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Lleyton Hewitt: «Para enfrentarme a Juan Carlos Ferrero me tuve que coger diez semanas de entrenamientos diarios en hierba»

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Lleyton Hewitt (Foto: Australian Open)
Lleyton Hewitt (Foto: Australian Open)

Fue uno de los grandes referentes mundiales a principios de siglo, exnúmero uno del mundo y ganador del US Open de 2001 y Wimbledon de 2002. Es difícil olvidar, ahora que Lleyton Hewitt se ha retirado del circuito profesional, cómo luchaba desde el fondo de la pista con un tenis de resistencia y competitividad máxima. Ahora sigue siendo capitán del equipo australiano de Copa Davis y se dedica a sus negocios, pero tiene tiempo para recordar viejos tiempos.

Como cuando en 2003, con Australia clasificada para la final de la Copa Davis contra España, se retiró de la competición durante doce semanas para prepararse en exclusiva para ese partido contra Juan Carlos Ferrero. No viajó, no compitió, no acumuló puntos. Solo entrenó en hierba, día tras día, en la pista de Kooyong, en Melbourne, obsesionado con su rival, entonces número uno del mundo y uno de los mejores especialistas en tierra batida de su generación.

«Tomé doce semanas de descanso y no jugué ningún torneo entre el partido contra Federer y la final de Copa Davis en Melbourne, donde pusimos una pista de hierba provisional en el Rod Laver Arena», recuerda Hewitt. «Sabía que tenía que enfrentarme a Juan Carlos Ferrero, que ese año lo acabó como número uno del mundo, el primer día de la eliminatoria. Pasé literalmente diez semanas entrenando a diario en hierba para preparar ese único partido. Eso es lo que significaba la Copa Davis para mí».

Lleyton Hewitt, el niño del póster de Agassi

La historia ha salido a la luz en un homenaje junto al extenista y comentarista Todd Woodbridge, compañero suyo durante años en el equipo de Copa Davis. Fueron 80 semanas como número uno del mundo y todos los récords posibles en la competición por equipos, que empezaron cuando solo tenía 16 años y un póster de André Agassi. Resultó que Yevgeny Kafelnikov, que debía recibir una invitación directa, declinó la oferta en el último momento. Y Colin Stubs, el director del torneo, llamó entonces a un joven local al que había visto entrenar y le ofreció el último billete disponible.

Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)
Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)

«La semana que jugué el torneo de Adelaida, vivía en casa de mis padres, en West Lakes. Iba cada día al Memorial Drive, donde había entrenado durante toda mi adolescencia. Y de repente me encuentro jugando contra André Agassi en las semifinales, el mismo André Agassi del que tenía un póster de su campamento de tenis en la pared de mi habitación», relata. «Antes del partido estaba en el vestuario, nervioso, intentando preparar la bolsa y asegurarme de que el amortiguador de la raqueta estuviera bien puesto. Y André estaba en un rincón con los pies en alto, leyendo una novela. Y Brad Gilbert, su entrenador, me miraba fijamente desde el otro rincón. No podía levantar los ojos sin encontrarme con los suyos».

No era para menos. Gilbert era entonces uno de los preparadores más temidos del circuito, conocido por su capacidad para intimidar tanto fuera como dentro de la pista. Agassi, por su parte, llegaba a esa semifinal como el favorito indiscutible, rodeado del aura de un jugador que lo había ganado todo. Hewitt, con un ranking alrededor del puesto 550 del mundo, no tenía en teoría nada que hacer. Pero, sorpresas te da la vida, ocurrió justo lo contrario.

«Nuestros mejores golpes resultaron ser el resto de saque, el de André y el mío. No hubo ni un solo break en todo el partido. Fue 7-6, 7-6 y al final pude jugar los puntos clave cuando importaba», explica. Agassi, cuenta Hewitt, le confesó tiempo después que tras aquella derrota se había planteado si había llegado el momento de retirarse o si «ese chico iba a ser muy bueno».

Esa victoria llevó a Hewitt a la final, que ganó frente a Jason Stoltenberg. Días después, con una invitación especial al torneo de Sídney, derrotó al número cuatro del mundo, Jonas Björkman. En menos de una semana, su ranking había pasado de alrededor del 700 a poco más del 150.

Cara a cara con Sampras

Tres años después de aquella primera semana loca en la que explotó, Hewitt llegó a la final del US Open 2001 contra Pete Sampras. Era el gran favorito frente a un fenómeno, a como dicen los anglosajones, next big thing; el hombre que había ganado más Grand Slams en la historia frente a un australiano de veinte años al que los periodistas norteamericanos subestimaban con su prestancia habitual: «Los periodistas americanos se creían mucho a sus jugadores y decían que Sampras apenas había sido roto en todo el torneo, que era imposible ganarle, que lo máximo que podía aspirar era a mantener mi saque y llegar a los tie-break. Yo les dije: ‘Ya veremos’», recuerda. «Gané el sorteo, elegí restar como siempre hacía, salí al primer juego y le rompí el saque. En mi cabeza pensé: ‘Tampoco es tan difícil’. Lo estúpido fue que en el siguiente juego me rompieron a mí».

Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)
Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)

Hewitt ganó el primer set en el tie-break, repitiendo la hazaña del año anterior en semifinales, cuando también perdió dos tie-break decisivos contra Sampras. Aquella vez no pudo ganar, pero en la final de 2001, sí: «Caminando hacia la pista tuve un momento surrealista. Ivan Lendl estaba haciendo el sorteo inicial entre Pete y yo. Y yo pensé que debería ser yo quien hiciera el sorteo para que jugaran esos dos, no uno de los que estaba jugando», dice entre risas.

Nueve meses después, Hewitt llegó a Wimbledon como cabeza de serie número uno. La presión era distinta, ya estaba fogueado: «Dormí mucho mejor la noche antes de la final del US Open que la noche antes de la final de Wimbledon. En Nueva York era el underdog, mientras que en Wimbledon era el cabeza de serie número uno y cargaba con el peso de un país que había tenido tantísimos campeones en esa pista. Sentía que Wimbledon era el torneo más importante que existía».

La semifinal contra Tim Henman no era nada fácil. El británico había perdido cuatro veces en semifinales de Wimbledon, siempre contra el siguiente campeón: «Recuerdo que antes del partido estaba en la pista de entrenamiento y me sentía tenso, como que no estaba pegando bien la pelota. Staltz [Jason Stoltenberg, su entrenador] siempre decía que en realidad prefería verme así antes de un partido», cuenta Hewitt. En la final, con lluvia y pausa incluidas, Hewitt fue al grano desde el primer juego. «Me dije que iba a romperle el saque en el primer juego y que eso marcaría el tono del partido. Y pude hacerlo».

El número uno y el rival de su vida

En noviembre de 2001, con los dos Grand Slams todavía recientes, Hewitt tenía ante sí la posibilidad de terminar el año como número uno del mundo. El torneo de cierre de temporada se disputaba ese año en Sídney, algo excepcional, dado que habitualmente se celebraba en Europa, y el rival en el partido decisivo era Pat Rafter, el jugador al que Hewitt consideraba su hermano mayor en el tenis: «Pat y yo sabíamos que ese año el torneo iba a ser en Sídney y los dos lo teníamos como objetivo prioritario: llegar al top 8 y poder jugar en casa. Pat había sido número uno antes que yo. Y yo estaba ahí jugando contra él justo en el momento en que lo conseguía. No lo hubiera cambiado por nada». Woodbridge, sentado frente a él, recordó con cierto cachondeo que Rafter fue número uno solo una semana. Hewitt lo fue durante 80.

Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)
Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)

La Copa Davis, una obsesión

Ningún australiano tiene más victorias en Copa Davis que Lleyton Hewitt. Más partidos jugados, más victorias individuales, más tardes entregadas a una competición que el propio circuito profesional ha ido vaciando de sentido. Pero Hewitt nunca lo entendió así: «Crecí en una familia de fútbol australiano. Mi padre, mi tío y mi abuelo jugaron profesionalmente en Adelaida y Melbourne. Yo quería jugar en los Crows. A los catorce o quince años tuve que tomar la difícil decisión de dejarlo porque el tenis empezaba a ocuparlo todo. Mi partido favorito de siempre era el de Pat Cash contra Pernfors en 1986, remontando desde dos sets abajo con Neil Fraser animándole desde el banquillo. Lo tenía grabado en VHS y lo veía una y otra vez».

Entre sus grandes momentos en la competición, Hewitt menciona especialmente una victoria que casi nadie vio, la que logró contra Gustavo Kuerten en Florianópolis, en Brasil: «Florianópolis es la ciudad natal de Guga. Teníamos escolta policial porque nos preocupaba que algo pudiera pasarnos si salíamos solos. Y yo salí y gané en sets corridos a uno de los mejores jugadores de tierra batida de todos los tiempos, sin perder mi saque en todo el partido. Ese partido, en ese contexto, fue probablemente el mejor partido de tenis de mi carrera».

La otra victoria que le definió en Copa Davis fue precisamente aquella contra Roger Federer en semifinales, la que precedió al épico partido de preparación contra Ferrero. Hewitt iba perdiendo 5-3 en el tercer set cuando su capitán, John Fitzgerald, se acercó al cambio de lado con un mensaje que, admite, era en parte improvisado: «Fitzy me dijo: ‘No sabes lo cerca que estás de darle la vuelta a esto. No tienes ni idea de lo cerca que estás’. Sonaba a Einstein, pero en realidad se lo estaba inventando», dice entre carcajadas. «Me lo bebí. En un partido a cinco sets tienes que centrarte en las pequeñas cosas. Y conseguí aguantar ese tercer set».

El legado y la siguiente generación

Hewitt lleva años como capitán del equipo australiano de Copa Davis, un papel que él describe como una manera de devolver lo que recibió de John Newcombe, Tony Roche y John Fitzgerald, los hombres que creyeron en él cuando todavía era un junior de Adelaida: «No necesito hacer este trabajo. Pero siento que puedo ayudar a estos chicos de alguna manera. Sé lo que Nuke, Roach y Fitzy hicieron por mí a una edad temprana. Si puedo trasladarles eso a la siguiente generación de jugadores australianos, el tenis de nuestro país estará en un lugar mucho mejor».

Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)
Lleyton Hewitt (Foto: Cordon Press)

Cuando se le pregunta cómo quiere ser recordado, Hewitt huye de los clichés: «Siempre quise ser recordado como alguien que lo dio todo y sacó lo máximo de sí mismo. Para mí siempre fue salir ahí y dar el cien por cien. Esa era la manera australiana: luchar, dar la vuelta a las cosas cuando todo estaba en contra, demostrar que te equivocabas si pensabas que no podía hacerse», concluye. «Creo que por eso el público australiano estuvo siempre conmigo. Sabían lo que iban a ver cuando yo salía a la pista, ganara o perdiera. Y eso, si me lo preguntas, es lo más importante».

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