Ciclismo

El primer puñetazo en la mesa de Miguel Induráin: El Tour de 1991

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Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)
Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)

En el verano de 1991, en el ciclismo español se iba a producir un relevo sentimental. Perico, Pedro Delgado, que lo había sido todo hasta el momento, iba a ceder su trono a Miguel Induráin. No hubo polémica ni discusión alguna. El segoviano había iniciado ya claramente su declive y había dejado un sabor agridulce en la afición, se sentía que podía haber ganado más. Mientras que el navarro entró como un torpedo en la vida de los españoles y nadie tuvo nostalgia de absolutamente nada. Todo el mundo se hizo fan sin dudarlo.

Además, el cambio era también de estilo. Perico era un guerrillero, un estereotipo español, en un país que hacía poco que había dejado atrás la Furia de la selección española (aunque el Mundial de Italia le salió peor que el anterior). E Induráin llegaba como una máquina fría y calculadora, parecía una bestia nórdica o alemana, y cuando cruzó en solitario la meta de Val Louron con el puño en alto y la mirada perdida en el horizonte, la afición se excitó especialmente. Había aparecido un Terminator, saga que estrenó ese mismo año su segunda y mejor parte, y era nuestro. Nuestro Terminator.

Era, además, un cambio de época en el sentido más amplio. El mundo de 1991 era un mundo en transformación radical. La Unión Soviética se desmoronaba en cámara lenta. Los golpistas fallidos de agosto intentarían detener lo inevitable, y antes de que terminara el año la URSS dejaría de existir. Yugoslavia ardía. Los líderes occidentales rogaban al país que no se dividiera, pero el debate popular reivindicaba el derecho de autodeterminación que exigían Eslovenia y Croacia. Paradójicamente, estas dos repúblicas aceptaban mantener una suerte de confederación, pero Slobodan Milosevic tenía otros planes: redefinir las fronteras. Conforme empezaba el Tour de Francia de 1991, ese mismo verano, se iniciaban las primeras de una serie de guerras encadenadas que duraron justo diez años más.

En el propio pelotón se vivía esa realidad, el esloveno Jure Pavlic, gregario del equipo Carrera, veía por televisión desde los hoteles del Tour los tanques avanzando por las mismas carreteras de Liubliana donde él entrenaba. «Un día reconocí en Liubliana, llenas de tanques, las carreteras que habitualmente utilizo para entrenarme. Tuve que apagar el televisor», confesó. «Soy esloveno al ciento por ciento. No tengo nada que ver con los serbios. Yugoslavia, por lo tanto, no puede seguir existiendo. Espero que antes de que termine el Tour Eslovenia sea independiente».

Claudio Chiappucci y Miguel Indurain (Foto: Cordon Press)
Claudio Chiappucci y Miguel Indurain (Foto: Cordon Press)

Sobre ese telón de fondo planetario, el Tour de Francia de 1991 iba a escribir su propia historia de transiciones y cambios de poder. El 78.º Tour de la historia. Veintidós etapas, 3.914 kilómetros, 198 corredores partiendo de Lyon el 6 de julio con destino a los Campos Elíseos de París. Y entre todos ellos, un navarro de 27.

Sin embargo, la víspera de la salida, los periódicos franceses y españoles coincidían en sus quinielas en que el gran favorito era el tricampeón Greg LeMond, pero las miradas apuntaban sobre todo hacia la llamada «pareja BB», el binomio formado por el italiano Gianni Bugno y el holandés Erik Breukink. La prensa francesa los había bautizado como «la nueva ola», corredores completos, buenos contrarrelojistas y solventes escaladores, el perfil que la organización del Tour parecía querer promover con un trazado deliberadamente suavizado.

LeMond, el californiano de cabello rubio y sonrisa publicitaria que había ganado el Tour en 1986, 1989 y 1990, llegaba a Lyon con confianza. En The Herald Tribune había declarado «mi cabeza sigue a mi condición física». Aunque las dudas estaban ahí: «No estoy en mi mejor momento, pero espero alcanzarlo. Un atleta no es programable». A quienes le preguntaban por la potencia de sus rivales y su desempeño conservador, el americano respondía reivindicándose: «Estoy harto de oír hablar que no gano etapas. No las gané el año pasado, es cierto, pero sí el Tour». La casa de apuestas William Hill le daba como favorito con cuotas de 2-1.

Breukink, tercero en 1990 y líder de un poderoso equipo PDM que contaba con Sean Kelly y Raúl Alcalá como lugartenientes, era considerado el rival más serio de LeMond. Su punto débil conocido era una cierta tendencia a sufrir un mal día en cada Tour que disputaba. Bugno, ganador del Giro de Italia de 1990, llegaba con el aura de quien había dominado la ronda italiana desde el primer día y había ganado en el Alpe d’Huez. Chiappucci, subcampeón en 1990, completaba el cuarteto de favoritos con su estilo agresivo de ataques permamentes. «Quien piense que no voy a atacar es que no me conoce», dijo antes de la salida.

Greg LeMond, en el Tour de 1991 que gana Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)
Greg LeMond (Foto: Cordon Press)

Y luego estaban los españoles. El ONCE de Melchor Mauri y Marino Lejarreta, el Clas-Cajastur, el Seguros Amaya sin su líder Laudelino Cubino, que tuvo que retirarse antes de comenzar con una tendinitis en la rodilla derecha, y el Banesto, el equipo creado para ganar el Tour. José Miguel Echávarri, director del Banesto, presentó en Lyon una novedad que ocultaba un cambio profundo: Pedro Delgado y Miguel Induráin partirían como líderes en igualdad de condiciones. Sería la carrera quien decidiría quién de los dos debía asumir el mando. «Yo dividiría este Tour en cuatro partes. La primera la van a marcar las contrarrelojes y la segunda llega hasta Val Louron. Y a partir de ahí, veremos», explicó Echávarri con su tono justo en palabras.

Que la situación de liderato compartido era en realidad una batalla interna soterrada lo sabían todos, aunque nadie lo dijera en voz alta. El año anterior, Induráin había sacrificado sus opciones de victoria para ayudar a Delgado en el Tour, llegando décimo cuando, según las crónicas, había perdido unos doce minutos y medio en labores de gregario; tiempo más que suficiente para haber ganado la carrera. El mundo del ciclismo español observaba ahora con curiosidad cómo se dirimía esa sucesión no escrita.

El 6 de julio de 1991, el Tour arrancó con un prólogo de 5,4 kilómetros en las calles de Lyon. Thierry Marie, especialista del Castorama, se impuso en el examen cronometrado más breve de la carrera. Era el primer maillot amarillo de una edición que prometía ser más movida de lo que el recorrido suavizado hacía presuponer. LeMond llegó tercero, lo que ya era un primer mensaje de que no se había ido y era muy capaz de seguir garrapiñando puestos elevados, sin llegar nunca a ganar, pero acabar imponiéndose, como había hecho el año anterior.

La primera etapa, con salida y llegada en Lyon, deparó la primera sorpresa seria de carácter táctico. En un movimiento que cogió desprevenidos a los equipos españoles e italianos, LeMond y Breukink se colaron en una escapada junto a Rolf Sørensen, Sean Kelly y Raúl Alcalá. La ventaja final superó los dos minutos. Aquella mañana, los enviados especiales de la prensa española tuvieron que explicar por qué Delgado, Induráin, Bugno y Chiappucci habían dejado escapar a los dos grandes favoritos.

Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)
Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)

Las explicaciones fueron confusas. «La polémica ha provocado una profunda revisión de los hechos, que seguramente no servirá para nada», escribía Luis Gómez en El País. «De esa forma se supo que Delgado parecía hacer de aguador cuando atacó LeMond, que Induráin estaba pero no estaba, que Lejarreta seguía fiel a su costumbre de ir en cola del pelotón. Pregunta tras pregunta, resulta que más de medio pelotón español se había percatado de la escapada. Es decir, todos iban delante, que todos lo vieron. Y el que más delante estaba era Cabestany, aunque no se explique muy bien por qué no entró».

Por la tarde, la contrarreloj por equipos de 36,5 kilómetros entre Bron y Chassieu la ganó el Ariostea, equipo de Sørensen, que se colocó líder de la general. El Banesto cedió 16 segundos al Z de LeMond y 19 al PDM. No era un desastre, pero tampoco era lo que Echávarri esperaba de sus hombres en una especialidad que habían descuidado durante toda la temporada, a diferencia del ONCE, que la había entrenado con especial dedicación.

Sørensen, el nuevo líder, duró cuatro días de amarillo. En la quinta etapa, entre Reims y Valenciennes, el danés se cayó al chocar con una isleta de tráfico a pocos kilómetros de la meta. Se rompió la clavícula. Logró terminar la etapa con una determinación heroica, como el Terminator que estaba ese años en los cines, pero al día siguiente no pudo tomar la salida. El Tour empezaba la sexta etapa sin líder oficial, lo que propició uno de los episodios más memorables de las primeras semanas.

Thierry Marie, el especialista del prólogo, aprovechó el vacío de poder para protagonizar una de las escapadas más largas de la historia moderna del Tour. Salió en solitario desde los primeros kilómetros de la etapa entre Arras y El Havre, 259 kilómetros, y llegó solo a meta con 1 minuto y 54 segundos de ventaja sobre el pelotón. Había rodado 234 kilómetros en solitario, era la tercera escapada más larga en la historia del Tour de la posguerra. Aquella imagen de un hombre solo contra el horizonte normando, con los molinos de viento a los lados de la carretera, quedó grabada en la retina de los espectadores. Marie recuperó el maillot amarillo.

Djamolidine Abdoujaparov, en el Tour de Francia de 1991 que gana Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)
Djamolidine Abdoujaparov (Foto: Cordon Press)

La primera semana tuvo también su galería de personajes secundarios y anécdotas. En Reims, el soviético uzbeko Djamolidine Abdoujaparov, velocista del equipo Carrera, ganó al sprint de forma tan agresiva que Museeuw presentó una reclamación que no prosperó. «No es humano», se quejó el belga. «Si no llego a frenar, termino en una ambulancia. Prefiero medirme con tipos como Van Poppel. Al menos son nobles». Abdoujaparov, de 27 años, natural de Taskent, era el único musulmán del pelotón, llevaba un escorpión tatuado en el brazo y una mirada que aterrorizaba a sus rivales en los últimos metros. «Soy el mejor sprinter del momento», declaró sin falsa modestia. «Yo comienzo a pedalear con fuerza cuando faltan 600 metros. Lo que sucede detrás nunca me importa. En esos momentos no se puede tener miedo. Miro la bandera de llegada y hago lo que sea preciso para ganar. Hay que estar un poco loco, lo reconozco».

Mientras tanto, una encuesta informal entre los corredores españoles reveló una curiosidad que dijo mucho sobre la psicología de los ciclistas profesionales. Casi ninguno sabía con exactitud qué posición ocupaba en la clasificación general. Miguel Induráin, preguntado a traición, respondió sorprendido: «Estoy a unos 2.30. Del puesto ni me acuerdo. No lo memorizo». Pedro Delgado tampoco lo sabía con precisión: «Estoy a unos dos minutos y medio de LeMond», dijo, cuando en realidad era el 60.º a 2 minutos y 38 segundos. Solo un corredor, Fernando Quevedo del Seguros Amaya, sabía su posición exacta… pero también se equivocó en tres puestos y cinco segundos.

El 13 de julio de 1991 llegó el primer gran examen de la carrera. La octava etapa, 73 kilómetros de contrarreloj individual entre Argentan y Alençon, con un perfil «infernal» según el propio Echávarri (un falso llano inicial seguido de continuos y duros repechos) iba a mostrar quién tenía realmente opciones de llegar de amarillo a París y quién debía dejarse de historias.

Miguel Induráin lo había preparado de forma verdaderamente meticulosa. Había visitado el terreno en abril, lo había recorrido en bicicleta, lo había estudiado en coche la tarde anterior y le había echado un último vistazo al tramo final la misma mañana de la etapa. Era consciente de que ese día podía cambiar el rumbo de toda la carrera y, quizás, de toda su carrera.

Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)
Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)

Lo que sucedió aquella tarde quedó grabado en la memoria del ciclismo español. En el control oficial, Echávarri seguía los tiempos parciales ante una pantalla gigante, convencido de que Breukink iba a ganar. El holandés era líder en todos los parciales con ventajas de hasta 30 segundos sobre Induráin. «Fíjate, va como una moto. Claro está. Se ha dedicado todo el año a esto», exclamaba Echávarri, impotente. Y añadió, refiriéndose a LeMond, cuya sobreimpresión de tiempo errónea generaba confusión en las pantallas de televisión, una frase que se convirtió en una de las más citadas de aquel Tour: «Este maricón… éste es el problema… va a ganar la etapa… la va a ganar… ¡Dios!».

Pero entonces sucedió. Breukink, que había dominado con autoridad los primeros 60 kilómetros, se hundió en los últimos diez. Perdió más de un minuto en ese tramo final. Induráin, en cambio, mantuvo su regularidad impecable hasta el final. Cuando las clasificaciones definitivas aparecieron en pantalla, el tiempo más corto era el del navarro. Echávarri no pudo contenerse: «¡Eusebio!, ¡Eusebio!», gritaba buscando la cara de su segundo, Eusebio Unzúe. «Francis, ¿está aquí la camiseta de Induráin?», preguntó el relaciones públicas del equipo, corriendo. Había que vestirlo para el podio.

Miguel Induráin ganó la contrarreloj con ocho segundos de ventaja sobre LeMond, que se convirtió en el nuevo líder de la general. Era la primera gran contrarreloj que Induráin ganaba en un Tour. El año anterior había triunfado en montaña, en Luz-Ardiden. Ahora sumaba el registro de un cronometrador de primera magnitud.

El propio Induráin tardó un par de minutos y litro y medio de agua en poder articular palabra después del esfuerzo. «He ido a tope, jugándomela incluso, porque no sabía si llegaría», explicó. No sabía que había ganado hasta que vio los tiempos definitivos en la televisión del hotel, duchado ya y en ropa informal. «Me he puesto muy nervioso porque, de repente, le dieron ganador a LeMond con un tiempo que no le correspondía. Nadie sabía qué pasaba. Cuando luego hemos visto que el ganador era yo, he respirado tranquilo».

Gianni Bugno, Miguel Induráin y Claudio Chiappucci (Foto: Cordon Press)
Gianni Bugno, Miguel Induráin y Claudio Chiappucci (Foto: Cordon Press)

Con esas palabras justas y medidas que sería su marca de fábrica, el navarro se negó a hacer grandes proclamas: «Afronto el futuro con optimismo, pero veo todavía lejos el podio de París». Y rebajó cualquier entusiasmo sobre el duelo con Delgado: «Vuelvo a repetir que queda mucho Tour y que será la carrera la que dictaminará quién debe asumir el mando. En mi opinión, cuando llegue la montaña, en Pau, por ejemplo, las posiciones estarán más claras. Ahora sólo puedo decir que los dos queremos ganar el Tour y tenemos posibilidades de conseguirlo». Sobre la montaña, añadió con honestidad: «A mí la montaña no me va muy bien, pero ya veremos cómo la afronto esta vez».

Delgado, por su parte, cedió más de dos minutos con Induráin en esa etapa y quedó decimosegundo en la general, a más de cuatro minutos de LeMond. «Se trataba de no perder mucho tiempo y, en la medida de lo posible, arañar algo a los favoritos. Nuestro equipo puede darse por satisfecho», declaró. La diferencia entre los dos líderes del Banesto era ya de 2 minutos y 13 segundos.

El Tour de 1991 tuvo su gran escándalo antes de llegar a los Pirineos. El equipo PDM, uno de los más poderosos del pelotón, con Breukink como tercero en la general y Kelly y Alcalá entre los diez primeros, se retiró en masa de la carrera a partir de la décima etapa. Todo comenzó el 15 de julio, en la etapa hacia Rennes. Cinco corredores del PDM abandonaron por enfermedad; otros tres, incluido Breukink, terminaron la etapa con fiebre de 38 grados. Al día siguiente, ningún miembro del equipo tomó la salida.

La versión oficial del equipo fue la de una intoxicación alimentaria. El director deportivo Jan Gisbers manifestó: «Es una infección debida a las bebidas de los bidones y quizás a algún alimento. Pero me siento aliviado al saber que es una enfermedad bacteriana, porque se cura más fácilmente que si fuera un virus». El manager Manfred Krikke fue algo más específico semanas después: «Hay un 90% de posibilidades de que haya sido provocada por alimentos en mal estado». La causa más probable, señaló el parte médico oficial, eran el pollo y la salsa de carne, «productos conocidos por ser potencialmente peligrosos».

Laurent Fignon y Pedro Delgado (Foto: Cordon Press)
Laurent Fignon y Pedro Delgado (Foto: Cordon Press)

Pero la sombra del dopaje planeó desde el primer momento sobre el caso. El equipo PDM no era precisamente conocido por su transparencia. En los pasillos de la prensa circulaban susurros sobre la posible relación entre la misteriosa enfermedad y algún programa de dopaje que podría haber salido mal. «Las causas del suceso no llegaron a establecerse de forma oficial», recordarían años después las crónicas. El periodista mexicano que cubría el Tour masculló en la sala de prensa: «Quien ha vivido en México tiene un estómago a prueba de bomba», intentando librar a su compatriota Alcalá de toda sospecha. Décadas más tarde se sabría que el doctor del equipo, Wim Sanders, había estado en el centro de una investigación neerlandesa sobre dopaje, aunque en 1991 nada de eso era oficial.

José Miguel Echávarri aprovechó el revuelo para lanzar una crítica más general a la organización del Tour, específicamente sobre las condiciones de alojamiento y alimentación de los corredores: «El Tour es una gran carrera, pero tiene mucho que mejorar. El ciclismo es un gran argumento para promocionar cosas, pero a veces los protagonistas de esto, que no son otros que los corredores, se dejan de lado». En Valenciennes, el equipo ONCE había cenado en un comedor donde el mostrador de recepción estaba a un metro escaso de una parrilla con cocineros sudorosos, con una raciones de mayonesa esperando en las mesas durante un buen rato bajo un calor asfixiante.

Con el PDM fuera de la carrera, la hoja de ruta de las aspiraciones se simplificó. Breukink ya no era una amenaza. LeMond seguía líder, con Induráin a 2 minutos y 17 segundos. Los Pirineos esperaban. Pero antes de entrar en montaña, el Tour vivió otro episodio delirante. El suizo Urs Zimmermann, del equipo Motorola, se negó a coger el avión que trasladaría al pelotón desde Nantes hasta Pau el día de descanso; el suizo sufría aerofobia. El jurado lo descalificó. Pero la reacción del pelotón fue de apoyo. Los corredores protestaron solidariamente hasta conseguir que se le permitiera llegar a Pau por sus propios medios terrestres y Zimmermann continuó en el Tour.

El 18 de julio, la primera etapa pirenaica, de Pau a Jaca, transcurrió con una parálisis táctica que desesperó a los aficionados y levantó ampollas en el pelotón. LeMond, Induráin, Delgado y los demás favoritos vieron cómo una escapada formada por el francés Luc Leblanc, Charly Mottet y el suizo Pascal Richard se marchaba con casi siete minutos de ventaja. Ahí estuvo Peio Ruiz Cabestany, que se pilló un melocotón bueno subiendo Somport. Sin eso, llegando con los otros, era el líder. Nadie organizó la persecución. Leblanc llegó a Jaca como nuevo líder del Tour. Tenía 23 años y había perdido a su hermano gemelo en un accidente de coche once años antes, en el que él mismo sufrió fracturas que dejaron su tibia y peroné izquierdos dos centímetros más cortos. Cojeaba, pero pedaleaba con una determinación que dejaba sin aliento.

Erik Breukin (Foto: Cordon Press)
Erik Breukin (Foto: Cordon Press)

LeMond explotó después de la etapa con una franqueza que no dejaba lugar a interpretaciones: «No lo entiendo. Es inexplicable que Delgado y los demás no apretaran el ritmo para intentar alcanzar a los escapados. Para mí es un misterio lo que ha pasado. Me pregunto si Delgado realmente quiere ganar el Tour». El director del Z, Legeay, compartió la queja: «El Banesto no ha colaborado para nada, lo que no tiene sentido». Bugno fue aún más duro: «El Banesto no ha corrido hoy como tiene que hacerlo un equipo que desea tener un campeón en París. No comprendo cómo Delgado o Induráin no han querido colaborar. Me siento francamente molesto».

En el seno del Banesto, la respuesta de Induráin bajaba las pulsaciones a la polémica: «La etapa más dura no era esta, sino la de Val Louron. No tenía sentido quemar todas las fuerzas cuando lo peor está por llegar. Leblanc es un hombre que rueda muy bien, pero ya veremos si es capaz de mantener el liderato en Val Louron. Se ha dado una gran paliza y seguramente lo acusará mañana». Echávarri, interrogado sobre la pasividad de sus hombres, dijo simplemente: «No me queda ninguna duda del estado de forma de Induráin». Ante la insistencia, acabó zanjando el tema declarando que los Pirineos eran dos días y se sacaban las conclusiones tras los dos días.

No las había. Llegando a Jaca, Induráin pedaleaba tan cómodamente que se permitió el lujo de adelantar el coche del equipo silbando y preguntarle al mecánico: «¿Qué tal, Carlitos?». A pocos metros, LeMond pedaleaba enrojecido, sudoroso, apretando los dientes con el gesto de quien está al límite. El segundo del Banesto, Eusebio Unzúe, lo vio desde el coche y comprendió que la carrera ya estaba prácticamente decidida.

El 19 de julio llegó la etapa reina con 232 kilómetros de Jaca a Val Louron, con cinco puertos de montaña encadenados, 6.000 metros de desnivel y un perfil que parecía diseñado por algún psicópata. El Portalet, el Aubisque, el Tourmalet, el Aspin y la llegada al inédito Val Louron. Solo los fuertes de verdad sobrevivirían con su clasificación intacta.

Greg LeMond (Foto: Cordon Press)
Greg LeMond (Foto: Cordon Press)

Y en el descenso del Tourmalet de nuevo se hizo historia del ciclismo. A falta de unos 100 metros para la cumbre del Tourmalet, LeMond decidió se quedó clavado tras una aceleración de Chiappucci. El estadounidense había atacado al paso por Baréges, pero iba nervioso. Y se clavó justo en la última herradura por ese cambio de ritmo del italiano, que se la tenía jurada del año anterior y quería verlo caer. Luego se supo que cuando LeMond iba mal, abría las rodillas, y todos los corredores lo leían rápido.

Así que, sin esperar a que nadie organizara nada, Induráin bajó el Tourmalet como una exhalación. En ocho kilómetros, sorteando las curvas a velocidad impresionante, acumuló más de 50 segundos de ventaja. Era un ataque de una brutalidad elegante, sin alardes ni gestos, simplemente aplastante.

Claudio Chiappucci, que había conseguido despegarse del grupo perseguidor, alcanzó a Induráin en el valle de Campan. Comprendieron instintivamente que sus intereses coincidían: el italiano buscaba la victoria de etapa, el español el maillot amarillo. Se pusieron de acuerdo con un gesto y tiraron juntos de los pedales durante los 45 kilómetros que faltaban para Val Louron. «Hemos trabajado de maravilla», diría Induráin después. «Él es un corredor muy agresivo, siempre con ansias de ganar y eso le hace ser un compañero perfecto para días así. Siempre va a morir y eso beneficia a cualquiera».

Gianni Bugno, que podría haberse sumado a la aventura desde el inicio, titubeó demasiado tiempo esperando instrucciones desde el coche del equipo. No se enganchó a la rueda de Induráin y Chiappucci, y se arrepentiría de por vida de esa decisión. LeMond fue hundiéndose en un calvario progresivo. Llegó a caerse, empujado por el coche de Gatorade, que lo encontró casi parado. Su compañero Eric Boyer tuvo que frenar a tres kilómetros de la meta para esperarle y tirar de él hasta la línea. La imagen de Boyer frenando y girando la cabeza para buscar a un LeMond, que perdió 7 minutos y 18 segundos en esa etapa.

Miguel Induráin, Gianni Bugno y Claudio Chiappucci (Foto: Cordon Press)
Miguel Induráin, Gianni Bugno y Claudio Chiappucci (Foto: Cordon Press)

Chiappucci ganó ese día, como acordaron. Induráin llegó segundo y se puso el maillot amarillo. Pedro Delgado, que había perdido más de catorce minutos, llegó a la meta consciente de que el relevo ya se había producido oficialmente. Induráin cruzó la meta con un gesto de rabia contenida, alzando el puño. «La mala leche ha salido hoy», comentó con una de sus frases más citadas. Y a continuación, con esa frialdad que lo caracterizaba, añadió: «Alcanzar el jersey amarillo después de una etapa como ésta es formidable. Sin embargo no me puedo confiar. Los Alpes, seguramente el último obstáculo que nos queda, los voy a afrontar con una diferencia muy maja con respecto a mis rivales».

Echávarri, que había disimulado sus certezas durante días, ya no tuvo que guardar ningún secreto: «Ahora todo está claro. No tenemos más que un líder: Miguel, Miguel y Miguel». Y Delgado, uno de los grandes derrotados del día, respondió con más elegancia: «Voy a currar encantado para Miguel. Yo ya dije que sería la carrera quien decidiera el liderato. Y la carrera lo ha dicho muy claro que el líder es Miguel. Así que no tengo ningún problema en ponerme a sus órdenes».

La mañana siguiente en Val Louron estuvo llena de detalles simbólicos. Induráin, que había dormido en el mismo hotel que el equipo Z de LeMond por capricho de la organización, se encontró en el comedor con el americano y LeMond lo felicitó. El español agradeció el gesto con esa sencillez que no era estudiada y que nunca le abandonó. Después, cada uno se fue con los suyos: Greg con su mujer Kathy y su hijo mayor Geoffrey, Miguel con sus tres hermanas Isabel, Nekane y Asunción, que habían viajado desde Villava.

Pero antes, a primera hora de la mañana, la televisión francesa Antenne 2 llamó a la puerta de la habitación de Induráin para hacerle la primera entrevista como líder del Tour. El maillot amarillo que le habían dado la tarde anterior era de la talla de LeMond, mucho más pequeño que el corpachón de 1,88 metros y 80 kilos del navarro. El maillot se resistía a entrar por su torso blanquísimo ante las risas de quienes estaban presentes. Induráin lo resolvió con una frase que quedó para la historia: «Con lo que le ha costado entrar, ya no me lo quito hasta París».

Gianni Bugno y Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)
Gianni Bugno y Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)

El reportero de Antenne 2 tuvo otro problema, ya que la entrevista previa había resultado un poco sosa para tratarse de un hombre que tenía en su mano la victoria en el Tour. Echávarri le advirtió: «Que quieren que sonrías unos segundos». «Ah, bueno», concedió Induráin, y dibujó una sonrisa que ya no desapareció de su rostro durante todo el día. Sonriente en el control de firmas, sonriente en el pueblo cuando los aficionados le pedían autógrafos, sonriente cuando un joven vasco con una ikurriña le gritó desde el borde de la carretera: «¡Hasta la Torre Eiffel tienes que llevar el amarillo. No nos falles!».

La semana de transición entre los Pirineos y los Alpes deparó algunos sustos al equipo Banesto, sobre todo en la etapa entre Alès y Gap, donde Bugno, Chiappucci y Fignon protagonizaron una escapada que sorprendió al equipo español con Rondón recién pinchado y varios corredores mal situados. Induráin aguantó gracias a la ayuda desinteresada del equipo Seguros Amaya. «Ha sido un gesto maravilloso, porque nos ha permitido tomar un respiro de vez en cuando sin bajar el ritmo», agradeció Echávarri. Esa tarde, el navarro llegó al hotel sudado y exhausto pero entero. «Creo que ha sido una etapa muy tranquila», declaró, para pasmo de quienes lo rodeaban.

Hubo también episodios que revelaban al hombre detrás del corredor. El diario L’Équipe publicó una entrevista en la que Induráin habría dicho «me importa un comino ser español». La polémica estalló de inmediato. Induráin tuvo que salir al paso: «Lo de L’Équipe ha sido una mala traducción, una mala interpretación. Lo que yo quería decir es que las fronteras, todo lo que hay en el mundo montado sobre ser español o ser de otro sitio, no me alegra». Y aclaró: «Sí, soy español por los cuatro costados. Cuanto más hablas, más interpretaciones hay, porque cada uno entiende lo que quiere. Ser español me hace ilusión, pero no le doy un valor… Podría ser de otro sitio tranquilamente».

En esa misma entrevista, Induráin ofreció un autorretrato donde se explayó bastante más: «Soy un corredor moderno y atípico, porque, antes de mí, los campeones españoles han sido siempre especialistas en la montaña, pequeños y chaparros. Soy muy reservado, más bien frío, como la gente de mi región». Sobre sus orígenes: «Mis padres son gente sencilla y religiosa, a los que también les importa un comino si soy campeón. Se preocuparon un poco cuando dejé los estudios. En mi casa tenía una bicicleta para ir por los campos, pero jamás conservaba fotos de ciclistas ni sabía nada de la historia del ciclismo. No tenía ídolos. Al ciclismo llegué por casualidad. Un día me presenté a una carrera; logré el segundo puesto y me dieron un bocadillo y una Fanta, y eso me gustó».

Thierry Marie (Foto: Cordon Press)
Thierry Marie (Foto: Cordon Press)

Sobre sus planes de futuro, la respuesta fue reveladora de una mentalidad pragmática que desconcertaba a quienes esperaban romanticismo: «Dentro de dos o tres años espero tener el suficiente dinero para hacer una vida tranquila». Sobre Pedro Delgado: «Siempre le he ayudado, porque era una especie de ídolo para todo el mundo, por espíritu de equipo y también por amistad». Y sobre los aficionados que convertían el ciclismo en una batalla de banderas: «Antes se entusiasmaban por la carrera y daban agua a todo el mundo, sin importarles el corredor. Era lo más bonito del ciclismo. Ahora se inflaman con sus corredores y consideran a los otros como enemigos a batir».

El 23 de julio llegaron los Alpes, y con ellos el examen que confirmaría o desmentiría lo visto en los Pirineos. La etapa 17, 125 kilómetros con llegada en el mítico Alpe d’Huez, sus 21 curvas y sus 13,5 kilómetros de ascensión media al 8,2%, era el escenario donde históricamente los Tours se habían decidido o se habían escapado.

El equipo Banesto hizo una demostración de fuerza táctica que dejó sin argumentos a todos sus rivales. Bernard, el francés integrado en el equipo como gregario de lujo, marcó un ritmo devastador en los primeros kilómetros de la subida que fue eliminando a los pretendientes uno a uno: primero LeMond, luego Mottet, después Fignon, finalmente Chiappucci. Cuando la carrera quedó reducida a un mano a mano entre Induráin y Bugno, el resultado estaba ya escrito.

Bugno realizó tres ataques. Ninguno sirvió para nada. Induráin, imperturbable, respondía a cada aceleración con la misma cadencia de metrónomo, sin gestos, sin sufrimiento aparente, como si ascender el Alpe d’Huez a esa velocidad fuera una excursión de domingo. En los últimos metros, le dejó ganar la etapa. «Le dejé ganar porque había hecho un trabajo formidable y merecía una alegría así. A mí lo único que me interesaba era no perder tiempo», explicó después con naturalidad.

Reynel Montoya (Foto: Cordon Press)
Reynel Montoya (Foto: Cordon Press)

Bugno cruzó la meta y tardó unos segundos en saber si había ganado, porque en ningún momento lo había tenido claro. Su reacción fue de resignación: «Creo que ya no me queda mucho que hacer en este Tour». Y en un análisis lúcido: «No sólo está en una magnífica condición, como he repetido varias veces, sino que, además, posee un equipo fantástico. Induráin no tiene puntos débiles».

LeMond, que había llegado a casi dos minutos de Bugno e Induráin, se fue directamente al coche del equipo Z sin decir una palabra a los periodistas. Su hombre de confianza, el mexicano, Otto Jacome, pronunció la sentencia: «Debe retirarse. No tiene sentido que siga. ¿Para qué? ¿Para quedar en el puesto 30º o 40º?». El americano continuaría varios días más, negándose a aceptar su derrota, realizando pequeños ataques que le valían segundos cuando otros perdían minutos, manteniendo la ficción de una batalla que ya no existía.

En el podio de Alpe d’Huez, Induráin recibió el abrazo del golfista Severiano Ballesteros. Era el gesto que la prensa americana necesitaba: en Estados Unidos nadie había oído hablar de Induráin hasta ese Tour. El «who is Induráin?» circulaba por las redacciones de Nueva York y Washington. El New York Times, el Washington Post y la CNN lo cubrían porque habían prometido a sus lectores la cuarta victoria americana de LeMond y se habían encontrado con un gigante de Navarra. Ballesteros seguía siendo el nombre español que los norteamericanos reconocían, y su abrazo a Induráin funcionó como tarjeta de presentación: «Si el gran Seve le abraza, debe de ser alguien importante».

La etapa 18, de Bourg-d’Oisans a Morzine, 255 kilómetros con el duro puerto de Joux Plane a 15 kilómetros de la meta, fue la última etapa alpina seria. Bugno atacó de nuevo, sin resultado. Induráin respondió sin despeinarse. Thierry Claveyrolat ganó la etapa. LeMond llegó con más de siete minutos de retraso y, esa vez sí, su entorno ya no ocultó la posible retirada. No se retiró, pero ya era un fantasma en la carrera.

Charly Mottet (Foto: Cordon Press)
Charly Mottet (Foto: Cordon Press)

Induráin fue filosófico al terminar la etapa: «Se puede decir que el que gane o no es cuestión de suerte. El trabajo está hecho y en la contrarreloj no pienso salir a ganar, sino a controlar». Era una declaración que decía mucho sobre su mentalidad, no necesitaba demostrar nada más. Tenía la carrera ganada y él lo sabía.

El 27 de julio, fue la penúltima etapa, 57 kilómetros de contrarreloj individual entre Lugny y Mâcon, era puro trámite sobre el papel. Induráin llevaba más de tres minutos de ventaja sobre Bugno y casi seis sobre Chiappucci. No necesitaba ganar. El equipo Banesto había apostado por el francés Bernard como hombre de baza para la etapa: fue él quien reconoció el recorrido con Echávarri la noche anterior, mientras Induráin descansaba.

Pero Induráin no había llegado hasta ahí para administrar. Salió el último, privilegio reservado al líder, y fue destrozando tiempos parciales uno a uno. A los 20 kilómetros, iba prácticamente igualado con Bugno. A partir de los 36, se disparó. Tres segundos de ventaja en el kilómetro 36, veinticuatro en el 45, veintisiete al llegar a meta. Tiempo total: 1 hora, 11 minutos y 45 segundos. Media de 47,6 kilómetros por hora. Desarrollo de 54×12, doce metros por pedalada.

Bugno llegó 27 segundos después y no pudo ocultar su admiración y su derrota: «Estaba convencido de que iba a recortar su ventaja y ganar la etapa. Pero Miguel es demasiado bueno. No he podido hacer nada». Y con amargura reflexiva: «El Tour no lo he perdido ni en la contrarreloj ni en los Alpes. Se me escapó en la etapa de Val Louron. No calculé bien y reaccioné tarde cuando atacaron Induráin y Chiappucci».

Luc Leblanc (Foto: Cordon Press)
Luc Leblanc (Foto: Cordon Press)

Centenares de españoles que habían seguido el Tour desde Mâcon festejaron la victoria de Induráin gritando «¡torero, torero!». El navarro, colocándose el maillot amarillo, escuchaba esos gritos con una sonrisa. Por fin, por primera vez desde que se había puesto el maillot amarillo en Val Louron, Induráin habló sin cortarse: «Ya sí que estoy un poquito más tranquilo para llegar a París como líder. Siempre dije que había que esperar a la contrarreloj, pues era muy difícil. Pero la he superado». Y sobre su futuro en el ciclismo, lanzó una frase que nadie en ese momento supo calibrar en toda su magnitud: «Espero poder estar unos cuantos años más en la cima del ciclismo mundial, no sólo del Tour».

Esa noche, en un pequeño hotel de Mâcon, LeMond e Induráin coincidieron de nuevo. El americano felicitó de nuevo al español, aunque esta vez el gesto tenía ya el peso definitivo de un relevo de poder generacional. «LeMond calculó que nadie osaría atacarle en su descenso, conocida como es su fiereza y determinación en ese terreno. Pero Induráin saltó de inmediato», había escrito la crónica del Tour. Era una descripción perfecta del cambio de época. El campeón que había dominado con su inteligencia táctica durante tres años enfrentándose a alguien que combinaba esa inteligencia con una capacidad física de otra dimensión.

El 28 de julio de 1991, la etapa final de 178 kilómetros entre Melun y los Campos Elíseos de París fue, como todas las últimas etapas del Tour cuando el resultado está decidido, una procesión festiva. Solo un incidente perturbó la calma final cuando Djamolidine Abdoujaparov, el terrorífico velocista uzbeko que había dominado el maillot verde durante casi toda la carrera, colisionó con una valla publicitaria a pocos metros de la línea de meta durante el esprint final. Cayó aparatosamente. Los espectadores contuvieron el aliento. Pero Abdoujaparov se levantó quince minutos después, cogió la bicicleta y cruzó la línea caminando. Así conservó el maillot verde de los puntos, que requería únicamente terminar la etapa.

Induráin llegó a los Campos Elíseos como el ganador absoluto de la 78.ª edición del Tour de Francia. El cuarto español en ganar la prueba después de Federico Martín Bahamontes (1959), Luis Ocaña (1973) y Pedro Delgado (1988). La clasificación final lo dejaba a 3 minutos y 36 segundos de Bugno, segundo; y a 5 minutos y 56 segundos de Chiappucci, tercero.

Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)
Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)

La prensa francesa había dedicado durante toda la última semana sus mejores adjetivos al navarro. «El rey del sol», «el astro de oro», «el señor del Tour», habían titulado los diarios parisinos. L’Équipe lo comparaba con Koblet y Coppi. Le Figaro escribió: «El español imperial, luego de una suntuosa etapa, tomó el poder, como un astro. Provocó una revolución de palacio». Y un editorialista de Le Parisien: «Parafraseando a Castelldosrius, Induráin pudo decir desde el Tourmalet: ´Ya no hay Pirineos´».

En Estados Unidos, donde nadie lo había conocido antes de ese julio, los medios intentaban explicar quién era. «El único ciclista que aún piensa en que no puede ganar el Tour es precisamente el que lo va a ganar, Miguel Induráin», había dicho un comentarista de la CBS días antes. El New York Times, el Washington Post y la CNN lo cubrían en sus páginas de deportes. En Nueva York, los mensajeros en bicicleta preguntaban en qué equipo corría Induráin. Todos querían el maillot del Banesto.

Hubo más españoles, pero su vida de ciclistas era más proletaria. El corredor del ONCE Eduardo Chozas lo resumió con una frase que quedó para la historia del Tour: «Demasiada cabra y poco cariño. Eso no puede ser bueno». Marino Lejarreta y Chozas llevaban ese año tres grandes vueltas consecutivas —Vuelta, Giro y Tour— y solo habían pisado su casa ocho días en los últimos cuatro meses. «Nunca te acostumbras. Se hace interminable. Somos seres humanos, no monjes», confesó Chozas, casado y con tres hijos.

El holandés Theunisse, que había estado un año en casa sin competir por sanción de dopaje, era más poético en su manera de expresar la misma realidad: «En el Tour sueño con mi mujer todas las noches, sin excepción». LeMond, en cambio, era una de las raras excepciones al monasticismo ciclístico: su mujer Kathy y sus tres hijos Geoffrey, Scott y Simone seguían el Tour en una furgoneta. Era una de sus exigencias contractuales. Kathy reconocía que no era siempre bien vista: «Sé que mi presencia no sienta muy bien entre los responsables del equipo, porque éste es un medio muy misógino, pero Greg tiene necesidad de sentirme cerca».

Greg LeMond (Foto: Cordon Press)
Greg LeMond (Foto: Cordon Press)

El 16 de julio, el día de su 27 cumpleaños, Induráin celebró en el pueblo de Saint-Herblain con sus compañeros del Banesto. La televisión Antenne 2 había colocado una tienda en el Village de salida donde el líder de la carrera podía comprar dulces y recuerdos. Allí degustó un pastel de crema junto a sus compañeros. Tampoco faltó el champán, aunque poco, porque después del festejo los corredores tenían que comérsela de 246 kilómetros de recorrido.

En el hotel de Capvern donde los equipos Banesto y Z coincidieron tras Val Louron, Pedro Delgado contempló el apretón de manos entre Induráin y LeMond con una sonrisa que los periodistas decribieron como «triste», pero que en realidad era la sonrisa de alguien que comprende perfectamente lo que está viendo. Echávarri, que había convivido con Delgado durante años de gloria y había construido con él el equipo más importante del ciclismo español, lo resumió así: «Llegan nuevos hombres, nuevas estrellas y las que había tienen que dejar su sitio. El futuro ahora se llama Induráin, Bugno, Chiappucci o Mauri, y este Tour dejará constancia de ello».

El masajista del Banesto, Manu Arrieta, lo celebró a su manera cuando los corredores llegaron al hotel aquella tarde: «Me cagüen…, con lo tranquilos que estábamos y la que nos espera, sobre todo a Miguel». Tenía razón en lo segundo: la presión de ser el hombre de amarillo en el Tour de Francia, con sus 950 periodistas, sus 24 países representados, sus 350 medios de comunicación y su sala de prensa de 700 metros cuadrados con 400 pupitres, era una expectación que pocos deportes lograban reunir.

En la etapa entre Albi y Gap, en pleno Mediodía francés, un grupo de mineros de Carmaux tributó al líder del Tour un homenaje que mezclaba la protesta laboral con la admiración deportiva. Con mono y casco de trabajo, llegaron en bicicleta hasta la salida de la etapa y le entregaron a Induráin un trozo de carbón, símbolo del cierre inminente de su mina. Sin inmutarse, Induráin lo tomó y agradeció el gesto. Al último clasificado, el holandés Rob Harmeling que iba a más de dos horas y cuarto del líder, también le reservaron un trozo de carbón, por si acaso.

Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)
Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)

El 29 de julio de 1991, un martes, el ganador del Tour de Francia aterrizó en Madrid en vuelo regular y emprendió el camino de regreso a Villava, su pueblo de cuatro mil almas a las puertas de Pamplona. La noche anterior, en París, ya había empezado la celebración. Induráin rompió con la tradición de los ganadores del Tour de visitar el Lido de París para posar con vedettes. En cambio, se bañó en multitudes en el Colegio Español de la Rue de la Pompe, donde la embajada de España había organizado una recepción a la que asistieron el ministro de Educación Javier Solana, el secretario de Estado para el Deporte Javier Gómez-Navarro, el presidente del Banesto Mario Conde, el presidente del Gobierno de Navarra Gabriel Urralburu y cientos de compatriotas. «España entera se va de borrachera» y «la emigración está con Miguelón» eran los cánticos más celebrados en el patio exterior del Colegio.

Mario Conde, el banquero que había apostado por el ciclismo cuando pocos lo entendían como vehículo publicitario, presumió de estraetega: «Cuando nos metimos en el ciclismo, pensé que había comprado publicidad. Veo, sin embargo, que lo que he comprado son emociones». Entregó personalmente al padre de Induráin el maillot amarillo de la victoria. El presidente navarro Urralburu tiró de populismo: «Él es lo más navarro que hay en estos momentos en el mundo». Años después, ambos terminaron en la cárcel.

Induráin, después, la caravana de autocares, coches de lujo y gente diversa, como banqueros, políticos, periodistas y agricultores, recorrió las calles de París hasta una discoteca árabe cerca de la Bastilla llamada La Cashba. Allí, entre sevillanas, rumbas y algo de música disco, Induráin pudo conversar por fin con sus familiares, sus amigos y su novia Marisa hasta altas horas de la madrugada.

Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)
Un día en el Tour de 1991 (Foto: Cordon Press)

En Villava, las calles del pequeño municipio navarro se llenaron de banderas y pancartas. El Club Ciclista Villavés, donde Induráin había dado sus primeras pedaladas de niño, registró en las semanas siguientes 145 nuevas inscripciones de jóvenes que querían ser como él. «El Tour del 91 fue un shock, los demás ya los veíamos como algo habitual, como si fuese normal que un navarro coleccionara victorias en la ronda más importante del ciclismo a nivel internacional», recordaría años después Pepe Barruso, fundador del club y primer entrenador de Induráin. «Cuando hablaba con Miguel me recordaba lo que sufría durante las etapas. Disfrutar en Navarra de un campeón como él sucede una vez cada mucho tiempo».

Pamplona organizó un recibimiento multitudinario. El recorrido por las calles de la capital de los Sanfermines fue una marea humana de decenas de miles de personas. En el cruce de la España que dejaba atrás los años ochenta y la España que quería ser moderna y europea, Induráin era el espejo perfecto. Sin discurso pero con una voluntad de hierro. Alguien que no necesitaba explicar lo que hacía porque sus piernas lo explicaban mejor que ninguna palabra.

Un comentario

  1. Excelente artículo, descriptivo y emocionante. Alejado de un monólogo con interlocutores mudos.

    Lo siento, Marcos Pereda.

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