Julio Alberto Moreno (Candás, 1958) nunca imaginó que el fútbol lo reclamaría. Nacido en un pueblo asturiano, prefería el piragüismo y el ciclismo a correr tras un balón, pero el destino lo llevó de las calles de Madrid, donde trabajaba como botones para ayudar a su familia, a los templos del Atlético de Madrid y el FC Barcelona. En esta charla íntima, el lateral de alma incansable abre su memoria y nos guía por una vida de esfuerzo y pasión. «Siempre tienes que estar preparado, aunque sea para un minuto», sentencia, un lema que marcó su camino desde los campos de tierra del Cotorruelo hasta el césped del Camp Nou.
Bajo la mirada de Luis Aragonés, su mentor, Julio Alberto dio sus primeros pasos en el Atlético, aprendiendo que el fútbol era más que talento: era sacrificio y compañerismo. Luego, en Barcelona, vivió noches de magia junto a Maradona, cuando el sueño de las Copas de Europa parecía al alcance. Sus recuerdos, entre risas y alguna herida, dibujan vestuarios llenos de vida, duelos épicos contra el Real Madrid y una Eurocopa del 84 que aún resuena. Cada anécdota lleva su sello: la lealtad al equipo por encima del ego, la fuerza de quien nunca se rinde.
Hoy, desde su refugio en la montaña, Julio Alberto mira atrás sin arrepentimientos. El fútbol no solo fue su profesión, sino su escuela para entender el mundo. Esta es la historia de un hombre que, sin buscarlo, dejó huella en la historia del balompié español, y que aún tiene mucho que contar.
Mi hija de nueve años siempre me pregunta a quién he entrevistado. ¿Cómo te gustaría que me refiriera a ti?
Puedes decirle que has estado con una persona a la que no le gustaba el fútbol y que fue el fútbol quien lo eligió a él. De niño, el fútbol no era mi pasión. Crecí en Candás, un pueblo marinero de Asturias, y prefería el piragüismo y el ciclismo. Apenas jugué unas pocas veces en la playa con el Candás Club de Fútbol, donde me apunté a los trece años pero apenas me sacaban porque era muy malo; sólo me ponían en el campo para correr detrásbdel balón y poco más. Básicamente para perder tiempo. Cuando llegué a Madrid un año después, seguía sin ser un aficionado al fútbol, pero todo cambió con el tiempo.
¿Y cómo llega un chico de Asturias al que no le gustaba el fútbol a jugar en el Atlético de Madrid?
Hablamos de los años setenta: en esa época publicaban en el periódico unas solicitudes de cara a hacer las pruebas en el Real Madrid y Atlético de Madrid, que generalmente solían coincidir en el tiempo. Si querías hacerlas, debías rellenar aquella solicitud, la enviabas por carta y un tiempo después te convocaban para que fueras allí a las pruebas. En aquella época eché las dos solicitudes, y gracias a Dios, la primera carta de respuesta que me llegó fue la del Atlético de Madrid. Soy muy creyente, y esto es una de las pruebas. Tendría catorce años y en aquellas pruebas había una cantidad de gente enorme, a lo mejor había mil chicos. Estabas desde primera hora de la mañana hasta el final de la tarde, los entrenadores iban haciendo equipos y jugábamos partidos.
Eras un chaval, pero ya trabajabas para ayudar a la familia y cuando te seleccionan en aquellas pruebas comienzas a compaginarlo.
Por la mañana era botones en el Banco Vitalicio de España y por la tarde entrenaba con el Atlético de Madrid en los campos del Cotorruelo. Para llegar hasta allí nos bajábamos en Carabanchel e íbamos andando hasta los campos, que entonces eran de tierra. Además, detrás había un parque fenomenal donde también nos entrenábamos. Mi mentor fue Víctor Peligros, que precisamente fue el mismo que el de Fernando Torres y de cuyas manos han salido unos cuantos jugadores del Atlético de Madrid. Tenía muchas ganas de jugar al fútbol, de hacer deporte en Madrid y toda la evolución fue muy rápida: estuve tres años en el juvenil, diez partidos con el amateur de Martínez Jayo y un par en el Atlético Madrileño antes del salto al primer equipo.
Comencé a subir a entrenar con el primer equipo desde muy pronto, con dieciocho años recién cumplidos. Luis Aragonés siempre pedía jugadores para hacer el partidillo del jueves, me vio un día en uno de aquellos entrenamientos y se me acercó: «Venga mañana por la tarde a las oficinas del club tranquilamente. ¿Tienes dieciocho años, verdad? Pues deja a tu madre en casa, que no hace falta que venga, y vas a firmar contrato con el primer equipo». Así, el viernes ya me reuní con Luis, Víctor Martínez, Ángel Castillo y don Vicente Calderón en las oficinas del club y firmé.
Aquel primer sueldo…
Fue un contrato hasta final de temporada y doscientas mil pesetas. Lo primero que pensé fue: «Estos tíos se han fumado algo, están flipados» (risas). Y como ellos sabían perfectamente la situación que tenía en casa, que era el mayor y tiraba de tres hermanos con mi madre y entre los dos teníamos que sacar la casa adelante, ya me dieron el primer sueldo: «Esto es para que lo tengas, y luego vas al Banco Urquijo, que te darán un crédito para que puedas coger una casa». Aluciné. Primero, porque no me creía que con un papel me iban a dar un crédito. Incluso pregunté a Ángel Castillo, que era el encargado del fútbol base: «¿Con este papel puedo ir al banco y a mí me van a dar cien mil o doscientas mil pesetas? Explícamelo, por favor». Fue ahí donde me enseñaron que era un crédito. Me lo enseñaron absolutamente todo. El Atlético de Madrid conmigo hizo de padre y madre, por decirlo de alguna manera.
Ese primer sueldo que me dieron fueron sesenta y ocho mil setecientas pesetas e imagina la cara de mi madre cuando abrí aquel sobre. «¿De dónde los has sacado?», me preguntó. Cuando intenté explicarle, me contestó que o devolvía lo que había robado o que no volviera, por lo que tuve que llamar al Atlético de Madrid para que ellos le explicaran que era mi sueldo. Fui a comprar equipamiento a mis hermanos, los puse de punta en blanco. A mi madre le compré un albornoz, un camisón y zapatillas.
¿Qué importancia tuvo Luis Aragonés en tu adaptación?
Toda. Hubo muchas tardes en las que incluso se quedaba conmigo después de las sesiones hablando conmigo. Además, por las mañanas, cuando entrenábamos, me daba muchos consejos: «No te sirve de nada tener estas cualidades que tienes, que eres una máquina corriendo que no te para nadie, si cuando llegas al final pegas un pelotazo a la grada. Esto no te sirve, así que hay que mejorar. Te vas a ir con García Cuesta -que era el preparador físico- y te vas a preparar. Le voy a contar lo que tienes que hacer y te vas a poner a centrar balones. En el día a día, estate tranquilo y si tienes cualquier problema o alguna otra cosa, vienes y me lo dices». Luis se convirtió un poco en un padre, en esa figura.
Debutas contra la Real Sociedad.
Me advirtió: «Niño, vas a jugar hoy y tienes que marcar a Idígoras». Luego me empezó a contar cómo jugaba, lo que hacía y que yo era más fuerte que él. En ese momento, le miré: «Míster, ¿usted ha visto a Idígoras?». El símil de hoy sería un gladiador de la película Gladiator. Un tío, un bicho, con un bigote y una cara de mala hostia que te cagas. Yo le preguntaba, «pero míster, ¿a este qué le hago?». Y me responde: «¡Mátalo, que eres más fuerte que él!». ¡Y ganamos! Lo hicimos por 2-1, el segundo gol fue un pase mío y además marqué muy bien a Idígoras.
En ese partido hay un incidente que me viene a la cabeza de vez en cuando. Mi debut fue la única vez en que mi madre fue a un campo de fútbol e incluso tengo una foto guardada. Ella fue junto a mis hermanos y en un momento dado, algunos aficionados de la Real Sociedad que estaban al lado, detrás del banquillo contrario, me llamaron hijo de puta porque le había dado un pisotón a Idígoras. Cuando me insultaron, mi madre se estaba tomando una Coca-Cola, cogió el bote y ¡pum! le dio a uno en la cabeza y se la abrió… ¡veinte puntos le dieron! Entonces, de repente me voy a sacar de banda y veo que los grises se estaban llevando a mi madre detenida. Lo primero que me salió fue mirar a Luis y avisarle: «Míster, que se llevan a mi madre», como un niño pequeño. Fue ahí cuando él me respondió: «Niño, joder, sigue jugando y deja de dar por culo».
Luis te apoyó en un momento complicado después de un partido en San Mamés en Copa del Rey.
Sí, me marqué un gol en propia puerta frente al Athletic, había estado llorando durante el partido porque también había dado un mal pase que acabó en gol de ellos y Luis se dio cuenta. Entonces, volviendo de Bilbao se sentó a mi lado en el tren y me pidió que hiciera un análisis de los siguientes tres partidos. Pasado ese tiempo, volvió a hablar conmigo y me preguntó si tenía la sensación de haber perdido o empatado y que cogiera un papel para apuntar cuántas veces habían fallado mis compañeros. Después, me soltó una frase que me sirvió mucho: «Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Y todos fallamos, incluso yo. Lo que tienes que aprender es a equivocarte las menos veces posibles».
Después de esa temporada en la que debutas, juegas otro año más en el Atlético de Madrid y te marchas cedido al Recreativo de Huelva en Segunda División. ¿Por qué?
Creo que en el club querían que me fogueara y me hiciera más fuerte. También vino otro entrenador, también es cierto, y cada maestrillo tiene su librillo: había tres laterales izquierdos, uno sobraba y me tocó la china. De cualquier modo, aquella cesión no salió nada bien, porque me rompí el menisco al poco de llegar. Y además de la forma más tonta del mundo. Estábamos jugando en Santander cuando intenté ayudar a un jugador del Racing que se iba a caer con tan mala suerte que se cayó encima de mi rodilla… y ¡crack!, noté rápidamente que me había roto el menisco. Jugué apenas unos pocos partidos y volví a Madrid para recuperarme; luego regresé a Huelva y ahí ya me recuperó el Atlético de Madrid. Desde entonces ya fui titular.
Tu última temporada en el Atlético coincide con Hugo Sánchez, que llegó como una estrella desde México pero tuvo un inicio complicado.
¿Sabes que Hugo Sánchez era dentista, no? Nosotros, para meternos con él, le llamábamos «sacamuelas» (risas). Siempre se lo advertíamos: «Como no metas gol te vamos a sacar nosotros los dientes». La primera media temporada le costó, pero luego ya se enchufó. Era un muy buen compañero y un grandísimo goleador.
Cuando subes al primer equipo, el portero suplente era Tirapu, que apostaba con los compañeros para ver si alguno era capaz de marcarle un gol desde fuera del área en los entrenamientos.
¡Y al Luis! Le decía: «Venga, ven aquí, que no tienes lo que tienes que tener». De hecho, el único jugador que salía vestido de amarillo al campo de fútbol sabiendo que Luis lo tenía prohibido era Tirapu. Tirapu era un crack, ¡vaya cualidades que tenía! Leivinha, Pereira, Eusebio, Benegas, Marcelino, Becerra, Marcial… Cuando llegué allí y vi a esta gente, pensaba «¿qué pasa aquí? Esto es la jungla». Para que te hagas una idea, mi madre me había dado veinticinco pesetas para volver en metro desde Pirámides y en cuanto entré al vestuario y vi el panorama las escondí en la taquilla porque lo primero que se me vino a la cabeza fue: «Estos me van a robar, seguro». Había que llegar a aquel vestuario y ver lo que había…
En aquel Atlético de Madrid coincides por primera vez con Marcos Alonso. ¿Es el mejor amigo que te ha dejado el fútbol? Porque no sé si este mundo deja muchos amigos.
Sí, este mundo me ha dejado amigos, pero no tantos como la gente pueda imaginar. Al compartir un vestuario con tantos futbolistas durante las catorce o quince temporadas que he jugado al fútbol con el Atlético de Madrid y el FC Barcelona, al final hay amistad. Pero la palabra amigo es otra cosa. La amistad es una cosa y la palabra amigo implica muchas más cosas. Y Marcos es uno de ellos. Ha sido mi gran amigo, el amigo del alma, el compañero de batallas en el fútbol, en las familias, de todo.
¿Cómo supiste de su fallecimiento?
Estaba enterado, porque me pasé el año yendo a verlo. Fue un palo duro, muy difícil para mí. Tremendamente complicado.
A Marcos y a ti os gustaba mucho hacer la puñeta a Luis.
El míster tenía la costumbre de ir a la sauna cuando acababan los entrenamientos, así que nosotros cogíamos un cubo de agua helada con hielo y se lo tirábamos por encima cuando estaba ahí. También le dejamos encerrado ahí más de una vez y no podía salir; casi lo matamos. Y algunas cosas más que no te puedo contar.
Me decías que el fútbol te había dejado más amigos.
Xavi Hernández o Bernd Schuster, con el que tuve una buena relación y todavía la mantengo. Bernd Schuster es un diez, me he llevado excepcionalmente bien con él. Es una persona con carácter, directa y que no tiene dos caras. No es de los que te va a decir una cosa y hacer otra distinta. Bernd es una persona extraordinaria con la que tuve una grandísima relación que comenzó cuando compartimos vestuario en el Barça y sigue a día de hoy, porque hace cuatro días estaba en mi casa con su mujer Elena. Puedo presumir de ser su amigo y quiero mucho a su familia.
Tenía planeado preguntarte luego por qué le pasó aquella noche en Sevilla frente al Steaua de Bucarest, pero ya que sale su nombre…
No, eso no te lo puedo contar. Si es mi amigo (risas)…
¿Cómo surgió la posibilidad de dejar el Atlético de Madrid y marcharte al FC Barcelona?
Me lo comentó Marcos. Él ya había fichado y me advirtió: «El presidente quiere hablar contigo, te van a hacer un ofertón. Udo Lattek está enamorado de ti y quiere que vayas para allá».
¿Lo tuviste claro desde el primer momento?
Cuando supe del interés lo consulté con mi mujer: «Carmen, están interesados en el Barça y van a hacer una oferta fantástica». Lo hablé incluso con mi suegro y fue un sí rotundo. Era una oportunidad sensacional de ir a un equipo que había fichado a Maradona, a Perico Alonso… a muchos jugadores de nivel.
Ese verano en que vas al FC Barcelona, precisamente Luis Aragonés regresa al Atlético. ¿Hubiera influido en tu decisión?
No. Una vez que consultas con la familia y estás dispuesto a hacer un cambio para bien, porque lo que quieres es al final estar dentro de los libros de historia del fútbol, ya no cambias. Tener la posibilidad de jugar en el Atlético de Madrid, en el Barça, en la selección española, ser titular y hacer un poco de historia… ese es el objetivo, lo que queda en el recuerdo.
¿Notaste mucho el cambio de Madrid a Barcelona?
Mucho, mucho. Son ciudades totalmente diferentes. Madrid es una capital espectacular, pero Barcelona es la mejor. Estaba a la vanguardia de todo. Fue un cambio brutal, una manera de vivir distinta y con costumbres muy diferentes, pero Barcelona es una ciudad sensacional.
Diego Maradona.
El Diego que conocí es el Diego que estaba a años luz. Bastaba con verlo. Mi taquilla estaba al lado de la de Marcos y justo después se encontraba la de Diego, por lo que estaba muy cerquita y te quedabas ahí, embobado, mirando todo lo que era capaz de hacer. Cualquier cosa que pudieras hacer con un balón o con unas medias parecía ridículo: él cogía cualquier cosa y era capaz de hacer magia. Diego era especial. Y luego, la personalidad. Diego era un tío con una personalidad potente.
Cuando Marcos y tú coincidisteis en el vestuario por primera vez con Maradona, él te comentó: «Vamos a cuidar de este, que nos va a hacer ganar».
La primera vez que coincidimos en el vestuario fue el día que nos presentamos y no queríamos ni salir después de lo que le vimos hacer. Recuerdo que llegó allí, se sentó en el vestuario, cogió las medias -que por aquel entonces siempre nos las dejaban allí enrolladas como si fueran una bola junto a la camiseta, los pantalones y las botas- y se puso a dar toques con ellas mientras estaba sentado: pum, pum, pum… ¡y no se le caían! Marcos y yo le mirábamos alucinados: «Pichón, ¿y ahora tenemos que salir nosotros?».
Después de eso, le comenté que teníamos que estar con él y me acerqué: «Diego, si necesitas algo, no te preocupes. Y cualquier cosa, nos dices» (risas). El Pichón se partía de la risa. Luego, como compañero, Diego era espectacular: generoso, buen amigo… Nosotros nos sentábamos en el vestuario y hablábamos de la Copa del Rey, la Liga, la Copa de Europa, los premios, las primas, los viajes o las comidas y él era el primero en dar la cara. Y no tenía por qué: no era el capitán del equipo.
Allí el capitán éramos Alexanco, Migueli o yo, que éramos los más veteranos, pero él siempre daba la cara por todos. Incluso por los que venían del fútbol base, porque cada vez que subía algún chaval de la cantera, si había que dar la cara por él y arreglar el contrato, el primero que iba a hablar por él era Diego. Pero no sólo te hablo de la generosidad con los compañeros, sino también con los pobres, con la gente que estaba en la calle, la más necesitada. Lo conocí durante años y me cansé de ver la cantidad de gente a la que ayudó y a la que incluso metía en su casa. Veía a un chico pobre tirado en la calle y lo metía en su casa. Un tío que necesitaba comer, también lo llevaba a su casa y le daba dinero. Y esa es una parte de Diego que se conoce muy poco, pero que sí que era cierta. Él no esperaba a que la gente le llamara para pedirle ayuda, sino que la ofrecía directamente.
Maradona se quejaba bastante de los entrenamientos de Udo Lattek y aquellos balones medicinales. ¿Tú cómo le recuerdas?
Era un entrenador alemán. Udo era una grandísima persona, muy grande. Además, tuvo un problema con un hijo que se le murió muy joven y eso le marcó bastante. Era una persona muy sensible además de muy buen entrenador.
De él, pasáis a Menotti.
Sí, el presidente había hecho un equipo mucho más apropiado para la forma de ser y de entrenar de Menotti, que venía de ser campeón del mundo en 1978, que la de Udo Lattek, que tenía una idea de fútbol diferente. Ni mejor ni peor, sino diferente. Hay que recordar que Lattek no había estado sólo en el FC Barcelona, sino que había estado también en equipos alemanes ganándolo todo.
Él cambió los entrenamientos a la tarde y se habló mucho acerca de que así podía salir por la noche y no necesitaba madrugar.
No es así. Con eso hemos hecho broma todos, pero la realidad es que él pensó: ¿a qué hora jugamos? A las siete de la tarde. ¿Y a qué hora entrena un atleta cuando prepara una competición? Si va a correr a las once de la mañana en Belgrado, entrena a esa misma hora para que las condiciones sean las mismas. Los únicos que no entrenamos a la hora de los partidos somos nosotros debido a que un día se juega a las diez, otro a las siete… Por eso, aquella medida tiene lógica. Como deportista, tiene lógica. Menotti era un sabio.
Con él en el banquillo ganáis una Copa del Rey muy recordada, la de 1983 frente al Real Madrid. Recibes de Diego, asistes a Marcos y gol.
Maravilloso. Aquel partido en Zaragoza lo recuerdo con una alegría tremenda porque todos lo tenemos en el corazón: ganar al Madrid en el último minuto, con un pase mío y un gol de Marcos. Sin embargo, si se lo dices a un entrenador, te mete la bronca, dado que estábamos 1-1, íbamos a la prórroga y yo, como lateral, no me puedo ir al ataque. A mí me estaban echando la bronca, me estaban diciendo «párate, vamos a tener el balón, esto se acaba y vamos a la prórroga». Pero pensé «¡qué narices!», cuando vi que Diego cogía el balón tiré para arriba y pasó lo que pasó.
Sin embargo, Menotti no estuvo demasiado tiempo.
Teníamos muchas expectativas debido a que estaban Diego, Menotti, y había un equipo totalmente reforzado… pero no se lograron los objetivos. Vino la lesión de Diego, la hepatitis de Diego y lo echamos mucho de menos. Con Maradona hubiéramos cambiado el curso de la historia en cuanto a la Champions. Si Maradona no se lesiona, hubiéramos ganado cuatro Copas de Europa seguidas. Si hubiese seguido en el Barcelona, habríamos ganado todo.
¿Crees que Maradona era un futbolista con un perfil para estar mucho tiempo en el FC Barcelona?
Creo que sí. Los jugadores permanecen en un equipo cuando están a gusto. Y esas circunstancias se dan cuando tú también ganas. Cuando pierdes, cuando ves que no cumples los objetivos y te ves incapaz porque el equipo no acaba de funcionar, y más a un jugador de estas características, lógicamente empiezas a pensar en cambiar de equipo. Pero creo que cuando las cosas funcionan más o menos bien…
Cuando veías a Diego en Nápoles ganando Scudettos o en aquel Mundial de 1986, ¿no pensabas: «joder, lo que sería este equipo si se hubiera quedado aquí»?
Claro, es lo que hemos pensado todos. Marcos y yo lo hemos hablado muchas veces: si Diego no se va a Nápoles y se hubiera quedado en Barcelona, nosotros estaríamos ganando la UEFA, la Champions, la Liga y un montón de cosas. Pero se marchó y fue su decisión.
Aquella rivalidad con el Real Madrid y muchos jugadores con los que luego coincidías en la selección.
Personalmente, esa rivalidad fuera del campo nunca la sentí y tengo muchos amigos en el Madrid: Emilio Butragueño, Michel, Chendo, Camacho, el difunto Miguel Ángel, que en paz descanse. Tengo grandísimos amigos en el Real Madrid y es gente a la que quiero mucho y a la que respeto. Por eso, nunca ha existido esa rivalidad. En el campo siempre iba a muerte a por ellos, pero fuera son de la familia. Con Juanito, dentro del campo, me estaba pegando todo el rato con él y más tarde, después de alguna jugada, nos preguntábamos: «Oye, ¿has reservado mesa para cenar?».
Se marcha Menotti y llega Terry Venables.
Venables era un diez como entrenador. Además, tenía una cosa especial: era el que mejor preparaba los partidos. Controlaba todos los detalles que puede haber en un encuentro: saques de banda, córners, jugadas a balón parado, estrategia, sistemas de juego, variantes en el juego en cuanto al sistema táctico en defensa, en ataque, en la banda… Todo lo que tú te puedes imaginar lo estudiaba cada partido. Y además, te volvía loco, porque te daba una cantidad de datos del contrario que ninguno en el equipo estábamos acostumbrados a recibir. Te cogía y te explicaba: «Julio, vas a marcar a este señor. Y este señor hace esto en ataque, esto en defensa, esto cuando recibe. También va a hacer esto en balón parado, te vas a colocar aquí…» Luego él reducía esa información y la llevaba a un plan estratégico para jugar, cambiando de táctica pero con un sistema, un 4-4-2, con unas variantes que sorprendieron y que arrasamos en la Liga desde el primer partido, que ganamos 1-3 al Madrid.
«Urruti, t’estimo». Esa Liga después de una década.
¡Uf! Según informaron las autoridades en Barcelona, el día que nosotros ganamos la Liga después de diez años, en el 84-85, había un millón de personas en la calle. Ya no eran solo los jóvenes en la calle y las motos que nos seguían, que fue algo brutal e hizo que tardáramos siete horas en llegar a la Plaza San Jaume. Fueron también los mayores que estaban en las ventanas, esos socios y simpatizantes culés llorando. Veías todo aquello y te emocionabas. Fue apoteósico.
Uno de los momentos icónicos de tu carrera es el gol a la Juventus en cuartos de aquella Copa de Europa de 1986. ¿Es tu mejor momento en un campo de fútbol?
Personalmente, sí. Si echas la vista atrás y piensas «mi mejor momento», sí, el mejor. Pero he disfrutado mucho en el césped, porque también fue muy bueno el de la final de Copa de Zaragoza de la que hablábamos antes, donde no tuve ninguna pérdida de balón. Ni con oposición ni sin ella fallé un pase a un compañero, y eso es muy difícil de conseguir, además en esa zona del campo.
Días inolvidables. ¿Cómo se vive el éxito?
Es complicado de gestionar, sobre todo cuando todo eso va acompañado de fama y dinero. La vida va rápido…
En semifinales le remontáis un 3-0 al Göteborg en el Camp Nou. ¿Cómo se vive eso sobre el césped?
Fue una cosa de la leche, porque después de perder 3-0 allí logramos darle la vuelta a la eliminatoria en casa y ganar en los penaltis, que es algo maravilloso. Pero te tengo que decir que los del Göteborg, cuando salieron en los primeros minutos, estaban temblando. No te voy a contar por qué, pero estaban temblando.
¿No se puede seguro?
No se puede decir.
Y llega la famosa final ante el Steaua de Bucarest. ¿Pudisteis pecar de exceso de confianza?
Sí, pecamos. Pecamos de confianza y además fue muy duro perder en Sevilla. Durísimo.
¿Hubieras lanzado en esa tanda si te lo hubieran pedido?
Sí, la hubiera reventado.
Helmut Duckadam paró cuatro penaltis e incluso se comentó que Ramón Mendoza le regaló un Mercedes, aunque años más tarde se desmintió…
Falleció hace unos meses. Tuvo muy mala suerte porque padeció una enfermedad que le incapacitó los brazos, pero era un portero sensacional y una persona maravillosa.
¿Y cómo es el día después de perder una final de Copa de Europa?
El día no, los días. Los días después son muy difíciles, complicadísimos y muy dolorosos.
La siguiente temporada parece que el equipo arrastra la decepción de Sevilla y a las pocas jornadas es destituido Venables y llega Luis Aragonés.
Fue una temporada muy complicada, nosotros lo pasamos muy mal como plantilla y como equipo. No estábamos ganando muchas cosas en casa, los cambios nos afectaron muchísimo, porque cuando se marcha o viene alguien, no todo el mundo está de acuerdo. Nadie lo dice, pero no todos lo aceptan. Y eso se refleja en el vestuario y en el terreno de juego. Nos costó mucho, a pesar de que con Luis dimos un paso adelante. Luego estuvo el Motín del Hesperia y todo eso afectó muchísimo al equipo, aunque a pesar de todo ganamos la Copa del Rey a la mejor Real Sociedad de todos los tiempos.
¿Cómo se afronta aquella final de Copa del Rey sabiendo la situación tan delicada en la que estáis?
El míster lo preparó que te cagas. A nivel emocional y anímico fue muy bien, la Real Sociedad era favorita, pero sabíamos que lo íbamos a ganar. Les dimos para el pelo a los Bakero, Begiristain y López Rekarte, que precisamente luego ficharon por el Barça y yo se lo recordaba: «Benvinguts» (risas)… De estas cosas hay que acordarse un poco.
Aquella final es el primer partido que recuerdo haber visto en televisión y me impactó la figura de Arconada.
Luis ha sido el mejor portero que hemos tenido en España.
Luis Aragonés, que entre sus virtudes tenía la de ser un psicólogo excepcional, ¿qué mensaje lanzó al llegar a una plantilla traumatizada?
Recuerdo que cuando le vi otra vez me hizo una ilusión tremenda, porque somos amigos. Lo veo en el vestuario, me llama a su despacho y me pregunta: «¿Cómo estás, pequeño?», como si fuera su niño, igual. «Bien, míster», le respondí. Luego, él me comentó que aquí lo íbamos a tener complicado y que le tenía que ayudar a sacarlo adelante. Luego llamó a Marcos y le dijo lo mismo, porque luego compartimos esa información. A mí cuando el míster me pidió eso, le respondí que no se preocupara porque lo íbamos a sacar adelante.
Él sabía que Bernd Schuster se iba al Real Madrid pero decidió apostar por él.
Fue muy importante para el equipo y detalles como ese nos dieron una tremenda estabilidad.
Aquella temporada Luis está de baja un tiempo por algo que en la época se explicó como una depresión. ¿Se le notaba en el día a día que estaba viviendo un momento complicado?
No, él transmitía siempre normalidad en el día a día.
Calderé nos definió a la perfección lo que ocurrió para que estallara el Motín, pero lo que a mí me gustaría saber es cómo influyó en vosotros ver que el entrenador se ponía de vuestro lado aun sabiendo que eso le iba a costar el cargo.
Sí, es muy importante. Luis era querido precisamente porque era una persona tremendamente honesta y además estaba siempre del lado del jugador.
¿Que se fuera Luis fue un palo o lo teníais asumido?
A mí me hubiera gustado que se hubiese quedado, la verdad.
Y llega Johan Cruyff. ¿Crees que él cambió el estilo del Barça o había un Barça pre-Cruyff que ya tenía esa filosofía?
Cruyff cambió absolutamente todo en el Barça. Llegó con una idea muy concreta de juego que se venía haciendo en Holanda, en el Ajax y en el fútbol base; y en el FC Barcelona cambió todo, desde el primer equipo hasta el fútbol base. Todos jugaban igual, a lo mismo, de tal manera que todo el mundo tenía que saber cómo había que jugar: si eres el 4 juegas el medio, si eres el 5, si eres el 3… todo el mundo sabía cómo tenía que jugar.
Con Johan Cruyff empiezas a jugar menos. ¿Qué sucede?
Como te comentaba, Johan Cruyff trae algunos cambios, empieza a hacer cosas diferentes: a querer jugar a veces con tres atrás, con cinco en el centro del campo, con un cuatro que pivota entre el medio y el defensa… una serie de ideas tácticas y técnicas totalmente diferentes. El primer año contó bastante conmigo, el segundo ya muy poco, y el tercero prácticamente contaba conmigo como un entrenador. Sí, jugaba algunos partidos, en Copa del Rey, pero sabía que Johan había traído a Juan Carlos, antes a Miquel Soler… en fin, había hecho algunos fichajes que provocaron que personalmente no fuera tan imprescindible.
Calderé nos comentó que Cruyff le descartó porque corría mucho y le dijo que en el fútbol no hacía falta correr tanto.
Sí, esas eran cosas de Johan.
Con todo el Motín del Hesperia y la llegada de Cruyff, hubo una limpia muy importante en el equipo. ¿A ti no te tantearon para que te marcharas?
No. De hecho, no renové mi contrato en mi último año porque no quise: me ofrecieron tres años más.
Pero sí que intentaron que te rebajaras el sueldo…
Eso me lo hizo Cruyff el primer año, nada más llegar. Me señaló que yo tenía el mejor contrato de la plantilla, y era verdad: tenía un contrato espectacular en el que incluso cobraba los premios de los partidos sin jugar. Johan me dijo: «No vas a jugar aquí. O te bajas el sueldo, o no juegas aquí». De sopetón, la primera semana. Ahí le respondí: «Pues no juego», así que me mandó para casa.
Así, después de un mes en casa, empecé a plantearme cosas y valoré que tenía dos opciones: o irme y que me pagaran todo, los tres años que me quedaban de contrato, o quedarme aunque fuera cobrando menos. ¿A mí me gusta Barcelona? Sí. ¿Me gusta el Barça? Sí. ¿Quiero quedarme aquí y me siento culé? Sí. Me replanteé una serie de cosas, me hice algunas preguntas, decidí quedarme y fui a ver a Cruyff y hablar con él.
Y Cruyff, que era más chulo que un ocho, me recibe allí y suelta: «¿Qué, Julio? ¿Ya te lo has pensado?». Le respondí que sí: «Toma el contrato, pon la cantidad que tú quieras, que me quedo». Jugamos una partida y me la jugué. Puso una cantidad y me quitó prácticamente veinte millones de pesetas de lo que ganaba en cada año de contrato. Y yo, pum, lo firmé sin protestar.
Pasó la temporada y cuando acabó ese primer año me llamó al vestuario. Allí, los dos solos, me fue sincero: «Has tenido un comportamiento de diez, sin saber si ibas a ser titular. En todo momento has estado tirando del equipo, eres uno de los capitanes y no me has creado ningún problema». En ese momento, me dio un sobre: «Vete a casa y cuando llegues, lo abres, que esto es para ti y para tu familia». Y ahí estaban los veinte millones: me los había devuelto.
Toda una prueba.
Sí. Si no le digo eso, estoy fuera. Sé que otras personas, todas las que estuvieron en esa tesitura, se marcharon. Todos se fueron. Nos quedamos Zubizarreta, Alexanco y yo.
Desde la llegada de Johan el equipo va creciendo, se gana la Copa del Rey, la Recopa… pero tú vas jugando menos. ¿Cómo es esa sensación de ver cómo el equipo crece pero tu importancia es menor?
Primaba el Barça. Había tomado una decisión y el equipo estaba por encima de mi ego personal. Sabía que podía ser útil en algún momento y entrenaba cada día como si fuera a ser titular. Me daba igual ser titular en pocos partidos o muchos; estaba ahí para lo que tanto el entrenador como el equipo necesitaran. Tengo esa personalidad, porque si no ¿para qué me quedo? Podría haberme ido y cobrar todo lo que tenía firmado. Estaba viviendo en Barcelona, en la ciudad que me gustaba, tenía una relación maravillosa con el club y estaba aportando. Era uno de los capitanes del equipo y estaba ahí para seguir luchando y peleando.
Además, las cosas cambian. Cuando llegó Cruyff, pensaba que íbamos a estar muchos años con él, pero también tenía la experiencia de toda una carrera en el mundo del fútbol y he visto a Héctor Núñez, a Luis Aragonés, a Udo Lattek, a Terry Venables, a Menotti… he visto tantas cosas en el fútbol que tampoco me preocupa y en este mundo, desgraciadamente, dos más dos no son cuatro. Y tú, cuando estás en un equipo, estás más allá de si eres titular o no. Lo que tienes que hacer es estar siempre listo para jugar, preparado para salir, aunque sea un minuto.
Hay un entrenador que me dijo una vez, aunque no me acuerdo quién fue, una frase que se me quedó en la cabeza: «Si te preguntara si estás preparado para jugar los noventa minutos de un partido, ¿qué me responderías? Sí, claro. ¿Y si fueran cuarenta y cinco? También. ¿Y uno?». Porque esos cinco o diez minutos son los que Rijkaard le dio a Messi cuando debutó. O los que tuvo Cruyff cuando debutó. Pero tú, ¿para qué estás preparado? «Ah no, sólo estoy preparado para jugar noventa minutos». En ese caso, no me vales. No me sirves para mi equipo.
Tú tienes que estar preparado para jugar cuando el equipo lo necesite, ya sea media parte, dos minutos o una prórroga… e incluso cuando no juegas, porque tienes que estar preparado. El fútbol depende de eso. Y si no estás preparado para estar en un equipo de veinticinco tíos que todos luchan por ser titulares y de los que sólo van a ser once, no sirves para el fútbol. Esta es mi filosofía desde que conocí a Luis Aragonés y Víctor Peligros me hizo jugador en el filial del Atlético de Madrid: siempre tienes que estar preparado. ¿Qué juegas un minuto? Tienes que ser el mejor. ¿Qué es media parte? Exactamente igual. Y es así como acabarás jugando cada partido, por tu actitud.
Si me lo dices así, parece sencillo. Pero asumir esto después de ser tan importante en el equipo durante tantos años…
Mira, el año en que me retiré, cuando dejé el fútbol en 1991, tenía una oferta para trabajar en un banco, pero también las tenía para seguir jugando. Me habían llamado desde Japón y también el Olympique de Lyon para ir a Francia y el Bolton para jugar en Inglaterra, pero me decidí por el banco.
¿Se te acabaron las ganas de jugar?
Como te comentaba antes, el FC Barcelona me ofreció otros tres años, pero respondí que no. Sin embargo, no me cansé de jugar, sino que era lo suficientemente joven para volver como ejecutivo al club. Buscaba estar cerca de Barcelona y permanecer próximo a la entidad. En ese momento quería trabajar en el banco y después volver al club con más experiencia a nivel empresarial y poder ser útil dentro del equipo. Por eso tomé esa decisión. Esa era mi idea, aunque luego las cosas no salieron así, pero estar otros tres años en el club implicaba otro funcionamiento: menos preparación, no poder estudiar lo que necesitaba… Miré más a largo plazo.
Tú has estado con Maradona y Schuster, pero en esos años de Cruyff llegaron jugadores como Laudrup, Stoichkov… ¿cómo era entrenar con esta gente?
Más bien, preguntaría a Laudrup y Stoichkov cómo era entrenar conmigo, porque los mataba corriendo. Tenía claro que lo que no iban a hacer era correr más que yo. Por cierto, ¿sabes que Laudrup vino a Barcelona por Tony Damascelli, un periodista italiano amigo mío que ahora está retirado y tiene una casa rural espectacular en el sur de Italia, y por mí? Nosotros habíamos jugado tiempo atrás contra la Juventus y teníamos una amistad, así que un día hablando con él supimos que quería salir de allí. Le pregunté si quería que le contásemos a Johan a ver si podía concretarse la posibilidad de que viniera al Barcelona, luego el propio Cruyff llamó a Laudrup y terminó viniendo al Barça.
Hiciste de director deportivo.
Sí, pero no me llevé ni un duro como los intermediarios estos (risas).
A Onésimo le di fuerte el primer día. ¡Que te lo cuente! Llegó al primer entrenamiento con el Barça y Johan (Cruyff) quería ver a los nuevos: Juan Carlos, Koeman, Laudrup… y organizó un partidillo. Al poco de empezar, Onésimo cogió el balón en la banda y ya sabes cómo es: se fue al córner, la saca, la escoge, la enseña, te la doy… y yo ni la veía, así que adiós: le metí un golpazo en la rodilla y se lo tuvieron que llevar. «Esto lo tienes que hacer los domingos», le dije.
Te retiras y al año siguiente el FC Barcelona gana su primera Champions League, pero en las imágenes se te ve por allí a la puerta de los vestuarios como uno más. ¿No se te quedó la espina de haber seguido ahí?
Sí, cuando se ganó la Champions es cuando pensé: «podía haber firmado los tres años que me habían ofrecido y ahora sería campeón de Europa». De cualquier modo, estuve allí junto al resto del equipo porque me invitó Johan y lo disfruté muchísimo.
A nivel selección, el gran hito es aquella Eurocopa de 1984 en la que no partís como favoritos después de llegar con la goleada a Malta en la clasificación y llegáis a la final.
¡Y encima empatamos con Rumanía en el primer partido! Sin embargo, es que había un equipo… Siempre lo digo: cuando escucháis a los futbolistas y a los entrenadores expresar que un equipo es una familia y que es un grupo humano extraordinario, esa es una parte que es muy de verdad. Cuando en un equipo hay entendimiento, hay feeling entre los jugadores, no hay envidias ni egos… se nota mucho. Y esta selección española que llega a la Eurocopa con Miguel Muñoz era una piña. Estaban Camacho, Míchel… todos. Y esa fue precisamente la base para que pudiéramos hacer ese campeonato tan bueno y alcanzáramos la final.
Eso no pasa en 1986…
¿Cómo que no pasa? En el Mundial nos pasó igual.
Poli Rincón llegó a aparecer con las maletas en la mano porque no entendía su suplencia; Carrasco, en el comedor, se levantó durante el almuerzo y lanzó su plato de espaguetis contra la mesa del seleccionador y sus ayudantes…
No, no pasó nada de eso. Y si no, he debido vivir otra cosa. Había un equipo maravilloso con Señor, con el que compartí habitación, con Calderé… y había un equipo increíble, una piña.
Precisamente Calderé lo pasó muy mal por un virus.
Fue un día que salimos a dar una vuelta en Puebla e incluso pasé un poco de miedo, porque nunca había visto una pelea de gallos, estuvimos en una y allí iban todos hasta con pistolas. Calderé se metió en un chiringuito para comer un bocadillo, una hamburguesa o algo así y le pegó un viaje tremendo. Lo pasó muy mal. ¿Has visto imágenes de los niños con el estómago así inflamado? Él estaba igual debido a la infección. Fue la ameba, que se instala en el cuerpo y te deja así; es un parásito que se instala y te va matando por dentro. Calderé la cogió y al principio nos reíamos, pero poca broma.
Argentina celebró cuando os elimina Bélgica porque os tenían mucho respeto.
Nosotros habíamos hablado con Diego antes de ese partido para advertirles de que les íbamos a dar, que se prepararan porque íbamos a por ellos. Él se reía, el mamón, y decía «sí, sí…»
Eurocopa o Mundial, ¿cuál te dejó mejor recuerdo?
La Eurocopa la recuerdo con mucho más cariño que el Mundial. Si tuviera que poner algo por delante, lo haría con la Eurocopa: primero, porque fue en Francia, que fue espectacular. Y también porque disfruté mucho. Nos enfrentamos con Portugal, Alemania, con Francia… además, con Michel Platini empezamos a conocernos como rivales, luego nos hicimos amigos y más tarde tuve una muy buena relación con él.
Es curioso que antes me hablabas de Arconada como el mejor portero y aquella Eurocopa se pierde por un error suyo en la final.
¿A quién no le ha pasado? Si miramos a los otros, mejor no hacerlo. Todos los que han jugado han tenido un día malo o un tropiezo. Además, él fue muy importante en la semifinal ante Dinamarca haciendo un partidazo.
Si tuvieras que resumir toda tu carrera con un detalle, ¿con cuál sería?
Para mí, el compañerismo, el vestuario. Si tuviera que quedarme con algo del mundo del fútbol es el vestuario. Es lo que más echo de menos… si tuviera que echar algo de menos.
¿Pero echas de menos el fútbol?
No.
¿Y lo sigues?
Eso sí, veo los partidos habitualmente.
¿Cuándo eras pequeño veías fútbol o has visto más fútbol a raíz de jugarlo?
Cuando era pequeño, lo que veía era ciclismo.
Entonces, ¿jugar al fútbol te hizo aficionarte al fútbol?
Sí, de alguna manera…
¿Con qué jugadores de los que ves hoy en día te identificas más?
Hay varios jugadores con los que me identifico. Uno puede ser Balde y otro, Marcos Alonso, que son laterales que a mí personalmente me gustan mucho y con los que me identifico bastante en cuanto a su forma de jugar.
¿Jugaría Julio Alberto en el FC Barcelona de hoy en día?
Creo que sí. Con todo mi respeto por los jugadores que hay hoy en el FC Barcelona, pienso que sí podría hacerlo.
Con la perspectiva del tiempo, ¿cambiarías algo de tu carrera?
No cambiaría absolutamente nada. Estoy contento con mi carrera; tan solo me ha faltado ganar una Champions, y eso es lo único que podría echar un poquito de menos, pero no modificaría nada de mi vida profesional. Estoy satisfecho con el trabajo que he hecho, aunque podría haber alargado mi carrera un poco más y, en vez de haberme retirado en 1991, podría haberlo hecho en 1993 o 1994.
¿Cómo es un día normal en la vida de Julio Alberto?
Lo primero que hago cuando me levanto por la mañana es mirar mi agenda, ya que tengo un montón de notas a mano, porque no soy muy de ordenador y lo hago todo así, a mano. Después llamo a mí gente de Relife por si hay algún tema pendiente. Luego empiezo a hacer todas las llamadas necesarias que tenemos, preparar los congresos, las jornadas o los talleres que tenemos por delante.
Por otro lado, hay temporadas en que hay gente que necesita mi ayuda o mi consejo personal y también la atiendo. Es a eso a lo que dedico mi vida y también mi tiempo libre. Vivo en la montaña, estoy encantado, me encuentro con la naturaleza permanentemente y también estoy con mis perros. Estoy activo desde las ocho y media de la mañana hasta la una y cuarto o una y media, donde desconecto una hora. Duermo mi siesta, que aprendí con el fútbol que es sagrada, y después continúo hasta las nueve o las diez de la noche. Los domingos bajo al pueblo para ir a misa, ayudo allí y completo la semana.
¿Qué significa Relife para ti?
Una fundación maravillosa, un proyecto increíble que no sería tal si no estuvieran esas catorce o quince personas que la forman.
Cuando la gente va a una conferencia tuya de Relife en busca de ayuda o consejo, ¿qué les dices?
Depende. Cada conferencia, cada charla y cada ponencia es diferente. Llevo haciendo conferencias desde hace veinte años: a veces de fútbol, otras sobre adicciones, la salud mental, la toma de decisiones, la felicidad, el éxito y el trabajo… y lo notas. Cuando entras en un auditorio y miras, palpas si la gente está allí por estar, si vienen para pasar un rato o si lo hacen obligados.
Personalmente, lo noto, porque cuando entro en un auditorio ya lo hago con la cabeza metida en lo que tengo que hacer. Además, lo más fácil es hablar con el corazón y de una manera sincera. Esa es la única manera en que llegas al público.
Me comentas que vives en la montaña. ¿No echas de menos el contacto con la gente en el día a día?
Estoy bien solo. No tengo pareja desde hace doce años, me encuentro muy bien viviendo solo. Además, el contacto lo tengo, porque si necesito hablar puedo llamar a quien necesite.
¿Te cuesta abrirte?
Sí, me cuesta abrirme ante la prensa (risas). Con la prensa sí.
Entonces, ¿estás incómodo en las entrevistas?
Según qué entrevistas, sí me cuesta. Pero no me cuesta porque una pregunta me sorprenda o porque me vuelvan a recordar cosas del pasado que no quiero recordar. Son veinte o treinta años de recuerdos en los que se viene insistiendo cada poco.
Espero que hayas estado cómodo.
Sí, mucho.
En este caso concreto, ¿qué esperabas?
Cuando voy a las entrevistas, siempre estoy en guardia, pero según avanza me relajo. He notado tu tono, cómo me has tratado y cómo llevas la entrevista… y entonces me he relajado e incluso te he contado cosas. Cuando llego a una entrevista, no pienso nunca en nada, sino más bien en que no utilicen esta palabra, el tema del infierno, que estoy cansado de escucharlo, y que sea una entrevista divertida, con anécdotas, de vivencias. Porque creo que es bueno. No me espero nada, tampoco especial, porque no soy especial, soy uno más.
¿Y sabes decir no? ¿Si hay una pregunta que te incomoda dices «no»?
Sí. He aprendido a hacerlo. Por mi salud, porque al final quiero estar bien con el periodista, con el medio, pero también quiero estar bien personalmente. Necesito estar bien. Necesito que, al irme de un sitio, después de hablar contigo, hacerlo contento, marcharme feliz a mi casa y pensar «¡qué bien, tío, van a publicar esto!». No quiero irme preocupado y antes, en algunos momentos, me iba así. Desde que pasó todo, han transcurrido muchos años y la gente lo sigue recordando.
Julio, ¿eres feliz?
Sí, totalmente feliz.













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Interesante
Pero..
Marcos no coincidió con luis aragonés en el Barça,y julio Alberto nos habla de lo importante que fue la charla entre ambos.
De buen rollo pero me da que muy concreto no es en sus opiniones
En segundo lugar
La temporada siguiente se la final de Sevilla no es donde llega Luis al Barça,es a la siguiente de la siguiente
Y como cosa menor.
Madrid 0-3 Barça
No 1-3
Todo ok.pero las inconcreciones,sobre todo la primera ,me hacen dudar de cositas
Añado.
Michel no fue a la Euro de Francia 84
Y Juan Carlos no coincidió con el en el Barça
No es dramático
Pero por desgracia pone en tela de juicio recuerdos
Por lo demás,como siempre ,buena entrevista
Solo una curiosidad. En Vaques Sagrades, el programa de TV3 donde repasan carreras de (sobre todo) ex futbolistas, apareció Julio Alberto. También contó el cheque sorpresa de Cruyff al terminar la temporada, para pagarle el dinero que le había rebajado del sueldo. La diferencia es cómo lo contextualiza allí: le dijo que en el club habían recibido una carta certificada a nombre de Julio Alberto y se la entregó en plan «vale, vale, no pasa nada pero ábrela en casa que yo tengo trabajo». En todo caso una bonita anécdota que refleja muy bien cómo eran esos tiempos…
Y con Messi el Barcelona iba a superar al Madrid en champions…Esta gente lo gana todo pero solamente en sueños.
Para superar al Madrid en Champions el Barça deberia hacer igual que el equipo del estado: ganarlas con fuera de juego clamorosos, faltas previas a goles y ayudas arbitrales (Ay claro ! que ahora nombráis a Negreira para tapar las décadas de ayudas arbitrales al Madrid, os ha ido de perlas este asunto).
Un despropósito de entrevista. Llena de imprecisiones. Impropia de este medio.
«Maravilloso el partido de Zaragoza», responde el antiguo degustador de sustancias blancas. Claro, debe ser porque allí, el carnicero de Migueli retiró del fútbol a un chaval de 23 años llamado Bonet con una entrada de cárcel.
No es una Champions League si no hay un penal para el Real Madrid.