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Javier Castillejo: «No conozco a ningún pijo que sea boxeador»

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Javier Castillejo

Charlamos con él sobre el ring de su escuela de boxeo. Lamenta no ser profeta en su tierra, pero el pugilismo sigue siendo su tabla de salvación. Habla quedo, como sosteniendo las palabras; por su aura apacible nadie diría que es el boxeador más laureado de España, que peleó en el MGM de Las Vegas con el mismísimo De la Hoya. Es un tipo serio, apenas sonríe, pero cuando lo hace se le dibuja esa mirada pícara de quienes tienen mucha calle. Francisco Javier Castillejo Rodríguez (Madrid, 1968) empezó entre los sacos de un barrio de la periferia y asaltó el cielo gracias a su abnegación: ocho mundiales repartidos en dos pesos distintos así lo atestiguan.

De niño, el Lince emigró desde Vallecas a Alemania junto a sus padres en busca de un futuro mejor. Tras ocho años en Frankfurt, los Castillejo volvieron a la piel de toro y se instalaron en Parla, una ciudad dormitorio cuyo nombre terminaría paseando por todo el mundo y donde sigue viviendo. Sin embargo, la gloria se hizo de rogar. Castillejo tenía treinta años cuando su carrera parecía acabada: se había proclamado campeón de Europa, pero para entonces trabajaba como pintor de brocha gorda, antenista y portero de discoteca para llenar la nevera. Estaba a punto de retirarse cuando un combate inesperado en Londres relanzó su carrera. El resto es historia del cuadrilátero.

¿Lo de Lince te viene de la niñez?

Eso fue después. De pequeño era muy nervioso, muy inquieto, un trasto, pero lo de Lince vino más tarde, cuando ya empecé a boxear; decían que era muy astuto y habilidoso, con expresión felina. Nací en la calle O’Donnell, pero pronto nos mudamos a Vallecas. Mi madre me ataba por la cintura a una cuerda de diez o doce metros en la casa baja, cuando yo tenía dos años y pico. Era muy revoltoso, muy travieso, lo cogía todo y lo tiraba al suelo. Pero me lo pasaba muy bien con mis juguetes y así mi madre podía atender mientras a mi hermana pequeña.

Luego mis padres se fueron a Alemania a trabajar a una fábrica y me quedé viviendo con mi abuela durante dos años. Nos daba todos los caprichos. Después nos recogieron a mí y a mi hermana y nos fuimos también a Alemania, donde viví durante ocho años.

¿Y qué tal en la escuela en Frankfurt?

Recuerdo que cuando mi madre me llevaba al colegio siempre había una maestra esperando para echarle la bronca por mi comportamiento; yo la veía y le decía a mi madre que se fuera, pero al final insistía en acompañarme y la señorita le echaba unas charlas que no veas.

También me ponían notas para que me las firmaran y yo las falsificaba, hasta que un día me pilló mi padre y me dio más hostias… [risas]. Si es que era un trasto de chaval. Mi pupitre estaba junto a la ventana y cuando se descuidaba la profesora tiraba los libros al patio.

Tus primeros recuerdos boxísticos son de esa época.

En Alemania tuve mis primeras experiencias con el deporte. Hice kárate hasta el cinturón naranja. También fue la primera vez que pisé un gimnasio de boxeo. Iba con otro amigo español, él tenía dieciséis años y era mayor que yo, pero nos teníamos que desplazar hasta otro pueblo en tranvía y entonces duramos apenas dos semanas. En esa época mi padre me levantaba de madrugada para ver los combates de Muhammad Ali. Me acuerdo perfectamente de eso.

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Volviste con el acento marcado.

Allí hablaba en alemán con mi hermana, iba a un colegio alemán y daba español dos veces a la semana para no perder el idioma. De hecho, cuando volví a España en el año 80 hablaba como los extranjeros y eso me acarreó problemas en el colegio. No me adapté bien, te dicen de todo y eso te afecta. Me llamaban Franchu, Franchute… incluso nazi me decían. Te hacían bullying.

Se metían conmigo. Yo no me achantaba, me peleaba y ya está. Es lo que hay que hacer ahora. ¿Te metes conmigo? Bueno, pues aquí lo solucionamos pronto. Ahora la juventud es más débil, se vienen abajo. Supongo que tampoco somos todos iguales, unos son más fuertes de mente que otros.

¿Cuándo decidiste que no ibas más al colegio?

Suspendí sexto porque no me adaptaba bien, era todo totalmente diferente. Tuve un problema con un maestro porque rompí un avión de contrachapado que un compañero había hecho en trabajos manuales. Lo tiré para ver cómo volaba y se estrelló contra el suelo.

El nota se chivó al profesor y este me dio un bofetón del quince delante de varios maestros. Antes te pegaban. Entonces salí corriendo, salté la valla, me escapé del colegio y me fui llorando a mi madre. «¿Qué te ha pasado, hijo?». Y yo: «No voy más, me ha pegado un profesor». No volví al colegio.

Haces tus primeros trabajillos.

Tenía catorce años y a partir de ahí me busqué la vida. Planté cebollas en un pueblo de aquí al lado. Alucinaba con lo duro que era el campo, me acordaba de los libros luego. También descargaba camiones, vendía melones en un puesto… hasta que al final aprendí un oficio: me fui con mi tío, que tenía una empresa de pintura, y me hice pintor de brocha gorda. Tiraba muy bien el gotelé, que en ese momento se llevaba mucho.

José María Tristán fue tu primer preparador.

Por esa época ya era boxeador amateur. Iba al gimnasio, que en realidad era una nave de desahucios del ayuntamiento, aquí en Parla. Había trastos, muebles, sillas de colegio, perros abandonados, solo tenían agua fría… Era muy de película americana. Y había un ring donde entrenaban la lucha libre; también un par de sacos, así que fue ahí donde empecé.

Entrenaba Agapito Gómez, que fue olímpico en Los Ángeles ’84 con la selección española. Yo era pintor y él albañil, así que entre todos hicimos un vestuario y yo me encargué de la pintura. Otro que era electricista apañó la iluminación. Entre todos mejoramos el gimnasio poco a poco y allí di mis primeros pasos.

Y lo llevabas en secreto…

No le dije nada a mi madre, pero se dio cuenta de que volvía con la ropa muy sudada y vio las vendas: «¿Qué pasa, que eres el tonto del gimnasio y te mojan? ¿Te tiran agua? ¿Y qué son las cintas esas?». Se mosqueó. Un día me fui con la bolsa al gimnasio y me siguió. Cuando se dio cuenta… ¡madre mía! Le dijo al entrenador que si me iban a pegar y Tristán le explicó que eso era un deporte, que no era así.

Más tarde, la primera que iba a mis combates siempre era ella. Se sentaba en primera fila. Pero en aquel momento me echó la bronca, me dijo que los golpes me iban a volver loco. Y ahí la rematé: «Si no me dejas ser boxeador, me meto a torero». Se cagó viva.

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¿Habrías triunfado también como torero?

Nunca se sabe, porque me gusta. Por lo menos habría probado en la escuela taurina.

Tienes gusto por lo prohibido.

Este es el país de la prohibición. Está todo prohibido. ¿Dónde está la libertad? Deja a la gente que decida y tome su camino, sin molestar a nadie. Si a ti no te gusta, no lo veas, pero no me critiques ni me apuñales. No es un país libre. Yo podría decir que no me gusta el periodismo, que eso es para torpes, y que prefiero ser camionero o abogado, pero hasta ahí; no podría decir que el periodismo es una mierda. ¿Me entiendes?

Con el boxeo igual. Si no te gusta el boxeo pues no lo veas, vete a jugar al ping-pong, pero tienes que respetar que es un deporte; es más, se trata del segundo deporte olímpico más antiguo. ¡Un respeto! No es de ahora, es de hace siglos. Y es el deporte donde más nobleza hay. Se boxea: los púgiles no se pegan, sino que se golpean. Me pego en la calle, pero boxeo con otro boxeador, un deportista que está preparado igual que yo y quiere ganar.

¿Ser de clase obrera te ayudó?

Sí, porque no conozco a ningún pijo que sea boxeador. Ningún tío con pelas se dedica a eso. Es una forma también de buscarte la vida, de salir de la zona baja, y puedes conseguir grandes cosas: ser campeón del mundo te cambia la vida. Y eso está bien. A mí me la cambió: pasé de Madrid al cielo.

¿Tuviste miedo en tu debut?

Recuerdo que debuté con Ángel Díez de profesional. Cuando eres nuevo siempre hay nervios, pero tienes que saber controlarlos. Estaba siempre preparado y eso te da seguridad. No me podía ganar nadie, solo si era mejor que yo; no porque fuera más fuerte o peligroso. Si ambos estamos al cien por cien, me ganas porque eres mejor en ese momento. Ya está. No me vas a matar.

Por eso no tenía miedo, lo bloqueaba siendo muy fuerte psicológicamente. La mente es lo más importante. De hecho, he llegado a lo más alto por mi fortaleza mental. Otros se habrían venido abajo, pero yo todo lo contrario. Pensaba: «Te voy a matar». [Risas] Es broma, es broma.

A Ángel Díaz le gané dos veces. Mi tercera pelea fue con Juan Pérez, un zurdo de Madrid. Y en la cuarta me fui a Irún a pelear con el vasco Santiago Vásquez. Yo era un chaval joven, no entendía de política y llevaba las medias de la selección española que me había regalado Agapito, con la bandera. Cuando salí al ring, madre mía: «¡Hijo de puta, cabrón, te vamos a matar…!», me gritaban.

Miraba a las gradas y no sabía qué estaba pasando. Tendría unos veinte años y no tenía ni puta idea de lo del País Vasco. Tristán, mi entrenador, me pidió que me quitara los guantes y que nos fuéramos. «¡Qué coño! Vamos a ganar al vasco y luego nos vamos», le dije. Y así lo hice.

Acababas de volver de la mili.

Me tocó hacer el servicio militar en Torrejón de Ardoz, en la Policía Aérea. Hice más guardias que un tonto, macho. Me licencié con noventa y cuatro guardias. Allí tuve alguna historia con los compañeros veteranos, pero lo solucioné rápido. Cuando entras de novato hay algunos que te vacilan, te hacen bromas y algunos se pasan.

Pegué a dos o tres de entrada, antes de jurar bandera. No me acojoné y actué. A partir de ahí ya me respetaban, sabían que boxeaba y no me hacían nada. Si tenía que limpiar o fregar lo hacía porque era nuevo, pero que tú a mí me jodas ya es otra cosa.

Yo era muy cabrón. Una vez estaba arrestado fregando la cantina y llegó la guardia, los veteranos, con la metralleta a cuestas. «¡Eh tú, chivo (novato), échate para allá!», me dijo uno. Le advertí: «No te hagas líos». «Ah, ¿que te rebotas? ¡Ven aquí!». Yo estuve rápido y eficaz. ¡Pam, pam!

Después el cabrón se ponía enfrente de mí todos los días al formar, para provocarme. Me decía a mí mismo: «Te voy a fundir los plomos otra vez». Luego no pasó nada, pero no sé… yo es que no me callaba. Nunca me he metido con nadie, pero conmigo sí lo han hecho. Y entonces me tengo que defender.

Javier Castillejo

Tristán te dijo que te dedicaras solo al boxeo porque te vio futuro.

Sí, yo era boxeador amateur y a la vez pintor de brocha gorda. Trabajaba en la empresa de mi tío, como he dicho. Al pasarme a profesional, Tristán ya no me podía atender bien, así que me aconsejó fichar por otro mánager y que dejara de trabajar. Le dije a mi tío que no iba a ir más y casi le da un infarto: «¿Pero estás loco, chiquillo?». Pero yo quería ser boxeador.

Así que nos fuimos a El Espinar, un pueblo de Segovia en el que se concentraba Poli Díaz en esa época. Hablamos con su entrenador, Ricardo Sánchez Atocha, y al final fiché con ellos para arrancar ahí realmente mi carrera profesional. El empresario Enrique Sarasola era el padrino de Poli.

¿Hubo pique con Poli? Él tenía un gran talento, pero quizá tú eras más inteligente.

Era más inteligente. Y claro que había pique, sobre todo por su parte. Es lógico: él era el campeón de Europa y yo no era nadie, pero como quería crecer y los tenía bien puestos… pues no me cortaba. A él tampoco le gustaba mucho. No hicimos muchos guantes, él tenía sus sparrings. Por mi parte había una competencia sana, pero yo siempre quería ser el primero. Le comía los pies.

El invierno es gélido en El Espinar.

Entrenar en esa zona era muy duro, lo pasábamos muy mal en invierno por el frío. Sobre todo los colombianos, que nunca habían visto la nieve; recuerdo que como no tenían guantes se ponían unos calcetines en las manos para correr. Pero gracias a esos entrenamientos uno se ha hecho duro también para pelear.

La primera vez que fui al Espinar me metieron en una casa que tenía doscientos cincuenta años, era de película de miedo. Compartía casa con Alfredo Cáceres, un sparring colombiano de Poli que era más largo que un día sin pan. No había ni agua, era una casa muy fría con los techos bajos. «Madre mía, ¿dónde me voy a meter?», me preguntaba. Pero yo tenía la ilusión de boxear.

¿Tuviste algún ídolo? En quién te fijabas.

Cuando empezaba veía muchos combates de Julio César Chávez. También de Sugar Ray Leonard, que luego me hizo una entrevista, para que tú veas cómo que es la vida. Seguía asimismo a Tommy Hearns, Marvin Hagler, Tyson… y Muhammad Ali, el más grande.

Tu primera derrota llegó contra Del Bryan.

Un inglés zurdo. Sí, en la plaza de toros de Benidorm. Tampoco perdí, pero me dieron perdedor. Me quedé un poquito jodido un tiempo, la verdad. Era mi primera derrota, pero tampoco me nubló la mente. Rápidamente subí otra vez y vino mi mayor racha de victorias.

Te proclamas campeón de España contra Alfonso Redondo.

Él no se creía que yo entrenara tanto. Decía que no hacía falta tanto, que él entrenaba solo media hora, pero yo era más profesional. Eso fue en Parquesur, Leganés, en un pabellón donde practicaban boxeo y fútbol sala. Alfonso era el vigente campeón de España y había sido campeón de Europa anteriormente; era un gran boxeador y pegaba duro.

Boxeábamos entonces con seis onzas, luego ya lo quitaron y pasamos a ocho y diez. Hizo una pelea muy intensa y buena, pero éramos boxeadores diferentes, no teníamos nada que ver. Se enfrentaban dos épocas distintas, él era veterano y yo el novato con ganas y fuerza para conseguir sus sueños.

Me salió bien y quedé campeón de España. Le tiré y al rematarle el árbitro tuvo que parar la pelea porque estaba dañado. Hubo bronca porque a su gente no le sentó muy bien y se lio. La Policía nos tuvo retenidos en el vestuario hasta que pasó la tormenta y pudimos salir.

En 1991 acompañaste a Poli cuando peleó contra Pernell Whitaker.

Tuve la oportunidad de estar en Norfolk, Virginia, para apoyar a Poli en el campeonato del mundo. Fue mi primera vez en Estados Unidos. Ahí, macho, vi lo que era realmente el boxeo. Eso me tocó el corazón y la mente para seguir adelante.

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Tras la derrota de Poli hubo un cambio de ciclo en la promotora.

Sí, me cogió envidia, era envidioso. Montaron una velada en la que boxeábamos ambos. Cuando Poli se enteró de que yo también boxeaba y vio carteles míos, no solo de él, se cabreó y dijo que no iba a boxear. Entonces yo pasé a ser el líder.

¿Eras ambicioso? Se te quedaba corto el campeonato de Europa.

Hice una pelea en Bilbao con Saoul Mamby. Él fue siete veces campeón del mundo y yo solo era campeón de España. Son pruebas que te pone el entrenador y que tienes que superar para crecer como boxeador. Tras ganar, dije que yo lo que quería era ser campeón del mundo porque ser campeón de Europa lo veía fácil.

En el ’93 peleas por primera vez por el título mundial de la Asociación en Parquesur.

Julio César Vásquez es uno de los tíos que más duro me ha pegado. Era violento, muy fuerte. De hecho, tenía muchos nocauts. Era muy complicado. He ganado a casi todos los zurdos menos a él. Pero le abrí la ceja y la pelea estuvo muy igualada. Perdí, pero gané a la vez: hay combates que pierdes pero que te dan un subidón mayor que una victoria.

Demostré que podía ser campeón, porque pasé una prueba muy difícil contra un pegador tremendo. Ahí me di cuenta de que el boxeo es un deporte duro y peligroso. Julio César Vásquez podía matar a un tío. Enfrentándome a él supe que podía hacer grandes cosas, me sentí más boxeador tras superar esa prueba.

Ese combate tuvo un 51% de share.

Claro, en España interesa el boxeo y a nivel televisivo se ha demostrado muchas veces. No entiendo el motivo por el que no apoyan al boxeo. Es que no lo entiendo. Es una pregunta que me hago desde que empecé y no tengo respuesta. Llevo así desde mis inicios. Cuando hay un combate interesante, hay récord de audiencia.

Al fin te proclamas campeón de Europa contra el francés Razzano. Y en su casa.

He ganado peleas muy importantes fuera. Creía en mí y era ambicioso. Salí a por todas desde el primer asalto para ser campeón de Europa. Le hice varios cortes, le metí una paliza. Hubo un encuentro al final y el árbitro tuvo que parar la pelea por un golpe accidental, pero él ya estaba hecho polvo.

Le había fracturado la nariz, el ojo, la muela del juicio… le rompí todo. Ahí me proclamé campeón de Europa por primera vez. Fue algo muy grande, espectacular. Y entonces dije que yo quería hacer diez defensas del título; si Poli fue ocho veces campeón, pues yo diez. Me quedé con seis victorias de nueve campeonatos de Europa que hice.

¿No hubo más por falta de apoyos?

Telecinco había apostado por el boxeo y eso se acabó, así que se complicó todo. Encima luego perdí el título en Francia contra Boudouani. Cuando eres campeón, de Europa o del mundo, puedes hacer peleas con los diez primeros del ranking, hasta que te toca el aspirante oficial para defender el título. Te obligan.

Entonces el número uno de Europa para pelear conmigo era Boudouani. Me tocó una época mala. Como es musulmán, el pájaro me puso la pelea un 3 de enero. Imagínate qué Navidades pasé, sudando como un pollo para llegar al peso y comiendo alfalfa. Son fechas muy complicadas. No tuve sparrings… ¿quién va a venir en diciembre? Se hizo todo mal. Él aprovechó y me ganó. Fue el primer KO técnico de mi carrera.

Me habría gustado enfrentarme a él estando yo también al cien por cien, a ver qué hubiera pasado. Los pocos que me han ganado siempre ha sido por algo. No es que sea fantasma, pero quiero saber qué hubiera pasado si me hubiera enfrentado a Boudouani o más tarde a De la Hoya estando yo al cien por cien, que era mi don y mi fortaleza.

El combate de revancha con Boudouani fue diferente al primero, fue una pelea más y ya está. Hay derrotas con las que te vienes abajo, date cuenta de que el boxeo es muy duro, pero ya te digo que gracias a dios soy muy fuerte psicológicamente y gracias a mi cabeza he llegado adonde he llegado. De hecho, pierdo el campeonato de Europa y sigo y sigo y sigo.

Pasaste cuatrocientos setenta y un días sin pisar un ring.

Me busqué la vida, me tuve que poner a currar como un perro habiendo sido campeón de Europa. Yo vivía del boxeo, pero al perder pues se acabó. Telecinco ya no transmitía los combates y los mánagers no podían conseguir dinero para hacer veladas. Así que me puse a pintar otra vez y a poner antenas, con dos cojones. También fui portero de discoteca. Curraba de lunes a domingo: de lunes a viernes era pintor y luego los fines de semana trabajaba de seguridad en una discoteca.

Cuando iba a los bares los camareros me pedían autógrafos y me preguntaban si ya no peleaba: «Ahora no, ahora pinto. Pero pienso boxear de nuevo», les contestaba. Tengo espíritu de superviviente. Cuando quedé campeón de Europa me compré una casa que pagué en el momento, pero cuando pierdo el campeonato la nevera estaba vacía. Eso me tocó el corazón. Mi hija Saray era pequeña y le dije a mi mujer: «Dame el mono de pintar, que me voy a currar».

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¿Cómo se corta esa mala racha?

Me sale una pelea por el campeonato de Europa otra vez. Peleo contra Ahmed Dottuev en Londres y ese combate me daba además la posibilidad de hacer el Mundial. Fui a Inglaterra, a su casa. Me hicieron una encerrona. El hotel estaba a hora y media en coche del pabellón. Me pusieron además una habitación al lado de una obra, todo el rato le daban al martillo y yo sin descansar. Lo hicieron aposta, me tenían puteado.

Dottuev era rápido, pegador, zurdo… la pelea estaba ahí, ahí. Yo había dicho que si perdía con él me retiraba, porque habría sido otra derrota por el campeonato de Europa y el boxeo en España no estaba bien porque no había televisión. Me habría retirado. Pero saqué lo que tenía dentro en el último asalto y a falta de diez segundos le gané. Tenía que ganar por KO, si no me daban perdedor seguro. Fui a por él porque sabía lo que había: si la pelea llegaba a los puntos se la daban a él. No sé de dónde saqué fuerzas, pero le metí varias manos y el árbitro paró la pelea.

Estaba todo controlado para que ganara él, pero quedé campeón de Europa otra vez. Ese título fue para mí más especial que el primero, fue un paso adelante. Me reivindiqué. Siempre me ha pasado. Aquí nadie daba un duro por mí y he tapado bocas con mis victorias fuera. Tenía treinta años y creían que ya no iba a conseguir nada más.

Ocurrió lo mismo con tus títulos mundiales.

Claro, al ganar a Dottuev y quedar campeón de Europa me colocan a mí como número uno del Consejo Mundial de Boxeo. Me viene la oportunidad de luchar por el título mundial en Leganés con Keith Mullings, que era el campeón en ese momento… y le di una sorpresa también. Mi vida ha sido una noria.

Entonces empezó Vía Digital a apoyar al boxeo y se pudo traer al campeón americano aquí, si no era imposible. Le ofrecen un buen dinero y viene. Llegaba de noquear Terry Norris, una estrella de los años 90. Vino a darse una vuelta por Madrid, supuestamente a darme una paliza, casi tenía firmado el contrato para pelear contra Óscar de la Hoya después.

Sin embargo, la paliza se la di yo. Al terminar la pelea se quedó encima de las cuerdas en el ring, mirando hacia arriba como diciendo: «La he cagado». Creo que rezaba, porque era americano musulmán.

Más tarde Mullings llegó a decir que ganó ese combate.

No, es imposible que ganara el combate. Estuve tres meses entrenando y preparando esa pelea. Tuve seis, siete, ocho sparrings en el campamento. Le estudié muy bien durante día y noche: sabía a la hora que se iba a comer y a dormir. Lo sabía todo sobre él e hice una buena estrategia. Para mí es una de las mejores peleas que he hecho, la más inteligente.

Mullings era fuerte, pero no tenía piernas. Plantaba los pies y no tenía baile de piernas, le costaba mucho desplazarse. Él quería ir a la guerra y mi estrategia fue la siguiente: conectarle los golpes que yo pueda, cuando quiera y donde quiera. Le golpeaba, salía, me desplazaba. El boxeo es de inteligentes. A él le llamaban El asesino de Brooklyn, porque decía que se cargaba a todos sus rivales, y yo avisé los periodistas: «Si él es el asesino, yo soy el juez». La victoria fue emocionante, recuerdo que saqué toda la presión, la responsabilidad y el estrés con un grito. Te vienes abajo.

¿Fue tu época más feliz?

Sí, metía a quince mil personas en la Cubierta de Leganés con los campeonatos del mundo. Empecé a crecer y a crear afición. La televisión apostaba por mí y por el boxeo, venía mucha gente VIP que no había visto boxeo en su puta vida y a la que le empezó a gustar. Venían el juez Baltasar Garzón, Bardem, Ramoncín

Cinco defensas después llega De la Hoya, el rey del pay-per-view.

Era la estrella de mi deporte y la estrella de Estados Unidos. Fue campeón olímpico en Barcelona con su selección.

Se han escrito ríos de tinta sobre tu campamento previo en Las Vegas.

Tres meses allí metido… De la Hoya alega una lesión en la mano. Suelen hacerlo a veces para joderte la concentración. Eso era mentira, una estrategia. Creo que fue un error no volver a España y alargar la concentración allí. Me quedé y me jodí mentalmente. Estaba ya hasta los cojones, tres meses sin ver a mi familia. De hecho, mi hijo acababa de nacer y cuando volví apenas conocía al niño. Me vi totalmente solo.

No se hicieron bien las cosas, me tenía que haber llevado a un equipo como dios manda. Me fui con el entrenador Sánchez Atocha y ya está. Los sparrings venían de Las Vegas, guanteaban contigo, les pagabas y se iban. Me quedaba solo en un rancho súper grande y me afectó psicológicamente.

Entrenábamos por la mañana, al mediodía y por la tarde. Las Vegas, aunque es un desierto, está en altura y lo pasas mal hasta que te aclimatas. Y en vez de estar cada vez mejor, estaba cada vez peor. Tenía también problemas con el puto peso. Contratamos a un doctor y nos equivocamos. Los doctores son buenos en medicina, pero en esto…

El boxeo es un abecé: dejar de comer y beber a los pocos días del pesaje. Estuve en el peso mucho antes del combate y eso es un error, no tenía fuerza para hacer el trabajo. A los diez días del combate empiezas a bajar el entrenamiento y la comida. Es la única forma, no hay otra. La cagamos.

Al Golden Boy le entrenaba el padre de Mayweather.

Era un payaso, ha sido un payaso y sigue siendo un payaso. En la rueda de prensa él hablaba en inglés y yo no sé inglés. Me miraba y todos se reían, menos yo. Me vacilaba. Estaba junto al promotor uruguayo Sampson Lewkowicz, gran trabajador y amigo, quien trataba de calmarme: «Tú tranquilo, campeón, dice mierda». No me lo quiso contar para que no le mandara a la mierda.

Se habló mucho sobre tu bolsa de ese combate. ¿Se quedó algo por el camino?

Bastante. La mitad. Me enteré años después en una convención del Consejo Mundial de Boxeo, en Cancún. Me dieron la mitad de lo que fue y la otra mitad desapareció, se perdió. Fui uno más de tantos a quienes han engañado y robado el alma y el corazón. Mucha pasta, ni te la imaginas. Óscar de la Hoya pagó tres millones y medio de dólares y a mí me dieron la mitad, con lo cual falta la otra mitad. Lo vería bien si me hubieran dicho a quiénes fue a parar ese dinero: promotores, etcétera. Me siento estafado y engañado.

Y además se cometieron muchos errores. ¿Para qué coño voy tres meses a concentrarme en un rancho? ¡Eso es de locos! ¿Tú sabes lo que me costó a mí la concentración? ¡Veinte millones de pesetas en el año 2001! El rancho, tres coches y los sparrings. ¿Estamos locos? Para eso me concentro ocho semanas como siempre he hecho y vuelo una semanita antes para aclimatarme y ya está. Al mánager se le fue la olla.

Los organizadores veían a De la Hoya ganador de antemano.

Hacían cosas raras. De hecho, estaba en el vestuario siendo el campeón del mundo y vinieron con la televisión a decirme que saliera antes al ring. Y yo: «¿Qué go, go ni qué pollas? I’m champion. El challenger va primero. El aspirante siempre sale primero, aunque sea Óscar «de la Polla», una estrella. Yo soy el campeón y me tienes que respetar». Y así fue: primero salió él y me tuvo que esperar.

La llamaron «la pelea de los lindos».

Sí, la pelea de los guapos, decían. No sé por qué. Yo no era guapo, pero bueno.

¿Te sorprendió su guardia abierta?

No. Lo que más me sorprendió fue su velocidad. Es el boxeador más veloz que he visto. Julio César Vásquez era muy veloz y agresivo, pero Óscar era el triple. No veías los golpes. ¡Zas! ¡Pum! No veía la hostia. Se escuchaba el sonido de los guantes. Y yo me reviraba, le daba distancia.

Era otro nivel, no tiene nada que ver. Mucha, mucha velocidad y muy cerquita la distancia. Allí en Estados Unidos pelean muy cerca. Él siempre apretaba en los diez últimos segundos para llevarse cada asalto. Yo tenía muchos problemas con el peso y en el tercer, cuarto, quinto round ya notaba que no tenía energía.

Lo llevaba jodido, pero de hecho aguanté doce asaltos. En el último round caí de culo y me levanté, o sea que no fue del golpe. Se creían, como siempre, que me iba a matar, pero Castillejo estuvo ahí hasta el final; por eso me habría gustado pelear estando yo bien, pero bueno… la vida es así.

Me habría gustado mucho hacer la revancha, porque al cien por cien soy muy complicado, muy difícil. Después de esa pelea fuimos a cenar a un restaurante de Las Vegas con los hermanos Bardem y unos amigos míos que me dieron una sorpresa viniendo desde España. Y ya cuando regresé aquí me di cuenta de la que había liado: el combate se vio en todos sitios, fue la hostia.

De la Hoya alegó otra lesión y te tocó pelear contra Karmazin.

Claro, el ruso era peligroso y no vendía en Estados Unidos. A mí me habían bajado al número dos y Karmazin tenía que pelear contra De la Hoya, el campeón en ese momento. Sin embargo, Óscar alegó una lesión en la mano. Entonces el Consejo nombró a dos aspirantes: él, que era el número uno, y yo, que era el número dos.

Hicimos un campeonato del mundo interino mientras el campeón se recuperaba. Contra Karmazin la pelea estuvo igualada, era frío y calculador, un gran boxeador. Le gané y me habría tocado pelear contra De la Hoya otra vez, pero entonces él se enfrentó a Shane Mosley, porque esa gente ya solo quiere peleas grandes, y perdió el cinturón.

Javier Castillejo

Después de eso acabas en un limbo competitivo.

Estuve tres meses en Kenia, en el reality Supervivientes. Perdí quince kilos, estaba prácticamente enfermo. Peleé en Chicago con Fernando Vargas y fue el último combate que hice en el peso superwélter. Me costaba mucho dar el peso ya, aun forrado de plástico y saltando a la comba. Estaba muerto, muerto, muerto.

Nadie lo sabe, pero no di el peso para ese combate; el pesaje fue al aire libre en el lago Michigan y no se enteraron. Ese campamento me concentré en Ourense y me fui una semana antes. Aun así, le rompí la mandíbula, pero no me di cuenta. Me lo dijeron más tarde; si no, me habría tirado a por él. Él dice que nadie le ha pegado tan duro como yo y eso me halaga, porque Fernando Vargas es un campeón mundial, una estrella.

Subiste al peso medio. ¿Qué rebote podías llegar a tener después del pesaje?

Cuando te subes a la báscula no es tu peso real, estás prácticamente deshidratado y después eres como una esponja: empiezas a comer y a beber y al día siguiente estás seis, siete o hasta ocho kilos por encima del peso que diste.

Felix Sturm te dio la oportunidad de volver a lo más alto.

Los alemanes son listos y tenían una televisión que apostaba por el boxeo. Sturm era campeón del mundo del peso medio de la Asociación. Era muy bueno: había ganado a De la Hoya, pero le dieron perdedor porque en ese momento De la Hoya no podía perder. Empecé a estudiarle y nos fuimos a Hamburgo a pelear.

Le tiré en el segundo asalto y ahí ya me hicieron la doce-trece: en el vídeo se ve que la campana del fin de asalto toca diez segundos antes de tiempo. Estaba todo preparado para que él ganara en su casa. Era el campeón del mundo, una estrella… y en el décimo me lo cargué. Hice historia en el boxeo.

KO con cuatro golpes de izquierda. ¿Una de las acciones más bonitas del boxeo español?

Claro. Los propios compañeros boxeadores me preguntaron que cómo había hecho eso. ¿Y yo qué sé? Eso no se entrena. Me salió así. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Y diagonal al hígado. ¡Pam! Le rompí la mandíbula y ya se metió el árbitro por medio. Cuatro upper, qué rico. Ahí me proclamé campeón del mundo del peso medio, algo que no había hecho nadie en la historia del boxeo español.

Dice De la Hoya que la clave es el jab.

Soy diestro, pero casi todos mis KOs han sido con la izquierda. A veces pienso: ¿no seré zurdo? El jab es la llave, se puede ganar una pelea solo con esa mano. Abre el camino para meter las combinaciones, para el ataque, para no dejar pensar a tu rival. Es un obstáculo que le está jodiendo.

Sturm tenía veintisiete años y tú treinta y ocho.

En la rueda de prensa me preguntaron si no me veía mayor para enfrentarme a él: «Viejo es usted por hacerme esa pregunta», contesté al periodista. Yo con treinta y ocho años estaba como un león. Ahora ya es normal, pero es verdad que en aquella época los futbolistas se retiraban con treinta y dos o treinta y tres años. Ya estaban viejos, decían. No me jodas. ¿Y entonces en el boxeo? Ahora ya se retiran con cuarenta.

¿Cómo se quedaron en Alemania cuando te vieron ganar a su boxeador?

Blancos, pálidos, callados. Entonces cogí el micro y hablé en perfecto alemán: «Muchas gracias a la promotora Universum. Félix Sturm, eres un buen boxeador». Mi compañero Petrov, que me había acompañado, alucinaba: «¡Joder, Javi, pero hablas alemán!». Y le dije: «Claro, gilipollas, si he estado viviendo aquí durante ocho años».

Te conviertes en el primer español campeón del mundo en dos pesos distintos. Habría sido noticia en otros países, pero no en España. ¿Te molestó?

No te puedes ni imaginar. Le pelea no se había retransmitido y apenas hubo noticias. Cuando regresé, fui a casa de mi madre a comer, puse la tele y estaban hablando en las noticias de deportes de la fiesta de cumpleaños de Ronaldo. Y pensaba: «Bueno, ahora dirán algo de lo mío». Había quedado campeón del mundo en otra categoría, en otro peso y en la Asociación Mundial de Boxeo, el título más antiguo. Nadie lo había hecho en la historia de España… y nadie dijo nada.

Joder macho, esto es una mierda de país. País de pandereta. Aquí solo valen el Real Madrid y el Barcelona, nada más. No hay más deporte: solo fútbol. No es un país inteligente. ¿Tú sabes en Estados Unidos? ¡Qué envidia, tío! Había doscientos canales en la televisión: rugby, fútbol americano, tenis, carreras de caballos, carreras de coches, hockey, boxeo. Joder, chaval, qué gusto. Es una pena. Y yo me quejo, pero hay otros deportistas que están aún peor: atletas que tienen medallas y que están currando, olvidados.

Alguien me dijo una vez una cosa que es verdad: «Según esté la política en tu país, así está el deporte». Qué frase tan buena. ¿Cómo está España? En la mierda; así está el deporte. Quita el fútbol. Ya ni siquiera Nadal. El baloncesto, de vez en cuando. ¿Y dónde está Fernando Alonso? Ya se ha acabado.

Javier Castillejo

En otros países te sientes más reconocido.

Si te vienes conmigo, flipas. El pasado verano estuve en México una semana y no te puedes ni imaginar qué gusto, qué respeto. Me recibió el presidente del Consejo Mundial de Boxeo y me montó una rueda de prensa que yo le pregunté a mi mujer: «¿Aquí quién viene? ¿Julio Iglesias?». Había doscientas cámaras para mí. Me llevaron a la televisión y me hizo una entrevista Marco Antonio Barrera. ¡Marco Antonio Barrera! ¡Una estrella!

Nací en un país equivocado para ser boxeador, ya lo dije una vez. ¿Te puedes creer que voy a México, Inglaterra o Alemania y me conocen? Pero es que voy a Las Vegas, y fíjate que hay estrellas en Estados Unidos, y me piden autógrafos. Estuve allí en una convención del Consejo en la que nos reunieron para una cena de gala a los campeones actuales y antiguos, entrenadores, mánagers, promotores.

Me colocaron en una mesa redonda junto a Rafael Márquez, hermano del Juan Manuel Márquez que noqueó a Pacquiao, y me pidió un autógrafo para su hijo. Me quedé flipando, no me lo creía… Y me recordaron: «Claro, gilipollas, si tú eres campeón del mundo también como él».

Hay un dicho que es verdad: nadie es profeta en su tierra. Sales de tu país y te respetan, saben lo difícil que es lo que has hecho. Que esto es boxeo, no es tenis ni balonmano, con todos mis respetos. Es un deporte muy duro y he sido campeón del mundo. ¡Lo que yo he hecho es un milagro! Si aquí hubiera el apoyo que hay en otros sitios habría muchos boxeadores y más campeones.

Mariano Carrera te quita el título de la Asociación.

«Yonki» Carrera. En el vestuario vino el árbitro a recordarme las reglas: stop, break, rincón neutral… Y me dijo: «¡Cuidado con los golpes bajos, campeón, que te puedo descalificar!». Me agobiaron y me presionaron, muy mal desde el principio. Eso nunca es así, las cosas se hablan con normalidad. Y salgo a boxear y veo que el árbitro animaba a mi rival cuando me golpeaba: «¡Venga, vamos, va!».

Me quedé sorprendido y se lo dije a mi rincón. En los descansos venía también a tocarme las narices a mi esquina: «¡Campeón, te voy a descalificar, las manos arriba!». ¡Si no estaba golpeando abajo! Y en el último minuto del último asalto hace un ataque Carrera, conmigo en las cuerdas, algún golpe me como, esquivo…  y se mete el árbitro y detiene el combate. Yo hago un gesto con las manos, como diciendo: «¿Qué haces?».

Si estoy tocado, no hago eso. Entonces salió mi entrenador y le cogió del cuello para enchufarle. Y yo: «¡No, no, no!». Me dieron perdedor, perdí el campeonato del mundo. Volvimos a España muy cabreados. Fue un atraco.

No te extrañó que diera positivo por dopaje.

Al mes nos llamó la Federación para decirnos que había dado positivo por clembuterol. ¡Coño! Se habría ido con uno que yo sé, que vive aquí al lado y que monta en bici. Le gustaba el chuletón, se habría ido a México a comer carne contaminada.

No me extrañó. Aquel día le metí golpes muy duros en la cara y no sentía nada. Claro, eso te hace estar fuerte, crecer y oxigenarte. Salía como un roble después de cada asalto, era muy raro. Qué tramposo era. La Asociación además se equivocó porque dio la pelea por no celebrada: él me gana, pero como ha dado positivo y ha hecho trampas el título debe volver a mí, no se queda vacante. Y luego, si quieres, hacemos la revancha.

Así que realmente yo soy nueve veces campeón del mundo, no ocho. Me tangan un título, me hacen la doce-trece. Pero como no soy un fantasma no lo reclamo.

¿Fuiste rabioso a la revancha?

Yo tenía muchos cojones y rabia. A mí me gusta competir limpiamente y si tú me ganas es porque has sido mejor que yo y punto pelota… pero si tú me haces trampa, hostia, ya no me mola. Me preparé para la revancha, que se hizo al poco tiempo: «Te voy a asesinar», pensaba. Le iba a romper vivo.

En el primer asalto fui a por él y mi entrenador Sánchez Atocha estaba acojonado: «¡No, Javi, no entres, salte de ahí». Porque hay que reconocer que era buen boxeador, pegaba bien también. Yo le quería destruir, por tramposo. Le tiré y ya en el cuarto o quinto asalto terminé con él.

Se vio que en igualdad de condiciones yo era mejor boxeador, por supuesto. Lo que pasa es que él hizo trampas dopándose, algo superpeligroso. Tenía que estar penado de por vida porque esto no es jugar a la pelota: son golpes. Tú no te puedes dopar porque eres un elefante, me puedes matar de un golpe.

Javier Castillejo

Te diste cuenta de que el boxeo es ingrato.

Claro que lo es. El boxeo es ingrato, es injusto, es cruel. Tú entrenas, haces tu preparación cien por cien, vas al combate, ganas todos los asaltos, vas a ser campeón del mundo y en el último round llega una mano y ¡pum! Al suelo. Y te quedas… ¡Hostia! ¡Pero si iba ganando todos los asaltos! Si he hecho todo perfecto: preparación, alimentación, peso… Todo bien. Y en el último segundo del último asalto te manda el otro a la lona. Qué jodido, qué difícil es el boxeo. Es la hostia, es el mejor deporte que hay para todo: física y psicológicamente.

¿Es el deporte más completo?

He hecho kárate, fútbol, natación… pero toda la gente que practica boxeo se engancha. ¡Todos! Pero claro, hay que educar todavía con el rollo del boxeo. Muchos se creen que se apuntan y les van a partir la cara. Algunas madres vienen con el niño y me preguntan si le vamos a pegar. Pues no, señora, aquí no pegamos a nadie, ni el niño pega.

Aquí practicamos el boxeo deportivo: técnica y valores. Les explico que hay boxeadores que compiten y otros que lo practican como deporte, que están los gimnasios de Madrid llenos. Es un deporte muy completo, de puta madre. Es antiestrés. Tengo niños con problemas de coordinación, hiperactivos, con déficit de atención, gente con la autoestima por los suelos… y esto les viene genial.

¿También haces de psicólogo?

Aquí hago de todo, menos de entrenador: de padre, de novio, de novia. Esto es mi vida. A veces salgo psicológicamente cansado. Me cansan. Te cuentan sus problemas. Es complicado. Ahora los chavales jóvenes son más débiles, pero no tienen ellos la culpa; la sociedad los ha creado así. Hay gente que no trabaja, tiene treinta años y vive con la madre todavía. No se saben hacer la cama ni freír un huevo y antes con catorce años si no querías estudiar tenías que trabajar.

Te haces duro, te haces fuerte, te hace ver que para conseguir las cosas hay que machacarse. Ahora vienen aquí niños y niñas con móviles de mil euros. ¿Estamos locos? ¡Mil euros! ¡Ciento y pico mil pesetas! ¡Un sueldazo hoy en día! Estamos confundiendo a la juventud, la estamos educando mal. No se puede dar todo a la gente, tienen que saber que las cosas se consiguen con esfuerzo, con sacrificio, con estudios, con trabajo. ¿Tú qué haces, estudias? No. ¿Trabajas? No. ¿Y el móvil ese quién te lo ha comprado?

¿El problema reside en los padres?

Aparte de la sociedad, son los padres. La juventud está muy protegida y no puedes hacerle nada porque ahora el hijo denuncia al padre. ¿A mí me vas a denunciar? Te meto una hostia que flipas.

Todo ha cambiado mucho y vamos a peor, no a mejor. Los jóvenes no quieren currar, no quieren estudiar, pegan a los profesores… ¿Cuándo se ha visto eso? ¿Vas a insultar al profesor? Un desastre. Y entonces, los valores que hay en el boxeo son los valores que ha habido siempre: respeto, disciplina, trabajo, entrega, nobleza.

Aquí los niños me tienen que enseñar las notas cada trimestre. Las madres y los padres se quedan sorprendidos. Los alevines, infantiles y juveniles de Madrid, Getafe o Atleti también lo hacen; si no, no juegan al fútbol. ¡Aquí también!

No puedo entrenar a un adolescente que me llegó con siete suspensos: «Rubén, ¿tú qué has hecho con los libros, los has tirado?». Llamé al padre, que trabajaba en una chatarrería, y le pregunté: «Con todos mis respetos, ¿tú quieres que sea chatarrero tu hijo? Porque yo siempre quiero que mi hijo sea más que yo. Se tendrá que sacar lo mínimo, porque hace falta hasta para ser barrendero. No te digo que sea abogado, juez, arquitecto, pero que se saque lo básico: la ESO y algún módulo. Qué va a estar, ¿fumando porros en un banco?».

Le dije que no podía venir a entrenar al gimnasio porque me crucificarían, que tenía que castigarle: no puede jugar a la Play, no puede estar con el puto móvil todo el rato… ¡y no puede ver la televisión! Que se aburra y que coja los libros. Entonces el padre protestó. ¡Aquí está el problema! A la semana siguiente el chico había sacado un cinco en Lengua y otro día vino con un seis en Matemáticas. ¡Bien! Aprobado por los pelos, vale. Un poquito más, que puedes. Ese es el camino, por ahí van los tiros. Entonces… ¿cuál es el problema? ¡Los padres!

Aquí se enseña respeto, porque eso es el boxeo. La gente se cree que somos macarras y que vamos por ahí matando a la gente. Sin embargo, hay muchos famosos, artistas y modelos que practican boxeo como deporte, porque les viene genial. La mayoría de mis alumnos, quitando cuatro o cinco, no compite. Y llevan conmigo diez años. Muchos se sorprenden de lo bien que lo hacen a pesar de no pelear.

Cuando te planteaste ser campeón de Europa del peso medio, ¿esperabas que te noquearan?

Hicimos el campeonato de Europa del peso medio contra Sebastian Sylvester en Alemania. Si ganaba, hacía otra vez el campeonato del mundo contra Sturm. No me esperaba lo que pasó. Con todos mis respetos hacia él, era el rival más fácil al que me enfrentaba. Siete de las ocho derrotas de mi carrera son contra campeones del mundo.

Era un boxeador muy básico, solo manejaba los golpes rectos, no peleaba en la corta-media distancia. En el tercer round le abro la ceja, luego el pómulo, todo cortado… Esa pelea se tenía que haber parado, en otro país se para, pero en el último asalto hay un cruce de derechas: yo empiezo con la derecha y él hace el uno-dos; me frena con la izquierda y me cruza la derecha en toda la boca. ¡Bum! Es el único KO que he tenido así.

Javier Castillejo

¿Perdiste aquella pelea por valiente?

Pierdo la pelea porque el que está arriba me dijo: «Hasta aquí has llegado, ya no más». Fue una señal, porque yo quería seguir y tenía cuarenta y un tacos. Había conseguido todo en el boxeo, había peleado combates muy duros contra grandes campeones y seguía erre que erre. A mí nadie me había ganado así. ¡Si yo había peleado contra Vásquez, Boudouani, Karmazin, De la Hoya, Vargas…! ¡Son asesinos! Grandes boxeadores, campeones, estrellas. Era la señal, tenía más batallas que el Guerrero del Antifaz. Fue mi golpe más duro, el que me hizo ver que ya no había más.

Pasaste aquella noche solo en el hospital, en Alemania.

Se suele hacer siempre, menos en España: si tienes un combate duro o hay un KO vas al hospital a que te hagan un reconocimiento; aquí no, aquí te mandan a tu casa, a la mierda. Y hubo un detalle que demuestra que el boxeo es muy serio. Cuando bajas del ring no te escapas del antidoping: dos médicos te acompañan al vestuario para hacerte el control.

Ese día yo no hacía pis, había perdido por KO y no sabía si estaba en Fuenlabrada o en Getafe. «¿Qué ha pasado, ya ha terminado la pelea?», preguntaba todo el rato. No sabía lo que había ocurrido, pasó un tiempo hasta que me di cuenta. Así que me fui en ambulancia al hospital con el médico del doping: ni mi mánager, ni mi entrenador, ni mi mujer… Nadie podía acompañarme.

El médico me acompañó en la ambulancia y luego estuvo sentado a mi lado en la camilla, esperando. Cuando me fundí el suero me dieron una cuña porque no me dejaban andar, hice pis y se lo llevó para analizarlo. Si supiera la gente estas cosas…

Con todo, estabas convencido de que el combate contra Navascués no sería el último.

Claro, si es que yo estaba loco perdido. Ricardo me dijo que hiciéramos una despedida, que ya no tenía que demostrar nada. A mí me convencieron entre él y mi familia. Sánchez Atocha me dijo: «Vamos a ver, has conseguido algo que nadie más ha logrado: has sido campeón de España, de Europa… ¡del mundo! ¡Ocho veces! En dos pesos diferentes y en dos categorías: Consejo y Asociación. Nadie lo ha hecho ni lo va a hacer, nadie va a ser como tú.

Si sigues arrastrándote va a llegar un chaval joven, que es lo que suele pasar, y te ganará; luego la gente se acuerda de ese combate, no de tu historia. Vamos a hacer una despedida y se acabó». Y le contesté: «Bueno, pues vale». Pero en mi mente tenía otra despedida diferente: a lo grande, una fiesta con amigos, familia, aficionados, una pantalla gigante con vídeos míos… algo guay.

¿Lo pasaste mal cuando lo dejaste?

Sí. No estaba depresivo, porque no creo en eso, pero sí estaba jodido, pensativo. No sabía dónde estaba mi lugar, estaba perdido. Daba la clase y estaba pensando todo el rato en que ya no iba a prepararme, a entrenar, a subir a un ring a boxear, ya no me iban a aplaudir… Te quedas vacío. ¿Ahora qué hago? Ricardo Sánchez Atocha me dijo que me fuera con él y montara un gimnasio para seguir metido en el mundo del boxeo. La vida me enseñó que en ese momento tocaba estar con la familia, que era una nueva etapa.

En ese punto Marta, mi mujer, me ayudó mucho. Siempre digo que la mujer de un boxeador y un torero son especiales porque hay cosas que no comprenden y toca apoyar mucho. Estás todo el día entrenando fuera, concentrado con el equipo, de aquí para allá, tienes malos días, debes controlar el peso… A veces no tienes ganas de hablar con nadie, vas a tu casa y te cabreas porque ves a tu familia comer y tú no puedes, tampoco puedes jugar con los niños porque estás cansado, etcétera. Es muy difícil. Los hijos también me hicieron tirar del carro.

Tu hijo nunca ha querido boxear.

De pequeño hacía cosillas y yo no le decía nada, no fuera a ser que se metiera en este mundo. Fuimos a una exhibición en el gimnasio de boxeo del Rayo Vallecano, le dieron su medallita y tuvo una fiebre que duró unos días, pero luego ya se metió a jugar al fútbol y a estudiar.

Nunca le he animado. Él sí que entrena, a veces viene aquí y le digo cuatro cosillas. Ya tiene veintidós años. Le da al saco, le gusta como deporte, pero no para competir. Es muy duro, ¿sabes? Aunque si hubiera querido, yo le habría apoyado: un padre siempre quiere lo mejor para su hijo y que no sufra… pero en el boxeo se sufre mucho. Por eso la mayoría se queda por el camino.

Muchos púgiles talentosos no llegaron por falta de disciplina, ¿no?

¡Muchos! Muchos valían y, porque han sido vagos y no querían entrenar, no llegaron a nada. Y luego hay otros que, sin esas cualidades, han sido constantes para llegar. Yo estoy en la mitad. Creo que tienes que tener algo dentro para ser campeón; si no, no llegas por mucho que entrenes. Un campeón se hace, pero interiormente naces con algo. No naces boxeador; naces con una virtud que hace que todo lo que tocas lo puedas convertir en algo.

¿Tu carrera fue mejor de lo que esperabas?

Pensaba en ser campeón del mundo, pero nunca imaginé que llegaría tan lejos. No me di cuenta de todo lo que había conseguido hasta después. Ahora que me he retirado veo que lo que he hecho es muy difícil, ha sido la hostia. Mis compañeros me hacen ver lo grande que soy.

Estás en el olimpo del boxeo español junto a Poli y Pedro Carrasco.

Sí, yo sé lo que he hecho. Soy consciente, desde la humildad. Tampoco me lo creo. A veces me miro vídeos y veladas que hay por ahí con títulos en juego y pienso: «Joder, este chico podría haber sido campeón de Europa y mira… Entonces, ¿lo que he hecho yo?». Uf.

Eres el mejor.

Exactamente. No te lo quería decir, pero es así [risas. Se pone de pie]. Así es. Yo soy humilde, pero soy el mejor y ya está: lo he demostrado, ahí está mi currículum. Esto es muy fácil. Tú ahora me puedes decir que no te gusta cómo boxea Javi, que te gusta más Pepito Grillo, que es campeón de su barrio. Vale, te respeto.

Y en el fútbol, ¿quién es el mejor? El Madrid, porque lleva quince Copas de Europa. Y puedes decirme: «Ya, pero es que me gusta más cómo juega el Barcelona». Perfecto, te respeto… pero ¿quién es el mejor? El Madrid. ¡Son números! Es que Bahamontes, que en paz descanse, joder, me parece el mejor. Pues no: el mejor es Induráin. ¿Cuántos Tours tiene cada uno? ¿Quién es el que tiene más triunfos, más títulos? Son estadísticas: el mejor es el que más medallas, copas o cinturones tiene. Y para gustos están los colores.

Javier Castillejo

A ti Aznar apenas te mandó un telegrama y ahora se pelean por hacerse la foto con Topuria.

Te vuelvo a repetir: estamos en un país de pandereta. Somos muy torpes y no tenemos memoria. Sé cómo es España, así llevo toda la vida desde que me metí a boxeador. Ahora todo el mundo está con la MMA, sobre todo los chavales; un deporte o una lucha, no sé cómo llamarlo, que critico y que no me gusta porque es agresivo. Parece que se pelean en la calle, con todos mis respetos hacia Topuria, que ha conseguido ser campeón del mundo una vez; a ver cuántas veces más lo consigue.

Joder tío, yo he hecho historia en el deporte español. ¿Por qué antes el trato no fue igual? Es injusto, pero me da igual. También influye el equipo que Topuria tiene detrás, gente inteligente que le sabe mover y, en mi caso, no tenía a nadie para venderme, sino todo lo contrario. ¿Qué equipo tenía yo? Yo tenía un mánager cuya cara ya te echaba para atrás. No era un hombre inteligente, que supiera escuchar y negociar; no era un relaciones públicas.

Sánchez Atocha acaparaba todo.

Lo hacía todo él: entrenador, mánager, promotor, masajista, cocinero. Lo quería abarcar todo y eso no puede ser. Tú mandas, pero tienes que tener un equipo en el que cada uno tenga una función: este te lleva a la televisión, este otro maneja las redes, etcétera. Así me habría subido a mí, al boxeo y a sí mismo.

Topuria está muy bien llevado, tiene un equipo a su alrededor, gente inteligente que aprovecha que ha quedado campeón para ir al Hormiguero. En mi caso no fue así, con todo lo que he conseguido es para estar en lo más alto y que saliera con guardaespaldas a la calle de lo conocido que soy, entre comillas. Es una broma.

Pero él ha sido un descerebrado e ignorante, ha metido hachazos antes de escuchar a nadie. Me ha cerrado puertas y con esa manera de ser se las cerró al boxeo en general, no solo a sus boxeadores.

¿Eso lo notaste antes o después de tu pelea con De la Hoya?

Esto lo noté antes de Estados Unidos. Como deportista, no me debería preocupar de si me robas o no, si haces bien las cosas o no; yo tengo que pensar en que me quieren matar aquí arriba. Y entreno para competir, no para ver si me llama la televisión o tengo una entrevista. Yo no tengo que pensar en eso, pero él sí.

Se está viendo ahora con Topuria o con cualquier boxeador que sea campeón en Alemania o Francia. ¿En Estados Unidos? Flipas. Tienes uno para que te seque el sudor, otro para hacerte reír y que no estés solo, un chófer que te lleva, los sparrings, el preparador físico… ¡Yo no he tenido fisio! Me lo he pagado yo aparte.

Induráin, Perico Delgado, Nadal o Topuria tienen su equipo; no están solos con el entrenador. Él quería controlar todo. Y quizás, sin yo saberlo, seguramente hubo llamadas pero había una persona no me dejaba ir a muchos sitios o pedía dinero.

En perspectiva… ¿es más importante ser campeón del boxeo o de la vida?

Para mí es más importante ser campeón de la vida, porque es más difícil que ser campeón del mundo. Se lo digo mucho a los chavales: la vida te golpea muy duro, muchas veces no puedes ni levantarte. La vida es durísima, más que un combate de boxeo. La vida te puede traicionar, pisotear, machacar, llevarte al infierno. Por eso yo pretendo sacar siempre campeones de la vida.

Siempre te sentirás boxeador. Morirás siendo boxeador.

Si volviera a nacer sería boxeador otra vez, una y mil veces. Como dicen los toreros: naces torero y mueres torero, aunque te retires. Yo soy igual: nací boxeador, nací para boxear, y moriré siendo boxeador aunque no compita ya. Sigo siendo boxeador. De hecho, yo entreno: veo un espejo y me pongo a hacer sombra en mi casa. Eso se lleva dentro y no pasa nunca.

Sigues siendo aficionado al boxeo.

Sí, sobre todo cuando yo peleaba analizaba a mis rivales y luego veía boxeo en general. Ahora menos, porque no hay televisión.

¿Algún boxeador posterior a ti que te haya hecho madrugar?

He seguido a Pacquiao, Golovkin, Canelo… La verdad es que todos tienen algo muy especial. Mayweather es el mejor. De momento no ha perdido: 50-0. Pueden no gustarte sus payasadas, pero todavía no le ha ganado nadie, con lo cual es el mejor. El padre es un payaso, y él a lo mejor también, pero tiene 50 victorias en 50 peleas. Ninguna derrota.

¿Canelo? Bueno, Canelo ha perdido, con lo cual ya no es mejor. Es un grande también. Y Pacquiao otro grande. Son todos muy grandes, pero el mejor, el mejor, el mejor… ese es Mayweather. ¿No será el mejor el que no pierde? Si tú has perdido no puedes ser mejor que yo. Son números.

Has dicho que del boxeo echas de menos hasta los golpes.

Del boxeo echo de menos los entrenamientos, la dureza, los golpes, las concentraciones, las competiciones, los aplausos del público, la entrega… todo. Date cuenta de que me he tirado veintiún años boxeando.

¿Qué cambiarías de tu carrera?

Me iría a Estados Unidos. Habría quedado campeón del mundo aquí y me habría ido a Estados Unidos. No me arrepiento de nada, pero sí cambiaría cosas. Todo el mundo cambiaría cosas de su pasado, quien dice lo contrario miente; si no, qué vida tan aburrida. Siempre se puede mejorar. Yo he sido campeón del mundo ocho veces, pero seguro que lo habría sido más veces de otra forma.

Javier Castillejo

¿Aún te sueñas en el ring?

¿Boxeando? Dejé ya de soñar. He soñado muchas veces con volver al ring, claro. Pero ya no. Lo tengo asumido. Ahora mi pensamiento es sacar boxeadores y hacer a los chavales campeones de la vida.

Nos despedimos de Javi Castillejo tras más de dos horas de entrevista. Apenas ha gesticulado sobre la banqueta, salvo cuando ha sacado los puños al aire al evocar sus combates. Por la tarde regresará a esta escuela, una suerte de museo colmado de pósteres y otros recuerdos, para impartir nuevas clases de boxeo. Un grafiti a la salida del gimnasio llama nuestra atención al marcharnos: «Colgar los guantes sería lo más fácil, lo más sencillo, pero jamás lo más correcto. ¡Vamos! ¡No puedes rendirte! ¡Lucha una vez más!». Caer y levantarse: la síntesis de su vida.

2 Comentarios

  1. Mickey te quiere

    El lince es la cabra. Y el ko a Sturm uno de los mejores highlights de boxeo en este siglo.

  2. Me cabree cuando perdio con Boudouani y me encanto verlo en Las Vegas. Lo de Sturm para ponerlo en bucle!

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