
En una conversación no exenta de dureza y sinceridad, Novak Djokovic y Piers Morgan, han repasado los temas más conflictivos relacionados con la carrera del serbio y el tenis en general. Lo más llamativo, ha sido su análisis del mayor escándalo de los últimos años, el dopaje de Jannik Sinner.
De forma un tanto extraña, ha relacionado su reticencia a vacunarse de COVID con el dopaje del italiano: «Esa sombra lo va a seguir, del mismo modo que la sombra del COVID me seguirá a mí durante el resto de mi carrera, o de la suya, en este caso. Es algo tan grande que, cuando ocurre, con el tiempo se atenúa, pero no creo que desaparezca. Siempre habrá un grupo de personas que intentará sacar el tema una y otra vez».
Entrando en el meollo de la cuestión, Djokovic se inclina por la versión de que la aparición de esa sustancia en su cuerpo fue un accidente: «Conozco a Jannik desde que tenía 13 o 14 años, porque su primer entrenador, bueno, su primer entrenador serio durante los años decisivos, fue también mi entrenador, Riccardo Piatti. Yo entrené bastante en la academia de Piatti, en Italia, y jugaba muchas veces con Sinner cuando era júnior. Me caía muy bien, porque siempre fue delgado, alto, había crecido esquiando, en las montañas… una historia muy parecida a la mía. Siempre me pareció un chico genuino, muy agradable, tranquilo, que vivía en su propio mundo. No le interesaban demasiado los focos ni la vida pública, solo quería ser el mejor jugador posible. Y eso me gustaba mucho: su mentalidad. Así que, cuando pasó esto, sinceramente me quedé en shock. Creo que no lo hizo a propósito. Pero la manera en que se gestionó todo el caso… hay muchísimas señales de alerta».

Aun así, admite que su reputación le ha salvado. Dice Morgan que si hubiera sido el número 500, le habría caído una sanción más dura, como ya le ha pasado a otros positivos con la misma sustancia, pero en cuerpos menos famosos. Djokovic le da la razón: «Exactamente. Esa es la realidad. Falta transparencia, hay incoherencias, y resulta muy ‘conveniente’ que la sanción llegara entre los torneos del Grand Slam, de modo que no se perdiera ninguno. Es muy raro, realmente extraño. No me gustó nada cómo se manejó el caso. Y muchos otros jugadores, hombres y mujeres, que pasaron por situaciones parecidas, salieron en los medios quejándose de que hubo un trato preferencial. Es innegable. Sí. Así que, en esencia, quiero creer, y conociéndolo, por mi relación con él, pienso que no lo hizo intencionadamente. Pero, por supuesto, sigue siendo responsable, porque esas son las reglas: cuando ocurre algo así, eres responsable. Y cuando ves a otros jugadores sancionados durante años por algo igual o muy parecido, y él solo fue suspendido provisionalmente durante tres meses, o lo que fuera, pues no está bien».
Hasta se permite el lujo de bromear con su nombre: «Es el número uno del mundo, y además se llama ‘Sinner’ (‘pecador’). [Ríe.] No es fácil para él, evidentemente. Y tengo empatía y compasión, porque creo que ha manejado muy bien la tormenta mediática que sigue apareciendo cada cierto tiempo. La ha llevado con madurez y serenidad, y le doy todo el mérito por eso. Pero sin duda no es fácil. Y, en medio de todo eso, sigue dominando, sigue jugando increíble, ganando Grand Slams, ganando torneos…».
¿Quién es el número uno? ¿Novak Djokovic?
Preguntado si es el mejor de la historia, el serbio se niega a manifestarse: «No me corresponde a mí decirlo. Sería una falta de respeto hacia las generaciones que allanaron el camino antes que yo, Rafa Nadal, Roger Federer y todos los demás. Es muy difícil comparar épocas. Nuestro deporte ha pasado por una gran transformación en los últimos cincuenta años: en la tecnología, el material de las raquetas, las pelotas, las superficies, la preparación física y el equipo que rodea al jugador. Todo se ha vuelto mucho más profesional. Los tiempos cambian, la ciencia del deporte avanza, y todos buscan una pequeña ventaja, ese uno por ciento de mejora. Así que jugadores como Björn Borg, Rod Laver o John McEnroe crearon la historia del tenis que hoy disfrutamos».

Pero si tiene que inclinarse con alguien, parece que tiene debilidad por Borg: «En los años 80, tres de los cuatro Grand Slams se jugaban en hierba. Ahora, la hierba es la superficie menos habitual —solo se juega un mes al año. El juego ha evolucionado mucho. Hasta finales de los 90 o principios de los 2000, el 90 % de los jugadores jugaban saque y volea. Luego las raquetas cambiaron —de madera a grafito, y después a materiales más ligeros—, lo que permitió más control, más efecto, más juego desde el fondo. Eso lo cambió todo. Björn Borg fue el primero que se quedó atrás en la línea de fondo y usó mucho efecto: eso desconcertó a todos y le llevó a lograr una carrera increíble. Si no se hubiera retirado con 26 años, probablemente hoy estaríamos hablando de él como el más grande».
La gloria perdida
Pese a que Djokovic sigue cosechando excelentes resultados, ya no es el mismo que antes y él mismo admite que Alcaraz y Sinner están a un nivel superior por una cuestión meramente biológica. Ahora tiene que digerir el trago de seguir jugando, pero en declive: «He sido el jugador dominante durante la mayor parte de mi carrera, más de veinte años, y ahora me están dominando, especialmente Alcaraz y Sinner últimamente. Pero es una evolución natural del deporte. Su rivalidad es buena para el tenis».
Unas declaraciones de una persona madura que acepta la realidad, pero eso no quiere decir que le guste: «Sinceramente, al principio me negaba a mirar. Mi familia quería ver la final de Roland Garros, y yo intenté distraerlos, salir, comer fuera, cualquier cosa, pero querían verla. Así que cedí. Al principio la observaba con ojos analíticos, fijándome en la táctica. Luego sentí admiración. No me ha pasado muchas veces viendo jugar a otros, quizá solo cuando veía enfrentarse a Federer y Nadal. Era un nivel de tenis astronómico».
En todo caso, cuando sale a jugar, intenta mantener la mente motivada como siempre ha hecho: «Cuando entro en la pista, sigo creyendo que soy mejor y que merezco ganar. Aún conservo esa mentalidad de ganador; solo necesito mantener el cuerpo en forma». Aunque ese es el problema, que un cuerpo más envejecido responda a esa mente con tanta determinación: «He aprendido que debo escuchar al cuerpo, cuidarlo, mantenerlo en forma. Mientras siga activo y entre en la pista, no me importa quién esté al otro lado de la red: siempre creo que puedo ganar. Pero la clave, ahora, es mantener el cuerpo sano».

No obstante, la realidad es muy tozuda: «Soy consciente de lo que está ocurriendo. En su mejor nivel, ellos ahora son mejores. Esa es la realidad. Durante la mayor parte de mi carrera, he creído en cosas casi imposibles; he trabajado mi fortaleza mental y la fe en mí mismo. Pero también hay una parte biológica, inevitable. Tengo 38 años, voy camino de los 39, y el desgaste físico es real. Durante mucho tiempo pensé que era una especie de superhombre, que no podía lesionarme, que no podía ser débil, pero la realidad me ha dado un golpe en los últimos años».
Una infancia difícil
Finalmente, el entrevistador quiere que repase los años en los que creció en una Serbia sumida en guerras y autoritarismo nacionalista: «No sabía que Cristiano Ronaldo había pasado hambre en su infancia, esperando comida fuera de un McDonald’s. Yo tengo una historia parecida. Tenía unos seis o siete años. En los años noventa vivimos dos guerras: primero la guerra de la antigua Yugoslavia y después los bombardeos de 1999. Entre 1991 y finales de los noventa, sufrimos un embargo durante varios años: nada entraba ni salía del país, y el nivel de pobreza era altísimo. Recuerdo hacer cola para conseguir una barra de pan, que una familia de siete u ocho personas compartía durante el día. Aquellas experiencias fueron muy duras, pero también hicieron que valorara más la vida y todo lo que Dios me ha dado».
De hecho, el balcánico cree que de esa experiencia salió su tenis: «No me gusta hablar de eso con tristeza o como una queja. Creo que cada persona lleva su cruz, y esa fue la mía. Mi camino me hizo ser quien soy, y por eso le estoy agradecido. ¿Fue fácil? No. Pero esa fue la base de mi fortaleza mental y mi resiliencia. Cuando de niño no sabes si tu familia va a sobrevivir al día siguiente, enfrentarte a un punto de partido en un Grand Slam no parece tan duro».

La clave está, como ha contado muchas veces, en el día que su padre se tuvo que endeudar con la mafia para sacar adelante la carrera deportiva de su hija, dado que el tenis es un deporte realmente caro en el que iniciarse: «Lo recuerdo perfectamente. Fue uno de los puntos de inflexión de mi vida. Entendí el mensaje: debía madurar antes de tiempo, hacerme responsable, cuidar de mis hermanos y ayudar a mi familia. Eso también me ayudó en el tenis, porque desde pequeño supe lo que era la disciplina, el esfuerzo y la carencia».
Para concluir con el final, pero el final eterno. Morgan le pregunta directamente qué quiere que ponga en su lápida: «Uno de los grandes psicólogos deportivos, el doctor Jim Loehr, con quien trabajé mucho, siempre pregunta: ‘¿Qué te gustaría que dijera tu lápida?’. Cuando lo pienso, claro que me enorgullecen mis títulos, los resultados, los 24 Grand Slams. He trabajado toda mi vida por ellos. Pero lo que más me marcó fue el funeral de mi ‘padre tenístico’, un entrenador muy importante para mí, que falleció hace poco. En su funeral, nadie hablaba de sus trofeos, sino de cómo había tocado el corazón de la gente, de cómo había ayudado a los jóvenes, de cómo se comportaba como persona. Y eso me hizo pensar: así quiero ser recordado yo también. Si algún día mi tumba dijera ‘Aquí yace Novak Djokovic, el hombre que tocó el corazón de las personas’, me sentiría en paz».


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