Historia del fútbol español

Dani Güiza y los demás

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Dani Guiza
Cadiz.Dani Guiza. Cordon Press

No hay cosa más triste en la vida que el talento malgastado.
Las decisiones que tomes marcarán tu vida para siempre.

Lorenzo Anello (Robert de Niro) en Una historia del Bronx.

Dani Güiza pertenece a la casta de los trotamundos del balompié que lucen el rango del veterano que todavía mantiene el tipo en los terrenos de juego de aquí a otro confín. En el momento en que se está terminando este reportaje, Güiza ha cumplido 46 años y, cada vez que le preguntan por la jubilación, él siempre responde que le quedan uno o dos años. Pero acaba de fichar por el Trebujena Club de Fútbol de la Primera Andaluza.

Unicejo, con el pellejo curtido. El tiempo ha dejado el rostro de Dani Güiza como el cuero. Y su barba, a veces salvaje, no hace sino sumarle más edad de la que tiene. En Barcelona, con el filial blaugrana, iba todavía afeitado y con el pelo un poco más largo, cuando no engominado. Tenía el jerezano entonces entre 21 y 22 años. Y en la temporada siguiente (2003/2004), cuando fichó por el Ciudad de Murcia, recién ascendido a Segunda División, vestido de rojo, pero con la misma pinta y a la moda, Güiza en algunas fotos se asemejaba a Kiko Narváez, sobre todo si celebraba los goles haciendo también el arquero.

Güiza quería ser Kiko, en realidad. Estando en el Liberación, el delantero gaditano, ya en Primera con el Cádiz, iba un día a la semana a entrenar al equipo. «Con 19 años en el Cádiz tuve que entrenar a unos niños de 10 años y cuando les mandaba correr había uno que se escondía detrás de una palmera: Dani Güiza», revelaba Narváez en Carrusel Deportivo. «Decía que no le gustaba correr, que él quería pelota». «Lo que le ha fallado ha sido un poco la disciplina deportiva. Para muchos futbolistas pasa el tren una vez, pero con él ha pasado varias veces», subraya su primo Daniel Carrasco Güiza para Jot Down Sport.

El niño que no quería correr

Daniel Carrasco vio crecer a su primo con el balón pegado al pie. Solo se llevan un año y vivían prácticamente en el mismo barrio. Uno estaba en el Liberación Club de Fútbol y el otro, en el Jerez Industrial. Desde que tiene uso de razón —cuenta Carrasco— siempre han estado con una pelota, aunque su primo fuera un niño al que no le gustaba mucho entrenar: «A veces tenían que ir a su casa a buscarlo y que fuera a jugar», añade el entrevistado. El propio Güiza, por su parte, recuerda que empezó en el barrio de La Liberación con siete años, primero en fútbol sala, luego en fútbol once, y que su salto al Xerez Deportivo vino casi por un «accidente feliz». «Hicieron un partido amistoso de pretemporada para verme jugar y metí tres goles», relataba Güiza a Josep Pedrerol en El Cafelito. Su primo, sin embargo, no le ve como un jugador muy técnico, de «regate espectacular»; no cree, de hecho, haberle visto nunca hacer una bicicleta, pero sí el desmarque que le liberaba del defensa para quedarse solo ante el portero y hacer el gol. Su gol.

De aquella, todavía en juveniles, surgió la posibilidad de fichar por el Cádiz, pero no llegó a consumarse por una «interferencia administrativa». Lo que pasó es que el club le dijo a Dani Güiza que el Ayuntamiento no le dejaba firmar por el club gaditano. «Tenía que firmar en el Jerez porque, si no, no le daban materiales al Liberación». La versión de Manuel Torres Lapi, exgerente deportivo del Cádiz, tal y como recogía Portalcadista, es que había seguido al chico desde Jerez y vio con claridad que se trataba de un delantero distinto: «Me comentaba un ojeador que teníamos en Jerez de la Frontera que en el equipo Liberación Club de Fútbol jugaba un joven de 16 años que destacaba y que sería interesante verlo». Después vino la prueba en el Rosal, la unanimidad de los técnicos y una operación que parecía encaminada: «Solicité a su club que le permitiera venir al Rosal para hacer una prueba y pudieran verle todos los técnicos de nuestro fútbol base. De cuantos jóvenes vimos, fue de los pocos en que de forma unánime considerábamos acertado su fichaje».

Torres Lapi explicaba que, tras pedir las 150.000 pesetas por la baja de Güiza, el Cádiz se confió. «Ese mismo martes me puse en contacto con el presidente del Liberación para hacerle saber que aceptábamos las condiciones, citándome para el siguiente viernes, y comenté que antes de cerrar la operación quería hablar con sus padres». Pero los progenitores del delantero no se presentaron y el presidente del Liberación le comunicó que el Ayuntamiento de Jerez de la Frontera había mandado a un emisario para decirle que, si Dani se iba al Cádiz, no terminarían las obras de los nuevos vestuarios que estaban realizando en el campo. «Él quería venir, su club era correspondido por el Cádiz en su petición, […] pero solo la poca clase de quienes utilizaron el chantaje le impidieron llevar a cabo lo que, según él me dijo, eran sus deseos». Así se cerró, al menos por entonces, la puerta del Cádiz.

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En Cádiz, con Mágico González, Manuel Vizcaíno y Pepe Mejías. Imagen publicada en el Instagram de Güiza

El tren empieza a pasar

Aquel fútbol agreste de primeros de los 90 podía ser complicado para cualquier futbolista. Daniel Carrasco sitúa el primer despegue serio de su primo en el Dos Hermanas, con Lucas Alcaraz, y después, en el Mallorca B: «En el Dos Hermanas es cuando veo que mi primo tiene ese despunte y pensé que llegaría lejos. Metió unos 15 goles. Eso, en aquella 2.ª B, era difícil».

Dani Güiza llegó al filial del Mallorca de la mano de José Manuel Rodríguez, que había rastreado en Dos Hermanas a aquel juvenil de Jerez que ya empezaba a acumular goles y que, al mismo tiempo, seguía sin parecer del todo un futbolista hecho. Aterrizó en Palma en el mercado de invierno de la temporada 1999/2000 y tres meses después ya estaba debutando en Primera División con el primer equipo ante el Real Club Deportivo Español en San Moix, a las órdenes de Fernando Vázquez. Y aunque perdieron 1-3 y el técnico gallego no continuó en la campaña siguiente, Güiza volvió a subir al primer equipo del Mallorca, esta vez con Luis Aragonés, tan solo dos jornadas después de arrancar la temporada con el filial marcando de manera consecutiva. Jofre Mateu, en El Bar del diario As, recordaba una escena que ayuda a entender el tipo de jugador que era entonces Güiza, tan capaz de aparecer como de desentenderse del protocolo: «Jugaba conmigo en el filial y había dos lesionados en el primer equipo. El día previo a ir, lo convocan para ir con el primer equipo para jugar». Pero a Dani se le pegaron las sábanas y no se presentó al entrenamiento. Sin embargo, Luis Aragonés le convocó igualmente.

Con Aragonés, Güiza disputó cinco partidos de Liga, anotando en El Madrigal contra el Villarreal 20 minutos después de haber saltado al terreno de juego y logrando así el empate en el 72, a pase del sevillano Carlitos [Carlos Domínguez], que había dejado rota a la defensa amarilla. Pero Güiza no volvería a ser convocado por el primer equipo del Mallorca hasta la llegada de Gregorio Manzano en 2002. Dani Güiza había sido una promesa demasiado llamativa como para pasar inadvertida, pero todavía no lo suficiente como para romper la jerarquía de un Mallorca que iba a conquistar ese año la Copa del Rey con Walter Pandiani y el Turu Flores en la delantera. «Dani todavía no había despuntado, y su vida… pues lo que decían. Yo acababa de llegar, tampoco lo conocía al cien por cien, pero los que estaban en la casa lo conocían y aconsejaron cederlo al Recreativo de Huelva», explica Manzano a Jot Down Sport.

Demasiado talento, poca disciplina

Asegura Dani Güiza que Alcaraz en el Recreativo de Huelva le «puteó». «Del Recreativo no me quedo con nada. No me dieron mucha bola y terminé mal. En diciembre ya me fui. Mi entrenador, Luquitas Alcaraz, me llamaba y me decía que quería contar conmigo, pero cuando llegué allí me limpió, me echó directamente del equipo. Cuando estaba dándolo todo, y no sé por qué, ni me hablaba. […] Y claro, si no jugaba, me tenía que divertir», se excusaba Güiza con Pedrerol al ser preguntado por su falta de disciplina y por los pocos minutos que disfrutó —algo más de 90— en los cuatro choques jugados: Valencia, Celta de Vigo, Betis y Alavés.

En esa misma temporada 2002/2003, su siguiente destino fue el Barcelona B, donde llegó en diciembre. Enrique Álvarez Costas le devolvió parte de la continuidad que había perdido y el jugador completó una media campaña notable, con cinco goles en 13 partidos, pero ni siquiera ahí consiguió asentarse del todo debido, una vez más, a su comportamiento, del cual da fe su primo Daniel Carrasco, que pasa a recordar una anécdota ocurrida en el partido del Cádiz contra el Barcelona B en la fase de ascenso a Segunda División: «Vino a jugar al Carranza y el Barça perdió 2-0. Cuando terminó el partido, me llamó y tuve que ir al hotel a recogerlo». «Primo, si te llaman, diles que estoy “de concentración”», le dijo. Resulta que Güiza estuvo de discoteca en discoteca —con el chándal del Barça— y Carrasco se marchó a su casa hasta que, a las siete de la mañana, una llamada del Barcelona le despertó; su primo no había aparecido todavía por el hotel de concentración y tenían que coger el avión. «Me levanté y fui a su casa, pero no estaba. No paraba de buscarlo. A los 15 minutos me volvieron a llamar y me dijeron que ya había aparecido». El Barcelona decidió no renovar a Güiza al acabar la temporada.

Daniel Carrasco menciona en este punto de la historia el nombre de una de las personas más importantes en la carrera de su primo: Quique Pina, que lo recogió para relanzarlo en el Ciudad de Murcia, donde lo presentó a los medios como «el jugador más golfo» de la competición. «Le ayudé en lo personal porque estaba en una situación difícil», contaba Pina a los medios en agosto de 2025. «Lo llevé a un club que en ese momento estaba gestionando, el Ciudad de Murcia. Me ha agradado ayudarlo a nivel humano en las situaciones difíciles que ha tenido y he sido, aparte de representante, amigo en muchas ocasiones».

En la temporada 2003/2004, el Ciudad de Murcia conservó la categoría de milagro, salvándose en la última jornada al ganar 2-9 al Algeciras. Desde su fundación en 1999, este equipo de nueva formación había ido ascendiendo desde el grupo B de la Territorial Preferente hasta Segunda, ya con Juanma Lillo en el banquillo y Dani Güiza en la delantera. Mikel Lasa, que coincidió con ambos, contaba en Relevo que Lillo era el encargado de «enseñar» a Güiza «los movimientos que tenía que hacer, los desmarques, cuándo, hacia dónde y de qué manera…» después de los entrenamientos.

La última oportunidad

De cara a la siguiente campaña, el Ciudad de Murcia sufrió en sus filas un tráfico de altas y bajas que no afectó en absoluto a Dani Güiza, pero sí al banquillo. Juanma Lillo había sido destituido en la jornada 21 y su puesto fue ocupado por Juan José Enríquez durante 13 partidos antes de ser relevado hasta el final del campeonato por Fernando Zambrano. Pero lo que sí cambió en Dani Güiza fue su aspecto. Se había cortado el pelo —un poco mullet— y estaba dejándose una «mosca» entre el labio y la barbilla que pronto derivaría en una sombra de barba a medio cerrar.

A Iván Amaya, que había ingresado en el Ciudad de Murcia en el mercado de invierno procedente del Getafe esa temporada 2004/2005, Güiza le parecía de todo menos un futbolista. Nada en su aspecto físico anunciaba al delantero que sería después. «Me habían dicho que venía del Barcelona, que estuvo en el Mallorca y que fue el máximo goleador del equipo, pero para mí tenía una mala pinta enorme», comienza contando a Jot Down el defensa madrileño, que ya había jugado contra Güiza el año anterior.

La gente le decía a Amaya que estaba loco por irse al Ciudad de Murcia, «a un equipo que no tenía historia y que estaba por descender», y lo que allí se encontró fue una mezcla de futbolistas curtidos y un puñado de incorporaciones que cambiarían el rumbo de la temporada. Mari Givanel, Curro Montoya, Mirel Falcón, José Juan, Cristian Díaz, Dani Güiza… «¡Hostias con el mala pinta!», exclama Iván Amaya al recordar el primer entrenamiento con el jerezano. «Yo no he visto un jugador de cara a puerta con tanta facilidad. Tenía el don del gol. Sabía dónde tenía que colocarse en todo momento y golpeaba muy bien a las espaldas del rival», señala.

Por su lado, Dani Güiza, que venía de años difíciles, era consciente de que aquella podía ser su última oportunidad. «Cuando cenábamos, Dani no salía ni a tomar una copa con nosotros», retoma Amaya. «A lo mejor acababa la cena y ya le estaban esperando a la puerta para ir a casa». Cree, incluso, que Quique Pina tenía a alguien que le avisaba en cada momento.

Hay un partido concreto en esta historia en el que tanto Dani como Iván figuraron en la alineación titular que esa tarde se enfrentaba al Recreativo de Huelva en el Nuevo Colombino, con una afición local dispuesta a amargarle el juego a su exjugador: «¡Borracho!». Amaya recuerda, en cambio, que pocas cosas parecían afectar realmente a su compañero. «También era para sacarle del partido, porque los rivales buscan que el jugador se desestabilice y yo creo que Dani en ese sentido era fuerte y un tío cachondo. Nosotros entrábamos al vestuario y le decíamos: “Hostia, Dani… ¡Cómo te están poniendo estos!, ¿no?”. Pero lo supo gestionar muy bien». Tan bien lo gestionó que, aunque el Ciudad de Murcia cayó por 3-2, Güiza hizo las dos dianas de su equipo.

A esas alturas del campeonato, en la jornada 35, dentro del vestuario ya nadie dudaba de que aquel delantero estaba destinado a regresar a Primera División. «Yo creo que era su momento», continúa Amaya. «Que un tío, en puestos de descenso, sea capaz de ser el máximo goleador otra vez era muy difícil, pero él lo consiguió. Teníamos muy claro que era su año». Güiza se quedó a cinco tantos de Mario Bermejo (Racing de Ferrol) para ser el pichichi de Segunda División y el Ciudad de Murcia acabó salvándose, concluyendo la campaña 2004/2005 en la decimoctava posición.

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Daniel Gonzalez Guiza. Coliseum Alfonso Perez. Getafe, Madrid. 21-09-2005. Cordon Press

El gol abre la puerta

En el verano de 2005, tras la primavera en la que As había colocado el nombre de Dani Güiza en la órbita de Osasuna y de otros clubes, el Getafe se impuso en la carrera y desembolsó 800.000 euros por el futbolista, entonces el fichaje más caro de la historia del club. En su presentación, Alfredo Duro lo describió como «un talento en estado puro» que venía avalado por su clase y por meter muchos goles en el Ciudad de Murcia: «Es un goleador, un hombre con multitud de recursos en la finalización de la jugada. Nos va a servir de muchísima ayuda». El propio Duro insistía en que aquella nueva hornada azulona debía sostenerse sobre la seguridad de los nombres elegidos y Güiza llegaba como una de las piezas sobre las que debía construirse el Getafe de Primera.

El delantero respondió rápido. En la pretemporada en Hungría ya dejó su firma con un hat trick al Gyor Eto que el técnico Bernd Schuster alabó. Dani interpretó que su entrenador estaba «muy satisfecho del trabajo general del equipo». De hecho, la temporada acabó con el Getafe en novena posición, por delante del Atlético de Madrid y a solo tres puntos de Europa. «Gracias a los goles que hizo Dani en esas temporadas en el Getafe, nos ayudó a luchar ese año por posiciones de Europa», comentaba su compañero Diego Rivas en El bigote de Abadía.

Ya la siguiente temporada no fue la de la sorpresa, sino la de la confirmación. Güiza marcó 17 goles entre Liga y Copa e hizo historia al anotar el primer gol del Getafe en el Santiago Bernabéu. También fue uno de los héroes de la Copa del Rey que eliminó al Barcelona en semifinales. Al mismo tiempo, su figura iba creciendo también fuera del campo. Schuster, en una respuesta recogida por EFE, explicaba que desde que Dani estaba con Nuria Bermúdez había cambiado —se puso mechas y empezó a peinarse con cresta—: «Ahora viene afeitado y peinado. Antes, cuando venía a entrenar, a veces llegué a pensar si había dormido debajo de un puente».

Para Gheorghe Craioveanu, Dani Güiza era un «grandísimo delantero», de los mejores que había visto a la hora de desmarcarse y rozar el fuera de juego, pero «su problema es que era un poco cabra y llevaba una vida desordenada y eso le ha perjudicado. Pero ahora está más asentado. Nuria tiene mucho carácter y parece que le tiene bien agarrado», reía el rumano en una entrevista con El Correo. En otra declaración, esta vez en el mencionado podcast El bigote de Abadía, aseguraba que Dani era posiblemente «de los chicos que más iba a su bola» porque «casi no sabía tres jugadores del equipo contrario dos días antes de jugar» y «le daba igual todo».

Acercándose el final de la temporada 2006/2007, el mercado volvió a girar alrededor de Güiza cuando el Mallorca volvió a interesarse por el delantero. Schuster, en otra declaración a EFE, veía el movimiento con poca sorpresa y menos lógica futbolística: «Es un cambio de equipo rarísimo. Estando hoy día en Getafe no tiene que cambiar por el Mallorca. Si te pagan tres veces más dinero, a lo mejor te vas, pero como no es así, no le veo la lógica. Como es un tema de Güiza tampoco me sorprende mucho. Ya le conocemos todos cómo es, no nos va a sorprender». El alemán añadía incluso que, en su opinión, el Mallorca no era mejor que el Getafe y que se entendería más un salto al Deportivo de La Coruña o al Atlético de Madrid. Pero el fútbol de Güiza no obedecía siempre a la jerarquía aparente de los equipos. Una mañana, después de un entrenamiento con el Getafe, el propio jugador lo certificaba: «Me voy al Mallorca, el jueves me presentan». Poco después aclaró el motivo y el tono de la ruptura: «Yo no he dado el paso para ir al Mallorca. El presi [Ángel Torres] me dijo que me iba a vender, pero no he hablado aún con él ni me he despedido». Y remató disgustado que se iba «jodido» porque había disfrutado mucho en Getafe.

El hacedor de goles

En marcar. Eso era lo único en lo que Dani Güiza pensaba cuando encaraba portería. Gregorio Manzano lo define como un «hacedor de goles». Bien lo supo cuando Güiza regresó al Mallorca en 2007, cinco años después de haber sido cedido al Recreativo de Huelva por la escuadra balear: «Estábamos buscando un delantero centro porque tuvimos cedido a Maxi López. Teníamos al Caño Ibagaza y con sus características necesitábamos un jugador que jugara más al espacio, más al margen, alguien de referencia puramente como un delantero centro estático o al menos fijador de centrales». «Tuve la suerte de tener detrás al Caño Ibagaza. Con él, lo único que tienes que hacer es correr hacia adelante», certificaba Güiza en El Mundo en aquel momento.

Fue el secretario técnico Nando Pons quien le hizo ver a Gregorio Manzano que existía la posibilidad de que el Getafe cediese a Dani Güiza, pero también estaba su vida extradeportiva, aunque entendieron que, si el futbolista era necesario para el equipo y además el complemento al Caño Ibagaza en el juego, había que arriesgarse y ficharle —Manzano recuerda que fueron alrededor de tres millones y medio de euros—. Güiza, por su parte, estaba seguro de que Manzano le comprendería, porque «además de entrenador, es psicólogo», y eso fue muy importante para él: «Sabía tenerme en mi sitio. Era algo que me costaba porque se hablaba mucho de mí, de cosas que no son fútbol, y eso hace que te comas la cabeza».

La temporada arrancó con cierta normalidad, ganando al Levante en casa con dos goles de Ibagaza y uno de Güiza, que volvería a marcar en la segunda jornada contra el Atlético de Madrid en el Vicente Calderón. En la tercera, el Villarreal se marchó a casa con tres puntos y una victoria por la mínima (0-1). Pero en la siguiente el ariete andaluz salvó al equipo empatando 1-1 en el minuto 77 ante el Almería. «Era un equipo muy ofensivo, un equipo con buenos jugadores. Dani se sirvió de todo ese caudal de futbolistas a su alrededor, en especial de Ibagaza, insisto, para empezar a anotar goles y buscar lo que él siempre ha tenido: el gol», retoma Manzano.

La «calahíta» del pichichi

San Mamés. Jornada 35 de la temporada 2007/2008. Hasta ese partido contra el Athletic, el Real Mallorca iba décimo en la clasificación y Dani Güiza estaba a punto de superar a Luis Fabiano y convertirse en pichichi a falta de cuatro jornadas, incluyendo el encuentro de Bilbao. Estaba nervioso. De hecho, a día de hoy sigue teniendo ese «cosquilleo» en el estómago antes de saltar al terreno de juego.

El míster Gregorio Manzano se encontraba entre el vestuario y los banquillos buscando concentración mientras sus chicos calentaban sobre el césped. Paseando por las entrañas del antiguo San Mamés, el técnico llegaba otra vez a ese vestuario que él recuerda como «no muy amplio», en cuyo suelo había una colilla. «Le pedí opinión a los utilleros y nadie sabía nada. Todo el mundo —como se dice vulgarmente— se estaba haciendo el loco». Era mejor esperar hasta el final del choque.

La afición local recibía con una sonora ovación a Carlos Gurpegui, que volvía a los terrenos de juego después de dos años de sanción por dar positivo por nandrolona, detectada en un control antidopaje realizado tras un partido frente a la Real Sociedad en 2002. Salió el navarro en solitario, con el 18 a la espalda. Su dorsal. En realidad había regresado al Athletic el fin de semana anterior contra el Real Madrid en el Santiago Bernabéu, pero el paseo de la Castellana no es San Mamés, donde ondeaban las ikurriñas y destacaba, por contraste cromático, el verde del césped con el rojo y el blanco de las banderas.

Por la televisión, Jaime Ugarte retransmitía para Canal+: «Ahí ven cómo responde la afición a este jugador que […] se ha convertido en un verdadero símbolo». Se podía oír de lejos el apellido Gurpegui coreado por los leones en la Catedral. Lo escuchaban los vecinos de Basurto e Indautxu y los jugadores del Mallorca desde el vestuario visitante. Lucían de negro —con pantalón blanco— los titulares de Gregorio Manzano: Moyá, Molinero, Nunes, David Navarro, Varela, Borja Valero, Basinas, Arango, Webó y Dani Güiza.

Pasados dos minutos escasos del inicio, Dani Güiza le cogía la espalda a Gurpegui y pinchaba un balón largo de David Arango que le había mandado desde la banda derecha. Si antes San Mamés era una fiesta, en ese instante era un funeral. La cara de Martín Caparrós, el técnico del conjunto bilbaíno, era para verla. Asistía atónito a lo sucedido mascando un chicle. Se resignaba, agachaba la cabeza y se daba la vuelta hacia el banquillo mientras Güiza se abrazaba con Molinero y Arango. El partido acabó con un 1-2 en el marcador. El Mallorca se llevó los tres puntos y Dani Güiza superaba a Luis Fabiano porque, además, había sido suyo también el segundo gol. «Yo nunca le pongo el número de goles. Siempre he dicho que voy partido a partido y la verdad es que nunca me pongo ninguna meta», declaraba el jugador ante los medios.

Gregorio Manzano prosigue con la historia del misterioso cigarro: «La gente estaba contenta. Entonces cogí a los utilleros y les dije que, si no me decían qué había pasado con la colilla, estaban en la calle. Me vinieron a decir que, efectivamente, Dani se había echado una calahíta antes del partido». Pero todavía no procedía el toque de atención a su jugador. Antes debía acudir a la rueda de prensa. Ya se lo encontraría al salir, como así fue:

—Dani, ¿qué marca de tabaco fumas?
—Yo no fumo, míster —contestaba extrañado Güiza a su entrenador.
—¿Pero la marca es buena o es mala?
—Que yo no fumo, míster —volvía a responder el jugador dejando escapar una sonrisa pícara.
—Si en todos los partidos ganamos como hoy, 1-2, y tú marcas los dos goles, antes te compro un cartón de tabaco de la marca que tú me digas.

Dani Güiza sonrió y siguió adelante.

—Anda… Tira para el autobús… —le despedía Manzano.

Después le tocó a Ariel Ibagaza, uno de los capitanes, dar las pertinentes explicaciones. «Caño…». Y el mediapunta argentino le vino a decir a su entrenador: «Es que se quita los nervios de vez en cuando y nosotros le damos un cigarrillo para que se tranquilice». «¡La madre que os parió!», exclamó Gregorio Manzano. «Era una situación un poco rocambolesca, pero también práctica; si ese era su modus operandi para quitarse los nervios y estar metido en los partidos y hacer lo que hizo, pues le hubiera comprado no un cartón, sino dos cartones».

Todavía quedaban por delante Osasuna, Barcelona y Zaragoza, y los tres caerían derrotados. En todos ellos, Dani Güiza encontró portería, sumando tres goles más a los 24 que ya contaba en su casillero particular. En total, 27, pero ninguno de penalti. Y no sería por falta de ocasiones. El entrenador jienense recuerda el partido contra el Murcia hacia el final de esa misma temporada. «Antes del partido anuncié que, si había algún penalti, se lo dejaran tirar a Dani, que nunca había tirado ninguno antes; no era el indicado ni el especialista porque, entre otros, estaba el griego Angelos Basinas». Pero Dani se negó: «No, míster, yo lo que quiero es que el equipo gane. Lo primero es el equipo». «Le cogí y le dije: “¿Qué es lo que no entiendes? ¿Estás bien de la cabeza?”. Me decía que lo primero era el equipo», retoma Manzano, a quien Dani Güiza le dedicó el trofeo Pichichi y el Zarra cuando subió a recogerlo en Madrid al finalizar la campaña.

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Daniel Gonzalez Guiza. Pretemporada 2003. 11-08-2002. (DIG). Cordon Press

La segunda cerveza

La temporada del Mallorca terminó de colocar a Dani Güiza en el escaparate y Gregorio Manzano no tuvo dudas de que acabaría llamando a la puerta de la selección. «En cualquier selección, pienso yo, el seleccionador no va a dejar de llevar al pichichi de la liga correspondiente. Llámese Francia, Alemania o Italia, y España no iba a ser menos. Entonces empecé a avisarle —antes de la última convocatoria de Luis Aragonés— de que se cuidara, que estuviera pendiente». A Güiza, sin embargo, la idea le sonaba todavía a ficción. Manzano le insistía: «Dani, en la segunda cerveza acuérdate de mí». Y el delantero, todavía incrédulo, respondía: «¿Cómo, míster?». Entonces venía la advertencia, casi paternal: «Que en la segunda cerveza te acuerdes de mí, porque vas a ir a la selección y vas a estar en la Eurocopa». Güiza todavía no había aprendido a creer del todo en esa posibilidad: «Míster, vamos, es imposible. No me han llevado nunca». Pero el mensaje era claro. «Vas a ir al Europeo y lo que tienes que hacer es cuidarte. Te tomas una cerveza, pero en la segunda ya te acuerdas de mí».

Y así fue: Luis Aragonés llamó a Güiza para el partido de clasificación ante Suecia, pero no sería hasta cuatro días después, ante Irlanda del Norte, cuando debutaría con la camiseta de España. Schuster vio venir aquel salto. Cuando Dani Güiza fue convocado por Luis Aragonés, el técnico alemán comentó en rueda de prensa que Güiza había mejorado mucho en los últimos años y que era un gran premio para él ir a la selección española: «Se lo merece tras hacer un cambio en su tipo de vida y ahora saca los frutos. Es un goleador que ha tardado unos años en llegar, pero tiene una calidad que muy pocos tienen en la liga española».

Iván Amaya, que había estado a las órdenes de Aragonés en el Atlético de Madrid, coincide en que nadie entendió mejor a Güiza que el técnico de Hortaleza, que le abrió la puerta de la selección y, en cierto modo, de la madurez futbolística: «Luis Aragonés tenía un corazón enorme, grande, sabía de la preocupación que podía tener con Dani Güiza y le ayudó. El abuelo fue el que le hizo futbolista». Esa tutela, por así decirlo, le permitió al delantero asumir que su historia, por fin, había subido de categoría, como así demostró durante la Eurocopa de 2008, llorando de rodillas sobre el césped del Salzburgo Arena, haciendo el arquero, después de haberse infiltrado en las líneas enemigas y batir al meta griego Antonios Nikopolidis de un testarazo en el último suspiro del encuentro. Gol de Güiza. Abrazaban al 17 sus compañeros: Sergio Ramos el primero, mientras en casa, en el barrio de Cerrofruto, una docena de familiares celebraba la jugada con Pepi, su madre, destacando con una camiseta roja como la que estaba sudando su hijo en Austria.

«Abuelo»

«Yo tengo un título con la camiseta de mi país. Eso no lo puede decir todo el mundo, pero yo sí. Y con Luis Aragonés de seleccionador». A Güiza se le iluminaba la cara cuando soltaba esta frase. La Eurocopa de 2008 fue la confirmación definitiva de esa confianza. Güiza marcó también a Rusia y vio cómo España avanzaba hacia una final que acabaría por convertirlo en campeón de Europa. «Eso es lo más grande que hay. Eso es lo más bonito y también ver a tanta gente feliz».

«El abuelo llegaba, tenía fuerza», recordaba Dani Güiza. «Salíamos motivados. Motivadísimos. […] Había nombres que se inventaban y te tenías que reír». Aragonés también le llamó con la idea de llevárselo a China. Dani explicaba que él estaba con su mujer cuando recibió la llamada del míster; se habló de dinero, del viaje y, por un momento, la aventura pareció real, pero no para su pareja, que se negaba a ir a China hasta que supo la cantidad económica que le ponían sobre la mesa. Sin embargo, ni China ni chino. Luis se fue antes y, con él, también la posibilidad de una huida que habría cambiado todavía más la vida de Dani.

La historia de Aragonés y Güiza no terminó en la selección. Se prolongó en Estambul, ya con el Fenerbahçe como destino y con un contrato que situó al delantero en otra dimensión económica. Poco antes, en 2008, cuando aún estaba en el Mallorca, As ya informó de que el Barcelona se había frenado y que podía haber renunciado al fichaje. El propio delantero había escogido al Barça entre los clubes interesados, y el movimiento tenía para él una carga simbólica evidente: una «espina clavada» de su paso por el filial. Pero el Barça reculó, la operación se enfrió y todo quedó suspendido. Güiza, que había recuperado brillo en el Mallorca y había llamado la atención de media Europa, estaba otra vez en la frontera entre el salto y la permanencia.

Igual que se incomoda cuando le recuerdan los años del papel cuché, Dani Güiza se motiva viendo sus highlights en YouTube: la picadita —un «pikachu»— a Igor Akinfeev en la semifinal de la Eurocopa de 2008, una asistencia de tacón con el Cádiz, su gol al Real Madrid en el Santiago Bernabéu o los más exóticos con el Fenerbahçe. Hay en concreto una jugada que es hipnótica al revisarla a cámara lenta. El esférico, que había salido disparado de la bota de Güiza, hacía una curva interior que moría pasando la escuadra, lejos de la estirada de Mahmut Bezgin, que ni volando hacia su izquierda pudo detener el balón. Una vez repuesto del aterrizaje, el meta del Gaziantepspor se preguntaba cómo se había producido aquel milagro de la física.

En El Cafelito, Güiza recordaba que el equipo turco pagó «14 o 17 kilos» y firmó por cuatro años, aunque estuvo tres. «Sí, estuve muy bien. Y con la afición también. Ganamos una Liga, una Copa y una Supercopa. […] Lo que pasa es que me salieron ofertas en España y el Fenerbahçe se hacía cargo de la mitad de la ficha y el otro equipo se hacía cargo de la otra mitad, entonces le dije a mi mujer que nos volvíamos a España porque ya tenía tres contratos sobre la mesa».

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Junto a su primo Dani Carrasco Güiza en una foto reciente. Imagen publicada en el Instagram de Güiza

Un Aston Martin blanco (por qué no fue al Mundial)

El fútbol español, en concreto el Getafe, volvió a recibir a Dani Güiza en 2012, pero ya no era el mismo delantero que había salido de allí cuatro años antes rumbo al Mallorca. Habían pasado el pichichi, la Eurocopa, el Fenerbahçe, la selección, los titulares de la prensa del corazón y también el desgaste. Las entrevistas no le gustan demasiado. Su verbo «arrastrado» en los medios contrasta con sus pérdidas de la /d/ intervocálica cuando le cuenta a un grupo de compañeros cómo se cargó su Aston Martin blanco de camino al Coliseum Alfonso Pérez.

A Güiza se le había visto tocar las palmas con el Canijo de Jerez en el Festival de la Primavera de Sanlúcar de Barrameda y tirado con el coche saliendo de Majadahonda. «¿Pero por qué tienes que contar mis cosas, quillo?», reprendía el jugador a un compañero del Getafe en la previa contra el Málaga. Sobre el césped del estadio madrileño, hacían corrillo un grupito de locales y visitantes, entre los que se encontraba Santi Cazorla, que azuzaba para que le contaran la historia. A Güiza se le veía apurado, pero miró por encima de su hombro a las cámaras de Canal+ y bajó el tono de su voz:

—Iba con el coche… Y en vez de echar gasolina eché diésel… No veas la que lié. Llegué tarde, hermano. Nos íbamos para Sevilla a jugar contra el Betis. Qué desastre, tío… Y además que no es eso, es que la manguera no entraba. Y yo desde lejos…

Dani acompañaba la narración como si de verdad estuviera repostando, inclinándose y apuntando desde cierta distancia mientras apretaba con el dedo índice el gatillo. Todos estallaron en una carcajada, incluso los que ya se la sabían. Cazorla se dobló como una alcayata de la risa. Pero ahí no terminaba todo:

—Y cuando el coche empieza: «boom, boom…». ¡Hostia, pisha! Me quedaban 15 minutos y se me quedó el coche parado allí, todavía en Majadahonda.

«¡Vaya torrija, monstruo! Echándolo desde fuera, tío. Qué personaje», se carcajeaba Santi Cazorla, cruzado de brazos sin perder detalle de la peripecia. ¿Y el coche? El coche, bien, gracias.

Testigo del incidente fue el capitán Javi Casquero, que se lo cruzó en el camino: «Él cogía la misma carretera que yo para ir al Coliseum. Al poco tiempo de comprarse el Aston Martin, le veo un día en el arcén con el coche parado. Llamé a un amigo que tenía relación con él y le dije: “Oye, llama a Dani. […] A ver qué le ha pasado en el coche”. Y, bueno, el tío había echado diésel al coche de gasolina. Y como no le entraba la boquilla empezó a tirar el diésel desde unos centímetros. Llegó tarde a la convocatoria», daba fe en el podcast El After de Post United.

En las dos temporadas en las que Güiza estuvo en el Getafe, los reporteros esperaban al jugador en los entrenos para preguntarle por su vida privada, su hijo y su expareja, Nuria Bermúdez. «¿Tienes algo que comentar? ¿Piensas emprender alguna acción legal?». Pero Dani no hablaba. Se limitaba a mascar un chicle. Ya se ocuparía Adrián Colunga de responder: «Hizo un trío con Malena Gracia y Aramís Fuster. ¡Cuéntale lo de Aramís Fuster, Dani!». «Lo peor que hice en mi vida. Eso fue lo que me echó del Mundial», confesaría el afectado años después. A partir de ahí, lo demás se entendía como una consecuencia, pues estaba convencido de que aquella exposición le costó también un salto al Barcelona que había tenido muy cerca. En su relato aparecía incluso la figura de un jugador del Barça que habría pesado para frenar la operación. Dani evitaba dar el nombre, pero sí dejaba claro el alcance de aquel veto. El Barcelona estaba interesado —según Juanma Lillo—, Güiza lo sabía, su nombre ya sonaba con fuerza y el entorno del club azulgrana había tanteado la operación.

Y con la selección de Vicente del Bosque, Güiza había llegado a la última lista con la expectativa de estar dentro. «Me llamó Fernando Hierro. Yo estaba con la familia, con mi mujer y todo, allí con una botella de champagne, esperando. Porque, claro, iba siempre convocado, pero me dijo que no iba a ir convocado. Que iba a ir otro futbolista». El delantero agradece todavía el modo en que se lo comunicaron: «Me llamó por teléfono, me lo dijo normal. Y yo estoy muy agradecido que me llamara y que me lo dijera así, antes de verlo». Pero la herida seguía —y sigue— intacta: «Tú sabes lo que es jugar un Mundial. Ya es complicado vestir la camiseta de España, así que un Mundial es lo máximo porque ya no hay otra cosa».

Años después, cuando ya había pasado por Turquía, cuando el Fenerbahçe había pagado por él una cifra de otra galaxia —«14 o 17 millones»— y cuando su regreso a España ya no tenía el brillo de la ascensión, sino el cansancio de la intermitencia, el futbolista seguía arrastrando la fama, el castigo y la mala reputación. Dani Güiza pudo haber fichado por el Hércules Club de Fútbol, cuando el máximo accionista del club alicantino, Enrique Ortiz, hizo una oferta al Fenerbahçe de cuatro millones de euros por el jugador, pero no tenía intención de subir hasta los siete del Rubin Kazán ruso. Pero Dani Güiza no se fue ni a Rusia ni a Alicante, como tampoco a China. Pero estuvo cerca, en Malasia, vistiendo la camiseta del Johor Darul Ta’zim en la temporada 2012/2013.

Vuelo sin escalas

En 2013, de vuelta de Malasia, Europa se le quedaba demasiado pequeña para sus contratos y demasiado grande para su vida y encontró en Paraguay un nuevo hogar. Cerro Porteño apostó por un delantero que cinco años antes había sido pichichi de Primera y campeón de Europa, pero que llegaba después de un paso irregular por el Fenerbahçe, el Getafe y el Johor Darul Ta’zim. En su presentación, lejos de esconder su pasado, Güiza hablaba de la necesidad de volver a encontrar motivación: «Me intrigaba cómo era el hincha sudamericano y la gente de Cerro es impresionante. Me hace sentir vivo», declaró, según palabras recogidas por Diario HOY. Incluso contemplaba terminar allí su carrera: «Quizás me retire aquí». La adaptación, dijo, fue sencilla gracias al vestuario: «Estoy viviendo cosas lindas, porque este es un club grande, y por la ayuda de mis compañeros, que han hecho más fácil mi adaptación».

El primer semestre fue el de la adaptación y el segundo, el de la recompensa. Güiza disputó 12 partidos del Torneo de Clausura 2013 y marcó tres goles, suficientes para formar parte del Cerro que conquistó el campeonato. En 2014 encontró continuidad y volvió a parecerse al delantero que había sido. Explicó que al principio tuvo que esperar su oportunidad, porque el equipo funcionaba y no perdía, pero terminó ganándose el puesto y, sobre todo, a la afición. Sin embargo, su salida anticipada no tuvo que ver con el fútbol ni con el dinero. «Me vine porque mi padre se puso enfermo o, si no, hubiera seguido allí por lo menos cuatro o cinco años», contaba a Pedrerol.

La penúltima y pa’ casa

Ya en España, con 34 años y sin equipo, Dani Güiza recibió una llamada que tenía algo de desafío y contradicción: el Cádiz quería ficharlo. Pero había un problema: años antes, el delantero había dicho que nunca vestiría la camiseta del Cádiz y aquella frase seguía viva en la memoria de los aficionados cadistas, que le recibieron con un «Güiza, muérete» en su presentación a puerta cerrada. Pero el protagonista de esta historia se hacía cargo del agravio y se disculpó por lo dicho en el pasado: «Lo primero que quiero es pedir perdón. He dicho muchas tonterías a lo largo de mi vida. He madurado bastante y solo espero poder hacerlo lo mejor posible».

Y entonces ocurrió algo muy propio de la historia de Güiza: el fútbol terminó corrigiendo a la memoria y terminó aquella temporada como máximo goleador del Cádiz, con 13 tantos. De hecho, se coronó como el ídolo el 26 de junio de 2016, en el Rico Pérez de Alicante, contra el Hércules. El Cádiz había ganado 1-0 en la ida y necesitaba defender la ventaja. En el minuto 18, Álex Muñoz perdió el equilibrio. Güiza estaba allí. Le robó la pelota, encaró al portero y definió con la derecha. El balón entró junto al palo y la gesta devolvió al Cádiz a Segunda División seis años después. El mismo hombre al que habían recibido entre insultos acababa de convertirse en el héroe del ascenso.

Güiza todavía jugaría una temporada más en Segunda División con el Cádiz, pero fue el último capítulo de su carrera en el fútbol profesional. Después llegó el Atlético Sanluqueño y empezó otra vida, lejos de los grandes estadios, de los contratos millonarios y de las convocatorias de la selección. El fútbol reducido a su forma más elemental: entrenar, jugar y volver a casa. Ya lo declaró él mismo cuando renovó con el Atlético Sanluqueño: «Trabajo, trabajo… y mantener la categoría». Iván Amaya, que colgó las botas cerca de los 38 años en el Club Deportivo Illescas, sigue observando desde la distancia cómo su antiguo compañero se resiste al retiro. No le sorprende. «Con lo poco que corre, se puede tirar jugando hasta los 50 si quiere», comenta entre risas.

Después del Atlético Sanluqueño, Güiza siguió bajando escalones sin dejar de subir al campo: Unión Deportiva Algaida, Club Deportivo Rota, Unión Deportiva Roteña, Rayo Sanluqueño, Jerez Industrial… El mapa de su carrera se fue concentrando en Cádiz y sus alrededores, en Tercera División y en Primera Andaluza. Cuanto más se aleja del futbolista que fue, más se parece al niño que empezó jugando en el Liberación. De hecho, en 2009, cuando todavía estaba en la cima, había utilizado parte de su dinero para ayudar a un niño de nueve años de Jerez, Fran Brenes, que necesitaba un tratamiento que su familia no podía afrontar. Güiza se enteró de su caso a través de un programa de televisión y decidió pagarlo. «Yo también tengo niños y si no pudiera me gustaría que me ayudasen. Como yo puedo, quería ayudarles a ellos», explicó entonces.

En su ocaso, Dani también ha participado en partidos benéficos y actos vinculados al fútbol de su tierra, y su presencia en estas categorías no parece responder a la nostalgia de lo que fue, sino a algo más sencillo: sigue disfrutando de estar dentro del fútbol. Allí donde todavía hay un balón y un partido, Güiza encuentra un lugar. Sin ir más lejos, en junio de 2026, camino de los 46 años, volvió a cambiar de camiseta. Después del Jerez Industrial, firmó por el Trebujena Club de Fútbol, también de la Primera Andaluza. Y, es más, a finales de agosto se enfundó la camiseta del Club Deportivo Zona Sur de su primo Daniel Carrasco para jugar un amistoso y, de paso, meter un gol, que es lo que ha sabido hacer en toda su carrera.

El fútbol profesional hace tiempo que dejó de esperar a Dani Güiza. Él, sin embargo, todavía no se ha ido. No sabe retirarse; solo sabe cambiar de campo. Y sus padres, Pepi y Gabriel, ya no lo verán desde la grada; lo harán desde el cielo.

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