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Lolo Sainz: “¿Que sonó raro la salida de Laso del Madrid? Clarísimo”

Con un demoledor chasis de 1,87 de estatura aparentemente inmune al tiempo, Manuel Sainz Márquez, Lolo Sainz (Tetuán, Marruecos, 28-8-1940) llega puntualísimo a un hotel de Majadahonda enclavado en un polígono industrial, se pide un café con leche “hirviendo, por favor” y advierte que solamente puede estar hora y media charlando. Al final serán casi dos horas porque cuando enganchas a una leyenda viva del baloncesto español se te hace muy difícil soltarla, sobre todo cuando lo que también conserva a la perfección es la cabeza. A pocas personas se las conoce popularmente en este país por su nombre de forma abreviada. Él es Lolo. Y cuenta muchas cosas del presente y del pasado, algunas de ellas inéditas.

Es su entrevista número un millón, ¿no?

No lo sé. Tampoco me han hecho tantas. A lo mejor tenía fama de ser un poco rarillo para esto. Últimamente quizás ha habido más. Le advierto que si no sale bien será culpa mía, no suya…

Tiene fama de llevarse bien con la prensa, aunque a veces se ha sentido perseguido…

Alguna vez sí, pero es que cuando eres más joven en ocasiones ves fantasmas donde no los hay. Me tocó vivir momentos complicados como entrenador. Tuve que sustituir a Pedro Ferrándiz, que tenía hecha una red de periodistas con los que se llevaba muy bien y alguno de ellos dudó de mi capacidad para poder llevar al Real Madrid adelante. De Pedro seguro que no venía la zancadilla porque fue él quien me eligió para sustituirle.

¿Alguna vez se la han liado, le han puesto un titular que no ha dicho o algo así?

Sí, pero de verdad que ni me acuerdo. Uno intenta hacerlo lo mejor posible, pero no soy perfecto.

¿Qué hace un día normal? ¿Se pone a ver obras, como los jubilados?

No, no. Pues… me dedico mucho más a la familia que cuando entrenaba. Desde que no estoy directamente en el baloncesto he hablado para muchas empresas sobre motivación, trabajo en equipo, liderazgo. Me lo pasaba en grande. Llegué a la conclusión de que el deporte puede enseñar mucho a la gente de la empresa, pero la gente de la empresa puede encarrilar el camino de muchos entrenadores. Aprendí mucho. Hasta hace poco he hecho charlas de estas. Ahora ya salen muchas menos. Es lógico.

¿Le gusta todavía viajar o le agota?

Es que cuando los deportistas no conocen los sitios cuando viajan a ellos para competir, aunque yo siempre he tenido muchas inquietudes e intentaba dar un paseíto, ver cosas… Hoy en día es diferente. Cuando nosotros viajábamos a Moscú, ahora que está de moda, tardábamos tres días para ir y tres para volver porque había que hacer varias escalas. Ahora vas en un chárter, terminas el partido y vuelves.

¿Alguna vez se trajo caviar de tapadillo?

Me traje, pero comprado legalmente.

Tiene ocho nietos… ¿Alguno ha tirado para el baloncesto finalmente? Uno estaba en Estados Unidos…

Ahora ya tengo dos allí jugando y estudiando. Al nieto, que se llama Óscar, se le ha unido una nieta, Daniela, que es su hermana. El niño tenía condiciones. No para ser una estrella de la NBA, porque no me voy a marcar faroles de abuelo, pero lo hacía bien. Consiguió una beca y fue milagroso para él porque en los estudios iba regular. Allí pegó un cambio espectacular y está jugando y estudiando en una universidad pequeña especializada en ingeniería. Ahora las becas que consigue son por temas académicos. Y la hermana se acaba de ir allí al mismo high school en el que él empezó.

Háblenos de su infancia. ¿Tiene recuerdos de Tetuán?

Soy tetuaní, soy marroquí [risas], pero no recuerdo casi nada. Mis padres eran sevillanos y éramos cinco hermanos. Mi padre trabajaba en el Banco Español de Crédito, en Banesto, desde abajo. Llegó a ser un director general y una de las misiones que le encomendaron, en 1932, fue desplazarle a Tetuán para abrir una sucursal allí. Mi hermana mayor también nació allí, cosa que me enteré hace poco, por cierto. Cuando era muy niño trasladaron a mi padre a Canarias a hacer lo mismo que en Tetuán y luego ya a punto de cumplir yo los siete años vinimos a Madrid. Tengo cien por cien de sangre sevillana, pero soy madrileño. Eso sí, a mi Sevilla que no me la toquen.

¿Es verdad que era portero de fútbol y que su padre quería que fuese torero?

Un día le dijo a mi madre: “Teresa, el niño tiene que ser torero”. Mi madre empezó a llorar, claro. Yo dije que cómo iba a ser torero, si mido 1,87. Al entrar a matar le hubiese cortado el rabo al toro.

Asegura que hoy en día ve muchos encuentros por televisión…

Los veo todos. Incluso varios al mismo tiempo si coinciden. Es que soy un apasionado del baloncesto. Le debo mucho. Me fascinó porque tiene una atracción impresionante y un misterio que te hace llevar a cotas impresionantes. El baloncesto me ha servido para todo. Hasta para conocer a mi mujer, Marita.

¿Y eso?

Cuando yo era jugador todavía, a Pedro Ferrándiz le llamó un cura de un pueblo de la Costa Brava que se llama Llançà (Girona) y le pidió que enviase a alguien para entrenar a los chicos de allí. Me lo sugirió a mí diciéndome que si quería estar quince días de vacaciones. Al final estuve dos meses. Ella iba con unas amigas por la calle y nos presentaron. Yo le terminé soltando: “siento decirte una cosa: te vas a casar conmigo”. Y cumplí mi palabra. Era y sigue siendo preciosa.

¿Y partidos antiguos suyos? ¿Se los pone alguna vez?

No demasiado, aunque de vez en cuando alguien, con muy buena intención, me manda algún vídeo con momentos puntuales. Cuando me veo como jugador pienso que qué malo era. Tengo muchas cintas, pero me da mucha pereza verlas porque están en Betamax.

Muchas victorias y muchas derrotas, como la de los famosos tres tiros libres fallados por Luis María Prada ante Varese en la Copa de Europa 78-79…

Fue un momento muy difícil para el chico. Tuvo muy mala suerte. No había derecho a que le pasase eso. Aparte de ser un jugador de mucha proyección era un tío estupendo. Lo sentí mucho. Lo primero que hice fue defenderle. Ya sé que no es lo mismo, pero el año siguiente ganamos una Copa Intercontinental gracias a sus tiros libres.

¿Cómo era usted con los árbitros?

Presionaba, pero siempre con educación. Kostas Rigas, que fue director de arbitraje de la Euroliga tras ser árbitro, me dijo un día que echaban de menos a gente como yo en los banquillos. Yo creo que se protesta mucho hoy en día. No digo que los árbitros no se equivoquen, pero… ¿los entrenadores y los jugadores no tienen fallos? Además, con los medios que hay hoy, si yo fuera un jugador protestón me escondería de la vergüenza porque en un 90% o 95% el árbitro acierta.

¿Alguna vez ha buscado que le señalen una técnica para cambiar el signo del arbitraje?

Sí. Y se sigue haciendo. Los árbitros son humanos y pueden verse presionados después de pitarle la técnica a un entrenador.

¿Le gusta la NBA? Está de moda decir que no se juega a nada hasta los playoffs…

Veo poca. La veo cuando se están jugando algo, a partir del mes de marzo. Soy de la generación anterior a que se empezase a ver masivamente la NBA. Era más de baloncesto universitario, de entrenadores como Dean Smith, John Wooden, Lou Carnesecca, que era mi padre en Estados Unidos. Una vez le pedí consejo y me dijo: “cuando fiches a un tío, tu último pensamiento siempre será que te has equivocado”. Y es verdad porque tienes una idea, pero no conoces en profundidad al jugador. Y alguna vez me he equivocado.

¿Como con Larry Spriggs en la temporada 86-87?

Es que yo no le fiché. Fue un fichaje muy de club y más bien político. El Madrid necesitaba a un jugador que bajase del avión y enseñase un pedazo de anillo de campeón de la NBA. Su historial en la universidad era magnífico, era una bestia. En la NBA no tuvo tanta suerte. Su gran progresión allí fue que se le veía en el banquillo de los Lakers agitando la toalla. Aquí no se adaptó muy bien. Era un jugador un poco problemático en el sentido de que le gustaba mucho… la vida. Tuvimos otros americanos que nadie conocía, que eran baratísimos y nadie daba un duro por ellos y dieron un resultado excepcional.

¿Por ejemplo?

Linton Townes. Uno de los mejores fichajes que hicimos. Nadie sabía quién era. Era comprometido, gran compañero… Ganamos con él Liga y Copa.

Lo de tanto triple y tanto pick and roll no le termina de cuadrar…

Espere, que retomo lo de la NBA. Yo utilicé algún pensamiento de ellos en su momento, como cuando Juanito Corbalán se lesionó y me quedé sin bases. Entonces tuve que adaptar el juego del equipo a determinados movimientos que había visto allí. Nos sirvió para ganar la Liga. Pero lo cierto es que me gusta más el desarrollo del juego más de conjunto, con la conexión entre el interior y el exterior. Hoy en día los pívots se aburren porque no reciben un balón dentro cuando el juego interior es fundamental para que el exterior sea bueno. Pero bueno, respeto todo. En efecto, no concibo el juego ofensivo de un equipo solo con pick and roll, que es lo que priva ahora. Me gusta iniciarlo desde la defensa y el contraataque, no buscando únicamente lo que la gente piensa, que es una bandeja, sino aprovechando las muchas ventajas que se generan porque el equipo que tiene que bajar a defender va un poco desorganizado.

¿Hincha del Real Madrid o cuando se ha sido profesional se ve todo con cierta distancia?

37 años en el Madrid dan para mucho. Soy bastante madridista, claro, y me gusta que el Madrid gane, pero tampoco soy un forofo. También he estado en el Joventut y me encanta que el Joventut gane. Mi único problema es cuando juegan los dos equipos. ¿Entonces qué hago? No lo veo. ¡Es broma, eh! Le contaré un secreto: suelo ver los partidos solo porque mi mujer se va. Dice que soy insoportable. Pero no porque sea forofo, sino porque los vivo muy intensamente. Muchas veces critico a los jugadores, a los entrenadores, y no solo cuando juega el Madrid. “¿Pero este tío qué hace? ¿Por qué no pide un tiempo muerto si le han metido ocho puntos seguidos?”

Pedro Ferrándiz, Lolo Sainz… y Pablo Laso. Se le ha unido un tercer miembro al ‘olimpo’ de los entrenadores madridistas…

Le doy la bienvenida. Es un chico que cuando llega al Madrid el 80% de la gente se pregunta a quién ha entrenado, que dónde va. Sinceramente, yo también tuve mis dudas, que vi disipadas en el momento en el que vi cómo jugaba el equipo. Es un tío muy listo y supo comprender que el Madrid siempre había tenido un esquema de juego, una manera de comportarse para conectar equipo y público, que se divertía mucho. Él volvió a esa filosofía que teníamos antaño primero Ferrándiz y luego yo, jugando alegre, rápido… Ficharle fue acertadísimo en todos los conceptos.

¿Se va a mojar sobre lo que le pareció su salida del club?

Me gustaría hacerlo, pero no puedo porque no la conozco bien. Lo primero es que me dio un susto de muerte cuando le pasó lo que le pasó [un infarto en plenos playoffs de la Liga Endesa]. Pude hablar con su mujer y sus allegados porque me preocupó mucho. Pareció que había pasado, pero de repente le dan la baja. ¿Que si había problemas entre él y alguno de la directiva? Es posible. No lo conozco. Al principio me molestó mucho todo lo que estaba pasando, pero ¿quién tiene la razón? No lo sé. No lo entiendo. Intenté hablar con Pablo, pero no me cogió el teléfono. Le puse un WhatsApp, no me respondió y un día me lo encontré en el Carrefour de aquí al lado con su mujer. Me dijo: “¿no te he contestado? Soy un desastre”. Siempre hemos tenido muy buena relación y le he apoyado. No quiero decir que el Real Madrid se comportó mal porque no lo sé. Si lo pensase, lo diría sin problema. ¿Que sonó raro? Está clarísimo.

¿Es un marrón o una gran oportunidad para Chus Mateo?

Coger un equipo que está en un ciclo victorioso es muy difícil. A Chus le conozco muy bien. Ha sido mucho tiempo segundo entrenador, interviniendo mucho en lo que ha hecho Pablo Laso, que le escuchaba. Me gustaría que triunfara y confío en que lo haga. Es un marrón para él y también una gran ocasión. Yo me pregunto qué hubiera sido de mi vida si no le hubiese dicho que sí a Ferrándiz cuando me propuso entrenar al Madrid. Ni me lo pensé.

A lo mejor no tendría un casoplón en Pozuelo…

Eh, es una casita, un chalecito. Y me la compré hace 52 años. Cuando traje a mi mujer a verlo me dijo que no quería vivir en mitad del campo. Ahora está donde está y sigo viviendo allí.

A usted le fichó Florentino Pérez… como director de la sección. ¿Cómo es en las distancias cortas? ¿Un ser superior?

Es muy poderoso. Lo que tiene es que es un magnífico gestor en todos los sentidos. Tiene una empresa enorme. Es un hombre duro, difícil. Me fichó como director técnico. Lo pasé mal. Cada mes había que ir a verle y siempre empezaba quejándose de que costábamos mucho dinero. Me dijo que teníamos que buscar un sponsor y yo le respondí que ya teníamos uno magnífico: el equipo de fútbol. Se le escapó la sonrisa. Nos tenía muy atados. Ahora ya no es así y es un valedor de la sección. De todos modos, todos los presidentes anteriores decían que había que quitar el baloncesto, que con ese dinero se podía fichar a tal o cual futbolista, pero nadie dio el paso, nadie se atrevió, porque ha escrito y sigue escribiendo una historia increíble en el club.

Pero pocos saben que nada más llegar al cargo, en 2000 o 2001, estuvo a punto de fichar a Juan Carlos Navarro…

Pedí permiso para intentarlo. Mis noticias eran que no se encontraba a gusto en el Barça por no sé qué, el entrenador… Pero su cláusula de salida era un pastón. Me hubiese encantado traerle, como en su momento a Epi. Que no se entere nadie, pero en alguna canasta de Epi, yo casi que aplaudía. Había que descubrirse ante él.

También conoció de cerca a Ramón Mendoza…

Era un tío muy peculiar, muy divertido. Empezabas a hablar con él, pero enseguida empezaba a contarte no sé qué fiesta que había montado y tenías que decirle: “presidente, vamos al tema”. Gracias a él tuvimos a Drazen Petrovic. Un día me dijo que qué teníamos que hacer para llevar a gente al Palacio de los Deportes, le respondí que ficharle… y lo fichó.

Es Mendoza el que le acaba mandando a ser mánager general en la temporada 89-90tras fichar a George Karl de entrenador…

Él tenía sus asesores y yo llevaba mucho tiempo en ese banquillo. No lo habíamos hecho mal durante la temporada, ganando la Copa del Rey y la Recopa y llegando al quinto partido en el Palau ante el Barça en la final de Liga con muchas lesiones.

Aquel día de Juan José Neyro…

No, no. Es cierto que acabamos con cuatro jugadores, pero no perdimos por él. Me enfadé mucho aquel día, pero luego pedí perdón públicamente. Perdimos y ya está. No hay que darle más vueltas.

¿Pero se fue o le sustituyeron?

Mendoza tenía sus asesores y yo llevaba mucho tiempo de entrenador. Yo me olía algo. Los directivos me mandaban mensajes subliminales sobre que si los entrenadores americanos para arriba y para abajo… Total… que antes de que me dijesen “Lolo, hasta luego”, fui yo el que el que fui a hablar con Mendoza. Me pidió que me quedase de entrenador, pero le dije que había llegado mi momento. Me ofreció seguir para ayudar al que viniese. Pensaron que tenía que ser americano porque argumentaron que si traían a un español, con mi historial, se iba a ver machacado.

No recuerda con mucho cariño ese papel, ¿verdad?

Trajimos a George Karl, ayudados por Miguel Ángel Paniagua. Tenía un problema que yo intentaba quitárselo de la cabeza. Siempre estaba diciendo “es que en la NBA…” y yo: “esto no es la NBA”. Y él: “mi principal enemigo son los árbitros”. En su primer partido le descalificaron. Le costó mucho trabajo entender. Ya empezaban entonces las rotaciones. Traía una tablita ya con los cambios que iba a hacer, en cada minuto. Le decíamos que eso se podía hacer en Estados Unidos, pero que en España no podía ser igual. Era muy cerrado y fue su pecado. Por eso no triunfó, porque lo que era entrenar, entrenaba fenomenal.

Pero Karl no tuvo demasiada suerte. Nada más llegar él se marchó Drazen Petrovic a la NBA y a los pocos meses Fernando Martín se mató en accidente de tráfico.

Sí. Casi lo mejor que hice fue ir a buscar a Drazen a Zagreb a pesar de que ya estaba convencido de que se marcharía a la NBA para que viniese a dar la cara. Ya estaba todo arreglado para que se fuese a Portland. ¿Cómo le dices que no se vaya? Es lo mismo que ocurrió años atrás con Fernando Martín.

¿Se equivocó Martín al irse? Jugó muy poco el único año que estuvo en los Blazers…

No. Era un hombre que quería comerse el mundo. Tenía esa manera de ser. Quería ser el mejor. Por eso fichó también por el Madrid. El que se equivocó rotundamente fue el entrenador que tuvo en Portland [Mike Schuler]. “Es que es muy pequeño para jugar por dentro”. Las narices es muy pequeño. Nada más que había que ver sus duelos con Audie Norris.

…al cual también pudo fichar.

Es que estaba todo cerrado antes de que él fuese al Barça. Vino a Madrid, nos lo llevamos a comer. Yo alucinaba porque se pidió una paella y se bebió tres litros de agua con gas. Pensé que iba a pegar un zambombazo. Era caro, pero aceptable. Yo dije para adelante, que a ver quién nos paraba con Fernando Martín y él dentro de una cancha por mucho que tuviese un problemilla de rodilla. Presenté la operación en el club. No voy a decir el nombre, pero siempre sale uno que se cree que sabe más que nadie y dijo que le hiciésemos una contraoferta. Yo lo advertí: “como hagamos una contraoferta no lo tenemos”. Me lavé las manos como Pilatos. Le hicimos la contraoferta… y se fue al Barça.

¿Qué hay del Lolo jugador que no suela contar cuando le preguntan? Suele responder que primero fue un anotador y luego un base creador que se retiró pronto…

En el Hesperia, que era el filial del Madrid, fui el segundo máximo encestador de la Liga detrás de ‘Nene’ González-Adrio, que sería luego durante mucho tiempo médico del Barça. Estábamos siempre picados a ver quién metía más, pero nos llevábamos fenomenal. Yo era un chupón, pero cuando di el salto al primer equipo, Pedro Ferrándiz, que siempre se adelantaba a todo lo que iba a pasar, me puso de base porque, según él, tenía mucha visión de juego. Se acabó meter 30 puntos por partido. El base organizaba el juego, pero aglutinaba menos balón que hoy en día. Me fue gustando cada vez más porque era como ser un entrenador en la pista. Mi pasión desde que tenía 20 años ya era entrenar.

¿Qué le pasó exactamente en los pulmones para precipitar su salida de las pistas con 27 años?

Una infección que posiblemente cogí en Angola, donde fuimos a hacer unos bolos con el Madrid. A los dos meses ya estaba limpio total. También me rompí un dedo en Lourenço Marques [actualmente Maputo, capital de Mozambique]. Pensé que tenía ya en mi puesto a Vicente Ramos y a Carmelo Cabrera. Se lo planteé a Pedro y decidimos que entrenase a los pequeños.

Llegó a ser internacional, pero no fue a los Juegos Olímpicos de Roma en 1960 por una historia increíble. Cuéntela, por favor…

Estábamos concentrados en Barcelona los doce convocados e hicieron un reconocimiento médico. A mí me salió que tenía una enfermedad gravísima en los pulmones y poco menos que me dijeron que me quedaban tres o cuatro meses de vida. Aquello fue un disgusto enorme. Cuando volví a Madrid, me llevaron mis padres al mejor médico que había de esta especialidad, a un hospital que había en la sierra. Los resultados de las pruebas indicaron que yo no tenía absolutamente nada, que a no ser que fuese un milagro… Resulta que se habían confundido de radiografías. La mía se la dieron a uno que supongo que estaba a punto de palmar y que cuando la vio debió dar saltos de alegría.

Diga la verdad. ¿Fumaba?

No, pero… ¿quién no ha fumado en la España del 50 y tantos? Cigarrillos, eh. Alguno de vez en cuando. Mi pasión enorme era el billar. Yo era un jugador excepcional. Me jugaba el dinero en los billares del barrio donde iba. Era el vicio que tenía, pero de ello me sacó el baloncesto.

Winston y Marlboro seguro que le pagaron buen dinerito por llevar su logotipo en sus jerseys de los años 80. Hoy en día es inimaginable…

En aquella época se podía hacer. Epi también lo hacía. No era demasiado exagerado. Fueron tres o cuatro años, pero tampoco era mucho dinero. Lo suficiente para hacer algún regalito a mi mujer. Era curioso porque el tío con el que iba a negociar el contrato cada año lo primero que hacía cuando yo entraba en su despacho era encenderse un puro. Yo le preguntaba: “¿por qué no te fumas un Winston?” Y él: “prefiero un puro”.

¿Quién era más listo, Pedro Ferrándiz o Raimundo Saporta?

Esa pregunta es muy difícil. Cada uno en su parcela era lo máximo. Saporta ante todo era un apasionado del baloncesto. Venía del Liceo Francés, donde había mucha afición. Él no tenía dotes para jugar, pero sí para ser un magnífico directivo. Cuando entró en el Real Madrid vio que la sección merecía algo más, que estuviese a la altura del propio club. Y fichó a Ferrándiz, que era muy inteligente también. Decía que jugaba muy bien, pero yo lo dudo. Era un estudioso, muy adelantado a su tiempo. Antes de dar un curso de técnica individual se ponía delante de un espejo para ensayar los movimientos que iba a enseñar.

¿Tuvo mucho trato con Santiago Bernabéu o dedicaba todas sus energías al fútbol?

Contaré una anécdota. Ganamos un título y nos recibió Franco con Bernabéu al frente. Llegamos a El Pardo y todo el mundo callado porque el que tenía que hablar era su excelencia. Empieza a hablar y Bernabéu le interrumpe diciéndole que si nosotros… Los de protocolo no sabían qué hacer y Franco dice: “tranquilos, al único al que dejo en España que me quite la voz es a Santiago”.

Se hizo cargo del equipo en la temporada 75-76. ¿Cuál de sus numerosos títulos recuerda con más cariño?

No puedo responder. La filosofía de Saporta entonces era que lo importante era ser el campeón de Liga porque era ganar a los de casa y garantizarse jugar la Copa de Europa, en la que podías tener más o menos suerte según los rivales que te iban tocando. Los rusos, el CSKA, eran los más difíciles en ese momento.

Vivió la transición del baloncesto español de deporte menos popular, incluso por debajo de otros como el ciclismo o el boxeo, a ser una gran industria. ¿Cuál cree que fue la clave?

Todo se juntó: que los clubs como el nuestro despuntasen en Europa, la selección, la creación de la ACB… Siempre me dicen que si tuve la mala suerte de que el Barcelona empezase a ser realmente competitivo en los 80. Y yo respondo que mala suerte ninguna. Era lo que le faltaba el baloncesto en España: los dos grandes clubs disputándose los títulos.

Antonio Díaz-Miguel es reconocido como gran motor con su liderazgo en la selección, pero ¿no le sobraron los últimos años en el cargo?

Hizo mucho bien al baloncesto español transmitiendo también los conocimientos que había adquirido en Estados Unidos. Puedes ser una gran estrella en el deporte, pero cuando va pasando el tiempo te vas apagando. La gente no se acuerda y tienes que asumirlo.

Siempre asegura que no le molesta el sambenito de entrenador más motivador que táctico. ¿De verdad que es así?

Totalmente. Es una de las partes del entrenador: motivar a la gente. Si eres muy bueno técnica y tácticamente y no haces eso, estás perdido. Mi papel de dirigir a grupos me ha gustado mucho siempre. Los jugadores lo han agradecido mucho.

Mucha gente siente fascinación por Mirza Delibasic. ¿Qué tenía tan distinto?

Yo también tenía debilidad por él. Le llamaba “El maestro” porque siempre te enseñaba algo. Lástima no haberle podido traer antes. Tenía sus defectos, pero era un genio, con una cabeza amueblada para jugar a esto. Uno de los tíos más inteligentes que he conocido en el baloncesto.

¿Lo más difícil que vivió en el Madrid fue echar a Iturriaga?

En general, prescindir de jugadores fue la parte más dura de ser entrenador del Real Madrid, no las derrotas, aunque me jodía perder que no te puedes imaginar. ¿Cómo puedes afrontar decirle a un tío como Cristóbal Rodríguez que se que tiene que marchar porque debía elegir entre su carrera de Medicina y el baloncesto? Supongo que se enfadó conmigo, pero sigue siendo muy amigo mío. Ocurrió con Carmelo Cabrera también, pero venían por detrás otros como Corbalán. ¿Iturriaga? Costó mucho trabajo. Le traje con 15 años. El niño de Bilbao. Era un chaval extraordinario. Hoy día eso no pasa. El entrenador está exento de eso y le toca al director deportivo.

Su último título en el Madrid fue la Recopa del 89 contra el Snaidero Caserta. ¿Tan tensa fue la celebración porque Fernando Martín estimaba que Petrovic (62 puntos) había acaparado demasiado protagonismo?

No fue para tanto. Hubo un momento difícil, sí. El enfrentamiento entre ambos se produjo. Dentro del avión Mendoza levantó la copa de champán para brindar y dijo: “Petrovic, ven aquí” y el otro [Fernando] se quedó sentado. Eso se agrandó. Lo que pasó con Drazen en aquel partido fue culpa mía. Le dije: “te hemos traído para que ganes el partido, no para que te conviertas en el mejor pasador”. Él dijo “vale, dame el balón”. Sinceramente, luego hizo mucho para que la cosa fuese a mejor. Le dije que solamente lo podía arreglar él. Habló con Fernando, que se fue calmando, pero no del todo.

Ya lo ha apuntado antes, pero… ¿se hizo un poco del Joventut durante su etapa allí, no? Dos ligas consecutivas, algo que no se había producido antes ni ha vuelto a pasar después…

Badalona era totalmente distinto. Lo pasé genial. Iba paseando por la calle y la gente salía de las tiendas para decirme “tienes que poner a este” o “tienes que poner al otro”. En el Madrid pedía hablar con Mendoza y me tenían una hora sentado esperando fuera del despacho. Y mientras pasaba Michel y se colaba. En el Joventut estaban encima de mí. Era un equipo de baloncesto. Cuando me tocó irme del Madrid me entró un desasosiego, me pregunté si el baloncesto se había acabado para mí. Me llamó el presidente Francesc Cairó e intervino el agente Miguel Ángel Paniagua, como había pasado para que viniese George Karl al Madrid. La gestión fue maravillosa. El Joventut tenía muy buenos jugadores, pero no se lo creía. Ni se lo creía Villacampa, ni se lo creían los Jofresa… Bueno, se lo creían, pero a medias. Cuando llegué me querían quitar la presión y me dijeron “si eres sexto, eres sexto”. Y yo: “¿pero qué dices? Yo he venido a ganar”. Tuve que motivar yo a los directivos primero y luego a los jugadores.

Pero el triple de Sasha Djordjevic en Estambul…

Fue muy difícil. El equipo estaba jugando como los ángeles y teníamos esa Copa de Europa ganada. Pecamos de inexperiencia. Debimos haber parado la jugada haciendo falta porque, aunque nos metiesen los dos tiros libres, nos asegurábamos la prórroga ante un Partizan que tenía a medio equipo eliminado. Yo gritaba desde la banda que hiciésemos falta, pero no me escucharon. También nos sirvió para aprender que no éramos dioses y que seguíamos trabajando y luchando. Fuimos campeones de Liga. Dos años después, el Joventut ganó la Copa de Europa con los mismos jugadores y triple de Corny Thompson al final. Lo que es el baloncesto.

Luego, la selección, con más sinsabores que alegrías parece. La eliminación ante Alemania en el último segundo en 1993, el fracaso ante China en el Mundial de 1994, caer en casa en el Eurobasket de 1997… Con el tiempo, es claro que le tocó una transición difícil entre la generación de Epi y Fernando Martín y la de los juniors de oro…

Para mí fue un orgullo ser el entrenador del primer equipo de España, que es la selección. Recibí el apoyo de mucha gente, incluso de Díaz-Miguel, que me llamó personalmente. Pero sustituir a las leyendas de Los Angeles-84 era muy difícil. Hicimos muchas pruebas, concentraciones de jugadores para encontrar jugadores que fuesen competitivos. Siempre recordaré con cariño el Mundial de Grecia en 1998. Acabamos quintos, perdiendo contra los griegos en cuartos de final. Llegamos a ir ganando por 16 puntos, pero era imposible lograr la victoria allí.

Al menos le queda la plata de 1999 en el Eurobasket con una plantilla bastante modesta…

Empezamos fatal, pero nos levantamos. El equipo se parecía al que tenemos ahora, con ese carácter… Hay quien dice que aquel año se pusieron las piedras para que la selección juegue como juega hoy día, con ese entusiasmo.

¿Le cansa la pregunta de por qué llevó a Johnny Rogers con 36 años y no a Pau Gasol a los Juegos de Sydney-2000? Para defenderse, si le vale el dato, Pau había promediado 4,2 puntos y 2,6 rebotes en el Barcelona aquella temporada…

Él mismo me dice que me equivoqué [risas]. Más que por Johnny Rogers, opté por Jorge Garbajosa, que sí que dice que acerté. Llevé a Navarro y a Raúl López, que son de la misma generación de Pau y eran los que más estaban jugando. Y hubo prensa que me dio duro por hacerlo.

España 84, China 64. 26 de septiembre de 2000, partido para el noveno puesto de los Juegos de Sydney. ¿En ese momento pensó que no volvería sentarse en un banquillo?

Sí. ¿Por qué no me fui tras la plata del año anterior en el Eurobasket? Había conseguido una medalla y puesto unas bases para que la selección funcionase. Pero siempre tenemos un problema: el ego. Yo no era olímpico, ni como jugador ni como entrenador. La Federación Española me animó a seguir. Pero se suele olvidar que antes de ir a Sydney tuvimos que cambiar todo el sistema de preparación: nos invitaron a petición de Estados Unidos a inaugurar en un torneo contra ellos y Japón el pabellón de Saitama en el que España acabaría siendo campeona del mundo en 2006. Aceptamos y nos rompió la preparación. Los jugadores llegaron reventados a Sydney, tirados por el suelo con el cambio de hora y demás.

¿Envidia aunque fuese sanamente a Javier Imbroda, Moncho López, Pepu Hernández, Aíto, Juan Orenga y sobre todo Sergio Scariolo? Casi todos sus sucesores han logrado éxitos con la selección.

Pero es que sí que soy un forofo de la selección española. Me alegro muchísimo por Scariolo. Me encantó cuando dijo que cuando se pone la camiseta de España se olvida de que es italiano. Está casado con una española, vive en Málaga… Lo está haciendo fenomenal.

3 Comentarios

  1. Qué grande, Lolo. Qué buena entrevista y qué felicidad de sección.

    Gracias.

  2. Pingback: Rafa Vecina: "No he visto a ningún jugador como Sabonis, le tengo mucho aprecio a Pau y tal, pero es que Sabonis era la releche" - Jot Down Sport

  3. Me encantaría haber vivido aquella época. Lolo tiene un carisma infinito.
    Gran entrevista, lo peor el titular pero el resto es maravilloso

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