
No sabemos quién fue el primero que cruzó una raya dibujada en la tierra, tomó aire y se lanzó contra un grupo de hombres que lo esperaba al otro lado. Tampoco sabemos en qué aldea ocurrió ni cuándo alguien decidió que aquello podía repetirse, convertirse en juego y acabar teniendo reglas. La tradición india ha querido remontar el kabaddi hasta el Mahabharata, pero, como sucede con tantos deportes antiguos, la leyenda llega bastante más lejos que los documentos. Lo que sí sabemos es que durante generaciones se jugó sobre tierra y barro en el sur de Asia con una idea tan elemental que parece anterior al propio deporte: un hombre entra en territorio enemigo, toca a alguien y debe regresar antes de ser capturado.
Eso sigue siendo, en esencia, el kabaddi. No hay balón, porterías, raquetas ni equipamiento que distraiga de lo fundamental. Dos equipos de siete jugadores ocupan cada uno una mitad del campo. Por turnos, uno de ellos, el «raider», cruza la línea central y dispone de treinta segundos para tocar a uno o varios rivales y volver a casa. Cada defensor tocado supone un punto si consigue regresar. El problema es que los otros siete tienen permiso para impedirlo. Para ello, pueden agarrarlo por los tobillos, bloquearlo con el cuerpo, rodearlo o derribarlo antes de que alcance la línea. Es un híbrido entre el «pilla-pilla» y la lucha libre sometido a una geometría que a ratos recuerda al rugby y a ratos al ajedrez.
Durante mucho tiempo hubo además una condición que hacía todavía más extraña la escena. El atacante debía efectuar la incursión en una sola respiración mientras repetía «kabaddi, kabaddi, kabaddi». El cántico no era folclore, sino una manera rudimentaria y bastante ingeniosa de demostrar que no había vuelto a inhalar. De ahí procede una de las imágenes clásicas del deporte: un hombre avanzando hacia siete adversarios mientras recita obsesivamente el nombre del juego que está practicando.
La antigüedad exacta puede discutirse; la historia moderna, no tanto. En Maharashtra se elaboró en 1921 uno de los primeros reglamentos conocidos y dos años después se revisó para un torneo nacional. La All India Kabaddi Federation apareció en 1950 y la actual Amateur Kabaddi Federation of India en 1972. El deporte fue exhibido en los Juegos Asiáticos de Nueva Delhi de 1982 y entró definitivamente en el programa de los Juegos Asiáticos de Pekín de 1990. A partir de ahí dejó de ser únicamente un entretenimiento tradicional para adquirir estructura internacional y aparece en casas de apuestas como Ginja Casino online.
También cambió el escenario. El barro fue dejando paso a las superficies sintéticas, aparecieron las zapatillas y la preparación física convirtió en atletas especializados a quienes antes podían parecer simplemente hombres particularmente buenos derribándose unos a otros. Hay «raiders» explosivos, capaces de cambiar de dirección en centímetros; defensores especializados en lanzarse a los tobillos; jugadores que forman cadenas agarrándose de las manos para cerrar espacios; y auténticos especialistas en utilizar el límite de la pista como si fuera una pared invisible. La fuerza importa, pero probablemente menos de lo que parece. Un defensor de cien kilos sirve de poco si se precipita medio segundo antes de tiempo.
Por eso el parentesco del kabaddi con otros deportes es curioso. De la lucha toma el agarre y el derribo; del rugby, la necesidad de ganar terreno mientras varios rivales intentan detenerte; de deportes como la esgrima, la importancia de la distancia; y del juego infantil de tocar y escapar, casi todo lo demás. Pero su característica más extraña es la desigualdad deliberada: durante cada ataque asistimos a un uno contra siete. El atacante es, simultáneamente, el hombre más peligroso y el más vulnerable de la pista.
Las reglas han aprendido además algunos trucos televisivos. Una incursión dura un máximo de treinta segundos. Existe el «bonus point», que permite al atacante obtener un punto adicional alcanzando una determinada línea cuando hay suficientes defensores sobre el tapiz; el «super tackle», que premia con dos puntos a una defensa reducida a tres jugadores o menos si consigue detener al raider; y el «all out», que concede dos puntos adicionales cuando un equipo elimina temporalmente a todos los adversarios. La Pro Kabaddi League incorporó también recursos como las incursiones «do-or-die» para evitar periodos excesivamente conservadores.
Y ahí está probablemente la gran transformación. En 2014 nació la Pro Kabaddi League con ocho franquicias, retransmisiones televisivas, subastas de jugadores, estadísticas y una presentación inspirada en las grandes ligas profesionales. El experimento funcionó. La competición creció hasta doce equipos y consiguió algo difícil: transformar un deporte asociado al campo y a los patios escolares en un espectáculo de pabellón sin eliminar aquello que lo hacía reconocible.
La internacionalización, además, terminó con la idea de que kabaddi e India eran sinónimos. Irán se convirtió en una potencia y en los Juegos Asiáticos de 2018 derrotó a India por 27-18 en semifinales masculinas, quebrando una hegemonía que parecía natural. India recuperó el oro masculino en Hangzhou, en los Juegos Asiáticos disputados en 2023, venciendo precisamente a Irán por 33-29; también ganó el torneo femenino por un solo punto, 26-25, frente a China Taipéi.
Quizá esa sea la mayor rareza del kabaddi: cuanto más profesional se vuelve, más primitivo parece. Puede haber focos, repeticiones, patrocinadores, estadísticas y pabellones abarrotados, pero el argumento permanece intacto. Alguien cruza una línea. Al otro lado lo esperan siete hombres. Tiene unos segundos para tocarlos, engañarlos y regresar. Y todo el deporte cabe en una pregunta que cualquier niño entendería sin necesidad de conocer el reglamento: a ver si eres capaz de entrar ahí y salir.
