La dura piel de Sebastián Rodríguez Veloso (Cádiz, 1957) tiene dos marcas que le recuerdan a diario sendas vidas. Un callo provocado por la alimentación forzosa le echa en cara su pasado en el GRAPO y una eterna huelga de hambre durante 432 días en la cárcel que le dejó postrado en una silla de ruedas. Paradójicamente, esa situación le condujo a una gloria que luce en forma de colección de tatuajes en su bíceps diestro: Sidney, Atenas, Pekín, Londres, Río de Janeiro y Tokio. En total: dieciséis medallas que son historia de la natación paralímpica.
«No tenía idea de ser tan charlatán, el café me ha jodido», bromea cuando ya lleva más de una hora hablando sobre los últimos coletazos del franquismo, de enfrentamientos con la policía, de una condena por asesinato o de las múltiples torturas sufridas en la Puerta del Sol a manos de Billy el Niño. «Siempre esta parte es más complicada porque suena como que estoy justificándome. No quiero que se entienda eso. Yo cuento mi realidad». Palabras que no eluden la responsabilidad por la acusación que le llevó a la cárcel, el asesinato de Rafael Padura en 1984.
El Rey Juan Carlos o Manuel Fraga han reconocido la carrera de este vigués de adopción que se ha visto obligado a renunciar a la natación por un inesperado positivo en un control antidopaje a sus 67 años, a escasos meses de París 2024.
Activo y enérgico, Chano no ha abandonado el deporte, como tampoco lo ha hecho el cariño de los empleados o clientes de la piscina Máis que Auga (Navia, Vigo) hacia su nadador predilecto. Buceo, apnea, vela… El agua sigue tan presente en su vida que es capaz de frenar en seco su silla de ruedas para sacar una botella y regar un par de plantas que aprecia deshidratadas. «He salido a mi madre», asegura. Tras una charla de casi tres horas, antes de irse, advierte a una recepcionista sobre la salud de otra maceta.
Todos te conocen como Chano, ¿de dónde viene?
Yo he nacido en Cádiz. Mis padres son de Sevilla y, como pasa en Galicia, en Andalucía igual, a las familias se les ponía un apodo. En la familia de mi padre los chicos eran Chanos y las chicas Chanas. La familia de los Chanos. Yo me llamo igual que mi padre, Sebastián. Igual que Francisco es Paco, pues Sebastián es Chano.
De crío lo busqué en la enciclopedia o en el diccionario. Es una palabra del castellano antiquísimo que se utilizaba para mover al ganado. De ahí viene la palabra Chano. Lo que no sé es que relación tiene mi padre con las bestias (ríe).
Somos de una familia muy numerosa, mi madre ha parido diecisiete veces. Hemos vivido quince hermanos juntos, ahora vivimos diez. Recuerdo que cuando empezaba a aprender a leer encontré el libro de familia. Leí «Sebastián Rodríguez Veloso, fallecido». Fui llorando a junto de mi madre: «¡Mamá, mamá, que aquí dice que yo me he muerto!» Me explicó que era un hermano mío y que yo salía más adelante.
Mi padre viajaba y traía pastillas anticonceptivas, pero mi madre las probó y le dijo que se las metiera donde pudiera… Eran hormonas sin ningún tipo de control médico. El condón me decía mi madre que no le gustaba. Mi madre te lo habla así, eh. Va a cumplir 100 años y tiene Tik Tok.
¿Y cómo era vivir casi veinte personas en un mismo hogar en Cádiz?
Y sin el casi. Estábamos nosotros quince, mis padres y unos familiares que vivían con nosotros también. Y todos los vecinos que bajaban. Dormíamos en literas.
Vivíamos en una planta baja y no había llave. Mi padre puso un cabo que desde fuera tirabas y abrías la puerta. Si no era imposible con tanto niño entrando y saliendo.
Teníamos dos turnos de comida: primero comían los pequeños y después los grandes. Cuando cumplí doce años pasé a formar parte de los grandes y ya tenía pantalón largo. No era una cuestión estética, el pantalón corto costaba más barato que el largo.
Los Reyes eran increíbles. La mesa del comedor se abría y ponían todos los juguetes. Nos metían en la habitación y cuando se cansaban los mayores de la fiesta nos llamaban a recoger los regalos.
Estuviste en Cádiz hasta los doce años que te fuiste a Vigo.
Mi padre era muy práctico. Si valías para estudiar hacía el esfuerzo y estudiabas, si no a trabajar. Yo al principio no quería estudiar y me fui a un taller. Ahí empiezan los marineros a contarme aventuras y se me dio por marcharme a Sudáfrica. Quería marcharme en un mercante, pero mi padre era inspector, llevaba cuatro barcos y me dijo: «Si quieres irte embarcado te tienes que ir en un barco de los que controlo. Y no en cubierta, en máquina». Antiguamente los marineros eran más balas perdidas, todos bebían… En máquina era otra responsabilidad y estaba más controlado. Yo era imberbe y muy pequeñito. En mi casa me llamaban «tapón». Lloré como un niño allí.
Hoy en día se hacen barcos más humanizados. Recuerdo dormir en un camarote que tendría 60 cm de ancho. Era como un ataúd, no te podías mover, como pasa en los submarinos. Lo que interesaba era tener más espacio en la bodega para tener más pescado y más dinero.
En Namibia recuerdo ver barcos rusos, polacos… y los veías haciendo ejercicio en la cubierta. Hacían gimnasia, tenían biblioteca, sala de cine… ¡Con lo malos que eran los rusos, eh! Y nosotros hostias en vinagre, éramos más brutos que un arado (risas). No es que fueran más buenos o más malos, eran mas listos. ¿Por qué? Porque cuando estás tanto tiempo fuera de casa en un espacio tan reducido, estaba comprobado, venían los problemas: las peleas, el alcohol… Esos problemas en esos barcos no existían.
Estuve siete meses y cumplí los diecisiete en el barco. Cuando vine de Sudáfrica comencé a estudiar Naútica pesquera. Pero ya empezaba con el tema político y no era compatible…
¿Cuándo crees que comienzas a tomar conciencia de clase?
Nunca fui una persona muy politizada en el sentido de hacer proclamas, pero tenía sentido de clase. Mi padre siempre fue un hombre de izquierdas. Evidentemente en aquella época no podía hablar, pero lo pensaba. En su trabajo siempre tuvo responsabilidades y recuerdo que a los trabajadores que llevaba les decía: «No te puedes esconder, si has llegado a un acuerdo con el empresario para trabajar ocho horas, tienes que trabajar esas ocho horas. Si crees que no es justo lo que te pagan, tienes que hacérselo saber. No esconderte para que pasen las ocho horas sin hacer nada».
Mi padre los fines de semana siempre traía alguien a comer a casa: amigos, un señor que estuviese viendo cualquier cosa, un gitano… cualquiera.
Siempre veía una foto de mi padre y mi padrino en el muelle de Cádiz. Podían cambiar los muebles, pero esa foto siempre estaba ahí. Cuando éramos más mayores nos explicaron por qué. Era el primer barco ruso que dejaban atracar en Cádiz y en la chimenea tenía la hoz y el martillo.
¿Tienes algún recuerdo del apartheid en Sudáfrica?
De eso podríamos hablar mil cosas. Un gallego allí… valíamos menos que un mulato, que era la parte más baja del escalafón social. Un negro era más respetado que un mulato.
Para salir del muelle había un control policial. Te hacían desnudarte, que no te cogieran con un calendario de los típicos que llevaban los camioneros con una tía que se le veían un poco las tetas… Te echaban a lo mejor 20 rands de multa. Yo llevaba literatura: Máximo Gorki, algo de Machado… Todo eso era subversivo, y que no tuviera la hoz y el martillo…. Ya en España era problemático, allí imagínate…
Cuando llegabas al puerto cogían un camarote y tenías que meter todo: tabaco, whisky… Solo te dejan tener un parte de lo que llevas. A mí se me quedó una botella de Chivas fuera y se la querían llevar. «¡¿Cómo?! ¡De eso nada!». Los tíos hablándome en afrikáner, yo ni puta idea de inglés ni afrikáner, y yo incluso hablándoles en gallego. El capitán pidiéndome que se la diese. Cogí la botella de Chivas y ni para ti ni para mí, a tomar por el culo, tú no te la quedas. Es como si la Policía viene aquí y te quita cualquier cosa y tú sabes que se la va a beber él. ¡Coño, no te la bebes, ni para ti ni para mí! Tuve suerte que el capitán era amigo de mi padre. Si llego a ser un marinero normal me hubiesen llevado.
Había una cafetería que le llamaban La Portuguesa. Como estaba la ley seca y estaba prohibido el alcohol, nos ponían los cubatas en vaso de café.
Otra anécdota también fue que en el primer aniversario de los fusilados del 75 quise poner un telegrama y el capitán no me dejó.
Vamos que, entre Sudáfrica, el barco, un Vigo muy obrero, Cádiz lo mismo… fuiste un poco marcándote políticamente, ¿no?
Eran más las injusticias. Yo me relacionaba con gente de derechas o gente de un nivel económico alto y nunca he tenido ningún problema con ellos, siempre y cuando se comportasen.
¿Eso lo aprendiste en casa?
Con una familia tan grande no te quedan más cojones que compartir: ropa, comida, juguetes… Estás como más sociabilizado y mentalmente más preparado para convivir con más gente.
¿Recuerdas tus primeras manifestaciones, actos políticos, acciones…?
Sí, aún vivía Franco. Lo recuerdo haciendo una pintada en el seminario de Vigo. De hecho, aún se ve, ya la han intentado borrar varias veces y está todavía. Tuvimos que hacer un artilugio con un palo, un espray y una cuerda para pintar arriba.
Fueron los primeros pasos. Te hablo ahora y parece que estoy viviendo una película. De aquella a las doce de la noche ya no había radio, sonaba el himno de España, salía el águila, Franco gritando «Viva España» y hasta mañana. Carta de ajuste y no había nada más, todo se apagaba. Mi padre tenía una radio medio escondida y escuchaba La Pirenaica, la BBC de Londres en castellano… Él tenía mucho contacto fuera de España por el trabajo.
Las manifestaciones aquí en Vigo ya fueron más complicadas porque había hostias por todas partes. Yo me río muchas veces ahora los 25 de julio (Día de Galicia) porque veo gente que yo he conocido y digo: «Pero hijo puta, si tú no te ponías nada…». Cuando sacar una bandera gallega era hostia limpia, si le ponías la estrella de cinco puntas, olvídate, eso ya te fusilaban… O hablar en gallego. Cuando llegábamos nosotros, la Policía hacía un cordón en la Alameda de Santiago, de aquí para allá nos machaban, de aquí para allá pueden hacer lo que quieran.
¿Eso aún durante el franquismo?
Sí, y después del franquismo. La bandera gallega no fue legal hasta mucho después. Empezó el Bloque (BNG) a ponerle la estrella de cinco puntas y eso ya era subversivo no… eso era terrorismo puro.
Reivindicábamos el idioma, la cultura, contra Franco, la dictadura… Éramos jóvenes, íbamos de fiesta y luego nos pegábamos de hostias con la Policía. No llevabas porra ni nada, pero eras como una gacela por allí. También cuando te pillaban se desahogaban bien. Durante el momento con la tensión que tienes no te duele, no te enteras de nada e incluso te ríes, pero después sí.
Luego das un paso más por la detención de tu hermano que estaba ya en el GRAPO.
Exacto. Ahí empezamos un poco como una cosa más específica, más focalizada en la izquierda política. Nosotros no hacíamos nada raro, nada que no pudiésemos hacer legalmente: ir a visitarlo, llevarle comida, recogíamos dinero por las empresas y se lo llevábamos, ellos cuando podían hacían trabajos manuales y los vendíamos en la fiesta de Coia… no hacíamos nada más. Ahí fue donde empecé a coger contacto con toda esta gente.
Cuando me fui de Vigo a los GRAPO ya había tenido como seis o siete detenciones. La antepenúltima vez que me detuvieron fue el 12 de octubre de 1981. Habían puesto los GRAPO unas bombas, llegaron a Vigo y detuvieron como a quince personas, entre ellas yo. Nos dieron la del pulpo no, la siguiente. Nos pusieron capucha, a mí y a otro compañero, y cada uno en un coche a la DGS (Dirección General de Seguridad) de Madrid, a la Puerta del Sol.
La Puerta del Sol no sé como no les da vergüenza… Debería ser un monumento a los muertos que hay dentro. Lo que había era gente de izquierdas, evidentemente, los de Comisiones Obreras, porque el PSOE no existía. Estos han existido cuando ya estaba la democracia más que hecha. Firmaron en París y punto.
¿Cómo era el edificio de la Puerta del Sol?
Abajo estaban los calabozos. Arriba te subían para hacerte fotos y tenerte fichado. Te estudiaban todo: la forma de andar, la forma de comer, la forma de hablar… para luego tener un seguimiento.
A mí Billy el Niño nunca me cogió directamente. Sí que estaba por allí. Y ahí como decían ellos: aquí vas a firmar hasta la muerte de Manolete. Nos dieron la del pulpo, enganchados ahí un a un radiador a tope día y noche, día y noche, día y noche. A tope de calor.
Cogían dos guías de teléfono de Madrid (destaca con un gesto el grosor), te forzaban con ellas y te ponían el cuello… A base de golpes, las cervicales te las destrozaban hasta que se te ponían como un camello. Después te llevaban al médico, al nazi que tenían allí, y te daban una pomada para que te bajara la inflamación.
Al final firmamos que pusimos las bombas porque nos trajeron a otro compañero de aquí diciendo que sí, que nosotros habíamos puesto las bombas. Y yo no había visto una bomba en mi puta vida. Ni sabía lo que era. Pues en la declaración está. El tío escribía a máquina…
– ¿Y cómo era la bomba?
– Yo que sé, una caja…
– ¿Y tenía cables?
– Sí, tenía cables.
– ¿Y tenía reloj?
– Sí, tenía reloj.
¡El tío te iba diciendo lo que tenía! ¡Y así está recogido!
Estuvimos seis meses en Carabanchel, este hombre y yo. De aquella había un muerto diario en la galería, eh. Salíamos 500 tíos al patio y volvíamos 499.
¿Por las peleas entre presos?
Sí. Creo que era en la galería tres donde tenían los terroristas y la gente más peligrosa. Allí nos tuvieron seis meses. Hasta que ganó el PSOE las primeras elecciones y a los pocos días, era tan ridículo el auto del juez de prisión que nos puso en libertad con 500.000 pesetas de fianza. Mis padres tuvieron que buscar el dinero, pagaron la fianza y me soltaron.
Era tan de Perogrullo. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Nunca hubo juicio ni nada. Al cabo del tiempo devolvieron la fianza y nunca más. Entonces ahí fue cuando dije: la próxima vez que me pillen, que me pillen por algo, a mí ya no me tocan más los huevos. Cuando me peguen, la próxima vez me vas a pegar porque he hecho algo. Porque hasta ahí te doy mi palabra de honor que yo no había hecho nada más que eso: ayudar a los presos, ayudar a alguien, dar dinero… Ni bombas ni mierdas.
¿Y qué hiciste?
Ni en los juicios ni después de los juicios he dicho «yo he hecho esto», «yo no he hecho esto» … Yo estuve un año en el GRAPO, de enero a enero, pues todo lo que se haya hecho en ese año, aunque no lo haya hecho, soy responsable porque estaba ahí. Punto.
«¿Tú mataste a Padura? ¿Tú pusiste una bomba?» Yo no digo ni que sí, ni que no. Yo soy responsable como el que lo hizo porque estaba ahí. Pero nunca te voy a decir fue fulanito, ni fue Miguel… Soy responsable porque estaba ahí, para lo bueno y para lo malo.
Yo me he encontrado con muchos policías de paisano y guardias civiles. Una vez me invitaron a un acto en el que estuve hablando con un político. Cuando salgo me para un coche de la secreta. La tía no debía estar muy a favor mía. El tío sí, me sacó la placa y me dice: «Yo solo quiero decirte que si todo lo que te he oído es verdad, tienes todos mis respetos».
Estando de fiesta en Gaultier (discoteca de Vigo) me para un chaval en el baño y se me identifica como policía. Estaba controlando el tema de la droga. Y, lo mismo, me dice: «Si es así, ole tus cojones».
También me encontré gente que todo lo contrario. En la Academia de la Policía en Ávila me dijeron que sacaron mi nombre y mi foto a los futuros policías y me presentaron como un terrorista durmiente. Estos es que ven muchas películas de Hollywood (bromea).
¿Tu hermano por qué lo detienen? Estuvo en la cárcel también mucho tiempo…
Mi hermano se ha tirado mucho más que yo. Se ha tirado treinta años, cumpliendo toda la condena. Él estaba en los GRAPO también.
¿Por qué le condenaron?
Él y otro se cargaron un guardia civil en Santiago. A mi hermano sí que lo cogió Billy el Niño…
¿Qué te contó de eso?
Todo lo que te puedas imaginar y más. Pero para eso no hacía falta Billy el Niño, los que estaban aquí te hacían lo mismo, eh. Lo que pasa que él era una mierda, un acomplejado, enano, feo, rechoncho… era un adefesio de ser humano. Como siempre bebía mucho cuando se acercaba era un olor a whisky barato… horrible. Cuando he visto las imágenes que han sacado antes de que muriera… Ese tío no se tenía que haber muerto nunca. Tenía que estar sufriendo como un hijo puta. Era el rey del mundo, podía hacer contigo lo que le diese la gana. Pero tal cual. ¡Matarte! ¡Desaparecer! Es la historia negra de España que no ha salido nunca. La Puerta del Sol, ahí abajo… Diossss.
¿Has tenido compañeros desaparecidos, fallecidos…?
Sí, sí. Y por la escalera de la DGS… cuando te subían ya te iban acojonando: «¿Viste lo alto que está esto?», «a ver qué haces cuando llegues arriba…» o hacían la pantomima de que venía un juez a tomarte el habeas corpus, el abogado lo pedía para verte y desde abajo ya te venían diciendo: «A ver qué le cuentas ahora», «a ver qué le dices…». El habeas corpus es el juez y tú, no el juez, tú y la policía. Tienes que estar solo con el juez, ¡una mierda!
A una compañera la tiraron por las escaleras cuatro o cinco alturas, por el hueco, era de estas antiguas de caracol. Cuántos se habrán caído por ahí…
Por eso cuando voy por allí, veo a la gente y no saben lo que hubo ahí abajo en los calabozos. Es increíble. Debe ser como el Valle de los Caídos. Yo no los tiraría, pero tendrían que poner algo, como los franceses, un cartelito… Aquí en España no, no se ha vivido nunca eso.
Volviendo a la cárcel, ¿con quién coincidiste en Carabanchel?
Ahí estaban todos. Gente de ETA político militar, estuve con Méndez Ferrín, otro que estaba con él que también lo tiraron por la escalera… Estos querían montar aquí la guerrilla como si estuviéramos en la selva en Guatemala. No eran mala gente, pero eran, como nosotros decíamos, pequeños burgueses. Querían hacer una revolución que ya no existía y estaban en las tabernas todo el día cantando en gallego, bebiendo y diciendo: «Manolito se fue al monte…» ¡y la Policía está allí contigo!
¿Cómo era la relación de los presos del GRAPO con los de ETA en cárcel?
Dentro de ETA había de todo: católicos, ateos, burgueses… eran un conglomerado. Había nacionalistas, nacionalistas, nacionalistas… por no llamarles nazis, y había gente más de izquierdas. Nos juntaban en Carabanchel porque teníamos juicios. Entonces dependiendo quien estaba, tenías mejor o peor relación. Para algunos de ETA, no todos, nosotros éramos como el demonio porque éramos rojos y ellos eran más de derechas que… El nacionalista no tiene nada que ver, el nacionalismo es una cuestión de pasta. Antes de entrar en la cárcel, cuando iba a ver a mi hermano, veía familiares de ETA y había una señora que parecía del Barrio de Salamanca.
¿Cómo era la celda de una cárcel en los 80?
A partir del 88 empezaron a hacer cárceles nuevas. Hasta entonces le llamaban la modelo, que era un tipo de cárcel diferente. Había un centro neurológico y luego salían las galerías. Ahora es mucho más represiva que antes, te aíslan más. Dentro de Alcalá Meco hay varias cárceles diferentes.
Nosotros éramos FIES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento) y no teníamos derecho a permisos, ni a visitas, te controlan las cartas…
En las nuevas te quitaban todo cuando estabas en aislamiento. Te quitaban el colchón por la mañana y te lo devolvían por la noche. Tenías el hormigón para sentarte mientras, en Soria imagínate…
El aislamiento nuestro era porque te negabas a desnudarte. Por ejemplo, cuando querían tocarnos los huevos, cuando ibas a juicio te hacían desnudarte para salir. Como no te dejabas y tenías que ir al juicio, había bronca, pero no te hacían nada. A la vuelta ya te esperaban, te metían en una celda americana, con rejas que te ven desde fuera, te iban sacando uno a uno y te llevaban para la celda. Los funcionarios, vestidos de antidisturbios, ahí te arrancaban la ropa por cojones.
En 1989 inicias una huelga de hambre, ¿cuál fue el motivo?
Se empezó porque el PSOE puso en marcha una nueva ley para dispersar a todos los presos. La idea que tenían para intentar machacarnos, rompernos, era llevar a cada uno para una cárcel diferente.
No pedíamos nada extraordinario. Lo que pedíamos era estar juntos, que era una forma de protegernos, de hacer una vida dentro de la cárcel, estudiar… Nosotros nos pasábamos todo el día ocupados, no nos tocábamos las pelotas jugando al fútbol, nuestra vida estaba estructurada, teníamos nuestros horarios: levantarte, desayunar, el que quería gimnasia, salir al patio, nuestras horas de estudio…
¿Y cómo se aguantan 432 días sin comer?
Es muy complicado… Es la cabeza. Muchas veces te decían: «¿No tienes hambre?». Pues claro, tenía tanta hambre como el primer día. Es una cuestión de supervivencia. Tu forma de pensar es la cabeza. Al final no se consiguió, pero era intentar conseguir que nos metieran a todos en la misma cárcel, que era una forma de existir dentro de la condena. A ti te condenan a estar preso, no te condenan a otra cosa. Yo tuve suerte, dentro de lo que cabe, porque hubo gente que los macharon vivos, pero vivos.
¿Con qué?
De todo. Física y psicológicamente. Hay mucha gente que se quedó muy jodida. Con la huelga y antes. Llevarte a Tenerife… Tenerife es un pastón. ¿La familia cómo va a verte? Nosotros no éramos de ETA, no teníamos el poder económico de ETA para pagar viajes a la familia. A lo mejor te tirabas años sin que fuesen a verte. Ni el abogado. La idea de la dispersión era romperte.
La huelga sería una lucha tremenda contra la cabeza, tienes que tener unas ideas muy sólidas para seguir adelante…
Es creer en lo que estás haciendo. Mi única arma en la cárcel es el cuerpo. Yo no tengo pistola, no tengo bombas, no tengo nada. Yo creo que lo que estoy pidiendo es justo y pongo mi cuerpo para conseguirlo. Eso es algo que te mantiene, los días van pasando… Es como en natación, yo nunca llegué a pensar llegar a Sidney. A los chavales les digo siempre: «Mi vida es como una escalera, yo no voy a pegar un salto del primer escalón al último. Mi vida, día a día, incluso hoy, es: vuelve a subir este escalón y mañana igual me quedo dos días en ese escalón, pero al tercer día subo otro escalón». Es que no tiene magia, no tiene nada, tanto para lo bueno como para lo malo. ¿Es sufrimiento? Bueno, el sufrimiento se va llevando. Me toca esto hoy, bueno, a ver si mañana toca menos…
Evidentemente da para una película, es horrible. Recuerdo estar en Badajoz en pleno agosto con 50 grados y nosotros estábamos tapados totalmente con mantas, porque de no comer estábamos congelados.
Nos tapábamos también porque luego el Ministerio de Interior cogió un grupo de médicos para controlarnos y saber cómo estábamos. Los tíos venían: «Hola, buenos días, Chano, ¿qué tal…?», al principio le contestabas, te ponían la mano encima como quien te está saludando y luego nos dimos cuenta de que nos estaban mirando cómo estábamos de hidratados. Luego te preguntaban: «¿Qué día es hoy?». Tú como un imbécil decías: «Hoy es martes». Hasta que nos dimos cuenta y… guantes, capucha y solo se nos veían los ojos. No nos dejábamos que nos tocaran, no hablábamos con ellos… ¿Por qué? Ellos decían que lo hacían por ti, pero lo que hacían cuando veían que estábamos muy mal era meternos suero, luego lo quitan y volvíamos a empezar de nuevo. Por eso duramos tanto tiempo. Sin comer no puedes estar.
Yo he pasado una buena etapa de la huelga atado a la cama, eh. Te metían la sonda o suero, de hecho, tengo aquí un callo porque cuando te metían la vía parenteral es un tubito. Por eso murió José Manuel Sevillano (otro preso del GRAPO), al querer intubarlo, él se resistió y le dio un paro cardiaco.
Yo mido 1,83 y ahora peso 87 kilos. Yo, de aquella, he llegado a pesar como 40 kilos. Metía la mano (se palpa el abdomen) y tocaba la columna. Y eso que la barriga es lo último que se pierde porque es una reserva estratégica.
¿Qué papel jugaba Manuela Carmena en aquella huelga?
Estaba de jueza de vigilancia penitenciaria. Ella aceptaba que vinieran los médicos, la familia… Cuando te trasladaban a los hospitales estabas aislado, esposado a la cama, con policía fuera, no dejaban entrar a la familia… En ese sentido, no es que fuera de los nuestros ni muchísimo menos, pero seguía la ley y decía que esa persona no tenía por qué pasar por eso.
Nos hacía habeas corpus, ¡de aquella, eh! Y con la huelga de hambre igual. De hecho, cuando fue la negociación para dejar la huelga estuvo ella. Hace poco le escuché en una entrevista y dijo que el gobierno había firmado unos acuerdos que luego no cumplieron. Firmaron y luego el Ministerio del Interior rompió ese pacto.
¿La huelga por qué termina?
Terminamos porque fue la invasión de Kuwait. Nosotros teníamos nuestra estrategia. Por ejemplo, cuando estaba la cosa muy tranquila no bebíamos. Entonces te ponías muy malo y te tenían que sacar de la cárcel. Eso era noticia. Cuando viene la guerra de Kuwait ocupa todo.
Tu cerebro dejó de generar la proteína que preservaba la médula y de repente ya no podías andar. ¿Cómo te das cuenta de que te empiezan a fallar las piernas?
No te podría decir un día en concreto porque estábamos en cama. Cuando terminamos la huelga de hambre nos alimentaban como si fuéramos bebés. Los endocrinos nos daban Nativa 1 lo primero, luego Nativa 2 y Nativa 3. Cada tres horas un vaso con leche.
En Valencia había una médico muy facha, pero de esos fachas honrados. El tío nos respetaba a nosotros, a los de ETA no. Decía que nosotros éramos de ley, es decir, éramos unos cabrones, pero no andábamos con medias tintas, ni con drogas ni nada. Me decía: «Joder, Chano, y no te vas a comer no sé que…». Recuerdo en la celda, traen un plato con garbanzos o algo así… El gesto de la cuchara es automático, pero si dejas de hacerlo luego no aciertas, te empiezas a dar… Luego, el hierro de la cuchara es como tener electricidad estática. Te molestaba. Llevaba año y pico sin meter nada de hierro en la boca. Y bueno, casi me muero, eh. Por meterme dos cucharadas de garbanzos. Yo me moría de hambre, pero no podía comerlo, el estómago no estaba hecho para eso. Estuve muy mal por dos cucharadas, y eso que mastiqué bien. Unos dolores terribles. El estómago no estaba hecho para nada sólido.
¿En esos momentos seguías pensando que valía la pena?
Sí, yo nunca me he planteado que no valiera la pena. Lo único que no valió la pena fue la parte armada. Hoy en día no lo haría. Teníamos que haber actuado de otra forma, no llegar a esos extremos. Ni hoy ni en aquel momento. La época era la época y había lo que había, hoy evidentemente no lo repetiría.
Con la huelga yo estaba luchando por mis derechos. Yo no estaba quitándole nada a nadie, yo estaba peleando por algo que me pertenecía. A mi me han condenado para estar en la cárcel, no para machacarme. ¿Me quieres machacar? Venga, machácame, pero por cojones. Como con la ropa. ¿Quieres que me la quite? No, me la tienes que quitar tú.
Te salió caro…
La vida no es un libro que esté escrito, lo vas escribiendo… Yo nunca pensé llegar a Sidney, pero la vida de una persona es larga. Si tú te quedas con ese año solo, porque al fin y al cabo cuando hablamos de lucha armada fueron ocho meses, es verdad que fueron ocho meses jodidos, pero dentro de 68 años fueron ocho meses. Evidentemente son los que han marcado… pero bueno, si soy el que soy es por la vida que he tenido. No puedes escoger como en un supermercado, eres tú con lo bueno y con lo malo.
En 1994 se te concede la libertad condicional por tener una enfermedad incurable. ¿Cómo se gana uno la vida con esa situación?
Fue complicado. Mi madre vivía en Vigo, pero yo tenía claro que no me iba a ir junto a ella. No quería ponerle un problema. Estuve unos meses en casa de unos amigos, cobraba creo que eran 30.000 pesetas de ayuda social. Alquilé un bajo, me cobraban 15.000 pesetas, y las otras quince me quedaban para vivir. Para comer iba a casa de una hermana durante siete u ocho meses. Luego estuve trabajando en un bufete con unos abogados, muy majos, pero no pagaban. Ese tío, Gustavo, se merecía eso y mucho más. Iba a la cárcel de Monterroso a verme en invierno, verano, a las doce de la noche… Luego estuve cobrando recibos de los clubes, encuadernaba libros… Iba saliendo. Con tener para comer llegaba.
¿En qué momento comienzas a hace deporte?
Ya hacía en la cárcel y, nada más salir, lo primero que me dijeron los médicos es que siempre que pudiese fuese al agua. Pedro, el amigo con el que me detuvieron y estuvimos en Carabanchel, salía de trabajar, me venía a buscar a casa, me llevaba a la piscina, nadaba y me volvía a llevar.
Antes, en la cárcel de Valencia teníamos una piscina. El médico consiguió que el director me dejase ir. La Guardia Civil mirándome desde la garita… pensaban que me iba ahogar. Ahí empecé un poco, pero no lo puedes tomar como rehabilitación.
Aquí empecé en el basket y me costó casi un año convencer a Pablo Beiro (fue concejal del PP, trabajador de la ONCE y fundó un club de baloncesto en silla de ruedas) para que me hiciese la ficha de natación. Yo jugaba al basket pero era malísimo tirando. Al final conseguí la ficha y gracias a Pablo conocí a una directora de la ONCE que me dio la oportunidad de trabajar con ellos. Cuando empecé a competir compaginaba trabajo, basket y natación; después trabajo y natación; y al final solo natación porque ya era imposible compatibilizar.
¿Las federaciones o rivales sabían la causa de tu discapacidad?
Yo no lo oculté nunca. Para salir del país tenía que pedir permiso a un juez.
José Ramón Lete (exsecretario general para el deporte de la Xunta de Galicia) me contó que cuando empecé a destacar se reunió con Fraga y Pilar Rojo: «Oye este tío está resaltando, lo sacan los medios, pero este tío tiene esta historia…» Y palabra textual de Fraga: «¿Ganó medalla? ¿Es un tío normal? Pues como otro deportista». Fraga tenía esa parte de mafioso, era como El Padrino, lo conocía todo el mundo. Yo con él no he tenido nunca un problema, hemos estado veinte mil veces reunidos. Con él, con Pablo Beiro… lo sabía todo el mundo. He tenido más reconocimientos del PP. Del PSOE nada.
En México no me dejaban competir por mis antecedentes, me devolvieron. Volví gracias a Lete que me consiguió un visado para poder entrar.
Incluso te recibió el Rey Juan Carlos y te dio la Medalla de Oro al Mérito Deportivo.
Al estar en este mundillo te relaciones con la Infanta, con la Reina Sofía… Con la Reina tuve más trato porque en Atenas, como era su país, estuvo mucho tiempo en los Juegos. Hubo un problema, no vamos a entrar en quién, pero perdimos una medalla. No pudimos competir en un relevo que era una medalla segura. Estaba la Reina allí para ver la medalla, no por casualidad, y pidió ver a los deportistas. Te ves al Comité pidiéndome por favor que no dijera nada, que había sido un fallo… Luego nos hemos visto en Londres, nos hemos visto en diferentes sitios y se acuerda de mí. Yo hablo con ella como estamos hablando aquí.
Cuando me van a dar la Medalla de Oro al Mérito Deportivo estaba ella al lado del Emérito. Lo cogió, le hizo así (gesto de darle con el brazo) y le dijo: «Le estás dando la medalla a un fenómeno. He estado con él en no sé cuántos Juegos…».
Yo estaba con una periodista de Localia de Vigo en el acto y luego le pidió una foto. Él me vio y dijo: «¡No, no! El que quiere una foto con él soy yo». Está grabado y yo me estoy partiendo de risa.
Después de la recepción había un picoteo. Lo bueno que tienen las recepciones con los Borbones es el jamón. Hijos de puta, qué jamón. Todas las recepciones que vayas con un Borbón el jamón es buenísimo.
Háblame de Sidney, cinco oros y cinco récords del mundo en tus primeros Juegos en el año 2000. ¿Cómo se consigue eso?
Tuve mucha suerte y estaba bien preparado. Yo era un toro. Técnica no tenía, pero fuerza pa’ sus muertos, me subía por las paredes. Yo de aquella pesaba casi 90 kilos y tenía más brazo que pierna de jugar al basket. Me tiraba al agua y era como un patito que le das cuerda.
Luego vino Atenas, Pekín y Londres… Ya en Río y Tokio no cogí medalla, pero ya sabía que no iba para ello.
Dieciséis medallas en total, no está nada mal.
Sí, ocho oros, cuatro platas y cuatro bronces. Hace unos años tuve que llamar a mi Federación. En el ranking estaba el segundo y me jode decirlo, pero es así. A Teresa Perales la tenían puesta la primera porque tiene 28 medallas, pero la mayoría son bronce y en el medallero es el oro el que manda. Tuve que llamarlos. Lo habían hecho aposta para que saliese primero Teresa Perales. Tuvieron que cambiarlo. Me sigo manteniendo porque aunque ella ganase en París una medalla, no tiene mis oros. Yo tengo ocho y ella siete.
Eres el deportista paralímpico español con más oros en natación…
Yo y Richard Oribe, un deportista con parálisis cerebral. Siempre me gusta resaltarlo a él, a ese sí que había que pasearlo por toda España. Es increíble como persona y como deportista, aunque ya está retirado. Como no da el canon de estética pues no.
Algo que critico a muchos nadadores es que… una parte es mía, pero una parte. El resto es del entrenador, del fisio, del médico… Tú solo no eres nada. Si no estamos juntos no hacemos nada. Yo salgo en la foto, pero esta medalla es del médico, del entrenador que es el que convive, el que se come mi mala hostia, el que me trata cuando estoy bien, cuando estoy malo… Tenía más relación con el entrenador que con mi pareja. Y eso es algo a tener en cuenta. Es una parte del deporte que yo siempre critico a los compañeros. También son más jóvenes, no tienen esa empatía con los demás, se piensan que son Michael Phelps…
Yo he llegado aquí a Vigo y titular: «Chano, el mejor del mundo». Como yo hay cien mil… Ponen titulares como: «El Michael Phelps de Huelva». Eso lo que estás haciendo es joderlo. Y lo malo es que se lo creen. Luego llegan a la piscina y tienes que darle de hostias. Como se lo creen ya no entrenan igual, ya endiosados, en vez de hablar de natación hablan de la beca que ha recibido del ayuntamiento, de cómo puedo hacer este escrito para sacar dinero…
La veteranía es un grado. Tú te convertiste en el deportista español paralímpico en competir con más edad, con 64 años.
Sí, ha habido varios que lo han intentado, pero desde que yo estoy nadando solo hubo un peruano en una categoría muy baja.
Algunos rivales tenían 17 años, les sacaba más del triple. Muchas veces tenía yo casi más años que los ocho que estábamos compitiendo.
¿Crees que todo lo que te ha pasado en tu vida te ha preparado mentalmente para competir?
Sí, claro. Todo es cabeza. En el deporte hoy en día, afortunadamente, todos entrenamos igual. La ciencia está ahí, Internet está ahí… No es como antaño.
Cuando yo era chaval estaba en un trabajo que el que sabía reparar las bombas de inyección, el jefe lo metía en un cuarto y solo se metía él, para que no aprendiese otro a hacer su trabajo. Hoy no, porque hoy está Internet. La técnica que utiliza Michael Phelps no la puede ocultar, porque se ve. Lo que distingue a unos de otros es la capacidad de sufrimiento, no rendirse, tu potencia… Es un deporte de tontos, vamos todo el tiempo mirando una ralla en el fondo y encima un tío que te chilla. Es un deporte muy mental.
La gente me decía es que tú ya estás acostumbrado. Mentira. Siempre decía que cuando no tuviese el gusanillo en el estómago en cámara de salida dejaba la natación. Cuando estaba en el poyete sentado, mi sensación era como un niño pequeño, con los nervios a flor de piel. Cuando suena el pitido es como una bomba, pero tienes que tener ese gusanillo. Igual que el principiante, si no lo tienes mal asunto.
¿Llevas la cuenta de medallas que has ganado incluyendo europeos y mundiales?
No, no es la primera vez que me lo preguntan, pero te doy mi palabra de que no (22 en campeonatos del mundo, 25 en europeos y 84 nacionales, además de las 16 en Juegos Paralímpicos),
Tengo las olímpicas porque las tengo en el salón en una mesa con un cristal. De hecho, muchas medallas ya no las tengo. Cuando voy a institutos o colegios, alguna universidad también, siempre llevo una medalla y en función de como se dé todo, suelo regalar al centro o a algún chaval. Hay gente que me para por la calle y me dice que fui a su instituto y le regalé un gorro.
¿Te ha quedado algo por conseguir en la piscina?
La espina que siempre me ha quedado clavada fue no ser abanderado en la ceremonia de clausura en los Juegos de Sidney. Me he sentido siempre orgulloso de los abanderados y me hubiera gustado ser uno de ellos.
¿Qué pasó en 2024 para tener esa retirada prematura?
Después de tantos años… fue una metedura de pata. La confianza mata. Yo nunca pensé que daría positivo. Sería de tontos. Cuando me hacen el control de doping, si tengo la más mínima sospecha de que estoy tomando algo, desaparezco, me hubiese ido: «Me duele la barriga, me tengo que ir al médico».
Los médicos del equipo flipando… Yo no he tomado ni un Paracetamol sin decírselo a ellos.
¿Qué es lo que tomaste?
Fue un suplemento que, en teoría, era natural, pero tenía testosterona. No en cantidades, pero suficiente para dar positivo.
¿Cuánto tiempo te sancionaron?
Dos años y medio o tres. Fui idiota. Podía haber recurrido y hacer contranálisis. Pero para hacerlo ya me pedían 600 euros de entrada, más contratar un abogado. Dinero tenía, pero no estaba dispuesto porque me quedaban tres meses para retirarme. Aunque me hubiese quedado más tiempo no lo hubiese hecho.
Podía estirar el chicle, porque hecha la ley, hecha la trampa. En esa época de mi positivo, al director de la Agencia Antidopaje lo quitaron del medio porque tenía positivos de atletismo guardados en el cajón y no los sacó, sacó el mío. ¿Metí la pata? La metí. Punto, no hay más que hablar. Fue una putada por el tiempo que era.
Podía haberme callado, retirarme y no pasaba nada. Pero soy incapaz. Cuando entraba a la piscina a entrenar todo el mundo me pregunta qué tal. Hasta que no di la rueda de prensa venía aquí violento. La gente me preguntaba por París, por los Juegos, las competiciones… Y yo no quería mentir. Daba largas: «Ahí andamos, ya veremos…». Cuando me llegó la carta, llamé al Comité Paralímpico y a Carballeda, el presidente. Me dijeron que no dijese nada, que no se entere nadie… Yo les decía que en Madrid igual pasaba desapercibido, pero en Vigo no. Yo no quería hacer daño al movimiento paralímpico.
Luego contraté un abogado que me recomendó hacer una carta reconociéndolo para que la sanción fuese más pequeña. Una mierda, pagué el abogado y la sanción fue la misma. Me daba igual porque no iba a competir.
Hablé con diferentes periodistas de Galicia antes de hacer la rueda de prensa. Les expliqué lo que me pasó y la verdad es que muy bien todos. Me dijeron que iban a resaltar mi vida deportiva más que el hecho en sí, y así fue.
La parte más negativa de esta mierda fue el Comité Paralímpico y la Federación. Hicieron un comunicado que es patético. Hostia… hasta la Guardia Civil empatiza más conmigo. Llamé a Alberto Jofre (exdirector del Comité Paralímpico): «¡Por favor, que llevo 30 años nadando y es la primera vez que he metido la pata! ¡Que lo he reconocido! ¡Que te he llamado a ti el primero! ¡Que no he intentado ocultarlo en absoluto! ¡Que voy a dar una rueda de prensa donde voy a intentar que me caiga a mi toda la culpa y que no se juzgue a otros deportistas por mi metedura de pata! ¡Y tú vas y sacas este comunicado, no me jodas!»
«Hombre, Chano, lo entiendo, pero ya hemos metido la nota de prensa, no la podemos rectificar… Bueno, vamos a intentar enmendar…». ¿Qué hicieron? Una nota de prensa por una agencia, pero lo que pusieron en todas partes fue la anterior.
Ni siquiera tuve una llamada de teléfono de mi Federación después de 30 años. Gracias a gente como yo que hemos estado nadando sin cobrar un puto duro están ellos hoy ahí. Hoy hay dinero, pero antes me lo pagaba yo. Me pedía licencias sin sueldo, me pagaba los viajes… hasta que luego hubo becas, después de Pekín.
Ahora tienes 68 años, pero sigues haciendo deporte…
No me encontraría bien si no, tienes que moverte. Buceo, que siempre me ha gustado, apnea… Ya he aguantado dos minutos y medio, tres minutos… pero hay que estar muy relajado, me está costando un poco más. En ello estamos.
Antes de dar el comunicado por el doping, me llamaron de varios institutos para dar charlas. Yo les dije a los profesores que en ese momento no podía hacerlo, que tenía ese problema y era incapaz. No lo iba a hacer hasta que no se hiciese público. Siempre he ido a los colegios con la verdad. He ido a alguno y el director me ha dicho:
– Le hemos dicho a los chavales que del tema de la cárcel no se puede preguntar.
– ¿Cómo? ¡Me voy! Si tú pones condiciones, yo me voy. Los chavales tienen que preguntar lo que les dé la gana. No puede haber cortapisas.
Yo, en función de la edad que tengan, responderé de una forma u otra. He tenido preguntas de niños sobre si he estado en la cárcel, sobre si he matado… Hay que contestarle. Los errores que yo haya cometido, les puedo ayudar a que no los cometan, lo mismo que el doping.
Ahora no estoy yendo a colegios. Esto es como les pasa a los políticos, una vez que te retiras, el teléfono no funciona.
¿Los chavales de hoy en día saben lo que es el GRAPO?
No todos. No les enseñamos. Hay algún chico que me ha sacado el tema, alguna vez tuve que cortarlos. Como si yo fuera allí el Che… Tuve que decirles que no es el camino, tuve que pararlos porque me daban unos aplausos allí… En un instituto de chavales de 15, 16… Tuve que explicarles. Mis ideales siguen siendo los mismos pero la forma de actuar no puede ser esta. Luego estuvimos hablando en privado, lo mismo que hay extrema derecha, está la extrema izquierda y hay que tener cuidado con eso también, estamos en un momento que puede florecer…
Te han preguntado ya muchas veces por el arrepentimiento…
La palabra arrepentimiento no la he usado yo nunca. Me ha causado muchos disgustos y problemas por culpa de eso, pero siempre he dicho que es una palabra católica. Se arrepienten los católicos y luego andan a joder. Como decía mi padre: «El domingo se arrepiente y el lunes sigue siendo el mismo hijo de puta en cuanto sale de la iglesia». Yo no me arrepiento, evidentemente yo siento.
Hace unos años en el Faro de Vigo salgo en la página izquierda y el hijo de Rafael Padura en la derecha. El titular es: «Si a alguien le vale decir que me arrepiento, lo digo». Pero no es una cuestión que yo sienta como católico, porque no lo soy.
Yo no puedo darme golpecitos en el pecho, me arrepiento y luego seguir siendo el mismo hijo de puta. No, tú tienes que ver mi vida. ¿Este tío sigue igual o no sigue igual?
¿Casa más contigo decir: no lo volvería a repetir?
Eso sí, eso es verdad. Y cada día lo tengo más claro.










