apellido eslavo de la antigua Yugoslavia y que decían allí que era mejor que Maradona. Aquella se me quedó grabado, googleaba y encontraba poquísimas cosas y, de hecho, hablé con algunos periodistas de Buenos Aires y no sabían de qué les estaba hablando. Fue pasando el tiempo y una día le pregunté a Gabi si iba a hincar el diente algún día al tema, pero me respondió que no iba a poder y que si quería lo hiciera yo.
Hubo una vez en la que encontré que pedían una alineación de todos los tiempos a José Pékerman y entre nombres conocidísimos como Di Stéfano se encontraba ahí el Trinche Carlovich como organizador. Tras esto, conseguí hablar con Pékerman, me confirmó que había ido a verlo jugar y que si iba allí, él me hablaría de él. Pude saber a través de Luismi Hinojal que Valdano también lo conocía y que el propio Valdano le había confirmado que Bielsa también iba a verlo jugar, por lo que pensé que ahí había algo.
Y ya cuando Menotti me dijo que estaba dispuesto a hablarme de él e incluso le había convocado una vez para la selección, dimos el paso. En los siguientes días fui haciendo más contactos con la ayuda de un periodista en Rosario, Hernán Ámez, y encontramos gente que había jugado con él.
En primer lugar viajamos a Buenos Aires para hablar con Pékerman y Menotti, que cuando subimos el equipo en el ascensor nos estaba esperando con la puerta de su despacho abierta y los brazos abiertos de par en par y soltó: «¿Dónde están esos españoles pelotudos que han cruzado el océano para contar la historia del Trinche?».
Como curiosidad, cuando estábamos en Rosario grabando, el padre de Messi se enteró de que había un equipo de televisión de España del programa de Robinson y llamó a Michael: «¿Qué estáis grabando en Rosario? ¿Algo de mi hijo». Cuando el propio Michael le respondió que era la historia de un tal Carlovich, el padre de Messi también alucinó: «¡El Trinche es un fenómeno!». Recuerdo hablar con Michael y que me comentara: «Si el padre de Messi dice que era un fenómeno, tiene que serlo».
Pero había que conseguir al Trinche.
Conseguí su número y pude hablar con él, pero me costó mucho convencerlo para que apareciera, pues no le dio ninguna importancia ni le hacía ilusión. Una vez allí, y aunque esto le rebaja un poco la poesía, quería dinero, aunque era una cantidad muy pequeña, como para pagar el asado de su reunión con los antiguos compañeros en Central Córdoba.
Mientras que lo concretábamos, y ya en Rosario, íbamos avanzando con las entrevistas del resto de compañeros y protagonistas, pero él no acababa de aparecer, lo que me generaba alguna duda. «¿Se habrá ido a pescar?». Cuando por fin apareció, lo hizo casi como si fuera un fantasma, y eso lo intentamos trasladar también al reportaje: la historia está contada de tal manera que no se sepa si el Trinche está vivo o no hasta que, de repente, aparece.
Creo que uno de los factores para que esta historia funcionase tan bien es por algo un poco universal en cuanto a que todos tenemos ese amigo del barrio que era buenísimo, que podría haber llegado a las categorías inferiores de cualquier equipo y siempre sale lo típico de: «Este era una fenómeno, pero era un golfo».
Además, el tipo se hacía querer, pues no se daba ninguna importancia y es algo que te acaba ganando. Cuando hicimos el documental, a él lo único que le interesaba era lo que hubiera dicho Menotti de él: «¿Pero, entonces, él me llamó para la selección y no fui?». Resultó ser un personaje entrañable y la entrevista fue brutal con ese final en el que se emocionó y lloró recordando lo que daría por poder volver a gambetear. Y, por supuesto, el gran trabajo de Edgar Delgado y Adolpho Cañadas.
Comienzas en «El día después».
Llegué en 2001, por aquel entonces Movistar era Canal+, ahí fue donde conocí a Michael (Robinson) y coincidí con todos los compañeros que luego hemos sido parte de «Informe Robinson». Ahí coincidí con Josep y Michael, dos estilos contrapuestos. Los redactores hacíamos lo que hemos llamado ENG: ir con una cámara ENG a los partidos, con libertad también de parte de Michael para tomar imágenes.
Alfredo Relaño llamaba «los panaderos» a Antoni Daimiel, Nico Abad y Maldini, que lo hacían años antes…
Para nosotros, ellos siempre fueron un espejo en el que los redactores siempre nos miramos.
¿Cómo era lidiar con dos personalidades tan distintas e ideas tan diferentes como Michael Robinson y Josep Pedrerol?
Entre ellos dos se llevaron siempre muy bien, había química. Sí es cierto que eran concepciones distintas. A Michael, siempre lo dijo él, le interesaba más la imagen, el poder de la imagen por sí misma. Supo buscar la parte más cómica del fútbol, rebajar tensión, pero a la vez conservaba ese tono británico como de la BBC. Pedre era más de personajes, y supo ver el interés de la polémica. Entrevistaba a presidentes y jugadores en el palco y lo hacía bien, pero no rehuía el enfrentamiento, mucha gente recuerda aquel cruce con Luis Enrique cuando era futbolista.
Sí es verdad que yo fui reportero de «El día después», y antes de eso, becario. Y recuerdo las reuniones del lunes a primera hora, cuando llegabas de un partido en el que muchas veces habías pasado frío, aunque bueno, eso es igual. Tú contabas lo que habías grabado, de lo ocurrido en el césped o lo que habías pillado en la grada, tu historia. Entonces, se decidía si había vídeo, la duración, o si entraba algo en la sección de «Lo que el ojo no ve», o directamente no iba nada. Claro, sentado ahí delante de Michael y siendo un becario, al principio puedes tener dudas, más o menos seguridad.
Yo sí recuerdo a Pedre, conmigo primero y más tarde con otros becarios, gente más joven que yo, riendo por lo bajo cuando habías contado tu historia, y comentando cosas como «¿pero tú lo ves? Bueno, bien, si tú lo ves nada, adelante», y se reía, ni te miraba, leía el periódico mientras hablaba, cosas así. Le gustaba hacer dudar al becario, hacerlo sufrir digamos, mientras que Michael o el editor, Juan Carlos Nieto, preferían otro tono, hacerte sentir confiado en cuanto a que era una buena historia e iba a salir bien. Estilos distintos, supongo.
En cuanto a El Chiringuito, cualquier cadena estaría encantada de tener un programa con semejante audiencia. Funciona y al público en general le gusta. Ha sabido llevar a la radio las tertulias futbolísticas, aquellos sanedrines y tal, multiplicados por cien. A mí no me gustan el tono, los gritos, la crispación, y me parece repetitivo. Y a veces creo que esa exaltación ha llevado a algún invitado a soltar alguna burrada cuasi racista, por lo que he podido ver luego en redes. Pero funciona, desde luego. Mi padre lo ve. Se va a dormir cabreado, pero lo ve.
¿Sigues viendo el programa?
Se están haciendo cosas muy buenas. Hay un chico que se llama Gabriel Márquez que está doblando los labiales de muchos jugadores del Real Madrid, poniéndole voces a Vinícius y Mbappé y es brutal. Me parece que ahí hay un diamante en bruto y aunque personalizo en él hay un gran equipo y unos cámaras que están trabajando muy bien y son importantísimos para un programa así.
El chasco de la despedida.
Hubo unos años de transición de los que hablamos en «Good, better, best», el Informe de Michael, que es el momento en que comienza Cuatro, se fusiona con Canal + yen la casa se decidió que ya no interesaba «El día después», comenzó Maracaná, en el que buscaron una especie de fórmula mágica con el equipo del Carrusel Deportivo de Paco González unido a Michael Robinson y «El día después».
Se consideró que eso no podía salir mal, pero fue todo lo contrario. Bajo mi punto de vista era como un disparate en el que aparecían de repente unas bailarinas enseñando piernas y donde los videos que nosotros hacíamos en los primeros tiempos, semejantes a los de «El día después», muchas veces se caían porque en el plató se acababan excediendo de tiempo.
Para nosotros fue difícil de encajar y Michael no lo vio, ya desde el primer programa. Él era muy amigo del realizador Víctor Santamaría, que creo que también duró sólo el primer programa. Michael tuvo ahí una etapa oscura, incluso contada por él mismo, en la que no se encuentra. Para él, «El día después» era como su hijo aunque no hubiera estado en el primer año: le había dado su sello y no entendió la decisión.
Allí aterrizó gran parte del equipo del Carrusel Deportivo de la Ser.
Recuerdo el desembarco allí de gente como Juanma Castaño, que en aquel momento no había estado nunca en televisión y fíjate dónde ha llegado. Creo que Paco tuvo mucho que ver con el éxito de Juanma con su llegada a Madrid, pese a que él luego supiera buscarse su hueco. A Paco lo recuerdo como un buen aglutinador de personas, creador de grupos y que sabía hacer una piña: que la gente estuviera con él.
Podías coincidir más o menos con su visión o pensar algo distinto, pero se preocupaba por que nosotros, todos los que le rodeábamos, estuviéramos contentos y a gusto aunque a veces no se consiguiera: imagina irte a grabar en un partido bajo la lluvia, estar editando, montando y locutando, tener una pieza que consideras buena y que luego no se emitiera nunca porque estaban hablando con Tomás Guasch o el invitado que estuviera allí en la mesa y se habían ido de tiempo.
Ellos venían de la radio, eso les pasaba continuamente y a nosotros se nos hizo duro, aunque tengo muy buen recuerdo de Paco en cuanto que siempre hablaba conmigo: «Raúl, ¿cómo lo ves? A ver qué podemos hacer?». No se me olvida que incluso un verano estaba en el festival de música de Benicàssim y me llamó para animarme y saber cuál era nuestra visión.
En Maracaná eras más que un redactor…
Tuve aquello de los cinco minutos de fama de los que hablaba Andy Warhol y me dieron un personaje. Hacía de un tipo que era una especie de mendigo al que le tocaba la lotería, era un loco del fútbol que se ponía a viajar y conocer futbolistas. Recuerdo que fui a ver a Olympiakos y llevé un regalo a Rivaldo, también estuve con Robinho, estuve en Donetsk haciendo algunas cosas con el Shakhtar.
Era todo un tanto bizarro, sin guion, y no tenía ni pies ni cabeza, aunque afortunadamente aquel personaje duró poco, y no me acababa de verme. Menos mal no era la época de las redes sociales, aunque es cierto que me llegaron a reconocer por la calle.
¿Cómo surgió «Informe Robinson»?
Cuando desapareció el programa, muchos de nosotros comenzamos a tener una serie de reuniones con Michael. Ahí estaba Álex Martínez Roig, profesor de muchos de nosotros en el Máster de Periodismo de El País, director de contenidos de Sogecable y director antes de El País Semanal o creador de El País de las Tentaciones, Miguel Salvat, una persona con la mente muy abierta y que había tenido que ver en la creación de La Hora Chanante; los realizadores Román Escoda y Alfonso Cortés-Cavanillas, mi compañero de redacción, Luis Fermoso, y yo.
Entre todos esbozamos lo que iba a ser «Informe Robinson». La idea era hacer documentales de deportes y un programa que nos sirvió de referencia en el inicio fue el Real Sports with Bryant Gumbel.
Desde ahí se empezaron a generar una serie de borradores de posibles historias que nosotros veíamos interesantes y cómo las podríamos hacer. Al comienzo, no sé si Álex confiaba mucho en nosotros o no, porque ya veníamos de contar historias, pero eran mucho más breves y menos guionizadas, como había sido en el caso de «El día después». Aquello empezó a rodar, se sugirieron temas, comenzaron a grabarse y funcionó bastante bien todo desde el principio.
«Informe Robinson» surge en un contexto muy determinado. No hubiera sido posible en otra cadena.
No, pues deberíamos ser muchísimos en el programa. La periodicidad es fundamental. Lo que nosotros hacemos es algo difícil de definir en cuanto a género, porque podría ser un mix entre documental o reportaje, aunque tampoco vamos a ponernos ahora a teorizar. Personalmente, me considero un periodista escrito haciendo televisión y lo que hacemos es algo que sería una especie de crónica: una crónica periodística escrita que hemos tratado de llevar a la televisión.
Eso requiere tiempo. Sería como un reportaje de un suplemento dominical, de El País Semanal o El Mundo llevado a televisión. Y una periodicidad semanal sería impensable por distintos factores como el número de personas que somos y el trato que requiere cada reportaje.
Me gusta esta periodicidad de uno al mes, porque es más reposado. Muchas veces he hablado con mi compañero Luis (Fermoso) sobre el tema, es un poco como ir en el coche, poder reducir la marcha, bajar la velocidad y mirar por la ventanilla. Y eso, en un mundo y un periodismo tan estresante como el que tenemos ahora tiene mucho valor.
¿Cómo se gestan esos primeros programas? Sería todo un desafío.
En esas primeras reuniones, de las que te hablaba antes, empezamos a soltar un montón de temas. Por ejemplo, Luis Enrique se acababa de retirar y le propusimos ir con él al Maratón de Les Sables, que lo hizo mi compañero Juanjo López. Estábamos todavía en ese proceso de ver si lo que nos interesaba eran las historias más humanas, con más calado o también los grandes personajes.
Había mucha más accesibilidad, porque ahora el escenario es otro: ahora se hacen documentales de deporte en Netflix, Prime… pero en aquella época estábamos nosotros, por lo que era un especie de monte por edificar. Recuerdo que también contactamos con Luis Moya, también con Isidre Esteve… fue una especie de bombardeo, aunque también estaba cómo le íbamos a dar forma en cuanto a locución, meter música.
El primero que hice fue Once Málaga, sobre un equipo de fútbol sala de ciegos muy exitoso y que supuso toda una experiencia. Fui junto al realizador Román Escoda y el cámara Romano Atticus, así que fíjate el lio, porque por allí andábamos Román, Romano y yo (risas). Además, al ser la primera vez y tener mucha menos experiencia, recuerdo grabarlo todo, no queríamos que se nos escapara nada nada y aun así, ahora sufriría si lo vuelvo a ver, porque nos dejamos cosas e historias muy potentes.
En ese primer año también hicimos uno, Generación Casillas, en el que Iker estaba en la cima de su carrera y le reunimos con compañeros de las categorías inferiores del Real Madrid. Tuvo bastante recorrido y recuerdo que tiempo después tuve la oportunidad de hablar con Míchel, que en ese momento estaba como responsable de la cantera del Real Madrid y nos comentó: «Me habéis hecho un gran trabajo, pues ha servido para que los chavales que están en la cantera vean que el ochenta o el noventa por ciento no termina llegando», pues en ese vídeo salía un taxista, un albañil…
Desde el principio hubo la idea de intentar meter nombres, dar mucha cabida a las historias personales. Podíamos hacer un Guti o un Piqué, sí, pero a mí eso siempre me ha llenado menos.
Esta fórmula nos sirvió también para presentar algunos personajes muy interesantes al gran público, como fue el caso del alpinista Carlos Soria, que ya entonces era mayor o la historia que hicieron mis compañeros Jose Larraza y Román Escoda sobre el rescate de Iñaki Ochoa de Olza, un himalayista que quedó atrapado en la montaña, no pudo salir de allí y que luego se la puso Guardiola a los jugadores del Barça.
Pienso que nosotros mismos fuimos viendo dónde estaban las historias y nos dimos cuenta de lo que podía funcionar y lo que no de una forma orgánica y fluida.
¿Cómo es el proceso desde que se propone una historia hasta que se lleva a cabo?
Es lo que ahora cuesta cada vez más. Por un lado, hemos hecho muchos, por otro hay competencia, pues te llega a pasar incluso de llamar a un atleta no demasiado popular para el gran público y que te comente que lo había llamado también Netflix y que le iban a pagar.
Nosotros no pagamos y lo único que podemos decirle es: este es nuestro bagaje, aquí está nuestra experiencia y podemos contar tu historia. Por ejemplo, Xabi Alonso, cuando estaba entrenando en la Real Sociedad B, creo que lo hizo tanto por el afecto que le tenía a Michael como por el cariño al programa, pues le gustaba mucho «Informe Robinson» y si no, hubiera sido muy complicado contar su historia.
Entonces, lo que más nos cuesta es conseguir temas, o por lo menos, a mí. Temas que parezcan atractivos, que me llenen y puedan encajar con lo que quiere la casa. Hay continuos brainstorming y los realizadores también aportan muchísimo. Es cierto que antes era una cosa que corría más de nuestra cuenta y ahora vamos más marcados por lo que nos dicen los de arriba. Hay temas que se quedan ahí como archivados durante un tiempo, que entran y salen y no se les acaba de hincar el diente, pero otros si se acaban haciendo, como sucedió con el Trinche que te comentaba antes.
Una vez elegido el tema, ¿cómo es tu proceso?
Me intento documentar muchísimo, todo lo posible. Leo libros sobre el tema, buceo por Internet, miro artículos… todo lo que haya salido para que no se escape absolutamente nada. El último que estoy haciendo es de Quini, me he comprado biografías suyas en librerías antiguas, recopilo todo lo que encuentro por Internet, artículos de Jot Down, Líbero, Panenka….
El objetivo es tenerlo todo muy atado y eso lleva un tiempo. Luego está el tema de preproducción, que también la hacemos con el equipo de producción pero suele correr más de nuestra cuenta: llamada al personaje para contarle que quieres, igual que a los entrevistados. Yo creo que puede llevarte alrededor de tres semanas la preproducción, de quince a veinte días el rodaje y luego alrededor de un mes y medio o dos de montaje, por lo que estamos hablando de tres meses para que quede redondo, pero hay veces en que los plazos tienen que ser menores.
Si solo tuviera treinta minutos y tuviera que ver un Informe, ¿cuál me recomendarías?
Me pones en un aprieto (risas), pero te diría «Lágrimas por Londres». El redactor era Luis Fermoso y el realizador Edgar Delgado. Cuenta la historia de Carolina Rodríguez, una gimnasta que compitió en Londres ya con mucha edad, y su relación con sus padres sordomudos. Carolina fue maravillosa, también su entrenadora, el Informe quedó redondo, de imagen, de todo.
Es un cuento maravillosamente contado por mis compañeros, sin necesidad de ninguna cara popular. Eso, para mí, es Informe. Me parece que es muy representativo en cuanto al seguimiento de un persona no demasiado popular o semidesconocido pero con una historia potentísima detrás, que no tenía donde entrenar y lo hacía donde podía…
Además, tanto ella como su entrenadora dieron unas entrevistas magníficas. Fue una gran historia. También hay otra de la que tiempo después se hizo incluso una película, «100 metros», sobre Ramón Arroyo, afectado por la esclerosis múltiple al que los médicos dijeron que no podría caminar ni doscientos metros y acabó haciendo un Ironman. Es una historia que a día de hoy sería difícil de hacer, pues no sé si tendríamos la capacidad o flexibilidad para ello.
También sería complicado volver a hacer «La leyenda de Tittyshev», donde se cuenta como un aficionado del West Ham, Steve Davis, acabó jugando un partido con su equipo después de que el técnico Harry Redknapp le hiciera saltar al césped cuando estaba criticando a uno de sus futbolistas. Esa fue una historia divertidísima que define un poco lo que era el programa y lo que era Michael, con ese humor tan británico y el giro final de la historia.
Otro personaje brutal es Gianfranco Zigoni.
Es probable que cuando hice Zigoni estuviera buscando otro Trinche de una forma inconsciente: es algo que he pensado tiempo después. Realmente, a quien pretendía encontrar era a Ezio Vendrame, un futbolista poeta, pero investigando sobre él vi una frase suya que me llamó la atención: «En el mundo ha habido tres jugadores de fútbol: Maradona, Zigoni y Meroni. El resto es tedio».
En ese momento, recuerdo que no había manera de contactar con Vendrame, pedí ayuda a Eleonora Giovio y Julio Ocampo, que trabaja mucho con nosotros en Italia, conseguí el teléfono de Zigoni y vi que había una historia detrás: había jugado en la Roma, la Juventus, la selección italiana… un proyecto de crack que incluso compartió equipo con Luis del Sol.
Nos encontramos con un personaje disparatado, viajé con el realizador Javier Culebras y el cámara José Luis de la Osa, que era navarro y al que Zigoni le decía todo el rato: «¡Navarro como Indurain. Navarro forte!». El primer día que nos reunimos con Julio Ocampo, Zigoni y su hermano, lo hicimos en una especie de cabaña que tenía, como su cuartel general, para ver cómo íbamos a organizar el rodaje y él sólo quería cantar con nosotros y servirnos alcohol.
Nos mirábamos unos a otros espantados y pensando: «¿Qué va a salir de aquí?». Entrevistamos a gente en Verona, viajamos en Sevilla para hablar con Luis del Sol… queda una cosa muy bonita, disparatada. Al final, subimos a una estación de esquí, se apuntó un familiar de Zigoni, un primo que era tenor o barítono y se arrancó allí a cantar. Fue un rodaje complicado y muy divertido, porque íbamos allí cargados con trípodes y todo el instrumental por la nieve, una cuadrilla de chalados entre los que me incluyo.
Imagino que se crea un lazo especial. ¿Has mantenido la relación con algún protagonista?
Con el Trinche, por ejemplo, la relación fue y vino. Hubo un momento en que él me llamó para darme las gracias cuando fue consciente de que su figura se había vuelto mucho más popular no solo en España, sino también en Argentina, pues allí hubo un boom de gente que empezó a interesarse nuevamente en él e incluso se escribió algún libro y biografía suya.
Sin embargo, luego hubo otra vez en que tratamos de traerle para el décimo aniversario: «Mira, te vienes con tu mujer, nos encargamos de pagar todo el viaje, te llevamos al Camp Nou y hay posibilidad de reunirte con Lionel Messi (que ya estaba medio hablado con el Barça)», pero él dijo que no le apetecía.
Incluso hubo un momento en el que él me echó en cara como si hubiéramos sacado rédito de su historia. Creo que alguien le había comido la cabeza: «Estos españoles, han contado tu historia, te has hecho famoso allí y no has visto un duro». Entonces, nos pidió dinero para venir a España y me quedé con una sensación fea.
De cualquier modo, con el tiempo recuperamos la relación, tuve la oportunidad de volver a hablar con él y fue como reconciliarme con él antes de que muriera. Recuerdo una llamada por la noche en la que volvió a darme las gracias por haber hecho el documental, me comentó que se había encontrado con Maradona, se habían hecho unas fotos juntos y estaba ilusionado.
A los pocos días, le asaltaron para quitarle la bici y de aquello no salió. Eso me sirvió también para recuperar la relación con su familia, porque luego hice una pieza para Líbero en la que hablé con su hijo, que también ha fallecido de un infarto hace no mucho. Me quedé con una sensación de melancolía, pero al menos me saqué la espina de haber recuperado la relación.
También me ha quedado una buena relación con gente como Sergio Rodríguez, un crack con el que hubo muy buen rollo tanto con él como con sus padres, que eran profesores. Una familia estupenda. También la gente de la Quinta del Buitre, que son gente muy normal y muy accesible. Y con el que más, quizá, Fernando González de Nicolás, el Rana, un piloto de motos que corrió con Ángel Nieto pero que fue como el reverso de su moneda, un tío con una vida increíble y que es entrañable, al que he ido a ver incluso en verano a un pueblo de Guadalajara.
Si hablamos del Trinche y Zigoni, nos queda uno.
Mágico González me hizo pasar muy mal. De hecho, debe ser de las pocas veces en las que salgo en imágenes de un documental, que es llamando al timbre de su casa. Ya me habían advertido tanto Antoni Daimiel como Michael Robinson, que me dijo: «Si crees en ello, adelante, pero puede ser que no te reciba». Yo había hablado todo con un abogado que era íntimo de Mágico y el me confirmó que me iba a recibir, pero una vez allí apenas le pudimos ver.
Fuimos con motivo de un aniversario por el que se hacían varios partidos de homenaje en El Salvador, creo que tres, y tan solo coincidimos con él en un partido de una forma súper fugaz: «Hola, soy Mágico», le grabamos ahí cuatro o cinco planos, quedamos en vernos al día siguiente e incluso habíamos hablado con él para grabarle dando toques de balón descalzo en una playa, comiendo pupusas -que le gustaban mucho-, pero nos hizo lo que allí llaman la culebrita macheteada y no nos quiso recibir.
No sé si es porque estaba cansado o cuál era la razón, pues es un personaje tan bohemio que ni él mismo te sabe decir los motivos por los que actúa, pero para mí tenerlo delante en el césped del estadio de El Salvador peloteando con sus amigos y las cuatro cosas que charlé allí con él son un gran recuerdo. No puedo decir que me caiga mal. Al revés. Es de esos tipos que dan ganas de quererle aunque luego te haga eso.
Al regresar a España vimos que había que vestirlo todo como fuera y entrevistar hasta a la última persona que le conoció en Cádiz, por lo que estuvimos con David Vidal, un chico con acondroplasia que había sido amigo suyo, un persona a la que conocían por su criado y se la había puesto el Cádiz para que viviera con él y lo cuidara… Ellos nos contaron historias entrañables de su relación con Camarón de la Isla y otras muy interesantes.
También sale alguno de los hijos y allí me decían que tenía un montón de ellos sin reconocer, aunque no sabes dónde empieza la leyenda. Al final no quedó mal y salvamos los muebles, por así decirlo. De hecho, en Cádiz mucha gente me lo ha recordado y les gustó mucho. Estuvieron muy bien mis compañeros Antonio Vilaseco y Romano Atticus.
Diego Maradona no podía faltar, pero con un enfoque distinto.
Era un poco lo que faltaba por contar. No quiero ser injusto y esto nace como una sugerencia de Borja de Matías, un periodista que había estado viviendo en Argentina y me comentaba: «Lo único que queda por contar es la etapa de Argentinos Junior, cuando empieza, ese niño en aquel equipo de los Cebollitas…».
Hacerlo fue como ir a Villa Miseria, aquel Villa Fiorito en el que se había criado y donde pudimos entrar a grabar gracias a la labor de Darío Fernández, un fixer que tenemos en Argentina y es un auténtico fenómeno. A través de él, además de poder grabar, tuvimos la oportunidad de estar con algunos de los compañeros que había tenido de niño. La historia fue tremenda y lo pasé muy bien, porque además me parece que el título «Los años felices» está bien puesto, y que es el Maradona más puro, más esencia de sí mismo.
Me hubiera encantado entrevistar a Maradona.
Personalmente tengo una opinión excelente de él, por lo menos, del de los primeros tiempos por lo que me han contado todos los que estuvieron con él. Tengo esa visión de futbolista del pueblo, un tipo que se echó el peso del equipo a los hombros coincidiendo también en el tiempo con todo aquello de las Malvinas y demás.
Cuando hicimos «Los años felices» hubo un momento en que se habló con él, que por aquel entonces estaba en Emiratos Árabes y se llegó a buen término, aunque pidió dinero, todo hay que decirlo. De hecho, es probable que Maradona ni se enterara de aquello y fuera el círculo hasta el que pudimos llegar.
Sin embargo, finalmente no pudimos entrevistarlo y no sé si fue hasta mejor, porque no sé qué Maradona íbamos a encontrar, ya que estaba teniendo muchos altibajos. Pero unos años después estuvo con Carlos Martínez y Maldini haciendo el Mundial 2006 en cuatro y se encontraron a un tipo muy entrañable.
Si quería, era alguien cercano y te llegaba, pero viendo el documental hablaba con el realizador Antonio Vilaseco y comentábamos que había sido mejor no entrevistarlo. Había quedado muy bonito sin él y no sabemos lo que habría resultado de tenerlo, cosa que no me ha pasado con ningún otro documental, pues pienso que hay que tener siempre al protagonista si es posible.
En cuanto a cosas que me hubiera gustado hacer está algo sobre Borg y McEnroe, toda esa historia que se llevó al cine con aquella rivalidad y ese Björn Borg que se retiró tan joven. Se intentó, pero no salió. Sin salirnos del tenis, Agassi es otro personaje que nos hubiera dado juego y tiene un libro fantástico, su biografía. Por ejemplo, hicimos Karpov y Kasparov, que me hizo muchísima ilusión y eso sí lo conseguí.
Luego hay gente que ya no está, como podría ser Pelé, pero no hay uno que te diga: «Qué ganas tengo de hacer», aunque me encantaría contar la historia de un futbolista popular, crack, conocido, al que le apeteciera salir del armario y dijera: soy homosexual. Esa historia seria estupenda, pues vendría muy bien a muchísima gente. Y por suerte, hemos llegado a un punto como sociedad en que podemos estar más cerca de lo que parece.
La gente ya se ha dado cuenta que los gritos racistas son inadmisibles y una vergüenza, al igual que pasa con el insulto, la crueldad y el ensañamiento en los campos. Creo que hemos empezado a desterrar estos comportamientos y aunque siempre pueda haber algún tipo que se deje llevar por el cabreo que tenga o permita salir sus peores demonios, las cámaras lo van a captar.
De aquí a unos años, llegaremos a ese momento en que la gente se girará cuando un cabestro de estos diga algo en la grada, que primero van a ser los insultos racistas, de ahí los homófobos y vamos a tener a futbolistas que va a salir del armario.
Todas las piezas van más allá del retrato del protagonista y profundiza mucho por todo lo que sucede alrededor. El protagonista es la excusa para contar algo más, como sucede con Laurie Cunningham.
Eso es lo que nos da el sello: se aprovecha la historia del tío para tocar otro tema. Digamos, como cuando unos papás quieren darle de comer al niño algo que no le gusta y en el plato le meten la verdura mezclada con la carne. Si hablamos de fútbol en Argentina intentamos contextualizar la dictadura. También lo hicimos en «Por la razón o la fuerza», que es un claro ejemplo donde al final el deporte es casi como una excusa para hablar de lo que ocurrió en esos años terribles.
Eso también le ha dado un sello al programa, pues hemos hablado varias veces sobre la guerra de las Malvinas, la dictadura argentina y chilena, lo ocurrido en los Balcanes… Este año quería haber hecho, pero al final no se ha podido, sobre la copa de Europa que ganó el Steaua frente al FC Barcelona y nos hubiera dado la oportunidad de hablar del fútbol en la época de Ceaucescu. Es una historia muy curiosa y potente que ojalá podamos contar. Es la clásica historia de nuestro programa.
El objetivo es contextualizar y ver cómo el fútbol y cualquier otro deporte está tan ligado con la sociedad que las cosas suceden en paralelo. Cuando la gente dice: «No mezclamos deporte y política», es imposible no hacerlo, pues no es que lo hagamos nosotros, es que ocurre por sí solo si se está celebrando un Mundial en Catar o la FIFA le da un premio a Donald Trump: eso es fútbol y política. También lo es cuando el Ayuntamiento de Madrid o la Comunidad facilitan cosas al Real Madrid o al Atlético o las palancas del FC Barcelona.
¿Cómo es el proceso para Chano Rodríguez, exmiembro del GRAPO que quedó parapléjico y años después ganó varias medallas como nadador paraolímpico?
Ahí le dimos todo el valor a lo que había conseguido como atleta, pero hay que contar lo que había sucedido antes y, por supuesto, por qué Chano se queda en ese estado a causa de una huelga de hambre. Luego, a él no sé si le acabó de gustar o no, pero personalmente estaba en la obligación de contar también su historia personal y entrevistar a una persona que había perdido a su padre en un atentado del GRAPO en el que había intervenido Chano.
No quise caer en el amarillismo ni me interesaba cuál fue su papel, si apretó el gatillo o no, pero él intervino en aquello. La entrevista con Chano fue muy tensa: le preguntamos y repreguntamos varias veces si se arrepentía o no, él tiene ese concepto suyo de luchador contra una dictadura dura y le costaba mucho expresar que se arrepentía. Al final, tienes que intentar mostrar eso, pero de la forma más aséptica. Quiero recordar que incluso, en ese momento, no le pusimos ninguna música debajo, pues junto con Román Escoda pensamos que era lo mejor.
La utilización de la música es como en el cine, pues puede subrayar algunos aspectos o dirigirte a un sentimiento determinado. Son historias que desde que Michael no está o el programa ha dejado de llamarse «Informe Robinson» me da la sensación de que es más complicado que las contemos. Ahora estamos en un momento en que se está mirando más la audiencia y me parece un poco más cortoplacista, porque al final las historias que la gente recuerda son esas en las que hay un trasfondo humano más potente.
Estas historias me golpean más como periodista cuando las estoy filmando y luego las montamos que la del perfil de un futbolista X, que no voy a nombrar a ninguno pero seguimos haciendo. Me considero afortunadísimo por formar parte de este programa, pero mi percepción es que cada vez me cuesta más que nos «compren» determinadas historias.
Cuando vivía Michael, desde muy pronto dejamos de discutir con él si queríamos grabar una historia o no. Él creía en nosotros, le decías «quiero grabar esto» y te lo compraban. No recuerdo, desde el segundo año, una historia que se cayera ni que Michael interviniera para comentar si no le gustaba una música o una pregunta.
Yo estaba ahí ya en las primeras reuniones, desde entonces lo he considerado siempre un hijo mío junto a otros padres como Juan Porres, Edgar Delgado, Antonio Vilaseco, Javier Culebras, Luis Fermoso, José Larraza, Juanjo López Lorenzo, José Luis de la Osa y tantos otros, como los productores Ángel Sastre, Ana Valverde, Ander Gómez, Sergio Primicia, o como los cámaras Romano Atticus, José Luis Pimoulier, Elías García y Adolpho Cañadas, por el que el propio Michael Robinson sentía devoción e incluso se quiso acordar de él cuando nos dieron el Ondas.
Imagino que con el paso del tiempo y la notoriedad del programa habrá sido más fácil tener acceso a protagonistas.
Al principio, la puerta era Michael Robinson, que ha sido una persona queridísima en este país y con un sello de calidad, lo cual nos abría mucho camino. Luego, cuando el programa se fue haciendo más popular, a la gente le apetecía estar. Y ahí estoy pensando en algunos como Gerard Piqué o Sergio Ramos, profesionales que luego han ido evolucionando hasta tener una imagen como la que tienen ahora y que han sabido ver que para ellos era bueno aparecer. Nosotros hemos hecho un Informe a Sergio Ramos y años después le estaban haciendo una serie en Prime…
Netflix, HBO, el Prime… ¿Os consideráis precursores de todo lo que ha venido después?
Si que lo siento, a nivel español e incluso europeo, pues esto es algo que se hacía más que nada en Estados Unidos y aquí era como un nicho, entre comillas, por explotar.
En Teledeporte también están proliferando con la «Conexión vintage».
Tenemos mucha relación con Paco Grande y con Televisión Española, porque además nosotros tenemos que tirar de imágenes de archivo en muchas ocasiones y nuestro equipo de producción está en contacto constante con sus documentalistas. Creo que si pudiéramos tener todo el archivo que tiene TVE a nuestra disposición, haríamos cosas brutales, aunque con la partida presupuestaria que destinamos al archivo, se consiguen cosas: cuando vamos a hacer cosas de Fernando Martín, Juanito o Mágico, acudimos a ellos.
Personalmente, a mí esos documentales en los que se sigue a un deportista en la actualidad y se cuenta cómo le va en una competición, también me gustan, pero prefiero lo antiguo del archivo, rescatar historias olvidadas.
Esta idea de las historias olvidadas, el archivo… choca con la realidad que vivimos: inteligencia artificial, estadísticas, mapas de calor para ver dónde deber ubicarse los jugadores o desde dónde lanzar en un partido de baloncesto…
Me he criado viendo deporte en los ochenta, donde creo que primaba más el genio de cada jugador.
Luis Enrique ve la primera parte de algunos partidos desde la grada para analizar mejor y encontrar soluciones para la segunda parte. ¿No hay demasiado control y se pierde espontaneidad y diversión?
Pienso que el deporte puede ser igual de disfrutable. Hemos visto al PSG meter una paliza en la última final al Inter de Milán y también es bonito y se generan situaciones de fútbol muy disfrutables. Me voy a ceñir más al fútbol porque yo soy muy futbolero: ahora mismo hay partidos que son tan igualados en los que a lo mejor si en un momento dado alguien falla una marca, te hacen un destrozo.
Pasa lo mismo si se rompe una línea con un pase filtrados. De hecho, ahora mismo si un futbolista cae lesionado y está en la banda cinco minutos, su equipo vive momentos complicados con diez en los que puede recibir un gol.
¿No crees que ahora casi todos los equipos están cortados por un mismo patrón? Es muy complicado encontrar un Mágico González o un Onésimo.
Es cierto. Los niños que empiezan a jugar al fútbol lo hacen en las categorías inferiores de los clubes y con entrenadores desde muy pequeños. Por ese motivo, tienen acceso a mejores botas, condiciones más favorables y mejores campos que nosotros, pero pierden la calle. Emilio Butragueño regateaba a su perro en el pasillo y cuando comenzó a jugar lo hizo en un equipo donde los jugadores eran mucho más mayores que él; y eso se pierde.
Hay un mayor intervencionismo de los entrenadores desde que los chavales son pequeños y se pierde la chispa, esa magia tan de jugador balcánico de la antigua Yugoslavia, tanto en fútbol como en baloncesto. Aun así, no hay que echarse las manos a la cabeza y siguen saliendo talentos muy brillantes en todos los deportes.
Una cosa que me gusta de Informe es que es un termómetro ideal para ver la evolución del deporte español en cuanto a éxitos se refiere. Antes eran fenómenos aislados y ahora es algo más normal.
El deporte español, en ciertos años del franquismo y el primer postfranquismo iba a golpe de riñón, de talentos que surgían por sí mismos, por generación espontánea como Manolo Santana. Ahora, en el tenis español se va Rafa Nadal y aparece Alcaraz. A excepción de ciclismo, boxeo y fútbol, donde había cierta tradición, eran básicamente fenómenos aislados y ahora los éxitos son más habituales, pues se han creado escuelas, existe una tecnificación y cambia bastante la película.
El ejemplo de Fernando Martín es clarísimo: fue allí un poco a ver lo que pasaba, a probarse; y aunque ahora estamos en un momento más de valle, ha habido una generación grandiosa de baloncestistas españoles en la NBA y en los Estados Unidos han sabido entenderlo.
Si cuando era niño me dicen que iba a haber un español con protagonismo y ganando anillos, hubiera alucinado. La imagen del salto entre Pau y Marc Gasol es símbolo de lo que ha conseguido el deporte español. Un personaje que a mi me ha llamado mucho la atención y me viene a la mente hablando de la tecnificación a la que nos referimos es Carolina Martín, que tiene una historia increíble y a la que acompañamos.
La serie de Yakarta me recuerda en muchas cosas a ese Informe.
Sí, es curioso, con continuas referencias a Yakarta, que es donde estuvimos con Carolina Martín cuando lo hicimos. Cuando he visto la serie me he acordado mucho de aquello, aunque hay diferencia entre ese entrenador más intuitivo como puede ser -aunque en la serie se habla muy poco de bádminton- el personaje de Javier Cámara y Fernando Rivas, el entrenador de Carolina, que me impresionó muchísimo.
De hecho, hubo cosas que él no nos dejó grabar: era un tipo que había inventado por sí mismo un método de entrenamiento y de juego distinto a lo que se había llevado hasta entonces para que Carolina pudiera competir con las jugadoras asiáticas. Él era muy celoso de ese método, pero yo accedí a charlas que tenía con ella y, de hecho, hay una escena en el hotel en la que le está tirando los volantes y luego sale en la serie. De hecho, había muchas federaciones que se peleaban por tenerlo.
También me quedo de aquel documental con la dedicación física y mental de Carolina a su deporte, su exigencia para sacar unos réditos económicos muy inferiores a, por ejemplo los del fútbol. En ese momento, yo pensaba: «Esta chica, cuando deje el bádminton, ¿cómo se va a reubicar?», pues su dedicación era full time.
Pienso que tienen un mérito enorme tanto ella como Fernando, que en alguna retransmisión creo que la gente ha tenido una percepción equivocada sobre que él la regañaba demasiado, pero había que conocer un poco cómo ha sido la relación entre ellos. Él encontró un diamante en bruto, lo pulió y si no hubiera sido por las lesiones, sería algo todavía más histórico.
Good, better, best.
Fue muy duro. Primero, recuerdo cuando Michael nos contó lo que tenía y el palo que nos llevamos, aunque él lo llevó con una entereza tremenda, casi sorprendente, porque él mismo se tenía a sí mismo como alguien asustadizo y muy poco de médicos. Fue tremendo. Hubo un momento, además, en plena pandemia, donde era muy complicado salir a la calle para grabar.
Hacía tiempo que nos estaba rondando la cabeza la idea de hacer un Informe de Michael y hubo un momento dado en que Liam, su hijo, habló con Luis Fermoso para comentarle que si queríamos hacer algo era casi el momento, pues no sabía los instantes de lucidez que iba a tener su padre de ahí en adelante.
Luis tuvo una entrevista increíble con él, decidimos que nos implicaríamos todos en el montaje y el rodaje para ir a entrevistar a gente a Liverpool, a Pamplona… fue un reportaje muy especial y no se me olvidará ese momento en el que estuve allí mientras su familia se despedía de Michael lanzando sus cenizas al mar: un momento de esos de piel de gallina y que todavía me pone un nudo en la garganta cuando lo recuerdo.
Alfredo Relaño recordaba que cuando Michael le habló de su enfermedad le fue claro: «Mira, Alfred, sé que esto me va a matar más pronto que tarde, pero no me va a matar cuando esté vivo».
Él se encontraba muy bien y le estaban dando un tratamiento alternativo, que por cierto quiero aprovechar para defender la sanidad pública, gracias a la cual él recibió ese tratamiento, pues ni aun siendo Michael Robinson hubiera podido costeárselo en la sanidad privada con los ingresos que tenía. Él era un firme defensor de la sanidad pública, por eso lo digo yo aquí.
Durante esa época haciendo bromas diciendo algo así como: «Se han equivocado, han traspapelado los informes médicos y por ahí hay un tío que tiene cáncer y no lo sabe, porque yo no tengo nada». Era un tipo muy divertido, un grandísimo conversador y un contador de anécdotas. De hecho, con el paso del tiempo las anécdotas que contaba iban ganando en nuevos ingredientes.
Según nos contaba la familia, y se refleja en el documental, era capaz de hacer bromas de esas y hubo un momento, incluso, en que el perdió el habla, se seguía comunicado con unas tarjetas en las que ponía «sí» y «no» y aun así le servían para hacer bromas.
El programa queda huérfano y se convierte en «Informe Plus».
Nosotros teníamos, como te decía antes, la pantalla de Michael. Él presumía de nosotros y confiaba totalmente en lo que le decíamos, tenía esa percepción de mirar a largo plazo y de que no le importaba la audiencia. Echo de menos hablar con Michael y saber que si le presentaba un tema él me iba a responder: «¿Tú lo ves, Raúl?, pues adelante con ello».
¿Hay un cambio en cuanto a la elección de reportajes tras el adiós de Michael?
Primero, me considero un afortunado por poder trabajar en un programa como «Informe Plus», y en una empresa como Movistar +. Las dos cosas son un privilegio y casi un oasis tal y como está el panorama del periodismo en general y del deportivo en particular. Es una suerte. Sí es cierto que puede que en Movistar + hoy se tenga más en cuenta la audiencia que antes.
Y en mi concepción de lo que debería ser una plataforma de pago podría ser un error, pero tengo que aceptarlo. Es decir, a mí me gustaría más una mirada profunda, a largo plazo. Ya sé que no somos una televisión pública, pero tampoco una generalista.
Yo, como espectador de una plataforma, busco los contenidos de la máxima calidad posible. Y creo que al final las historias que dejan más huella y que la gente recuerda no son los perfiles de un jugador de fútbol o de baloncesto, por muy populares que sean, si no tienen una gran historia detrás.
Vas a flipar con Bartali, el ciclista italiano que además de ganar el Giro y el Tour salvó la vida a centenares de judíos en la Guerra Mundial. Con «Los Niños del Habana», niños muy pequeños vascos que salieron del País Vasco en un barco al comenzar la guerra civil, y entre ellos salieron grandes futbolistas que jugaron en Inglaterra y volvieron luego a España.
Vas a flipar con la historia de Kharlamov, el jugador de hockey sobre hielo ruso de origen navarro que fue uno de los mejores del mundo y que jugaba con un pañuelo rojo en homenaje a San Fermín. Con Nate Davis, que es un superhéroe en Ferrol o en Valladolid, y que era desconocido y estaba arruinado en Estados Unidos, una historia increíble que recuperaron mis compañeros, etcétera. Nombro estas historias porque me vienen ahora a la cabeza y ninguna es mía, y son las que me gustaría que siguiéramos contando.
Y se me hace más complicado aceptarlo porque, como te decía, soy una de las personas que le dio forma a «Informe Robinson» al principio, que pensó lo que podía ser el programa y cómo se podían hacer las cosas, aunque ya te digo que aprendimos como se aprende a montar en bici, echándonos a rodar. También me cuesta aceptarlo porque
Michael respaldó prácticamente siempre nuestras historias. Creía en nosotros y por eso creía en nuestras historias. No nos movía una coma de una locución ni cuestionaba una música de las que poníamos. De hecho, desde muy poco después de arrancar del programa, te diría que en la segunda temporada o que incluso ya al final de la primera, veía los reportajes cuando ya estaban acabados y con el lazo puesto.
Podía poner algún pero o alguna pega, pero sin imponer su criterio, porque sabía que nosotros, que su equipo, también teníamos criterios válidos. Y eso hace crecer tu confianza y te da un respaldo enorme, claro.
También pasa que de repente te llega que hay gente en la casa a la que no le ha gustado un Informe que has hecho. El que hicimos de Claudio Tamburrini, «Fuga de un arquero», por ejemplo. Creo que esto fue así, así me llegó de forma indirecta, que había gente a la que no le había gustado. Y yo llevo dieciocho años haciendo «Informe Robinson» o «Informe Plus» y sé que es uno de los cinco o seis mejores que he hecho, seguro.
Que ese Informe nos ha servido para contar qué le pasó a una serie de personas con unas vivencias terribles ligadas a la dictadura argentina y al fútbol, al Mundial del 78, y que varias de ellas han puesto casi su corazón en las entrevistas y han tenido que parar porque estaban llorando cuando te lo contaban.
Que tiene una reconstrucción de lo que le pasó a Tamburrini y una ambientación buenísima, que hemos conseguido un archivo increíble en el que casi todos los entrevistados los tenemos también en los Juicios a las Juntas, que tenemos por ejemplo al fiscal Moreno Ocampo, que es un personaje importantísimo, y que dos genios como Juan Porres y Elías García lo han dado todo y ha quedado fantástico.
Y tienes que aceptar lo que piensan otras personas que están por encima de ti, pero no vas a modificar tu criterio, porque ese criterio durante muchos años te ha servido para hacer ese reportaje y otros parecidos.
Y cuando después nominan a ese reportaje a los Premios Panenka o lees una crítica en Mundo Deportivo que lo pone por las nubes, o Moreno Ocampo, que da clases de cine, justicia y guerra en Estados Unidos en las que invita a Steven Spielberg o Tom Hanks, te dice que Tamburrini le ha parecido maravilloso y que felicita al programa, que quieres que te diga, te reafirmas en la idea de que ese es el camino, como diría un mandaloriano.
Pero bueno, insisto en que somos unos privilegiados por poder hacer lo que hacemos. Eso por delante de todo. Lo ideal es encontrar un equilibrio entre los grandes nombres y los grandes temas, que además es lo que hemos intentado siempre, aunque es complicado, sobre todo lo de los grandes nombres por el tema económico.
Pero en eso seguro que vamos todos en el mismo camino. Lo que tenemos que intentar es que las futuras historias de Bartali, de Carolina Rodríguez o del Trinche no se queden sin contar. Además, ahora estamos rematando uno dedicado a la figura de un gran futbolista y un gran tipo al que tuve la suerte de conocer, Quini, y para más adelante vamos a hacer algo que también me apetece mucho y que prefiero no contar todavía.
No quiero ser un desagradecido, estoy muy contento, pero a la vez también tengo como ese dolor por tener que seguir peleando algunas cosas, por tener que seguir convenciendo de que el tema en el que creemos encaja en el programa.
Siempre eché de menos la historia del Carlos Henrique Raposo, el Kaiser. Aquel jugador que estuvo en un montón de equipos pero no llegó a jugar en ninguno porque se inventaba lesiones.
Lo intentamos, pues conocimos la historia antes de que saliera su documental, pero también pidió dinero.
Para caradura, la de Ali Dia, que se inventó que era primo de Weah y llegó a jugar en el Southampton de Le Tissier.
Precisamente lo miramos en la época en la que estaba Michael, pero creo que al entrenador al que se la habían colado era Graeme Souness, que había sido compañero suyo en el Liverpool. Alguna vez salió la conversación medio informal con Michael y no sé si explícita o implícitamente, se notaba que a él no le apetecía porque dejaba en mal lugar a un gran amigo suyo.
Son historias que me encantan, como por ejemplo la de Tittyshev: todos sabemos quién es Nico Williams o Kylian Mbappé, pero en este caso son distintas.
¿Qué protagonista te ha sorprendido por su forma de ser, tanto positivamente como negativamente?
Negativamente no destacaría ninguno, aunque los ha habido, pero si me quedaría desde el punto de vista positivo, con Severiano Ballesteros: una de las experiencias más brutales que he tenido. Pensaba que era alguien osco, como altivo que en las entrevistas había dejado alguna respuesta con cierta sequedad, pero encontramos a alguien entrañable, cercano y que se nos metió en el bolsillo desde el primer momento.
Él tenía una gran amistad con Michael, para quien conocerlo fue como hacerlo con un ídolo. Severiano fue un boom en Inglaterra, alguien que apareció de repente desde España, moreno, carismático y jugando con un estilo totalmente novedoso y distinto. Ellos forjaron una amistad tremenda e incluso hubo feeling entre las familias, pues Severiano se llevaba muy viene con Chris, la mujer de Michael.
Para mí, aquellas semanas que estuvimos en Pedreña de rodaje en su casa, las sesiones de sauna, gimnasio… Llegó a desnudarse delante de nosotros, tanto mental como físicamente: «No me saquéis la pichurrilla». Llegué con cierto reparo y me encontré a alguien excepcional, querible. También guardo un gran recuerdo de su familia, de su sobrino Iván, una gran persona muy cercana a su tío en todo momento.
En documentales como el de la Quinta, ¿cómo se logra sacar algo distinto a lo que todo el mundo conoce?
Nos basamos mucho en la entrevista y creo que siempre hay alguna perspectiva nueva por aportar. Y pienso que en la Quinta también lo conseguimos. También depende mucho de esa «velocidad lenta» de la que hablábamos antes. Cuando hemos podido, al principio de los documentales, lo que hacemos es quedar con el personaje, charlar con él sin hacerle siquiera una entrevista para que se produzca una cercanía, como estamos tú y yo aquí ahora tomando un café.
Eso te permite que aunque sea un personaje muy popular puedas dar una perspectiva nueva. Además, si te documentas bien, acabas sacando cosas que a lo mejor otros no acaban de tocar. A mí me parecen igualmente atractivas las dos vías, tanto la del personaje popular como aquel que es más desconocido y del que se acaba haciendo una película o estar de vacaciones en una playa del extranjero y encontrarte a un nórdico con una camiseta del Trinche.
Son cosas que te remueven por dentro: «Joder, he contribuido a que se conozca esta historia». Y luego está la gente, el cariño. No se me olvida cómo la afición del Dépor recibió aquel «SuperDepor, te quiero igual», donde hubo gente que incluso fue a verlo con camisetas a los bares.
¿Hay alguna anécdota que se recuerde en la redacción tantos años después de esos inicios?
Llevo varios años con el gran Juan Porres de realizador y sí que nos pasa mucho repetir muchas frases y latiguillos que escuchamos muy repetidas en los montajes. Por ejemplo, Perico Fernández insistía mucho en: «Pero pobre John Lennon, ¿por qué lo mataron?». Han pasado doce años de aquel documental y todavía seguimos diciendo alguna de esas frases.
En cuanto a anécdotas, puedo contarte mil batallas. Por ejemplo, cuando hicimos «La doble K» sobre Karpov y Kasparov, en un principio iba a ser sólo sobre el primero, pero luego surgió la posibilidad de incluir a Kasparov y lo hicimos sobre la marcha. Karpov sabía castellano y tuve que avisar a mis compañeros, pues hubo momentos en que íbamos en el coche junto a él y pasábamos mucho tiempo: «No digáis tacos ni barbaridades», si bien alguna vez nos relajábamos, decíamos alguna y le veíamos sonreír porque lo estaba captando.
En cuanto a Kasparov, en esa época se sentía como amenazado por Putin, nunca tuve su teléfono, siempre nos comunicábamos por mail y todo fue como una película de espías en Moscú en la que quedamos en una esquina, vino a recogernos un coche con unos tíos vestidos de negro que eran sus guardaespaldas y nos llevaron a su casa.
Cuando llegamos, él estaba durmiendo, nos pusimos a montar el set; como el salón era terrible decidimos tirar para otro lado, iluminamos todo y, de repente apareció allí su madre, una señora con muchísima ascendencia sobre él y nos soltó que no podíamos sacar esa pared. Intentamos explicarla que era un plano cerrado y en el que no se iba a ver nada, que ya estaba todo iluminado… y nos dijo algo así como: «Quedan diez minutos para que se levante mi hijo y os he dicho que eso, que es parte de mi casa, no lo podéis sacar y tenéis que tirar para allá». Si te fijas, aquel plano de la entrevista, es un desastre.
Luego, hay un momento muy de reportero en el que hicimos sobre Alcatraz, un equipo de rugby venezolano muy ligado a la fábrica de ron Santa Teresa. Alberto Vollmer, que era el dueño, en un momento se dio cuenta que la gente entraba a robar en la hacienda de Santa Teresa, pero cuando los entregaba a la policía, muchas veces los mataban.
Él era consciente de que estaba acabando con la vida de esta gente a la que denunciaba y como era muy amante del rugby y sus valores acabó creando un equipo y logró que en todo ese municipio de Revenga bajara el índice de criminalidad. De hecho, creó una especie de cantera, ha habido jugadores que han estado en la selección venezolana, el equipo llegó a subir a primera división y logró introducir el rugby en las cárceles.
Estamos hablando de presidios que son una auténtica locura, donde el hacinamiento es salvaje, los presos duermen en la calle y van armados. Una autogestión donde el gobierno no puede hacer nada, ellos tienen sus propias leyes y si uno se porta mal le cosen a machetazos o le cortan las manos.
Nosotros estuvimos en una de esas prisiones, la de Tocorón, alias Tokio, que es como una microciudad con sus propios líderes. Fue impresionante, pues sabíamos que estábamos entrando en un sitio donde ya no dependíamos de nosotros ni de las fuerzas de seguridad ni de la policía venezolana, sino que íbamos a estar en manos de criminales.
El cámara se rajó y dijo que estaba malo, por lo que entramos el realizador, Román Escoda, y yo con una minicámara y un pequeño micrófono que metimos entre la ropa. Es verdad que había gente que se acercaba y no sabía quienes éramos, hubo un momento en que organizaron un partido de rugby en la propia cárcel y lo filmamos.
Cuando estábamos grabando y la gente preguntaba qué pasaba, les respondieron que estábamos «bendecidos», que allí quería decir que no se nos podía tocar. Pero eso no nos quitaba el temor, pues el propio Vollmer nos había dicho que alguna vez había entrado en prisión y se había llevado un susto por una revuelta. Tanto es así que nos dieron una serie de instrucciones de qué hacer si había un tiroteo en cuanto a tirarnos al suelo.
Imagino que hay un «reciclaje» de entrevistados y si hay dos historias que se están haciendo en paralelo os solucionan dos papeletas.
Hay veces que pasa, pero en otras no te das cuenta y se pasa. Hicimos una serie de Iker Casillas mientras yo estaba haciendo el documental sobre la Quinta del Buitre y aprovechamos que John Toshack era el técnico cuando Casillas debutó para hacerle también unas preguntas sobre él además de charlar sobre la Quinta. Otras veces, como por ejemplo en «Good, better, best» hubo una cosa con el hijo de Michael, Liam, que se había quedado fuera y le pedimos que volviera para hacerlo.
También puede pasar alguna cosa terrible como nos sucedió con Chano, donde falló el audio en la entrevista con Rafael Padura, el hijo del empresario fallecido a manos del GRAPO, y tuve que llamarle: «Después del trago que ha supuesto para ti hablar de todo aquello, te pido por favor que repitamos la entrevista». Y la repitió.
¿Sería posible un documental sobre el caso Negreira o todavía queda?
Sí, sin duda, para mí hay un Informe. Me parece un caso muy grave. Hay un pago durante muchos años a un alto cargo arbitral, desconocido por todos, que se interrumpe cuando ese cargo deja de serlo, y tan parecido a lo que se llamó en Italia el Moggigate y que tuvo consecuencias tan graves para la Juve…
La clave son los ascensos y descensos de los árbitros, el cómo los hacían internacionales o los premiaban con grandes partidos, y lo que llamaban el índice corrector, que me parto con eso, que al final era una herramienta para subir o bajar o promocionar a un árbitro a su libre albedrío, daban igual las puntuaciones.
Pero para contar todo eso tienen que pasar muchas cosas. Es complicado. Primero, creo que para contarlo bien se necesitaría que pasara un tiempo, y no sé siquiera si aun así, dentro de décadas incluso, la gente estará dispuesta a hablar con claridad, si es que siguen con vida. También un trabajo de investigación tan grande necesita tiempo y esfuerzo y al final también en Informe trabajamos con fechas de entrega, aunque eso quizá se podría encajar.
Y luego, que yo lo digo muchas veces, que la televisión es más complicada que otros medios. Es más «sencillo», entre comillas, que la gente hable contigo para un periódico. Te dicen «te cuento esto pero yo no te he dicho nada». Lo de las fuentes. Eso es frustrante a veces en la tele. En la tele necesitas que la gente te lo cuente a cámara, que te hable y dar al rec, y eso es complicado.
Porque si lo cuentas tú parece todo inventado, necesitas los testimonios. Y luego, aunque nadie me ha dicho nada y es solo una opinión personal, están las relaciones de las empresas de comunicación con los clubes y con las agrupaciones de clubes, todas esas cosas. Ya te digo, hay muchos factores que lo complican, pero material para un Informe hay, seguro.
El programa comenzó en 2007, ya son casi veinte años. ¿Cuánto camino queda por delante?
Comenzamos a la vez que Salvados de Jordi Évole, que ahora presenta Gonzo. Curiosamente, Évole tiene conexión con uno de nuestros realizadores, Román Escoda, pues estuvieron estudiaron juntos y han hecho productos muy buenos como el documental de Julio Alberto y Dani Benítez e incluso una serie: «La liga de los hombres extraordinarios» sobre aquellos presidentes de los equipos de los noventa.
Ahora hago unas entrevistas muy largas porque desde hace años no meto locución y lo que pretendo es que lo cuenten los personajes. El primero que hice así fue el de la Quinta del Buitre y nos dimos cuenta que podía funcionar. Es algo que hemos visto también en documentales como el de Senna o Maradona de Asif Kapadia y van incluso más allá, pues no muestran la cara del que está hablando: entrevistan a los personajes y cubren todo con imágenes de archivo, aunque personalmente no se si debe ser así necesariamente.
Documentales deportivos siempre se van a poder hacer, ya sea en el formato «Informe Plus» o en cualquier otra fórmula. Historias va a haber, van a seguir surgiendo y con el paso del tiempo los personajes hablan con más calma y te cuentan más secretos. No te van a hablar igual de la rivalidad Madrid – Barcelona de la época de Mourinho y Guardiola en esos años que años después cuando lleven dos décadas retirados.
Intrahistorias habrá siempre, ejemplos de superación de deportistas o gente a la que el deporte le ha servido para superar traumas… No se van a agotar las historias para contar aunque el formato cambie y evolucione. Y creo que una plataforma como Movistar es el lugar perfecto para hacerlo, porque no tenemos la exigencia de la periodicidad semanal de los canales tradicionales y se está apostado por el producto. «Informe Plus» va a continuar y quiero pensar que por mucho tiempo.










Gran entrevista. El mejor programa de Televisión, deportiva o no deportiva. Eso no se lo quita nadie a estos profesionales.
Enhorabuena y gracias
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Solo quiero darle las gracias a su equipo y a él por los «Informes » sobre la dictadura chilena, el deporte en colombia, o los de Juanito, Ocaña o Coppi entre otros. Y a Jotdown por la entrevista.
Pasan los años, los lustros y las décadas y penalti para el Real Madrid. O nueve minutos de añadido. O expulsiones a la carta. O designaciones sospechosas. Pasan los años y nada pasa porque el Real Madrid sigue siendo el equipo más beneficiado por el colectivo arbitral desde que el fútbol es fútbol y el arte de la manipulación viste de blanco. Cuando alguien dice que los equipos más favorecidos por los del silbato son Barça y Real Madrid, una estrella deja de lucir en la vía láctea porque la ha apagado de un soplido el conjunto blanco.
El penalti claro a Lamine no entra ni el VAR, No como cuando alguien estornuda cerca de Penalpé. Vaya puto escándolo de Lliga corrupta Barcelona – Mallorca