
Existir, según la segunda acepción del diccionario de la RAE, significa «tener vida». Cuando hablamos de la historia de cualquier club humilde, solemos recurrir mucho más a la supervivencia que a la existencia. Y, al final, ese «sobrevivir» tiene connotaciones de sufrimiento desmedido, de estar acariciando la muerte constantemente y de una penuria que te ha impedido ser feliz durante todo ese tiempo. El Atlético Baleares nació hace casi 106 años, que se dice pronto. No colecciona grandes títulos, más allá de ascensos; no es el equipo más exitoso de su ciudad y lleva 63 años sin jugar en Segunda. Entre medias, pasaron muchas cosas. Se fue de su barrio, su estadio fue cerrado por riesgo de derrumbe, vivió un exilio en Magaluf, sufrió descensos, protagonizó mil cagadas en el play-off y hasta pasó un añito en Preferente recientemente.
Todo eso invoca el recurrente: «Menudo superviviente». Y no, el Atlètic simplemente celebra su existencia porque, en todos esos años, los balearicos no dejaron de ser felices. No fue una obligación ni una penitencia. Podían haberse hecho del Mallorca y así, al menos, paladeaban el sabor de la Primera División gastando el mismo tiempo que en ir al Estadi Balear.
Más allá de esta breve introducción, cargada de cierta emoción, hay muchos más motivos para que siga habiendo balearicos. Las raíces marcan, en ocasiones, ese sentimiento de lucha constante. Y sí, el Baleares tiene un origen proletario. El club, como tal, nació en noviembre de 1920 tras la fusión de dos clubes. Por un lado, el Mecánico FC, fundado principalmente por los obreros de la compañía Isleña Marítima, actual Trasmediterránea. Y, por otro lado, el Mallorca FC, que se había fundado ese mismo año, inicialmente con el nombre de Fundición Carbonell, por los obreros metalúrgicos de dicha empresa.

Que ese año de 1920 hubieran nacido dos clubes de extracción obrera en Palma no era coincidencia. Tan solo un año antes se había aprobado la jornada laboral de ocho horas, tras la huelga de La Canadiense, que le costó el puesto a Romanones. La ley entraría en vigor en octubre de 1919, lo que permitía a los obreros disponer de tiempo de ocio, entre otras cosas, para jugar al fútbol y, además, convertía a España en el segundo país europeo en conquistar tal derecho, junto a la Rusia soviética.
Con la camiseta del Mecánico y el pantalón del Mallorca FC, nació, aquel ya citado noviembre de 1920, el Baleares Football Club. Pronto comenzó a competir en el Campeonato de Mallorca, que daba paso al Campeonato Regional Balear y, por consiguiente, a la Copa del Rey, que, por esos años, se llamaba Campeonato de España. El crecimiento del club era tan grande que necesitaba un nuevo terreno de juego, ya que el solar de Sa Síquia Reial se quedaba pequeño.
En esos días ya comenzaban los partidos de alta tensión contra el principal equipo de Palma: la Real Sociedad Alfonso XIII FC. Se había fundado en 1916 en el entorno de la burguesía palmesana y contaba con más apoyo institucional que el Baleares FC. Mantuvo su nombre hasta la llegada de la Segunda República Española, cuando tuvo que cambiarlo, por razones obvias, por CD Mallorca. Ya en época franquista adoptó el definitivo RCD Mallorca.

Un pequeño paréntesis aclaratorio para citar el origen burgués del Mallorca en sus inicios y su inexistente relación con el anteriormente citado Mallorca FC. Volvamos, pues, al nuevo estadio del Baleares: Son Canals. Abandonan, de esta forma, el centro de Palma para ubicarse en la barriada de Els Hostalets. De este modo, el club cogería un arraigo definitivo en la zona, que era uno de los feudos obreros de la ciudad, donde, durante las décadas de los años veinte y treinta, florecían distintas organizaciones sindicales y republicanas, cercanas tanto a Unión Republicana como al PCE.
El estadio de Son Canals disponía, así, de capacidad para 4.000 espectadores. Los éxitos no tardarían en llegar. No hubo un parón real en la competición por culpa de la Guerra Civil, ya que Mallorca cayó rápidamente en manos de los golpistas. El Baleares siguió disputando el Campeonato de Mallorca durante la contienda. No ocurrió lo mismo con el Campeonato Regional de Baleares, ya que Menorca se mantuvo leal a la República hasta el final de la guerra, e Ibiza y Formentera estuvieron en disputa militar.
Si bien es cierto que muchos de los jugadores de la plantilla previa a la guerra no volvieron a jugar más en el club, una parte de ellos viajó a Barcelona para disputar la Olimpiada Popular que se había organizado para contrarrestar los Juegos Olímpicos que se celebrarían en la Alemania nazi. Representarían en el torneo a la isla de Mallorca, ya que también participaban territorios que no eran estados, como Alsacia, o territorios sin descolonizar como el Rif o Palestina.

El golpe militar del 36 les sorprendió navegando hacia la Ciudad Condal, por lo que algunos tardaron años en volver a la isla; otros nunca volvieron y otros murieron en el frente combatiendo en el bando republicano. Pese a ello, siguió aumentando su masa social tras absorber al Mediterráneo FC y fusionarse —aunque realmente fue otra absorción— en 1942 con el Athletic FC, que jugaba en Sa Punta. De esta forma, «nacería» definitivamente el Atlético Baleares.
En los años cuarenta aún no se había impuesto la hegemonía definitiva del Mallorca como principal club de la isla. El Baleares seguía luchando y, además, comenzaban los mejores años de la historia del club. El equipo ascendió en 1943 a Tercera y culminó la machada subiendo a Segunda en 1951. Fue campeón de su grupo, integrado por valencianos y murcianos. En la liguilla por el ascenso quedó encuadrado en un grupo de seis equipos, entre ellos el Betis, al que ganó 3-2 en Son Canals, «un Maracaná en pequeño», según la prensa mallorquina de la época.
El ascenso se encarriló con un 8-0 frente al Cacereño en la penúltima jornada, pero tocaba dar el callo en la última ante un Guadalajara que no se jugaba nada. Alicante y Recre acechaban a los balearicos. Y tanto, ya que, a posteriori, se supo que habían primado con 2.000 pesetas a los jugadores del Guada, que lo dieron todo en aquel partido. Pese a ello, el Baleares logró empatar a 2 y ascender de categoría en un partido que fue narrado en Radio Nacional de España, nada más y nada menos que por Matías Prats.

Tan solo un año después de cantar el gol de Zarra a los ingleses, bajaba al barro y cambiaba a Telmo por Marroig y Maracaná por el Campo del Productor. Los jugadores serían recibidos en el muelle de Valencia para celebrar el ascenso. Volvía a haber derbi con un Mallorca que estaba asentado en Segunda. En términos generales, fue un buen año: convirtió Son Canals en un fortín y cerró la temporada en décima posición. Pese a ello, tuvo que ir a la liguilla de permanencia, donde no pudo lograr la salvación. Pero… una reestructuración de la categoría le dejó en Segunda un año más.
Era aquella Segunda de dos grupos, uno al norte y otro al sur. En la temporada 52-53, de nuevo con buena parte de la plantilla formada por jugadores locales como Alorda, Brondo, Simonet o Xisquet, peleó hasta el final por la salvación, pero terminó descendiendo en la última jornada con una derrota en Cáceres. El golpe no fue tal, ya que se asentó cómodamente en Tercera y, además, sus rivales del Mallorca bajaron una temporada después.
Volvieron entonces los derbis y la pelea por el título de campeón de Tercera. De hecho, en la 55-56, el Baleares ganó la liga a falta de dos jornadas tras vencer al Santanyí en un Son Canals que seguía registrando grandes entradas. El Baleares aún seguía muy enraizado en el barrio de Els Hostalets, pero su afición lo era más por un motivo «geográfico» dentro de la ciudad que por aquella «lucha de clases», ausente durante el franquismo.

Ahí empezó la mala relación del club con los play-off, una tónica habitual desde entonces. Tropiezos en Gandía, Castellón un par de veces, mientras se empezaba también a afianzar su rivalidad con el Constancia de Inca, un club que también tenía un origen proletario. Los éxitos del club suponían un aumento de la masa social y, con el tiempo, Son Canals se fue quedando pequeño. La decisión germinó hacia 1958 y fue la de construir un nuevo estadio. Para ello, se creó la Junta Procampo, que sacó a la venta unos bonos para sufragar los costes de construcción.
Concretamente, fueron 2.000 participaciones: 1.000 de ellas a un valor de 10.000 pesetas y otras 1.000 a razón de 5.000 pesetas. Por ello, el estadio ni era municipal ni tampoco pertenecía directamente al club. Se eligieron unos terrenos fuera del barrio de Els Hostalets, lo que, con los años, pasaría factura. No era excesivamente lejos, ya que se construyó en las cercanías de los barrios de Son Gotleu y la Soledad, pero sí lo suficiente como para que, con el paso del tiempo, acabase generando desarraigo en su barriada de nacimiento.
El 9 de mayo de 1960 comenzó la mudanza definitiva. En aquella época, el Baleares aún contaba con una hinchada muy numerosa. Una caravana de aficionados salió de Son Canals para hacer una ofrenda a la Virgen de Lluc, que terminó con una misa en el nuevo Estadio Balear. Peñas como la del Bar Vida, el Café Baleares o Plaza Pedro Garau marchaban juntas hacia aquel nuevo campo, con capacidad para 23.000 espectadores.
Al día siguiente sería la inauguración total, con un partido amistoso frente al Birmingham City, que no escatimó en coser a palos a los jugadores balearicos. Un 2-0 para los locales, que vencían a uno de los equipos punteros de la liga inglesa por aquel entonces. En 1960, el Mallorca debutó en Primera, pero el Baleares seguía existiendo. Quizá ese fue el acicate que les llevó a salir campeones y arrollar en el play-off al Amistad de Zaragoza.
La vuelta a Segunda fue inmejorable, logrando el décimo puesto y la permanencia. Aquella temporada saldría campeón un Dépor que no pudo pasar del empate en el Estadio Balear. No fue suficiente el gol de un joven Amancio, que ese año marcó 25 goles y ficharía por el Madrid, ni las paradas de Emery, padre de Unai. Pero qué poco dura la alegría en la casa del pobre. La siguiente campaña, el equipo terminó en puestos de promoción de descenso.
Y hay pocos enemigos tan acérrimos como el Baleares y los play-off. Esta vez incluso fue necesario un partido de desempate en campo neutral. El Algeciras terminó mandando a Tercera a los balearicos en el Estadio de Vallejo, que por aquella época era la casa del Levante. No ayudaba el contexto, ya que el Mallorca frecuentaba la Primera División y el nuevo estadio alejaba poco a poco a los seguidores.

En este punto también influyó que la migración interior, que se iba asentando con el auge del turismo, acababa teniendo más arraigo por el club de mayor categoría. Y ahí se podría decir que los caminos de ambos clubes acabarían separándose, no del todo, pero sí definitivamente. Volviendo a los años sesenta, el club se asentó en la zona alta de Tercera y volvió a encontrarse con su viejo amigo: el play-off.
Cuatro promociones y cuatro hostias. Cartagena, Badajoz, Terrassa y Portuense fueron los elegidos. Según se acercaban los años setenta, los balearicos empezaron a coquetear con el descenso, hasta que en 1973 tocaron fondo y bajaron a Preferente. No había épica, pero había vida. Ya no venían equipos históricos ni visitabas Riazor. Ahora tocaba jugar un domingo en Ses Salines y otro en Llucmajor.
Por suerte, la travesía fue corta. En su segunda temporada en Preferente, el Atlético Baleares salió campeón y, esta vez sí, logró el ascenso en la fase interinsular. Un domingo de junio, contra el Mahonés, con un gol de Roldán desde los once metros, fue el título de la obra. El escenario: un Estadio Balear que recordaba al de las grandes citas, con un herido por el lanzamiento de un cohete y con 37 aviones pasando por el cielo durante el transcurso del partido, algo que simbolizaba el nuevo motor económico de la isla.

Los 37 aviones no son un triplazo ni una metáfora para describir aquellos años setenta en Mallorca. Son los 37 aviones que contó el cronista del Diario Balear, en aquel momento en manos de Falange. Y ahí estaba el Baleares. Más vivo que nunca. El Mallorca podría dar fe de su existencia. Después de años en la élite, esa temporada 75-76 le tocaba volver a Tercera y, por consiguiente, enfrentarse a los balearicos.
El Estadio Balear volvía a vestirse de gala para abrir la liga con un 3-1 frente al Mallorca. En 1977, la RFEF tuvo la brillante idea de crear la Segunda B. Y no lo digo en tono jocoso; creo que la Segunda B fue una de las categorías más auténticas que hubo en nuestro fútbol. El sexto puesto de la temporada anterior le dio un billete en el estreno de aquella película de la División de Bronce. No fue un gran taquillazo, ya que Baleares y Mallorca bajaron de la mano a Tercera.
Pero los caminos se fueron separando para siempre. El Mallorca volvió pronto a Segunda B y, en 1983, ya estaba en Primera. Entre medias, el Baleares pasó incluso dos temporadas en Preferente. Fueron años duros, tanto económica como deportivamente. De hecho, el primer año le dejó sin ascenso el Artà en el play-off, lo que seguía convirtiendo en un «idilio» esas puñeteras eliminatorias para el Baleares.

Pero la capacidad de resistencia del equipo siempre fue grande y siempre aparecía un balearico para salvar al club. No solo volvió a Tercera, sino que pronto subió a Segunda B, donde pasó tres años. A pesar de ello, la situación del club no fue buena, unido a las constantes disputas entre la directiva y los miembros de Procampo, que hacían que el estadio estuviera cada vez peor y que, con ello, menguara aún más la afición.
Más agudizado aún en los noventa, cuando se inauguró la Vía de Cintura, una circunvalación de cuatro carriles que literalmente partía en dos el Estadio Balear y los barrios de donde procedía el mayor grueso de la parroquia balearica. Deportivamente, fueron años en los que el club se asentó en la zona alta de Tercera y con buenas plantillas dentro de la isla. Fueron 11 fases de ascenso en 12 años, que acabaron todas de la misma manera.
Daban igual los títulos de liga que cayeran, que fueron cuatro, y los goles que se metieran durante el campeonato. El resultado en junio era siempre el mismo. Fueron años en los que contaban con grandes delanteros locales como Toni Cantos, Manolo Moya, Anselmo Sanabria o Loren Araque. Esos jugadores que te aseguran 20 goles todos los años sin despeinarse.

Pero los viajes a la Península solo traían desgracias. La hostia definitiva llegó en 2005. El Atlético Baleares descendía a Regional Preferente, en ese momento el quinto nivel del fútbol español. Nunca jamás había estado tan abajo. Nunca jamás había estado tan jodido. No había dinero y el campo se caía a cachos. Ese usufructo vitalicio de Procampo al club no hacía más que entorpecer las cosas y fumigaba las mínimas esperanzas de que el Ayuntamiento echase un cable.
De hecho, esa fatídica temporada 2004-2005, el Baleares tuvo que jugar en el Germans Escales, de propiedad municipal, debido al estado ruinoso que presentaba el Estadi Balear. La tensión con Procampo fue a más, incluso negándole la entrada a sus dirigentes en el «nuevo estadio». En ese momento, la desaparición era una posibilidad bastante seria. Pero, como tantas veces en la historia del club, siempre aparecía un balearico para salvarlo.
Ascendió como campeón y con bastante antelación. El equipo volvió a Tercera y también a casa. Por fin hubo acuerdo entre Procampo, el Atlético Baleares y el Ayuntamiento. Este último se encargaría de sufragar la reforma necesaria, en la que, además, la capacidad bajaría de 23.000 a 18.000 espectadores. Pronto vino el ascenso a Segunda B, 21 años después del último. Dos goles en las postrimerías de la prórroga le dieron el triunfo frente al Gernika en un Estadi Balear que reunió a casi 10.000 personas.

El paso por la categoría de bronce fue efímero, pero al año siguiente logró el último y definitivo ascenso a Segunda B, con 400 balearicos desplazados a Tudela un domingo de mayo. En estos años de renacimiento del club fue necesario movilizar todos los recursos disponibles. Y ahí apareció Inverfútbol, una empresa de representación de jugadores propiedad del empresario mallorquín Tolo Cursach.
Desde 2008 empezaron a llegar jóvenes nigerianos que fueron vitales para el ascenso a Segunda B en 2010, como Edet, Lawal, Bio, Ademola, Agbagwu o Peter Nworah. Muchos de ellos eran promesas que habían jugado mundiales con las categorías inferiores de Nigeria. Comenzaba así la «tercera» época dorada del club. Y en la 11-12 llegó el primer título de campeón de liga en Segunda B.
Era un equipazo, con gente como Biel Ribas, Izquierdo, Bryan Angulo, Mantovani, Antoñito, Dani el del Betis o Jesús Perera, que marcó 23 goles en liga. Ahí volvió a aparecer el fantasma de siempre: el play-off. Con un Estadi Balear a reventar, el ATB perdió con el Mirandés en el cruce de campeones. En la siguiente ronda sería el Lugo quien lo bajase definitivamente de la nube. La buena afluencia de espectadores durante el play-off confirmó la máxima sobre la afición «durmiente» del Baleares. Seguía vivo, porque balearicos haberlos haylos, aunque no vayan al campo.

Pero duró poco la alegría. El Estadi Balear se caía a cachos y los inversores se fueron, quizá con la decepción de haber rozado la gloria con los dedos. El Ayuntamiento decidió cerrar el estadio en 2013 porque no cumplía las condiciones mínimas para ser habitado. Tocaba buscar campo. El lugar elegido fue el campo municipal de Magaluf, a unos 20 minutos de Palma.
Era la casa del Platges de Calvià, que jugaba en Preferente y donde, hasta pocos años antes, deleitaba un jovencísimo Marco Asensio. La austeridad afectó a la confección de la plantilla, que casi en su totalidad estaba formada por jugadores de la isla, junto a un joven Florin Andone en punta. Contra todo pronóstico y con Nico López en el banco, el Baleares convirtió aquel sintético de Magaluf en un fortín y, en Navidades, peleaba por el primer puesto.
La temporada acabó haciéndose larga, pero los casi 2.000 espectadores de media que iban a la vecina localidad de Calvià cada 15 días pudieron ver al club pelear por el play-off hasta la última jornada. Pese a todo, el club había entrado en concurso de acreedores en abril de 2014 y volvía a germinar la posibilidad de la desaparición. Otra vez serían los balearicos quienes rescataron al club sobre la bocina. Esto permitió que, ese mismo verano, la mayoría de acciones del club fueran compradas por el empresario alemán Ingo Volckmann.

Aun así, el siguiente paso era buscar campo. Esta vez se fueron a Son Malferit, cercano al Estadi Balear. Era un sintético propiedad de la Federación, mientras desde Procampo se habían planteado incluso la construcción de un nuevo estadio antes que reformar el viejo Balear, que cada vez se parecía más a Persépolis. No fueron malos años los de Son Malferit, ya que en la 16-17 alcanzaron otro play-off, aunque con el resultado de siempre.
Y en la 18-19 el equipo salió campeón, con un estadio que solía llegar al lleno con frecuencia: algo más de 2.000 personas. Eran los años de Manix Mandiola al mando y en los que realmente se acarició el ascenso a Segunda. Sobre todo, esta temporada, en la que hasta el minuto 67 del partido de vuelta el ATB era equipo de Segunda. Al final, lo de siempre… gol del Racing.
Al año siguiente pudo volver, por fin, al remodelado, aunque aún a medias, Estadi Balear. Entre Magaluf y Son Malferit habían pasado seis años fuera de casa. Volvió a ser campeón el año del COVID, con la misma suerte de siempre en los malditos play-off. Tras la reestructuración y con un estadio a la altura, obtuvo plaza en la nueva Primera RFEF. Allí solo duró tres años la alegría.
En Segunda RFEF han vuelto los mismos miedos de siempre. Ha sido subcampeón estas dos últimas campañas, acrecentando su leyenda de mal fario en estos lares. Este año fueron 4.000 personas a ver la eliminatoria en casa frente al Jaén. Buenos números, aunque en liga hayan sido muy inferiores. El contexto no ayuda a que el Baleares aumente su masa social de forma constante.

El Mallorca vive años buenos y el ATB, frustración tras frustración. A veces engancha más una salvación in extremis que una hostia en un play-off en el que partes como favorito. La autopista que divide el barrio original del estadio también ha supuesto un muro artificial que ha hecho perder arraigo a sus habitantes. Un arraigo que tampoco tienen muchos de los nuevos vecinos de estos barrios palmesanos, procedentes de la migración extranjera. Es difícil ser del Baleares, más allá de la herencia familiar. Evidentemente, con éxitos deportivos todo se curaría…
No sabemos hasta cuándo aguantará el alemán Ingo Volckmann invirtiendo. Inversión importante, algo innegable. Lo que sí sabemos es que siempre habrá algún balearico dispuesto a salvar al club. No es una historia de éxitos ni tampoco de desgracias desmedidas. Nunca tuvieron un golpe traumático que derivase en una refundación y en empezar de cero. No hubo engendros ni escisiones. No hizo falta nunca eso, porque el Baleares siempre existió.
El Atlético Baleares disputó este año el 34.º play-off de su historia. 28 de ellos los ha perdido. La próxima primavera, muy probablemente, dispute su 35.º play-off. Según el Diccionario panhispánico de dudas de la RAE, play-off significa esto: en fútbol, se emplea el anglicismo para referirse a la serie de partidos en los que se decide qué equipos ascienden o descienden de categoría, caso en que puede sustituirse por promoción.
Pues eso.


