Ciclismo

Sobre Julian Alaphilippe, el último mosquetero

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Julian Alaphilippe durante la 20.ª etapa del Tour, disputada el 25 de julio de 2026. Foto: Gvg/PsnewZ vía ZUMA Press.

Se retira del ciclismo Julian Alaphilippe, y lo hace de forma discreta, casi en silencio, como si no quisiese que lo viéramos demasiado, como buscando irse lento a casa, apenas un último saludo.

Se retira del ciclismo Julian Alaphilippe, y lo hace sin aspavientos, sin espectacularidad, tan diferente a como hacía todo en la bici. Fue, si quieren, precursor de lo que vivimos hoy, de esta época maravillosa con ciclismo de leyenda. A medio camino quedó, Julian, que llega a profesionales en mitad del tedio, en mitad de un bostezo que duraba meses. Y él fue diferencial, rompedor. Espectáculo. No le quisimos tanto como merecía.

No esperábamos añorarle tan pronto.

Un hombre clásico

Llegó a nosotros cual sosias. Buen sprint en cuesta, final explosivo, moviendo mucho la bici, endurance para kilometradas gordas. Pequeñito, eléctrico, siempre propone. Clasicómano, Ardenas, a ver cómo puede evolucionar. Un Valverde en chico, vaya. No sabíamos entonces, no, que venía del barro, que había sido bicampeón de Francia en Cx. Como Stablinski, como Guimard. Pero es que entonces, hace apenas diez añucos, lo del Cx le interesaba a pocos, y nadie tenía muy en mente palmarés que no fuera sobre asfalto.

Cómo ha cambiado el juego, amigos.

Y eso, que empezó a destacar allí donde lo dejaban sus cualidades. Dominador en Flecha Valona, al palo por Lieja con veintidós añucos (veintidós añucos era una juventud increíble entonces… cómo ha cambiado el juego, amigos). Nunca logró el premio en La Doyenne. En ocasiones se le cruzaba alguien más fuerte. En ocasiones perdía sprint contra el mejor corredor generacional, aunque Tadej estuviera empezando. Y luego tiene lo de 2020, aquella Lieja postpandémica y postgrandeboucle, y postmundial y postapocalíptica para LouLou. Cuando estrenaba el arcobaleno, cuando iba a hacer doblete con Lieja. Lieja vestido de arcoíris, menuda imagen. Van Looy, Merckx… Así que acabó engorilado. Pero engorilado de verdad. Quiebro en sprint, la bici moviéndose como si tuviera nervios. Toma cabeza, cien metros, cincuenta, va a ganar, veinte metros, diez, alza los brazos, que salga bonita imagen, que todos vean a Julian Alaphilippe, campeón del mundo, guapísimo él, triunfando en el Monumento. Qué estampa.

Qué ridículo.

Porque hay allí, sobre la línea, un tubular que no es el suyo, que llega antes que el suyo. Primož Roglič busca consuelo tras La Planche des Belles Filles, Julian busca un sitio muy oscuro donde esconderse. Qué ridi, tú, qué ridi.

Pero, por otro lado, fue tan Alaphilippe…

(Poco después hace lo mismo en un sprint con Mathieu van der Poel. También celebra antes de tiempo, también lo remontan mucho. Esta vez cae de su parte, aunque por un palmo. No puedes cambiar la personalidad de alguien).

Fue creciendo. Desde la Flecha inicial, por ejemplo, fue creciendo. Cada vez más y más decisivo en Clásicas, cada vez más ojos sobre su dorsal. Y nunca se escondió, nunca puedes acusar a Julian de esconderse. Dispone, selecciona, intenta ser protagonista. Fue uno de los primeros en recuperar el ciclismo atacante en una época que… en fin, erial. Y, vale, en Clásicas siempre hubo excepciones, pero es que las Ardenas eran Taklamakán, macho. Y él no. Inteligente, porque lo inteligente es, si tienes fuerzas, ir mordisqueando rivales hasta llegar solo (o jugártela con el menor número de ellos posible). Lo que no es inteligente es guardar, guardar y guardar amparado en un sprint poderoso, porque así te cepilla Lombardías hasta Dan Martin, ejem. Y eso, que ahora los chavales ven como normal, eran excepciones muy loquísimas hace apenas década y pico.

Uno de los primeros en recuperar sensaciones fue Julian Alaphilippe.

Solamente por eso… amor incondicional.

El chauvinismo hecho ciclista

Solo que no.

Era difícil tenerle cariño, a Julian. Estima sí, admiración toda la del mundo. Pero cariño… cariño de eso que sigues a un ciclista en cada carrera, que puedes situarlo de un vistazo en el grupo, que trasnochas para verlo en Vuelta a California… pues meh. Porque Julian Alaphilippe nació en Saint-Armand-Montrond, y Saint-Armand-Montrond es casi el centro geográfico de la Francia continental (apenas unos kilómetrines), y, como si eso fuese destino, Ala se puso por bandera toda la grandeur y todo el chauvinismo de los simpáticos gabachos.

De primeras es que era un poco notas, el paisano. Aquella ocasión en que hizo el pino sobre el coche de su escuadra, para deleite (o no) del público. Cuando se grababa vídeos bailando y contoneándose un-poco-mucho-demasiado para lo que es este bendito deporte. Lo de tocar la batería en hoteles o aeropuertos (y que todos le viesen, claro). Vale que su padre fue músico, pero todo sonaba a ostentación… También daba la nota en el grupo… Los aspavientos, los brazos moviéndose, el primero para pedir colaboración (el primero, también, en prestar colaboración), los codos, los bandazos. Mandaba y se hacía obedecer cuando iba a por victorias. Pasar desapercibido era imposible.

Y luego estaba él. Su personalidad, su gestualidad. La perillita sempiterna, ese aire a lo personaje de Dumas. Morritos a cámaras, miraditas de reojo, gustándose. Cuentan que si Alaphilippe te observaba fijamente durante más de quince segundos podías quedar fecundado. ¿Declaraciones? Pues confiadas más que arrogantes, la verdad. Pero es que en el mundo de la falsa modestia eso parecía casi hereje. Lo de «soy el rival a batir», lo de «solo me fijo en mis patas». Cosas de ese estilo. Lo comparas con un Hinault, con un Eddy, y se te cae el alma a los pies. Hasta Richard Virenque, bufón generacional, tenía la lengua más larga («Indurain y yo solos contra la montaña, ella decidirá», dijo antes de Avoriaz en 1994… lo sacaron hasta del cajón, por bocazas). Pero a Julian lo mirábamos con lupa.

Era, por así decir, tan distinto a su sosias Valverde

Fuimos injustos con Julian, con LouLou. Fuimos injustos porque admirábamos el cómo, pero quisimos rebatir el quién. Y quizá Alaphilippe hacía lo que hacía porque era como era… Confiado, pelín arrogante, seguro de sí mismo.

Tardamos en comprender, en apreciar, al que ya era campeón maduro.

«El paladar también se entrena», hubiese dicho Ala.

Aquel Tour que casi fue

¿Quieren una declaración polémica? Julian Alaphilippe estuvo cerquita de suceder a Bernard Hinault. Pero cerquita, cerquita. Más de lo que muchos piensan.

(Claro que Pinot debió ganar aquel Tour, pero de Pinot les hablo otro día).

Fue en 2019. Una Grande Boucle de transición, una de esas que te ganan Aimar, o van Impe, o, peor aun, Bjarne Riis. Unos rivales de meter miedo (pero de meter miedo al miedo, no de meter miedo al pelotón). Equipos transformados en burdeles (bien esa tricefalia), equipazos venidos a menos, equipines que ni pa equipines dan. Ausencias, dolencias, falencias. Recorrido regu con decapado posterior. Y la mejor forma de siempre en el cuerpo de Alaphilippe.

Primer aviso en Épernay. Jaune. Luego recupera en Pirineos, se impone por la contrarreloj de Pau (ya les dije que era bien raruno, este Tour), llega al sprint en la cima del Tourmalet, con ciento catorce paisanos en veinte segundines (ya les dije que era bien raruno, este Tour). Buena ventaja de cara al segundo bloque montañoso, perseguidores por los que no apostar entre juventud (Egan), ciclotimia (Thibaut) y potra ya gastada (Geraint Thomas). Ojo que puede ser, ojo que puede ser…

Finalmente no.

Los Alpes se le hacen largos a Julian. Sufre en el Galibier, y eso que subían Lautaret y no Télégraphe antes. Sufre en Iseran, cuando pierde el amarillo en favor de Egan. Y sufre, sufre mucho, en Val Thorens, aquella etapa reducida, recortada, liliputizada. Tan cerca, tan lejos. Objetivamente… en fin, estaba ya con los chivatos parpadeantes, a punto de explotar cual rana en cualquier esquina de cualquier rampón. Pero es que hay otra lectura. La de que debió ser amarillo en Tignes. Porque la jornada terminaba en Tignes, y los ciclistas no pudieron llegar a Tignes, y lo de coger tiempos en Iseran está bien, sí, y es lo que siempre se ha hecho en situaciones como estas, vale, pero no es satisfactorio, porque si un día tiene doscientos y pico kilómetros las fuerzas, las estrategias y los ritmos se calculan para doscientos y pico kilómetros. Y vale que igual todo se hubiese abierto más (estamos cansaos de ver esos finales de puerto blando tras puerto duro), pero también es posible (no sé si probable, incluso) que Alaphilippe hubiese cazado en el descenso (era bajador excelente, estaba encendido, ante su gran oportunidad, las motos, la grandeur… en fin), y después a ver cómo gestionas el resto del día. Y Val Thorens de amarillo ya verías qué incomparable. Y, concluyendo, igual lo justo el día del Iseran era haber anulado etapas, y haberlo dejado igual que llegaron a Valloire.

Y, y, y.

Quinto fue, en París, nuestro Julian, quinto. A cuatro minutos de Egan, a dos y medio del pódium. Nunca, aparte de esta ocasión, subió del trigésimo puesto en una Gran Vuelta. Nunca subió del quinto en Vueltas de una semana importantes. Visto así… éxito, canto en los dientes, celebremos todos juntos.

Sí.

Pero es que, créanme, estuvo muy cerca…

Dos Mundiales, muchas caídas

Las dos obras maestras de Julian Alaphilippe, aquello por lo que entra directo al Gotha, son los Campeonatos del Mundo de 2020 y 2021. Sí, antes conquistó San Remo 2019, al sprint en un grupito de diez tras ir a seleccionar en Poggio. Menudos diez, añado, llegaron allí. Tomen aire… Julian, Naesen, Michał Kwiatkowski, Peter Sagan, Matej Mohorič, Wout van Aert, Valverde, Nibali, Simon Clarke y Matteo Trentin, con Dumoulin a tres segunditos. Es una Clásica perfecta, un cuadro para toda su generación. Allí Ala hizo y deshizo, aguantó envites, propuso contraataques, sacó un sprint irreductible (como buen galo) ante otros que parecían más rápidos.

Imperial (como buen corso, aunque naciera en el Cher).

Pero los Mundiales… algo distinto. Dos añucos enteros con el maillot arcoíris, que no ha pasado muchas veces en la historia. Entre los franceses nunca, y mira que han tenido campeones. Solo nueve de ellos, contando a Julian, lograron esta prueba. Pero es que, por si fuera poco, están los tiempos y las formas.

Lo de 2020 fue en septiembre, y hasta ahí poca sorpresa. Pero es que fue en el septiembre del covid, y nos pilló con muchas ganas de bici, y era justo tras el Tour (aquel Tour de La Planche), y nadie sabía muy bien cómo iba a salir aquello. Salió increíble, claro, porque Emilia-Romaña es una zona bellísima, y porque los campos lucieron de mil colores, y porque la realización dejó fotos perfectas, y porque, a qué negarlo, teníamos ansiedad. Ansiedad por todo lo que estaba pasando, ansiedad por olvidar un poco el asunto. Y allí surgió Alaphilippe. Entre las cenizas de Tadej, que se inmoló para Primož Roglič (o se adelantó unos años a su dominio), las de Rigoberto Urán, las de Jakob Fuglsang o Marc Hirschi. Atacó, Alaphilippe, en la última subida, a quince de meta. Atacó con ese latigazo sequísimo que tuvo, con esa forma de mover la bici como si la poseyera un ofidio, con esa tensión en piernas y antebrazos. Atacó y coronó solo, y luego se lanza en el descenso, y hay una toma, una toma etérea, irreal, que lo muestra rodando sobre las colinas de Imola, y al fondo montes azulados, y campos verdes, y campos ocres, y las ruinas de un pueblecito asomando con sus iglesias, y hasta las ruinas de alguna fortaleza papal. Aguanta, Alaphilippe, a los lobos, aguanta el último estrincón de Wout van Aert, favorito omnipotente, polivalencia extrema, capaz de hacer todo y hacerlo todo bien. Pero aquel día era para LouLou. Primer arcoíris. Ya es historia.

Y reincide, el tío. Solo seis ciclistas lo habían hecho antes, y asusta el grupo. Ronse, Van Steenbergen, Van Looy, Bugno, Bettini, Sagan (este tripitió). Ahora son siete (bueno, ahora son ocho, con Tadej, pero entonces eran siete). Fue, además, en terreno sacro. Flandes. Siempre miró con ansia Alaphilippe las clásicas de adoquines, siempre fue renuente a participar, siempre tuvo respeto. Y allí, final en Leuven, firmó su obra maestra. Un recorrido nervioso, sin grandes muros, sin los bergs míticos, pero con cambios de ritmo constantes, con cruces, con trampas. Imposible predecir, imposible rodar acoplado. Perfecto para la hiperactividad de Alaphilippe. Que se lo toma, sí, como algo personal. Selecciona desde cincuenta a meta. Latigazo, latigazo, latigazo. A veces en subidas, a veces en repecho, otra saliendo de una escuadra. Logra desgranar, así, el gran grupo, logra que se descuelguen Pidcock, o Remco, o van der Poel, logra poner todo en un hombre contra hombre. Hasta que despega. Despega de forma violenta, despega siendo más Alaphilippe que nunca, sublimando el estilo, las trazas, despega sentado pero pareciera pedalear en bailón. Despega en Sint-Antoniusberg, y restan 15 kilómetros hasta la meta, y lo van a perseguir van Baarle y Valgren, también Stuyven, Powless. Detrás vienen los otros. Los otros.

No tienen nada que hacer.

Julian Alaphilippe es bicampeón del mundo.

Poco después será posterizado por Mathieu en Siena, en aquella imagen de van der Poel inclinando la bici como si fuese una golosina especialmente dulce. No importa. De arcoíris venció en Flecha, también logró una etapa del Tour. Bonitos recuerdos. Pero esa Lieja… ay, esa Lieja.

Qué sería de Alaphilippe si no hubiese sido tan Julian.

Como si te hubiese arrollado la historia

La historia y varias caídas, eh, que anduvo por los suelos muchas veces al final de su carrera. Pero, sobre todo, la historia.

Lo otro tiene poco que contar. Parecía gafado, Julian, desde esos dos Mundiales. Primero con un accidente feísimo en de Ronde. Iba, arcobaleno en ristre, a rueda de Wout van Aert y de Mathieu van der Poel. Iba a rueda de Wout van Aert y de Mathieu van der Poel cuando ellos tres se jugaban Flandes, cuando el resto eran comparsas, cuando no se le había visto inferior en adoquines y muros a las dos bestias del norte. Si acaso… rindiendo más que ellos. Era su debut en una carrera que beneficia a quien conoce todos los caminos, todas las trampas, dónde colocarte para el próximo cruce, en qué sitio esquivar la alcantarilla siguiente. Imposible para alguien que nunca lo había catado, impensable para un corredor de su tamaño, de sus kilos. Y, sin embargo, ahí.

(Olvidamos estas cosas para ponderar a LouLou, me temo. Es como si el ciclismo hubiese girado tan rápido este lustro que todo lo anterior, con excepciones, se omite).

Pero terminó por ocurrir. Los tres siguen la estela de una moto. Wout se abre para adelantarla, Mathieu continúa perfectamente acoplado tras él. Julian —quizá mirando al suelo, quizá despistado, quizá en máxima concentración— no sigue el quiebro, choca contra ella. El accidente es violento, el ciclista vuela por los aires. Vienen semanas de recuperación, semanas pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Nunca más tendrá opciones Alaphilippe en Flandes…

Hay otras cosas. Una ráfaga de viento que lo hace volar en Strade. Otro incidente feísimo en Lieja. Cada vez convalecencia, reposo, recuperación. Empezar de nuevo. Con más años, con más dificultades. Se le escurrió el final de su vida deportiva, a Julian Alaphilippe, por entre asfaltos sucios y polvo en la sangre…

Pero no son solo las caídas, eh. Son las obras, las performances, el ciclismo que cambió. Exhibiciones de Alaphilippe que le servían para domeñar grupos, para imponer su potencia, exhibiciones que considerábamos de otros tiempos… ahora no dan. Esos Mathieu y Wout en de Ronde, ese Tadej en su primer Campeonato del Mundo… ya no están en esos números, en esas capacidades. Lo extraordinario tornó hábito, y, entre medias, arrastró a aquellos que sobresalían dentro de la normalidad de entonces. De vuelta al pelotón, a veces incluso en vagones. Grupettos, palabra temida. Demasiado para él. Un orgullo como el de Julian no lo permite. Tanta dureza para no lamer placeres en un show mensual. Así que me marcho.

Me marcho.

Consiguió mucho más de lo que todos creían, fue bandera para una forma de entender este deporte que pensábamos había desaparecido. Ofensiva, inteligente, de fondo y selección. Fue, también, un personaje difícil de eludir, una figura complicada de admirar. Fue Grandeur, Panaché y Chauvinismo cuando no abundaban, precisamente, la Grandeur, el Panaché y el Chauvinismo. Fue, quizá, el último gran campeón de su época.

Que disfrute el retiro, monsieur Alaphilippe.

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