Ciclismo

Los directores de equipo más sargentos de la historia del ciclismo

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Directores de equipo sargentos: Manolo Saiz y Laurent Jalabert (Foto: Cordon Press)
Manolo Saiz y Laurent Jalabert (Foto: Cordon Press)

Cierre los ojos. Calor de julio, Grande Boucle. Multitudes enfervorizadas, un pasillo de gente que se abre justo antes de llegar ellos. Ellos, los ciclistas. Y, detrás, un coche, un coche con pegatinas ridículas, con bicis en el techo, un coche que hace sonar el claxon, un coche del que se escapa cierto energúmeno por la ventanilla. Gesticula, grita, pega hostias en la puerta, conduce con una sola mano y sin mirar el camino.

Ese es un director a la vieja usanza, sí. Directores de equipo.

Ustedes, los jovencillos, igual ni reconocen esta estampa, porque ahora las cosas traen educación absoluta, y no se chilla demasiado, y apenas sacas el torso fuera del coche, porque dentro tienes aire acondicionado. Pero tuvimos un siglo y pico de directores apasionados, geniales, polémicos, gente con la camisa desabotonada, con cadenonas, cierto aire de trilero y mucha experiencia con el ciclismo.

Una maravilla.

Sean ustedes bienvenidos a este análisis sobre los directores más volcánicos en la historia de las bicis. Y apunten, por favor, aquellos que se nos hayan olvidado.

Vamos, vamos, vamos, a tope, vamos (golpe seco en chapa).

En el principio fue un abogado (y después una Gioconda)

No había directores. Al principio, en esto de las bicis. Se les llamaba «entrenador», y acompañaban a los ciclistas pedaleando ellos también, en tramos más o menos extensos de la carrera. Daban rebufo tranquilo, escupían palabras de aliento y escupían a los rivales. Sobre todo lo último, que era de vital importancia hacer la puñeta a quienes no parecían tu muchacho…

Quizá el primer director, tal y como entendemos hoy en día el término, sea, claro, un transalpino. Se llama Eberardo Pavesi, y es, en pocas palabras, el paisano con más victorias en este deporte. Ojo. Más que nadie. Dirigió al equipo Legnano (Federico Barbarroja chupando hostias como panes, maillot color verde con mangas encarnás) desde 1921 hasta 1966. Sí, han leído bien… casi medio siglo. Y en ese tiempo… pues a ver, que hago cuentas… quince Giros de Italia, ocho Milán- San Remo, doce Giro de Lombardía, 124 etapas en la Corsa Rosa. Amén de otras menudencias.

Increíble.

Pavesi estuvo en el ciclismo desde los orígenes hasta Eddy Merckx. Le llamaban, cuando corría, El Abogado (hay un libro de Gianni Brera que se titula así… L´avocatt in bicicletta), porque era inteligente, porque tenía táctica en unos tiempos donde no existían las tácticas. Corrió el Tour en 1906, corrió el primer Giro de Italia, subió dos veces al cajón de forma individual, se impuso en la general de 1912 como integrante del Atala, única vez que una Gran Vuelta se clasifica por equipos. Luego se monta en el coche. Es director de Brunero, de Binda, de Bartali. Gana nueve de sus primeros diez Giros al volante. Y, sobre todo, ficha para Legnano a un chavaluco delgado, todo huesos y pómulos, uno que le recomienda Biagio Cavanna. En 1940 propicia, Eberardo Pavesi, que Coppi gane su primera Corsa Rosa. Tenía tanta confianza que deja dos cafés pagados en la cima de Falzarego. Para mis chicos, dice, los reconocerás, llegarán aquí antes que nadie. Y ellos, Bartali y Fausto, llegan antes que nadie.

No hay nada más legendario, pues. Y Pavesi estaba allí.

Uno de sus pupilos fue tan grande que hasta le pagaron para que no corriese el Giro. Se llamaba Alfredo Binda, y como le gustaban los dinerines, quedó por casa tras trincarse premios idénticos a los del ganador… pero sin sufrir. Alfredo era elegante, era certero, era imposible de ganar salvo en los montes altos. Le decían la Gioconda, porque nunca descomponía en mohines, si pones un vaso de leche en su espalda sigue llenito al cruzar la meta. Y lo haría antes que nadie, obvio.

Eberardo Pavesi, Carlo Galetti y Luigi Ganna (Foto: Cordon Press)
Eberardo Pavesi, Carlo Galetti y Luigi Ganna (Foto: Cordon Press)

Alfredo ganó cinco veces el Giro, tres Campeonatos del Mundo, dos Primaveras, cuatro Lombardías. Solo con tal currículo… en el Gotha. Pero es que además, una vez retirado, fue seleccionador de Italia. Seleccionador de Italia cuando el Tour se corría por selecciones. Seleccionador de Italia cuando el Tour se corría por selecciones y estaban compitiendo Coppi y Bartali. Vamos, que otra vez leyenda. Lo del 49… ahí estaba Binda. Y lo del 52. Bartali evitando una guerra civil en 1948. Todo eso. Mano izquierda y psicología. Dicen que si los dos campeones respetaban al de Cittiglio, que veían en él un igual. Así que, en ocasiones, agachan y obedecen.

No es poco.

Directores de equipo con grandes fusiles y boinas negras

Antonin Magne fue un ídolo. En Francia, cuando corría. Años treinta, esa selección que llamaban La Belle Équipe. Ganó dos veces Grande Boucle, dejó una foto para la historia animando a Leducq sobre las pendientes frías, descarnadas, del Tourmalet. Llevaba, entonces, pantalones a lo Tintin y su boina sempiterna. Casi un tipo al natural. Reconocible. Respetado.

Hombre de aldea, rectísimo, sufridor y austero, Tonin el Taciturno traslada carácter a sus años dirigiendo ciclistas. Y lo hace fenómeno. Siempre con ese aire, siempre con esos principios. La victoria sin dignidad no nos sirve, dicen que decía. Y así jugaba a representar su gimmick con pupilos como Bobet o, sobre todo, Raymond Poulidor. En el abuelo de Mathieu encontró nuestro hombre espejo ideal. El esforzado, el campesino. Cuentan que si era rácano con sus colaboradores, que si nunca gastaba un céntimo si era evitable. Casi caricaturizó la idea, casi arrastró consigo a PouPou. Ambos eran inteligentes y zorros, ambos sabían que no solo los triunfos traen fama y contratos.

Hicieron dupla inolvidable.

Como sus némesis.

Raphäel Geminiani, Gem, el Gran Fusil (por narizotas, por lenguaraz) era justo lo contrario a Tonin. Una vez cortó los cables del freno para poder cambiar la bici del Maitre Jacques, por ejemplo. También hacía emboscadas, compraba contrarios, se mueve a la perfección en procelosas lagunas del deporte ciclista. Ah, y le encanta vivir bien, vivir a lo grande. Champán, cabarets, nocturnidades. No me digan que no encaja perfectamente con Jacques Anquetil, su otro yo. Magne y Poulidor contra Anquetil y Geminiani… las dos Francias, una frente a otra. Ojo, tuvo más equipos, este Gem… fue director de Eddy, aunque era un Eddy crepuscular; fue director de los colombianos cuando aterrizan, y no le salieron resultaos; fue director de Stephen Roche, pero Stephen Roche siempre corría para el Stephen Roche Team, así que acabaron casi a hostias. Y, sobre todo, Geminiani dirige en 1973 el legendérrimo equipo De Kova-Lejeune. Busquen fotos… maillot rosa tipo tutú, aspecto de «qué coño hago yo en esta historieta». Este De Kova lo patrocina Miriam de Kova, una cantante de cabaret que acabó casando con heredero golfainas, y trinca legítima jugosa de narices cuando fallece su muy entrañable maridito. Herencia con la que hace dos cosas: abrir su propio local de variedades nocturnas y promocionar una poco fructífera carrera como cantante boogie-boogie (tiene un disco con el prometedor título «Del amor y el dinero», en el cual, sin duda, lo segundo es lo primero). Digamos que Raphäel, junto con crápulas de su misma calaña, frecuenta el antro de la viuda alegre, y allí empiezan a comerle con lo de patrocinar un equipo de bicis. Así que… pumba, De Kova-Lejeune. Tenía, entre sus ciclistas, a Lucien Aimar, todo un ganador del Tour, y hasta acudieron a la Grande Boucle, donde conservan un curioso récord… los cinco últimos de la general vestían sus colores. Nunca pasó antes, nunca pasará después. De Kova, con sus maillots horrísonos, son el peor equipo de la historia en la carrera más grande.

Y aun así Geminiani es leyenda.

Imaginen si pesa su legado.

Un vizconde, un flamenco y un dictador

Jean de Gribaldy estaba forrao. Pero forrao, forrao de narices. Tenía una avioneta, tenía descapotables, tenía trajes de dandy y brandy de dandy. Y le gustaba la bici. Él decía que era vizconde, pero no hay constancia de su filiación como tal. Qué importa. Ciclista regulero, se convierte, más tarde, en uno de los directores más legendarios de siempre. Y todo gracias a su vocación de orfanato.

Jean de Gribaldy (Foto: Cordon Press)
Jean de Gribaldy (Foto: Cordon Press)

Porque nuestro vizconde quería chicos con problemas, corredores repudiados por el mundo que lo sigan con ciega fe. Por eso contrata a un veterano de guerras coloniales como Joaquim Agostinho, que traía añucos como para pensar casi en colgar coulottes. Por eso va en su cochazo hasta el profundo sur de Irlanda, y se mancha con légamo, y llega hasta donde un chaval trajina con el tractor, y vuelve de la dulce Erin con firma de Sean Kelly. Ellos seguirán al Vizconde hasta el infinito. Si pides ir a las Termópilas… Joaquim y Kelly acuden. Y derrotan a los persas, que menudos… Una maravilla, qué personajazo, de Gribaldy.

Ah, sumen un último asunto… a él le debemos la frase que mejor define esto de las bicis: «el fútbol se juega, como el tenis, o el baloncesto. El ciclismo no. Es un deporte duro, terrible. No se juega al ciclismo».

Amén.

Dentro de los directores con más victorias voy a poner a Guillaume Driessens, que estuvo treinta años en equipos profesionales, que maneja cifras para epatar. Pero… es que fue el director de Eddy tres añucos, y en esos tres añucos te hace Eddy palmarés con el que justificar pensiones. Si hasta le mandó a tomar viento, el jovencito Merckx, durante de Ronde van Vlaanderen en 1969. Bien pensado quizá el director más exitoso de todos los tiempos sea el mismo Eddy Merckx, que corría a lo que dictaban sus patas… sin obedecer a nadie.

(Ah, Guillaume Driessens llegó a dirigir un equipo cuyo patrón era… el Vizconde Jean de Gribaldy. Si es que aquí nos conocemos todos).

Otro buen candidato a «mejor de siempre» es Peter Post. ¿En pocas palabras? La personalidad más dictatorial que jamás llevó un coche de equipo. Ciclista de éxito, con una París-Roubaix, leyenda absoluta en el velódromo, Post está detrás de uno de los nombres más míticos de siempre… Ti-Raleigh. Dieciocho años entre la casa madre y el sucesor Panasonic. Por medio… pues cincuenta y seis etapas en el Tour, una general (con Zoetemelk), dos Flandes, una Roubaix, tres Suizas. Y, sobre todo, la certeza de que eran una escuadra imbatible en las contrarrelojs por equipos. Porque tenían rodadores excelentes, sí, pero también por la personalidad minuciosa, obsesiva, de Peter Post. Nadie podía llevarle la contraría, nadie osaba discutir órdenes. Durante años mantuvo duelos de novela con Guimard y Le Blaireau, que eran los únicos capaces de oponer frente a la máquina de Países Bajos. La presión era tan grande que el mismo Joop aguantó allí solo una temporada. Sabía que con Peter podría dar ese pasito hasta lograr el Tour… y abandonó esa pesadilla justo después de hacerlo.

Eso era Peter Post.

Un devorador de almas.

Entre Napoleones y científicos

Cyrille Guimard siempre tuvo genio. Cuando corría, que es uno de los mejores del mundo, uno de los referentes. Velocidad en sprint, cada vez más peleón por los puertos. Principios de los setenta, digo. Y allí se encuentra, claro, con Eddy. Nunca agachó el morro, Cyrille. «Si Eddy saca tanto en Mourenx es porque nos pusimos a racanear unos y otros». Y más. «No es Anquetil, nunca podrá ser Anquetil». Merckx devuelve simpatía, no traga mucho al Cyrille corredor. Por eso le duele perder en Mont Revard, alzando brazos, error impropio. Por eso rechina al compartir un pódium parisino tras haberse retirado Guimard unos días antes, con la rodilla hecha polvo. La organización convence a Eddy para que le regale un maillot verde. Y Eddy, educado, acepta, pero le jode todo lo jodible.

Cyrille se retira jovenzuelo, porque tiene los tendones desgastaos, porque casi no puede agacharse pa coger setas. Se retira y entra, rápido, como director. Gitane, sustituyendo al legendario Stablinski (el único ciclista que ha conocido Arenberg sobre los adoquines y bajo ellos, cuando sacaba de allí carbón, niño de la mina, veterano a los quince). Sustituye a Stablinski, digo, y triunfa a la primera. Lucien van Impe, belga pequeñito y pusilánime, gana la Grande Boucle. Gana la Grande Boucle gracias a Ocaña, que tira de él en Pirineos para joder a Joop, y gana la Grande Boucle porque Guimard amenaza con atropellarlo si no ataca de lejos. Ese era el tipo, esa su persona. En diciembre dice que guay, que muy elegante, pero que se vaya a tomar por el culo. No quiere cobardes. Además, tengo a Bernard.

Bernard. Bernard Hinault. Le Blaireau.

Desde entonces las figuras de Cyrille e Hinault quedan unidas. Ganan otros cuatro Tour, el Giro, la Vuelta. Por medio, exhibiciones epatantes. A veces tira Guimard de estrategia (lo del Stelvio, lo de Miranda, esos ataques mientras los demás cogen comida), pero su gran aportación, la mayor de todas, es no poner freno a Bernard cuando Bernard decide ser épico. Y así pasa Lieja, y Lombardía, así pasa Roubaix, y los piques con Peter Post en el Tour, y el orgullo. Muchos dicen que es fácil dirigir a Hinault, que solo debes dejarlo hacer… y lo difícil es, precisamente, no ser freno cuando lanza locuras de bretón orgulloso.

Pero a ambos se les acabó el amor. Y hubo divorcio, y se tiran reproches a la cara, y uno dice «eres soberbio, crees que pedaleamos solo por ti», mientras el otro responde «no sos vos, soy yo, que me estoy viendo con alguien más joven». Ese alguien se llama Laurent, Laurent Fignon, parisino de gafas. Otras dos Grande Boucle, la de 1984 con dirección epatante para Cyrille. Juega con todo y con todos, articula ofensivas desde cualquier lado, mira mapas, busca estrechamientos, sendas con mal firme, pavés, zonas de avituallar. Es el rey. El Emperador.

Le llaman Napoleon Guimard y, joder… tiene un aire.

Ah, y lleva ganaos siete Tours de Francia de ocho desde que dirige. Inverosímil.

Y después… nada. Víctima del declive galo, de su propio genio. Todos te siguen cuando eres arrogante y ganador, nadie continúa cuando abandonas la victoria. Quedó, Cyrille, como reducto de otros tiempos, un anclaje con el pasado. También ciertas actuaciones. Las rodillas de sus chicos, las tendinitis, los cracks. Esa relación con Bernard Saiz, el mítico Doctor Mabuse. Cuenta Fignon, cuentan otros. Historias, historias…

Cyrille Guimard (Foto: Cordon Press)
Cyrille Guimard (Foto: Cordon Press)

A Guimard lo aparta Paul Köchli. Bueno, lo aparta Bernard Hinault, que es despedido, que hace escuadrón supremo con dinerines de Bernard Tapie. Aquello se llama La Vie Claire, y lo dirige Köchli, un suizo calvo, un gafotas con pinta de científico y menos kilómetros en bici que Santiago Segura. Enfoque de datos, de números, de tablas y tablas. Todo guay cuando tienes a Lemond e Hinault en el equipo. Se nos queda corto cuando tu líder se llama Jean-François Bernard. Pero oye, que allá por mediados de los ochenta, aquello era la hostia… fija, fíjate, que el paisano manda entrenamientos individuales, que tiene todo controlado.

Ay, imaginen de dónde venía, el tema…

Esos italianos tan italianos

Digamos que Italia siempre fue espacio de divas para esto de las bicis (bueno, y para otras cosas). Capitanes que mandan sin límites, veteranos en plan dictador, estrellas que suben puertos sin dar pedales, jóvenes con mando en plaza casi desde el primer critérium. Que no destacaron, jamás, los directores, o no destacaron mucho desde los tiempos heroicos.

Con todo, hay gente. Leyendas. Paradójicas, peculiares. El viejecito con vozarrón al que acaba pelándosela todo mucho. El dandy con más nombres en su teléfono que Woodard y Bernstein. Transalpinísimos, los dos tópicos…

Cuando se despertó, el dinosaurio seguía allí. Pero es que junto al dinosaurio estaba Giancarlo Ferretti, oigan. Ferretti estuvo en esto de las bicis casi medio siglo. Primero como profesional (malo), después como director (bueno, malo, duro, dictatorial, pasota, sudapollismero, totalmente fuera de sitio, depende de cuándo veas). Dirigió a Gimondi, que era muy fácil, porque Gimondi es un tío educado, y ya llegaba como perro viejo. En un Tour, año 1975, bajando Allos, da nuestro Giancarlo no sé cuántas vueltas de campana y salva la vida de misericordia. Así que, para tener un curro relajado, se mete a dirigir equipos de asaltadiligencias. De robaperas, de cuatreros, ladrones de bancos, quinquis, especialistas en tirón y navaja, tombarolos, más el Vaquilla que Michael Corleone. Ese Ariostea que era como una Royal Rumble, que tenían todos Ferrari y bien que iban pisándoles. O su obra «casi» póstuma, el Fassa Bortolo, con psicologías frenopatescas tipo Francesco Casagrande, Wladimir Belli o Vandenbroucke; con vencedores en el Gran Premio de Babia como Aitor González; con estrellitas infulescas tipo Cancellara, Pettacchi o Bartoli; y con paisanos a los que paso de adjetivar, como Dario Frigo. Allí, desde el coche, decía Giancarlo que guay, que dirigieran otros, y que el mejor compi es el compi apuñalao. Qué divertidas son las bicis… Sumen a eso la imagen, el sempiterno tabaco, las arrugas, las voces.

Icónico, Ferretti.

Gianni Savio era distinto. Desde las pintas, que iba siempre como un pincel, con aire a jubilado de banca por el Piamonte, un llenesecuá de Jep Gambardella. Sonrisa grande como parte del cómico, dientes tipo depredador al que no escapa ningún patrocinio. Porque esa es la característica de Savio… llenaba los maillots con cien nombres pequeñucos, desde multinacionales hasta la tienda de Paco, el que arregla electrodomésticos. Entre medias… vinos, alimentación, constructoras, entidades públicas y, siempre he sospechado, cinco o siete cosas que nunca llegaron a existir y metía nuestro amigo Gianni para tener aun más feos los jerseys. Porque anda que no eran feos, esos jerseys. Eso sí, menudo ojo para las promesas (y para los cometas del cielo que lucen fulgurantes durante veintiún días y después desaparecen), que fue quien trajo hasta Europa a campeones como Egan Bernal o chiquilicuatres como José Rujano. Ay, José Rujano.

Qué tardes me regaló, José Rujano.

Hacen falta más Josés Rujanos…

La cuota hispana

Cuando hablas del director español siempre te acude a la cabeza eso de «con cojones, hostia, con cojones». En fin, tópicos, pero es que algunos han sido así. Y que lo de mentarte gónadas para temas de ánimo estaba extendido de narices.

Seguramente el primero de muy recordar sea Dalmacio Langarica. Ganador de una Vuelta en los años del hambre, grandote como aizkolari tras buffet libre, primero en El Escudo cuando no era ni pro, tiene en su haber un récord que jamás ningún otro técnico podría exhibir en su currículum: Federico Martín Bahamontes lo respetaba y obedecía. Bueno, un pelín, pero es un pelín más que a nadie. Así logró el Tour de 1959 (aunque Fede casi se retira en una etapa alpina, ya maillot amarillo, porque llueve mucho y me estoy quedando helao), y así dirige al legendario Kas durante dos décadas. Para lo primero tuvo que dejar en casuca a Jesús Loroño, que estaba pelín a mala hostia con Bahamontes. Como era de la tierra pues se toman los fans el asunto un poco tremendísimamente, y rompen de una pedrada el escaparate que tiene Langarica en Bilbao. Claro que él se fracturó la mano al meter un golpe contundente (el clásico «hasta aquí, hostias, ya») sobre la mesa en cierta reunión con Loroño. Ya ven, otros tiempos. Después de eso dirigir a Tarangu pues te salía hasta fácil. Nunca fue, Dalmacio, hombre de estrategias e innovaciones. Aquí mismo nos contaba Toño González Linares que solo una vez les puso plan… La «Tática Dalmachi», decía Peru. Ganaron, claro, cómo no…

Precisamente Peru y Toño hacen de nexo entre los setenta y los ochenta en esto de las bicis. Gente con genio, con mala uva, gente que hoy parecerían arcaicos en modos y pareceres, pero a los que no podías enseñar nada de un oficio que mamaron desde antes de Merckx. Agresividad, firmeza, una cierta picardía. En nuestros tiempos, con todos estos avances, con los caballeretes falsos, con más excel que palabrotas, casi lo echas de menos…

Luego tienes a perfiles tipo José Miguel Echavarri. Solo que no hay perfiles tipo José Miguel Echavarri, porque José Miguel Echavarri es único e inimitable. Tampoco es que haya sido nunca un genio de la táctica, jamás montó Cannas o Austerlitz por la Grande Boucle. Con Perico todo era más «joder, a ver por dónde sale Pedro», y con Indurain todo era más «joder, menos mal que está Miguelón». Pero algo tendría Echavarri, tú. Bueno, eso y las frases, los juegos de palabras, los acertijos. «Hay un Millar de opciones en esta Vuelta», año 1985. O lo del Tour 2000 será blanco, o las sentencias catedralicias, o el tono de homilía dura mirando a cámara. Es un grande, José Miguel, un grande. Poco se le reconoce.

Tan distinto, además, de Javier Mínguez. Zorro astuto, dominador siempre al sur de los Pirineos, oleadas, sorpresas. Vale, metió el cagancho de la Vuelta con Montoya, pero es que a ver quién iba a pensar que Montoya… Y eso, que hasta los últimos tiempos, hasta ese Mundial de Valverde, logró tener las ideas claras. La idea, en ese caso. Y a Valverde mejor ponerle una sola opción, para que no se líe…

Laurent Jalabert, Manolo Saiz, Erik Breukink (Foto: Cordon Press)
Laurent Jalabert, Manolo Saiz, Erik Breukink (Foto: Cordon Press)

Manolo Saiz, por su parte, era el paisanuco que debía llevar esto de las bicis hasta la modernidad. Tío preparao, con estudios universitarios, lejos del clásico esquema ciclista-que-dejó-la-bici. Un obseso de la biomecánica, del material, un preparador meticuloso y detallista. Cada semana recibían sus muchachos el fax con planning completo… horas, distancias, intensidad, series… Esto te lo hace cualquier minibenjamín hoy, pero es que en los años ochenta aun caminábamos a ensayo-error. Era volcánico ante los micrófonos («cuando te vea te mato a hostias», aun resuena), original en sus planteamientos, siempre agresivo. Pocas veces jugando a defender, pocas veces «come, bebe y guarda». Dejó, su equipo, jornadas memorables. Muchas por aplastamiento (a veces, en la Vuelta, parecía un triangular entre Las Palmas, Cádiz y el Borussia de Dormundt), otras jugando a la táctica, al sorprender. Pero fue el malo. El malo para los asturianos (por ir contra Rominger), el malo para los de España (por ir contra Indurain), el malo para quienes oían El Larguero (por ir con García), el malo para los de Jiménez (por ir con Abraham). El malo, también, para quienes organizan la Grande Boucle («hemos metido un dedo en el culo al Tour», ejem), el malo para despachos grandotes en el ciclismo internacional. Él ponía de su parte, ojo, que se le calienta la boca mogollón. Todo terminó una mañana, en una cafetería de Madrid.

El resto son eufemismos que beben de las mismas fuentes.

Antes todo esto era campo

Y, en fin, que los echamos de menos. Porque ahora ya no hay directores-directores, sino que hablamos más de mánagers. Miren, si no, el famoso equipo SKY. ¿Me dicen quién lo dirigía? De primeras sale el nombre de Dave Brailsford, pero el Sir Calvorotas (ejem) ejerce desde fuera del automóvil. Él gestiona contratos, programa fechas y entrenamientos, decide jerarquías. Pero no lo verás dar voces con medio cuerpo colgando en la ventanilla, porque ya nadie da voces con medio cuerpo colgando en la ventanilla (bueno, vale, Madiot, pero es postureo). Y, en fin, no es lo mismo esos directores de equipo de antes que el tal Brailsford en su casa cruzando excels, calculando ingestas calóricas y preocupándose sobre si cierto corredor extiende el dedo meñique durante el esfuerzo, con la pérdida aerodinámica que ello trae (luego ves a Froome por la autostrada agarrado a los frenos, pero de Froome les hablo otra tarde). Nada, no puedes comparar.

Mucha menos personalidad.

Cómo hemos perdido.

5 comentarios

  1. Maravilloso

  2. Como siempre un disfrute leer las cosucas del Marcos.
    Lo de los eufemismos y las fuentes…de traca.
    Buen año, salud y pedales!

  3. «El resto son eufemismos que beben de las mismas fuentes.»

    Absolutamente magistral.

  4. Magnífico artículo.

  5. Jesús Ourens

    Le agradezco mucho su artículo….gracias por hacerme estos 20 minutos de lectura de los mejores del mi día y recordar porque me apasiona el ciclismo….
    Es usted un gran escritor y conocedor de la materia Marcos Pereda

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