Historia del fútbol

Rambo Petkovic: «En mi etapa en el Real Madrid, Valdano tenía mucha presión por los malos resultados y yo terminé pagando el pato»

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Rambo Petkovic (Foto: Cordon Press)
Rambo Petkovic (Foto: Cordon Press)

El mítico mediapunta serbio, ídolo del Flamengo y figura legendaria del fútbol brasileño, pero que en el Real Madrid tuvo una experiencia nefasta, Dejan Petkovic, ha repasado en esta entrevista su vida entera en Meridian TV. Apodado Rambo posteriormente, en Majdanpek, su ciudad natal en el este de Serbia, todos le conocían como «Šmeki» (diminutivo de seductor). Fue en Niš, durante un torneo de categorías inferiores con el Radnički, donde un grito desde la grada lo transformó para siempre. Petkovic irrumpía en el área, derribaba rivales, se abría paso con una potencia física fuera de lo común para su edad, y alguien desde las gradas gritó ¡Rambo! Sus compañeros en el banquillo lo repitieron. Él intentó frenarlo, pero se le quedó para toda la vida: «Mi apodo era Šmeki. Pero yo hacía eso, pasaba entre los rivales como Rambo, y entonces alguien del público lo dijo. Los del banquillo empezaron ¡Rambo, Rambo! Yo decía: ‘no soy Rambo, mi apodo es Šmeki’. Pero cuanto más me resistía, más lo coreaban. Al final tuve que decidir, o me enfadaba con todos o lo aceptaba. Y lo acepté. Así nació el apodo. Rambo se quedó».

En Brasil, sin embargo, el nombre derivó en otra cosa. La lengua portuguesa convirtió «Petkovic» en «Pechi», pronunciado con la ch castellana, porque los brasileños no pueden articular la sílaba pet sin asociarla a tienda de animales. En Flamengo, en los últimos años de su carrera, le llamaron también «Pai», el padre. Pechi es el nombre que le pertenece en Río de Janeiro, y con él se mueve todavía hoy por la ciudad.

Los orígenes de Rambo Petkovic en la vieja Yugoslavia

Majdanpek, a unos ciento ochenta kilómetros de Niš, era en los años setenta una ciudad minera próspera y tranquila. El socialismo yugoslavo financiaba el club local, el RFK Majdanpek, que llegó a militar en segunda división. Petkovic recuerda aquella época con el típico cariño de los yugoslavos: «Fue una infancia de oro. Nací en esa época en que todo el mundo era más o menos igual, había trabajo, se vivía bien. La mina de Majdanpek era muy potente entonces, con sueldos grandes. De 1970 a 1980 fue así. En la calle todo el día, hasta que tu madre te llamaba desde la terraza y se oía en todo el barrio. Llegabas a casa lleno de barro y no podías entrar sin que te llevaran al baño primero. Pero era eso, un pueblo pequeño, y yo tuve una infancia muy feliz. Esa seguridad en la calle ya no existe».

Rambo Petkovic en Don Balón
Rambo Petkovic en Don Balón

A los seis años empezó en el RFK Majdanpek. A los catorce se marchó a Niš para jugar en el Radnički. A los diecinueve llegó a Belgrado para fichar por el Estrella Roja, el club de su infancia. Cumplía el sueño. Pero el momento coincidió con el peor período político de Yugoslavia: «Cuando llegué a la Estrella Roja en 1992, estaba el embargo. No teníamos partidos internacionales, no teníamos dinero, no había nada. Había una inflación enorme, sueldos pequeños, gente vendiendo en los mercados lo que podía. Cosas básicas, harina, aceite, conservas. Aguantamos esos tres años como pudimos. Y en ese período perdí mucho en cuanto al desarrollo de mi carrera. Cuando estaba en pleno ascenso, tres años sin competición internacional… Y justo después de eso pude ir al Real Madrid. Pero en esos tres años de parón, perdí muchísimo. En el fútbol profesional un año ya es mucho. Tres años de estancamiento son devastadores».

Cuando sonó el Real Madrid, Petkovic rechazó todas las demás ofertas. Había propuestas concretas sobre la mesa. No importó. La espera mereció la pena, o eso pensó entonces: «Cuando escuchas Real Madrid, no hay más. Eso es todo. Y yo tenía otras ofertas concretas, reales, encima de la mesa. Las rechacé todas. Les dije que esperaba al Real. El Real Madrid es algo que te llega una vez en la vida. Ahora miro atrás y me pregunto si fue buena decisión. Soy de los que piensan que siempre hay una razón para todo. Quizás así tenía que ser. Quizás habría sido peor de otra manera».

Aterrizaje accidentado en el Real Madrid

La plantilla del Real Madrid de 1995 era extraordinaria. Fernando Redondo en el centro del campo, Michael Laudrup, Ivan Zamorano, Francisco Buyo en la portería, Fernando Hierro, Luis Milla, Manuel Sanchís. Y un chaval que empezaba a despuntar llamado Raúl González. Pero estaban en mala racha. El Real Madrid llegaba al inicio de aquella temporada en el séptimo puesto de la Liga. Un desastre para las exigencias del club blanco. Jorge Valdano era el entrenador, y la presión sobre él era enorme: «Llegué en diciembre de 1995 y enseguida me mandaron cedido al Sevilla. Porque el Real Madrid estaba séptimo y entonces hubo un problema entre el presidente y Valdano. Valdano tenía mucha presión por los malos resultados y yo terminé pagando el pato. El razonamiento fue el siguiente: ‘si queremos fichar a Davor Šuker por diez millones, y te cedemos a ti por cuatro millones, al final nos sale Šuker por seis’. Era contabilidad creativa. A mí me cedieron al Sevilla, donde estuve cuatro meses y medio, y Šuker llegó. La operación funcionó para ellos. Para mí no tanto».

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La cesión al Sevilla no fue el final de las dificultades. Al regresar, Petkovic se rompió la pierna. Después llegó otra cesión, al Racing de Santander. La carrera en el Real Madrid que había imaginado quedó reducida a una sucesión de cesiones y contratiempos: «En el fútbol, como en la vida, el timing lo es todo. Cuándo das el pase, cuándo rematas, cuándo saltas. Ese instante es lo más importante. Puedes tener filosofía, preparación, trabajo, entrenamiento, condición física, técnica. Pero al final, ¿qué decide? El momento, el timing. Y en el Real Madrid quizás mi timing no fue el adecuado. Quizás lo perdí cuando la Estrella Roja logró negociar que yo no fuera en agosto, al inicio de la temporada, sino más tarde, porque estábamos en la clasificación para la Liga de Campeones. Pero no era un regreso a la Liga de Campeones tras tres años fuera, eran solo las eliminatorias previas. Y el Real Madrid no esperó y fichó a otro jugador».

Ídolo en Brasil

La historia de Petkovic en Brasil empezó con una cesión en 1997 al Vitória de Bahía. En 1998 el club lo compró en propiedad. Pero hubo otro sobresalto. En 1999, con los aviones de la OTAN bombardeando Yugoslavia, Petkovic decidió volver a Europa y estar cerca de su familia. Eligió el Venezia, en Italia, por proximidad geográfica. Mientras los bombardeos arrasaban la infraestructura de su país, Petkovic jugó algunos de los mejores meses de su vida. Lo hizo desde la rabia: «En Europa obligaban a los jugadores a entrenar aunque sus familias estuvieran aquí, bajo los bombardeos. En Brasil me dijeron lo contrario: ‘no tienes que jugar si no quieres, entendemos la situación’. Y yo, por pura cabezonería, por ese carácter nuestro, decidí jugar. Y canalicé toda esa rabia en el campo».

Después del período en el Venezia, Petkovic regresó a Brasil y fichó por el Flamengo. Allí comenzó la parte más importante de su carrera y la leyenda que persiste hasta hoy. Allí, Petkovic construyó un vínculo con el público que muy pocos futbolistas extranjeros han conseguido en la historia del club. Sus cinco años lo convirtieron en un icono. El gol de falta que marcó el 27 de mayo de 2004, desde más de veintisiete metros, en el minuto 43 del partido contra el Fluminense, le dio al Flamengo el título brasileño después de diecisiete años de sequía. El número que llevaría al regresar al club al final de su carrera sería el 43, por ese minuto.

Cuando llegó el momento de retirarse, Flamengo lo sustituyó por Ronaldinho. Petkovic presume de ello: «Yo había regresado al Flamengo, estaba cerrando mi carrera allí, dije que jugaba hasta que no pudiera más y que no me iría a otro club. Entonces llegó Ronaldinho. El club empezó a insinuar que quizás yo podría irme a otro equipo. No. Yo me había comprometido, no iba a moverme. Me quedé. El partido de despedida fue contra el Corinthians el 5 de junio de 2011. Todo el equipo jugó con el dorsal con el nombre Petkovic. Los once jugadores, once Petkovics. No pronuncian bien Petkovic, dicen Petkovitchi. Pero ese día éramos once. Ronaldinho me devolvió el brazalete de capitán para ese partido. El entrenador quería que él lo llevara, porque era su presentación. Pero me lo devolvió. Eso lo hizo bien».

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Petkovic cree que el Flamengo gestionó mal aquella transición. El club no supo sacar partido del marketing que tenía ante sus ojos: la convivencia en el campo de la leyenda y el genio: «Pusieron a Ronaldinho como titular y a mí en el banquillo. No me necesitaban. Yo salía, la gente gritaba mi nombre, y con Ronaldinho en el campo eso ya no iba a pasar. Les daba cobertura para no utilizarme. Terminé mi carrera en el mejor momento posible. Aunque no había entrenado bien en los tres o cuatro meses anteriores, jugué el primer tiempo contra el Corinthians y fui el mejor en el campo. Eso fue lo último que hice».

En 2001, la Federación Brasileña de Fútbol ofreció a Petkovic naturalizarse como ciudadano brasileño para poder jugar con la selección. La petición fue elevada a la FIFA. La respuesta fue negativa porque Petkovic había jugado con Yugoslavia y eso lo impedía. Un año después, Brasil ganó el Mundial de Corea y Japón: «En 2001 me propusieron naturalizarme, tomar el pasaporte brasileño, renunciar a la ciudadanía yugoslava y jugar con la selección. Me ofrecieron incluso el brazalete de capitán. La FIFA dijo que no, que había jugado con Yugoslavia. Yo me quedé sin el pasaporte y sin el Mundial. En 2002 Brasil fue campeón. Si la FIFA lo hubiera permitido, quizás algún seleccionador me hubiera llamado y habría formado parte de ese equipo».

Sobre Adriano, el delantero que fue su sucesor como icono en el Flamengo y al que entrenó al final de su carrera como técnico, Petkovic habla con cariño, pero también con algo de amargura porque cree que desperdició su talento: «Adriano era mi amigo, mi chico, casi como un hijo. Cuando se fue deteriorando todo fue muy duro verlo. La muerte de su padre lo destrozó, tenía un vínculo enorme con él. Y luego la fama, las amistades, las tentaciones, y así sucesivamente. Yo le entrenaba en el Atlético Paranaense al final de su carrera. Le dije: ‘si no entrenas conmigo, no juegas’. Así de claro. Él entrenó. Jugó el partido de vuelta de las semifinales, noventa minutos, y la gente que decía que no podía jugar vio cómo aguantaba noventa minutos. Después lo soltaron y dos días después desapareció. Rescindieron el contrato».

Petkovic vive entre Río de Janeiro y Belgrado. Desde Brasil llegó a él un reconocimiento de órdago. En el Maracanã, su huella está en el suelo junto a la de Franz Beckenbauer y Eusébio, los únicos europeos en el Hall of Fame del estadio. Cuando alguien de la ex Yugoslavia visita Río de Janeiro y menciona su nombre, se producen muchos brindis.

Rambo Petkovic en el Real Madrid
Rambo Petkovic en el Real Madrid

Más adelante, le preguntan cuál es la liga más difícil del mundo. Su respuesta sorprende: «En Europa la más difícil es la Premier League inglesa. Pero la liga brasileña es más difícil que la argentina. ¿Por qué? Por la competencia entre clubes. En España tienes dos o tres equipos que pelean el título. En Francia uno, dos. En Alemania igual. En Inglaterra hay un poco más. En Brasil tienes doce o trece equipos que pueden perfectamente ser campeones. La competencia entre ellos es muy igualada. En los últimos años se han destacado Flamengo y Palmeiras, pero en general hay doce clubes grandes que te ganan cualquier jornada. Por eso digo que la liga brasileña puede ser la más fuerte del mundo».

Los cinco mejores de la historia que elegiría: Pelé, Zico, Messi, Cristiano Ronaldo y Di Stéfano. No duda en ninguno. Pero sobre Messi añade algo más: «Leo mereció ganar ese Mundial. No solo por lo que hizo en ese torneo, sino por toda su carrera, por su profesionalismo, por su constancia. Él y Cristiano Ronaldo son ejemplos. Son ídolos. Otras grandes estrellas tuvieron éxito durante un tiempo, fueron fantásticos, pero duraron poco. Estos dos no han parado de rendir. Eso es lo extraordinario».

Antes de despedirse, Petkovic menciona una anécdota que circula entre los serbios que visitan Brasil. Un compatriota acabó perdido cerca de una favela de Río. El taxista no quiso continuar. El hombre siguió a pie. Un chico en moto se acercó a preguntarle qué hacía allí. Cuando el europeo, sin saber cómo explicarse, dijo «Yugoslavia», el joven en la moto lo entendió todo: «¡Rambo Petkovic!». Lo subió a la moto, lo llevó a donde necesitaba ir y lo trajo de vuelta. «Eso lo he escuchado más de una vez», dice Petkovic sin inmutarse. «De distintas maneras. Pero sí, mi nombre les ha salvado la cabeza a algunos».

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