
Podríamos resumir los treinta y cinco años que Zab Judah pasó dentro de un cuadrilátero con una frase que en realidad describe veinte segundos del 3 de noviembre de 2001: Zab Judah: «Mi mente decía ‘levántate’ y mi cuerpo decía ‘espera’». La pronuncia separando las manos, como si sostuviera dos objetos distintos. «Era el mismo cuerpo, pero funcionaba con dos cabezas —insiste, y busca la manera de explicarlo—. Es como cuando das al contacto: el motor arranca y se pone a rugir, pero las ruedas no se mueven». Dieciocho años después, en un hospital de Brooklyn, un médico le haría una sola pregunta antes de abrirle la cabeza: si quería morirse.
La conversación está en Square Up, el pódcast de Andre Berto, dos veces campeón del mundo del wélter reconvertido en entrevistador para la Cumulus Podcast Network con un formato coloquial: una silla, dos peleadores y ninguna prisa. El episodio, grabado en Tampa con motivo de la entrada de Judah en el Salón de la Fama del Boxeo de Florida y publicado esta semana, dura ciento seis minutos y va del salón de una casa de Brownsville con Mike Tyson dentro hasta una habitación de la UCI con un tubo de drenaje saliendo de la cabeza.
El hombre que estaba en el salón
En casa de los Judah, que el padre te despertara de madrugada solo significaba una cosa: alguien no había fregado los platos. Aquella noche, con ocho años, Zab salió al salón esperando lo de siempre y se encontró a Mike Tyson de pie. Yoel Judah —cinturón negro de alto grado, campeón mundial de kickboxing, entrenador y mánager de sus propios hijos— lo había hecho subir desde el barrio para que les hablara. «Yo no sabía nada de Mike Tyson —dice—. Mike Tyson era Mike Tyson. Lo veíamos en la manzana con los Rolls-Royce».
El crío le anunció que iba a ser campeón del mundo y Tyson le contestó que siguiera trabajando duro, que podía serlo. «Él no sabía lo que significaban esas palabras para mí. Me metió una pila en la espalda». Años después, ya profesionales los dos, Judah y Floyd Mayweather pasaron una tarde en el sofá de la casa de Tyson en Las Vegas —había un tigre en el jardín, cuenta, y cree recordar que se llamaba Kenya— y el anfitrión les soltó una profecía. «Nos dijo: vosotros vais a pelear. Nosotros: qué va, este es mi hermano. Y él: vais a ser los dos mejores del mundo y el mundo va a querer verlo. No os preocupéis por el dinero, hermano. Os van a dar tanto que lo vais a mirar como si fuera el diablo». Judah se ríe. «Acertó al cien por cien».
Tres días de alfombra
Al Judah adolescente lo encontró Lou Duva en 1993, en el vestuario del Madison, después de que ganase los Guantes de Oro de Nueva York. Le preguntó dónde había aprendido a pelear así y le dijo que se movía como Pernell Whitaker. Un mes más tarde estaba en un avión rumbo a Virginia Beach con dieciséis años.
Lo que siguió es una de las mejores anécdotas de la charla, porque desmonta la mitología del padrinazgo. Durante tres días no vio a Whitaker. Cuando por fin apareció por el gimnasio, el campeón lo miró «como se mira la alfombra del suelo». Ni un saludo. Ronnie Shields le vendó las manos, alguien le explicó de quién era hijo el chaval y Whitaker apenas giró la cabeza. Aquel día, después de que Sweet Pea llevara diez asaltos de guantes, metieron a Judah para los últimos. «Yo era un matamoscas, Berto. Yo daba y él seguía ahí, deslizándose, girando. Pensé: esto es imposible». Al salir, Whitaker se le acercó por primera vez. «Me preguntó cómo me llamaba». Después de eso ya no lo soltó: a los dieciocho años Judah debutó como profesional en una velada de Whitaker, en el combate coestelar de HBO.
Antes había pasado por el trago que lo empujó al profesionalismo. Ganó las eliminatorias olímpicas de 1996, pero era el primer año en que se añadía un box-off posterior, y ahí perdió contra David Díaz el hombre al que ya había vencido. Se quedó de suplente. «Me deprimí. Y me hice profesional con eso en la cabeza: esto no vuelve a pasar».
«Usa el otro lado»
El 7 de junio de 1998, con veinte años y quince peleas sin derrota, se puso delante de Micky Ward en Miami por el título interino de la USBA. Ganó a los puntos por decisión unánime, superó por primera vez la distancia de los doce asaltos y, sobre todo, descubrió lo que es el dolor. En el octavo, Ward le metió el gancho al hígado que hizo carrera. «Lo llevábamos entrenado. En el cuarto lo intentó y lo vi venir. Pero ese se quedó dentro».
Lo que pasó después no lo cuenta como una hazaña. Lo cuenta como una humillación privada. Empezó a moverse, a correr, a girar la espalda para que sonara la campana. «Estaba pensando en sentarme. Nunca había sentido un dolor así». Llegó a la esquina, se acercó a su padre con la cámara de televisión a un palmo y le susurró que creía que se había roto las costillas. Yoel lo miró. «Me dijo: usa el otro lado». Lo levantó, le dio agua y lo empujó fuera. «Ahí fue donde empezó la hombría. Ahí tuve que bajar hasta el fondo a ver si tenía o no tenía».
Berto le devuelve el espejo con su propio combate, el que tuvo con David Estrada en 2008: la cara deformada en el vestuario, la orina como zumo de arándanos, la primera noche de su vida que pasó en una bañera de sales en lugar de en un club. Los dos llegan a la misma conclusión y la dicen casi a la vez: nadie ve esa parte.
Dos asaltos, dos Zabs
Contra Kostya Tszyu, en el MGM Grand, Judah era campeón del IBF y estaba invicto. El combate duró dos asaltos. «Ganaba el primero fácil. Lo agarré y noté que estaba fuerte. Volví a la esquina y dije: lo tumbo». Él mismo pide que se vea la cinta: «El primer asalto es un Zab disciplinado, con plan, con estructura. El segundo soy yo con las manos abajo haciendo el payaso».
Una derecha de Tszyu a diez segundos del final del segundo lo mandó abajo. Se levantó de golpe, por instinto, y volvió a caerse. Ahí está la frase del titular, y también su consecuencia: Jay Nady paró el combate, Judah perdió el invicto y el cinturón en el mismo segundo, y perdió la cabeza a continuación. Lanzó el taburete y le clavó el puño enguantado en el cuello al árbitro. La Comisión de Nevada le impuso setenta y cinco mil dólares de multa y seis meses de suspensión.
Un cuarto de siglo después no busca coartadas. «Era joven, tenía mucho en juego, y me da igual: no lo hagáis. Aquello no estuvo bien». Con Nady acabó haciendo las paces —«le he pedido perdón mil veces; vino a mi entrada en el Salón de la Fama de Nevada»— y guarda un agradecimiento peculiar hacia su padre, que lo tenía sujeto del brazo: «Gracias a Dios no llegué a pegarle. Mi carrera habría sido otra».
La bolsa
Tras la derrota, Main Events se negó a darle un bonus de renovación. Y entonces, en Justin’s, el restaurante de Sean Combs en Nueva York, apareció Don King. Lo sacó a la calle, lo metió en la limusina y le enseñó una bolsa de deporte con doscientos cincuenta mil dólares dentro. Judah, que ya era millonario, no se inmutó demasiado. King, que llevaba veinte años haciendo esto, tampoco insistió: sacó dos fajos de diez mil, se los puso en la mano sin contrato ni papel de por medio y lo citó en Deerfield Beach.
El resto es una comedia con moraleja. Iban a volar cuatro —Zab, su padre y dos abogados— y en el aeropuerto solo había dos billetes. «Don me dice: esa gente siempre lo lía todo. Que vengan mañana». En Florida los esperaba una barbacoa con los presidentes de los organismos, un dinero apilado sobre una mesa larga y unas llaves con la B de Bentley encima de los papeles. «El trato estaba cerrado antes de que los abogados aterrizaran».
Su primer combate con King, en julio de 2003, fue contra DeMarcus «Chop Chop» Corley por el título mundial del wélter júnior de la OMB. Cobró un millón y medio. El segundo asalto de aquella relación fue menos amable: por la revancha contra Cory Spinks en San Luis, la noche en que Nelly le montó al rival la mejor entrada al ring que Judah ha visto nunca —«me tuvieron una hora ahí de pie»—, cobró cien mil dólares, más otros cien mil de apuesta lateral por ganar antes del límite. Ganó por KO técnico en el noveno y se convirtió en campeón indiscutido del wélter. «El dinero de mi campamento del primer combate fue mi bolsa del segundo. Y me daba igual: la oportunidad valía más».
Aún hubo una tercera maniobra. En enero de 2006 perdió con el argentino Carlos Baldomir, pero el cinturón del IBF no estaba en juego aquella noche —la pelea solo ponía en liza el de la WBC y el de The Ring—, de modo que Judah siguió siendo campeón del mundo pese a la derrota. Y ahí estaba la zanahoria. «Me dijo: sigues siendo campeón, sigues teniendo el cinturón, quieres la pelea con Floyd. Firma aquí». Firmó. Sin ese título, sostiene, el combate con Mayweather no habría existido, porque Mayweather no llevaba ninguno.
La tangana
El 8 de abril de 2006, en el Thomas & Mack Center, Judah ganó los primeros asaltos y en el segundo tumbó a Mayweather, o eso siguen creyendo él y Larry Merchant; el árbitro Richard Steele lo dio por resbalón. En el décimo lanzó una combinación que acabó en golpe bajo y en golpe a la nuca. Roger Mayweather se metió en el ring. Detrás entró Leonard Ellerbe. Y detrás, Yoel Judah.
«Cuando vi entrar a mi padre supe lo que iba a pasar. Él no habla. Él dispara». Yoel fue directo a Roger y le pegó; Zab saltó a continuación y el puñetazo que tiró alcanzó a Ellerbe. En la refriega acabó contra las cuerdas con un guardia de seguridad sujetándole un brazo y Roger Mayweather apretándole el cuello. «Casi me desmayo. Fue mi tío el que lo quitó de encima». Nevada le retiró la licencia un año y le impuso doscientos cincuenta mil dólares de multa; a su padre, lo mismo. Hoy despacha el episodio en una línea: «Pase lo que pase, ese es mi hermano. Nos conocemos desde críos».
Tiempo de demonios
El 7 de junio de 2019, en Verona (Nueva York), un árbitro le paró la pelea en el undécimo asalto. Su rival era Cletus Seldin, a quien Berto decide no nombrar en toda la conversación. Judah salió del hospital tras un primer ingreso, pero treinta días después caminaba por Fort Greene cuando le empezaron los relámpagos en la cabeza. Fue andando a la consulta de su neurólogo. Después del escáner, el médico le hizo una sola pregunta antes de mandarlo a quirófano: si quería morirse. «En veinte o treinta minutos estaba en la mesa con la cabeza abierta».
Despertó solo en la UCI, sin espejos, y se vio reflejado en el cristal de la puerta: la cabeza deformada, un tubo de drenaje colgando, los ojos desplazados. Lo primero que pidió fueron sus teléfonos, y no por nostalgia. Convencido de que el otro se había dopado, se pasó semanas mandándole mensajes desde la cama hasta que sus abogados lo pararon en seco. «Estaba en tiempo de demonios. Sabía dónde vivía». Aquella acusación nunca llegó a ninguna parte: Seldin no dio positivo ni fue sancionado, y el bufete que Judah contrató en 2019 dejó por escrito que no formulaba imputación alguna. Él mismo lo ha soltado ya. «Eso no son mis sentimientos ahora. Podría verlo hoy y no me haría nada».
Judah se retiró con cuarenta y cuatro victorias, diez derrotas, dos nulos, treinta nocauts y seis títulos mundiales en dos categorías. Empezó a pelear a los seis años y terminó a los cuarenta y uno. Nunca practicó otro deporte ni tuvo otro trabajo. Y cuando Berto le pregunta cómo se explica estar sentado ahí, contándolo, no menciona ni el talento ni la velocidad de manos que lo hicieron famoso: «Sin el Altísimo yo habría reventado hace mucho. Habría sido una estadística de mi barrio».
Aquella noche de 2001 su cabeza le ordenó levantarse y sus piernas contestaron que no. Fue la primera vez que su cuerpo desobedeció y él lo tomó por una traición: por eso el taburete, por eso el puño en el cuello del árbitro. Tardó dieciocho años en entender que no era traición, sino aviso. El cuerpo llevaba toda la vida pidiendo lo mismo que le pidió Tyson a los ocho años, lo que le pidió su padre en aquella esquina de Miami y lo que le acabó pidiendo un neurólogo con un escáner en la mano: espera.

