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La triste balada de Robert Swift

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Robert Swift
Wikimedia CC BY-SA 3.0

La bibliografía del llamado sueño americano está repleta de historias de deportistas que alcanzan la fama desde hábitats rurales o ecosistemas de marginalidad urbana. La de Robert Swift podría haber sido una de ellas de no ser porque, cuando había llegado a la cumbre desde la más absoluta nada, encadenó malas decisiones a la hora de encarar el éxito y que provocaron una voladura descontrolada de todo lo construido.

«Tenemos una orden de entrada. Salga sin hacer movimientos bruscos y con las manos en alto». Un repetido susurro entró en su mente como la bruma se posa sobre una llanura al amanecer. Creía estar en un sueño, pero, poco a poco, las palabras cobraron más sentido y fuerza en su cabeza.

De pronto, entendió que no era una fantasía obra de Morfeo. Delante de él había un puñado de agentes de policía apuntándole y amenazándole con disparar si no cumplía las órdenes que le decían a gritos. Inmóvil por la sucesión de acontecimientos, únicamente pudo pensar en avisar a Trigg. Él era su amigo y el dueño de la casa, pero también el origen de aquella invasión legal de la propiedad que había adoptado temporalmente como hogar. No lo sabía aún, pero esa mezcla de miedo y desconcierto sería recordada como el instante en que su vida cambió de rumbo.

Robert Swift permaneció inerte mientras la policía de Kirkland concluía la redada que tenía por objetivo detener a Trygve Trigg Bjorkstam, un conocido traficante de droga de la zona. Lo había conocido consumiendo drogas en una fiesta y se fue a vivir con él tras perder la casa de un millón de dólares que poseía en Sammamish (Seattle). Allí encontró cobijo y alguien con quien compartir condena adictiva. Él, a cambio, se encargaba de que ningún intruso asaltara el hogar mientras su dueño estaba haciendo negocios en la ciudad. Nunca fue un tipo violento ni un macarra; nunca se prestó a ser el matón encargado de cobrar impagos, aunque su imponente figura seguro que hubiera alertado a más de uno sobre las fatídicas consecuencias que tiene no saldar a tiempo una deuda. Y, sin embargo, se sentía hundido en un pozo donde ya no había lugar para la luz.

Los múltiples estímulos a los que se vio sometido su cuerpo en cuestión de segundos colapsaron sus sentidos y le bloquearon. Tenía que procesar todo lo que se estaba agolpando ante sus ojos, pero su mente estaba bloqueada y no podía sino obedecer con torpeza a cada una de las órdenes que aquellos hombres uniformados le daban con rudeza. Los agentes que entraron a registrar el domicilio encontraron un paisaje de rabia y desazón. Una casa amueblada con el vacío propio de quien se encuentra huérfano de sentimientos. Un reguero de cartones de pizzas y botellas de cerveza era el hilo conductor de lo que allí había ocurrido. Los agujeros en la pared provocados por disparos de bala y los sillones rajados por el filo de un cuchillo de caza no hablaban de violencia, sino de ausencia. Ahí, en medio del lujo de sus vecinos, Robert tenía solo soledad.

Sentado en el jardín, aguardó a que el registro concluyera. Su cuerpo se hallaba petrificado tras lo ocurrido y su mente yerma de esperanza por todo el cúmulo de desgraciadas decisiones que lo habían abocado a vivir esa realidad. Cuando subió al furgón policial y las puertas se cerraron, su mundo se apagó. Siete años después de ser elegido en el draft de la NBA y tras varios millones de dólares enterrados en malas inversiones, drogas y en algo que ni la memoria quiere pronunciar, Robert Swift había tocado fondo. El silencio lo envolvió como un sudario y en la penumbra del vehículo comprendió que su vida había entrado en una nueva dimensión. Sufría un lento y definitivo fundido a negro.

Un gigante con pies de barro

La carrera de Robert Swift es una hipérbole del clásico juguete roto. Un jugador usado al antojo del sistema (y de quienes lo manejan) y después cambiado por otro cuando deja de ser útil. Carente del escudo social que ofrece la educación y en ausencia de leales compañías que lo protegiesen de filibusteros que surcan la NBA, quedó en el desamparo emocional.

Lo curioso es que el punto de partida de su relato queda lejos de su final, Robert no tuvo ni una infancia traumática ni el baloncesto parecía ser una vía profesional. Comenzó tarde, a los 12 años, pero sus condiciones físicas —alto, brazos largos y gran coordinación— lo convirtieron en proyecto de unicornio. Su salto al instituto relanzó sus expectativas y comenzó a generarse en su interior la sensación de que el baloncesto era el camino fácil para el mundo de Oz. La fortuna y todo aquello que podía imaginar se dibujaba ante él. La NBA era demasiado golosa para un chico sin grandes inquietudes. No quería estudiar y el riesgo de ir a la universidad y lesionarse sin ganar dinero era demasiado alto, por lo que decidió dar el salto al profesionalismo directamente desde el instituto. Robert tomó el ascensor directo, mientras las cartas de universidades que querían ofrecerle una beca deportiva se fueron apilando y guardando, algunas sin abrir, hasta que vieron la luz tras ser desahuciado.

No tenía dudas entre esperar a formarse como deportista y persona, o empezar a ganar dinero. Pensaba en el riesgo de la lesión y, quizá también, que la propia NBA le daría herramientas para aquello que necesitaba. Sin embargo, se equivocó porque ni el Rookie Transition Program (curso que ayuda a los novatos a la gestión financiera, la comunicación y su vida pública) puede prevenir a un chico de 18 años de todos los riesgos que el drástico cambio de vida le hace afrontar.

Es difícil tener la cabeza sobre los hombros cuando la mayoría de edad se alcanza rodeado de aduladores y con más dinero del que jamás se pueda imaginar. La burbuja de mentiras y máscaras de hipocresía que rodea la fama impidió que Robert Swift conociera algunos límites. No tenía maldad, pero tampoco tuvo a nadie que le hiciera ver la diferencia entre lo correcto y lo innecesario. Quería que su círculo próximo fuera feliz y no pasara las penurias que sintió de joven, pero esa misma gente le negó lo que más necesitaba: una voz de complicidad que le alertara de ciertos peligros. Sin protección ante el vértigo que produce la inmensidad, no pudo discernir entre la mano amiga y el ejército de extraños que le rodeó. Un séquito de aduladores en el que nadie estaba dispuesto a ser el aguafiestas o quien llevara la contraria a la fuente de ingresos en que se convirtió Swift.

Tampoco parecía que Seattle tuviera dudas en su apuesta por el espigado pelirrojo. No entrenó ni una sola vez con ellos y el primer contacto con el chico se produjo 10 minutos antes del draft. Vieron en él un proyecto de futuro, pero se olvidaron de conocer su presente. El tiempo evidenció la magnitud del error que fue la decisión a ciegas tomada por ambas partes y, carente de armas para defenderse de los peligros que acechan fuera de las canchas, Swift sucumbió a las tentaciones y fue entrando en una deriva que le llevó a bajar el rendimiento hasta no tener hueco en la NBA.

Aún en la efervescencia del momento, el aterrizaje en la NBA no fue malo; al contrario. Swift se codeó con los mejores de su proyección y disfrutó de un equipo con ilustres nombres como Ray Allen, Rashard Lewis y Vladimir Radmanovic. Durante su segundo año promedió 6,4 puntos y 5,6 rebotes en 21 minutos de media. Sin embargo, su precoz salto a la liga comenzó a quedar patente tras acumular lesiones que lo mantuvieron inactivo durante varios encuentros.

Tenía un cuerpo por formar, pero la celeridad de sus decisiones lo condenó y estuvo la temporada 2006/07 sin jugar tras lesionarse el ligamento anterior de la rodilla izquierda. Tras ella, y ya con Kevin Durant en el equipo, el sueño empezó a resquebrajarse. Los meses que estuvo alejado del baloncesto quizá le dejaron demasiado tiempo para pensar y en las sombras obró una metamorfosis completa. De puertas afuera, dejó atrás la imagen de chico tímido de pelo corto para lucir melena y tatuajes que le conferían un aire de rebelde; pero en su interior, algo empezó a turbarse irreversiblemente.

Había desterrado la imagen de freak que le hizo ganarse el apodo de Napoleon Dynamite en referencia al protagonista de una película que se estrenó en 2004 (precisamente el año de su llegada a la liga) y que alcanzó gran popularidad. Sin embargo, mudar de pie no hizo que cambiara su destino. La fortuna que había acompañado durante años a Swift comenzó a marchitarse a su regreso y en la temporada 2007/08 solo jugó ocho partidos. Aun así, siguió jugando para los Sonics cuando la franquicia se mudó a Oklahoma y pasó a denominarse Thunder. Había amasado una buena cantidad de dinero (según el portal HoopsHype ganó 11.473.684 de dólares), pero ya por entonces fueron muy evidentes las costuras de un traje que no lucía tanto como pensaron los gurús de la liga.

La avería

Su brújula se averió y nadie le supo decir dónde estaba el norte. El baloncesto dejó de divertirle y pasó a ser un negocio que cada vez le importaba menos. La desazón le llevó a verse fuera de la NBA, pero no parecía que le importase mucho verse relegado a ligas menores, lejos de los focos de la fama y del caudal abundante de dólares.

En la vida no hay nada más deseado que lo perdido, pero él no sabía por entonces que había desaprovechado su gran oportunidad. Todo había ido muy deprisa, no tenía percepción de pérdida ni sentimiento de ausencia. Era simplemente indiferencia ante el torbellino de acontecimientos que empezaron a azotar su vida.

Sin conciencia de lo que todo aquello suponía, la figura de Robert Swift fue empequeñeciéndose y solo una llamada para jugar en la liga japonesa despertó en él un halo de esperanza. Japón únicamente fue un intento de lamer las heridas y de reencontrarse con un entorno cultural familiar (su abuela paterna había nacido en Okinawa). Buscaba el afecto del deporte y la paz de su gente. Sentía que solo allí, y guiado por Bob Hill (el técnico que más apostó por él en la NBA), podría alcanzar el kintsugi o arte de querer nuestras cicatrices. Como una delicada pieza de cerámica rota y reparada con polvo de oro, Swift debía hacer visibles sus heridas y embellecerlas para recomponerse… para mostrar su fortaleza interior.

Tras un buen comienzo en los Tokyo Apaches, parecía haberlo conseguido. Volvía a sentir el deseo de jugar al baloncesto, y ni siquiera el devastador terremoto que asoló el este de la isla en 2011 y detuvo la competición, logró frenar su determinación. No poder continuar en Japón fue una decepción, pero también una prueba de cuánto le importaba el baloncesto. No estaba vacío y quiso regresar a la NBA. Para ello se programaron varios entrenamientos con franquicias, aunque en todas ellas encontró el no por respuesta. No veían en él a un jugador capaz de aportar nada a la liga. Le habían usado cuando sintieron que les era útil y ahora le daban la espalda.

Aquello le hundió anímicamente. Todo lo que había conocido hasta ahora, aquello en lo que se sentía especial le había sido denegado y eso provocó que cerrase de golpe la puerta al baloncesto para ir apartándose cada vez más del exterior. Buscó refugio para encontrar paz ante tanto dolor emocional. Empero, no hubo consuelo alguno salvo el que le proporcionó la medicina no legal. Nunca se pinchó porque quería mantener a su cuerpo al margen de marcas y daños, pero la pena estaba dentro y ahí es donde debía sentir alivio. No quería sentir nada y los analgésicos fueron su salida fácil. Luego llegó la metanfetamina y la heroína, principalmente. Fueron la única compañía que quiso, rechazando todo contacto o ayuda familiar. No quiso que nadie se contaminase de su estado de ánimo. La soledad fue su bálsamo sin percibir que él era la persona que menos le convenía.

Se aisló del mundo con la excepción de la puntual presencia de otros acompañantes de adicción y quedó instalado en un pernicioso círculo de malos actos que lo llevaron a perder su casa en 2013 tras quedarse sin ingresos para pagar la hipoteca. Por entonces ya poco le importaba lo que la gente pudiera decir o pensar de su vida. Se atrincheró entre las cuatro paredes de lo que un día fue una lujosa mansión y comenzó a acumular cajas de pizzas, latas de cerveza y un sinfín de desperdicios que convirtieron en insalubre lo que antaño fue su hogar. Durante el desahucio de la casa, se encontraron en ella múltiples destrozos y armas que fueron testigos de los oscuros pasajes que allí se vivieron.

En busca de la redencción

El juicio posterior a los hechos acontecidos la madrugada del 4 de octubre de 2014 terminó con una sentencia de 30 días de prisión para Robert Swift por posesión ilegal de un arma de fuego. Aunque en el registro de la casa de Trigg se hallaron pruebas de tráfico de drogas y varias armas, él sabía que su delito era menor. Su gran error no tuvo consecuencias legales, pero sí vitales: deambular durante meses preso de una adicción a la metanfetamina y la heroína lo convirtieron en poco menos que el guardaespaldas de un traficante.

Para mitigar los efectos de la abstinencia que sufrió en la cárcel, Swift se acercó a la fe cristiana y focalizó sus esfuerzos en reconstruirse. Pudiera ser que no fuera un dechado de virtudes, pero siempre había conseguido aquello que se proponía y comenzó a escribir en un bloc de notas propósitos para una nueva vida. De entre ellos, destacaba su deseo por regresar al baloncesto y comenzó a ponerse en forma tras cumplir condena. Recuperó peso, fuerza y, sobre todo, ánimo gracias al afecto de su hermano Alex y, posteriormente, de sus padres. Después de años de distanciamiento, se reencontraron en Las Vegas, demostrando que no hay pecado que cometa un hijo que no pueda ser perdonado por sus progenitores. Por más que lamentaron muchas de las cosas que su hijo había hecho, ellos no le dieron la espalda en el momento de reemprender el camino.

En paralelo a la recuperación emocional, Swift reencontró el baloncesto en Sacramento. Allí fe y deporte se dieron la mano en una iglesia donde coincidió con Mike Kuethe, la última pieza de un puzle que parecía encajarse tras haber sido desarmado mucho tiempo atrás. Él fue quien le habló por primera vez de Gijón y le propuso volver a sentirse jugador de baloncesto. Tras la experiencia asiática, Swift pensó que había pasado el tiempo de viajar para jugar, pero la propuesta de su amigo despertó en él la curiosidad. La llamada de lo desconocido reactivó sus mecanismos competitivos y sentir que a su lado tendría un amigo minimizaba el riesgo.

El contrato con el recién fundado Círculo Gijón Baloncesto y Conocimiento era modesto, pero no tenía nada que perder: dos temporadas, con la segunda condicionada a un ascenso a LEB Plata. Después de su bajada a los infiernos, que un club europeo se interesara por él parecía una quimera y, en el peor de los casos, se probaría como jugador después de siete años y regresaría a casa si el equipo no subía. Su fichaje tampoco era un riesgo para la entidad gijonesa, ya que tenía la posibilidad de adquirir a precio de ganga a un jugador NBA y conseguía poner al club en boca de todos a los pocos meses de su existencia. Su presentación fue austera, pero su figura fue creando revuelo mediático con el paso de las semanas. Todos querían hacerse eco de la historia del jugador que había pasado de destacar en la gran liga norteamericana a abrir informativos y protagonizar noticias de sucesos.

Si, como canta Vetusta Morla en una de sus canciones, «todo el mundo necesita un villano honrado en quien creer», el Círculo Gijón encontró en Robert Swift a un alma deseosa de redención con la que poder alcanzar su sueño de ascender a la élite del baloncesto nacional. Un jugador con laceraciones emocionales que simplemente quería reencontrarse con el juego que un día le hizo feliz. Despojado de glamur, fama y dinero, España y, más concretamente, Gijón le ofrecieron todo lo que necesitaba: un abrazo con el que reconfortar el maltrecho espíritu.

En su primera temporada rozó el ascenso deportivo a LEB Plata (algo que se conseguiría administrativamente meses después por la ampliación de la categoría) y su proceso de aclimatación fue tan positivo que no dudó en continuar un segundo año. Entonces, ya asentado en la liga y en un equipo reforzado con la presencia de un histórico ACB como Saúl Blanco, Swift elevó sus promedios hasta los 8,1 puntos y 4,8 rebotes, pero lo más importante es que podía decir que era un hombre distinto al que llegó.

En Gijón, la lluvia de la galerna fue borrando el barro de sus huellas y sanando las laceraciones que provocaron sus errores. Volvió a disfrutar del mero hecho de jugar a baloncesto, sintiendo la belleza del juego, recuperando la pausa que se llevaron los millones y las promesas de una mejor vida que acabó convirtiéndose en fango. Asturias le dio la oportunidad de jugar al baloncesto (incluso participó en torneos de 3×3), de enamorarse y casarse… de vivir.

Con todo, pensó que su tiempo como profesional se estaba acabando, y quiso exprimir sus opciones de jugar a un mayor nivel y ganar más dinero. Equipos alemanes se interesaron por él, pero nada se concretó y, con la temporada avanzada, aceptó regresar al club gijonés para sustituir a Henrik Jadersten a finales de 2019. Pensó que podría tener una última oportunidad para sonreír sobre el parqué, pero la pandemia por covid-19 lo frenó en seco cuando mejor estaba (11,7 puntos y siete rebotes en la segunda fase del campeonato).

No hubo más oportunidades y, a punto de cumplir los 35 años, comenzó su ocaso competitivo disputando la cuarta y última temporada en Círculo Gijón. El reloj deportivo le había vencido y solo el vecino equipo Llagar Begoña-APS Fisioterapia CB Barrio de la Arena de 1.ª Autonómica le permitió matar el gusanillo antes de retirarse definitivamente. Había decidido que su tiempo en el baloncesto y en España se había agotado, y deshizo sus huellas para regresar a casa. Antes, quiso despedirse de quienes se convirtieron en su familia asturiana durante años y en ese adiós recibió el sentido amor de aquellos que dieron sentido al proceso de transformación que allí vivió.

A finales de 2022 regresó a Estados Unidos para cerrar un círculo iniciado mucho antes, justo cuando redactó una lista de propósitos encerrado en una celda. Solo él sabe si esa lista se ha cumplido o no, pero lo que es seguro es que hoy disfruta nuevamente de la vida: ha cumplido los 40 años, se ha casado en Las Vegas y mira al futuro con optimismo sin pensar en el ayer.

La historia aguarda a los héroes. Los derrotados deambulan por las sombras y nadie quiere leer el relato del perdedor. Sin embargo, a veces, en esas historias ocultas hay una belleza que ninguna victoria puede igualar. Hay encanto en la imperfección y, por eso, el cuerpo tatuado de Robert está cubierto de imperceptibles hilos de oro que reparan y unen su figura gigante. Ciertas experiencias se clavan tan adentro que es imposible que logren sanar y cicatrizar al completo, pero el actual Robert Swift no existiría sin su pasado. Él lo sabe y, por ello, no hay rencor en su mirada, ni autocompasión en sus pensamientos. Solo gratitud.

 

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