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Laportismo ilustrado

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Joan Laporta durante el Trofeo Joan Gamper disputado entre el FC Barcelona y el Al Ahly en el Camp Nou. (Imagen: © Xavi Urgeles/ZUMA Press Wire).

En 2010, cuando España ganó su primer Mundial, Joan Laporta acababa de abandonar la presidencia del Barça y buena parte del barcelonismo contemplaba aquella Copa del Mundo como una especie de título propio con escudo prestado. No era una fantasía del todo injustificada: siete jugadores del Barça fueron titulares en la final contra Países Bajos y seis de ellos habían pasado por La Masia. Estaban Puyol, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta y Pedro, además de Villa, recién fichado, mientras Cesc Fàbregas, otro producto de la cantera azulgrana, salía del banquillo para acabar dando el pase del gol de Iniesta. Iker Casillas y el resto de intrusos aportaban el atrezo.

La tesis tenía su parte de razón estadística y su parte de conveniencia narrativa, y sobre todo tenía un defecto que a Laporta, hombre de olfato, debió de escocerle durante años: no se rentabilizó. Él había dejado el cargo apenas once días antes de la final y todo aquel tirón emocional de un país entero abrazado a un equipo que jugaba sospechosamente como el suyo se quedó sin caja, sin marca y, sobre todo, sin fotografía presidencial en el lugar adecuado. Hay errores que un dirigente no comete dos veces.

Dieciséis años después, con España otra vez campeona del mundo, Laporta ha corregido el histórico con una agilidad que ya quisieran muchos gobiernos. En marzo todavía confesaba en la radio que no disfrutaba con los partidos de la selección; con España en semifinales proclamó que iba con ella y cruzó el Atlántico para apoyarla, conversión que en cualquier otro presidente sería un trámite protocolario y que en el fundador de un partido creado para promover la independencia de Cataluña adquiere la categoría de camino de Damasco, o al menos camino de Nueva Jersey. Allí se fue, primero a Dallas para la semifinal contra Francia y después al MetLife para la final contra Argentina, dejándose ver por estadios, palcos y micrófonos con ese aire de «mis jugadores» que se les pone a los presidentes de club cuando la selección gana algo.

Y no le faltaban argumentos para reclamar parentesco. Antes de la final, desde Nueva York, presumió de los ocho jugadores del Barça que formaban parte de la selección y celebró que hasta la presencia de Leo Messi en el bando contrario fuera «orgullo de La Masia»: pasado y futuro de la cantera disputándose el mundo. Laporta había encontrado la cuadratura política del círculo: España podía ser España siempre que, observada desde el ángulo adecuado, pareciera suficientemente Barça.

En ese viaje, sospecho, ocurrió la epifanía. Cataluña es muy agradable, pero cuando uno sale descubre que el mundo está lleno de gente que sigue al Barça sin haber pisado la Diagonal, que el negocio no cabe en el Principat y que el sentimiento nacional, administrado con tino, también cotiza. Es un descubrimiento que otros hicieron antes: el procesismo lleva años exportando cuadros a Madrid y a Andorra, donde se puede seguir hablando del catalán oprimido con una felicidad que en Barcelona resultaría sospechosa. Laporta volvió de América eufórico, ligeramente estrellado, con la lección aprendida y una idea luminosa: homenaje a los campeones en casa.

El contexto acompañaba. Los clubes fueron recibiendo a sus campeones con la Copa del Mundo en sus estadios: el Atlético homenajeó a Marcos Llorente, Marc Pubill, Álex Baena y Alejandro Grimaldo en el Metropolitano, el Bernabéu haría lo propio días más tarde con Marc Cucurella —ya lateral madridista— y con el visitante Mikel Oyarzabal, y hasta los South Winners del Olympique de Marsella desplegaron en el Vélodrome un enorme tifo con los colores españoles, la Copa y un «Viva Roja», que debe de ser una de las combinaciones de palabras más desconcertantes que hayan salido nunca de una grada francesa.

La música se torció en Bilbao. San Mamés recibió a sus campeones —Unai Simón, Aymeric Laporte y Nico Williams— con una mayoría de aplausos, pero también con una sonora pitada procedente de un sector de la grada, un bosque de ikurriñas y el cántico de «español el que no bote». Luis de la Fuente, presente en el estadio y también homenajeado, resumió después su impresión sin demasiada diplomacia: «Siento pena, así de claro».

Laporta tomó nota, porque para eso tiene el olfato que tiene. Si en Bilbao una parte de la grada pitaba a tres jugadores del Athletic por el delito de haber ganado un Mundial, qué no le esperaría a él, converso de última hora, en un Camp Nou donde las principales entidades independentistas ya habían llamado a responder al homenaje llenando el estadio de esteladas. La ANC anunció incluso que repartiría diez mil. A eso se añadió el incidente de Elche, donde la actuación policial contra un menor que llevaba una estelada provocó la protesta formal del Barça, que denunció un «uso desproporcionado de la fuerza».

El terreno estaba abonado para convertir un homenaje futbolístico de cinco minutos en otro capítulo de la cuestión catalana. Y Laporta, que ya tiene suficientes frentes abiertos sin necesidad de encargar pitadas a domicilio, hizo cuentas: homenajear a España le garantizaba una bronca en casa y no homenajearla, otra fuera. De esos dilemas solo se sale como han salido siempre los grandes estadistas: suspendiendo.

Así que el homenaje desapareció. Laporta explicó que «no es el contexto ni el momento más apropiado» y que el fútbol debe servir «para unir y no para generar enfrentamientos». La selección española había conseguido sobrevivir a Argentina, a Francia y a un Mundial entero, pero no al orden del día del Camp Nou.

Lo exquisito vino después. No habría homenaje a los campeones del mundo, pero sí, en palabras del propio Laporta, un «acto de exaltación de la estelada». La ANC, Òmnium y grupos de socios y peñistas prepararon el recibimiento y diez mil banderas independentistas esperaban en las gradas. La combinación resultaba difícil de mejorar incluso para un guionista con mala leche: ocho futbolistas del Barça acababan de regresar como campeones del mundo con España y el club consideraba que no existía el contexto adecuado para homenajearlos, pero sí para exaltar una bandera independentista.

Y ocurrió.

El Camp Nou se llenó de esteladas en el partido contra el Athletic y los campeones españoles se quedaron sin homenaje oficial. Hubo además cánticos de «Puta España, puta Selección», posteriormente recogidos en la denuncia de LaLiga. Arriba, en la grada, miles de banderas reclamando la independencia; abajo, sobre el césped, un puñado de campeones del mundo con España a los que nadie homenajeaba oficialmente. Una composición política tan perfecta que habría resultado excesiva de haberla inventado.

No seré yo quien le reproche a Laporta la pirueta, porque gobernar el Barça exige desde hace tiempo las dotes directivas de un equilibrista y la flexibilidad moral de un contorsionista, y él acredita ambas con nota. Además, quizá estemos ante una doctrina política nueva. Si el despotismo ilustrado prometía todo para el pueblo pero sin el pueblo, Laporta acaba de perfeccionar el laportismo ilustrado: todo por los campeones de España, pero sin España.

Hay carreras políticas enteras construidas sobre una bandera y carreras presidenciales construidas sobre saber exactamente cuándo sacar otra, y muy pocos hombres han logrado protagonizar las dos sin cambiar siquiera de despacho. Los jugadores, mientras tanto, ya tienen su medalla. El homenaje, como la república, quedará para mejor ocasión.

2 comentarios

  1. Sí, amigo sí, lo del Barsa y el mundial 2010 sí fue una fantasía.

  2. Yo soy madridista pero reconozcl que estte artículo es un rollo patatero.

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