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El único deporte «de hombres»

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Cuando caminaba hacia un restaurante para cenar con mi esposa, recibí un mensaje de mi querido amigo Mazariegos: “Me acaban de regalar cuatro boletos para la final de la NASCAR México, avísame cuántos quieres”. Al menos uno, le contesté. No tenía ningún compromiso en mi holgada agenda, aunque mi verdadera motivación era descubrir por qué Mazariegos, un férreo aficionado de futbol, decía que el automovilismo era el único deporte de hombres.

Cuando me contó que se había convertido en un oficial de pista, semanas atrás, se refirió al atractivo y varonil deporte automotor. Trajo entonces a mi memoria distintas películas que han relacionado fastuosos coches deportivos con personajes masculinos, carismáticos y seductores: James Dean en su Porsche gris, John Travolta en un Ford De Luxe, Daniel Craig en algún Aston Martin, Vin Diesel en un Dodge Charger. En esas cintas, el estruendo de los motores era directamente proporcional a la hombría, y el contenido del cofre al de sus pantalones. Me pareció un derrapón de fanfarronería que Mazariegos lo llamara así, como si la realidad sucumbiera ante la ficción.

Según me explicó, debido a mi ignorancia en la materia, la NASCAR tiene especificaciones estandarizadas de motor que hacen la competencia más pareja y cerrada que cualquier otra competencia, destacando así las habilidades de cada piloto. Los autos son casi comunes y corrientes, y durante las carreras pueden dar laminazos, siempre y cuando no sea con mala leche. Los impactos son parte de su ADN. Por eso, los pilotos normalmente se agarran a madrazos: manejan con tanta adrenalina que parecen toros de lidia, listos para embestir.

Así pues, con esto en mente, el sábado a mediodía me adentré en el Metro de la Ciudad de México hacia el Autódromo Hermanos Rodríguez. Quería entender qué había detrás del acto de pisar el acelerador a fondo que lo convertía en una escena de valentía, virilidad y poder. Y de paso, experimentar en carne propia si el rugido de los motores me haría secretar testosterona.

Una hora después, llegué apresurado a la puerta 6, en donde ya me esperaba Mazariegos. Me lo imaginaba vestido como las mujeres de las películas, con un jumper entalladísimo, lentes oscuros de diseñador, y una bandera de cuadros en mano. Nada más alejado de la realidad. Vestía un overol azul, una pechera negra, una gorra que cubría su abultado mullet y unos lentes oscuros como los que usan los cerrajeros.

— Llegaste justo a tiempo, campeón. ¿A poco viniste solo?

— Sí, nadie más quiso venir —le contesté casi sin aire.

— Ni pedo, te aparté dos boletos, a ver si consigues un amiguito ahí afuera —me dijo entre risas—.

— O lo vendo y saco para mis chelas.

— Haz lo que quieras, ya me tengo que ir a la pista… ¡Disfruta el verdadero deporte de hombres!

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A pesar de que los boletos estaban numerados, los guardias de seguridad en la entrada me dijeron que podía sentarme donde quisiera en la única grada abierta. Mientras subía la escalinata de aluminio, escuché el final de una de las carreras preliminares. Aquello sonaba como un enjambre de abejas que daban vueltas sin cesar. Cuando me asomé a la pista, vi que se trataba de una carrera de pickups tuneadas. Mazariegos me había dicho que esas troquitas no eran tan rápidas, apenas llegaban a los 200 kilómetros por hora, aunque el estrépito sonaba veloz.

Para exprimir al máximo el tiempo de espera hasta la carrera principal, pospuse la selección de mi asiento, y salí a recargar combustible con una cerveza bien fría. En los pasillos del autódromo había coches deportivos en exhibición, de colores llamativos y fosforescentes, con la capota descubierta para que cualquier pretencioso pudiera acercarse y decir: «¡Uff, mira nomás esas bujías!», «¡Qué grandote tiene el filtro de aceite!», o lo que sea que digan sobre las piezas mecánicas. Aquello parecía una escena de Rápidos y Furiosos, con la sutil diferencia de que no había mujeres semidesnudas caminando alrededor, ni hombres musculosos con cadenas de oro y pistolas ocultas en sus pantalones.

De vuelta a la grada, elegí un asiento de la primera banca, muy cerca de la pista, frente a los pits y la meta, donde el aire llegaba cargado de hule y combustible quemado. Según supe por un folleto que me entregaron en la explanada, era la última carrera del año, en la que se coronarían los campeones de las dos divisiones. Correrían en total 33 coches: 19 de la primera división y 14 de la segunda. Los pilotos tenían que dar 120 vueltas a la pista.

Minutos antes de que empezara la carrera, se escuchó a través del sonido local: «¡Pilotos!, a sus puestos que estamos por arrancar… 10, 9, 8…». Al terminar la cuenta regresiva, los jueces vestidos en overol azul con un casco blanco de policía, incluido Mazariegos, hicieron sonar sus silbatos para arrear a las personas que sobraban en el asfalto, entre miembros de los equipos, mecánicos y uno que otro pendenciero financiado por los patrocinadores. Los pilotos se metieron a los coches, arrancaron sus máquinas y sonaron los primeros rugidos de los motores.

Los coches dieron un par de vueltas de calentamiento. Algunos pilotos aprovecharon para presumir su pericia al volante y la potencia de sus motores, zigzagueando frente a la meta y acelerando en seco frente a la grada. En la tercera vuelta, la carambola se alineó en dos filas, un coche detrás del otro con apenas centímetros de separación. Uno de los jueces, parado sobre la línea de meta, ondeó una bandera verde que significaba: ¡Písenle, cabrones!

El fragor ascendente y coordinado de los motores me provocó sensaciones por demás peculiares. Salivé como si no llevara varias cervezas encima. Mi piel se erizó, el corazón me latió deprisa, y mis tripas se me agitaron como si tuviera dentro una percha de mariposas monarcas. No podría explicarle a ciencia cierta mi conmoción, pero estoy seguro que durante esos segundos sentí la verdadera pasión por el automovilismo.

El inicio de la carrera estuvo por demás accidentado. En las primeras cinco vueltas ocurrieron varios derrapones que terminaron con coches estampados en los muros de seguridad y las vallas laterales. Pronto, las ventajas empezaron a ser claras. El número 2 había tomado la delantera, seguido muy de cerca por el número 55 y el 57. Era muy difícil seguir el rastro de los demás en la mezcolanza de autos, números y colores que volaban sobre la pista, así que me enfoqué únicamente en los punteros.

En algún momento pensé en apostar una lana al número 2. El momio era suficientemente bueno para que la ganancia me rellenara mi tanque etílico. Me pareció que tenía una ventaja amplísima, hasta que medí bien esa distancia: en tragos de cerveza, llevaba uno bueno y prolongado; en segundos, aproximadamente siete. Para los más de 200 kilómetros por hora a los que manejaban, esa ventaja no era nada. Tardaría más en bajar al baño que el segundo lugar en tomar la delantera.

Eventualmente, la carrera entró en un momento manso, bajo una aparente conformidad de los pilotos con sus posiciones. Luego comprendí que era parte de la estrategia. Al terminar la vuelta sesenta, justo a la mitad de la carrera, todos entraron obligatoriamente a los pits. Cada equipo tuvo cinco minutos para revisar y ajustar los coches, y limpiar los mosquitos del parabrisas. Esos minutos son los más cruciales para los jueces, me contó después Mazariegos, porque deben cerciorarse de que los equipos no hagan trampas, ya sea que le metan aditivos al motor o tuneen alguna pieza.

Los coches salieron a la pista de nuevo y se formaron en doble fila, aunque esta vez me pareció que la distancia entre cada coche era mucho menor, casi de un pelo. En cuanto el juez ondeó la bandera de salida, volvieron a rugir los motores, y secreté más testosterona. Las mariposas seguían en mis tripas, y dieron su último aleteo en las siguientes vueltas, mientras los tres punteros se peleaban el primer lugar. Juntos, espejo con espejo, encararon un par de vueltas como acróbatas, rozando las carrocerías sin miedo a accidentarse, e incluso chocando las partes traseras. En las rectas aceleraron hasta los 300 kilómetros por hora, sin ceder un solo centímetro.

En una prolongada curva, el número 55 tomó la delantera y no la soltó. El número 2 no pudo superar su ritmo. Para la vuelta cien, los lugares del podio ya estaban definidos. El resto ocurrió como mero trámite. Al final de la carrera, le di el último trago a mi cerveza, bajé las escaleras de aluminio, y crucé la explanada hacia la salida. Esquivé un par de borrachos que se perdieron en las curvas del alcohol. Le escribí a Mazariegos para agradecerle por los boletos: «Vaya que sentí cosas con este deporte», cerraba mi mensaje.

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Durante mi regreso a casa, de nuevo en el Metro, drenado de testosterona, llegué a la conclusión de que había una mística inexplicable en el acto de acelerar a fondo y hacer rugir un motor. Pude entender el placer que sintió Daniel Craig arriba del clásico y elegante Aston Martin DB5 mientras derrapaba las llantas traseras para huir por las pintorescas calles de Italia. La adrenalina que le provocaron a Vin Diesel las carreras clandestinas en Río de Janeiro. Incluso tuve pensamientos del tipo pretencioso: «Si yo manejara uno de esos coches en playera entallada, las mujeres caerían ante mí».

Al día siguiente amanecí con un vacío, algo me faltaba. Fui a la tienda para comprar unas cervezas, pero al tercer trago me di cuenta que no era eso. Prendí la televisión para ver la repetición de la carrera e intentar recrear lo que había sentido, pero no logré nada. Tampoco funcionaron las películas de carreras. En un acto desesperado, fui al cuarto de lavado, saqué la aspiradora y revolucioné su motor. La prendí y apagué un par de veces, y la puse a trabajar a su máxima potencia. No funcionó. Nada de sudor, salivación ni aleteo en la panza. Únicamente me sentí humillado, pues mi esposa bajó para ver lo que estaba sucediendo, y me encontró en la sala manoseando un electrodoméstico.

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