
Contrarrelojs
Dicen que es el esfuerzo definitivo. El que no engaña, donde no te puedes esconder. Un uomo solo, pero es que no hay más que uomos solos. Reloj, bici, patas. Aguantar mucho más tiempo a mucha más agonía. Y vence quien llegue… y continúe.
Sean ustedes bienvenidos a las mejores cronos de siempre.
Orígenes
Mira que es antiguo, el ciclismo. Mira que llevamos siglo y medio con la cosa. Con bicis (antes sin cambios, antes sin frenos, más antes con ruedas enormes) y ciclistas queriendo ir a la velocidad mayor. Desde que se unificó Italia, por poner fechas. Mucho tiempo, sí.
Pero la contrarreloj es invención «moderadamente» moderna. Entre otras cosas porque en el ciclismo «arcaico», en el de piedra, y polvo, y aventura, no hacía ni falta. Para qué vamos a poner ciclistas de uno en uno si ya ellos van, casi desde el principio, de uno en uno. Innecesario. Sí se sacó de la manga, Desgrange, cronos por equipos en el Tour. De aquella manera, porque no son cronos por equipos como las que vemos hoy, pero había. Nada menos que las ocho primeras etapas fueron así, oigan, en el Tour de 1928, por ejemplo. Pasa que no gana el conjunto que hace menos tiempo, sino el ciclista que hace menos tiempo. Vamos, que individualidad dentro del gregarismo. Un embrollo.
Sucede que en los años treinta empieza a celebrarse una prueba conocida como Gran Premio de las Naciones. Que se disputa en modalidad contrarreloj, que despierta el interés del público. Y Henri Desgrange, papi del Tour, escucha, siempre escucha. Así que estrena la disciplina en su Grande Boucle. Segundo sector, vigésimo primera etapa, año 1934. Entre La-Roche-sur-Yon y Nantes. Ochenta kilometrucos, por empezar a lo grande. Quebrados. Ganó Antonin Magne, amarillo y bicampeón en un par de jornadas (Tonin el taciturno, ídolo galo, después director sempiterno de Poupou, el otro ídolo galo). Segundo es Lapébie, al minuto. El tercero, Ludwig Geyer, se va por sobre los cinco…
Cuentan que si al año siguiente metió Monsieur Desgra
nge seis en el recorrido, y que, con los medios de entonces, aquello fue el descacharre entre trampas y pícaruelos. Cuentan que se enfada, el patrón, que le cuesta volver a ponerse manos a la obra. Pero pronto recapacita. Y se va a lo grande. En 1939 programa una crono monstruosa entre Bonneval-sur-Arc y Bourg-Saint-Maurice. Sesenta y cuatro kilómetros. Pero es que aquello consiste, básicamente, en subir y bajar el Col d´Iseran. Que lo habían abierto apenas dos años antes. Recién estrenado. Hasta 2770, sube, la carretera más alta de Francia entonces (luego llegó el lazo de Restefonds). Vamos, inmenso. Se impone Sylvère Maes (también ganador en París), sacando cuatro minutos al segundo. Casi dos horas le llevó completar su recorrido…

Curiosamente el Giro de Italia llegó primero en este rollito. Sí, tuvo cronómetro antes del Tour. Fue en 1933, ente Bolonia y Ferrara. Fueron sesenta y dos kilometrines, y ganó, claro, Alfredo Binda, con un minuto sobre Demuysere. Casi cuarenta de media, sacó La Gioconda. Piensen en desgastes, en asfaltos, en bicis y pesos. Casi cuarenta por hora… es increíble. También arriba antes, el Giro, a lo de las cronoescaladas. E igualmente asombra, leyendo hoy. La subida al Terminillo desde Rieti. Veinte kilómetros justos. Y estreno en 1936. Cuentan que los jerarcas fascistas querían exhibir en condiciones aquella estación de invierno que habían ido levantando tan cercuca de Roma. Y para allá los de las bicis. Gana, entonces, Gino Bartali. Cincuenta y cinco minutos. Es una pasada…
La Vuelta llegó algo más tarde, claro. Pero tampoco mucho, teniendo en cuenta la diferencia de tradición y, sobre todo, lo de la guerra civil. Y es que estrenamos crono en 1941, aquella Vuelta rarísima, incomprensible, que se corre en un país devastado, con viudas enlutadas al borde de caminos, con hambre, con el ejército omnipresente, con pocos coches siguiendo porque apenas hay combustible. Aquel verano (terminó esa Vuelta en julio) donde lo que menos falta hacía eran bicis. Entonces hay una Gijón-Oviedo contra el reloj, la primera de siempre. Vence Delio Rodríguez y Julián Berrendero coge liderato con más de medio minuto sobre Fermín Trueba, el Mini. Acabará así el asunto, unos días más tarde. Dos apuntes… los múltiples pinchazos de Fermín durante la crono (siempre decía, sardónico, que le echaron chinchetas para que ganase Julián) y la hora y trece minutos que pierde el cántabro Isidro Bejerano sobre Delio Rodríguez, quizá récord de siempre en eso… Tenía un forúnculo que apenas le dejaba dar pedales, por excusar.
Las monstruosidades de Coppi et al.
Claro, en aquellos tiempos las diferencias eran enormes. Enormes. Entre que las contrarrelojs son más largas, que se hacen a menos velocidad y que los huecos entre ciclistas eran gordos pues… Eso, monstruosidades.
Vean, si no, la más extensa crono individual en la historia del Tour. La que llevó de Vannes a Saint Brieuc en 1947, primera edición tras la guerra. Sumaba 139 kilómetros (no hay errata). Y, encima, era por el País Bretón, que allí no hay un metro llano. El primero, Raymond Impanis, hizo tres horas y cuarenta y nueve minutos. Robic, futuro amarillo parisiense, quedó a «solo» cinco minutos. Después Ronconi a seis y medio, Cottur a siete, Brambilla a ocho. El noveno, Teisseire, se va hasta los diez…
Parece increíble, pero es que así eran los asuntos. La crono de Mulhouse, un año más tarde, cubre 120 kilómetros. Y en 1949 Coppi se cepilla ambas. Suman 92 y 137 kilómetros, respectivamente. Ésta última, por Nancy, con terreno quebradísimo, arroja diferencias escandalosas. El segundo es Gino Bartali, a siete minutos. Goldschmidt a casi nueve, Marinelli, cuarto, por encima de los once. Era grandísimo, il Campionissimo.
Hay, en esas fechas, una por Saint-Éttiene, subiendo a mitad de camino la Croix de Chabouret…. meneo de Ferdy Kübler epatante, cinco y medio a Stan Ockers, ocho cuarenta al quinto, que es Raymond Impanis.
Fueron, entonces, casi cien kilómetros.
Un Maître Jacques sin masones, dos chiflados cuesta arriba
Hay una leyenda sobre cierto Maître Jacques que, tomando bases del mito xacobeo, juega a meter masones, construcciones catedralicias, el opus magnum y vete a saber cuántas cosas adicionales. Y luego hay otra leyenda sobre cierto Maître Jacques que se llamaba Jacques Anquetil.
Y que es aun más increíble…
Jacques era rubio, normando, un puntito aristócrata (aunque, quizá, más su imagen que sus deseos, porque gustaba, tras abandonar la bici, de trabajar con manos la tierra). Era, sí, una revolución sobre la bici, alguien ambicioso, tiránico, obsesivo. También lo fue en su vida privada, pero eso lo contamos, ya, en otro sitio, y no quiero repetirme.

Encima de un velocípedo… perfecto. Lucha contra el crono… perfecto. Inclinado, sin mover más músculos que los de su pierna, souplasse, elegancia. ¿Han oído alguna vez eso de pedaleo redondo? Pues Anquetil pedaleaba redondo. Dicen que si entrenaba en descensos largos, cadencias con desarrollos de subir Tourmaletes. No sé. Es el mejor contrarrelojista de todos los tiempos. Es una auténtica leyenda.
Desde muy joven, encima. No ha cumplido veinte años y gana el Gran Premio de las Naciones. Campeonato del Mundo oficioso dentro de la disciplina, siempre por sobre el centenar de kilómetros en la época (aunque va recortando distancia paulatinamente hasta los 70 kilometrines). Nueve veces, se impone. La primera siendo aun adolescente, la última con 32 años. Y diferencias abismales, que parecen de chiste, que lucen grotesquez en palmareses y gothas. Gana, victoria inicial, con casi siete minutos sobre Creton, luego con cuatro a Bouvet, con tres a Altig. Nunca antes se han repetido los golpes de aquel tiempo…
Pero es que Anquetil también hizo leyenda en el Tour. No, Anquetil sobre todo hizo leyenda en el Tour. En las contrarrelojs del Tour. Aunque siempre fue más orgulloso del desempeño en montaña. El propio Géminiani, amigo, director y golferas, decía que donde realmente epataba Jacques era cuesta arriba, porque fuera de su terreno también llegaba lejísimos. Pero su esfuerzo en solitario… Es el ciclista con más victorias contrarreloj en el Tour, es el ciclista con más victorias contrarreloj en el Giro. Nunca, en sus cinco laureles galos, hubo nadie que lo batiese en una crono llana (las cronoescaladas eran otra historia, y allí se hizo Historia, se lo cuento después). Y metió meneos importantes, oiga. Dos minutos a Defilippis en la crono de Libourne, última de 1957 (debutante, jaune, veintitrés años). Dos y medio sobre menos de treinta kilómetros en Versalles, 1961, la mayor distancia por kilómetro en crono lisa. Otros tres minutines ese mismo año, en Bergerac (vuelve a salir, Bergerac). Tres minutos a Ercole Baldini, antiguo recordman de la hora, por Lyon, doce meses más tarde (doblaje incluido a Poulidor, con lo que agrada eso a Jacques). O esa última de Versalles, Tour 1964, tras el Puy-de-Dôme, tras los trece segundos que le sobran sobre el volcán. Sumen su récord de la hora en velódromo, sumen el que no le reconocen por negarse a pasar el control antidoping. Sumen la leyenda…
Es el mejor de siempre
Pero con un talón de aquiles. Las cronoescaladas, que no son lo suyo. Y hubo de enfrentarse a los dos mejores escaladores de siempre. En 1958 Gaul saca a Bahamontes medio minuto en el Mont Venoutx… y todos los demás (los demás que no son Gaul ni Bahamontes) terminan a tres minutines. Y un año más tarde es el toledano quien gana. En Puy-de-Dôme, minuto y medio al Ángel… y quien entró tercero camina a tres. Hay un video en las catacumbas internáuticas que muestra la subida extraña, nerviosa, de Bahamontes, sentado sobre el sillín, moviendo mucho los hombros, erguido como si fuera un cicloturista… pero que dobla a todo un Roger Riviére como si estuvieran practicando dos deportes diferentes.
Busquen, busquen… merece la pena
Ah, una última anécdota sobre Jacques Anquetil. Porque era orgulloso, muy orgulloso. Y le gustaba el dinero, le gustaba mucho el dinero. Todo eso se junta en el Gran Premio de Lugano, año 1962. Esto de Lugano se corría sobre unos noventa kilómetros contra el crono, y allí Anquetil era intocable. Seis victorias llevaba, las cuatro últimas consecutivas. Así que los organizadores, temiendo que decayese interés, le pagan a Jacques el premio de la victoria… para que no acuda. Sí, pagarle por no ir, como a Binda treinta años antes. Y Jacques dice que guay, que perfecto, que son buenos francos por estar en casa tomando el sol. Sucede que faltan aun días para la carrera, y hay menos expectaciones que las habituales, y es por la ausencia de Anquetil, y vuelve a sonar el teléfono de Jacques, y ahora le dicen que ejem, que se lo han pensado mejor, que le pagan el premio de la victoria… pero para que acuda. Anquetil, picado, acepta, pero advierte: lo que me disteis antes me lo quedo, mi honor no me permite devolverlo. Regañadientes suizos, y silencio. Pasa que el mismo día, justo antes de salir, otra vez los organizadores se reúnen con Jacques. Que, mira, hay mucha gente, han venido italianos por doquier, y a lo mejor molaba que ganase un transalpino. El normando, ya pelín hasta los cojones, habla claro. Queréis que no me esfuerce y deje ganar a otro, ¿no? Hombre, pues… Vale, pero me debéis doblar la prima. Joder, monsieur, nos está usted clavando bastante. Pues haberlo pensado mejor. Apretón de manos. Ya lleva tres cobros por la misma prueba. Y aun falta el último, porque Anquetil, aprovechando que no va a ganar, decide venderse a otro ciclista. Oye, Ercole, le dice a Baldini, si me pagas el equivalente al premio yo no hago la crono a tope y tú ganas. Y Ercole, desconocedor de la intrahistoria, paga. Así que Jacques Anquetil cobró en cuatro ocasiones por una victoria que nunca terminó logrando. Ah, Baldini hizo mal negocio, porque palma el Gran Premio con Rolf Graff. Por cinco segundines.
Ese era Jacques Anquetil.
Las cronos del Caníbal
A Eddy Merckx le perjudica su tiempo. En esto de las cronos, digo. Porque se pone por los setenta, de moda, que haya muchas contrarrelojs pero corta longitud. En el Tour, sobre todo. Así que hay mogollón de pruebas con distancia prólogo (o con distancia inferior a veinte kilómetros, lo que hoy llaman «contrarreloj larga para no sentenciar el Tour»), y así no hay quien meta hostiones grandísimos. Y, pese a ello… algún hostión grandísimo se saca, Eddy.
Que por algo es el mejor ciclista de siempre.
Las dos Versalles-París seguidas, por ejemplo, años 70 y 71. La primera con casi el uno cuarenta sobre Ocaña, la segunda que aleja a todo un Agostinho sobre los dos y medio. Claro que aquella tarde faltaba Luis, precisamente, y por eso luce menos, el asunto. Vivimos aquel julio el mayor Tour de siempre… pero solo duró cinco días, desde Puy-de-Dôme hasta los Piris…

Ah, en el 75 de Merckx, en aquel Tour que nunca pudo conseguir, corre también un chavaluco italiano. De Trento. Grande, nariz tipo Dante o nariz tipo Duccio, dependiendo de si usted es tifosi de los güelfos o de los gibelinos. Que, seguro, aun quedan tifosi de los güelfos y tifosi de los gibelinos. A lo que iba, que ese chavaluco de espaldas inmensas se llama Francesco Moser, y va a ser uno de los grandes contrarrelojistas de todos los tiempos. Tanto como para ganar un Giro de Italia subiendo menos que yo. Y para dejar una Hora estratosférica. Y para dar comienzo (semioficial comienzo) a la tecnología, los abusos y las autotransfusiones. Moser, contra el crono (especialmente contra el crono), es Conconi y aquel alumno suyo que está siempre por ahí, el de las gafitas. Ferrari, le llaman…
Ay.
Dentelladas de Blaireau
Tú te miras el palmarés de Hinault y alucinas bastante. Por variedad, por amplitud, por intenso desde el minuto uno hasta el último. Tú te vas, luego, a la letra pequeña y también mola. Las exhibiciones, los días de matar o morir, el doler por el doler. Pero, curiosamente, te surgen esas cosas en Clásicas (la Lieja de Asgard, recurrentísima) o montes juveniles (Miranda, Sondrio) y fallidos (Superbagnéres, Alpe d´Huez). Hasta esas locuras de París, te vienen. Y es normal. Muchas veces pareciera que Hinault encontraba más placer en la violencia, en el matonismo, en la exhibición machoálfica, que sobre el mismo Gotha. Era algo físico, algo de puños a pedales. Complicado de reproducir, pues, en crono.
Pero es donde consigue un buen grueso de sus victorias «mayores», Le Blaireau. Y quizá no tiene mucha exhibición tremebúndicas (bueno, que no le tangase el Giro Moser en la última crono fue, visto lo de Fignon, exhibición sideral), pero mantiene equilibrio dominante durante casi la década. Y también se gasta dos o tres cosas… bueno, dignas de pie de página.
La primera, curiosamente, es petardazo. Fue en el Tour de 1978. Primero que corre, primero que gana. Es, ya, patrón de la carrera. Aunque tenga veinticuatro añucos, aunque sea apenas chaval. Pero va vestido de rojo, blanco y azul, lo dirige Cyrille, tiene palmarés, porvenir y más orgullo que un Regimiento de Húsares. Por eso lo eligen como portavoz para la huelga de Valence d´Agen (mentón alto, mirada seria, rostro de sindicalista duro). Pero aun está tierno (si es que ese adjetivo casa con Hinault en algún momento de su vida). Y lo de Valence (los pitos, las críticas) hace mella. Poco dormir, poco descansar, muchas preguntas incómodas que se responden. En el Puy-de-Dôme (cuanto sale al Puy-de-Dôme) explota. Es un catorce de julio, nada menos, Valence se anuló un doce. Allí, cronoescalada mixta por la Auvernia, con mucho terreno antes para desgastar, con desnivel acumulado gigante, domina Joop. Oh, sí, Joop, el holandés viejo, el chuparruedas, el que merece admiración por su constancia pero no la recibe por… en fin, por ser un corredor de los dosmiles en plenos años setenta. Pero aquella tarde somete, saca casi el minuto a Pollentier y Bruyére. Hinault, cuarto, pierde casi dos. Nunca más lo humillarán de tal forma en el Tour. Desde Clermont-Ferrand… ataque, ataque y ataque. Hasta la crono, otra crono, en Nancy. Golpe definitivo, un minuto a Bruyère, Zoetemelk pierde cuatro.
Pero le queda el regusto, a Hinault. El regusto de la cronoescalada, el sabor incierto, desagradable, de haber rendido muy por debajo de lo que él es. Se enoja, se enerva. Y cuando Bernard Hinault se enoja y se enerva, el resultado trae agonía. La de Bernard Hinault antes que ninguna.
Año 1979. Cronoescalada con final en Avoriaz. Lo mismo, subidas, descensos, repechones, cuestón. Y, allí, la venganza. El segundo, Joop (y esto es perfecto, de verduguearte a sufrir cadalso) pierde dos y medio. Agostinho tres, Venlinden se va a los cuatro. Por encima de cinco minutos a partir del número ocho en la clasificación.

Hinault puede respirar, la vendetta se ejecuta.
(Ese mismo año responde a un ataque de Zoetemelk camino de París y gana en los Elíseos tras batir al holandés. Sacan dos minutos a todos los demás. En la última etapa, la del homenaje y el paseo).
Ah, quizá la crono más mítica de esos años sea, precisamente, la que marcó fin de época. Versalles-París, año 1989. Fignon con la coleta flameando, Lemond con su aire de futurismo.
Pero esa es otra historia.
El Extraterrestre
A Miguel Indurain resulta difícil buscarle apodo. Nombre de guerra. Gimmick. Demasiado normal. Demasiado amable, sonriente, seriote. ¿Recuerdan los excesos de Anquetil, la grandilocuencia de Merckx, la paranoia de Hinault? Pues nada, lo contrario. Si es que hasta el aumentativo Miguelón suena algo ridi. Pero bueno, por decir… El Extraterrestre.
Tras Luxemburgo. El Extraterrestre.
Seguramente sea su día más recordao. Bueno, con el Mortirolo, y eso que allí perdió, qué caprichosa es la capacidad para emocionarte. Pero es que Luxemburgo… A ver, se sabe que Miguel es el mejor contrarrelojista, se sabe que meneó las cronos del Giro como si fueran peleles. Se sabe, incluso, que terminó en doblaje a Claudio camino de Milán. Pero eso es la Corsa Rosa, y esto la Grande Boucle. Y está aquí Lemond. Y, sobre todo, Bugno. Que asustan, los dos, en aquel julio olímpico. Aun no confiamos plenamente en Indurain. Aun nos parece que su postura en la cabra es mejorable (lo es), que su equipo tiene falencias (las tiene), que deja pasar con sangre fría los terrenos tipo clásicas (los deja pasar). Pero Luxemburgo inicia otro universo…
Crono durísima, con desnivel, con un tramo de piedras, con repechos pindios, con su parte de autopista. Sesenta y cinco kilómetros. Tres minutos al segundo, que es gregario díscolo, que tiene mirada perdida, que se llama Armand de las Cuevas. Tres cuarenta a Bugno, que allí fallece como némesis. Otro minuto más a Lemond, que allí fallece como pro. Y Fignón doblado, pese a salir seis minutos antes.
Increíble. Para muchos la mejor crono de siempre. Vista distancia, edición y top ten… puede.
Pero es que tiene otra que reincide, Miguel.
Un bienio más tarde. Y otra vez dudas, siempre estamos a buscar dudas, jamás se confía (solo, igual, en 1996). Que si viene Rominger, que si exhibición en la Vuelta, que si la última semana de 1993, que si pájara en el Valico, que si Tony mejor que Eugeni. Que si, que si… Indurain, hierático, calla. Calla y entrena, calla y sufre. Calla y se ve preparado para otra masacre. Bergerac, como Anquetil. El Tirano de Bergerac, que dirá Echávarri. Otra vez los (casi) sesenta y cinco kilómetros. Dos minutos a Rominger, menos que en Luxemburgo. Pero es que Rominger saca otros dos al tercero. Y tres al quinto. Y cuatro al noveno. Vamos, que de no existir Indurain esta crono hubiera entrado aquí… pero con Rominger. Imaginen magnitud de hostión. Nunca más fue el suizo alternativa de nada.
Nunca más, nadie, osó dudar de Miguel.
El gordo y el flaco
Decían, de Jan Ullrich, que iba a ganar más de cinco Tours de Francia. Resultó, con Jan Ullrich, que ganaba más de cinco kilos en invierno. Por mes. Según cuentan, metía un bote enterito de nocilla (o su equivalente del Piamonte) en el microondas, le daba golpecito de calor y ñam… rollo batido. Ese aire de profesionalidad. Y, aun así, llegaba el Tour y (más o menos) rendía. Arrastra, durante años, aire de ceporro entrañable (hasta que se retire de la bici y empiece a hacer cosas imposibles de justificar… y muy difíciles de olvidar cuando hablas sobre el personaje).
Pero le dio tiempo a dos o tres exhibiciones de crono bien chulas. La de Saint-Éttiene, con Croix du Chabouret (notarán que se repiten nombres), tres minutos a un Virenque chupando rueda de manera inmisericorde, casi igual los otros, que no chuparon rueda de manera inmisericorde. Otra en la Vuelta a España, Ávila, idéntico recorrido a la última crono de Miguel Indurain como profesional. Y eso, que Ulrrich vuelve a salirse, y casi clava otra vez los tres minutos.

Su tercera exhibición es un «y si…» gordísimo. Tour de 2003, el más jodido para Armstrong (el más jodido desde su transformación, el más jodido hasta que vuelve, el más jodido de los que no llegó a ganar nunca). Cap´ Decouverte. Macizo Central, cuarenta y siete kilómetros. Calor, asfalto que se pega, repechones. Pero cuarenta y siete kilómetros. El alemán se exhibe, Armstrong aguanta echando espuma por la boca (literalmente, parecía haber desayunado fairy). Si la crono hubiera tenido esos sesenta kilómetros clásicos…
(Esos que ya no ves ni entre las dos que hay en cada Tour, porque los tiempos son odiosos para el cróner).
De los últimos años, por ir cerrando (todas las cronos tienen un principio y un final) nos sale aquella cosa tan bárbara de Jonas Vingegaard en Comblux. Cruzando kilometraje y diferencias… la mayor marcianada desde Anquetil. Palabras mayores. Minuto y medio sobre Tadej… en media hora de crono. Pero es que Tadej mete otro minuto y medio al siguiente, que es van Aert. Cosa chipiritifláutica, para no creértelo. Una bestialidad.
Y ahora… en fin, que ahora ya no hay cronos monstruosas. Si hasta las Tres Grandes tienen prohibido (prohibido, es de coña) meter una por encima de los sesenta kilómetros. Tampoco hacía falta, la prohibición, porque estamos extinguiendo la disciplina. En 2015, por ejemplo, tuvimos 14 ofensivos kilómetros de contrarreloj. En todo el Tour de Francia. Un bochorno.
Al menos quedan los recuerdos.


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