
El entrenador de la selección nacional de China, Aleksandar Sasa Djordjevic, ha dado una entrevista en X&O’s, el espacio de uno de los mejores periodistas de baloncesto de los Balcanes, el sarajevita Edin Avdic, para comentar las fortalezas que debe tener todo entrenador.
La parte que más nos atañe por aquí de todo lo que ha dicho ha sido la relativa a los jugadores españoles. Todavía no era entrenador, pero en el FC Barcelona coincidió con Navarro y Pau Gasol cuando ambos empezaban a jugar con el primer equipo. En esa época, él era la estrella y trató de ejercer un papel de tutor con ellos. Sin embargo, no logró convencerles de gran cosa. Es por lo que, explica, eran grandes jugadores.
De Navarro dice que cuando le vio tirar su biomecánica no encajaba con lo que tradicionalmente se enseñaba en las categorías formativas de todos los clubes: «Le dije, ‘no tires así, deberías tirar así’… Estuvimos probando durante un mes y medio, pero no había forma de que metiera los tiros de la manera que yo le decía. Entonces volvió a lo suyo y yo me rendí».
Ahora reconoce que fue un error. «¿Te imaginas que yo hubiera sido su entrenador y le hubiera impedido tirar su ‘bomba’? Habría arruinado la mayor arma del baloncesto español en los últimos tiempos». Y luego añade, bromeando: «Incluso intenté que dejara de fumar, pero no tuve éxito».
Pese a esta anécdota, pasados los años, Djordjevic es quien se rinde ante el talento de la pareja de jugadores catalanes. Es sorprendente cuando explica que está orgulloso de haber compartido tiempo con ellos en un vestuario: «Hay una foto que me es muy querida, con Gasol y Navarro. Ellos empezaron a jugar en el primer equipo con 17 o 18 años. Yo era el extranjero del Barça en ese momento». Ahora son jugadores, en el caso de Pau Gasol y su hermano, Marc, que han logrado anillos de la NBA.
La influencia de Aíto García Reneses
Djordjevic también ha destacado a su entrenador de entonces, Aíto García Reneses, como uno de los que más le han influido cuando ha tenido que ponerse él al frente de los vestuarios después de retirarse. Nunca olvidará una lección que le dio sobre los roles a largo plazo que tienen los jugadores en los equipos.

Le dijo: «Fui a Aíto y le dije que podía anotar más puntos. Aíto me respondió que no había razón para hacerlo, porque nuestro objetivo como club de baloncesto del Barcelona no era ganar partidos, sino ganar títulos. Los títulos se ganan al final, en los playoffs contra los mejores equipos. Me dijo que si anotaba 30 puntos en cada partido y la gente se acostumbraba a eso, el mejor equipo en los playoffs me reduciría a 16 o 18 puntos. Y que si nuestros jugadores no estaban preparados para asumir esa diferencia de puntos, tendríamos un gran problema»
«Esa filosofía me marcó y me sigue guiando hasta hoy», reconoce el serbio. Cada jugador, tenía su misión y no se acababa después de cada partido, era un propósito para todo el año: «Durante la temporada, él les daba roles a los jugadores para que se sintieran fuertes, poderosos. Era una preparación mental y colectiva para el momento decisivo».
Sobre todo, destaca su papel como motivador. En un momento duro para Djordjevic, cuando se produjo el bombardeo de Yugoslavia en 1999, recuerda cómo sus palabras le enchufaron lo suficiente para impulsarle a liderar el equipo y alzar un título europeo: «Jugamos la final de la Copa Korać en 1999, el año en que la OTAN bombardeó Serbia. Perdimos el primer partido en Madrid por 15 o 16 puntos contra Estudiantes, que era un gran equipo en aquel momento. El segundo partido lo jugamos en Barcelona. Empezamos muy bien, pero ellos se recuperaron y al descanso íbamos ganando por 2 o 3 puntos. En ese momento, Aíto entra al vestuario y me habla directamente: ‘Exactamente ahora, en este momento, el equipo necesita tu calidad individual, tu liderazgo, tus puntos’. Yo pensé: ‘¡Oh, bienvenido!’ ¡por fin!. Salimos a la pista, jugamos increíble, metimos nuestros tiros y al final ganamos la Copa Korać».
Aquello le enseñó a estar cuando hay que estar, en los momentos clave, más allá de buscar el lucimiento permanente: «La Copa Korać fue para mí una competición muy especial. En ese momento, era el segundo torneo más importante de Europa, solo por detrás de la Copa de Campeones de Europa (más tarde Euroliga). Estoy muy feliz de que la filosofía de Aíto se confirmara y tuviera éxito en esa final».

No le costó escuchar a Aíto porque ya venía de haber recibido lecciones semejantes. Su propio padre nunca le elogió por su talento, siempre trató de corregirle y que fuese más a los apoyos, defendiera junto con sus compañeros y no se creyese una estrella: «Una de las mejores cosas que me pasó fue una conversación con mi padre después de un partido en el que metí 20 puntos. Volví a casa muy contento porque había hecho un gran partido. Tenía 17 años. Él estaba viendo la televisión… y yo le dije: ‘¿Viste eso? ¡Metí 20!’. Esperaba que me felicitara, que me regalara algo. Y él me dijo: ‘¿De verdad quieres hablar del partido?’. Yo le dije que sí, claro. Entonces apagó la televisión, se sentó y empezó: ‘Tu concentración es desastrosa, la posición de tus manos es muy mala, tienes las manos en los bolsillos, tu ayuda en el lado débil es deficiente…’».
Así empezó algo dentro de él, la autocrítica, que no le abandonaría nunca: «En ese momento entendí lo que quería decir con concentración desastrosa. Desde entonces empecé a analizarme, a intentar mejorar siempre. Nunca me elogió desmedidamente, pero ese análisis me ayudó a empezar a escuchar más y a mejorar en todos los aspectos que mencionó. Me inculcó detalles técnicos que todavía hoy forman parte de mi juego y de mi mentalidad como entrenador».
El triple de todos los triples
Djordjevic ha comentado ya hasta la saciedad la historia de su famoso triple contra el Joventut. Sin embargo, sabemos menos de sus consecuencias. Porque el serbio siguió recordándoselo a los jugadores de la Penya durante años: «En el partido de despedida de Rafael Jofresa, me invitó a su homenaje y lancé otra vez desde la misma posición, justo delante del banquillo de ellos. Y la metí otra vez. No fue un tiro sobre la bocina, fue durante el partido. Yo era el único jugador al que toda la grada estaba abucheando, pero no importaba, ya no recuerdo si jugaba para el Barça o el Madrid en ese momento. Rafa estaba feliz, vino, me abrazó, me besó y me dijo riéndose: ‘Eres un verdadero cabrón’».
En su paso por el Real Madrid, no solo dejó huella, sino también vestigios, como unas coderas que, con el paso de los años, acabaron milagrosamente en los brazos de Rudy Fernández. Lo descubrió recientemente: «Hace poco hubo un partido entre Fenerbahçe y el Real Madrid en Estambul. Me encontré con Óscar, el encargado de material de mi época en Madrid, que todavía está en el club. Y Rudy Fernández me mira y me hace un gesto… Yo lo miro… ¡y estaba usando mis coderas! Las que dejé en el Madrid. Me giré hacia Óscar y me dijo: ‘Sí, juega con tus coderas. Dejaste un montón de cosas aquí’. Rudy se empezó a reír, y yo le dije: ‘¡Mete alguna canasta, que no dejé esas coderas ahí por nada!’».
Al final, las rivalidades que vivió en España no le pillaron de nuevas, ya había vivido en Serbia lo que significan este tipo de odios entre clubes, que luego no deben trasladarse a los jugadores: «Llevábamos una vida totalmente normal como chicos jóvenes, éramos abiertos con todos, amables, y teníamos una rivalidad normal con el otro club de nuestra ciudad. Esa rivalidad era muy grande, pero yo tenía muchos amigos allí. Así fue mi crecimiento en Belgrado».
Nostalgia de Yugoslavia
Aunque ha sido un jugador ganador, siempre le ha quedado la pena de no haber llegado más lejos con la selección yugoslava, debido a la desintegración del país, primero, y a la forma en la que se produjo, lo que supuso sanciones, con lo que los jugadores serbios se quedaron sin disfrutar de unos años en los que eran dominantes: «Las sanciones y el embargo nos detuvieron. Me da mucha pena que no pudiéramos ganar más ni disfrutar más. Estábamos en la cima de nuestras carreras. Estoy realmente apenado por esos tres años que nos fueron arrebatados. Jugábamos muy bien en nuestros clubes, dominábamos el baloncesto en ese momento y eso nos fue quitado. Me duele mucho que la Copa del Mundo de 1994 no se celebrara en Belgrado como estaba previsto. El Arena de Belgrado debía renovarse y abrirse para ese campeonato. Pero todo se detuvo por las sanciones».

El sustrato de ese equipo no solo era el talento, también el compañerismo. «No debemos olvidar la herencia que nos dejaron las generaciones anteriores. En todos los aspectos: entrenadores, jugadores, directivos… Tuvimos muchos grandes jugadores que dominaron la escena mundial, especialmente fuera de Estados Unidos. Estaban jugadores como Mirza Delibasic, Dragan Kicanovic, Praja Dalipagic, Moka Slavnic… Todos ellos tenían un único objetivo: ganar la medalla de oro. Y lo lograban. Cada uno era el mejor en su club, pero en la selección sabían trabajar juntos. Conocían sus roles».
Pero al menos hubo un momento de redención, aquel Eurobasket de 1995, del que se cumplen ahora treinta años. Lo relata pormenorizadamente, dice que llegaron enchufadísimos: «Jugamos el Eurobasket de 1995 tras las sanciones, y fue algo muy especial para mí. Fuimos a ese torneo con una mentalidad distinta. Éramos un grupo de jugadores amigos, unidos. Conocíamos el peso de la camiseta. Disfrutábamos jugando para nuestros entrenadores, y teníamos una química y un ambiente increíbles».
Venían de haber trabajado casi de forma clandestina, reuniéndose como podían para no perder la química entre ellos: «La mayor parte del mérito por las medallas que conseguimos tras las sanciones se la lleva Dusan Ivkovic. Durante los veranos en los que no podíamos competir oficialmente, él organizaba concentraciones, entrenamientos, partidos amistosos… No podíamos jugar bajo el nombre de Yugoslavia, pero seguíamos entrenando, manteniendo el espíritu de equipo».
Enemistad con Danilovic
No era fácil tampoco que todos funcionasen a una, había egos y enemistades: «Creo que todos conocen la historia entre Sasa Danilovic y yo. Éramos como dos gallos jóvenes que discutieron por una tontería. Dejamos de hablarnos, aunque éramos buenos amigos y nuestras novias -ahora esposas- salían juntas. Durante seis meses no cruzamos palabra. Solo Ivo Nakic sabía lo que estaba pasando. Él bromeaba con nosotros sobre eso. Pero éramos lo suficientemente maduros e inteligentes como para que nadie en el equipo, ni en los entrenamientos ni en los partidos, se diera cuenta. Nuestra cooperación seguía siendo perfecta en la cancha».
Y llegó un momento en el que, a base de compenetrarse en la cancha, acabaron retomando su amistad: «Esa fue nuestra mayor fortaleza como dúo: sabíamos cómo sacar lo mejor el uno del otro en el juego. Ganamos tres títulos ese año y, después de eso, nuestra relación personal también mejoró. Siempre digo que el vestuario es la base del éxito. Cuando las relaciones son sinceras, profundas, incluso fraternas, puedes confiar en que tu compañero estará ahí por ti en los momentos difíciles. Esa es la verdadera fuerza de un grupo ganador».
Maestros yugoslavos
Curiosamente, Slavnic le dio el mismo consejo que le había dado Aíto: «Recuerdo que Moka Slavnić vino a verme al hotel y me dijo: ‘Chico, ¿puedo decirte algo?’. Yo le respondí: ‘Claro’. Me dijo: ‘Menos de ti, más para el equipo’. Y eso fue como una confirmación directa de la filosofía de Aíto, pero dicha por mi ídolo Moka». El encuentro no fue casual, ya antes había sido su maestro: «Yo tenía 16 años cuando él me dio la oportunidad de jugar en Partizan. Me dejaba cometer errores, me corregía, me empujaba a encontrar siempre una mejor solución en la cancha, incluso cuando lográbamos anotar. Siempre me decía: ‘La mejor decisión, el mejor tiro’. Él fue una de las personas que me inculcó esa mentalidad que todavía tengo, tanto como jugador como entrenador».
Ganaron de forma polémica, pero fue el título internacional para el que había nacido y, además, una de las finales más difíciles de olvidar por el público ante un rival de la talla de la Lituania de Sabonis: «En ese Eurobasket fui elegido MVP, ganamos la medalla de oro y eso significó mucho para mi carrera. Pero lo más importante fue entender que necesitaba a mis compañeros. Me obsesioné con hacer que mis compañeros fueran mejores, que se sintieran cómodos, importantes, parte de algo grande».
Europa por delante de la NBA
Finalmente, ha abordado el tema del que no se puede huir, los jugadores europeos en la NBA. Él ya había visto que ocurriría algo así: «Sí, esperaba que Jokić fuera exitoso, pero no en este nivel. Lo que hizo en los últimos tres años es irreal. Nadie podía prever que sería tan bueno. Todo el mérito es suyo. Esto es algo histórico. Su estilo de juego es perfecto para nuestra forma de jugar al baloncesto: desinteresado, hace mejores a sus compañeros, hace fluir el balón, tiene concentración máxima. Es simplemente el mejor jugador del planeta en este momento. No sé quién podrá dominar así después de él».

Junto a Doncic, está marcando la pauta en Estados Unidos. Y hay algo que salta a la vista, ambos son de origen ex yugoslavo: «¿Esperaba que alguien de nuestra región se convirtiera en el mejor del mundo? Sí. ¿Por qué no? Tenemos todas las condiciones para que eso suceda en la historia del baloncesto. No debemos olvidar la herencia que nos dejaron las generaciones anteriores… Radivoj Korac, por ejemplo. Y luego jugadores como los Gasol, Antetokounmpo, Doncic… Todos ellos rompieron esa barrera entre Europa y la NBA. Antes no era posible. Ahora estamos cada vez más cerca, incluso por delante en algunas cosas».


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