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Rubén Cano: «Me decidí por la selección española en lugar de la argentina por Menotti y porque estaba a gusto en España, me sentía español»

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Rubén Cano (Foto: Cordon Press)
Rubén Cano (Foto: Cordon Press)

Nacido en Argentina y de orígenes españoles, Rubén Cano (San Rafael, 1951) inscribió su nombre con letras de oro en la historia de España. Autor del tanto ante Yugoslavia que llevó a la selección al Mundial de 1978, el delantero estuvo más de una década en nuestro país defendiendo los colores de equipos como Elche, Tenerife o Rayo Vallecano. Sin embargo, si hay un equipo cuyo escudo tiene grabado a fuego, ese es el Atlético de Madrid.

Campeón de Liga, cerca del Pichichi en más de una ocasión y entrenado por técnicos como Luis Aragonés, Cano estuvo a punto de ser mundialista con Argentina en 1974 y participó (con gol incluido) en el histórico partido ante la selección de Rosario que disparó la leyenda del Trinche Carlovich. Ahora nos atiende para repasar su carrera sobre el césped y los despachos, donde fue testigo de primera mano de cómo Raúl abandonaba la cantera rojiblanca para fichar por el Real Madrid, e incluso llegó a tener un precontrato con Jürgen Klinsmann que nunca se ejecutó.

Toda un vida vinculada al fútbol.

Soy de San Rafael, un departamento al sur de la provincia de Mendoza. Mi padre había sido futbolista del Pedal, por lo que tanto mi hermano como yo nos criamos con el fútbol viéndolo a él y jugando con amigos. Fueron así los primeros años hasta que ya comencé con lo que se conocía «baby fútbol» que se practicaba entre los nueve y los doce años en determinados barrios, todavía sin federar. Fue desde ahí donde di el salto para fichar a los trece por el Sportivo Pedal Club, el club más grande de San Rafael junto a Huracán, por lo que son los dos máximos rivales. La evolución fue relativamente normal e iba ascendiendo de categoría cada año, también participé en la selección de San Rafael en los campeonatos provinciales y salimos campeones.

Tu debut en Primera es con Atlanta.

De Pedal di el salto a Atlanta y tuve la suerte de debutar con diecinueve años contra Fillol, que en ese momento era portero de Quilmes. Fue un debut soñado, pude hacer tres goles y prácticamente desde ese momento me quedé ya como titular tanto ese año como 1971, 1972 y 1973, que fue muy recordado en Atlanta: habían surgido muchos chicos jóvenes en la cantera que junto a los que ya teníamos algo más de experiencia después de haber jugado las temporadas anteriores hicimos la mejor campaña con Atlanta. Se jugaba el campeonato en dos zonas y después, los dos primeros de cada zona disputaban un cuadrangular. Nosotros fuimos campeones de una zona y River de la otra, pero finalmente el que ganó el cuadrangular fue Rosario y nosotros quedamos terceros. Al finalizar ese año, el técnico Néstor Rossi fichó por el Elche y nos llevó a tres jugadores para allá: Gómez Voglino, Cortés y yo. Al poco tiempo de llegar me nacionalicé, pues era hijo de español.

¿Siempre fuiste delantero?

Siempre fui delantero, aunque en Pedal jugaba más de delantero estático y en Atlanta lo hacía con una mayor libertad y más movimientos pese a llevar el 9. En el Elche fue más o menos igual, pero luego cuando llegué al Atlético de Madrid tuve que adaptarme a una posición más estática en el área después de la lesión de Gárate.

Hubo mucha gente que se marchó de España a Argentina como tu padre.

Mis abuelos eran de Purchena, un pueblito de la sierra de Almería donde también nació mi padre, aunque solo estuvo viviendo allí un par de años. Mis abuelos se marcharon de España, estuvieron siete años viviendo en Sao Paulo, Brasil, y después tomaron rumbo a Argentina, por lo que mi padre tendría ocho o nueve años cuando llegaron a San Rafael. Eligieron este destino porque por aquel entonces era cuando se estaban haciendo las vías del tren y era donde la mayoría de los extranjeros conseguían trabajo. El tren terminó en San Rafael y ahí se quedaron a vivir y mi padre conoció a mi madre, que aunque había nacido en Argentina también era hija de españoles. Así, yo hice una vida totalmente andaluza junto a mis abuelos, ya que era allí dónde tenían sus raíces. Recuerdo que en su casa se hacían comidas que en el resto de Argentina no existían o no eran tan conocidas: gazpacho, migas, varios tipos de platos que después yo volví a ver cuando estuve en España.

Rubén Cano (Foto: Cordon Press)
Rubén Cano (Foto: Cordon Press)

¿Cómo fue tu adaptación al fútbol español?

Sencilla. Como te comentaba, estábamos tanto el entrenador como tres futbolistas del Atlanta que habíamos sido compañeros durante varios años. También estaban el uruguayo Montero y el paraguayo González o Cabrero, argentino que vino del Atlético de Madrid después de mi primera temporada, por lo que teníamos un equipo muy sudamericano, algo que hacía la vida mucho más sencilla: estábamos en otra ciudad y con otro ambiente, pero el fútbol se hace mucho más cómodo y no me costó nada la adaptación.

La primera temporada en Elche es sencilla, pero en la segunda tenéis que esperar prácticamente al final para salvaros.

Lo vivimos con mucha emoción, la temporada siguiente el equipo estrenaba el nuevo campo y no podíamos descender; teníamos que mantenernos en primera y afrontamos los dos últimos partidos con la necesidad de sumar al menos tres puntos en una época en la que la victoria eran dos. En el penúltimo encuentro ante el Salamanca llegamos a ir perdiendo por dos a cero y estábamos prácticamente descendidos, aunque en la última media hora logramos remontar, empatamos y llegamos al último partido ante el Athletic de Bilbao en casa en el que teníamos que ganar sí o sí. Ahí tuve una buena actuación y guardo un gran recuerdo: ganamos por 3-1 y anoté dos goles. Nos adelantamos en el marcador y cuando íbamos ganando uno a cero el entrenador Marcel Domingo nos decía que teníamos que cuidar el resultado, pero los jugadores hablamos entre nosotros y decidimos que había que buscar el partido definitivamente, pues un empate nos condenaba a segunda. Aquel fue uno de los mejores partidos de la temporada, salimos con todo y la celebración tras la victoria fue muy grande; no se me olvidará que incluso me sacaron varios metros a hombros.

Acaba la temporada y fichas por el Atlético de Madrid. ¿Cómo se gestó?

No sé cómo se gestó, pero sí sé que se hablaba, al igual que salió en los periódicos que estaba interesado el Madrid o el Barcelona. De hecho, tiempo después también me comentaron que se interesó el Zaragoza debido a que habían vendido al Lobo Diarte al Valencia por una millonada y yo había hecho un buen partido ante ellos. Sin embargo, entre todos esos equipos, no se hablaba del Atlético de Madrid.

Por aquel entonces no existían representantes, nosotros dependíamos un poco de nuestras directivas y cuando acabó el campeonato el presidente me comentó: «No te vayas de vacaciones, que estamos hablando con otros equipos y posiblemente se arregle con alguno», por lo que no me fui de vacaciones. Un día, estaba con mi señora en la playa de Alicante y serían las doce del mediodía, vino el secretario técnico del club, (Joaquín) Vidal, a buscarme para transmitirme que me habían vendido al Atlético de Madrid: «Vete a casa a vestirte, que nos vamos a Madrid esta misma tarde en avión».

Estaba encantado: si me hubieran dado a elegir me hubiera decantado por el Atlético de Madrid debido a la cantidad de sudamericanos que tenía. Personalmente, había estado junto a un par de compañeros y el entrenador viendo aquella final de la Copa Intercontinental contra Independiente y estaba un poco ligado al Atlético desde el punto de vista continental. Cuando el director deportivo me dio la noticia tardé dos minutos en cambiarme para viajar a Madrid. Una vez firmé, pude tomar unos días de vacaciones, aunque no demasiados, antes de buscar un sitio dónde quedarme y hacer el resto de trámites. Fue un verano movido, aunque realmente encantador porque pude dar el salto definitivo y formar parte de un equipo como el Atlético de Madrid.

Rubén Cano (Foto: Cordon Press)
Rubén Cano

Me decías antes que tuviste que cambiar un poco tu forma de jugar por el problema de Gárate.

Únicamente pude jugar un partido con Gárate. Fue el primero de pretemporada, un amistoso en Toledo en el que él ya venía con algún pequeño problema de rodilla. Después de ese encuentro fue cuando se le despertó el virus y, como prácticamente no había delantero centro estático -porque en España siempre se jugaba de este modo-, yo era más o menos el indicado. Además, sabía que teniendo al lado a futbolistas como Leivinha o Leal, iba a tener muchas ocasiones de gol y lo único que tenía que hacer era aprovecharlas, por lo que me adapté e intenté aprovechar cualquier oportunidad que tuviera dentro del área.

Curiosamente, el último partido de Gárate son unos minutos que juega contra el FC Barcelona en el que sale sustituyéndote a ti.

Él venía arrastrando el tema de la lesión por aquel virus que le agarró precisamente contra el Elche el año anterior en el partido que habíamos jugado. Se ve que algún hongo del campo se le metió, fue bastante delicado y no se encontraba un antivirus que lo pudiera combatir: fue extraño. Después de un tiempo se encontró algo en Sudamérica y fue lo que le salvó, pero lo pasó fatal, estuvo mucho tiempo en cama y el hongo provocó que tuviera que retirarse.

Luis Aragonés.

Era el entrenador cuando llegué al Atlético. Era una persona de carácter recto, pero parecido a Pipo Rossi: ganadores que siempre querían vencer y así se lo inculcaban a los jugadores. Además, eran amigos de los futbolistas y les inculcaban ese mismo espíritu ganador. Conocí a Luis cuando jugaba en el Elche y él acababa de dar el paso y convertirse en entrenador del Atlético después de haber sido futbolista: en realidad, era un compañero más, pero teníamos que saber y respetar el puesto en el que estaba y dónde estábamos cada uno. Sí tuviera que definir a Luis lo haría como un amigo del jugador y, sobre todo, un ganador nato que inculcaba siempre su famosa frase de «ganar, ganar y volver a ganar».

Siempre fue un hombre de códigos.

Un año en que no andaba bien el equipo apareció en mi casa de forma inesperada porque quería hablar. Me comentó que como era uno de los más experimentados de la plantilla tenía que agarrar a los jugadores, animarlos. «Tienes que putearlos», me pidió. «No puedo putear a un compañero, míster», le respondía yo (risas). Es cierto que en ese sentido me apreciaba mucho e incluso años después cuando el club no me amplió el contrato y coincidía justo con su regreso al Atlético, él me quiso para el equipo, pero en el club ya no quisieron. Fue una persona que me apreciaba como amigo y como jugador, y eso lo sentí siempre.

Tu primer año es impresionante: ganáis la Liga y lo certificáis nada menos que en el Bernabéu.

Empecé con buen pie en el Atlético de Madrid, marcando bastantes goles y ya en mi primer partido contra el Madrid en nuestro campo, más o menos en enero, les ganamos por 4-0 e hice dos tantos. El equipo estuvo bien toda la temporada y a falta de dos jornadas tan solo nos bastaba un punto para salir campeones y nos enfrentábamos a Real Madrid fuera y Valencia en casa. Empatamos en el campo del Madrid, tuve la suerte de hacer el gol y nos coronamos como campeones. El último partido era con el Valencia en nuestro estadio, ya como campeones y ellos sin jugarse nada, por lo que lo único que estaba en disputa era el Pichichi, donde Kempes me sacaba un par de goles: nos ganaron 2-3, él hizo dos y yo quedé por detrás.

Antes del partido estaba todo hablado con mis compañeros para que si había un penaltillo, lanzase yo, pese a que habitualmente no lo hacía, y que todos me iban a buscar para que hiciera algún gol. Sin embargo, se dio así y no pude marcar. Hay partidos en los que cuanto más lo buscas no te salen las cosas.

¿Cuál es el sentimiento después de marcar un gol en el Santiago Bernabéu que vale un título?

Un auténtico orgullo, siempre lo recuerdo así. En un principio, tampoco me imaginaba la gran rivalidad que había, aunque luego sí que lo pude notar. En ese partido, lo importante es que nosotros sabíamos que teníamos que sacar un punto de los cuatro que había en juego y lo pudimos hacer en el Santiago Bernabéu.

¿Y la celebración?

La celebración entre los jugadores fue dentro del vestuario, luego nos fuimos al Calderón, cada uno recogió su coche y por la noche hubo una cena que organizó la directiva en el Hotel Meliá con todo el cuerpo técnico, jugadores y algunos allegados, pero no hubo un festejo como los de años posteriores cuando se iba a Neptuno con un autobús, algo que a mí sí que me impactó, pues venía de Argentina, donde sí se hacía. Luego sí que hubo un gran festejo con las peñas y todo el campo, pero no se salió a las calles.

Esa misma temporada llegáis a semifinales de Recopa, pero el Hamburgo os remonta un 3-1 ganando en Alemania por 3-0. ¿Qué pasó?

No hay ninguna justificación. La única que puedo encontrar es la confianza: habíamos ganado con facilidad en la ida disfrutando de un montón de oportunidades y jamás nos imaginábamos que nos iban a hacer tres goles tan rápido. Hubo otra cosa, aunque no creo que influyera, y es que Luis cambió y puso tres centrales, algo a lo que nosotros no estábamos acostumbrados a jugar. Siempre jugaba Pereira y Eusebio o Benegas, pero ese día puso a los tres. Puede que influyera, aunque no lo creo y pienso que fue más un tema de confianza. Los alemanes, todos sabemos cómo eran en sus campos y al Real Madrid también le pasó algo similar en aquellos años. Fuimos confiados porque teníamos mejor equipo que ellos y nos veíamos en la final después del 3-1 de casa y la facilidad con la que lo hicimos. Teníamos equipo para llegar a la final y ser campeón.

Rubén Cano (Foto: Cordon Press)
Rubén Cano

Levinha.

Él, Pereira, Leal y yo vivíamos en el mismo edificio, compartíamos cenas, fiestas de Navidad y celebraciones. Ellos fueron con algunos de los que tuve una mejor relación mientras jugué en el Atlético de Madrid, aunque normalmente me llevaba muy bien con todos.

Para un atacante como tú, tener cerca a un jugador con el pie de Dirceu sería una bendición.

Era un fenómeno, encantador. Tenía carisma y una calidad impresionante. Ya lo conocía y había visto porque vino desde México, le había visto jugar en el Mundial del 78 en Argentina, en el que estuvo fantástico. En él se veía a un jugador con una calidad terrible que además acompañaba siendo una gran persona. Lamentablemente, volviendo a Brasil, tuvo la desgracia del accidente y falleció joven.

Esa temporada 1979-1980 en la que él llega al club, llegáis a las semifinales de Copa del Rey y caéis por penaltis ante el Real Madrid en un partido muy polémico.

El partido de vuelta fue complicado, nos quitaron la clasificación. Habíamos empatado en nuestro estadio en la ida y la vuelta acabó 1-1 en el campo del Madrid, pero nos anularon dos goles que, para mí, fueron. Leivinha marcó un gol que primero fue concedido y luego anulado por Guruceta. El último gol fue un rechace de una falta que Arteche marcó con Benito debajo de los palos y también fue anulado. Así, fuimos a la tanda de penaltis y ahí creo que nos ganaron porque estábamos totalmente desmoralizados. Incluso yo llegué a decir que no tiráramos los penaltis y nos fuéramos del campo, pero bajó Vicente Calderón y nos dijo que ni locos: si tomábamos esa decisión nos podían sancionar. Los lanzamientos los hicimos desmotivados, aunque no los fallamos a propósito, pero perdimos y no pudimos ir a la final.

Imagino que el recuerdo de la Liga 1980-1981 es incluso peor por la forma en que se escapa el título.

Con siete partidos por delante llevábamos una ventaja de cuatro o cinco puntos e incluso ya nos daban por campeones e incluso nos invitó la Cadena SER casi a festejar, dado que acabábamos de ganar al FC Barcelona, que era el que se podía acercar. Allí, fuimos todo el equipo, incluido Cabeza, que se despachó con los árbitros, con la Federación y con todo. Creo que de ahí vino la hecatombe que hubo después. Es increíble llevar la ventaja que teníamos y, de repente, no ganar ninguno de los últimos siete partidos, que no entraba en la cabeza de nadie. Y creo que el único motivo fueron esas protestas que hizo Cabeza en la Ser.

El partido más recordado fue aquella derrota en casa con el Real Zaragoza.

Desde los anteriores partidos ya se veía venir lo que iba a pasar, ya que los arbitrajes nos estaban perjudicando. Aquel día contra el Zaragoza, me lesioné un par de minutos después de empezar y yo era un poquito el que más experiencia tenía, muchos eran chicos jóvenes, no tenían la experiencia y posiblemente pudieron caer en la provocación. Yo no estaba dentro del campo, pero la provocación del árbitro hizo que los jugadores reaccionaran, hubo un par de expulsados y lamentablemente el perder los nervios y los puntos influyó muchísimo para perder el campeonato.

A falta de dos jornadas visitáis el Bernabéu y Cabeza dice a los aficionados que no vayan al Bernabéu y los invita al Calderón a escuchar el partido por la radio y tomar un pincho de tortilla. Dijo: «Total, si nos van a robar igual».

Me parece que fue eso. Sí, porque se veía muy descarado. No se entiende que un equipo que durante todo el año había ido ganando y que llevaba tantos puntos de ventaja lo perdiera todo. Salvo que fuera preparado, no había una lógica.

¿Cómo era Vicente Calderón?

No tenía mucho trato con él porque era serio y respetado por todos nosotros. Cuando terminé los tres años que firmé en mi primer contrato, en 1979, estábamos negociando, pues en esos años cuando un futbolista acababa contrato no quedaba libre, sino que seguía perteneciendo al club e incluso jugando. En caso de no renovar el contrato, el club tenía una obligación de pagar un diez por ciento más, y nosotros no llegábamos a un acuerdo entre lo que yo solicitaba y él me ofrecía. De este modo, estuve jugando seis meses aproximadamente sin el nuevo contrato hasta que un día me pilló Luis por banda: «Anda, déjate de jorobar y firma». «Sí, pero que se acerque un poco a las cantidades que pido», respondía yo, que tenía un contrato bajo por haber venido desde el Elche. Fue así hasta que un día me llamó Calderón, me sentó en un despacho y dijo: «Toma, firma aquí». Firmé, pero ni recuerdo si miré la cantidad o no. Firmé por la personalidad que tenía y una vez que firmé, me regaló el bolígrafo.

Cabeza era diferente.

Él era mucho más débil. Teníamos las primas estipuladas desde comienzo de año, pero también había otras dependiendo de alguna victoria y el rival al que nos enfrentáramos que se negociaban. En esos años nos concentrábamos en el Hotel Barajas, Cabeza iba el día anterior y ahí entre Marcos y yo lo apretábamos para que soltara primas bastante importantes con respecto a lo que teníamos firmado. Él llegaba contento con la temporada que estábamos haciendo y se tomaba una diversión el negociar con nosotros. El día antes de sentarnos a negociar con él, Marcos y yo hablábamos: «¿Cuánto le pedimos?» Y a veces nos daba hasta vergüenza: «No, no le podemos pedir eso». Pero al final terminaba dándonos lo que pedíamos, que en ocasiones era desorbitado hasta para nosotros mismos.

Rubén Cano
Rubén Cano

¿Cómo recuerdas tu vida en Madrid?

No salía demasiado, no era muy discotequero, aunque a veces después de un partido o un viaje nos juntáramos y fuéramos a tomar algo. Como te comentaba antes, vivía en el mismo edificio que Leal y Leivinha, que era con los que tenía una mayor relación y no éramos muy de la noche. Además, en esa época tampoco se estilaba mucho, porque había pocas discotecas y no se salía demasiado. Tenía una vida bastante normal, en mi casa: me gustaba escuchar música y los lunes, que teníamos descanso, salíamos a conocer los alrededores de Madrid, como Toledo, Segovia… esa era un poco la vida que hacíamos.

Escribes uno de los capítulos más recordados de la historia de la selección española con tu gol a Yugoslavia en el pequeño Maracaná y lograr la clasificación para el Mundial de 1978, pero casi juegas el de 1974 con Argentina.

Jugué tres partidos con la selección argentina y estuve concentrado para 1974, pero me lesioné unos días antes de ir al Mundial. La selección había concentrado a veinte futbolistas, pero se contaba con los ocho que jugaban en el exterior, por lo que sabíamos que había que descartar a seis de ese grupo para hacer hueco. Tuve la desgracia de lesionarme y nunca supe si hubiera ido o no, pero fui uno de esos descartes.

Los tres partidos que jugué con la selección fueron aquí en el interior, de los que uno fue casualmente en mi pueblo, San Rafael, fue mi debut.

Después, jugamos uno más en Tucumán y otro recordado en Rosario, que fue contra una selección entre jugadores de Rosario y Newell’s Old Boys.

¡El Trinche Carlovich!

Nos pegaron un baile, ganaron por 3-1 y después todo el comentario quedó la calidad del Trinche. Aunque hice el gol de nuestra selección se le dieron a Poy y en la selección de Rosario Kempes también hizo gol, fue protagonista de un gran partido y fue él el que fue al Mundial en mi lugar. Yo ya tenía el uniforme oficial de la selección y lo llevó Kempes porque tenía más o menos el mismo físico que yo. Ya lo tenían hecho para mí, pero al no ir yo, fue él con el traje que en teoría tenía que llevar yo.

Solo jugué tres partidos, me perdí el cuarto que íbamos a jugar debido a la lesión y eso permitió que después pudiera jugar con España: de haber disputado un partido internacional no hubiese podido hacerlo, dado que los tres primeros fueron amistosos contra equipos locales de Argentina y no contaban.

¿Por qué te decidiste por España? ¿No hablaste con Menotti para estar en 1978 con Argentina?

Me había perdido el de 1974, quería jugar un Mundial, Argentina estaba clasificada como organizador y yo sabía que España tenía que jugarse la clasificación y tanto en 1970 como en 1974 no había estado. A mí me llamaron en 1977, un año antes del Mundial y tenía que decidir si ir o no, recuerdo que en una de las visitas de Menotti a Europa le consulté si contaba conmigo y si me aseguraba que iba al Mundial iba a decirle que no a la selección española. Pese a que me dijo que contaba, no me aseguró nada, lo cual hizo que me decidiera por España a pesar de que sabía que la clasificación iba a ser difícil: yo estaba a gusto con España y me sentía español a pesar de haber nacido en Argentina por todos los antecedentes que hemos hablado antes. Tuvimos la suerte de clasificarnos y fui el autor del gol que nos llevó a Argentina.

Luego en el Mundial, el resultado fue decepcionante.

Lamentablemente, porque teníamos un gran equipo. Contra Austria nos pasó lo mismo que te hablaba antes contra el Hamburgo cuando jugaba en el Atlético de Madrid: nos confiamos en el primer partido contra Austria y perder esos dos puntos en el primer partido era prácticamente quedar eliminado. Después de caer ahí y no conseguir ganar a Brasil, aunque podríamos haberlo hecho, nos quedamos fuera pese a ganar a Suecia. Fue una lástima, porque teníamos equipo para mucho más y buena prueba de ello es que pudimos jugar de igual a igual con Brasil, que terminó tercera.

En resumen, perdimos una buena oportunidad, aunque también es verdad, sin menospreciar a los demás jugadores que estuvieron en su puesto, pero el carisma que tenían Juanito y Camacho, era difícil de encontrar. Juanito no pudo estar en el primer partido por lo sucedido en Yugoslavia y Camacho no jugó en todo el Mundial debido a una lesión. Terminamos desmoralizados, porque pensábamos que podríamos haber llegado mucho más arriba.

¿Cómo fue aquel partido ante Yugoslavia? Las imágenes de televisión son increíbles.

Fue terrible. Mucho más de lo que se ve, ya que en realidad sufríamos más agresiones fuera del juego, cuando la cámara estaba enfocada en el balón. Cuando no estábamos en juego recibíamos tirones de pelo, escupitajos, patadas… En nuestro caso particular, no podíamos repeler esas agresiones o devolverlas, porque sabíamos que nos exponíamos a una expulsión y quedarnos sin ir al Mundial. Estoy convencido que Yugoslavia perdió la oportunidad porque se dedicó a pegarnos y buscar el juego brusco en lugar de jugar al fútbol. Tenía un equipazo, Yugoslavia tenía unos jugadores bárbaros.

En los días previos, nosotros ni salimos a la calle. Tanto la comida como la bebida se habían transportado desde España y no podíamos comer ni beber nada que no nos hubieran dado desde la propia Federación. A la gente de allí se le dio incluso dos o tres días de vacaciones para que estuvieran ahí presionando y durante el partido incluso se tiraban al césped a pesar de que estuviéramos bien resguardados. Estaba todo rodeado de policías y  militares con pastores alemanes, por lo que cuando alguien saltaba al campo, soltaban al perro, este atravesaba el campo y reducía al que lo hiciera. Todo eso fue antes de empezar el calentamiento, por lo que tuvimos que hacerlo dentro del vestuario.

Fue un partido muy seguido en Argentina, allí deseaban vuestra presencia en el Mundial.

La comunidad española en Argentina era inmensa y, lógicamente, fueron las televisiones, las radios y todos los periódicos más importantes. Por ahí andaba Radio Rivadavia, El Gráfico, Goles… Una vez nos clasificamos, el recibimiento allí fue brutal. Llegamos a Argentina después de haber jugado un amistoso en Uruguay y fue una recepción increíble con el aeropuerto repleto de gente y una gran cantidad de españoles. El Deportivo Español nos organizó una comida, se hizo un asado el primer día y después ya nos encerraron. En ese momento estaba el Estado de Sitio y nos metieron en la famosa Martona, una casona de campo restaurada situada en el medio del campo a cuarenta o cincuenta kilómetros de Buenos Aires y estuvimos custodiados militarmente durante la concentración.

Me vienen a la cabeza aquellas habitaciones tan altas, con dos camas abajo y otra arriba. Al ser tan amplias y encontrarnos en pleno invierno, la calefacción no era suficiente y hacía mucho frio. Tanto que dormíamos con el chándal puesto y teníamos que tapar las rejillas de ventilación. Estábamos ahí encerrados y sin salir en ningún momento mientras veíamos por televisión que había equipos que paseaban por Buenos Aires en plena calle Florida viendo negocios… De hecho, allí no había ni campo de entrenamiento y teníamos que tomar un autobús que nos llevaba a uno que estaba a siete u ocho kilómetros y pertenecía a un gremio metalúrgico: el campo de la SMATA.

Al ir a comer el primer día, nos dimos cuenta que el chico que estaba de pinche no sabía cocinar y tan solo hacía asados y spaghetti. Todo el menú era asado y spaghetti por la mañana, asado y spaghetti a la comida y asado y spaghetti a la cena. No digo que esa elección de La Martona nos hiciera quedar eliminados, no tiene que ver, pero sí estábamos descontentos; no teníamos mucho más que hacer que jugar a las cartas o ver por televisión como otros equipos paseaban por la ciudad.

Rubén Cano (Foto: RFEF)
Rubén Cano (Foto: RFEF)

¿No hubo ni posibilidad de conocer la ciudad?

Muchos ni la conocieron, pero la última noche, cuando nos eliminaron, nos la dieron libre, hubo un autobús que nos llevó a Buenos Aires. Allí pedí el coche a mi suegro y desde el hotel Sheraton, que está cerca del centro, salimos siete u ocho compañeros montados para recorrer una serie de sitios de la ciudad que yo conocía. Estaba todo completamente militarizado y a las dos o tres cuadras ya nos pararon: «Bajen todos del coche, manos arriba». Nos identificamos y no hubo problemas, pero cuatro cuadras después volvió a repetirse la escena. ¡Nos pararon cuatro veces! Hubo un momento en que los muchachos ya dijeron: «Vamos para el hotel, porque así no se puede» y volvimos al hotel.

En España muchos identifican el Mundial de 1978 con el no gol de Cardeñosa.

Aquel día no jugué en Mar del Plata, porque estaba con fiebre y lo vi todo desde el banquillo: el campo estaba en malas condiciones. Habían puesto los panes de césped con poca antelación sin darle tiempo a que se ajustaran y se levantaban por todos los lados. El campo estaba prácticamente destruido, Cardeñosa la vio fácil y visto el estado del terreno quiso asegurar y la paró para no tirar desviado. Eso provocó que le diera tiempo al brasileño para cerrar el disparo. Para un jugador con la calidad de Julio Cardoñosa era imposible fallar ese gol sin las circunstancias que te estoy contando. La gente tampoco lo pudo entender, pero los que estábamos en el campo vimos que era imposible jugar el balón porque estaba todo el césped levantado y había que acomodarlo después de cada jugada. Un desastre.

No llegaste a jugar demasiados partidos con la selección.

En España siempre existió rivalidad en la selección. En otras palabras, los del Madrid quieren que jueguen los del Madrid, los del Barcelona quieren que jueguen los del Barcelona y los del Atlético igual, por lo que la toman con los otros rivales, aunque creo que ya se superó cuando se ganó la Eurocopa y el Mundial. Hubo un partido contra Chipre en Salamanca en el que comencé en el banquillo, salí en el segundo tiempo y la gente empezó a gritarme «indio, fuera». Eso me dio bronca, porque estaba jugando para la selección española, por lo que pensé que si hacía gol iba a contestar a los insultos. Así, fue: hice un gol muy bonito y luego un corte de mangas. Después, cuando salí, me retiré, le pedí a Kubala que no me llamara más porque no quería jugar. Tras esto, él me insistió en que jugara, fuimos a Vigo para jugar un amistoso contra Portugal y pasó exactamente lo mismo. No me sentía tranquilo jugando y saber que la gente estaba echándose en mi contra. Yo no entendía nada, porque estaba jugando en la selección española, y además no nacionalizado español, sino hijo de español, de un español como si fuera como cualquiera. Nunca lo tomé como xenofobia, sino como rivalidad deportiva, aunque eso hizo que renunciara y no volviera nunca más.

Tú última temporada en el Atlético de Madrid es complicada y juegas poco.

Fue todo a raíz de un problema en el hombro. Tuve una luxación en el campo del Valladolid, me operé, estuve mucho tiempo sin jugar y tras regresar se me volvió a salir, por lo que tuve que operarme nuevamente. Eso provocó que jugara pocos partidos.

La operación del hombro se puede hacer de distintas formas: una es estirar los ligamentos, ya que se te rompe el cartílago que recubre el hombro. Otra era poner una especie de tope, un huesito, para que no dejara que se saliera el hombro, aunque esto te limitaba el movimiento a un setenta y cinco u ochenta por ciento, por lo que yo me decidí por la primera manera. Ya cuando me retiré y decidí no operarme más, estaba bastante limitado a la hora de jugar incluso con mis amigos, porque tenía que hacerlo con una prótesis o el hombro atado.

Hugo Sánchez.

Nunca tuvo amistad con nadie y hacía su  vida. No se relacionaba, no tenía amigos y él iba a lo suyo. Estuve poco tiempo con él, apenas un año, y cuando llegó jugaba de extremo izquierdo y yo de nueve. Después, fue con el tema de mis lesiones cuando empezó a jugar de nueve: era una persona inteligente que veía que era buen rematador con las dos piernas y podía hacerlo desde cualquier posición, lo que hizo que se adaptara a la posición de delantero centro primero en el Atlético de Madrid y luego en el Real Madrid.

Rubén Cano
Rubén Cano

Después de su primera temporada estuvo a punto de no seguir porque no estuvo a la altura.

Es un caso curioso del que yo me enteré tiempo después por medio de un amigo que era socio de un bingo, también directivo del Atlético y que hizo amistad con él. Estoy hablando de supuesto, pero lo llevaron a México para devolverlo y al ser el primer mexicano que salía no podía volver así, por lo que le dieron el pase para que negociara él. Lo hizo junto con mi amigo, y volvió al Atlético por medio de una cesión. Al año siguiente fue en el que me fui yo; puede que si hubiese seguido él podría haber seguido jugando de extremo izquierdo o de nueve suplente… no sé qué hubiera pasado.

¿Por qué saliste del Atlético de Madrid?

En ese momento, tenía una oferta de México bastante importante, pero aunque quería quedarme en el Atlético de Madrid,  el club me quiso bajar la ficha más de la mitad, con lo que iba a ganar menos incluso que cuando vine de Elche. En ese momento, le pedí al Atlético que me diera la carta de libertad y que me marchaba al México, pero ese año 1982 fue el del «mexicanazo», hubo una inflación grande en el país y el peso perdió muchísimo con respecto al dólar. En esa situación, ya no me podían pagar todo lo que me habían ofrecido y no pude llegar allí. En este intervalo, el Atlético de Madrid contrató a Luis Aragonés y él me quiso reintegrar al equipo, pero no sé qué pasó en el club y no se dio. En esa situación, se cerró el mercado de fichajes y me quedé sin jugar durante medio año, entrenado solo en la casa de campo. Fue así hasta que me llamaron desde el Tenerife para interesarse en mí.

El equipo estaba en segunda B, iba primero en la clasificación para subir a segunda y me ofrecía lo mismo que ganaba en el Atlético de Madrid. A esas alturas ya tenía treinta y un años, con los problemas del hombro incluso estaba pensando un poco en la retirada y acepté firmar allí. Tuve la suerte de marcar muchísimos goles y en la segunda vuelta me parece que hice catorce debido a las diferencias entre jugar en primera y segunda B y además el Tenerife tenía un gran equipo, por lo que subimos con facilidad. Después, ya en la segunda temporada se complicó un poco el tema por un tema de impagos, tuvimos que hacer huelga y en la siguiente fue cuando lo dejé definitivamente para volver a Madrid pensando en la retirada.

Pero apareció el Rayo Vallecano…

Me encontré con Héctor Núñez, que había sido entrenador nuestro en el Atlético de Madrid y en ese momento estaba entrenando al Rayo Vallecano y hablamos para que fichara. Le comenté el problema que tenía en el hombro, pero a él no le importó. Ahí me volví a operar nuevamente, en la primera temporada marqué bastantes goles, pero después ya se me salía con muchísima facilidad: me daba hasta vergüenza, porque entraba como suplente y a los dos minutos me tenía que cambiar. Cerca de Majadahonda, donde vivía, teníamos un Mapfre y recuerdo que incluso se me salía mientras dormía y tenía que irme allí en coche y llamar a una ambulancia en mitad de la noche. Así, pedí la recisión y me marché.

¿Cómo recuerdas Vallecas?

Es un lugar en el que también pasé grandes momentos, sentí el aprecio de la gente y destacó el gran compañerismo que existía en esa plantilla. Lo recuerdo como un equipo tremendamente familiar en el que existe una gran cercanía con el barrio.

Coincidiste tanto en el Atlético de Madrid como en el Rayo Vallecano con Tirapu.

Era una persona encantadora, pero no se tomaba las cosas demasiado en serio. Cuando yo jugaba en el Atlético de Madrid, a Luis le gustaba lanzar a los porteros desde fuera del área y cuando le tocaba a Tirapu y la pelota salía del pie del míster, él se limitaba a decir: «gol», «al lado del palo», «fuera»… ¡no se tiraba nunca! Y Luis se volvía loco, pero si no le iban al cuerpo, no las rechazaba. Pero, en el fondo, al míster le gustaba mucho, porque era buena gente.

Prácticamente nada más retirarse aparece Jesús Gil.

Lo conocía de un tiempo antes debido a que nos había vendido en 1978 unas casas que estaba haciendo en Los Ángeles de San Rafael. Quería que promocionásemos la zona y primero nos regaló un terreno con la obligación de edificar a través de una caja de Segovia: si pasado un año no la queríamos, él volvía a recomprarla dándonos lo que se había gastado, más un millón de pesetas que servían como promoción. Ahí firmamos cinco jugadores y todos devolvieron el terreno y la casa al año siguiente menos yo, que tuve la casa casi diez años, aunque nunca podía ir: en las vacaciones íbamos a la playa y los días que teníamos de descanso eran los lunes, por lo que la tuve una década para ir únicamente los lunes o prestársela a algunos amigos para los fines de semana.

Así, estando en el Rayo Vallecano un día fui a hablar con él y le dije que no quería la casa porque se iba a echar a perder y si la quería. El me comentó que sí, me la compró y pagó el valor en la que estaba tasada en ese momento. Fue ahí cuando comencé a tener una cierta relación con él, que coincidió con mi retirada en el Rayo Vallecano y que él se intentara presentar como candidato a la presidencia del Atlético de Madrid. Desde ese momento, empecé a colaborar con él y ayudar, sobre todo porque era el que menos popularidad entre los cinco precandidatos y lo que más costaba era conseguir las firmas para presentarse.

El gran golpe para que fuera presidente fue Paulo Futre.

En ese momento veía de ser campeón de Europa, fuimos a Portugal y Jesús Gil le ofreció dinero al presidente del Oporto, Pinto da Costa: si ganaba las elecciones le pagaría la cláusula de rescisión de Futre, pero además le dio un dinero adelantado a fondo perdido y si perdía las elecciones no podría recuperarlo. Él sabía que Futre iba a ser el boom que le haría ganar, y aunque a mí me parecía una locura, al final tuvo razón.

Rubén Cano (Foto: Cordon Press)
Rubén Cano (Foto: Cordon Press)

Estuviste durante varios años en el club.

No sé exactamente las fechas, pero sí que me fui dos o tres veces en las que volví hasta la salida definitiva, que creo que fue en 1993 o 1994, pues uno de los fichajes que teníamos previsto era el del Cholo Simeone, que se hizo poco después cuando ya no estaba en el club.

¿Qué viste en el Cholo?

Jugadorazo. Tenía garra y ese gen ganador. Puro ADN atlético: un jugador aguerrido, de mucho espíritu y ganador. Fíjate, en la primera temporada del Cholo en  el Atlético de Madrid tuvo un problema en el hombro y yo le expliqué lo que me había pasado a mí. Sé tuvo que operar y le aconsejé en relación a lo que había vivido y lo que creía que le convenía más. No sé si lo hizo o no, pero lo que es verdad es que nunca más se le volvió a salir el hombro.

¿Cómo era el trabajar codo con codo con Gil en el día a día?

Era una persona a la que era imposible llevarle la contraria. Tenía muchísimo carácter y era muy difícil trabajar con él, por lo que llegaba un momento en que me cansaba y pensaba que me iba a dar algo. En ese instante, cuidaba más mi salud que otra cosa y me iba, pero al poco me llamaba otra vez, me convencía y volvía: estuvimos en ese círculo durante bastante tiempo. Era muy problemático con todos los entrenadores, que no le duraban nada y también se metía mucho con la prensa. Y a veces se me culpaba a mí como si fuera su responsable. Su «asesor», se decía. Yo me reía: «asesor de Jesús Gil, nunca». No tenía asesor. No te hacía caso. ¡Ni a su mujer le hacía caso. Nada, imposible. Tampoco a sus hijos. Él no se dejaba aconsejar; te podía escuchar y después tomaba la decisión: a veces podía ser la que le habías aconsejado, pero en la mayoría de las oportunidades, no.

Era una persona muy difícil, aunque me llevaba bien con él. Siempre tuve una ventaja: nunca firmé un contrato con el Atlético. Le dije que le ayudaba, él me pagaba más o menos la cantidad que ganaba Ángel Castillo el año anterior cuando entramos, pero no tenía contrato. Siempre le comenté que no quería firmar nada para no comprometerme yo ni obligarlo a él a estar vinculados si un día no quería que estuviera: así que me iba y volvía como si fuéramos dos amigos. No tenía ningún compromiso económico ni contrato laboral.

«Maradonita» y el cierre de la cantera.

Raúl era un fuera de serie, un jugador impresionante que me fascinaba. Pero ahí hay una confusión. Él no se marchó cuando se cerraron las canteras, sino un año antes. Él se marchó porque había una legislación vigente según la cual antes de cumplir cierta edad, los jugadores quedaban libres y en ese momento debían decidir si quedarse definitivamente en el club o no. Él era una estrella del cadete, habíamos sido campeones de España y había hecho una barbaridad de goles: 116, una cosa así. Yo lo llamaba «Maradonita» e incluso recuerdo que Jesús Gil lo presentó en un programa de televisión en Antena 3 como el futuro del Atleti. Sin embargo, él legalmente podía irse y, aunque me imagino la razón no te la puedo decir porque no puedo comprobarla, se marchó.

¿Cómo viviste aquella salida?

Estábamos como locos: «Mira que Raulito no ha venido a firmar». Un día incluso invité a su padre al palco para convencerlo de que tenía que firmar, aunque él no era demasiado futbolero, sino más taurino. De hecho, hasta llegue a decirle de ir un día a los toros, para convencerlo. Fue así hasta que un día me dijo: «Hemos firmado por el Madrid». Sabía que el Real Madrid estaba detrás, pero a mí nunca se me ocurrió -al igual que al resto de los nuestros- ir a ver jugar al cadete o al infantil suyo salvo que jugáramos en contra. Nunca íbamos a perseguir a ningún otro jugador y mucho menos quitárselo. Ellos sí, e incluso quisieron llevarse a Fernando Torres, pero lo que pasa es que Fernando es atlético. En resumen, ellos siempre intentaron buscar en los semilleros del Atlético mientras nosotros jamás lo hicimos.

En esa etapa en la secretaría técnica, qué jugador recomendaste y no se pudo fichar.

Jürgen Klinsmann. Yo tenía a Matallanas, que era el abuelo del periodista y referente de la Federación (Javier Gómez Matallanas, ndr), y me habló muy bien de él. Fui a Alemania y junto a su representante firmamos un precontrato para venir al Atlético de Madrid. Lo que sucedió es que un poco después también se interesó el Inter de Milán y Jesús no quiso hacer valer ese precontrato que teníamos firmado y dejó que se marchara a Italia.

Era un jugadorazo. Cuando Matallanas lo vio era jovencito y estaba jugando un campeonato europeo juvenil en Las Palmas. Cuando luego fuimos a verlo a Alemania estuve con él, una persona que lo acompañaba y firmamos un precontrato. De hecho, Jesús Gil trajo a su equipo a jugar contra el Atlético de Madrid, también vino su padre… y no se hizo. Había surgido lo del Inter y Jesús no quiso intervenir y hacer valer el precontrato.

Hubo posibilidad de fichar a Diego Maradona.

Venía de dar positivo con el Nápoles y le comenté a Jesús: «Mira, como jugador no puedo decir que no sea grandísimo, pero te va a crear problemas, porque ya viene de dos equipos». De hecho, lo trajo el Sevilla y tuvo problemas. En esos momentos, sabíamos lo que pasaba y que se iba de Nápoles, por lo que podríamos haber intentado traerlo y en ese momento entrar en contacto con Coppola, su representante, no era difícil.

De hecho, yo tenía un amigo que jugaba conmigo en Atlanta, quien tenía una pizzería en la que se juntaban todos los argentinos e incluso estuve una noche allí con Maradona y Coppola, por lo que tenía contacto con ellos y todos los que estaban alrededor, pero pensaba que eso podría traer más problemas de lo que podría aportar en el césped. Por eso le dije a Jesús que como jugador nadie podía negar lo que era Maradona, pero había más cosas.

Parte de esa base del Atlético de Madrid del doblete llega de vuestra mano.

Muchos jugadores sí. Lógicamente, después fue Antic el que trajo a otros como Pantic, pero varios ya estaban anteriormente. Toni, Kiko -que llegó junto a Quevedo pero no terminó de ser lo que fue Kiko-, Caminero, Vizcaino, Manolo… fueron jugadores que llegaron durante nuestra gestión. No sé en el resto de equipos, pero en mi época en el Atlético de Madrid, cuando se fichaban jugadores, la secretaría técnica hacía un seguimiento por el que se mandaba a dos o tres de los nuestros a seguirlos. Ellos, te pongo como ejemplo el caso de Orejuela, iban a Mallorca, te pasaban un informe y si todos coincidían, íbamos Ovejero -que era el que más experiencia tenía- o yo, a verlo.

En otras palabras, después de tres o cuatro opiniones se decidía fichar al jugador, como fueron los casos de Kiko, Toni o Vizcaino, jugadores que no eran tan conocidos como en lo que luego se convirtieron. Esa era una de las vías, pero después venía el entrenador de turno y quería traer al que él quería, como Javier Clemente, que trajo a Pizo Gómez, Bustingorri y Abadía. También estaba el caso del presidente, que se encaprichaba de un jugador y lo traía. ¿Le gustaba Kosecki? Trajimos a Kosecki. ¿Le gustaba Donato? Lo compró tras ese trofeo Carranza. También a Juanito, de Las Palmas y Zaragoza.

Con esto te digo que estaban los fichajes del entrenador, del presidente y los de la secretaría técnica, que en este caso se controlaba mucho más el seguimiento y era más estricto que el que un futbolista jugara bien un determinado partido. Gerhard Rodax jugó bien con la selección austriaca en Málaga contra España y Jesús Gil lo mandó comprar sin verlo ni un partido más. A un jugador no se le puede juzgar ni por un partido ni una sola persona. Es cierto que yo fui a ver a Moacir, me equivoqué y no rindió como se esperaba de él debido a que también influyen otros aspectos como la saudade en algunos sudamericanos. El brasileño tiene mucha añoranza de su país, su gente, y creo que le pasó eso. Pero a largo plazo, que nosotros siguiéramos a jugadores tres o cuatro técnico y ficharlos cuando coincidíamos todos hacía más difícil equivocarte que el hecho de verlo en un partido que juega de maravilla.

¿Y los entrenadores? Porque hubo muchísimo bandazos en cuanto a idea de estilos.

Nosotros lo hablábamos, pero era Gil. Uno podía proponer, pero después era él el que decidía quien era el definitivo. Mientras estuve en el club, Jesús Gil era quien decidía los entrenadores.

Después de cinco años y algunas intentonas, te marchas definitivamente y pasas a la intermediación.

Fue en la época en la que surgieron los representantes. En argentina, los representantes no tenían muchos contactos con las directivas, secretarios técnicos y entrenadores en España, por lo que me llamaban a mí para que hiciera la intermediación. Yo no aconsejaba a ninguna de las partes, únicamente hacía el contacto entre el representante o el directivo desde Argentina con los equipos de España. Hablaba con las partes y les señalaba: «Me han ofrecido a este jugador, ¿te interesa?». Después eran ellos los que se encargaban de hacer un seguimiento, verlo en videos y contratarlo. En esa fase ya no intervenía.

¿Fue así cómo surgió la opción de que Ronaldo Nazario fichara por el Atlético de Madrid?

En ese momento estaba viendo partidos en Argentina, había jugado la selección contra Brasil y vi a un chico de diecisiete años que jugaba en su país. Era Ronaldo Nazario, lo observé con esa edad tan temprana en la que el único futbolista que había jugado con la selección brasileña había sido Pelé. En ese momento, hablé con Gil y él me pidió que preguntara cuánto valía. Me comentaron que el PSV lo quería y ofrecía 600 millones de pesetas, una auténtica fortuna por aquel entonces.

En esos años, en Argentina ya comenzaron a comprarse a jugadores por un porcentaje, por lo que federativamente pertenecía a un club pero si en un momento se tenía que vender había que repartirse la venta según se hubiera establecido. En este momento, el Cruzeiro ofrecía la posibilidad de comprar el 50% de Ronaldo por 400 millones. Se lo ofrecí a Jesús Gil, que me comentó que era una buena idea, pero hablando con Miguel Ángel Gil tenía temor. «¿Cómo es eso del cincuenta por ciento?». Hubo un momento en que el presidente del Cruzeiro me señaló que ya no podía esperar, que le estaban ofreciendo seiscientos millones de pesetas y no podía esperar a que el Atlético se decidiera, por lo que finalmente se vendió al PSV por esa cantidad. Pero es cierto que el Atlético de Madrid hubiera podido comprara el 50% en 400 millones de pesetas.

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Curiosamente, el que llegó en vez de Ronaldo fue el Tren Valencia.

Ahí yo ya estaba fuera, era a lo que me dedicaba y seguía manteniendo relación con Jesús Gil, pero nada más. Después, llegó Maturana al equipo, pero ahí no tuve nada que ver con ese fichaje.

Hubo un momento en que decidiste alejarte del mundo del fútbol.

Fue tres o cuatro años después porque me habían fallado dos o tres operaciones. Los directivos me contactaban para que ejerciera de intermediario con los clubes y cuando ofrecía al futbolista, me pasaban por encima y cerraban la operación entre ellos, por lo que llegó un momento en el que vi que no era lo mío. Me vine definitivamente a Argentina y me desligué del fútbol totalmente. Tenía pisos que había comprado mi suegro mientras yo estaba en España y me dediqué a reformar, vender y alquilar esos pisos de mi propiedad y desvincularme. Había terminado saturado con todo lo que había vivido y tenía miedo de descuidar la salud. Ahora, no veo mucho fútbol aparte del argentino, aunque sí los del Atlético de Madrid, además de algunos de Champions, aunque los horarios son complicados y a la hora en que se emiten siempre estás haciendo cosas por aquí.

Hace unos meses estuviste aquí en un acto organizado por la peña atlética ‘Los 50’. ¿Echas de menos España?

Sí, totalmente. Tengo mis raíces y mi familia en Argentina, así que me tengo que adaptar, pero sí se echa de menos España. En 2010 fue la última vez en la que estuve, cuando me invitó la Real Federación Española, pero desde entonces no había vuelto. Ya me costaba, es un viaje largo y uno tiene una edad. Hace unos meses me operé de la cadera, estaba en plena recuperación y dudé, pero finalmente me terminaron de convencer, estuve encantado y lo disfruté muchísimo. Cuando aterricé en Argentina eran las siete y media de la mañana, llegué a casa a la diez, comí a las doce y me acosté cinco horas. Luego, me levanté un rato y volví  a acostarme nuevamente otras doce horas.

Cuando estás en España recibes muchísimo cariño.

Lo noto. También por las redes sociales. Antes, solamente me manejaba por Facebook y ya lo notaba, algo que ha crecido cuando empecé a tuitear un poco. Noto un cariño de la gente que me tiene ganado. Fueron muchísimos años los que estuve en España y me llevé un grandísimo recuerdo de la gente de Elche, Tenerife, Atlético de Madrid o Rayo Vallecano, donde todavía me sigo escribiendo con algún compañero de aquellos años. Esto hace que quizá me planteé volver, pero tendría que ser con más tiempo y menos intensidad, ya que los cuatro días que estuve fueron intensos.

Ahora que hablas de las redes, a veces se te nota un poco beligerante con el Real Madrid y recuerdo una portada tuya hace años en la que te declarabas antimadridista.

Sí, soy antimadridista, pero eso no quiere decir que odie a Madrid. Con antimadridismo me refiero a que quiero que pierda y no gane con dudas: que ganen legalmente. El hecho de que ganen ilegalmente, como he visto en varias ocasiones, me revela. Pero no soy el único, hay un montón de exjugadores de toda Europa que le están haciendo mala imagen al Real Madrid, lo perjudican las acciones que toman. Me refiero, por ejemplo, al enfado cuando Vinícius no fue Balón de Oro, no participaron del homenaje ni dejaron ir a Carlo Ancelotti, que había sido elegido mejor entrenador. Todo eso me molesta, porque se ve demasiado orgullo y es una especie de menosprecio al rival. Todo eso me hace ser antimadridista. Que ganen de forma legal me parece perfecto, que lo hagan de forma ilegal no lo soporto. Por eso, todo lo que hemos pasado, mis antecedentes con la selección por ser del Atlético…

Tuve mucha amistad con Juanito veraneando en Fuengirola con él, también me veía de vez en cuando con Pirri, Camacho vivía cerca de mi casa… con sus futbolistas tenía mucha relación, pero después mucha de su gente parece que te quiere demostrar que son superiores. Y ahí choca con mis sentimientos.

¿Echas de menos el fútbol?

No, al contrario.

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