
Cuando era aún una niña, recuerdo que mis amigas amaban a Penélope Glamour. Yo, sin embargo, era Team Risitas. Había algo en ese perro —Patán para los créditos, Muttley para los puristas— que me enganchaba más que los coches, los pilotos y las trampas: esa risita cómplice y malévola, un sonido a medio camino entre el asma y la burla, con la que apostillaba cada desastre sin pronunciar una sola palabra. Mientras las demás soñaban con el descapotable rosa y el pañuelo al cuello, yo esperaba a que Pierre Nodoyuna volviera a fracasar solo para oír a su perro reírse de él. Me parecía —y me lo sigue pareciendo— el personaje más listo de toda la parrilla, el único que se había dado cuenta de que la gracia de aquellas carreras estaba entera en el naufragio ajeno, en el instante exacto en que el más rápido se estrellaba por listo. Han pasado los años suficientes como para reconocer que aquel gusto tan raro era, en el fondo, una lección temprana de humor; y también los suficientes como para entender por qué Los autos locos sigue viva mientras tantas otras cosas de mi infancia han caducado sin remedio.
Porque la serie no envejece. Se estrenó en Estados Unidos en 1968, tuvo una sola temporada de diecisiete episodios —divididos cada uno en dos carreras, treinta y cuatro en total— y bastó ese puñado de capítulos para instalarse en la memoria de varias generaciones. Casi seis décadas después, todos seguimos queriendo imitar la risa entre dientes de Patán.
La idea de partida de cada capítulo siempre era la misma: once vehículos extravagantes competían en carreras imposibles a través de desiertos, montañas, pantanos y ciudades fantasma. No había campeonato con reglamento ni una trama que exigiera continuidad; no hacía falta haber visto el episodio anterior para entender el siguiente. Importaba el espectáculo y solo el espectáculo: esa sucesión ininterrumpida de persecuciones, trampas, inventos absurdos y accidentes que desafiaban cualquier ley física conocida. Hanna-Barbera había entendido algo que hoy parece obvio y entonces no lo era tanto: que el público infantil no pide una historia, pide ritmo. Algo que en estos tiempos brilla por su ausencia.
El motor de todo aquel caos era, paradójicamente, el más lento en llegar a la meta. Pierre Nodoyuna —Dick Dastardly en el original— conducía el coche más veloz de la parrilla y, sin embargo, casi nunca ganaba. En lugar de aprovechar la ventaja técnica, prefería frenar para tender trampas ridículas a sus rivales como cañones camuflados, pegamentos, fosos disimulados o artefactos que invariablemente acababan estallándole en la cara. Su bigote retorcido, esa coma tipográfica sobre el labio, era la advertencia gráfica de que estábamos ante un villano condenado por su propia astucia. A su lado, inseparable, iba Patán, un perro cínico cuya risa entre dientes —medio tos, medio carcajada contenida— es probablemente uno de los sonidos más reconocibles de la historia del dibujo animado. Patán no hablaba, pero comentaba. Cada fracaso de su amo era subrayado por ese sonido gutural que verbalizaba, sin palabras, lo que el espectador ya pensaba.
Alrededor de la pareja se desplegaba una galería de competidores que funcionaba como un pequeño catálogo de arquetipos del imaginario popular. Estaba Penélope Glamour, elegante e incombustiblemente optimista al volante de su Compact Pussycat; el caballeroso Pedro Bello; los cavernícolas Hermanos Macana en su coche de piedra; Mafio y sus pandilleros salidos del cine de gánsteres; el barón Hans Fritz, caricatura de aviador alemán; el profesor Locovitch, inventor ruso de aparatos imposibles; Luke y su oso Blubber, la pareja más somnolienta del asfalto; los leñadores Rufus Ruffcut y Castor Miedoso; los góticos Tenebrosos, con su vehículo poblado de fantasmas; y los despistadísimos sargento Blast y soldado Meekly.
La animación era limitada, como en casi toda la producción televisiva de Hanna-Barbera, que había industrializado el ahorro de fotogramas hasta convertirlo en un estilo. Pero lo que faltaba en fluidez sobraba en diseño. Los coches no eran meros escenarios rodantes. Eran personajes de pleno derecho, con formas imposibles, mecanismos ocultos y algo parecido a un carácter. No es casual que tantos niños recordaran antes el vehículo que el nombre de su conductor. Un buen dibujo animado se reconoce por su silueta a contraluz, y todos aquellos corredores superaban esa prueba con holgura.
La chispa original venía del cine. Los autos locos estaba inspirada en La carrera del siglo (The Great Race, 1965), la comedia de Blake Edwards protagonizada por Tony Curtis, Jack Lemmon y Natalie Wood, que también enfrentaba a pilotos estrafalarios en una competición delirante. Hanna-Barbera tomó aquella idea y la llevó al terreno de la caricatura pura, despojándola de romance y prolongándola en un desfile continuo de gags visuales. El éxito, además, fue tan grande que engendró descendencia: Patán y los inventos voladores, donde Nodoyuna y su perro pilotaban aviones en una parodia de la Primera Guerra Mundial, y Los peligros de Penélope Glamour, homenaje a los seriales de aventuras del cine mudo. En 2017, Warner Bros. intentó una resurrección con animación digital y personajes actualizados que conservaba buena parte del reparto clásico; la operación funcionó comercialmente, pero pocos aficionados le reconocen el encanto del original.
Vista con ojos adultos, Los autos locos es una sátira encantadora de la propia idea de competición. El piloto más rápido pierde por culpa de su obsesión por hacer trampas; los corredores más disparatados tienen tantas opciones de ganar como los más preparados; y el auténtico protagonista, episodio tras episodio, no es ningún conductor sino el caos. En vez de celebrar la velocidad, la serie celebra el ingenio, el humor y, sobre todo, el fracaso cómico. Nodoyuna, como luego lo fue también el Dr. Heinz Doofenshmirtz, es una figura casi trágica de opereta que podría ganar sin esfuerzo, pero su naturaleza le impide no complicarlo todo.
Puede que su heredero más fiel no esté hoy en una pantalla, sino en una cuesta abajo. El Red Bull Soapbox Race —que en algunos países se anuncia, sin disimulo, como «Red Bull Autos Locos»— recoge con una fidelidad casi conmovedora el espíritu de la serie. Sus participantes diseñan artefactos sin motor, absurdos, originales y descaradamente humorísticos, que se lanzan por una pendiente sorteando obstáculos ante un jurado que valora tanto el ingenio y la puesta en escena como la velocidad. Muchos de esos vehículos parecen escapados directamente de un guion de Hanna-Barbera: patos gigantes, cohetes de cartón, bañeras con alerones. Al igual que en las carreras animadas, ganar es lo de menos; lo que de verdad importa es el espectáculo, la carcajada del público y el naufragio glorioso a mitad de bajada. Sesenta años después, seguimos disfrutando de competiciones donde lo importante no es ganar sino reírse como Patán.

