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Mike Tyson, como Dani Alves: mártir tras la acusación de violador

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Mike Tyson (Foto: Cordon Press)
Mike Tyson (Foto: Cordon Press)

Este fin de semana, Dani Alves ha participado en el macroevento evangélico The Change Madrid 2026, celebrado en el estadio Metropolitano ante decenas de miles de asistentes enfervorecidas, como suele ser habitual en este tipo de encuentros. El exfutbolista habló de su transformación personal tras haber pasado por la cárcel y afirmó que era Cristo quien lo había «liberado». Sonaba música góspel, oraciones colectivas.

En los últimos meses, ha aparecido en varias ocasiones como predicador evangelista. Un contraste con lo ocurrido años atrás, cuando fue acusado de agredir sexualmente a una mujer en una discoteca de Barcelona. Pasó más de un año en prisión preventiva y fue condenado en primera instancia a cuatro años y medio de cárcel, pero en marzo de 2025 el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya revocó la sentencia y lo absolvió en una polémica decisión, que ponía en duda la completa veracidad del relato de la mujer sin descartar que el suceso pudiera haber ocurrido.

Ahora mutatis mutandi, es una víctima.

En los 90, hubo un caso similar en Estados Unidos, el de la violación cometida por Mike Tyson. Él también recibió el apoyo de comunidades religiosas, también pretendió ser la víctima.

El martes 17 de julio de 1991, Mike Tyson llegó a Indianápolis para participar como invitado en el Black Expo, una festival anual afroamericano. Tyson tenía veinticuatro años, había perdido su título de campeón del mundo de los pesos pesados dieciséis meses antes en Tokio, pero seguía siendo el deportista mejor pagado del planeta. Es algo que se notaba con solo verle. Llevaba a un séquito de más de veinte personas y se alojaba en el Canterbury Hotel, el más caro de la ciudad.

Al día siguiente, miércoles 18, Tyson acudió al ensayo del concurso de belleza Miss América Negra, que formaba parte del programa del Black Expo. Veintitrés jóvenes ensayaban sus números cuando él entró acompañado del cantante de rhythm and blues Johnny Gill. El cronista deportivo Hugh McIlvanney, que esos años no dejó de escribir sobre Tyson en el Observer de Londres, recogió la reacción de las concursantes al ver al boxeador en el primer párrafo de su crónica: «las chicas se volvieron locas». Querían fotografiarse con él como fuera.

Entre las concursantes estaba Desiree Washington, de dieciocho años, estudiante de primer año de universidad natural de Rhode Island. Esa misma noche, Washington y otras participantes asistieron al concierto de Johnny Gill. Volvieron a su hotel a medianoche. A la una y treinta y seis minutos de la madrugada del jueves 19, el teléfono de la habitación que compartía con dos compañeras sonó de repente. Era Mike Tyson, llamaba desde su limusina, que estaba aparcada frente al hotel. Quería que bajase. Le dijo, según testificaría luego su propio chófer, que solo quería hablar, dar una vuelta y ver la ciudad.

Washington, según el relato que daría más tarde al tribunal, dudó. Tyson insistió. Sus compañeras de habitación la animaron. Igual se la llevaba a una fiesta llena de famosos, no podía perder esa oportunidad. Washington se levantó de la cama, se vistió con tanta prisa que no se cambió la ropa interior de lunares con la que dormía, y no olvidó su cámara. Quería fotografías para su padre, que era fan del campeón. Bajó al vestíbulo y subió a la limusina.

La situación duró poco más de media hora. La limusina no fue a ninguna fiesta. Poco después de arrancar, Tyson le dijo al chófer que los llevase al Canterbury Hotel porque tenía que recoger algo. Subieron a la habitación 606 y lo que sucedió durante los aproximadamente treinta minutos siguientes se escrutó al máximo en un tribunal seis meses después.

Washington declaró ante ese tribunal que Tyson se abalanzó sobre ella de forma impulsiva, que ella le rogó que parase, que él le dijo «no luches, no luches», que ella le golpeó en los brazos y él ni lo sintió, que ella se quedó totalmente paralizada, que escuchó « relájate» y que, lógicamente, no pudo. Fue violada en la cama de esa habitación. Cuando terminó, Tyson la llamó un taxi.

Mike Tyson en 1989 (Foto: Cordon Press)
Mike Tyson en 1989 (Foto: Cordon Press)

Washington volvió a su hotel. Habló brevemente con sus compañeras. Al día siguiente, viernes, participó en los actos del concurso a pesar del dolor físico que sentía, por no mencionar el psicológico. Cuando llegaron sus padres a Indianápolis ese fin de semana, les contó lo que había ocurrido. A primera hora del sábado, presentó una denuncia por violación. La investigación del gran jurado comenzó en agosto. El 9 de septiembre de 1991, Tyson fue formalmente imputado.

Mike Tyson era un ídolo

Michael Gerard Tyson había nacido el 30 de junio de 1966 en el barrio de Bedford-Stuyvesant, en Brooklyn, Nueva York. Su padre biológico lo abandonó cuando era un bebé. A los diez años se había mudado con su madre al barrio de Brownsville, uno de los más violentos de Nueva York. A los doce, tenía cuarenta detenciones en sus antecedentes penales, pero no se parecía físicamente en nada al ídolo de masas que sería años después. Era delgado, usaba gafas y se reía de él todo el barrio, le daban palizas con frecuencia. Aprendió a pelear por necesidad.

En 1978, a los doce años, fue enviado al reformatorio Tryon School for Boys, en el norte del estado de Nueva York. Allí un entrenador llamado Bobby Stewart lo descubrió y lo puso en contacto con el hombre que cambiaría su vida, Constantine «Cus» D’Amato, un entrenador de boxeo que estaba como una regadera, pero que era un genio del deporte de los guantes.  D’Amato entrenó a Tyson y, además, lo acogió como tutor legal cuando murió la madre del boxeador en 1982.

Este entrenador creyó desde el principio que tenía en plantilla al mayor talento que había visto en su vida. Diseñó para Tyson el estilo conocido como peek-a-boo: guardia alta, movimientos de cabeza constantes, explosiones de velocidad desde distancia corta. Era un estilo concebido para compensar la estatura de Tyson, que solo tenía metro ochenta y dos, poco  para un peso pesado, y aprovechar al máximo su potencia, que era descomunal. Los resultados fueron inmediatos. Tyson ya arrasó en el circuito amateur.

D’Amato murió en noviembre de 1985, antes de ver a su pupilo llegar a ser campeón. El 22 de noviembre de 1986, con veinte años, Tyson venció a Trevor Berbick y se convirtió en el campeón de los pesos pesados más joven de la historia. En los dos años siguientes se hizo con los tres títulos más importantes de la categoría, WBC, WBA e IBF, y no hubo forma de encontrar a nadie que le durase más de dos asaltos. En cuatro días, como aquel que dice, amasó una fortuna doscientos millones de dólares.

Pero sin D’Amato, a Tyson le faltaba una pieza importante, alguien cabal que guiase sus pasos también fuera del ring. En 1988, se casó con la actriz Robin Givens. El matrimonio acabó como el rosario de la aurora en menos de un año. Givens lo demandó por malos tratos y se divorció. Entretanto, empezaban a llegar demandas por acoso sexual como si fueran multas de tráfico. En febrero de 1990, en Tokio, el desconocido James «Buster» Douglas lo noqueó en el décimo asalto, en lo que muchos consideran la mayor sorpresa de la historia del boxeo, y Tyson se quedó sin los tres cinturones.

Desiree Washington (Foto: IndyStar)
Desiree Washington (Foto: IndyStar)

El día de marras, hubo testimonios que describirían su comportamiento como «agresivo» y «vulgar». Le hacía comentarios pornográficos a las concursantes, las toqueteaba, les hacía proposiciones obscenas. Los organizadores del certamen tenían una regla muy clara que prohibía a las participantes salir a solas con nadie ajeno al concurso por la noche, pero Desiree Washington la incumplió.

El juicio

El proceso comenzó el 27 de enero de 1992 en el edificio City-County de Market Street, en Indianápolis. Presidía la sala la jueza Patricia Gifford, que era conocida por sus colegas por lo dura que era cuando le tocaban casos de delitos sexuales y por ser miembro de las Hijas de la Revolución Americana, una organización conservadora. Más de cien periodistas cubrieron las primeras jornadas. Tyson lo entendió como un show, no había día en el que no luciera un traje caro.

La acusación recayó en Greg Garrison, un abogado privado el estado de Indiana contrataba para casos especialmente delicados. Tenía cuarenta y tres años y antes de dedicarse al derecho había estudiado para concertista de piano. Sabía recrear las escenas que se juzgaban con dramatismo. El primer dijo que Tyson había zarandeado a Desiree Washington como a un muñeco de trapo.

Frente a él, la defensa estaba liderada por Vincent Fuller, socio principal del bufete Williams & Connolly de Washington D.C., considerado por muchos el mejor bufete de litigación del país. Fuller, de sesenta años, era el hombre que en 1982 había logrado que John Hinckley, el que intentó asesinar a Ronald Reagan, fuera declarado inocente por problemas mentales, y que en 1985 había conseguido la absolución de Don King en veintitrés cargos de fraude fiscal. Sus honorarios ascendían, según informó la prensa española, a quinientas mil pesetas diarias.

La estrategia de Fuller fue arriesgada, presentó a su cliente como un depredador sexual tan evidente que cualquier mujer que aceptase subir a su habitación a las dos de la madrugada no podía alegar que desconocía sus intenciones. En sus palabras: «Nuestra posición es que la señorita Washington no fue victimizada sino comprometida». También sostuvo que Washington estaña interesada en el dinero, que había dicho que Tyson era tan rico como imbécil y que su exmujer había logrado desplumarle, que ahora era su turno.

Fuller intentó además que el tribunal admitiera el testimonio de un experto sobre el tamaño de los genitales de Tyson como posible explicación de las lesiones internas encontradas en Washington. La jueza Gifford denegó la solicitud, pero la ocurrencia fue a parar directa a un sketch de Saturday Night Live que se emitió durante el juicio.

Desiree Washington testificó durante varios días. Compareció con un traje gris y blusa blanca, luego con un discreto vestido turquesa. Su compostura y firmeza desconcertó a quienes esperaban una víctima destrozada. Cuando el fiscal Garrison le preguntó por qué había seguido participando en el concurso al día siguiente de la violación, contestó: «Llevo doce años jugando al softball. He jugado con costillas fracturadas, dedos rotos. Yo no me rindo. Si fuera una persona que se rinde no estaría aquí ahora».

Mike Tyson (Foto: Cordon Press)
Mike Tyson (Foto: Cordon Press)

Pero había pruebas. Washington había acudido al hospital pocas horas después de los hechos. El facultativo que la atendió declaró bajo juramento que presentaba lesiones compatibles con una penetración no consentida, en particular pequeñas abrasiones en la zona vaginal, que, según su criterio clínico, resultaban más consistentes con una relación forzada que con una relación sexual consentida.

Para más ambiente novelesco, el hotel donde se alojaba el jurado sufrió un incendio durante las deliberaciones. Nadie resultó herido. Luego hubo rumores de que varios pastores baptistas habían intentado sobornar a Washington para que retirase los cargos. Finalmente, el 10 de febrero de 1992, tras dos semanas de testimonio y diez horas de deliberación, el jurado declaró a Tyson culpable de un cargo de violación y dos cargos de conducta sexual delictiva. Tyson se puso en pie al escuchar el veredicto, toqueteando su elegante traje con los dedos. Según la crónica del Chicago Tribune, sus ojos recorrían nerviosos la sala; cuando los jurados entraron, ninguno lo miró a él.

El 26 de marzo de 1992, un mes después del veredicto, comenzó la vista de sentencia. Varios testigos de la defensa, incluida su madre adoptiva Camille Ewald, una mujer de más de ochenta años que había sido la compañera de Cus D’Amato, declararon en favor del acusado. Los criminólogos contratados por la defensa argumentaron que el boxeador podía ser rehabilitado, no era un caso perdido.

La fiscalía pidió una condena de entre seis y diez años. Tyson tomó la palabra brevemente para decir que era inocente y que esperaba la condena a pesar de su inocencia. La jueza Gifford escuchó todo y luego leyó su resolución en voz alta: seis años de prisión efectiva y una multa de treinta mil dólares, unos tres millones de pesetas a principios de los noventa. La jueza declaró que no había detectado en el acusado ningún sentimiento de culpa, ninguna señal de que comprendiese la gravedad de lo que había hecho. Desestimó la petición de la defensa de fijar una fianza mientras se tramitaba el recurso y añadió que dudaba de que Tyson pudiese recibir en prisión la terapia que necesitaba, pero que no podía hacer nada al respecto.

El boxeador fue esposado en la misma sala, de cara a la pared, frente a un cartel que decía «No smoking». Un agente también mazado, con la cabeza rapada, le cacheó. Todo fue retransmitido en directo por televisión. En el trayecto desde la sala hasta la puerta, Tyson intentó ocultar las esposas bajo la gabardina. No lo consiguió. La cadena ABC repitió esa noche una entrevista de Barbara Walters con Desiree Washington, en la que la víctima declaró que Tyson en realidad le daba pena, que desde el primer día había sentido lástima por él, y que si él hubiese reconocido su error ella no habría llegado hasta el final del proceso.

El abogado de la defensa había solicitado al tribunal que considerase la posibilidad de permitir a Tyson seguir boxeando durante la tramitación del recurso. La propuesta también fue rechazada. Donald Trump, propietario de un casino que patrocinaba combates de boxeo, la pió considerablemente, como hace ahora. Se le ocurrió que Tyson podría ser autorizado a seguir compitiendo y donar los ingresos a centros de atención a víctimas de violación. «Mucho más bien puede hacerse con ese dinero que encarcelando a alguien a cargo del estado», dijo.

Don King , Donald Trump y Butch Lewis anuncian un combate con Mike Tyson (Foto: Cordon Press)
Don King , Donald Trump y Butch Lewis anuncian un combate con Mike Tyson (Foto: Cordon Press)

Washington había rechazado previamente, según declaró en una entrevista para el programa 20/20 de la ABC, una oferta de más de un millón de dólares para retirar los cargos. Los intermediarios le habían proporcionado incluso un guión, debía decir que tenía miedo por lo que le había pasado a Patricia Bowman, la denunciante en el caso William Kennedy Smith, cuya absolución era reciente, y por el trato recibido por Anita Hill en el Senado, cuyo caso veremos ahora. «Me dieron un millón de excusas», dijo Washington, que rechazó ese dineral.

Como todo en Estados Unidos, un país que convierte en un show su propia decadencia, el caso no se limitó a ser un simple caso. Se entendió como tensión racial, pero en esta curiosa circunstancia, para poner la etnia por encima del sexo, es decir, sobre la mujer. Semanas antes de que empezara el juicio, el Senado había confirmado a Clarence Thomas para el Tribunal Supremo pese al testimonio de Anita Hill, que lo acusaba de acoso sexual. Hill, como Washington, era una mujer negra que acusaba a un hombre negro con poder. Y como Washington, fue acosada públicamente por ello.

La socióloga Kimberlé Crenshaw consideró que «la raza fue desplegada únicamente para defender a los acusados y vilipendiar a las mujeres implicadas». El historiador Cornel West llamó a este fenómeno «cerrar filas»: la tendencia de la comunidad negra a silenciar a las mujeres que denuncian a hombres negros para proteger la imagen colectiva frente al racismo sistémico. El color de la piel como un bien superior por encima de los derechos individuales de la mujer. La académica Rachel Alicia Griffin añadió un matiz más, no se cerraban filas en defensa de la comunidad, sino en defensa de los hombres de esa comunidad.

El Reverendo Al Sharpton, una de las figuras más influyentes del activismo negro en Nueva York, apoyó a Tyson sin reservas. Louis Farrakhan, líder de la Nación del Islam, también. La escritora Maya Angelou firmó un texto de apoyo al boxeador. La Convención Nacional Bautista de Estados Unidos, que contaba con unos ocho millones y medio de miembros, hizo circular una petición formal para que la sentencia de Tyson fuera suspendida.

En una iglesia bautista de Indianápolis, se gritaba «We love Mike» y se cantaban himnos mientras el acusado leía un comunicado en el que decía: «Lucho con Dios y con Dios no puedo perder». A una oradora se la aplaudió a rabiar con toda la parroquia en pie: «Mujeres negras, debemos recordar que nuestros cuerpos son templos y nosotras los controlamos. Si no nos respetamos a nosotras mismas, ¿quién nos va a respetar?». Tyson aplaudía también.

Una encuesta realizada en 1993 reveló que el 63% por ciento de los afroamericanos, hombres y mujeres, creía que Tyson había sido condenado injustamente. Varios estudios sociológicos de la época registraron que muchas mujeres negras jóvenes se mostraban escépticas respecto a la denuncia de Washington. El Washington Post tituló «Tras el veredicto, las dudas: las mujeres negras muestran escasa simpatía por la acusadora de Tyson». Y recogió testimonios como el de una joven universitaria que dijo: «Las chicas de dieciocho años no son ingenuas hoy en día. Sé lo que quieren los chicos a las dos de la mañana. ¿Dónde ha vivido ella? Aunque lo hiciera, no siento ninguna simpatía por ella».

Mike Tyson durante el juicio (Foto: IndyStar)
Mike Tyson durante el juicio (Foto: IndyStar)

Washington fue identificada por los medios sin su permiso, lo que desencadenó una oleada de ataques. Entraba al juzgado oculta bajo abrigos, por puertas laterales y traseras. Tyson entraba por la puerta principal. Fuera, sus seguidores sostenían pancartas con textos como «Kissing + Teasing Leads to Pleasing» o «Chicago for Mike Tyson». Alan Dershowitz, el prestigioso abogado de Harvard que llevó el recurso de apelación de Tyson, se refirió a Washington como «una farsante buscavidas».

La cárcel

Tyson ingresó en el centro penitenciario de Plainfield, Indiana, el mismo día de la sentencia. Durante su estancia en prisión se convirtió al islam. En octubre de 1994, mientras cumplía condena, fue condenado además a un año adicional de cárcel por agredir a dos hombres en un aparcamiento en una disputa de tráfico, aunque esa condena fue suspendida. El 25 de marzo de 1995, tras cumplir tres años de los seis a los que había sido sentenciado, la reducción por buena conducta era una posibilidad prevista por la legislación de Indiana, fue puesto en libertad.

Al salir del talego, se le recibió como a un héroe por decenas de seguidores que esperaban fuera de la prisión. Cuando llegó a su casa en Southington, Ohio, encontró pancartas y carteles de bienvenida en las calles. En junio de 1995 se celebró un desfile en su honor en Harlem. Un reverendo, William Crockett, pronunció un discurso delirante sobre la magnitud del delito cometido por el boxeador: «¿Recuerdan a la señora que ahogó a sus dos hijos en Carolina del Sur? Mike Tyson no hizo eso. ¿Recuerdan a Timothy McVeigh, que voló el edificio de Oklahoma City? Mike Tyson no hizo eso. ¿Recuerdan a Jeffrey Dahmer, que se comía a la gente y la metía en el frigorífico? Mike Tyson no hizo eso».

Entre agosto de 1995 y junio de 1997, Tyson ganó aproximadamente ciento doce millones de dólares peleando. En noviembre de 1996 perdió su nuevo título ante Evander Holyfield. En la revancha, el 28 de junio de 1997, en el tercer asalto, Tyson mordió la oreja derecha de Holyfield y escupió un trozo de cartílago al suelo. Fue descalificado. La portada de Sports Illustrated de la semana siguiente llevaba el titular: «MADMAN! A Crazed Mike Tyson Disgraces Himself and His Sport» («¡UN LOCO! Un Mike Tyson desquiciado se desacredita a sí mismo y a su deporte») La indignación fue enorme, más que la que había generado la condena por violación cinco años antes.

Mike Tyson y su figura de cera en Las Vegas (Foto: Cordon Press)
Mike Tyson y su figura de cera en Las Vegas (Foto: Cordon Press)

En 1999 fue condenado a un año de prisión por agredir a dos conductores en un altercado de tráfico. En 2002 la Comisión Atlética de Nevada le denegó la licencia para boxear por su conducta pública. Ese mismo año, en una entrevista previa a un combate, amenazó con matar a su rival en el ring. En 2003, en el programa de Fox The Pulse, se refirió a Desiree Washington como «una perra viscosa» y añadió: «Ojalá lo hubiera hecho de verdad. Ahora sí que querría violarla a ella y a su puta madre».

El documental Tyson, estrenado en 2009 y dirigido por James Toback, ganó varios premios y fue aclamado por la crítica. En él, el boxeador narra su vida con voz. Llora al recordar a Cus D’Amato. Reflexiona sobre la soledad. En el segmento dedicado a la condena, se refiere a Washington como «esa cerda miserable de mujer».

Como decía al principio, Dani Alves en Madrid hizo declaraciones calcadas a las de Tyson. «¡Cristo me ha hecho libre!». Antes, también había recibido miles de mensajes de apoyo.

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