
Primero fue un halago.
Estaban las españolas entrenando en el Centro Acuático de Saint-Denis, a lo suyo, cuando aparecieron las entrenadoras rusas y se colocaron en fila al borde de la piscina a mirar. No una, no dos: todas. Iris Tió lo contó después en RTVE como se cuenta una anécdota simpática, con esa mezcla de sorpresa y orgullo mal disimulado de quien descubre que le están copiando los deberes y decide tomárselo como un cumplido. En la natación artística, que te miren desde el bordillo ha sido siempre la forma más alta de reconocimiento. Rusia llevaba treinta años siendo el bordillo desde el que miraban las demás.
Cuatro días más tarde, la anécdota había cambiado de nombre.
Un híbrido es una propiedad sin registro
Un híbrido, para quien no frecuente los bordillos, es una secuencia de movimientos ejecutada con la cabeza y el tronco sumergidos: lo que el espectador ve son piernas, y lo que el espectador no ve es dónde está realmente el ejercicio. Desde la reforma del reglamento, cada equipo declara por anticipado la dificultad de sus elementos, y esa declaración es dinero contante: los jueces la validan o la anulan, pero no la negocian. Quien se atreve a declarar más, puntúa más. Quien declara más de lo que sabe ejecutar, se arruina.
España había decidido atreverse. El equipo que dirige Andrea Fuentes llegó a París con un híbrido nuevo dentro de su rutina libre, un elemento que le permitía entrar en competición con un grado de dificultad superior al de cualquier otra. Funcionó: las españolas firmaron la mejor nota de las preliminares. Por primera vez en mucho tiempo, el oro europeo por equipos no era una hipótesis sino un pronóstico.
Entre las preliminares y la final, Rusia —que compite en París bajo bandera neutral y con Svetlana Romashina al frente del banquillo— desplegó ese mismo híbrido y subió cinco puntos la dificultad declarada de su ejercicio. Ganó por 285,0346 frente a los 282,3541 de España. Dos coma seis ocho cero cinco puntos. Italia, bronce, se quedó a veintinueve.
Hubo un momento de suspense que casi nadie contó: las juezas decidieron revisar en vídeo el último híbrido ruso, precisamente aquel al que se le había añadido complejidad. Si encontraban algo punible, Rusia recibía una marca base y se despedía del oro. No encontraron nada. La apuesta salió.
La mitad rusa de Alisa Ozhogina
Entonces habló Alisa Ozhogina, y habló por escrito, en Instagram, que es donde se habla ahora.
Nació en Moscú en el año 2000 y se crio en Sevilla. Compite por España desde niña y lleva la doble pertenencia sin dramatismo, con la naturalidad de quien nunca ha tenido que elegir porque nadie se lo había pedido. Su mensaje empieza avisando de que no suele meterse en estos líos y de que esta vez sí, «vaya que si me voy a mojar», con un juego de palabras que en una nadadora resulta casi obligatorio.
Lo que viene después no es un exabrupto nacionalista, y por eso incomoda más. Ozhogina recuerda que ha sido de las pocas que celebró el regreso ruso a la competición internacional, con el argumento de que las chicas no son responsables de lo que hace su gobierno. Recuerda que ha admirado a esas nadadoras, que ha celebrado sus victorias en silencio, que decía con orgullo que una parte de ella era rusa. Y después pregunta si de verdad vale tanto un oro como para dar igual la manera de conseguirlo. Copiando, además, al país que va por detrás.
«¿Ese es el camino? ¿Robar una idea?».
Concluye admitiendo que en el fondo el equipo español está orgulloso, porque no hay homenaje mayor que el plagio, y pidiendo que las otras le den una vuelta al asunto: lo que han hecho, dice, «ni es justo, ni es ético, ni es digno». Tió, en El Larguero, lo resumió con menos literatura y el mismo diagnóstico: muy poco ético.
Lo que el reglamento no prohíbe
Las juezas, que eran quienes tenían la potestad de castigar el agravio, no encontraron agravio que castigar.
No hay norma que impida reproducir un híbrido ajeno. Ninguna. La natación artística es un deporte de imitación desde su fundación: durante dos décadas, el resto del mundo se dedicó a copiar a Rusia con una devoción de discípulo, y nadie firmó manifiestos. Rusia inventó buena parte de la gramática con la que hoy se le acusa. Doce oros olímpicos consecutivos entre Sídney 2000 y Tokio no se ganan solo espiando entrenamientos.
Reproducir un híbrido tampoco es fotocopiarlo: exige ejecutarlo, con veinticuatro horas de margen, ocho cuerpos sincronizados y las juezas mirándolo a cámara lenta. Rusia lo hizo lo bastante bien como para sobrevivir a la revisión. Eso, guste o no, es una destreza.
La objeción más elegante no la puso una española, sino la ucraniana Inga Giller, exnadadora, que empezó reconociendo que Rusia ha sido durante décadas el motor técnico del deporte para terminar señalando que liderar es algo más que ganar: si la forma de derrotar a tu rival consiste en tomar prestada su innovación, has ganado la competición y has entregado el título de innovador. Un líder, viene a decir, es aquel al que siguen, no aquel que necesita seguir.
Londres, hace catorce años
Londres 2012, final de dúo. Oro para Rusia: Svetlana Romashina y Natalia Ishchenko. Plata para España: Ona Carbonell y Andrea Fuentes. Más de cuatro puntos de diferencia y ninguna polémica, porque entonces la diferencia entre puntuaciones no daba para más.
Catorce años después, las dos mujeres siguen enfrentadas en la misma piscina, pero vestidas y de pie. Romashina dirige a Rusia; Fuentes, que se marchó a entrenar a Estados Unidos y volvió, dirige a España. Lo que ha cambiado no es la rivalidad: es la altitud. Ahora se pelean por dos puntos y medio, y cuando la distancia se estrecha hasta ahí, todo empieza a importar. También lo que se mira desde el bordillo.
Al día siguiente de la final por equipos, Iris Tió ganó el oro en el solo y España siguió acumulando metales en un Europeo que va camino de ser el mejor de su historia. La plata, con el tiempo, se recordará como una gran plata.
Pero lo que defendía Ozhogina no era una medalla. Era la autoría. En un deporte donde no se puede patentar nada, donde no hay marcas registradas ni derechos de reproducción y lo único que un equipo posee de verdad es la idea que se le ocurrió antes que a nadie, la propiedad se sostiene sobre un acuerdo tácito entre adultos: esto es tuyo porque lo pensaste tú.
Rusia no rompió ninguna regla. Rompió el acuerdo. Y las nadadoras, que llevan toda la vida entrenando bajo el agua para que se les vean solo las piernas, han decidido que esta vez se les oiga.

