Tenis de mesa

El pequeño demonio 孙颖莎 y la niña de El Cairo

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Copa del Mundo ITTF, cuartos de final. CGTN Sports Scene

Vamos a contar un partido. Un partido de tenis de mesa, que ya sé que no es lo que más se lleva por aquí, pero tenga usted paciencia, amigo lector, porque la cosa merece la pena. Sucedió el 4 de abril de este año en el Galaxy Arena de Macao, duró una hora y veintiocho minutos —que en el deporte de las palas es una eternidad geológica—. En una esquina de la mesa, la mejor jugadora del mundo. En la otra, una adolescente egipcia. Todo el pabellón sabía lo que iba a pasar y por eso mismo vale la pena contarlo.

La mejor jugadora del mundo se llama Sun Yingsha, tiene veinticinco años y lleva desde febrero de 2022 en el número uno del ranking sin bajarse ni una semana. La adolescente se llama Hana Goda, tiene dieciocho años y aquella tarde se convertía en la primera mujer africana en alcanzar los cuartos de final de una Copa del Mundo. Ya sé lo que está pensando, lo mismo que pensaba todo el mundo allí: esto no dura veinte minutos. Y durante los dos primeros sets, en efecto, lo parece. Sun gana el primero 13-11, con algo más trabajo de lo previsto, y el segundo 11-8, ya con el revés funcionando como un metrónomo suizo. Dos a cero. Trámite.

Aquí conviene detenerse y hablar de Shijiazhuang, la ciudad en la que nació el pequeño demonio. Se trata de la capital de Hebei, una provincia industrial del norte de China que tiene cemento, farmacéuticas y un cielo más gris que el estado de ánimo de un lunes de febrero. En esa ciudad nació Sun Yingsha el 4 de noviembre de 2000, en una familia donde nadie se había dedicado jamás al deporte profesional. Ni un tío federado ni una madre que hubiese corrido los cuatrocientos. Empezó con una pala y una pared, como todos. A los diez años entró en el equipo provincial, que es el primer filtro serio del sistema chino y también el más despiadado: seis horas diarias, corrección técnica milimétrica, niñas de primaria puliendo el juego de pies como quien resuelve un cubo de Rubik en menos de un minuto.

Tercer set. Sun se pone 10-6 y ahí, exactamente ahí, ocurre lo inesperado. Goda empieza a devolver pases imposibles. Diez iguales. Doce iguales. Catorce iguales. La egipcia se lleva el set 16-14 y el pabellón, que había venido a ver una ejecución, descubre de pronto que está viendo un partido.

Hay que entender lo que significa competir siendo china en este deporte. No se compite contra el mundo: se compite contra la habitación de al lado. La rival más peligrosa que tendrá una jugadora china en toda su carrera suele llevar su mismo chándal nacional y desayuna a su lado. A los quince años, Sun gana el Campeonato Nacional Juvenil y se abrió la puerta del equipo B, donde pasó dieciséis meses entrenando junto a las jugadoras cuyos nombres se había aprendido de niña: Liu Shiwen, Ding Ning, Zhu Yuling. En enero de 2017 sube al equipo A con solo dieciséis años. Ese mismo año gana su primer título internacional en el Abierto de Japón derrotando en la final a Chen Meng, que siete años más tarde sería la mujer que le arrebataría el oro olímpico de París.

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Copa del Mundo ITTF, cuartos de final. CGTN Sports

Cuarto set: 11-5 para Goda. Quinto set: 12-10 para Goda. Y aquí el artículo debería llevar una fotografía del marcador, porque de un 2-0 a favor hemos pasado a un 3-2 en contra y la número uno del mundo está a un set de irse para casa. Del otro lado de la mesa hay una chica egipcia jugando sin freno de mano, porque no tiene absolutamente nada que perder y sí un continente entero al que llevar hasta los focos. Y porque, además, está jugando contra su ídolo.

Hana Goda empezó a los cuatro años y era tan pequeña que su entrenador serró las patas de la mesa para que llegase a la altura reglamentaria; sobre esa mesa mutilada aprendió a girar la muñeca mientras alternaba con el balonmano y la natación, hasta que hubo que elegir. Se declara admiradora de la concentración y el temple de Sun Yingsha. Se habían encontrado una sola vez antes, en el US Smash de 2025, y la china ganó en cinco sets. Aquello fue una segunda ronda cualquiera. Esto es otra cosa.

A Sun Yingsha esto ya le había pasado, aunque del otro lado. En 2019, con dieciocho años —la edad exacta que tenía Goda aquella tarde—, jugó la final de la Copa del Mundo por equipos contra Japón y se encontró perdiendo 10-7 en el quinto set frente a Mima Ito, con el resultado del equipo entero colgando de su derecha. Remontó. Años después, cuando le preguntaron por el partido más importante de su carrera, no eligió unos Juegos Olímpicos ni un Mundial: eligió aquel. Lo llamó su partido más preciado. Creemos que los campeones se construyen en las finales que ganan con solvencia cuando, en realidad, suelen fabricarse mucho antes, en esos partidos donde por primera vez descubren que el miedo también juega.

Sexto set, 11-3 para Sun. Seis minutos de tenis de mesa perfecto, ejecutado con algo muy parecido al mal humor. Tres iguales. Séptimo y definitivo.

Mientras se secan el sudor, repasemos el currículum de la señora que está a punto de jugárselo todo. Oro por equipos y plata individual en Tokio, con las gradas vacías de la pandemia como decorado. Oro por equipos, oro en dobles mixtos y plata individual en París 2024, unos Juegos donde China barrió los cinco oros por primera vez en su historia y donde la única derrota de Sun llegó, cómo no, contra una compatriota. En la ceremonia de clausura de aquellos Juegos fue una de las seis elegidas para el apagado simbólico de la llama olímpica en representación del continente asiático. Campeona del mundo en Durban 2023 y en Doha 2025. La llaman ShaSha en casa y «pequeño demonio» —Xiao Mowang— en las pistas, apodo que describe mucho menos su carácter, afable hasta la timidez, que su manera de rematar.

Pero un currículum no gana un séptimo set. Tres semanas antes de aquella tarde, en Chongqing, esa misma jugadora había caído en cuartos de final contra Kuai Man, once puestos por debajo suyo en el ranking. Y en Macao, para llegar hasta estos cuartos, había tenido que deshacerse en octavos de esa misma Kuai Man. Llegaba tocada. Todo el mundo lo sabía. Goda también.

Séptimo set. La egipcia se pone 10-8. Dos puntos de partido para eliminar a la número uno del mundo.

Los salva los dos.

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Copa del Mundo ITTF, cuartos de final. CGTN Sports

Gana 13-11. Una hora y veintiocho minutos, el partido más largo de todo el torneo, y una ovación que no era exactamente para ella. Goda se echó de espaldas sobre la pista cuando terminó y cruzó después la zona mixta sin decir una palabra, secándose las lágrimas camino del hotel. Sun, en cambio, sí habló, y habló de ella: dijo que había jugado excepcionalmente bien, que había crecido de forma increíble en los últimos años, y que una jugadora joven que disfruta y quiere enseñar lo mejor de sí misma en un escenario así es «el verdadero encanto del deporte de competición».

Cuarenta y ocho horas más tarde levantaba la Copa Hammarlund por tercer año consecutivo, algo que ninguna mujer había conseguido en los cincuenta y tres años de historia del torneo. Este mes de julio, en el US Smash de Los Ángeles, ha ganado su sexto Grand Smash tras otro séptimo set, esta vez contra la propia Kuai Man, que llegó a salvarle tres puntos de campeonato antes de caer. Y el 21 de julio la WTT certificó lo que ya es pura rutina: cuatro años ininterrumpidos en el número uno del mundo, más de doscientas semanas seguidas, casi cuatro mil puntos de ventaja sobre la segunda clasificada.

Todo eso son estadísticas, y las estadísticas son aburridas. Lo que no lo es, lo que uno recuerda meses después, es aquella tarde de abril en Macao en la que la mejor jugadora de la historia reciente de este deporte estuvo a dos puntos de perder contra una chica que había aprendido a jugar a seis mil kilómetros de allí, en un país sin ninguna tradición en esto. Sun Yingsha no manda porque gane siempre. Manda porque, cuando el guion se rompe —y se rompe—, es ella la que sigue de pie cuando cae el último punto. Lo demás no es más que una bola de plástico de cuarenta milímetros yendo y viniendo sobre una mesa donde cabe toda la épica del mundo.

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