Futbolista, director deportivo y responsable de la cantera, Miguel Ángel Ruiz (Toledo, 1955) es un emblema del Atlético de Madrid. Sin embargo, la carrera del que fuera pilar defensivo rojiblanco trasciende al club madrileño. Profesor en cursos de formación, exjugador de Málaga y Albacete, y responsable de la secretaría técnica de Tenerife y Valencia, el toledano trabajó bajo las órdenes de técnicos legendarios como Luis Aragonés o Benito Floro.
Nos encontramos con él en el emblemático parque de la Bombilla, a tres kilómetros del lugar donde latía el alma del Vicente Calderón, su hogar durante tantos años, en el que fue ídolo e incluso posó con un Oscar de Hollywood. Lo hacemos para repasar una extensa trayectoria: desde sus inicios, cuando eligió el fútbol por encima del baloncesto, hasta su último desafío en la Academia rojiblanca, pasando por momentos de gloria como el doblete de 1996 y el doloroso descenso a Segunda División que vivió desde los despachos.
Háblame de tu padre.
Era muy futbolero e incluso llegó a ser futbolista en el Toledo, aunque no profesional. Te estoy hablando de antes y después de la guerra. Él ya falleció y a mí me tuvo siendo mayor, motivo por el que no le vi jugar en su plenitud, sino únicamente con los veteranos.
Tú sigues sus pasos y comienzas a jugar al fútbol en Toledo.
Iba al colegio de los Maristas y tuve la suerte de que se hacía mucho deporte. Allí no jugaba al fútbol, sino que formaba parte del equipo de atletismo, también del de balonmano, donde era portero, y del de minibasket. Tendría once o doce años, y mi contacto con el fútbol era porque jugaba en una liga de Toledo con equipos formados allí. Fue así hasta que, con catorce años, me fichó el Toledo, momento en que ya empecé a entrenar con un poco más de seriedad, yendo prácticamente todos los días, pese a que tenía que seguir en el colegio. Ese fue mi inicio.
Con el paso de los años me he dado cuenta de lo importante que ha sido en mi formación la posibilidad de practicar otros deportes desde pequeño, dado que te aportan mucho en distintos aspectos, tanto físicos como mentales, por ejemplo, la valentía ante la posibilidad de recibir un balonazo como portero de balonmano.
Además, los habitantes de Toledo ya son atletas, puesto que la ciudad es una cuesta continua con subidas y bajadas. Cuando era un crío, aunque mi casa estaba relativamente cerca de los Maristas, había dos o tres cuestas que eran tremendas. Además, durante mi etapa como jugador del Toledo tuve la suerte de que el entrenador fuera Gaitán, un atleta mítico que pertenecía a la selección, hacía largas distancias y también era profesor.
Él me enseñó cosas muy importantes, como saber cansarte, qué hay que hacer cuando te fatigas o el sacrificio. Cada vez que pienso en él me viene una frase que, aunque no era suya, siempre me lo trae a la mente: «una medalla olímpica no se compra, se fabrica». Todo es trabajo.
El Atlético de Madrid.
Tenía dieciséis años y, entonces los dos mejores equipos de Castilla-La Mancha jugaban contra los mejores de aquí, que siempre eran Real Madrid y Atlético, para ver quién era el que luego se iba a enfrentar a los del norte. En uno de esos partidos nos tocó contra el Atlético de Madrid, donde me vieron jugar y me invitaron a estar una semana en Madrid entrenando con ellos. Fue la primera vez que pisé el Vicente Calderón.
Casualmente, el juvenil siempre entrenaba en Cotorruelo, pero estaban preparando un partido contra el Athletic Club, que jugaba en Lezama en césped natural, y lo estuvieron haciendo en el Vicente Calderón para ir acostumbrándose a la superficie. Fíjate lo que fue para mí, acostumbrado a jugar en Toledo sobre tierra, pisar eso y oler el césped recién cortado. Fue una explosión, un cambio espectacular.
Pasé esa prueba que duró unos días y ya me ficharon para empezar el siguiente año con el juvenil A, de último año. ¿Qué pasó? Que comencé el curso siguiente, en el que ya hacía COU, y mi padre me lo dejó muy claro: «No te confundas, lo primero no es el fútbol, sino estudiar». Por eso, llegó un momento en el que ya no podía ir a entrenar, pues, aunque lo hacíamos por la tarde, tenía que estar en clase todas las mañanas y después desplazarme de Toledo a Madrid.
Mi padre no tenía coche, tenía que coger todos los días un autobús que me dejaba en Plaza Elíptica y de ahí a Cotorruelo. Por ese motivo, el Atlético de Madrid me cedió. Fue una historia curiosa, ya que esa temporada en que me marché cedido, llegué a debutar con el juvenil del Atlético de Madrid, en un partido ante el Real Madrid, como delantero centro titular.
En Toledo no actuaba como defensa, sino como centrocampista con muchísima llegada: tenía un potencial físico muy notable, era un futbolista de ida y vuelta, con buen remate de cabeza, y en ese partido el entrenador me puso de delantero centro y marqué un gol. Sin embargo, para el siguiente partido, el curso estaba a punto de empezar, ya no pude seguir y me cedieron al Mocejón, el equipo de un pueblo al lado de Toledo que no estaba ni en Tercera División.
Allí fue donde cumplí los dieciocho y jugué con gente de más de treinta años. Una vez terminé COU, mi objetivo era hacer INEF, dado que me gustaba mucho la educación física. Hice las pruebas físicas de acceso, las pasé sobrado e incluso me llegaron a preguntar si era atleta profesional. Sin embargo, la noche antes de realizar el resto de pruebas, me llamó mi primo Miguel a Madrid para decirme que mi madre –que llevaba mucho tiempo enferma de cáncer– había fallecido.
Evidentemente, cogí la maleta, volví a casa sin terminar las pruebas y acabé matriculándome en Empresariales. No era la Universidad como hay ahora en Toledo, sino un centro universitario en el que podías hacer los tres primeros años de carrera. A partir de ahí, como tenía clase por la mañana, podía ir a entrenar por la tarde con el amateur del Atlético de Madrid, donde comencé a alternar la posición de central con la de centrocampista.
¿Crees que el haber jugado en esas posiciones de ataque en tus orígenes te ayudó a tener otra concepción del juego y marcar muchos goles pese a ser defensa? Ahí están tus cifras con Arteche…
Con todo el tema de las estadísticas, hace no mucho me enteré que Arteche y yo somos la pareja de defensas de toda la historia del club con más número de goles. E individualmente, Arteche tiene un gol más. Pero volviendo a tu pregunta: sí. Es el conocimiento del juego, lo más importante para un futbolista: conocer el juego y saber qué necesita cada puesto. Por eso, cuando estaba como director de la Academia y venían los padres para decirme «mi hijo está jugando de lateral, pero no lo es», les explicaba mi historia.
Les contaba que durante mi carrera profesional en el primer equipo llegué a jugar como lateral derecho, de defensa central o de centrocampista defensivo. Cuando estuve en el Málaga tuve durante unos meses a un entrenador que siempre me insistía: «Miguel Ángel, tú tienes que ser centrocampista con llegada». Puedo decir que he jugado prácticamente en todas las posiciones.
Cuando hablo de estos temas siempre me viene a la cabeza Luis Aragonés, que era un adelantado a su tiempo. Siempre repetía: «¿Qué cómo jugamos? ¿1-4-3-3?, ¿1-4-4-2? Esos son números de teléfono». El sistema no existe, lo que existen son los movimientos que hacen los futbolistas tanto a nivel individual como colectivo. Si ves un equipo que está jugando un 1-4-3-3, dependiendo del movimiento que haga el que actúa como centrocampista por la izquierda o la derecha, ya puede ser un 1-4-4-2…
Baloncesto, atletismo, minibasket… ¿por qué te decantaste por el fútbol?
Tuve que elegir cuando estaba en el Atlético Madrileño y estudiaba tercer año de carrera. Nos entrenaba Máximo Hernández, un técnico mítico, un fenómeno y de esas personas que he podido conocer gracias al fútbol. Ahí entrenábamos por la mañana, venía a primera hora desde Toledo con mi coche, dado que el club ya me daba un dinerito y pude comprarme uno.
Después de entrenar, volvía a Toledo para ir a clase en el turno de tarde y allí también jugaba al baloncesto en una liga importante con el equipo de la Universidad. Como tampoco se me daba mal, el Standard Eléctrica, uno de los equipos con los que nos enfrentábamos y que estaba formado por esa empresa, me fichó.
De hecho, la gente de Standard, como estaba a punto de tener la diplomatura, me ofreció la posibilidad de darme un trabajo en su empresa y que siguiera jugando con ellos. El Atlético de Madrid no sabía que estaba jugando al baloncesto y tuve que decidir si decantarme por un deporte u otro. Lo hice por el fútbol.
¿La decisión la tomaste solo o pediste consejo a tu padre?
Mi padre siempre me dio muchísima libertad. Evidentemente, me puso límites, pero no como un castigo, sino como frontera para que observara que hay cosas que están equivocadas y no las puedes hacer. Es igual que lo que te comentaba antes de poner por delante el estudiar cuando era un chaval. No te voy a decir que fuera un empresario, pero mi padre era un artista, un damasquinador. El damasquino toledano es un arte que viene de Damasco, él lo hacía y tenía una tienda donde iban los extranjeros y también podían comprar espadas, etcétera.
¿Dónde viviste esos primeros años en Madrid?
Vivía con la señora Pilar. No era un hotel ni nada así, sino un lugar donde íbamos los jugadores jóvenes que no éramos de Madrid y estaba cerca del Vicente Calderón: subías la calle Toledo y ahí había un edificio donde ella tenía su casa, cada uno la nuestra, y de ahí bajábamos andando al estadio. Como era de los más jóvenes, creo que no había más futbolistas del primer equipo, pero sí estaban otros jugadores del filial como Corchado, que luego estuvo en el Salamanca y el Zaragoza.
¿Eras muy de salir o te recogías pronto en casa?
No salía mucho. ¡No me daba tiempo! (risas). Además, la señora Pilar no nos dejaba salir y, si uno salía por la noche, luego en el campo no hacíamos lo que teníamos que hacer.
Pero vivirías la Movida…
La Movida ya me toca un poco más mayor. Me casé en el 79 y ahí sí estuvimos un poco más. De hecho, mi mujer y yo lo comentamos mucho con mi hija mayor, que tiene 44 años y, curiosamente, nació cuando nosotros estábamos en Albacete jugando un partido contra Osasuna porque nos habían cerrado el campo.
No era como ahora, que cuando vas a tener un hijo o una hija te dejan libres un par de días, y tuve que ir a jugar el último partido de Liga al Carlos Belmonte. Así, al acabar ese partido, llegó un directivo para decirme que me viniera con él a Madrid porque mi hija acababa de nacer.
A ella le gusta mucho la música, es profesora en un colegio, y cuando le contamos cosas de esa época se queda anonadada. Tengo por ahí fotos junto a Juan Carlos Pedraza, uno de los mejores amigos que me ha dejado el fútbol y es cuatro o cinco años más joven, en la sala donde se reunía Nacha Pop a hacer sus canciones. Ahí aparezco con una guitarra, mi mujer con la batería… Estábamos metidos en La Movida y sí que íbamos a los sitios, las salas… Fue un cambio generacional y también importante desde el punto de vista político.
¿Cómo fue tu primera conversación con Luis Aragonés?
Fue nada menos que la clave de mi vida futbolística. Debía ser el mes de septiembre, ya era mi cuarta temporada en el filial y previsiblemente pronto tendría que salir fuera debido a que en el primer equipo había jugadores como Pereira, Eusebio… unos fenómenos. Un jueves me llamaron para enfrentarme a ellos como central en el típico partidillo de entrenamiento que hacía el primer equipo y, en un balón largo a Aguilar, un extremo que era rapidísimo, salí al cruce y me llevé el balón, al jugador y todo lo que había por allí.
No fue una entrada muy brusca, pero sí lo pareció y, por aquel entonces, a los jugadores de la primera plantilla no se les podía hacer nada. En ese momento, Luis hizo sonar el silbato, paró el entrenamiento, todo el mundo se quedó callado y pensé: «Se han acabado mis días en el Atlético de Madrid». Se me acercó y, en voz alta para que lo oyera todo el mundo, me soltó: «Siga usted así, que pronto va a estar con nosotros».
Me quedé alucinado, porque lo hizo así para que todos se dieran cuenta de que me estaba reforzando. A la semana siguiente, me subieron al primer equipo. El martes o el miércoles me llamaron a mi casa para que me hiciera un traje para ir a enfrentarnos contra el Athletic de Bilbao, y, aunque no jugué en San Mamés, ya empecé a entrar en la dinámica. Debuté la semana siguiente en casa ante el Cádiz, sustituyendo a Luis Pereira, en un partido donde también salió desde el banquillo Paco Herencia, uno de los mejores futbolistas con los que he jugado y no conocen como merece. El otro Cruyff.
Era un centrocampista zurdo con mucha llegada que jugó en el Toledo, andaluz de Sevilla, uno de mis mejores amigos y que estuvo conmigo en el filial y también subió esa temporada. También estaba en el banquillo aquel día Rubio. Aquel día, Luis me mandó calentar y, antes de entrar, solo me dijo: «Haga usted lo que sabe».
Luis marcó tu carrera.
En esos años a mí me llamaban Rocky, porque me gustaba mucho boxear e incluso teníamos un ring. Hubo un día en el filial en que nos estaba entrenando con Paquito, que después pasó por Castellón, Villarreal, Rayo Vallecano y algunos más. Se metía mucho en los rondos porque era relativamente joven, hacía relativamente poco que había dejado de jugar y nos enseñó algo que se quedó y aprendí a hacer perfectamente: el «melocotón», una jugada con balón que hacen los brasileños en la que, cuando te viene el balón, haces un amago, parece que vas a dar el pase y te vas por otro sitio (similar a lo que hoy denominamos lambretta, ndr.).
Como él sabía que eso lo hacía bien, un día en un entrenamiento soltó: «A ver, Rocky, haga esto», pero antes de acabar el «Rocky» lo cambió por el «usted». Él quería ser siempre serio, pero a Luis no le ha conocido la gente. Cuando estaba en su entorno, con sus amigos y la gente que quería, era esplendoroso. Si no le conocías y le veías, parecía que no quería nada contigo, pero creo que se protegía. Sin embargo, en su ambiente era otra persona.
Hubo un día en mi primer año en el que compré un balón para que me lo firmaran todos los compañeros antes del entrenamiento y lo dejé en mi taquilla. A la vuelta del entrenamiento, me senté en mi sitio y vi que el balón no estaba, me puse a buscarlo y lo vi en la taquilla de un compañero. No sé si fue por hacerme una broma o cuál fue la razón, pero me acerqué a él y le pregunté: «¿Qué pasa? Ese balón es mío» y le di un golpe. En ese momento estaba entrando Luis Aragonés, se me quedó mirando y soltó: «Ya sé con quién no tengo que meterme en un ring».
A él le gustaba mucho eso de picar a sus jugadores con unos guantes de boxeo…
¿Te acuerdas de Juanjo? Era un chico con barba que jugaba de central, que vino del FC Barcelona, al que llamábamos «El Planta» y falleció hace unos años. Juanjo era muy chulito, a Luis le tenía un poco quemado y hubo un día en que se llevó unos guantes y le dijo: «Ahora te metes ahí conmigo y veremos qué pasa…» y Juanjo se asustó (risas).
Julio Alberto también estaba en esa plantilla.
Le quería mucho. Tenía tres o cuatro años menos que yo y vivía con su madre en una de las calles que bajan de la Gran Vía. Cuando subió al primer equipo, traté de estar mucho con él y, de hecho, cuando se casó, mi mujer y yo estuvimos varias veces con ellos, porque era un chico todo corazón.
Además, tenía una capacidad física espectacular. En pretemporada teníamos mucho trabajo de cuestas y era tremendo, de los pocos que me seguía. Julio, además de ser muy rápido, también era muy resistente. Es tremendamente complicado ser tan rápido y tan resistente como lo era él.
Ese equipo del Atlético de Madrid brilló también en el aspecto físico.
Jugábamos muy rápido, con ese contraataque típico del Atleti. A nosotros, a partir de mi segunda temporada, nos tocó el boom del atletismo en el fútbol, como digo yo. Entrenábamos en la Casa de Campo porque solo teníamos nuestro campo, cogíamos un autobús que nos dejaba allí y Ángel Vilda nos daba unas palizas terroríficas. Éramos un equipo poderosísimo desde el punto de vista físico.
Esas palizas en la Casa de Campo también las puso de moda Álvarez del Villar con el Rayo Matagigantes.
Exacto. El Rayo y nosotros fuimos pioneros en eso.
Mariano Tirapu también merece un capítulo aparte. Picaba a los compañeros para ver si alguno le marcaba desde fuera del área. Al único que Luis dejaba vestir de amarillo.
Coincidí con él durante mi primer año y luego se marchó. Era muy especial, un chico que tenía un talento espectacular y un adelantado que en aquellos tiempos hacía muchas cosas de las que vemos ahora en los porteros de hoy en día. Incluso se ponía a jugar como futbolista de campo en los entrenamientos con nosotros porque era muy atrevido. Era de una especie diferente, pero tampoco tuvo mucha continuidad.
El referente goleador del aquel equipo al que llegas era Rubén Cano.
Hubo una temporada en la que fui el tercer o cuarto jugador con más goles del equipo con solamente cinco tantos. Rubén Cano era siempre el máximo goleador y el segundo fue Dirceu. ¡Uf! Dirceu era una máquina. A mí, siempre que me preguntan, no me gusta destacar a nadie porque cada uno tiene sus preferencias, pero es uno de los mejores futbolistas que he visto en mi vida y, sobre todo, de los que he jugado. Lo tenía todo, porque, aunque era técnicamente perfecto con la pierna izquierda, no paraba de correr en todo el partido.
La temporada en que casi fuimos campeones con García Traid, yo jugaba en el centro junto a él y Quique Ramos. Personalmente, corría para los otros, pero Dirceu, no veas cómo presionaba. Aquel año metí los cinco goles porque solo tenía que buscar el sitio cuando él centraba. Cuando salía el balón de su pie, ya ibas pensando: «gol». Era un fenómeno. Y, como persona, encantador.
Años más tarde, cuando fui director deportivo del primer equipo –que en aquella época era secretario técnico–, fui a Brasil porque iba a ver a un futbolista de allí, él me acompañó y le conocían en todos los sitios. Él se presentaba y decía: «Dirceu, tres Mundiales». Había jugado tres Mundiales y estuvo a punto de hacerlo en un cuarto.
Otro que aprovechó algún centro de Dirceu fue Hugo Sánchez, que llegó en 1981. Algún compañero se refería a él como el «Hugo Fútbol Club» y que incluso llevaba sus fotos ya firmadas para repartir.
Coincidí cuatro temporadas con Hugo y siempre fue así. Hugo vino así. Era un jugador sensacional y, para mí, uno de los mejores delanteros en cuanto a capacidad para buscar espacios. Él sabía el espacio que tenía y dónde tenía que estar. No se pegaba una carrera sin ton ni son. Era buenísimo, pero era una estrella. Cuando vino, ya era una estrella en México y se comportaba como tal. Además, era un profesional que estaba acostumbrado y, a las pocas semanas de llegar, ya había visto cómo nos manejábamos en el vestuario y actuaba en consecuencia.
Yo era capitán, Arteche era el segundo capitán y Quique Ramos el tercero… y él organizó una cena para hablar del equipo. Sabía lo que quería y era un fenómeno. Al principio le costó un poquito porque jugaba más tendido a la izquierda, pero, en cuanto pasó un poco de tiempo, se adaptó y vio cómo iba el tema, mira cómo le fue.
Hablábamos antes de Arteche. Había una comunión perfecta entre vosotros.
Él, primero, fue un compañero y, luego, un muy buen amigo. También nuestras mujeres. Con Rosa, que era la suya, y Carmen, la mía, todos salíamos juntos. Cuando él vino, creo que ya estaba casado y yo acababa de hacerlo, dado que Arteche entró en el equipo un año después de que me ascendieran a mí.
Pese a que no se crio en nuestra cantera, a los cinco minutos de llegar ya sabíamos en el vestuario que era uno de los nuestros. Era un hombre fantástico y fiel a su familia, a sus amigos y a su equipo. Los compañeros nos dimos cuenta enseguida de que él estaba muy metido y daba todo por su Atlético de Madrid. De hecho, era el mejor representante, igual que cualquier canterano, de todos los valores que deberían tratar de tener todos los chicos que se ponen la rojiblanca. A él le gustaba mucho el fútbol y, después de que ambos nos retiráramos, nuestras familias siguieron manteniendo mucha relación.
Te tocó cubrir a Diego Maradona.
Mira (saca su móvil y tiene de fondo de pantalla una imagen de ambos durante un partido). Esta es de un partido en nuestro estadio. Cubrirle en el Vicente Calderón, vale. Pero no sabes lo que era hacerlo en el Camp Nou: cuando le iba a llegar el balón, se hacía el silencio. Todo el estadio callado. Evidentemente, si le tocabas un poquito, casi 100.000 personas se ponían a gritar.
Cuando me preguntan si era mejor Maradona o Messi, solo puedo responder que me gustaría ver a Messi jugando en aquella época. A Maradona se le pegaba muchísimo y ahora a los futbolistas no se les puede tocar, están muy protegidos. Entonces era terrible y, para mí, es más difícil lo que hizo Maradona que lo que está haciendo Messi, aunque es un maravilloso futbolista.
¿Es el jugador que más te ha costado cubrir?
Había un futbolista uruguayo que jugó en el Rayo Vallecano…
Fernando Morena.
¡Sí! Era un jugador muy bueno y muy difícil de defender, sobre todo en el campo del Rayo, donde él tenía muy bien tomadas las distancias. Además, cuando jugué contra él, era uno de mis primeros años en el primer equipo y no tenía todavía… Personalmente, siempre prefería marcar a gente grande, que fuera de cabeza, y no a gente más móvil. Y, aunque Morena también tenía un buen físico, estamos hablando de un jugador que se movía y era capaz de sacarte de tu sitio.
Precisamente esa foto que te enseñaba con Maradona es de un partido de Copa de la Liga en el que me pitan un penalti sobre él. Era una jugada en la que le estaba marcando bien, pero le pasaron un balón en largo, hizo un control orientado con el que no me dio tiempo a girar, tuve que entrarle y ya llegué tarde. Por cierto, él luego falló el penalti y lo tiró por encima de Ángel Jesús Mejías, de los pocos que fallaría aquí…
Vicente Calderón.
Era un señor que solo aparecía cuando tenía que aparecer. Me explico: si veías que venía Vicente Calderón, era porque había algo muy bueno o algo muy malo. Él no estaba todo el tiempo ahí, tenía una junta directiva muy potente con gente como Santos Campano, otra persona extraordinaria a la que pude conocer gracias al fútbol. Otro directivo que estaba en el club era Javier Irastorza, al que conocí en la Universidad Complutense, donde era profesor.
Curiosamente, en la Universidad también coincidí con Emilio Butragueño. Teníamos una buena relación, aunque él era más joven, pero yo había estado repitiendo e hice cuarto no sé cuántas veces, ya había tenido a mi hija mayor y no tenía tiempo.
A Vicente Calderón lo relevó Alfonso Cabeza, que estaba al mando en esa Liga de 1981 que estáis muy cerca de ganar y se lleva la Real Sociedad.
Cabeza es mucha historia. La temporada 1980-1981 nosotros teníamos muy encarrilada la Liga a falta de siete partidos y estábamos primeros con cierta ventaja. Entonces, llegó una situación en la que el presidente se enemistó con todo el mundo: los árbitros, los directivos, los equipos… Como club, estábamos enemistados con todo el mundo. ¿Por qué? No lo sé. Pero nos equivocamos y ahí empezamos a perder la Liga.
¿Por qué nos equivocamos? Porque en el partido contra el Zaragoza en nuestro estadio la gente tiró las vallas, se amotinó… Aquel encuentro lo empezamos ganando con un gol mío, pero es cierto que después nos acribillaron, expulsaron a Marcos Alonso, luego a Robi, nos pitaron un penalti en contra… y perdimos 1-2.
Después de viajar a Valencia, el domingo siguiente jugamos contra el Real Madrid y Cabeza dijo que todo el mundo tenía que ir a tomarse la tortilla al Calderón y nadie fuera al Bernabéu a animar ni nada. Y nosotros nos metimos en esa vorágine. Al día siguiente de perder contra el Real Madrid, no estoy seguro si era As u otro diario deportivo el que decía: «No tengo ninguna relación con Miguel Ángel Ruiz, lo conozco como futbolista, pero le tengo que felicitar por el partido que ha hecho de entrega, muy distinto al de otros».
Para mí, es el mejor partido que he hecho en mi carrera, porque me estaba jugando la vida y no estaba pensando ni en Cabeza ni en nada. Nos metimos todos en una inercia negativa y se fue la Liga. Era una Liga que teníamos, porque aquel equipo volaba y estaba muy bien estructurado.
El éxito llega en aquella Copa del Rey de 1985 ante el Athletic Club en el Bernabéu con el doblete de Hugo en el 2-0.
Fue un partido muy importante y ahí vuelvo nuevamente a Luis Aragonés, que nos lo hizo ver así y nos convenció. «Señores, este partido no lo vamos a jugar, lo vamos a ganar». A aquellas alturas, el Atlético de Madrid ya llevaba un tiempo sin títulos, pues, cuando llegué en la 1977-1978, el equipo venía de ser campeón de Liga la temporada anterior.
Desde ese año no habíamos ganado nada, de ahí que aquella Copa del Rey fuera tan especial para todos nosotros. Además, fue un partido muy emotivo porque todo el campo estaba de rojo y blanco al ser una final entre Athletic y Atlético de Madrid. Tampoco se me olvida que fue un partido especialmente duro. De hecho, tengo una anécdota muy buena, pues, al ser el capitán, fui a recoger el trofeo de la mano del Rey y noté que, cuando me puse frente a él, se quedó mirando un poco asustado porque me habían roto la ceja en una jugada, no me la habían suturado y subí así. «¿Qué le ha pasado a usted?», me preguntaba.
Un año después de aquella Copa del Rey jugáis la final de Recopa en Lyon frente al Dinamo de Kiev. «No digáis lo que habéis visto», dijo Luis a Quique Setién en la previa después de asistir al entrenamiento previo del equipo rival.
Ganamos esa Copa del Rey frente al Athletic y luego la Supercopa contra el FC Barcelona después de ganar 3-1 en casa, en un partido en el que marqué de cabeza después de un córner que sacó Rubio. En esos años también estuvimos a punto de ganar otros títulos, como la Copa de la Liga ante el Valladolid (1984) o aquella Copa del Rey ante la Real Sociedad (1987). Además, lo hicimos –y esto creo que es importante– con un equipo en el que, de los once, había ocho o nueve jugadores de la cantera, de los que tengo por ahí algunas fotos.
Como hablábamos antes, nosotros éramos un portento físico y todos los jugadores estábamos trabajados espectacularmente. Sin embargo, en aquella final frente al Dinamo de Kiev en Lyon nos encontramos con algo desconocido. En esa época no se podía seguir ni a los equipos ni a los jugadores como ahora. Mucho menos a los de la Unión Soviética.
Nosotros no vimos ni un vídeo de aquel equipo, que, además, era fantástico y, a excepción del portero, que también era un fenómeno, eran titulares en la selección rusa. Hablamos de jugadores técnicamente muy buenos y físicamente… Me viene a la cabeza su capitán, el lateral izquierdo Demyanenko, que subía, bajaba, volvía a subir…
Eran increíbles. Aun así, la gente ve que el marcador final fue de 3-0, pero ellos nos metieron un gol un poco raro al poco de empezar con un remate de cabeza de Zavarov y luego, hasta el 85, no nos hicieron el segundo y el tercero, después de que, en el segundo tiempo, nosotros tuviéramos dos opciones buenísimas para haber empatado el partido. Aun así, fueron superiores a nosotros.
Tu último partido con el Atlético de Madrid es la final de la Copa del Rey en Zaragoza contra la Real Sociedad. Llegó Jesús Gil y fue una revolución.
Aquella final la perdimos por penaltis y teníamos que haber ganado. En la prórroga hubo un balón aéreo en el que salté mucho más que Bakero para despejar y él, al intentar prolongar y ser más bajito que yo, me dio. Al momento del impacto, noté el golpe y, cuando fui a tocarme… no tenía pómulo. Tuve que irme del campo, me operaron y todo quedó perfecto.
Eso coincidió justo con la presentación de la siguiente temporada, que vino Menotti como nuevo entrenador y varios jugadores que se habían firmado. Yo, como capitán, asistí al evento porque todavía tenía una temporada más de contrato. Pero después de quince años en el club de mi vida, diez en el primer equipo y cinco en el segundo, me sentí como un extraño. No me digas por qué, pero así fue. Era como si no tuviera ningún vínculo con nada de lo que estaba viendo. Me fui muy fastidiado a mi casa y ahí me empezaron a contactar equipos de Primera División.
En esa época no había prácticamente representantes, pero a mí me llamaba uno que era afín a Jesús Gil y es el que hacía las cosas con él. En esos días también me contactó el Málaga: y no cualquiera, sino Kubala, que iba a ser el entrenador. Él me contó cómo iba a ser ese proyecto en Segunda División para subir con Juanito, del Real Madrid, Boquerón Esteban del FC Barcelona, Szendrei…
Después de esa conversación, hablé con mi mujer y luego me reuní con Jesús Gil y se lo expuse: «Mira, estoy un poco cansado de que me llame la gente para decirme que estoy en venta, pues tengo un año más de contrato. No me quiero ir a ningún sitio, pero, como parece que me tengo que marchar, firmamos la carta de libertad».
Ahí se me dio la carta de libertad y pasó algo muy curioso, pues, según iba por el pasillo después de firmar, salió Jesús Gil y me soltó: «Miguel Ángel, que me ha llamado el Butanito y me ha dicho que no podemos prescindir de ti, que eres el capitán, el más antiguo». «Jesús, ya es tarde», le respondí. Fue ahí cuando me fui al Málaga.
¿No llegaste a hablar con Menotti?
No. Esa es la frialdad que te comento. La importancia de las emociones, las personas: hay gente que es más emotiva que otra. Luis Aragonés, que ya se había ido, fue el único que vino a mi casa personalmente, junto a Javier Irastorza, para ver cómo estaba de la lesión del pómulo. Yo seguía siendo jugador del Atlético de Madrid todavía…
La llegada de Jesús Gil supuso un cambio brutal.
Fue alguien que vino con mucha ilusión, pero nuevo, sin experiencia. Yo no quería conflicto con nadie y me fui a Málaga.
¿Cuántos partidos jugaste en el Atlético de Madrid?
Creía que 402, pero las estadísticas dicen que 356…
Ahora estamos a tres kilómetros de donde se encontraba el Vicente Calderón. ¿Cómo es esa primera vez que pasas por dónde estaba?
Es doloroso, pues, además, no fue de un día para otro, sino que va cayendo. Nosotros, para ir a nuestra casa de Toledo, tenemos pasar por ahí, y había momentos en los que iba junto a mi mujer y se nos saltaban las lágrimas: «mira, ahora estamos pasando por el fondo sur», «ahí metí un gol a la Real Sociedad…» Fue una experiencia tremenda y dolorosa.
En ese Vicente Calderón tú posaste con un Oscar.
(José Luis) Garci, que es muy atlético, nos llamó porque quería ofrecer el Oscar por Volver a empezar a toda la afición del Atlético de Madrid. Tengo unas fotos extraordinarias junto a él y el productor Esteban Alenda, que también era un gran atlético. Como era el capitán, tengo algunas con la estatuilla antes del partido y también había una foto de todo el equipo en la que estoy arriba… y Hugo abajo con la mano puesta sobre el Oscar (risas).
Tengo mucha admiración por Garci, porque también me gusta mucho el cine, me dedicó un libro que hizo y, cuando fuimos a Lyon para la final de Europa League que ganamos al Olympique de Marsella, coincidimos en el avión de vuelta. Para mí es una satisfacción conocer a gente como él, esa clase de personas que engrandecen el nombre del club.
Hablamos antes de la llamada de Kubala para ir a Málaga. ¿Qué supone que te entrene un histórico?
Aquella fue una experiencia, de lo mejor que tanto mi familia como yo hemos tenido. Aunque para mi mujer fue durísimo, dado que ya teníamos dos hijos y estaba embarazada del tercero, que nació aquí en Madrid y, a los pocos días, ya estaba volando para allá.
Esa crianza, estar en Málaga con esta gente tan extraordinaria, compensó el trabajo que supuso para nosotros cambiar a un destino desconocido. No había salido nunca y, además, teníamos un reto importantísimo como subir a Primera División. Kubala era un hombre fenomenal, que lo había sido todo en su país y luego en España. Tengo alguna anécdota muy buena con él.
Cuenta, cuenta…
En mi primera pretemporada en Málaga, todavía no podía tener contacto por el tema de la fractura. Sin embargo, sí que podía hacer físico y ahí tenía ventaja por mis cualidades. Cuando teníamos las pruebas de esfuerzo, no se hacían con las máquinas de ahora, sino que lo hacíamos en unas en las que iba subiendo la velocidad hasta que las pulsaciones llegaban a 180.
A mí no me las subían nunca y, de hecho, no pasaba nunca de 140 debido a mi constitución, que era de atleta de medio fondo. Kubala me veía ahí y siempre se me acercaba: «Miguel Ángel, tranquilo, no hace falta que vayas tan deprisa». Los chavales más jóvenes decían: «Pero si el cabrón nos está matando».
Allí estaba también Juanito.
Un ser especial. Habíamos sido rivales, recuerdo enfrentarnos y que, al subir en un balón parado para rematar, él me tiraba del pantalón: «Tú no vas a marcar» (risas). Un auténtico fenómeno. Luego, en Málaga, como capitán, un ganador. La quería siempre y, a lo mejor, no se la dabas y te levantaba los brazos. Ahí iba yo después y le decía: «Juan, no me vuelvas a levantar los brazos». Él respondía «perdóname» y se tiraba a los pies.
Después de Málaga, Albacete.
Mi vida ha sido movidilla. Estuve en Málaga tres temporadas, pero, en esa última en Primera División, quedamos en el puesto número diecisiete y nos tocó disputar la promoción contra el Español, que venía de Segunda División. Perdimos por 1-0 en la ida y ganamos 1-0 en la vuelta en nuestro campo, fuimos a la prórroga y luego perdimos por penaltis.
Decidí retirarme porque ya había hablado con el presidente –que no era el mismo que me fichó– y me ofrecieron quedarme como director general. Juanito ya era director deportivo desde el año anterior y yo iba a ser el encargado de todo el tema de administración, mientras él lo sería de todo lo deportivo, los fichajes. Empezamos así, Juanito en su despacho y yo en el mío. Sin embargo, al mes de conocer un poco más al presidente, pensé: «Me voy de aquí». Hablé con mi mujer y le comenté que me marchaba porque no me gustaba.
Fue ahí cuando hablé con Benito Floro. Una semana antes de que decidiera retirarme y convertirme en director general, él me había llamado para comentarme que querían firmarme. Nunca había jugado contra ninguno de sus equipos, él me quiso pescar para el Albacete, pero le agradecí el interés y le comenté que me quedaba en Málaga como director general. Después de firmar mi finiquito, fui yo el que llamó al propio Benito: «¿Todavía queréis que firme con vosotros?». «Ahora mismo, vente para acá», me respondió.
Firmé por el Albacete para jugar ese año, que fue el del ascenso a Primera División. Ya había empezado la liga, empecé a entrenar y jugué en Copa contra el Águilas. Luego, unos días después, íbamos a jugar contra el Sestao y Benito me transmitió que todavía no iba a sacarme porque la gente que estaba jugando lo estaba haciendo muy bien e iba a ser suplente. He aquí que llegó un momento en que el partido comenzó a complicarse, era un campo pequeño, ellos estaban colgando balones… y Floro se dirigió a mí: «Miguel Ángel, sal».
Salté al campo y la primera jugada fue un córner: sacan, me anticipo, despejo… y el delantero me da en el pómulo. Esta vez el izquierdo, me lo toqué y no tenía el mismo nivel de hundimiento que cuando fue en el derecho, pero el médico me llevó a Madrid, me dijeron que me tenía que operar y ya decidí retirarme.
Hablé con Rafael Candel, que era presidente del Albacete, le expliqué lo que pasaba, le di todos los pagarés que me habían dado –porque ya me habían pagado toda la temporada–, renuncié a todo y me fui a mi casa. Me hicieron un homenaje y, cuando terminó la temporada, me llamaron como jugador del Albacete para celebrar el ascenso.
Benito Floro fue un revolucionario.
Exactamente. Llevaba como profesional de altísimo nivel durante mucho tiempo: diez años del primer equipo del Atlético de Madrid, cinco en las inferiores, tres temporadas en el Málaga… llegué a Albacete y vi cosas que no había visto nunca. He tenido grandes entrenadores, pero él tenía otras cosas, temas nuevos… Hay una cosa muy importante, tanto en el fútbol como en el resto de organizaciones: es el qué hacer, cómo hacerlo y por qué hacerlo.
El qué hacer, casi todo el mundo sabe lo que es; cómo hacerlo, algunos; pero por qué se hacen las cosas, solo muy poquitos. Benito Floro te explicaba por qué había que hacer las cosas. Te convencía porque te hacía creer en lo que estaba diciendo. No solo eso: todas las jugadas estaban preparadas. Te mirabas con los compañeros y sabías que uno iba a venir, el otro iba a doblar o qué iba a hacer el de más allá. Luego estaba todo el tema de la alimentación e incluso te preguntaba: «Miguel Ángel, ¿tú no desayunarás café con leche?». Gracias a él empecé a sentir el veneno del fútbol que no tenía.
A Benito Floro le tengo un cariño tremendo. Después de retirarme, me invitaba y, a lo mejor, me pasaba una semana en su casa, iba a ver los entrenamientos, me decía que me metiera como un jugador más, tomaba apuntes… Personalmente ni quería ni iba a ser entrenador, pero me abrió un conocimiento que me pareció espectacular.
Años más tarde, ya en 2005 o 2006, presenté a la Federación Española un proyecto de curso de directores deportivos, el primero que se hizo. Aparte de dar clases, también había diferentes materias y, en una de ellas, invitábamos a entrenadores para que expusieran su forma de trabajar. Él vino y, como sabes, estaba sordo de un oído y me decía: «Vente aquí, ponte en el oído bueno y me dices si preguntan algo». Benito es una persona excepcional.
En 1994 vuelves al Atlético de Madrid como secretario técnico.
Jesús Gil había quitado todos los equipos de la cantera del Atlético de Madrid y solamente se quedó con un juvenil, que por ley debía de tener el club, y el filial. En esos momentos, estaba trabajando en Telemadrid en el programa Fútbol es Fútbol, hubo un día en que propusieron un debate al que fue el presidente para explicar todo este tema y, cuando me tocó hablar a mí, le estuve diciendo una serie de cosas, aunque siempre con mucha educación.
Al día siguiente me llamó Miguel Ángel Gil, nos vimos y me comentó que le había dicho su padre que lo que le había señalado nunca lo habían hecho así de bien ni en público ni en privado y que querían que fuera con ellos a trabajar. Le respondí que perfecto, pero que quería que tuvieran muy claro qué podía dar y qué querían que diera, porque no iba a ser ningún monigote.
Desde el principio todo fue muy bien con Miguel Ángel Gil, que es una persona súper inteligente y que ha llevado al club donde está ahora. Su padre, sobre todo en los dos primeros años, era el que llevaba la voz cantante y tenía la última palabra, como cualquier presidente o propietario, pero la clave está en que las personas a las que se contrata tengan su sitio y el poder de cumplir sus obligaciones.
Miguel Ángel y yo siempre tuvimos muy buen feeling y, desde ese momento, comencé a conocer todo. No es que fuese autodidacta, porque estudié para el tema de administración, de programación, de planificación y muchas cosas de la empresa. Lo primero que hicimos fue poner en marcha de nuevo el fútbol base. ¿De qué forma? Me fui al que creía que era el mejor, el que había sido mi entrenador cuando llegué al amateur del Atleti: Antonio Seseña, un técnico mítico que luego fue entrenador del juvenil cuando yo estaba en el primer equipo.
Él estuvo a cargo de muchos jugadores importantes como Solozábal, Aguilera o Toni y luego también ha entrenado al Parla y otros muchos equipos de Madrid. Se trata de un conocedor perfecto del mundo del fútbol y, sobre todo, de los chavales jóvenes. Le invité a que viniera a trabajar con nosotros como coordinador de la cantera, pusimos todo en marcha y fichamos, entre otros, a Fernando Torres.
Ahí empezamos a trabajar pero, previamente, también apareció otra persona clave en mi desarrollo, Jorge Griffa. Él era el director de la academia de Newell’s Old Boys, no lo conocía personalmente, pero, aprovechando el vínculo del Atlético de Madrid, me puse en contacto con él y me fui un par de semanas para allá, donde me trataron como si estuviera en mi casa: me enseñaron las instalaciones al completo, todo lo referente a los equipos de base y la primera plantilla.
Además, aproveché para ver más de cerca a Leo Biagini, a quien había seguido durante el Mundial sub-20 de Catar, me había llamado mucho la atención y con el que terminamos alcanzando un acuerdo. Fue ahí donde aprendí todo lo que más tarde puse en marcha en la cantera del Atlético de Madrid, desde cómo hacer reuniones hasta a tratar a los padres. Para mí fue una enseñanza espectacular la que tuve con Jorge Griffa.
¿Cómo fue el descubrimiento de Fernando Torres?
En esos momentos no había equipo, teníamos que hacer muchas convocatorias, entrenamientos específicos, partidos, y de ahí ir sacando y haciendo una selección. Se presentaba mucha gente, hubo muchos partidos y ahí apareció Fernando Torres.
Cuando vimos a ese chico que, pese a su edad –once años–, ya tenía un físico, una potencia, esa zancada… se notaba claramente que era otra cosa. Era superior, muy superior. Mi hijo, que es un año y pico mayor que él y sigue jugando en Andorra, coincidió con Fernando en la cantera porque le teníamos con los que eran mayores que él: es lo que pedía su juego.
También fichas a Diego Simeone. ¿Qué viste en él?
El Atlético de Madrid siempre ha sido un equipo aguerrido. También ha habido futbolistas brillantes técnicamente, como los que todos conocemos, pero es fundamental la entrega y darle a la afición ese compromiso que siempre demanda. Eso lo vi en Simeone.
En esa época, prácticamente acababa de entrar, era Miguel Ángel Gil el que se encargaba, yo le daba los informes y demás, pero el tema económico era él quien lo decidía con su padre. Tuvo una adaptación muy rápida y, ya esa primera temporada, marcó seis u ocho goles.
Milinko Pantic.
Con Pantic te puedo decir «sí, lo he hecho yo», porque fui el secretario técnico y di el visto bueno, pero a Pantic realmente nos lo descubre Radomir Antic. A esas alturas, nosotros ya habíamos hecho el equipo con varios fichajes como Santi Denia, Penev, Molina, Roberto Fresnedoso… y el míster vino un día y nos pidió: «Mirad este vídeo. Es un futbolista que está jugando en Grecia, que no le conoce nadie, pero que es justo lo que necesito para lo que quiero hacer».
Ahí le respondí: «Mira, Radomir, no hace falta que le vea para el visto bueno, pero voy a ir a verlo», y, en cuanto lo hice, hablé con Miguel Ángel: «Estamos tardando». Fue así como le firmamos.
José Francisco Molina para la portería.
Él estaba en el Albacete, nosotros ya lo teníamos fichado y, en la última jornada, perdieron 2-8 en casa contra el Deportivo de la Coruña. Aquella noche, Jesús Gil nos llamó a Miguel Ángel y a mí y nos soltó: «Me vais a arruinar, vaya portero habéis fichado, me vais a destrozar». Pasaron los meses, empezó la temporada y lo hace como lo hace: que no nos gana nadie.
Ahí me llama un día Miguel Ángel Gil y me comenta: «Oye, Miguel Ángel, van a hacer una entrevista a mi padre y parece que va a decir que ‘menos mal que les dije que ficharan a Molina’». «Tu padre es el jefe, que diga lo que quiera» (risas).
¿El fichaje de Radomir Antic siempre lo tuviste claro o había alguna otra prioridad?
Siempre lo tuvimos claro. El fichaje de Antic lo concretamos en un pueblo antes de llegar a Burgos, aunque no recuerdo el nombre. Fuimos Miguel Ángel Gil y yo para que no se enterara nadie y allí lo hicimos todo. Tiempo atrás, había comentado a Miguel Ángel que ya lo conocía de cuando entrenaba al Zaragoza, porque me había enfrentado a él siendo jugador del Málaga, y que me parecía que, por lo menos, teníamos que hablar con él para que nos contara qué es lo que quería hacer y cómo.
Él era un hombre con mucha personalidad, que no tenía dudas y nos transmitió que iba a hacer un equipo que jugara al fútbol de manera distinta a lo que habíamos visto e iba a hacer cosas a las que no estábamos acostumbrados a ver, como era esa presión tan alta que hacía. Para eso, ya tenía incluso estudiados a los jugadores que había, como Solozábal, con esa inteligencia tan importante que tenía para manejar la defensa.
La teoría está muy bien, ¿pero en algún momento esperabais ese temporadón que hizo el equipo?
No lo tienes seguro, pero, cuando empiezas la temporada y ves cómo se maneja todo y esa mezcla de los chavales y la calidad de los jugadores… Hablamos de futbolistas como Santi Denia, que era un espectáculo, o Penev, que también tenía su forma de ser, que nos salieron muy bien. Nosotros estábamos convencidos de esos chicos que trajimos, aunque, en algunos casos, no eran tan conocidos, y también del trabajo que iba a hacer el entrenador.
Pero Penev solo duró un año y llegó Esnáider.
Bueno, ahí hay cosas… A ver, hay veces que nosotros valemos más por lo que callamos que por lo que decimos. El mejor trabajo que se puede hacer es que, entre el director general, el secretario técnico y el entrenador, debe haber un consenso: «Este futbolista nos ha dado esto, pero mira en esto otro», «yo lo veo así»… y, poniendo las cartas sobre la mesa, se toma una decisión.
También hay otros movimientos, como la llegada de Prodan para ocupar el puesto de Solozábal. ¿No crees que os equivocasteis en algunas decisiones? Algunos futbolistas comentan que Antic quería ser más protagonista, porque aquella plantilla del doblete daba para varios años de éxitos.
Es verdad que los egos, en los equipos, hay veces que se gestionan bien y otras en que no. Cuando no se gestionan bien, es difícil por esa personalidad que tiene todo el mundo. Esto lo hablo a nivel de los futbolistas: «No pienses qué puede hacer el equipo por ti, sino qué puedes hacer tú por el equipo». Eso no todo el mundo es capaz de hacerlo.
Cada uno tiene sus egos… y, en estos casos, a lo mejor el secretario técnico tiene que decir «no estoy de acuerdo, pero esto es un consenso». Es verdad que, en el año del doblete, hubo encontronazos, pero el equipo respondía tan bien que estaba muy por encima de esos egos y se gestionaron muy bien. ¿Qué pasa? Que el entrenador cobra muchísima fuerza, por encima no solo del secretario técnico, que, para mí, no es un problema, pues yo propongo, aunque luego no tenga la capacidad de decisión que pueda tener otra persona. Eso sí que pudo pasar.
Recomendaste el fichaje de Zanetti.
Sí. Precisamente le descubrí cuando fui a Argentina a observar a Leo Biagini y pasé un informe para ficharlo porque, cuando lo vi jugar, me quedé anonadado. Pero, bueno, al final son tantos casos… Hay muchas veces que no puedes hacer el fichaje por temas económicos o simplemente porque el equipo ya tiene muy bien ocupado ese puesto y te tienes que gastar el dinero en otra cosa.
¿Qué jugador de los que viste, en tu etapa como secretario, te quedaste con las ganas de fichar después de verlo jugar?
Zinedine Zidane. Lo vi cuando estaba en el Girondins de Burdeos y me pareció un fuera de serie.
¿Intentaste ficharlo?
Ya lo tenía hecho con la Juventus. Fui a Francia porque estábamos siguiendo a otro futbolista y, cuando lo vi… En esa época, veía mucho fútbol, pero me dejó una sensación tremenda: era otra cosa.
¿El fichaje más difícil que cerraste?
Esta es una buena historia: Hasselbaink. No por sacarle de su equipo en sí, sino por convencer al presidente. Cuando buscábamos a un jugador, en este caso un delantero, no hablábamos de uno nada más, sino de tres o cuatro. En esta ocasión, del grupo de cuatro, argumenté por qué me decantaba por Hasselbaink, pues, al tener un entrenador que jugaba con muchos espacios, era interesante un futbolista de este perfil.
Sin embargo, al presidente le habían ofrecido a Martín Palermo, que era un tipo de delantero más estático, pero en el que él insistió bastante. Así, Gil me dijo que me fuera a Argentina a verlo en directo un par de semanas en los partidos que jugara con Boca Juniors, conocí personalmente al jugador –que era extraordinario– y elaboré un informe en el que apunté que lo que nosotros buscábamos era otra cosa.
¿Que era un buen jugador? Sí. Sin embargo, la velocidad no era su mejor virtud y, si tenía que correr treinta metros, no iba a poder brillar. Al final, logramos convencerlo y fue así como llegó Hasselbaink.
La temporada de Hasselbaink teníais un equipazo que acaba en Segunda División.
No te diré que sea el mejor, porque el año del doblete también hicimos un equipo sensacional, pero es cierto que esa temporada teníamos unos futbolistas muy buenos que luego salieron y fueron vendidos, como el propio Hasselbaink, Valerón, Baraja, Capdevila o Solari, al que, precisamente, me costó mucho ficharlo, pero fue un señor.
Le había visto jugar en River Plate, nosotros estábamos buscando un jugador de banda que tuviera calidad y le convencí. Al poco tiempo, una persona se metió por medio de la operación para intentar llevarlo él y presentárselo a Jesús Gil, pero Solari dijo que era yo, el secretario técnico, quien le había fichado e iba a venir conmigo. Fue ahí cuando lo firmamos.
Aquella intervención judicial.
Fue terrible. No sé si conocías el Vicente Calderón, pero había una entrada por donde estaban los socios y, en seguida, en el primer pasillo estaba mi despacho antes de llegar a la zona noble donde ya se encontraba el despacho de Miguel Ángel Gil y del presidente. Tú no sabes lo que es estar sentado en tu despacho trabajando, empezar a oír el ruido de las pisadas de las botas y ver aparecer a los miembros la Guardia Civil armados, tomando el pasillo y entrando en todas las salas.
No podías sacar nada ni entrar en ningún sitio. El interventor judicial se hizo cargo de todo. El ambiente que se generó en todas las actividades del club creo que fue una carga imposible de llevar y eso acabó con el equipo en segunda división.
Se llegó a decir que pidieron perder a los jugadores para meter presión y cobrar unos seguros.
En mi presencia, no. Yo, personalmente, siempre defendí a mi club. Y mi club era el Atlético de Madrid, no el interventor judicial. Después de esa intervención judicial, el equipo fue cayendo y cayendo. Todo lo que hubo alrededor provocó que los futbolistas no pudieran concentrarse en el fútbol. Como te decía antes, si no hay intervención judicial, el equipo no baja ni mucho menos. Todo lo contrario: habría estado arriba.
¿Cómo vives el descenso aquel día en Oviedo?
No estuve allí, pero ver que lo tienes ahí y se te va es algo que nunca te ha pasado por la cabeza. Fue muy doloroso.
El equipo desciende, tú comienzas la temporada siguiente, pero no la terminas.
Comencé la temporada en Segunda División, el equipo empezó mal con aquella derrota ante el Levante, luego en casa contra el Recre… cuando todo el mundo pensaba que íbamos a ganar todo. Muy pronto hubo un cambio de entrenador, llegó Marcos Alonso, que es cuando conocí también al profe Ortega, que vino con él.
Fue ahí cuando me llamó Jesús Gil: «Mira, Miguel Ángel, hemos empezado mal, queremos dar un golpe de efecto y va a venir Futre para trabajar codo a codo contigo. Tú tienes la experiencia y él mucha fuerza con la gente, la afición y también los futbolistas». Le respondí que me parecía perfecto, pero que me iba a mi casa.
¿Cómo era tu relación con Jesús Gil?
Correcta. Jesús Gil no era tonto y, dentro de su forma de ser, que imponía mucho, sabía escuchar a la gente que le hablaba con personalidad, argumentos y criterio. Yo no compartía muchas de las cosas que él decía, pero se lo comentaba y nunca tuvimos ningún encontronazo. De hecho, no me sentí maltratado en ningún caso. Tomé la decisión de marcharme como la tomé cuando era jugador, pero tampoco me negué a venir cuando me invitaron. Eso, para mí, fue un orgullo.
Tu siguiente etapa es de director deportivo en Tenerife, pero es muy corta.
Fue en la temporada 2002-2003, pero ahí hubo mala suerte, porque hicimos un equipo muy bonito, conseguí llevarme a Veljko Paunović, que la gente alucinó porque metió 18 o 19 goles… pero ¿qué pasó? Cuando iba a llegar Navidad, al presidente ya le tenían enfilado, fueron a degüello a por él e incluso le hicieron una moción de censura que terminó dejándole fuera. En esa situación, me encontraba en la tesitura de marcharme o quedarme y cumplir mis dos años de contrato.
Fue ahí cuando echaron al entrenador, vino otro y, al ver cómo estaba todo, que no pintaba nada ahí y la gente me iba a pedir responsabilidades, llegué a un acuerdo para que me pagaran lo que quedaba de temporada mientras seguía trabajando desde Madrid mirando jugadores, mandándoles informes y demás, y ya la segunda se la perdonaba y me marchaba.
Valencia también fue una etapa corta… y tumultuosa.
Cuando llegué a Valencia, fue todo muy positivo, tanto con el presidente como con el entrenador, Quique Sánchez Flores. Firmé por dos temporadas también, me integré a la perfección y el equipo arrancó más o menos bien, pero llegó un momento en que nos eliminaron de Champions League, en Valencia eran muy exigentes porque el equipo había ganado títulos y el presidente dijo que había que cambiar de entrenador y Quique no debía seguir. Fue todo muy rápido, a Ronald Koeman ya le tenían preparado, fui a hablar con él a Holanda, hicimos todo y vino para acá.
Koeman apartó a tres pilares como Albelda, Cañizares y Angulo.
Lo que hablábamos antes de los egos. Hubo un momento, después de un partido, en que vino el presidente y me comentó que el míster le había dicho: «A este, este y este hay que echarlos». Eran tres jugadores importantes y uno de ellos el murciélago del escudo, gente muy reconocida, por lo que respondí al presidente que iba a charlar con el entrenador porque lo que estaba haciendo era una barbaridad, se estaba equivocando, iba a perjudicar al club y liar la mundial.
Primero hablé con los futbolistas, que, evidentemente, estaban jodidos, y después lo hice con Koeman. En ese momento le di una solución al presidente para que, por lo menos, no hubiera demandas en la Liga de Fútbol Profesional, pues la intención era apartarlos del equipo, que es algo que no se podía hacer, ya que tenían que seguir entrenando en el grupo: una serie de cosas que Koeman no sé si no las conocía, porque se las pasaba por el forro.
Conseguimos que esto no fuera así, pero hubo un momento que aquello era insoportable: un juicio, los futbolistas no se hablaban con el entrenador y llegó hasta el día en que, aunque ganamos la Copa del Rey, el equipo seguía muy mal en Liga y la Junta Directiva tomó la decisión de echar al entrenador y a mí por ser el director deportivo.
Te echaron después de no ser tú el que recomendó al entrenador y estar en medio de toda la polémica entre Koeman y los futbolistas.
Al final, era un sitio complicado. Me dieron el finiquito y fui para mi casa.
También pasaste por Arabia antes de volver a casa.
Como había hecho el curso de director deportivo para la Federación, me comentaron que tenían un proyecto en Arabia con Al Hilal, para que fuéramos cuatro personas a poner en marcha su Academia, porque la tenían abandonada y no había competición. Presenté mi proyecto, por el que iba como director de la escuela junto a Pedraza, ya que él era entrenador, y dos técnicos que trabajaban ya en la Federación. Fuimos para allá y estuvimos dos temporadas, pero, en la última, hubo algunos problemas debido a que el club no estaba cumpliendo con algunos aspectos, estaba la cosa difícil, no sabíamos si íbamos a seguir o no y un día me llamó Clemente Villaverde.
Él había sido compañero mío, también era muy buen amigo y gerente en el Atlético de Madrid. «Miguel Ángel, ve calentando, Miguel Ángel Gil está aquí conmigo y le gustaría hablar contigo», me soltó. En ese momento, estaba en un entrenamiento con los niños, pero le respondí que me lo pasara y ahí le expliqué que, para ser un fichador y estar en el scouting, no iba a marcharme: quería ser el director técnico de la Academia, elegir los entrenadores, el estilo, el modo de trabajo, los campos… Miguel Ángel me dijo que fuera a Madrid y me ofreció un contrato de cinco años.
Sin embargo, no fue así como así: el Elche también me había llamado tres semanas antes que el Atlético de Madrid. El equipo estaba luchando por el ascenso –que luego terminó produciéndose– y el presidente me quería como director deportivo. Cuando le comenté la situación a Miguel Ángel Gil, su respuesta fue muy clara: «Tú eliges», debido a que sabía que iba a decir que sí.
Tras esto, primero llamé al presidente de la Federación para informarle y luego al presidente del Elche para explicarle que me había contactado el equipo de mi vida, no podía decirle que no y él fue tajante: «No te preocupes». Fue así como volví al Atlético de Madrid en 2014.
Al principio fue una experiencia dura. Es verdad que me dieron todo, pero éramos demasiados directores. A mí me gustan los equipos de trabajo, pero no en los que haya tantas jerarquías altas. De cualquier modo, dado que había gente muy buena, todo se gestionó bien y salimos para adelante. Todo fue poco a poco, pues, en el primer año, no podía llegar y decir qué entrenadores o qué preparadores físicos tenían que marcharse antes de verlos trabajar.
Hicimos un seguimiento, les transmitimos lo que queríamos, ya en el segundo año hicimos algún cambio y, en el tercero, fue el boom y llegamos a lo que queríamos: los equipos empezaron a funcionar y a ganar. Tenía contrato hasta el final de la 2019-2020, pero, antes de que terminara esta temporada, decidí irme, porque tengo que estar a gusto donde trabajo.
Era director de la Academia, pero había un director general que se encargaba de estar con el Ayuntamiento, teníamos un convenio con Arabia y más temas, pero había cosas que no podía consentir. Podían estar bien, pero no participaba en ellas y no creía. Era el responsable, a mí era al que reconocían los padres de los chicos, los equipos… e incluso me habían propuesto que me quedara para siempre con un contrato indefinido.
Sin embargo, para no hacer las cosas que tenía que hacer, dije que no. No era por el contrato, estaba en el equipo de mi vida y todo se estaba haciendo bien, pero… se nos quedó a medio camino. Fue ahí cuando me fui y, desde entonces, no he vuelto a hacer otra actividad.
¿Cómo es ahora un día para Miguel Ángel Ruiz?
Mi vida ahora ha cambiado mucho, oficialmente estoy jubilado y mi actividad en lo relacionado con el fútbol y el Atlético de Madrid es formando parte de la directiva de la Asociación de Leyendas, donde tenemos bastantes actividades. Nuestro principal objetivo es ayudar a los compañeros que puedan necesitarlo.
En mi caso, soy el encargado de cursos de formación para aquellos que quieren mejorar en cómo hablar en público y temas similares. Luego está todo el tema de visitas a peñas, asistencia a eventos y presentaciones de jugadores del primer equipo. En cuanto al resto, estoy entre Madrid y Toledo, disfrutando de la vida con mi mujer. Ambos somos nacidos en Toledo, tenemos una casa allí y tratamos de pasarlo lo mejor posible. Me gusta, sobre todo, leer y escuchar música: tengo un gran número de discos y lo saboreo mucho.
¿Ves mucho fútbol?
Realmente no, sobre todo si lo comparo con todo lo que veía cuando estaba en activo, que era tremendo. Y eso que entonces había menos posibilidades porque no había tantos partidos en televisión. Tenía un montón de vídeos de todas las ligas y pasaba muchas horas viendo y analizando. Si lo comparo con eso, ahora la cantidad es mucho menor, aunque de los partidos del Atleti no me pierdo ni uno.
Toda esa vorágine del día a día analizando jugadores, negociando fichajes… ¿se añora?
Sí que lo echo de menos, aunque ahora quiero disfrutar de mi tiempo con mi familia y compartir momentos con mis hijos. Y, sobre todo, con mi mujer. Ella también se ha sacrificado muchísimo debido a que vivir con un futbolista es complicado. La gente solo ve una parte, pero también es difícil con las tensiones, concentraciones…
Cuando estás en un equipo como el Atlético de Madrid, entre semana juegas partidos internacionales, luego tienes pretemporadas y un largo etcétera. Cuando tienes la suerte de ser director deportivo y estar en la Academia, es una locura, no tienes ni vacaciones ni momentos libres.
Futbolista, director deportivo, responsable de cantera, en medios… ¿qué te ha faltado en tu carrera?
De las funciones que se pueden hacer, la única es entrenador, pero nunca he querido sentarme en el banquillo. Ha sido una carrera muy feliz.
¿Y qué echas de menos, Miguel Ángel?
El olor a césped.














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Un entrevista de las buenas que hace Jot Down a deportistas. Gracias a JDSport y a D. Miguel Angel Ruiz Gonzalez, mi tocayo.