Ciclismo

Las espantadas más ridículas de toda la historia del ciclismo

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Las espantadas de Chris Froome (Foto: Cordon Press)
Chris Froome (Foto: Cordon Press)

Es el día grande. Indicado, aquel para el que sufrió durante las lluvias, el de los meses y meses con madrugones, apetito y piernas como un flan. Donde te lo juegas todo, donde no está permitida la compasión, el yerro. Te espera un huequito de Historia.

Y pum… cagada.

Porque a veces se tuerce el asunto, no sale como esperas, no puedes rendir. Diste lo mejor, otros lo hicieron de forma óptima. Nada que reprocharte, buenas palabras, declaraciones en prensa, volveré más fuerte, volveré más preparado.

Qué aburrido.

Porque nosotros vinimos a hablar de otro rollo. De los fantoches, de las vergüenzas, de quienes no pueden mirarse al espejo tras el cagancho estratosférico. O sí, porque algunos son auténticos especialistas en tales asuntos.

Sean ustedes bienvenidos a las mayores espantadas ciclistas de siempre. Y no se ceben mucho con los chavales al comentar.

Dientes, dientes, que es lo que les jode

Digamos que en los primeros años del ciclismo había mucha espantada, pero era difícil discernir cuándo resultaban auténticas. O, si lo prefieren, que mogollón de ciclistas faltaban a mogollón de carreras, pero muchas veces no sabes si es porque tienen contrato más jugoso en los Seis Días de Albacete, porque se averió el tren, porque no llegó a tiempo con la bici (Vicente Blanco fue en velocípedo desde Bilbao hasta París para correr el Tour) o porque… en fin, porque se había muerto (a veces en combate, a veces por disentería, a veces por mil causas). Sumen, a eso, que igual tú tenías al esperado «Pepito Pepítez» entre los que corren tu prueba, pero ese tal «Pepito Pepítez» no es «Pepito Pepítez» sino otro haciendo uso de su licencia y su nombre (lo sepa Pepítez o no), y en estos tiempos, sin redes sociales ni na, como para estar seguros de las caras y el peinao…

Ay.

Así que nos esperamos hasta los treinta para ver mutis ciertos y comprobables. Como el de Alfredo Binda. Que, para comienzo, cunde. Digamos que Alfredo mete espantada en el Giro de 1930, pero trae causa… Que la organización le pagó morterada gorda para que no participe, porque era tan superior que eliminaba emociones y hacía bajar ventas en periódicos. Así que le dan, en mano, un premio equivalente a la general y varias etapas, y nuestro Binda lo coge alegremente, y aprovecha para correr por velódromos, llenando su colchón de forma loquérrima. ¿Era para tanto? Pues miren, hizo cuatro veces primero y una segundo en el lustro anterior de la Corsa Rosa, ganando una, seis (cuando queda subcampeón), doce, seis y ocho etapas en Giro. Así que sí, es para tanto…

Lo de Coppi sí que entra en la definición. Y Coppi tiene varias de esas, porque Coppi es el ciclista más importante de siempre, y la primera vedette a nivel histórico de este deporte. Y las vedettes hacen cosas de vedettes, y terminan tiendo tics a lo capricho de vedette. Como en Valkenburg, Mundial de 1948, por ejemplo, con Coppi y Bartali haciendo el lilas, vigilándose sin nada que vigilar, jodiendo al otro, buscando la no victoria del ajeno en lugar de la victoria personal. ¿Conclusión? Schotte con el arcoíris, silbidos para las dos estrellas y críticas en Italia que amenazaron con acarrear suspensión.

Las espantadas de Fausto Coppi (Foto: Cordon Press)
Fausto Coppi (Foto: Cordon Press)

Tuvo más, Coppi, porque declinó mucho, y muy feo. Tuvo el episodio de 1954, cuando salía en el Giro como vigente vencedor, cuando vistió la primera maglia tras ganar su Bianchi una crono por equipos en Sicilia… y cuando debió retirarse tras zampar unas ostras en la cena, por aquella de celebraciones. Y con las ostras hay que tener cuidao, una no muy buena y adiós. Pues Coppi… adiós. Nunca volvió a vestirse la túnica legendaria en el Giro. Pero es que hay otras espantadas (ya ven, muchas). Cuando pasa por Colombia para medirse con los escarabajos de allí, solo para sufrir humillación enorme en La Línea por parte de Ramón Hoyos. Y también está su pachanguita crepuscular por la Vuelta a España, con más años que la EGB y menos ganas que un chaval de la ESO. Paseó desvergüenza y contrato firmao por las carreteras españolas Coppi, entre chuflas y algún aplauso en plan remembrares. Más o menos como hizo Marco Pantani, ay, medio siglo después, año arriba o abajo.

Pasa que Coppi (y Marco también, aunque por otras causas), murió pronto, murió joven, se hizo mito, mutó en vitral, en santo.

Y a las leyendas no se les discuten detalles.

 Un chiflao en la montaña

Igual fue la época, mitad de siglo, pero es que en aquel entonces tenemos espantadas para aburrir. Eran, todos ellos, muchachos que crecieron en la posguerra. A veces civil, a veces mundial, pero posguerra. No puedes tú decirle, a uno de esos paisanucos, que responsabilidades con el organizador, que todos estos vinieron a verte. Te manda a tomar dos orujos. Y con razón.

Bueno, eso y Fede. Porque Fede…

Fede es Federico Martín Bahamontes. Alejandro, ya saben, que somos originales en conjunto. El escalador más genial que ha habido y habrá. También un chiflado de proporciones épicas, un desequilibrado importante, un colega ciclotímico, egoísta y mesiánico que, en nuestros tiempos, hubiese inundao portadas, tuits y bilis. Bahamontes, hoy, sería auténtico fenómeno social.

También por las espantadas. Que tiene. Muchas. Muchísimas. Algunas inmensas. Desde aquel Gran Premio Sniace, en Torrelavega, donde siendo un chavalín casi desconocido dijo que nanai, que cobraba lo mismo que Loroño o iba a correr allí su tía Salustiana. Cuentan que si empezó, por esas perras, la animadversión con Jesús. Cuentan, también, que se bajó de la bici muy cerquita de ese sitio, en otra prueba. Fue subiendo a Helguera de Reocín, y no traía Bahamontes desarrollo para tanta rampa. «Yo vine a subir cuestas, no paredes», y mandó a tomar por saco público, prestigio y prima.

(Al menos eso contaba mi amigo Curro siempre, aunque yo no pude constatar hecho. Y se parece bastante a lo de van Looy, así que no sabría decirles. Pero escrito queda. Y recordao Curro).

Tiene bochornos en grandes escenarios, Fede. Miren su año sesenta, que es para descojonar. Viene a la ronda de casa como vigente vencedor del Tour. Primer español, estrella absoluta. Viene con el mayor contrato que se haya visto en las dos ruedas hispanas, muchos reales con Faema. Pero es que está peleado con todos sus compañeros (salvo uno), y con el director del Faema, y con muchos rivales, y con el organizador, y con periodistas, y tampoco se lleva bien con la Federación. Pinta guay, sí. Aquella Vuelta fue bochorno en muchos sentidos, con el pelotón perdiendo minutadas día tras día, con ciclistas llegando tras caer la noche, con las estrellas haciendo ridículos tipo «George Best en Marbella». Charly Gaul, némesis de Bahamontes, tuvo aquí una de sus espantadas más célebres (no la única, porque las anfetas hacían de Gaul bomba que revienta a cualquier ratuco). Y Fede hace lo propio. Han eliminado, por fuera de control, a Julio San Emeterio. Que es compi. Que es ese compi con quien aun se habla, por contextualizar. Así que Federico hace la etapa siguiente en plan «huelga de piernas caídas», como protesta y exabrupto. La gente, que es muy de calentarse, empieza a insultarlo, y acaba a hostias con un espectador (él llevaba paraguas negro, Fede una bomba de hinchar neumáticos). Expulsao al final de la tarde. «La Vuelta ha terminado», declara días después el organizador, «Descanse en Paz».

Eso fue en el sesenta, dije. Pero es que en julio llega el Tour, y al Tour va como vigente vencedor, y en el Tour aguanta… menos de un día. Él cuenta que le pincharon una inyección de calcio, que se le puso todo malísimo, que no podía dar pedales. Como fuere… deja Bahamontes la bici al borde del camino, se sienta en una cuneta con césped, se descalza, echa agua sobre sus calcetines. El seleccionador español intenta convencerlo para seguir. «Hazlo por España, Fede», y Fede dice que no. «Hazlo por Fermina, Fede», y a Fede no le vas a conmover con su esposa. «Hazlo por Franco», así, en grito, como última bala. Cero. Ni el tal Franco puede obligar a Bahamontes. Jacques Goddet dijo, más tarde, que nunca un ganador saliente del Tour había deshonrao la carrera y a sí mismo de esa forma. Pero es que así era Bahamontes…

Las espantadas de Bahamontes (Foto: Cordon Press)
Bahamontes (Foto: Cordon Press)

Miren, si no, de qué forma se retiró del ciclismo. También en el Tour, edición de 1965. Viene de ser el más fuerte para arriba doce meses antes, viene de estar en el pódium. Pero no puede, no le alcanza, no va. Es viejo, se siente viejo, se hizo viejo. Pasa, último, por Tourmalet. Al día siguiente ataca furioso antes de comenzar la escalada al Portet d´Aspet. Va en solitario, el pelotón, tranquilo y ronroneante, lo pierde de vista. Entonces, justo donde empieza a empinarse el camino, Federico Martín Bahamontes (seis reinados de la montaña, tres pódiums en la Grande Boucle, una general), coge su bici y corre, con ella de la mano, tras unos arbustillos. Allí permanece agazapao hasta que pasan los que ya no son compañeros, lo que piensan sigue delante, escalando como solo él ha sabido escalar. Luego, cuando se pierde a lo lejos el último, abandona su escondite. Nunca más será ciclista.

¿Saben? No es que Bahamontes protagonizase espantadas… Es que él era, en sí mismo, una espantada

El monsieur con espantadas

Igual lo de Anquetil nos sorprende más. Porque tiene ese (falso) aire aristócrata, porque parece inmune a todo, porque no te lo imaginas en escandaleras por un quítame allá esos acuerdos (en escandaleras de vida privada sí, ahí todas). Nah, con esos ojos azules, con ese aspecto de bon vivant, que esa mirada un poco de lado, una miaja de «me la pela todo mogollón». Y luego… zas. Ejemplos por doquier. De ese zas.

Vean, verbigracia, el Tour. Siempre se empieza por el Tour, y con Anquetil, primero en ganar cinco, más razón. Hizo mutis al año siguiente de su última victoria, cuando prefirió un desafío a la altura de su leyenda (lol), y se trinca Dauphiné Libéré y Burdeos-París… en veinticuatro horas. Acabó la carrera alpina a media tarde, se fue corriendo al aeropuerto de Avignon, tomó un vuelo especialmente fletado para él. Allí descansa, aun vestido de ciclista, llega a Burdeos, han pasado unas horas desde que se bajó de la bici. Y sale en aquel reto incomprensible, en aquel pulso a lo irracional. Burdeos-París. ¿Resumen? Unos seiscientos kilómetros desde las Landas hasta Île-de-France. Solos, al principio, la segunda mitad, aproximadamente, a rueda de dernys. Empezaba por la noche, cruzabas madrugada sobre el sillín. Hay fotos de Anquetil con los ojos cerrados, autómata. Llegó a bajarse de su máquina, pero Géminiani lo convence para que continúe. Y lo hace. Picado en su amor propio, orgullo de as. Recupera el tiempo con Jean Stablinski, líder entonces, y lo deja tirado en la Côte de Picardie, ya cerca del Louvre. Entra, vencedor y eterno, en el Parque de los Príncipes. Acaba de completar la mayor de sus gestas.

Cómo ir al Tour, después.

Digamos que esa ausencia se puede justificar. Pero después… Retorna el normando a la Grande Boucle por 1966. Allí solo tiene un objetivo: que no gane Poulidor. Así que seca al limusín, le tiende trampas, finge. Abandona en Alpes, cuando su compañero de equipo Aimar lleva distancia suficiente. Abandona en los Alpes, cuando, sobre todo, ya es imposible que gané Raymond.

Nunca más volvería al Tour. Aun es eterno.

Hay otras dos espantadas de Anquetil que descacharran cuando las lees. Vuelta a España de 1962, la más gorda. Dominio total y absoluto de su equipo, que trinca el maillot de líder la segunda tarde (antes ganó Barrutia), y lo mantiene hasta Bilbao. Solo que con el ciclista que no toca. Primero Seamus Elliot (irlandés, mira exotismos) y después Rudy Altig. Jacques, rey absoluto, aguarda agazapadete. Hay una crono en Donosti, más de ochenta kilómetros, a dos etapas del fin. Sitio perfecto para el gran golpe, que para eso uno es Monsieur Crono. Además, nos desgastaríamos lo justo cara a julio. Pero no sale bien, la cosa. Vamos, que parcial y amarillo para Rudy Altig, y Anquetil con un cabreo de cojones. No saldrá al día siguiente, porque tiene gripe, una gripe inmensa, tú, qué pedazo de gripe. Insoportable, para él, ser batido en su terreno. Adiós.

(Ese mismo año, meses después, hace pareja con Altig en el Trofeo Baracchi, contrarreloj por dúos. Quizá la mayor humillación de Jacques Anquetil, que es animado bochornosamente por su «compi» durante parte del recorrido. No podía ni seguir rueda. Hay por internet imágenes sobre aquello y resultan incómodas, casi obscenas. Mal año ese 1962 para la entente germano-gala).

La otra espantada de Jacques Anquetil son en realidad dos, y tienen el mismo origen: los controles. Cuando gana Lieja-Bastoña-Lieja (su único Monumento, aunque entonces no se llamara Monumento a nada que no fuera la Mezquita de Córdoba) los jueces aparecen con el frasquito tras la ducha del normando. «Ya no me queda nada», dice, «igual podéis sacar algo entre el jabón». Cuela. Pero en la Hora no. En la Hora, en su segundo Récord de la Hora, después de ese legendario que le arrebató al mito Coppi. Esta vez Anquetil se niega, directamente, a lo del antidoping. Y la Unión Ciclista Internacional se niega, directamente, a reconocer marca.

Claro que… relean lo anterior. Al tío se la sopló muchísimo.

A veces es solo que no puedes con lo que tienes delante. A veces. Clasicómanos de postín que claudican ante puertos, llaneadores con espaldas gordísimas dando mus y buscando un horizonte más cariñoso. Rik van Looy, por ejemplo, que abandonó una Vuelta a España en El Escudo. «Yo he venido aquí a subir puertos, no paredes», dicen que dijo (igual les suena la frase… estas leyendas se escuchan mucho). O Francesco Moser en el Tour de Francia, que debuta con séptimo puesto esperanzador, apenas veinticuatro añitos, aquella Grande Boucle que Merckx palma en Pra Loup. Edición furiosa, violenta, endurance. Pinta bien, el chaval transalpino. Y nada, que no vuelve. Para qué, no es mi prueba, no voy a sacar nada. Dame adoquines, dame San Remos, dame Lombardías o Tirrenos. Que se queden con su Tour.

Un precursor de Simoni, también trentino él, solo que Simoni no renunció al Hexágono por fuerzas o posibilidades, no. «El Tour es una carrera amañada, y yo no compito en carreras amañadas», dijo. Toma, fuego ante los micrófonos. Cómo podrías no querer a Gilberto Simoni.

Cómo no añorar esas hostias en la prensa…

(Y luego están cosas tipo Freddy Maertens abandonando una San Remo porque el diablo, el mismísimo Belcebú se lo había ordenao. Son los años chungos de Maertens, metido con sectas, alcohol y narcóticos. Después le hicieron un exorcismo en casa y pareció mejorar. Hoy está completamente recuperado, para alegría de quienes lo consideramos ciclista legendario).

Las espantadas de Gilberto Simoni (Foto: Cordon Press)
Gilberto Simoni (Foto: Cordon Press)

Acción ochentera, digestiones pesadas

Ahhhh, los años ochenta. Masculinidad tóxica por doquier en cines y teles, matonismo absoluto en deportes (ese Athletic de Bilbao, esos Bad Boys en Detroit, hasta los Italia-Yogoslavia con tijeras), politoxicomanías galopantes (algunas vienen ahora a dar lecciones de Ciencia) y, en general, aire de optimismo impostado que duró lo que duran estos aires, porque del optimismo te suelen sacar a hostias.

Ah, y mamarrachadas. Sobre las bicis. Episodios grotescos, incomprensibles, desopilantes.

Mamarrachadas.

¿Alguien dijo Luxemburgo?

Miren, ya podemos contar cualquier historia sobre cagadones ochenteros, que siempre nos aparece Luxemburgo. El tío que no está, que no sale, que se retrasa casi tres minutines. Prólogo del Tour, con amarillo de vigente vencedor. El día, por más abundamiento, que estrenan patrocinio. Uno fantasea con Mario Conde tirándose de los pelos (y poniéndose los deducos perdidísimos de gomina) mientras ve la tele en casa. Pero, ¿con quién coño me he juntado? Y tal. Es, sin duda, la espantá de las espantás. Sumen lo del día siguiente, con Perico (porque de Perico hablamos, ya lo saben ustedes) descolgándose de sus compis en crono por escuadras, sumen los susurros en el pelotón, sumen las teorías. Que si fue al baño, que si se pierde por las callejas de Luxemburgo, que si una rubia, que si una morena, que si compensación por no expulsarlo el año anterior, que si huelga porque no me dan el fijo de salida. Hasta un microsecuestro etarra, he llegado a leer. Chi lo sa. Histórico. ¿Consecuencias? Hostias gordísimas del Butano, portadas sonrojantes, teorías al descojono y una remontada sin fin (y sin premio) que dibuja el Tour más emocionante de siempre. Y es que sin Luxemburgo no hubiésemos visto Superbagnères (y de Superbagnères ya hablamos, oigan).

El pódium parisino de aquella Grande Boucle, por cierto, tiene fantochadas para regalar. Miren Greg, verbigracia, que arrastraba un culo más gordo que Dario Pieri por todo el calendario «menos-el-Tour» en su época «post-parecerme-a-un-pavo». Esos reptares dolomíticos, esa sonrisa de «a mí qué me cuentas, si me la suda mogollón, si yo solo quiero ganarte en Francia sin chupar aire». Daba cierta cosa, el Lemond segunda parte.

Sobre todo porque enfrente estaba Laurent Fignon. Y Laurent Fignon fue agresividad y arrogancia, fue un lobo entre corderos, fue un grimdark en los anuncios de Candy, Candy. Alumno aventajado de Bernard «mientras me quede aliento atacaré» Hinault. Entonces, ¿por qué sale Laurent hoy? Pues porque hacía mutis a veces, con aquel ciclismo un pelín más golfo, un pelín más despreocupado. Contaba Fignon en su autobiografía cómo, cierta carrera a fines de temporada, se retiró para gastar una broma a sus compañeros. Que han puesto control antidopaje, colegas, que meadita para el ganador y para quienes salgan por sorteo. Todo ficticio, había, aun, pruebas sin tales menesteres, carreritas locales que no buscaban (o no podían buscar, por presupuesto) a los tramposos. Y eso, que cunde pánico en el pelotón, y se retiran muchos paisanucos, y casi tienen que suspender aquella prueba por falta de bicis. Imagino que quien ganase tendría conciencia tranquila. Y Fignon que se descojona.

(José Manuel Fuente, Tarangu, llevó más lejos la historia contada. Un día, al enterarse del antidoping, se tiró al suelo cerca de meta. Directo al hospital, con sangre y raspones. Pero sin mear en el tubo temible, añado).

Tenemos más, eh. Stephen Roche, por ejemplo, el Capitán Sonrisas del ciclismo, el paisano que te apuñala cuatro veces, hipoteca tu casa, se enrolla con tu mujer, tu madre y tu perro, y luego dice, cara de buen tío… ¿he sido yo? Ese Stephen, que siempre estaba como entre dos clubes, porque tuvo más cirios contractuales que Balotelli. Pues Stephen corría en 1991 para el muy curioso equipo Tonton Tapis, de inenarrable maillot y patrocinio… en fin, patrocinio ideal para Stephen Roche (por lo cachazudo) y espantoso para Stephen Roche (por la inestabilidad monetaria). Dicen que igual fue por eso lo del Tour 91. Primero de Indurain, crono por escuadras. Y Stephen que llega tarde, que hace todo a varios minutos de sus compis, que termina fuera de control. Cagalera, dice él. Huelga por impagos, dicen más allá. No importa.

Bendita espantada para uno de los mascarillas mejores de siempre.

Las espantadas de Stephen Roche (Foto: Cordon Press)
Stephen Roche (Foto: Cordon Press)

Dos o tres apuntes, una apuesta que no sale y el GOAT de los butrones

Lo último que hemos visto en plan «espantada» (aunque no exactamente) fue lo de Vingegaard en el Europeo, que se quedó el mozuco a cien de meta, subiendo un col que no era precisamente Madeleine, más torrao que un guiri por Torremolinos, más jadeante que Jesús Gil tras hacer la San Silvestre. Y eso, que llama atención por cómo estuvo en la reciente Vuelta, que ganó, y porque hizo mus en el Mundial, así que, pensábamos inocentes, si viene al Europeo será para poner un poco de meneito serio. Y nanai. Cosa llamativa, esa imagen de Vingegaard. Nada que ver con Bahamontes (en ningún sentido, nada que ver con Bahamontes), pero cosa seria. No se ve mucho, últimamente.

Quizá piensen que los últimos años han sido menos fecundos para esto de las espantadas. Con un deporte profesional tan… en fin, tan profesional, tan todo medido, todo programao hasta la obsesión. ¿Alguien que se pira, que decepciona a lo loco, que muestra abochornamiento y desvergüenza? Imposible. Nadie se lo permitiría.

Pues Chris Froome.

Oh, yeah, Chris Froome en ese equipo de cuyo nombre no quiero acordarme. Que menudo butrón ha hecho, el colega Chris, a ese equipo. Tenemos el asalto al tren de Glasgow, la elección de Jordan como número 3 del draft y las últimas fichas de Chris Froome. Todo un tetracampeón en Francia, todo un ganador de Vuelta, Giro y Tour, con ritmos de cicloturista gordaco y la cara más dura que Gengis Khan pidiendo «mesura y pacifismo». Eso ha sido Froome, colega. Viviendo en la fina línea que distingue la vergüenza ajena y la admiración por un plan de ejecución impecable. Empiezo siendo un paquete en conjunto de Sudáfrica, continúo siendo un paquete en el equipo científico, descubro casi por casualidad clase y potenciales como para convertirme en leyenda, y vuelvo a ser un paquete de dimensiones cósmicas. Quiero decir… Froome se descolgaba del pelotón en el Tour ese de China que se corre por octubre. Se descolgaba del pelotón en una etapa llana en el Tour ese de China que se corre por octubre. En la última etapa, además llana, del Tour ese de China que se corre por octubre. Ya ven, niveles atléticos tipo Belén Esteban en «Saber y Ganar». Pues el tío descolgado. Y sonriente, poniendo post guays en el insta, diciendo que es simpaticote y que tiene suerte por vivir como vive. Nos ha jodido, yo también estaría sonriente levantándome ese morterao sin dar un palo al agua. Y sin que parezca sufrir. Este sí es Teflon Don, y no John Gotti, tú. Dejando al margen lo de ensuciar leyendas y nombres, lo de ser indigno, lo de arrastrar credibilidades o currículums… Chris Froome es, en lo suyo, el muy putísimo amo.

A sus pies, Sir Chris Froome, emperador absoluto de la espantada, el escaqueo y los «mesudalapolla».

A sus pies.

Porque luego están los ciclistas que tardan en irse, pero no a estos niveles. Lemond, otra vez, en los Alpes, Tour de 1992, que ni siquiera pudo pasarlos en bicicleta. Chiappucci en aquel engendro último donde compartió equipo con Armand de las Cuevas (lol) y Eugeni Berzin (relol, y además gordo). Jaskula pillando divisas en AKI tras lo del Tour 93. Esos rollos.

Y ya para acabar debo contarles una historia personalísima. No soy el protagónico, porque jamás he hecho espantada alguna (y bien pocas cosas hago que merezcan apellido «ciclista»), pero creo que encaja aquí. Porque yo, yo mismito, hice apuesta a que la Vuelta del año 2003 llevaba un nombre… redoble de tambor… brrrrrrr José Antonio Pecharromán.

Bravo, aplausos, risas.

Aun tuvimos tiempo de verle, antes de la espantada. A Pecharromán, digo, el tío más Final Countdown del pelotón. Porque asistí en vivo el esperpento. Allí, puerto de El Escudo. «Esta Vuelta la gana Pecharromán», avancé, ufano y arrogante, antes del comienzo. Y va el paisanuco y pasa, ante mis ojos y los ojos de mis cachondeantes colegas, el último. El último. En El Escuda, que es como decir en nuestra misma casa. El último. No me jodas, macho, no me jodas, Pecha. Luego abandonó, y nunca hizo resultao de interés tras ello.

Eso sí fue una espantada en condiciones.

7 comentarios

  1. Que mal escribes, no te das cuenta de que te lee gente joven y ese uso del -ao hace que a uno le sangren los ojos?

  2. Pingback: Las espantadas más célebres en la historia del ciclismo - Hemeroteca KillBait

  3. Francisco Tenza

    La «literatura» de este autor es insufrible. Ni llego a la mitad. Lo siento

  4. Marcos Pereda demuestra un conocimiento enciclopédico, que plasma de forma amena y divertida en sus artículos. No sean rancios. Un placer leerle y siga contándonos tantas cosas del pelotón ciclista, muchas de las cuales, aficionados de cierta edad como yo desconocíamos.

  5. No, escribe mal porque junta palabras de forma horrenda. Lo suyo ya parece más bien dejadez. Hace años tenía cierto estilo. Ahora, esto parece una redacción de colegio hecha con desgana. Será sudapollismo, o que ya gastó el cierto talento que pudo tener.

  6. Se te ha olvidado la espantada más sonada de los últimos años y protagonista de reality: Miguel Ángel López en Movistar, dos o tres días de hacer podio en La Vuelta.

  7. Pues yo disfruto mucho leyendo a Pereda, que no se corta, aunque a veces con sus comparaciones me deja más despistao que Gracita Morales en un escape-room.

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