
Un niño coge su bicicleta. Tiene ocho, nueve, diez años. Un niño coge su bicicleta, habla con los amigos, salen a rodar por el pueblo, por los alrededores del pueblo. Y siempre, siempre, intentan llegar antes que el otro. ¿Dónde? En la cima de la cuesta, de la loma, del alto.
Donde la carretera deja de mirar al cielo.
No hay chavales que anhelen dominar cronos, todos quieren ser grimpeurs. Porque es el esfuerzo absoluto, la imagen sublime. Despegar de la sucia tierra, elevarse cada vez más cerca de las nubes. Etéreo, y todos queremos ser etéreos.
En el ciclismo, en la competición, igual. Siempre se nos van los ojos a los escaladores. Inevitable. Por su aire funesto, por su chocar (casi) de forma permanente contra el muro de los ciclistas más altos, más poderosos, más sofisticados. Son, en su esforzar permanente y sin casi premio, el mejor reflejo de lo que todos creemos ser. Y les acompaña la estética. Los gestos, el brío, incluso ese marco de cordilleras y enormidad. Son pulgas (o escarabajos) en mitad de montes inabarcables, montes que se escapan a cualquier imaginación. Pero el escalador, terco, pacta. Nunca se derrota a la montaña, no, porque ella ahí sigue. Pero puedes conseguir que te dejé, por un instante, sublimar juntos.
Eso hace el grimpeur.
Y por eso nos gusta tanto recordar sus gestas.
Acompáñenos el lector por este recorrido de Pottier a Tadej Pogačar. Y cuente quién es, para usted, el más increíble escalador de todos los tiempos.
En la prehistoria del escalador, el grimpeur
Dicen que si el primer puerto en el Tour de Francia fue el Ballon de Alsacia. Solo que quienes dicen eso se equivocan, porque subieron, un día antes, el Col de la Republique, que es dificultad grande. Que los franceses, tan chauvinistas, prefirieran reivindicar su Alsacia antes que su República obedece a no sé qué historietas de la guerra franco-prusiana y el desastre del Napoleón chiquitín.

Fuera como fuese, y puertecitos al margen, el primero de siempre, el primero que todos recogen, es ese Ballon de Alsacia. Año 1905, nada menos, obstáculo casi inconcebible. Piensen carreteras, bicis y demás. Cuentan que si el líder franqueó cima con veinte por hora de media. Veinte de media en el Ballon, oigan, lo que nos hace pensar en que igual no debemos creer todo lo que aparece en las crónicas de entonces… Tal precursor, en esencia primer Rey de la Montaña, se llamó René Pottier. El esfuerzo fue tan grande que debió abandonar al día siguiente, rodillas maltrechas, riñones doloridos. Doce meses después ganó su Tour de Francia con exhibición sobre ese Ballon amado. Después, en ese invierno, se quitó la vida. Un desengaño amoroso. Lo encontraron en su garaje, colgante del gancho donde dejaba la bici. Por si querían metáforas.
Empezaba la tragedia del grimpeur.
Miren, si no, a Lapize. Octave Lapize. Pionero en Tourmalet pionero. Año 1910, aquellas carreteras que se decían imposibles, las que utilizaban «los osos españoles para pasar a Francia». Y allí, a ratos pedaleando y a ratos con la bici del ramal, triunfó Lapize. Luego, en Aubisque, solo pudo ser segundo, porque iba desfondado tras François Lafourcade, que era de la zona y conocía el rollo. En la cima, digno, Octave se bajó, firmó en el control, y llamó asesinos a los organizadores.
Una leyenda comenzando.
Ah, Lapize fallece en la Primera Guerra Mundial. Combate aéreo. Podía haberse librado de ir, porque estaba sordo como una tapia, pero su honor…
La tragedia del grimpeur.
Después llegaron otros, claro. El diminuto Benoît Faure, el diminuto René Vietto (y esa fotografía legendaria en Puymorens), el diminuto Vicente Trueba (que debió ganar el Tour de 1933, que entrenaba, dicen, subiendo San Cipriano con un tronco atao a su bici, para que costase más). Los grimpeurs eran tíos pequeñajos, animadores, ídolos de masas, rellenos en clasificación final. Se perdieron unos cuantos Tours para estos alpinistas de los años heroicos. Siempre había un pinchazo, una caída, los kilómetros desde Aubisque hasta Bayona.
Qué importa.
Habían creado una estirpe.
La época de los grandes prodigios
Empecemos por Coppi. Porque siempre, siempre, hay que empezar por Coppi. El ciclismo se divide entre a.C. y d. C. (antes de Coppi y después de Coppi, evidentemente). Eddy es el mejor deportista de la Historia (y no admito discusión), pero Coppi es el mejor ciclista de siempre (y no admito discusión).
Y también como grimpeur.
El problema con Coppi es que cuando hablamos de las mayores cronos nunca realizadas sobre una bicicleta también salía él. Y que si dijéramos sobre las victorias más icónicas pues estaría su San Remo posbélica. Y la remontada más grande en Francia es suya. Y mil cosas más. Por eso cuesta verlo como un escalador. Pero lo es. Díganme, si no, cómo definir la Cuneo-Pinerolo (escapado en solitario desde Maddalena, vencedor seis horas más tarde), lo de las tres primeras llegadas en alto del Tour, lo de Abetone, el Stelvio inicial, los múltiples Ghisallos. No puedes. Definir a Coppi te obliga a las hipérboles, a metáforas chuscas de tan grandes, a exageración que no exagera.

Otro día vamos con Coppi, que lo merece.
Y volvemos a los grimpeurs. A los grimpeurs puros y durísimos. A los que suben como ángeles o como águilas. Resulta que los años cincuenta dieron, vaya usted a saber razón, a los dos escaladores supremos en toda la historia del ciclismo. Los dos. Con sus particularidades y sus diferencias, pero los dos. Un chiflao luxemburgués, un estraperlista de Toledo (también chiflao, no vayan a pensarse).
Qué años.
Precisamente fue Coppi el único capaz de meter control a Fede. Fede es Federico Martín Bahamontes. El Águila de Toledo. Quizá no exista ciclista más genialoide, loco y determinante como él. Lo bueno y lo malo.
Fue un hijo de la posguerra. Bando de vencidos. Cazaba gatos en su infancia para que la madre cocinase chicha. Después el estraperlo. En bici, cómo no, endureciendo patas y humores. Una vez tuvo que esconderse de la benemérita debajo de un puente, con el agua hasta la barbilla. Cogió tal resfrío que casi se nos muere. Tan maluco anduvo que se le cayó todo el pelo del cuerpo, y, contaba, el volverle a salir lo tenía rizao. Vaya usted a saber, porque Fede era adornos y fantasías en su persona.
Sobre la bici no, sobre la bici iba muy a las claras. El mejor escalador que existe, el mejor que existió, el mejor que nunca habría de existir. Eso decía, y a ver quién le contradice. Ganó su Tour en los montes con Gaul, hizo exhibiciones en Bonette, en Tourmalet, en Galibier, en casi cada cuesta. Debutó de forma epatante en la Grande Boucle, trincando (casi) todos los puertos, perdiendo (siempre) en las bajadas. Más lo de Romeyère y el helado. Necesitas esos asuntos para entrar en leyenda. También se hizo célebre por sus espantadas, por su retirarse cuando tiene todo fácil, por aquella Vuelta de 1960 que fue la de todos los líos, por la inyección de calcio, por esconderse tras los matorrales. Ese era Federico Martín Bahamontes. Ese y el paisanuco que subió Puy-de-Dôme como si no costase. Busquen el vídeo, siempre les empujo a buscar el video. Nunca nadie como él.
Mejor escalador de todos los tiempos.
Salvo…
Salvo que Charly Gaul también entra en el debate. El de ser mejor escalador, oigan. Mejor de siempre. Más aun… puede (y perdonen por decirlo) que Gaul tenga momentos culmen aun más increíbles, aun más… sí, místicos que Bahamontes. Porque Fede siempre fue un chaval del hambre, un picaruelo, un escalador hecho de locura y demagogia… Pero Charly era, en ocasiones (pocas ocasiones, pero suficientes ocasiones) un milagro sobre la bici, una aparición.
Un fantasma.
Tiene, en sus grandes proezas, aun más éxtasis que Fede. Quizá por el tiempo, por la tempestad, por las nieblas y los blancos. Ahí era feliz, Charly. Con calor se ponía rojo cual tomate, sudaba mucho, perdía todas sus fuerzas. Abusa de las anfetaminas, cuentan algunos, y por eso lo de colapsar bajo el sol. Quizá, siempre arreó fama. Quizá. Pero ese mismo incendio que lo devoraba por dentro, ese que lo dejaba a merced de sus dudas cuando la canícula se vestía de Grande Boucle… ese lo convertía en demonio bajo tempestades. Y hubo, hay, tempestades en la bici. Lo del Bondone, que ya lo saben todos, lo del Bondone. Aquel día hasta Fede pudo ganar el Giro, pero bastante hizo con seguir viviendo. Al líder lo encontraron refugiado en una casita, metido en bañera con agua caliente. Remontó dieciséis minutos Charly. Llegó tan agotado que lo tuvieron que llevar en volandas los carabinieri. Rostro desfigurado, muerta la expresión. Su maillot era hielo de sudor y frío. Tuvieron que cortarlo con tijeras, tuvieron que arrancarlo de su cuerpo cerúleo. Llevaron, en el proceso, jirones de piel y carne…
Lo repitió en el Tour, una tarde de julio que fue noche navideña. Lo repitió, digo, vía Luitel y la Chartreuse, con Gem gritando «traidores, traidores», con los franceses apuñalándose entre sí, con ciclistas perdidos por mitad de los Alpes. Y más veces. Aquello de los Bernardos en Italia, camino Courmayer. El día del primer Gavia, aunque quedase a medias. O su aparición epatante, incomprensible, en el Galibier, año 1955, apenas veintidós en su DNI, cuarto de hora a todos. Un desconocido que sube como jamás se vio. Como un Ángel, Ángel de las montañas.

Dicen que, tras la retirada, se recluyó en un bosque allá por Luxemburgo. Que era ermitaño, que rehuía a los otros, que no quiso reporteros ni teles. Dicen que bebió, que se había abandonado. Luego, en sus últimos tiempos, justo antes de morir, torna a los focos. Sonriente, sabedor de su puesto en la leyenda.
Uno de los mejores escaladores que habrá.
Locos, relojeros y pusilánimes
Después de Bahamontes ya no hubo más grimpeurs. Bueno, eso es lo que dice, o decía, siempre Bahamontes, pero tampoco debemos tomarlo al pie de la letra. Si hasta coincidió con el siguiente…
Julio Jiménez fue alguien distinto. Desde sus pintas, que pareció nacer con sesenta años, hasta el recorrido profesional (llegó muy tarde), características y errabundez para el tema escuadras. Digamos que pudo lograr muchas más victorias, pero estaba siempre en lupanares importantísimos, selecciones patrias con aire rufianesco y sitios donde el champán nocturno corría demasiao. Y, aun así… leyenda.
Por lo que hizo y lo que pudo hacer. Tres reinados de la montaña en el Tour son materia suficiente, pero es que hay más. Ese 1964, la escapada de doscientos kilómetros con Bahamontes, ese día que pudo el Águila ganar su segunda Grande Boucle. Eres un egoísta, dijo el abulense. Te desfondaste porque no puedes con mi ritmo, contestaba el toledano. Y así seguían más de medio siglo después, no vayan a pensarse. O cuando estuvo en tris de ganarse él mismo su Tour, pero iban los españoles a premios chicos, primas segundas y cuantas cosas pudieran aducir para no ayudar a Jiménez. Incluso en la Corsa Rosa pudo tocar pelo (que tocó, lean más abajo, aunque en otro sentido), pero no escuchó las indicaciones de Anquetil y de Gem, cargó con el peso de la maglia muchos días, llegó desfondado a sus montañas.
Claro que le cundió, lo de ser ciclista. Tenía, Julio, un éxito enorme. Era simpático, pillo, picarón. Y le gustaba mucho el cancaneo, por decirlo suave. Dicen que si ganó un Campeonato de España de montaña en Mieres tras tirarse toda la semana de verbenas y faroles con la patrona del hostal donde se alojaba. De hecho fue factor decisivo, porque Manuel Martín Piñera (manos enormes, espalda inabarcable, sonrisa de niño grande) se creyó lo de que no iba a disputar, y terminó vaciándose como un bendito. Claro que peor fue lo del Giro que decíamos antes. O mejor, depende cómo lo quieran ver. ¿Resumen? Pues contaba Julio que si un compañero le dijo que… en fin, que su esposa quería conocerlo. Conocerlo bíblicamente. Y que lo organizaron para el día descanso. En pleno entrenamiento. Tras unos arbolillos. Cumplí como pude, concluía Jiménez, teniendo en cuenta las circunstancias. Y se echaba a reír.
Ya ven, uno de los mejores escaladores de siempre…
Seguido del más genial, loco, lunático e incomprensible que nunca nadie viera. Alguien que solo estuvo, entre los mejores, menos del lustro. Que tiene un puñado de victorias. Que fracasó en su lucha máxima. Pero fue tan bello el empeñarse, fue tan hermoso el caer…
Tarangu.
José Manuel Fuente era distinto. Fumaba, fumaba mucho. Se le hinchaban las venas en sus patas. Podía estar horas en silencio, rumiando, podía tirarse toda la noche en vela, cajetilla de celtas va y cajetilla de celtas viene. Luego ganaba, o se hundía, o creía que iba a ganar para luego hundirse. Qué importa. Era el Tarangu. Fue, si quieren, un escalador distinto. El que destruía carreras por desarrollo, tendones en tensión, los muslos a punto de explotarle. Con el plato gordote atacó a Ocaña en Galibier. Con el plato gordote, hasta veintitantas veces, dicen. Luego, a rueda, sin decir ni mu. Aquel día ofreció Ocaña un pacto al Kas, equipo de Fuente. Me ayudáis, ganáis parciales, subís al pódium. Cagonmimadre, fue la respuesta de Fuente, a este Loco lo mato.
(Fuente llamaba Loco a Ocaña, porque el mundo es un lugar lleno de ironías).
Pero fue contra Merckx que se hizo Tarangu leyenda. En Italia, donde era ídolo, reinvención de Bartali, cariño y lágrimas. Solo el belga era invencible, solo al belga quiso vencer. No, vencer no… destrozarlo. Siempre para arriba. En el Carpegna, en el Stelvio, en Blockhaus, Grappa, Lavaredo. En cualquier sitio, de cualquier forma. Y luego… las pájaras. Contaba Linares que acabó un día, Fuente, gateando, que lo tuvieron que remolcar hasta San Remo. Y que allí, sin apenas moverse, dijo a los periodistas que ganaba el Giro, que estaba seguro, que tenía una moral como la torre esa de alta. Un campanario, por si dudan. No ganó, pero sobre aquella carrera, edición de 1974, hicieron documental de obligada revisión. The Greatest Show on the Earth, es su título…
Qué grande era Fuente, macho.
Y que pequeño Van Impe. Lucien van Impe, que le decían el Tití, que no levantaba tres palmos del suelo. Todo lo que en Tarangu era grandeza, arrogancia, animosidad, tornaba timidez y actitud pusilánime con van Impe. Grimpeur en tierra de clasicómanos, escalador en mitad de los flahutes, cuentan que si entrenaba subiendo diez, quince, treinta veces el Kapelmuur. Apenas un kilómetro, apenas noventa metros de desnivel. Pero la curva de la capilla, pero los adoquines, pero los tramos al veinte…
Quizá piensen que haciendo este tipo de cosas, bajo la lluvia, entre la niebla y el nevar de Flandes, con ese viento gélido que llega desde las playas, con el barro, los bergs de hierba entre juntas, la miseria… Quizá piensen, digo, que eso endureció el joven Lucien, que le hizo una roca, alguien inasequible a las dificultades. Y no. Al contrario. Era pelín milindris, van Impe. Me conformo con la montaña, me conformo con etapitas. Aéreo en el subir, de pedalada dulce, fácil. Pero no lo verás sufriente. Qué agobio, las tres semanas, a mí dejadme Peyresourdes y Varses.
Hasta Cyrille.

Porque a van Impe lo dirigió un año Cyrille Guimard. Y Cyrille Guimard (aun con las patas sin pelos, aun con olor a tubulares en las manos) puso firme al belga. «Ataca». Y luego «ataca». Y más tarde «ataca». Dicen que cruzó su coche delante de Lucien camino de Pla d´Adet. O cumples el plan y saltas a por todas o te echo fuera de la carretera. ¿Resultado? El jaune. Y un divorcio, porque eran antítesis. A mí déjenme tranquilo, decía van Impe, con mis premios menores. Nunca volvió a tener opciones en la Grande Boucle, pero siguió siendo ciclista grande hasta casi los cuarenta. Debutó en el último año de Anquetil, pedaleó con los primeros años de Indurain. Veterano de lujo.
Pero siempre nos quedará el y si…
Esos muchachos que llegan de América
Eran algo distinto. Perdían minutadas en llano, sufrían contra el viento, apenas sabían lo de rodar en pelotón. Pero a las primeras pendientes… ay, a las primeras pendientes. Cero trabajo de equipo, cero estrategias, cero tácticas. Ataques en oleadas, como un escuadrón de kamikazes. Desarrollos durísimos, incomprensibles para los europeos. Es que allá, en nuestra tierra, los puertos tienen sesenta, ochenta kilómetros. Es que allá, en nuestra tierra, subimos sobre los cuatro mil. Es que allá, en nuestra tierra, se corre de esta forma. Y todos temblaban.
Los colombianos.
Los escarabajos.
Avisaban. Desde hace unos años, avisaban. Lo de Alfonso Flórez (historión el suyo) en Porvenir, enterrando a Sukhorutchenkov, al mito Sukhorutchenkov, ese que debía porfiar con Le Blaireau. Y llegan unos colombianos desconocidos, con poca pinta de atletas, con mover errático sobre la bici… Victoria. Cuesta arriba, siempre, victoria. Y exhibiciones.
Cuentan que si lo de escarabajos fue por un error. Cierta voz en la radio que quiere comparar a Ramón Hoyos (otro mito, biografía de García Márquez incluso) con un saltamontes. Pero se lío. Y queda, así, el apodo.
Escarabajos.
Y, de entre ellos, él.
Lucho.
Porque quizá Fabio Parra era «más ciclista». Más completo, mejor adaptado a Europa, más aguerrido, más sufridor. Pero como grimpeur, como ángel puro… Herrera. Luis Alberto Herrera. El Jardinerito.
Lucho era… etéreo. Tenía piernas de alambre, subía casi siempre sentado, arrastraba desarrollos imposibles para los que no eran de Colombia. No atacaba, no… se limitaba a poner su ritmo. Así gano en Alpe d´Huez, primera victoria colombiana de siempre en el Tour, en el día de todos los días… aquel maillot, los adversarios (Hinault, Fignon, Millar), las imágenes, esos colores sobrecargaos de las retransmisiones ochenteras. Pierde un mundo veinticuatro horas más tarde, porque nunca fue regular, nunca pudo sostener milagros en tres semanas, pero qué importa…
Ya es un ídolo.
Lo seguirá siendo. Cada mes de julio dicen que si esta vez sí. Pero es que esta vez tampoco. Nunca logró abrir distancias suficientes como para compensar lo que perdía en las contrarrelojs. Pero cuando tenía la tarde… joder, terrorífico. Esos Pirineos de 1987, por ejemplo. Ese Tour de 1985, supeditado a Hinault, haciendo lo que quería cuando quería, gobernando al pelotón a su mismo antojo. Victoria ensangrentado, doblete con Parra, persecución infructuosa en Luz Ardiden. O aquello de Tres Cimas, años después, por suelo dolomítico. Parecía tan fácil…
Solo una vez pudo mantener la concentración el Lucho en veintiún días. Fue por España, la Vuelta de 1987, la que abandonó Kelly con el amarillo sobre sus hombros, un forúnculo bajo sus nalguitas y más sufrimiento del que cualquier hombre soporta. Pena de etapón en la Sierra de Ávila que se hurta…
Aquel mes fue, Herrera, eterno. Con su carita de niño, con sus hablares timiducos. Eterno.
Y de lo que pasó una vez retirado no hablaré hoy, porque no toca.
Otro día.
Grimpeurs al abordaje (con galeones trucaos)
Y, entonces, llegó él.
Él.
Miren, no quiero yo venderles motos, porque Pantani hizo lo que hizo, y todos conocemos lo que hizo, y todos saben, también, de un final que fue trágico y triste, un final que no es deporte ni épica, un final lleno de sordidez y con muchos matices que nunca sabremos del todo.
Y eso sucedió.
Pasa que Pantani también hizo lo que hizo. Milagros, fundamentalmente. Milagros de motor trucao, pero no pondría yo mano en fuego por nadie. Pantani logró un doblete Giro-Tour cuando eso parecía impensable para un grimpeur. Más… Pantani se portaba como el grimpeur clásico en una época donde los grimpeur clásicos parecían extintos. Ya no hay colombianos, ya no hay quien rompa en montaña a lo loco. Y, mira, llega este chaval calvo, feo, orejas de elefante… llega este chaval, digo, y con veinticuatro añucos se marca un Giro de Italia como para quedar epatao. Lo de Giovo, bajando. Lo de Mortirolo, subiendo. Y, si quieren, mi preferida, ese ataque en Agnello. Inconformismo, ciento treinta kilómetros a la meta, va segundo en general. Allí se ve que era diferente. ¿Cuál es mi prima si gano el Giro de Italia?, dijo el mozuco cuando le hacen su primer contrato pro. Luego, en pretemporada de 1994, susurra que lo deja, que hace algo sonao ese año o lo deja. Nunca fue hombre de anonimatos.

Cuando surge Marco Pantani parecía que los escaladores eran solo… eso, cheerleaders, gradas de animación, teloneros para cosas mayores. Dos o tres numeritos por Gran Vuelta, y a descansar hasta la siguiente. Cómo meterle mano a un Lemond, a un Miguel, a un Rominger o un Ullrich. Nada, imposible. Premios nimios. Tenemos cien kilómetros contra el crono, perdemos unos ocho minutejos por cada tres semanas. Nada de recuperar cosas tan grandes, oigan.
Hasta Marco.
Porque hizo lo del Agnello. Y luego empezó a caerse, y tuvo desgracias, y se le puso, sobre su nada hirsuta testa, esa nube de presagios funestos que tienen los grimpeurs, de Pottier en adelante. Caída, caída, casi me matan, caída, caída, se me cruza un gato negro, caída, caída, ummm, estos análisis de sangre voy a guardármelos, por si en un futuro…
Hasta que vuelve.
Vuelve en 1997, y es aun menor, es aun atracciones y colorinchis. Pero prepara lo impensable. El Giro de 1998, ese donde ataca en todos los sitios donde se puede atacar. El de Fedaia y Zulle gateando, el de Fedaia y Pavel atrancao (siempre acababa atrancao, en Fedaia, Pavel). Y Montecampione, la subida más alucinante que ustedes ver pudieran. Y la última crono, ejem, tantas historias por demostrar en la última crono. Y luego el Tour. Derribando a Ullrich, que parecía inderribable. Por Galibier, nada menos, que es tan importante el dónde. El Tour que estuvo a punto de no terminarse. Y Marco lo salva. Pañuelo anudao, llamadme Pirata.
Es la gran estrella del ciclismo, es el tipo al que todos quieren. Contra la robotización, contra el aguantar cuesta arriba tras golpe en crono. Contra seres que parecen salidos de un laboratorio de Marvel. El Jan invencible, el tipo que nunca sufre, el que no hace muecas. Llegó, a Deux Alpes, con los ojos hinchados, más bolsas que Jiménez del Oso con resaca. Qué imagen. Qué grandísimo fue Pantani entonces.
Qué difícil es pensar en después.
Porque después vino lo que vino. Después dominó el Giro 99 hasta aquella mañana en Madonna di Campiglio. Dominó el Giro 99 de una forma fantástica, irreal (literalmente fantástica, literalmente irreal), y ya nunca pudo volver del todo. Cuentan que si pegó una hostia al espejo cuando le dijeron lo del 52 de hematocrito, y quizá ahí encontremos más claves que en cien artículos que podamos escribir. Esa semilla de autodestruirse, de ser su enemigo mayor. En fin, para qué contarles más, si ya todos saben la historia. Duró poco, Marco, en la cima de los grimpeurs.
Pero su fulgor fue inmenso.
Por pura confluencia cronológica, y por mímesis en final desgraciado, debemos citar a José María Jiménez. El Chava. Que nos lo vendieron durante meses como alternativa a Pantani. Hasta Fauniera, por ser claros, perdió allí veinte minutos, cualquier opción en una grande y las ganas de confrontar a Marco. Pero vaya, que lo pasábamos bien con Jiménez, con sus declaraciones, con su escalar «retorcido», con sus arrancadas locas. Aquellos septiembres de Vuelta y hostiones en las radios, con Karmele llamando a programas nocturnos, Abraham hablando en tercera persona y el Chava soltando populismos y poniéndose en plan chuleta. Nunca fue grimpeur referencial, ni siquiera en sus años, pero es que… Explícale tú eso a un adolescentillo cuando el primer Angliru.
Qué tristeza de entrada, esta de Chava y Marco.
Escaladores del siglo XXI
Lo del siglo XXI es para echarles de comer aparte. ¿En pocas palabras? Tenemos unos recorridos (normalmente) de chichinabo que propician ventajas a los grimpeurs. Si a lo largo de la historia la media era de un Tour por década para trepadores, en los últimos tiempos hemos visto ganar en Francia a Contador, Schleck, Sastre, Nibali, Bernal o Vingegaard y Tadej (aunque estos dos pican a vueltómano completo). Pero claro… cuando reduces las cronos a lo mínimo pues te ronda triunfos grandes hasta Purito Rodríguez. Y si bajas el kilometraje hasta lo mínimo, y deprecias los encadenados gordos hasta lo mínimo pues… eso, que te ronda triunfos grandes hasta Purito Rodríguez. Por eso no me atrevo yo a poner leyendas entre las leyendas…

Quiero decir… es evidente que Tadej y Vingegaard están entre los escaladores supremos de la historia. Por puro cronómetro, los mejores… solo que esto del ciclismo no es, afortunadamente, un puro cronómetro. Cuentan los desgastes, los desniveles previos, la carretera, el material… mil cosucas. Y la mística, claro. No quitaré yo a los muchachos de hoy su sitio bien ganao en el Gotha… pero no puedes compararles con Trueba llevando el tubular cruzado por los hombros o Gaul ascendiendo entre la nieve en el Bondone (etapa que hoy se hubiera suprimido, y con razón). No, es difícil comparar épocas, pero resulta sencillo añorar los años que te contaron o viviste de criuco.
Así que ayúdenme ustedes, porque esto no es fácil.
¿Quién es el mejor grimpeur de todos los tiempos?


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Richard Caraoaz multiple Campeón en la Montaña
De los que yo he visto, Pantani. Y me faltan Delgado e Indurain.
Que haya visto, Delgado en su Tour (y el del año después), Chiappucci por ser de otra época, Miguel que cuando ponía la turbina a funcionar era un espectáculo y Contador. Aunque es cierto que hace mucho que el ciclismo ya no es el de antes y no se puede comparar, da igual lo que haga Pogacar o lo que gane, nunca tendrá el aura de Coppi o Bahamontes… porque nunca habrá ganado etapas de 300kms ni encadenados con Vars, Izoard y Madeleine, o de 8 horas como Claudio y Miguel en Sestrieres
Richard Virenque es el mejor ganando el maillot de la montaña del Tour. Nadie lo ha ganado más veces que él, 7. En eso es el mejor.
Por esa regla de tres Pantani o Bahamontes eran peores escaladores y ni de lejos.
Te ha faltado Perico Delgado
Pues si, estos han sido los más míticos, con la licencia patria del Chava, en un segundo escalón habría otros muchos como Bartali, Delgado, Breu, Panizza…
Roberto Heras . Merece un bonito párrafo de los tuyos . Ganó 3 vueltas en tiempos donde las cronos eran más largas que ahora . Daba igual lo que perdiera, llegaba el angliru de turno y recuperaba lo que hiciera falta … Aunque le faltó algo a nivel internacional . Si no le hubiera fichado el americano … en alguna etapita le habría metido mano . Pero eso nunca lo sabremos …
Saludos y enhorabuena por tus escritos !