
Ganó la Vuelta Enric Mas, y esta sola frase hubiese valido millones hace treinta días. Porque vino Tadej Pogačar al asunto, y porque Enric Mas llevaba dos años perdido entre marasmos de mente, piernas y actitud. Ganó la Vuelta Enric Mas, y ganó porque se cayó el otro, pero ganó llegando a Granada, líder el último día, menos tiempo que nadie de los que terminan todas las etapas. Y es así como se hacen estos asuntos, que nadie busque deméritos. Queda por ver si es el comienzo de un nuevo Enric, que ya asomó estas semanas, o el justo premio a un ciclista esforzado y regular, uno al que muchos criticaron (criticamos) en exceso. Inapelable este septiembre.
Merecidísimo campeón.
Un glamour sin glamour, un hostión bien gordo.
Empezaba la Vuelta a España por Mónaco, y eso significa… en fin, significa glamour, lujos, yates gigantescos, avenidas mirando al Mediterráneo que piensan «¿cómo coño hemos aguantao seiscientos años independientes?», más glamour, más lujo. Pues bien, empezaba la Vuelta a España por Mónaco, dije, y… a ver, cómo les comento yo… se sale del Gran Casino, luego pasan por dentro de un circo (ojo a la metáfora), luego entran en los alcantarillados, cruzan el túnel que comunica Villamierda de Arriba con Bolullos de las Pelotas, hacen más escuadras que Messi en un entrenamiento… Vamos, que estuvimos por Mónaco y parecía aquello el barrio de Snake Plissen, estuvimos en Montecarlo y luce como una peli de James Bond que protagoniza José Luis López Vázquez…
Tampoco importó mucho, porque gana Tadej, y se pone de rojo, y quiere llevarlo tres semanucas, y qué es el glamour, en las bicis, sino un Tadej Pogačar motivao…
Había retornado Tadej a la Vuelta, siete años más tarde. Fue, entonces, tercero en Madrid, más tres etapas, más la certeza de un futuro esplendoroso. Entre aquella tarde mesetaria y la de Montecarlo… a ver, dejen que inspire… cinco Tour, un Giro, dos arcoíris, trece Monumentos y la pregunta (fundada, estremece pero fundada) de si es el mejor ciclista que nunca existió. Esos eran los papeles de Tadej Pogačar en Mónaco, y esa era la ilusión de una carrera que falta en su palmarés, que quiere tachar, que brindaba escaparate gustoso para mil exhibiciones. Las hubo, aunque con final ingrato.
¿Participación? ¿Favoritos? ¿No dije que salió Tadej Pogačar?
Vale, apunte, y así nos quitamos la mierda cuanto antes… Polémica «influencer». La Vuelta tuvo como idea genialoide traer una simpática señorita para molestar a miembros del pelotón, de los equipos, de la caravana y a cualquiera con un poquito de pudor y clase. Destacó mucho el asunto porque tocó bien las pelotas (figuradamente) a Tadej, y porque la moza parecía recién salida del reino de Gengis Khan, por decirlo suave. También hizo un chiste de mal gusto sobre la poca disposición de Joshua Tarling para reírle las gracias, seguramente desconociendo que no llevaban ni diez días desde que su hermano Finlay murió durante la Volta a Portugal… Digamos que eso marca el nivel del sujeto, quien desde luego no padece síndrome del impostor. Pero la reflexión debe ir más profunda, y preguntarnos si el ciclismo necesita de estas humillaciones intelectuales para «conectar» con el público, y si ello no iría en contra del aficionado «clásico». Al final esto va de bicis durante cuatro horas durante tres semanas, con muchos tiempos sin «chicha» y muchas acciones que no esperas. Lo contrario al producto almibarado y supuestamente modernuqui que pretende la paisana. No sé, no deberían prestarme atención a mí, que vi correr a Claveyrolat, que digo «chachi», «mazo» o «dabuti» (aunque moriría antes de decir «chachi», «mazo» o «dabuti», es una metáfora), pero… Eso dejando fuera la imagen sexista y cosificadora que tenía el asunto, que ya periodistas féminas con más tribuna y criterio que yo han expuesto…
Hasta aquí.
Por Andorra, y tras suspenderse el primer final en alto (granizada de impresión, los ciclistas que corren como ovejas, bee, bee, hasta un establecimiento hotelero… y luego entran, piden trinaranjus de piña, calimocho, tres horchatas para mí, otro dice no sé qué de unas bravas y empieza a contar dónde invertir tus ahorros, ese aire) dio el gran golpe Tadej. En Andorra ganó su primera etapa de la Vuelta (año 2019, segundo Nairo Quintana, cuarto Valverde, décimo hace Tao Geoghegan Hart), y en Andorra sentencia la edición de 2026. Ataca justo por el ecuador de la etapa (claro que la etapa era chichinabianesca, sus cien kilómetros), en lo más duro de Beixalís, todos se miran, nadie hace amago, empieza a meter diferencias con ese aire de Pogačar, moviendo un pelín los hombros, muy erguido, como si fuese soltando piernas. Persiguen quienes pensábamos que podían perseguir (Onley, Gall, Carapaz, Roglič, incluso un Enric Mas que se muestra más que otras veces, que lleva marchas de sobra), y se quedan solos, y es batalla de dorsales «uno» desde lejísimos… Pero es que Pogačar no deja de ampliar en Ordino, Pogačar no deja de ampliar en Comella, Pogačar entra vencedor con la Vuelta en el maillot. Hubo un instante en que todos pensaron «cinco minutos»…
Así que… a por el segundo puesto.
Quedaba lo de Monte Bartolo, que, entiendo yo, «Monte Bartolo» no suena igual que «Galibier» o «Tres Cimas de Lavaredo», que tiene un toquecito cañí eso de «Monte Bartolo», pero anda que no salió guapo con su pista de tierra, sus pendientes, sus sorpresones. Porque allí atacó Tadej, y se marchó Tadej, y va sin cadena Tadej hasta que se crispa un poco, Tadej, y de repente…
Enric Mas.
Enric Mas aparece como Jack Nicholson en un capítulo de Verano Azul, como Andoni Ferreño en Melrose Place, como Manowar en el Ibiza Mix. Enric Mas recorta a Tadej, adelanta a Tadej justo en la cumbre, parece (joder, solo parece, pero es que parece) podría haberlo descolgao si el puerto dura otro poco. Enric Mas, unánimemente designado como bestia negra de Tadej Pogačar (ejem, ejem). Primer aviso. Después ganará Tadej en Castellón, pero primer aviso. Pocas veces luce mortal este hombre.
Ah, y en el descenso casi se nos escoña. Segundo aviso. No hay nada ganado, aunque esté ganado todo.
Porque luego, en la octava tarde, en la jornada más tranquila desde el principio, en el sprint facilón de Coquard, cuando faltan kilómetros a meta, cuando hay planicie tostona, rectón soberbio, arcén digno, nada viento… cuando el peligro está ausente, cuando se rueda por ir rodando, por pasar otro día… Entonces pum. El hostión, el final. Tadej Pogačar atropella con su bici un pedrolo negro, un pedrolo maléfico, un pedrolo que pusieron ahí los dioses del ciclismo, encelados de sus fuerzas. Y sale volando la bici, y sale volando el ciclista, y besa el suelo, y lo enfocan rápido, y todo el mundo, pero todo el mundo, reconoce gestos, alaridos, magulladuras. Cara con sangre, heridas que asoman, esa manuca al hombro. Imposible. Ahí termina la participación de Tadej Pogačar en la Vuelta Ciclista a España. Ahí hereda Enric Mas un maillot que le sienta fenómeno…
Una semana por el Mediterráneo y Tadej conoció el casino de Mónaco, las alcantarillas de Mónaco, sufrió acoso sexual, hizo simpa en un hotel, se dio paseo por Andorra, tuvo agobios en Levante y, finalmente, besó dolorosamente el suelo.
El verano típico de cualquier británico, oigan…
(Ah, sin noticias de Mikel Landa).
Con buenas patas es todo más fácil
Y queda el asunto más tristón que Campeones sin flipaduras. Enric Mas de líder (con los antecedentes de Enric Mas), Gall, Roglič y Carapaz persiguiendo. Un western de esos con viejales, dicen alguno, aprovechando que se tira para Tabernas. Al este del oeste, con Fernando Esteso y Antonio Ozores, contestan los de más allá. Finalmente salió guapo. Quizá no muy épico, quizá demasiado spaghetti, pero guapo.
Por Enric Mas, principalmente. Enric Mas fue segundo en la Vuelta a España hace ocho años. Apuntaba, entonces. Luego ha subido al podio otras tres veces, sumen un quinto y un sexto. Credencial de sobra para quinielas y parabienes. Sucede que… a ver, cómo decirles… Enric tiene un carisma más Adolfo Suárez (Illana) que Adolfo Suárez (González), más Charlie Custer que Paul Diamond, más Marty Jannetty que Shawn Michaels. Enric es el tío que no ataca, que siempre va como con un piñón alto, que lanza miraditas, que pasa de proponer. Tampoco ayuda su desempeño en prensa, mix de «jo, soy un chaval tímido» con su poco de «a mí qué me dices, joder» y su pelín de «uff, ¿barbacoa?, paso, mañana seguro que llueve, y la carne estará mala, y además me da perezón». Ese aire. Sumen las lesiones, sumen que llevaba dos años horribles, sumen que tampoco fue nunca movilizador de masas, sumen que su ciclismo (y el de Roglič, y el de tantos otros) parece pleistoceno de Jack Haigs y Hugh Carthys frente a la edad dorada de Tadej, Mathieu y Jonas…
Sucede que, como decía mi difunto abuelo, con un órgano viril por encima de la media bien se llevan a cabo los coitos (igual él lo expresaba de forma diferente). Vamos, que sin patas no hay paraíso. Y Enric, en esta Vuelta, tuvo patas. Y le hizo a Tadej lo de Bartolo (mira, como mi abuelo, si es que está todo relacionao), y ganó en Aitana cual superestrella, y mandaba en el grupo, y hasta hizo un ataque moderadamente lejano y valiente por Almería. Y en cada sitio mostró tener más que los que no son él. Y era líder, y las entrevistas salen, y hasta deja posos irónicos, y la gente conecta. Todo es más fácil cuando todo es mejor, y al revés.
Hasta su equipo. Parecía más flojillo que (casi) nunca, parecía remedo de historia que tú hiciste. Pero todos remaron a una, todos hicieron bien su trabajo, todos dieron lo que había que dar (tampoco estaba enfrente el Flandria-Velda, oigan). Con tácticas brillantes, sí. ¿No tienes tíos para que estén con tu líder al final de puertos? Pues filtras para que lleguen donde los fuertes cuando hacen falta. Así se tiran medio sur de los Pablo Castrillo y Raúl García Pierna. Éste, sin temor a exageraciones, fue decisivo para el líder en Calar Alto y La Pandera. Enhorabuena a todos, y especialmente al director, José Joaquín Rojas, que se ha revelado como estratega de postín. Se nota que ha visto muchos documentales de Rommel y Rodolfo Graziani…
Y así transcurren las etapas, con Enric Mas Rockatansky atravesando paisajes postapocalípticos (esa crono), derrochando agua por las temperaturas, en combate contra tíos recién sacados de un videoclip de Village People. Aproximadamente, claro…
El resto de la segunda semana fueron nombres, nombres. Los dos compañeros de equipo, por ejemplo, Matthew Brennan y Wout van Aert. A van Aert lo tenemos más visto y ya perdió parte de su impacto, pero que un corpachón así haya estado en pelea por la montaña, que haya trincao el verde, dos etapas, que haya sido lanzador de su sprínter… en fin. Wout hace muchas cosas muy bien, y ahí está su miseria, porque a veces abusan de él (como ese primo suyo que es un manitas) y porque a veces no lo valoramos cuando baja el listón (como aquel enchufe mal puesto por su primo el manitas). Aquí Brennan le debe bastante. Pero es que Brennan, Matthew Brennan, resulta increíble por sí mismo. Cinco etapas como cinco soles con veintiún años y menos de un mes. Así de memoria… creo que nadie gasta esos números, nadie en la historia. Añadan que lleva un año morrocotudo, añadan que sin cumplir los veinte ya se estrenó por Catalunya (con lo difícil que resulta estrenarse por Catalunya, oigan), añadan que trincó Kuurne y parece más que un velocista… Aquí, en la Vuelta, superaba con solvencia montes medios, y no perdía punch. Un proyecto de ciclista escandaloso, ilusionante. Algunos ya susurran «Peter Sagan», y no parece mal tirao el símil… Ojo, que algunos también susurraron «Tadej» el día que ganó Jakob Omrzel (veinteañero, séptimo en Granada), y lo suyo impresiona, y fue ganador más bisoño en cuatro décadas, pero vamos a ir pasito a pasito, no nos tenga que advertir Mr. Wolf.
Pasito a pasito trincó el maillot a lunares Santi Buitrago, otro de los protagonistas indiscutibles. Buitrago vivió una Vuelta de «casis», una cobra en el último segundo, un «mira, mañana te escribo», un «lo siento, me esperan en casa». Terminó, el pobre Buitrago, tomando la última en cualquier bar de mala muerte, pensando si escribir un poema, poniendo ojillos a esa muchacha del fondo, la que trasiega whisky sin hielo. Un día Wout, otro Brennan, Dunbar cuando casi acaricia… Gran desempeño el suyo, ataques absolutamente locos, muy ofensivo… Pero trinca premio mayor/menor.
Al menos la del whisky era maja…
Ah, tuvieron estos días, por último, el debate sobre los calores, las altas temperaturas, los cambios de hora y demás, con poda incluida a una etapa. No tiene solución fácil el asunto, porque adelantar horario de salida no es cosa fácil (como sabe cualquiera que haya organizado una carrera de juveniles: los cortes de tráfico están tasadísimos desde semanas), modificar los recorridos es cosa imposible (lean paréntesis anterior) y disponer un percorso genérico a estas condiciones resulta precedente chungo (además de incierto en sus resultados, vaya). Así que, oye, nada que opinar si gente mucho más sabia dice que resulta peligroso en esas condiciones (peligroso, que no insano, porque insano es todo el ciclismo profesional, lo insano se incluye en el sueldo). Solo una leve apreciación: me jode que esto lo hagan siempre los ciclistas, y me jode que la organización deba transigir. La organización de Vuelta o Giro, añado, porque en la Grande Boucle no se mueve nadie sin que ellos quieran…
(Ah, sin noticias de Mikel Landa).
¿Y tú me lo preguntas? Landismo eres tú.
Poco que decir, esta semana última.
Poco que decir porque… veamos quiénes juegan por laureles, Enric al margen. Tenemos, primero, a Felix Gall. Felix Gall, misma posición sobre la bici que José Luis Martínez Almeida. Felix Gall, las rodillas mirando a Cartagena y El Ferrol, respectivamente, las ingles más abiertas que tras una depilación en frío. Felix Gall, que piensa en el túnel del viento y está viendo el túnel del terror. Felix Gall, menos biomecánica que Ivar el Deshuesado. Ese Felix Gall. Grandes piernas, estilo más feo que hacerle a Julian Ross un chiste sobre corazones rotos. Pero es, nuestro Felix, un pechofrío enorme, un calculador de chichinabo, alguien que charla con Jean-François Bernard sobre táctica y gestión de fuerzas. Siempre pareció tener un punto de sobra, siempre pareció jugar con pocas luces. Dejó a Mas en su único ataque serio, el último día de montaña en el último puerto, a dos kilómetros de meta. Vale que no tiene un arrancar violentísimo, vale que igual parece lo que no es, vale que Enric contaba con renta de sobra… Pero se vuelve Felix a su casita sin haber probado a fondo el asunto, creo.
El caso de Primož Roglič es distinto. A Primož Roglič fueron a buscarlo, para que corriese la Vuelta, hasta un asilo de los Alpes. Estaba allí, Primož, cenando sus sopitas, viendo La ruleta de la suerte y criticando un poco al gobierno, es la leche, cuando yo era joven sí que sabíamos hacer las cosas. Algunos días, con fortuna, venían jardineros o albañiles y se ponía el buen hombre a mirarlos, por pasar ratuco. Y eso, que a correr tres semanas. Mira, Primož, ya has ganado cuatro veces, pa’ ti chupao. Para allá que fue. A tirarse veintiún días persiguiendo ruedas. A Primož le pedían relevo y él decía mus. A Primož le pidieron ataques y él dijo que no escuchaba, que anda escacharrao el sonotone. A Primož le piden grandeza, un todo o nada, un arriesgar para la quinta, y dice que sí, que bien, pero que anda con la cadera espachurrá, y que hay ahora un viaje a Torremolinos, y que mejor paso, no vaya a perderme lo de Torremolinos, me hace ilusión Torremolinos. Así, de esta forma grisácea, trincó Roglič un pódium que le suma poco al palmarés (excelso, extenso). Pero, oigan, son nueve cajones en Grandes Vueltas, y solo seis tíos suman más en toda la historia, así que no desmerece este verano español todos sus éxitos anteriores.
(Bueno, un poco sí, oigan, que ha sido, su septiembre, lección sobre cómo desfarmear aura).
El otro contendiente pega fenómeno con un vino, dos hielos y media rodaja de limón. Cuando Richard Carapaz sonríe suena un «psssssshhhh» escapándose entre los labios, cuando Richard Carapaz mira le dicen «qué fresquito». Porque Richard Carapaz es pelín gaseosas. En sus ataques, en su forma de correr. A veces pareciera tribunero cual Raúl González salvando un saque de banda, a veces luce como un luchador de wrestling del cual todos esperan los movimientos icónicos. Y él nunca defrauda. Es el agente provocador, es quien lanza la primera granada, es el típico niño que tiraba magias nada más empezar el Golden Axe. Pero es, también, un gaseosas de cuidado, un ciclista que parece salir muy fuerte, que mueve la bici como si saliera muy fuerte, que pone cara de estar saliendo muy fuerte… pero al que capturan trescientos metros más adelante. Aplauso para sus ganas, aplauso por no rendirse. Pero da el mismo miedo que un especial de los osos amorosos por San Valentín…
Así que poco, dije. Una crono cuchufletera, con los favoritos exhibiendo «contravirtudes» (otra vez, Mas al margen), una llegada en alto corrida al más puro estilo «Team SKY Greatest Hits»… y lo otro.
Lo otro.
Lo de Mikel.
Mikel Landa siempre tuvo aire de héroe trágico, que son los únicos héroes sobre los que construir canciones. Siempre esa mirada triste, ese caminar funesto de Aureliano Buendía bebiendo granizaos. A Landa lo empujan, o se queda a un segundo, o le salen gregarios respondones, o paran sus ímpetus desde el equipo. No importa, tiene ese je ne sais quoi que… llámenlo carisma, si desean. Landa es el mensaje de madrugada, ese último chupito «que no me va a hacer daño», el análisis de plantilla cada mes de agosto, las fotos en un álbum antiguo, la conversación que encuentras por el messenger. Landa es, cada tarde, cinco de enero, nueve de la noche. Por eso, porque todo ello termina en decepción pero permite ilusiones, es por lo que queremos a Mikel Landa.
Penó por toda la Vuelta, Mikel. Penó en el penar más grave para alguien como él, que es pasar anónimo. Penó hasta el penúltimo día, hasta la etapa durísima (tirada excelente, parcial impecable), hasta las primeras cuestas del estertor final. Penó y fue desgranando recuerdos, maleficios, fue desgranando piernas en la fuga. Hasta quedarse solo. Casi se come una valla en el ataque final, casi se cae en la curva postrera, ya celebración, hablando con el coche. Ese Mikel Landa. Cuando avanzaba en solitario, apenas kilómetro y medio, el éxito ya seguro, empecé a pensar… Qué puede pasarle ahora… Consulté placas tectónicas, eché las runas, miré todos los partes meteorológicos. Mira que si salta Curro Jiménez por la Sierra Nevada, mira que si se cabrea el espíritu de Boabdil. Nah, llegó. Todo el amor por Mikel Landa, todo eso que llaman «Landismo» se sostiene en las derrotas, continuas e inútiles, porque lo importante no es pasarse la vida, sino vivirla.
Pero qué rica sabe, a veces, una buena victoria…
(No estaba muerto, estaba de par-Landa).
Ahí terminó la Vuelta, aunque quedase fin de fiesta pinturero de narices (falseado por la enésima neutralización fruto de la My Tanned Balls Asociation). Pero estaba todo amarradete. La gran victoria de Enric Mas cuando ya nadie tenía esperanzas. Dominante, tranquilo, certero. Un patrone de espesor por España. Y vale que Tadej, y vale que los oponentes, y vale que niveles, y vale que su pasado. Pero aquí, estas tres semanas, fue el mejor.
Enhorabuena para Enric. Bien merecido.
