
Este viernes el Real Madrid perdió ante el Betis en La Cartuja en un partido con un calor sofocante. José Mourinho compareció ante los micrófonos dejando a los periodistas huérfanos del Mourinho que muchos esperaban. No admitió que su equipo hubiera jugado peor —dijo que había dominado, que mereció ganar y que al Betis, «que jugó para empatar, le salió el gordo»—, pero tampoco convirtió la derrota en una conspiración. Cuestionó el uso de las tarjetas, acusó a los jugadores béticos de ser más listos que los suyos y hasta ironizó con uno que parecía muerto junto al banquillo y acabó el partido sin que se lo tuvieran que atender los servicios médicos. Sin embargo, al contrario de lo que esperabaa la sala de prensa, se negó a valorar las jugadas polémicas porque no las había visto repetidas y descartó que el arbitraje hubiese influido en el resultado. No fue una rueda de prensa clásica sino algo menos frecuente: un Mourinho reconocible, pero bajo control.
Quienes llevaban desde junio afilando titulares para el día en que reventara se quedaron, por tanto, con la pólvora a medio usar. La primera derrota del curso, esa que en 2011 habría dado para una semana de teorías sobre conspiraciones y un «¿por qué?» pronunciado con la ceja arqueada, se saldó sin enemigos declarados, traidores en el vestuario ni dedos clavados en el ojo de nadie. Los periodistas esperan que Mourinho estalle y él, de momento, se conforma con dejar pequeñas detonaciones controladas. Algo ha cambiado, y merece la pena preguntarse qué.
Para entenderlo hay que volver al 22 de mayo de 2010, cuando el Santiago Bernabéu acogió una final de la Copa de Europa que el Real Madrid no jugaba. La ganó el Inter de Mourinho ante el Bayern, y hay una imagen de aquella noche que los madridistas de cierta edad conservan con la nitidez de un pequeño trauma: el portugués abrazado a Marco Materazzi a las puertas del estadio, llorando los dos, mientras el trofeo que el Madrid llevaba ocho años sin tocar se paseaba por su propio césped en manos ajenas. Nueve días después, Mourinho era presentado como entrenador del Real Madrid. Pocas veces un técnico había llegado con su candidatura tan aparatosamente expuesta y pocas veces, durante los tres años siguientes, un vestuario blanco estuvo tan rendido a un entrenador y, al mismo tiempo, tan dividido por él. Se marchó en 2013 por lo que el club llamó «mutuo acuerdo», fórmula con la que las instituciones serias suelen nombrar las cosas que prefieren no explicar.
Trece años después de aquella salida, cuando en la primavera de 2026 comenzaron a circular los rumores de su regreso, la reacción más extendida entre los aficionados fue una mezcla de incredulidad y sospecha de que los periodistas estaban inventándose otra historia para alimentar las tertulias. Mourinho volvía después de una década en la que había seguido acumulando títulos —la Premier con el Chelsea, la Europa League con el Manchester United, la Conference League con la Roma—, aunque llevaba tiempo alejado de la primera línea competitiva europea. Y el Madrid que lo llamaba ya no era el equipo desesperado de 2010, sino el club más laureado del continente.
Confirmado su fichaje el 11 de junio, la interpretación más repetida fue que Florentino Pérez había visto cómo la autoridad de los entrenadores anteriores se debilitaba dentro del vestuario, con Vinícius enfrentado públicamente a algunas decisiones de Xabi Alonso y Valverde involucrado en un grave enfrentamiento con Tchouaméni. El presidente buscaba un entrenador capaz de recuperar la disciplina y devolver al banquillo el poder perdido. La paradoja de encargarle sensatez a quien en su primera etapa se hizo célebre precisamente por perderla no pareció inquietar demasiado a nadie.
La tesis que aquí se defiende no es tanto que Mourinho vaya a triunfar como que Florentino, una vez más, ha interpretado el tablero antes que buena parte de sus críticos. Entre los errores que se le atribuyen con mayor frecuencia aparecen el estadio y la Superliga. Sobre el primero, las cuentas ofrecen una imagen bastante distinta de la que suelen presentar sus detractores. La reforma se ha encarecido hasta superar los 1300 millones de euros y los conciertos continúan condicionados por los problemas de ruido, pero la explotación recurrente del Bernabéu creció un 38 % durante el ejercicio 2024-2025. Si las obras de insonorización permiten recuperar la programación musical, el estadio puede convertirse en uno de los activos más rentables del fútbol europeo. Puede: todavía es una previsión, no una realidad contable.
La Superliga exige más cuidado. El proyecto presentado en abril de 2021 se desmoronó cuando los seis clubes ingleses se retiraron en apenas cuarenta y ocho horas, empujados por la protesta de sus aficionados y por las amenazas del Gobierno, la Premier y la Federación inglesa. No fueron los únicos responsables del naufragio, pero sí quienes lo hicieron irreversible. La nueva Champions tampoco nació como una respuesta improvisada al proyecto de Florentino: la UEFA llevaba dos años negociando su reforma y la aprobó el 19 de abril de 2021. Otra cosa es que la rebelión hiciera visible una disputa que ya existía. Los grandes clubes querían más partidos, más ingresos y más control sobre el negocio. Con el nuevo formato y el nuevo ciclo comercial, la Champions ha ampliado su calendario y las cantidades repartidas entre los participantes han crecido considerablemente. Florentino no inventó esa transformación, aunque sí comprendió antes que muchos hacia dónde se dirigía.
Con Mourinho sucede algo parecido. La pregunta que domina las tertulias no es quién ganará la Liga ni quién será el pichichi, sino cuándo va a liarla de nuevo, y la derrota del viernes ha bastado para reactivar el laboratorio de gestos, enfados y presuntas insubordinaciones. Es una expectativa comprensible: en su primera etapa la lió, y mucho, y su cruzada contra el Barça de Messi dejó imágenes que una parte del madridismo preferiría no revisar.
El tiempo, sin embargo, ha hecho algo extraño con aquellas quejas. Lo que entonces sonaba a paranoia de un entrenador acorralado se escucha de otra manera después de conocerse los pagos del Barcelona a José María Enríquez Negreira. Los tribunales aún no han establecido que aquellos pagos alterasen una competición ni favoreciesen deportivamente al club, por lo que el caso no demuestra las antiguas acusaciones de Mourinho. Lo que sí ha cambiado, inevitablemente, es el contexto en el que se recuerdan. No se trata de darle la razón retrospectivamente, sino de admitir que la conversación ya no es la misma.
El Mourinho de 2010 asumía personalmente el combate en las ruedas de prensa porque el club, fiel a su idea del señorío institucional, rara vez entraba de forma abierta en esas batallas. Florentino evita el cuerpo a cuerpo posterior a los partidos y prefiere los comunicados, las asambleas, los despachos y los abogados. Real Madrid TV ya existía entonces, pero todavía no había asumido con la intensidad actual la tarea de señalar semanalmente los errores arbitrales —o de ejercer presión sobre los colegiados, según quien lo interprete—. El entrenador ya no necesita cargar él solo con ese trabajo.
Ahí está el giro que ayuda a explicar lo del viernes. Tras su primer partido de Liga, y a contracorriente del discurso de su propio club y de su televisión, Mourinho declaró que confiaba en el arbitraje español y que se situaba «en el lado de la honestidad de los árbitros». En Sevilla no renunció completamente a su colmillo, pero se negó a convertir las decisiones arbitrales en la causa de la derrota y protegió a Mbappé después de que fallara el penalti: «Cuando va uno a patear, vamos todos juntos».
Mourinho no ha alcanzado la santidad ni parece que corra un peligro inmediato de hacerlo. El cambio es más modesto y, quizá por eso, más creíble: sigue provocando, pero ya no necesita incendiarlo todo. El pirómano contratado para meter en vereda a los díscolos ha aprendido, de momento, a controlar la llama. Bienvenido, Mourinho 2.0.

¡ Otra vez otra vez se ha cabreao
el portugués ! .
Yo creía que el efecto de la vacuna le duraría toda la temporada pero me equivoque .
Y ya lo decia Calimero
¡ Es una injusticia ! .