Patinaje Historia

Calgary 88 y la fragilidad de los momentos perfectos

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16 Feb 1988: Ekaterina Gordeeva and Segei Grinkov of Russia perform during a skating event at the Olympic Games in Calgary, Alberta. The couple won the gold medal in the event. Mandatory Credit: Mike Powell /Allsport

Saddledome, Calgary, 1988. El sol se pone fuera del pabellón y dentro se va a competir por la primera medalla de oro del patinaje de estos Juegos, que es la de parejas. Diecinueve mil personas en las gradas, el primer ministro canadiense entre ellas, y la cámara de un fotógrafo que dentro de hora y media caerá al hielo y obligará a un acomodador a salir a recogerla mientras una pareja ejecuta una espiral de la muerte en la otra punta de la pista. En la cabina de comentaristas de la televisión australiana, con los cascos puestos y a punto de narrar la final de un deporte que no es el suyo, dos señores de Nottingham.

Son Jayne Torvill y Christopher Dean. Cuatro años antes, en Sarajevo, habían firmado con el Bolero de Ravel lo que muchos consideran la actuación más hermosa de la historia de los Juegos de Invierno, y los nueve jueces les habían puesto el seis perfecto en impresión artística. Esta noche no patinan: comentan. Y lo que van a relatar es la coronación de Ekaterina Gordeeva y Serguéi Grinkov, una chica de dieciséis años y un chico de veintiuno, que van a ganar el oro sin que nadie discuta absolutamente nada. Seis años más tarde, en Lillehammer, los cuatro volverán a coincidir en unos mismos Juegos: los rusos ganarán su segundo oro y los británicos se llevarán un bronce que casi nadie considerará justo. Ninguno de ellos sabe, esa tarde de febrero, que uno de los cuatro estará muerto antes de cumplir los treinta.

Pero empecemos por el principio, o mejor dicho, por el minuto cuarenta y cinco de aquella retransmisión. El presentador australiano le pregunta a Dean si el patinaje por parejas es peligroso, que se ve muy bonito pero tiene pinta de tener su cosa. Y Dean contesta con precisión de gremio: es un deporte muy físico, a la chica la lanzan al aire constantemente y la sostienen por encima de la cabeza del chico, de modo que ella tiene que depositar una fe enorme en lo que él está haciendo. Faith, dice. Y apostilla con naturalidad que algunas patinadoras entrenan con casco, porque las lanzan tan fuerte que si caen se van de cabeza contra la valla.

Hay que aclarar que el comentarista compite en una disciplina —la danza sobre hielo— donde levantar a la compañera por encima del hombro está expresamente prohibido por reglamento, y donde no existen ni los saltos lanzados ni los twists. Es exactamente lo que le costará el oro en Lillehammer 94 al alzar a Torvill unos centímetros de más. En patinaje artístico, al contrario que en danza sobre hielo, no se mide la fuerza, ni la velocidad, ni la puntería, sino la disposición de una persona a lanzarse al aire dando cuatro vueltas sabiendo que unas manos conocidas van a estar donde tienen que estar.

La retransmisión australiana se hacía eco de la crítica que circulaba entonces en relación al emparejamiento deliberado de una niña con un adulto, algo que a los anglosajones les parecía absurdo y contrario al espíritu de un deporte donde en otros países una pareja se conoce en la pista del barrio, se junta y patina. En el club central del CSKA de Moscú las parejas no se juntaban, se asignaban. En agosto de 1981, el entrenador Vladímir Zajárov decidió que ni la niña ni el chico tenían futuro en solitario —ella no saltaba bien, él tampoco— y los emparejó. Ella acababa de cumplir diez años y tenía que ponerse varios calcetines porque no había botas de su tamaño. Él tenía catorce. La diferencia de estatura era tan brutal que hubo escepticismo entre los observadores y franca reticencia en el propio Grinkov, poco entusiasmado con la perspectiva de pasarse la vida sosteniendo en volandas a una criatura de aquel tamaño. Ninguno de los dos eligió nada.

A partir de ahí, el ascenso fue el que dictaba la maquinaria soviética. Campeones del mundo júnior en 1985, campeones del mundo absolutos en 1986 con ella recién cumplidos los catorce años, una precocidad que hoy sería administrativamente imposible. Pasaron por las manos del legendario y temible Stanislav Zhuk, cuyos métodos —sobreentrenamiento y humillación sistemática— acabaron por hacerse insoportables, y pidieron el traslado a otro grupo. Lo que salió de allí fue algo más que una pareja prodigiosa. Lo que los distinguía no era el twist cuádruple ni los portés imposibles, era el silencio. Quienes los vieron en directo insisten siempre en el mismo detalle: sus patines no rascaban el hielo, lo acariciaban.

Aquella noche de febrero salieron los últimos, como corresponde a los que encabezan la clasificación tras el programa corto. Antes habían pasado los chinos, temblando; los alemanes; una pareja británica de la ciudad de los comentaristas, Peake y Naylor, patinando al tema de Superman; los americanos. Cuando terminaron los rusos, desde la cabina se dijo que era la primera chica de la noche que había salido a disfrutar de verdad, que estaba en un mundo propio, que ni siquiera parecía nerviosa antes de empezar. Dean se fijó en otra cosa: que habían mantenido la velocidad y la cobertura del hielo hasta el final, sin desfondarse en el último minuto, que es donde se cae todo el mundo. Y explicó que esas eran las notas más altas que los jueces podían darles a esas alturas de la competición, porque el reglamento les obliga a reservarse al menos una décima por si viene alguien mejor. Dijo también que no creía que fuese a venir nadie. No vino nadie. Oro para Gordeeva y Grinkov, plata para Elena Valova y Oleg Vasíliev —estos sí casados, y despidiéndose aquella noche de la competición para tener hijos— y bronce para los estadounidenses Watson y Oppegard. Se izó la hoz y el martillo sobre el Saddledome.

En febrero de 1988, Gordeeva y Grinkov no eran pareja. Ni novios, ni nada parecido. Lo que había entre ellos era una sociedad laboral con siete años de antigüedad y un aire vagamente fraternal. El romance llegó después, cuando ella dejó de ser una cría y él se dio cuenta. Se casaron en abril de 1991, dos veces, por lo civil y por la iglesia, porque el Estado soviético no reconocía lo segundo. Su hija Daria nació en septiembre de 1992.

En 2011, el grupo mallorquín Antònia Font publicó una de las canciones de amor y deporte más bonitas que existen. Titulada «Calgary 88», y compuesta por Joan Miquel Oliver, cuenta el romance de una pareja de patinadores que compite en aquellos Juegos representando a España. Antes de saltar al hielo él le pide matrimonio y ella responde que se casarán ese mismo día si ganan el oro. Pau Debon, el cantante, comentó en una entrevista que la letra era inventada y que solo más tarde descubrieron que había existido un caso real muy parecido. Meses después el patinador chino Tong Jian pidió matrimonio a Pang Qing sobre el hielo en Shanghái.

Volvamos al hielo. Gordeeva y Grinkov se hicieron profesionales en 1990, lo que en aquellos años equivalía a cerrarse la puerta olímpica de un portazo. Un cambio de reglamento de la ISU les permitió reinscribirse como amateurs, y volvieron a Lillehammer en 1994 con la Sonata Claro de luna de Beethoven. Ganaron. De todos los profesionales readmitidos aquel año, solo ellos se llevaron el oro. Dean y Torvill volvieron también amparados en el mismo cambio de reglamento, se llevaron la mayor ovación del torneo y un bronce. Los jueces hablaron de un porté por encima del hombro indignando a medio planeta.

El 20 de noviembre de 1995, en la pista del centro olímpico de Lake Placid, Gordeeva y Grinkov ensayaban los portés de la gira que iban a estrenar en diciembre. Él llevaba una temporada arrastrando problemas de espalda que le adormecían la pierna izquierda, y por eso quería trabajarlos. Lo que ocurrió lo contó ella misma en My Sergei. Él, mientras se deslizaba por la pista, dejó de hacer los cruces de pies. Sus manos no llegaron a la cintura de ella para el porté. No pudo frenar, fue a dar contra la valla, intentó agarrarse. Y entonces dobló las rodillas y se tumbó sobre el hielo con mucho cuidado. Ella le preguntó qué estaba pasando. Cuando salió corriendo a pedir ayuda, los demás patinadores dieron por hecho que había sido la espalda, que a lo mejor la había dejado caer, que a lo mejor se había hecho daño él. Ojalá hubiera sido tan sencillo. Tenía veintiocho años. La autopsia encontró dos arterias coronarias obstruidas y rastros de un infarto anterior, de las últimas veinticuatro horas, que había pasado inadvertido.

El funeral se ofició en la pista del CSKA, la del equipo de hockey del Ejército Rojo, que es donde Serguéi había aprendido a patinar de niño y donde un funcionario decidió un día de agosto de 1981 que aquel chico larguirucho y aquella cría de los calcetines de más iban a pasarse la vida juntos. Después lo enterraron en el cementerio de Vagánkovo. Katia Gordeeva volvió al hielo en febrero de 1996, en un homenaje televisado a su marido, con el adagietto de la Quinta de Mahler. Lo hizo sola. A los veinticuatro años tuvo que aprender a patinar sin nadie que la sostuviera.

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