Entrevistas de fútbol

Jorge Bernardo Griffa: «El caudillo Franco vino a conocerme, me dijo que era un futbolista asesino»

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Jorge Bernardo Griffa

Durante sus diez años consecutivos como defensor del Atlético de Madrid en la década del ‘60, Jorge Bernardo Griffa (Casilda, 1935) tenía la rudeza de Clint Eastwood en La Trilogía del dólar, hoy es el personaje tierno y simpático de La Mula. Nos recibe con amabilidad en la oficina que tiene montada en una de las habitaciones de su departamento en el barrio Recoleta de Buenos Aires y se acomoda para conversar un rato largo.

Se divierte repasando su época de jugador bravo junto a Rivilla y Calleja en la zaga, recuerda el pacto que tenía con Luis Aragonés («vos manejás el equipo de la mitad de la cancha para arriba y yo de la mitad para abajo») y habla de su amistad y rivalidad con Alfredo Di Stéfano, el mejor jugador que le tocó enfrentar.

Si su pasado dentro de la cancha lo vuelve un emblema del fútbol, lo que hizo afuera lo convierte directamente en prócer. Como formador de jugadores juveniles desarrolló un proyecto modelo en Newell’s Old Boys de Rosario que marcó un camino en Argentina y hoy copian todos los clubes. También tuvo un paso exitoso por Boca Juniors, el fútbol mexicano y creó su propia academia.

Sus manos moldearon a Jorge Valdano, Gabriel Batistuta, Américo Gallego, Gerardo Martino, Walter Samuel, Mauricio Pochettino, Nicolás Burdisso, Fernando Gago, Carlos Tévez, Giovanni Lo Celso. Dice que tiene recuerdos imborrables y que la memoria a veces lo traiciona. Reniega un poco del paso del tiempo. Trata de mantenerse activo.

¿Así que está escribiendo un libro?

Sí, ahora estoy escribiendo mi segundo libro con todo el trabajo que tengo de tantos años. En esta computadora debo tener una pila de conferencias, de charlas diagramadas con todo el empuje que les dábamos a los chicos para que se desarrollen jugando al fútbol y puedan llegar a Primera. Está lleno de situaciones vividas y que uno las tiene siempre presentes a pesar de los años, le tengo que pedir a mi hijo que me ayude para corregirlo. Yo se los quería mostrar a ustedes porque acá están todos los cursos que tengo hechos…

Curso simple para mejorar al que enseña y al que aprende, Curso nuevo para juveniles, mayores y menores, Cursos para entrenadores, educadores y docentes juveniles mayores… ¿Esto es todo lo que usted trabajó a lo largo de su vida?

Sí, yo lo que quiero es encontrar la vuelta de todo lo que tengo para que otros lo puedan capitalizar. Estos cursos no los tiene nadie, los tengo yo nada más. Y lo digo con toda humildad pero también con todo el reconocimiento: no los tiene nadie.

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¿Viene todos los días a este lugar?

Esta es una oficina que armé yo acá, que es parte de mi departamento, acá tengo los recuerdos marcados de todos los calibres y de todas las zonas, de Madrid, de Rosario, de Buenos Aires, de México, recuerdos de todos los rincones. En esa foto estoy con mi papá, que jugaba al fútbol en Alumni de Casilda, ahí con todos los chicos de Newell’s, acá está Balbo, Sensini, Samuel, en esa con Antonio Rattín de cuando estuve en Boca, con Macri [Mauricio, presidente de Boca entre 1996 y 2007 y de Argentina entre 2015 y 2019] con el plantel de Argentina del 59.

Esa es la camiseta que usé cuando se jugaban los torneos Evita. Y eso es del homenaje que me hicieron en el Aleti hace poco [en octubre de 2019]. Me mandaron los pasajes, querían que fuera sí o sí. Fui y me encontré con un montón de ex compañeros y amigos. ¡Fijate cómo estaba de gente!

¿Y cómo lo recordaban? Porque pienso que la mayoría de la gente que ahora va a la cancha a ver al Atlético de Madrid no lo ha visto jugar a usted.

Y no, queda en el recuerdo de los veteranos… No es un recuerdo que esté cerquita, ya pasó el tiempo. Como yo siempre digo, la vida pasa tan rápido que no nos damos cuenta, la vida va pasando y desgraciadamente no la podemos parar. Pero me han hecho recordar situaciones que tenía prácticamente olvidadas y que son recuerdos imborrables.

Bueno, repasemos esos recuerdos entonces. ¿En qué año se fue de Casilda, su ciudad natal, para ir a Rosario a jugar a Newell’s?

Y, a veces con el tiempo uno pierde las cuentas… Yo fui a probarme y me vio el alemán [Adolfo] Celli, al que considero y consideré parte de mi vida, fue él quien impulsó que yo quedara en Newell’s. Y estuve una pila de años en el club hasta que me fui al Atlético.

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Eso fue en 1959, una época en la que prácticamente no había argentinos en Europa.

Claro, casi no había, casi no había. En ese tiempo me acuerdo que estaba Di Stéfano nada más. También había un uruguayo, Santamaría. Y después llegué yo. A mí me vieron jugar con la selección argentina en el Sudamericano que ganamos ese año. Me llevaron por carácter, yo tenía un carácter tremendo dentro de la cancha.

¡Don Arturo Boghossian, ése me llevó a España! Me dijo «tú pertenecer a mí» [risas]. Y ahí ya empezó la cosa. Diez años estuve en el Aleti y salimos campeones. Le ganamos dos finales al Real Madrid en su propia cancha, en el Bernabéu.

Y no a cualquier Real Madrid, ¡al Real Madrid de las cinco Champions consecutivas!

Estaba Di Stéfano, estaba Puskas, Gento, Rial, tipos de un calibre futbolístico magnífico. Ganaban todo pero cuando los agarrábamos nosotros, los liquidábamos, se apichonaban. Di Stéfano me decía «Jorge, será posible que nos ganen otra vez». Y la gente del Atlético se agrandó…

Me acuerdo que el segundo año que le ganamos en su propia cancha, lo agarro a Alfredo y le digo «Pelado, trata de no llegar hasta el área porque no vas a perder sólo el partido, ¡vas a perder la cabeza también!». Y después no le hacía nada [risas]. Teníamos una relación de amistad fuera de la cancha. Dentro de la cancha nos olvidamos de todo y era cuestión de tratar de matarnos si podíamos, pero fuera de la cancha éramos amigos.

¿Y con el Barcelona?

Al Barcelona también lo teníamos de hijo. Jugaban Luis Suárez, Kubala, Kocsis, Czibor… ¡Un cuadrazo tenían también! Pero nosotros en el Atlético los hacíamos sentir pobres, chiquitos, a través del insulto, de que les íbamos a matar a la familia… [risas].

Usted era bravo, ¿no?

Sí, bravísimo. Era un asesino a sueldo. Era excesivamente complicado trabajar conmigo. Yo les decía a mis compañeros «Acá al que afloja, lo mato, eh. ¿No quiere morir ninguno, no? Bien, entonces hay que jugarse la vida». Ocurre que uno tenía el pensamiento claro de que el que quería jugar y ser un jugador de Primera División tenía que esforzarse, y el esfuerzo no está en todos los humanos…

Sobre todo en aquel tiempo, el que tenía un buen toquecito de pelota no quería esforzarse. Y el que no se esfuerza pierde un montón de situaciones para ir creciendo y ser cada día mejor, a diferencia del que capitaliza lo que va aprendiendo pero también se esfuerza por lo que debe aprender.

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¿Cómo se definiría como jugador?

Yo tenía unas características, digamos, de aquel que siempre se queda corto en sus ambiciones. Yo quería llegar a ser un jugador de alto calibre, dentro de mis propias limitaciones. Porque, claro, yo tenía las limitaciones que tiene aquel que es un jugador medio, pero yo me impulsé a ser un gran jugador porque no dejé que el tiempo pasara sino que lo provoqué al tiempo para que me diera todo lo que podía darme.

¿Se acuerda cómo formaba el Atlético de Madrid en los ‘60?

Tengo por acá algunas fotos dando vueltas… Rivilla Griffa Calleja éramos los tres que jugábamos en el fondo. Había un brasilero, Ramiro Rodrigues Valente. Después jugaba Peiró, Collar, un portugués que se llamaba Mendoza, un jugador excepcional el portugués… Él había nacido de una madre negra y un padre español, en el norte de África, y era un jugador de alto calibre. ¡Cuando quería jugar el tipo era un fenómeno!

¿No lo tuvo de compañero a Luis Aragonés también?

¡Sí, claro! Mirá, yo tengo anécdotas con todos. En los partidos duros y difíciles yo le decía «Luis, vos te encargás de la mitad de la cancha para adelante, yo me encargo de la mitad para atrás. Al que falle hay que matarlo, vos a los de adelante y yo a los de atrás, y hay que decírselo para que lo sepan claro». Y nos tenían un miedo… [risas]. Yo iba a cada lugar de España y, en cada punto distinto, ya de entrada me tenían terror.

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¿En las canchas?

En las canchas, sí. La gente, la hinchada, todo.

¿Y los árbitros eran permisivos?

Zariquiegui era un árbitro que me agarraba y me decía «tú, dale Griffa, mátalos a todos, eh». Y entonces la gente hacía «aaaaaahhhh» [risas] y Zariquiegui me alentaba… «mátalos a todos».

Hablando de jugadores bravos, a usted en la selección argentina le tocó marcar a Pelé en el Sudamericano del 59 y le fue bastante bien. De hecho, en cierto modo, eso le permitió llegar de Newell’s a Madrid…

Siiii, era bravo Pelé. Pero con el carácter que tenía yo en ese tiempo… Porque, claro, mi vieja era costurera y mi viejo era mecánico, tenían serias limitaciones. Y yo de chico ya trabajaba, iba a buscar vidrios, papeles, diarios viejos y después los vendía y con eso acomodaba los tantos en mi casa. Y eso me ayudó, vivía dentro de la pobreza pero con el máximo deseo de superación.

Además, en esa época como jugador de fútbol no es que se ganara mucho dinero.

¡Nooooo, qué va a ganar! ¿Comparado lo que se ganaba antes con lo que se gana ahora? ¡Nooooo!, teníamos que jugar una pila de años para ver si nos podía tocar un poquito… un poquito. El deseo ferviente, primero, era ser un gran jugador, que era difícil. Pero también era cierto que nos gustaba ganar un poco de dinero. Éramos todos pobres.

¿Había diferencia entre lo que se ganaba en Argentina y lo que se ganaba en España?

Sí, había diferencia. Además eran muy pocos los jugadores que se insertaban desde los distintos países. Me acuerdo que en España había pocos extranjeros, no es como ahora donde los contactos que hay son superlativos y entonces da pie para que de un país a otro los jugadores se puedan mover con amplia y total facilidad. En aquel tiempo no la había, ahora sí.

¿Es verdad que usted jugó toda su carrera con los ligamentos de la rodilla rotos?

Sí, sí.

¿Cómo hizo?

Bueno, me ataba. Me ataba así con unas vendas que teníamos, acá arriba y abajo [se incorpora del sillón, se señala la pierna y hace en el aire el gesto de atarse]. Y no podía estirar la rodilla más que un cierto límite. Si la estiraba mucho me tenían que esperar para llevarme al sanatorio. Pero como me vendaba así, yo podía jugar. Daba esa ventaja. Y entonces don Ángel Garaizbal, que era el médico, un médico con una personalidad de alto vuelo al que nosotros le teníamos mucho respeto, me dijo «no, tiene que operarse, no puede seguir jugando así». Y efectivamente él me cuidó y me curó.

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En aquellos años, operarse podía significar el final de la carrera…

Claro, la preparación de los médicos no era tanto como ahora, era distinto.

¿Durante esos años en Madrid cómo era su vida?

Y, vivía para eso, vivía solamente para jugar al fútbol. Lo que pasa es que tuve una relación rápida con los compañeros, porque yo era un tremendo ganador y entonces esa situación me ayudaba a tener más amigos.

¿Y recuerda cómo se vivía en España? Porque en esa época, por ejemplo, la Copa del Rey que ustedes le ganaron al Real Madrid se llamaba Copa del Generalísimo.

Yo te quiero mostrar algo que te va a sorprender… A ver si está por acá… [busca entre las paredes de su oficina] tengo tantas fotos que no sé si la voy a encontrar… Era el caudillo, el caudillo Franco, me fue a ver a la cancha para conocerme… «Me han hablado tanto de ti -me dice- que tengo que venir a verte yo en vez de que tú me veas a mí», eso me dice el caudillo… La tengo que tener por acá… Me acuerdo que me dijo «me han dicho que tú eres un jugador de fútbol medio y un asesino» [risas]. «Sí -le dije- tengo algo de eso».

Pero vos sabés que no la encuentro… Qué lástima, es una foto en la que estaba conmigo, me daba la mano…. Porque don Fernando Fuertes de Villavicencio, que era ayudante de Franco en el gobierno español, ése era del Atlético. Y ése fue el que me dijo «el caudillo te quiere ver».

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¿Franco era del Real Madrid?

No, no era de nadie. Él era de él nomás…

Habiendo estado tantos años en España con un buen nivel futbolístico, ¿nunca tuvo la chance de jugar un Mundial?

Yo podía haber jugado para España pero no pude porque había nacido en Argentina, era argentino. Mi idea era haber podido jugar un Mundial… pero no me volvió loco eso.

¿Y de la selección argentina tampoco lo convocaron nunca?

Sí, en el Campeonato Sudamericano del 59.

A un Mundial me refiero, ¿al de Inglaterra 66 por qué no lo convocaron?

Había muchos intereses en determinadas cosas y no era cuestión de traerme de Europa si ya tenían jugadores acá.

¿Cuál fue el mejor de todos los jugadores que le tocó enfrentar?

Di Stéfano fue el mejor. Di Stéfano fue el mejor. Pero también estaban Kubala, Kocsis, Czibor, el portugués Mendoza. Todos estos que te estoy diciendo convivieron conmigo, yo jugué a la par de ellos.

¿Y de otros clubes por fuera de España? Porque usted con el Atlético también jugó y ganó copas europeas.

Sí, claro que sí. Pero de todas maneras para mí no existían los contrarios, ni el Real Madrid existía para mí. A Di Stéfano, que era una figura estelar, yo no le daba importancia, a Gento lo mismo, a Puskas lo mismo, para mí no existían. Para mí existía el Atlético únicamente.

En el Atlético jugó hasta 1969, después pasó al Espanyol y en 1971 se retiró, ¿cómo fue ese momento?

Lo sentí, lo sentí mucho, porque yo pensaba «estoy jugando y estoy jugando bien, medianamente bien, no estoy jugando mal», siempre uno tiene ese pensamiento pero a veces la realidad te marca que fue disminuyendo tu rendimiento. Y llega un momento en que la vida en sociedad te ayuda a abandonar el juego que a vos te ha apasionado.

Me costó trabajo volver después de tantos años en el Atlético, volver acá me costó trabajo, pero también es cierto que me acordé de todo el tiempo que pasó y de toda la capitalización de conceptos futbolísticos que me fueron dando esos años.

Volvió a Argentina y enseguida arrancó como director técnico de la Primera de Newell’s, ¿no?

Sí, primer error mío. Porque no estaba preparado yo. Pasa que simplemente hablaron conmigo para que dirigiera y yo creí que sabía y no sabía nada. Con los profesionales me di cuenta de que primero hay que aprender a enseñar para luego desarrollarse como corresponde al fútbol grande.

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Entonces empezó a trabajar con juveniles…

Claro, yo creí que era fácil y no era así. Entonces empecé a capitalizar conocimientos y me dediqué al juvenil, a la captación y el desarrollo del chico. Y eso lo pusimos en práctica durante un montón de tiempo, porque esa gestión, que se debía hacer sin ninguna duda, había que vivirla y llevarla a cabo a través del perfeccionamiento. Para el trabajo en divisiones menores hay que tener gente preparada, se debe contar con gente competente.

Me acuerdo que yo les decía a los dirigentes de Newell’s «Ustedes son unos vivos bárbaros, ustedes quieren tener a estos pibes, ¿pero quién los prepara? No los puede preparar gente que no sabe. Lo primero que hay que hacer es preparar a los que enseñan». Por eso trabajé en el desarrollo del entrenador y del jugador juvenil, poniendo en práctica todo lo que yo había aprendido como jugador y con todos los argumentos que se tienen que tener para el desarrollo de los chicos.

A los pibes que eran zurdos yo les decía que tenían que ser derechos y a los derechos que también fueran zurdos. Eso no se estilaba antes, hasta que yo empecé a decirles a los pibes que debían tener el manejo de las dos piernas; si bien la realidad es que los derechos van a ser mejores con la derecha, los argumentos de la zurda también los deben tener.

Yo les explicaba que no quería que dieran ventaja, pero con argumentos, no con pensamientos, se los explicaba con argumentos sólidos para que dieran la respuesta adecuada.

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Ese desarrollo que empezó a hacer en Newell’s, ¿usted lo vio en Europa, lo copió de ahí o es algo que desarrolló medio intuitivamente?

Intuitivamente fue. Yo tuve la suerte de expresarme en un club que tenía un ambiente familiar y de ahí lo hicimos crecer, estuve mucho tiempo y viví los mejores momentos. Me queda el orgullo de saber que fui un gestor de todo eso que tiene Newell’s para la competencia y para las pruebas de los jugadores. Porque antes se esperaba que a uno le trajeran los jugadores, en cambio yo los fui a buscar, por eso fue que Newell’s después sale campeón con todos jugadores del interior del país. Yo los fui a buscar a todos los clubes del interior con un coche que me prestaron, no tenía coche yo…

¿Cómo era ese proceso de búsqueda?

Me iba a todas las provincias, a la parte central de las provincias, a los lugares en donde estaba el club que tenía el mejor desarrollo, me lo marcaban y yo iba ahí y me quedaba unos días mirando todo lo que se desarrollaba en ese club. Y así fui haciéndolo, y entonces fue que surgieron todos esos jugadores que, en vez de esperar a que te los traigan, los fuiste a buscar.

Acá hay fotos con algunos que tuve como jugadores juveniles: Valdano, Batistuta, Pochettino, Berizzo, Heinze. A Heinze lo traje de Entre Ríos, en ese momento era simplemente un jugadorcito y luego se hizo un jugador excepcional a través de todos los argumentos que le dimos. También los tuve a Gago, a Tévez, todos esos estuvieron trabajando conmigo…

Gago y Tévez ya son de su época en Boca, porque usted estuvo en las divisiones juveniles de Newell’s casi veinticinco años y en 1996 se fue a Boca…

Exacto, me llevó Mauricio Macri cuando fue presidente de Boca, con quien tuve y sigo teniendo muy buena relación, no hace mucho estuve con él. En Boca estuve varios años también y después me fui a México, que me contrató la Federación [Mexicana de Fútbol], siempre me recuerdan y yo los recuerdo a ellos por el trato que tuvieron conmigo. Y en Independiente también estuve unos meses.

¿A usted le gustaban más los jugadores de buena técnica o los que tuvieran actitud y fuerza física?

Mirá, los jugadores tienen que tener técnica, temperamento fuerte y coordinado, velocidad física y mental, inteligencia y ser psicológicamente equilibrados. Esos son los cinco argumentos que tiene que tener el jugador. Cuanto más se acercan al jugador ideal, más posibilidades tienen.

Jorge Bernardo Griffa

¿Hay un ojo especial para detectar un talento?

Y… a veces uno se equivocaba porque apuntaba a uno que no tenía nada y luego tenía una explosión, pero técnica y temperamento fuerte y coordinado, velocidad física y mental, inteligencia y ser psicológicamente equilibrados, esos cinco puntos tienen que tocarlos. Y eso no lo sabía la gente en general, yo lo sabía, lo sabía porque lo había aprendido en Europa. Y eso, en parte, fue bastante importante para el desarrollo del jugador argentino.

Pensando en todos esos atributos, ¿cuál fue el mejor jugador que pasó por sus manos?

Había varios, había varios. Fueron tantos los chicos que en este momento se me turba la vista y no recuerdo cuál puede ser, a veces se me piantan [se van, se olvidan] los nombres… Uno podría ser Pochettino, que lo fuimos a buscar con Bielsa al interior de la provincia de Santa Fe, a un pueblo que se llama Murphy, fuimos a ver a otro pero lo vimos a Pochetino y lo trajimos a él.

Nos habían dicho que estaban por llevarlo a Central pero nosotros lo llevamos para Newell’s. Otro fue Tévez… A Tévez lo saqué de una villa. Yo iba a Ezeiza y vi que estaban jugando unos pibes. Y me paré. Y estaba Tévez. Ni sabía que era Tévez. Y le dije a uno que estaba conmigo «bueno, a esos cinco que marqué, quiero verlos en Boca». Y entonces los traje. Naturalmente, el mejor de todos era Tévez.

Al poquito tiempo de llegar a Boca recomendó que compraran varios juveniles de Argentinos Juniors entre los que estaba Riquelme…

Sí sí, a Riquelme también lo llevé yo a Boca… Fueron tantos, yo vivía para eso.

Recién lo nombró a Marcelo Bielsa, ¿fue su principal discípulo, no?

Él había estado bastante tiempo conmigo en Newell’s, como jugador era limitado, pero un día, cuando yo vi que estaba dispuesto a seguir como técnico, le dije «vos me vas a seguir a mí y vas a llegar a ser un técnico de gran calibre». Se lo decía yo de lo caradura que era, no porque en ese momento diera una impresión de esa naturaleza [risas].

Me acuerdo que Bielsa a Batistuta no lo quería, él me decía «no, Jorge, es un grandote que no sirve», y yo le contestaba «no sabes nada, ese grandote va a ser un gran jugador» y efectivamente después Batistuta fue un gran jugador y goleador, pero bueno, se dieron tantas cosas distintas… Lo que siempre tuvo Bielsa era esa prepotencia que tienen que tener los técnicos para que los jugadores le den una respuesta adecuada. Y fijate que todavía sigue andando…

Usted sabe que tengo una anécdota muy simpática con Batistuta. Yo soy hincha de Newell’s y de chico les pedía autógrafos a todos los jugadores, los titulares, los suplentes, los de Reserva. Un día me acerco a un grupito y le pido uno a Batistuta, que había jugado un rato en Reserva por primera vez. Él se pone colorado y dice «noooo, yo no soy nadie, pedile a Bustamante, que él ya está entrenando con la Primera». Finalmente Bustamante nunca debutó pero yo tengo su autógrafo y el de Batistuta no: por pudoroso no se animó a firmar.

[risas] Fijate que tengo ahí una foto de Batistuta, un gran jugador… Yo siempre le decía que iba a ser un gran jugador.

A Scaloni también lo tuvo, ¿no?

Sí, pero con Scaloni fue distinto. Yo no lo tuve tanto a Lionel, lo tenía al hermano, Mauro, porque el padre quería meter a los dos en Newell’s pero yo le dije «no, el que vale es éste -el que ahora es técnico- el otro no». Y entonces el padre se fue y se los llevó a los dos.

Jorge Bernardo Griffa

Claro, se fueron a Estudiantes de La Plata.

Porque el padre quería que jugaran los dos.

Y a Deportivo La Coruña también fueron los dos. Cuando uno mira las carreras de los hermanos Scaloni, se puede ver que hasta 2006 estuvieron los dos en los mismos clubes pero Lionel era titular en todos lados y Mauro no jugó ni un solo partido en Primera.

Es que había una diferencia muy grande, no era sólo futbolística sino también física. Este muchacho, el que está ahora como técnico, tenía un buen físico, el otro era un gordito [risas].

¿Y le parecía bueno Lionel Scaloni?

Como jugador tenía bastantes condiciones, pero sobre todo se imponía porque tenía una situación favorable en lo físico.

Una vez le escuché decir a Ricardo Gareca que, en la formación de jugadores juveniles, cada vez más los técnicos tratan de inculcar conceptos tácticos y no se ocupan tanto de la técnica. Y él criticaba esa tendencia, decía que lo fundamental en la formación de un chico era la técnica, que la táctica era una tarea que debía quedar para que los directores técnicos profesionales las trabajaran más adelante. ¿Está de acuerdo?

Yo creo que si no hay técnica no hay táctica que valga, eso sin ninguna duda. Pero los que hemos desarrollado el fútbol desde abajo, nos damos cuenta que muchas veces nos quedamos cortos. O sea, yo a esta altura de mi vida, entendí cosas del fútbol que antes no entendía y eso a uno lo limitaba, lo limitaba en su tarea de aportar al desarrollo del jugador. Era más instinto lo que salía del propio jugador, buscando determinadas situaciones favorables para ser un jugador importante. Pero para que pueda llegar a eso hay que darle los argumentos que corresponden y así te van a dar la respuesta adecuada.

¿Sigue mirando partidos de fútbol?

Sí, sigo mirando. Pero no tanto como antes.

¿Y antes miraba mucho?

Y sí, porque además era prácticamente una obligación para mí ver a los chicos que iban creciendo hasta que llegaban al fútbol grande. Y muchos de ellos llegaban a ser jugadores de Primera División, ya no solo los que se formaban en el club, sino los que yo iba a buscar al interior del país. A esos clubes con los que yo tenía contacto les decía que cuando un jugador que me llevaba jugara el primer partido en Primera División, mi club le iba a dar un porcentaje de dinero. Los otros clubes no les daban nada.

Sobre ese tema después se hicieron legislaciones específicas, por ejemplo ahora están los derechos de formación.

Sí sí, eso fue cambiando para mejor.

¿Cuántas horas le dedicaba por día a su trabajo?

Todas. Todas. Yo terminaba para ir a comer a la noche, irme a dormir y saber que a la mañana temprano me levantaba otra vez.

Me imagino que en su familia no estarían muy contentos…

No, no estaban muy a gusto… [risas]

Jorge Bernardo Griffa

¿Y ahora extraña?

No. No, no lo extraño, ya me he quemado tanto con todas estas cosas que ya no extraño para nada. Lo que sí es cierto es que yo veo un pibe y, por la experiencia que tengo, enseguida te digo «mirá, tiene esta característica».

Ese va a ser un buen marcador central.

Claro, porque uno sabe que hay una situación para el puesto, que a veces un delantero es un buen defensor, alguien que ya tenía programada toda su vida futbolística como delantero y resulta que dio una buena respuesta como defensor. Todas esas cosas uno las fue aprendiendo y las fue demostrando a través de todo el tiempo que transcurre en un día viviendo para eso. Los entrenadores de jugadores juveniles tenemos que tener olfato para eso.

¿Tuvo hijos?

Sí, tuve tres.

¿Y nunca jugaron al fútbol?

No, yo no quise que mis hijos jugaran al fútbol.

¿Ah, no?

No, no.

¿Y ellos querían?

A ellos les daba tranquilidad decir «si mi viejo dice que no quiere que juguemos, no jugamos». Hay uno ahora que está en África, está en un club en África como técnico, me comunico prácticamente todos los días con él. Hay otro, Jorge, que está en Mendoza, yo no quería que jugaran porque yo había sufrido mucho jugando.

Jorge Bernardo Griffa

Y más allá de que usted no quería que jugaran, ¿eran buenos, les veía condiciones?

No se trataba de las limitaciones o no que podían tener, los conceptos futbolísticos estaban borrados por el compromiso y la responsabilidad de lo que yo había pasado. Además estuve en una etapa donde se ganaba poco económicamente, entonces yo prefería que fueran gente de sociedad y que no tuvieran que andar corriendo, porque las exigencias económicas los hacían correr.

¿Alguna vez sueña que está dentro de una cancha jugando al fútbol?

No, ya no. Al principio sí, pero después ya no. Después ya no tuve más el pensamiento de que podía seguir jugando. Ya había hecho todo lo que tenía que hacer.

2 Comentarios

  1. Historia viva del Atlético de Madrid. Gracias Javier. Mi padre la habrá leído, gustoso, desde el cielo.

  2. Un hombre de equipo sabía. Que hacer para motibar al compañero.D.E.P. grifa

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