Entrevistas

Ramón Calderé: «Cruyff me descartó porque corría mucho, me dijo que en el fútbol no hacía falta correr tanto»

 

El fútbol levanta pasiones desmedidas y se escruta hasta el más mínimo detalle por una sencilla razón, la línea que separa el éxito del fracaso es muy estrecha, a veces casi imperceptible. En la primera mitad de los 80, con las victorias en la Copa de Europa del Liverpool, Aston Villa y Nottingham Forest, y los triunfos ligueros en España de Athletic de Bilbao y Real Sociedad, estaba claro que la fórmula ganadora del momento era la del estilo británico. El Barça dejó atrás la época de Maradona y Menotti para traer a Venables y refuerzos como Archibald, Hughes y Lineker. En 1986, lograron jugar la final de la Copa de Europa. La perdieron en los penaltis, se quedaron a un tris de ganar. De haber sido así, aquel equipo de nacionales y canteranos con un Schuster majestuoso al mando sería recordado como una escuadra mítica y su fútbol directo, un ejemplo. Sin embargo, unos penaltis hicieron que la escuadra mítica sea la del 92 y, el estilo, casi su opuesto. Después de esa final, llegó el Mundial 86. Un canterano del Barça estuvo presente en ambos. Contra Argelia, hizo su mejor partido. Metió dos goles, pero por muy poco, pudieron ser más. De ser así, ese Mundial, para España, podría haber sido el de Calderé, pero fue el de Butragueño, que sí hizo sus ocasiones en octavos contra Dinamarca. Ramón Calderé (Vilarrodona, Tarragona, 1959), no obstante, no recuerda su carrera lamentándose por estas vicisitudes. Como ha dicho en más de una ocasión, «vengo del barro». Es un luchador y si lo ha demostrado con creces es en su etapa como entrenador, en la que ha recorrido España en Tercera y 2ªB viviendo experiencias de toda clase. Buenas, malas, lamentables, entrañables, penosas, como en el fútbol de verdad: como en la vida.

Siempre has estado orgulloso de tus orígenes payeses…

Efectivamente, nací en Vila-rodona, en el interior de Tarragona. Mis padres eran trabajadores, luchadores, campesinos. Mi padre alternaba la tierra con la construcción. Muy duro. Allí, los chavales jugábamos al fútbol por nuestra cuenta, no había liga, federación, nada. Con 12 o 13 años cogíamos la bicicleta y nos íbamos a jugar por los pueblos de alrededor. Así fue como me fichó el UE Valls con 13 años y ya por fin jugué un año federado.

Entonces, un día, un amigo, Père, vio en el periódico que había unos anuncios para hacer la prueba con el Barça. Me avisó, lo envié y ahí empezó todo. Tenía 14 años. Escribí la carta y me contestaron al cabo de dos meses. El cartero le fue diciendo a todo el mundo que me iba al Barça, la gente del pueblo se vino arriba, pero en la carta solo ponía cuándo era la prueba.

Cuando fui a hacerla pensaba ingenuamente que me darían las botas allí, me presenté allí sin botas ni nada. Habíamos salido muy temprano del pueblo, porque no teníamos coche ni nada, y recuerdo que visitamos el Tibidabo, eché a un juego de la fortuna y me salió que el jueves era mi día de la suerte. Era jueves. Y mi número de la suerte, el ocho, que fue la camiseta que me dieron en la prueba. Incluso la taquilla en la que me cambié, cuando años después llegué al primer equipo fue la mía. La misma, te lo juro. Lo que es la vida. Está todo interconectado.

Antes de la prueba, me preguntaron si había traído botas, toalla… No tenía nada. Tuve que salir corriendo por Travessera de les Corts, encontré una zapatería en Arístides Maillol, pero no tenían botas. Tuve que probar con unas bambas. Encima, justo antes de empezar, el campo, que era de hierba natural, se pusieron a regarlo y yo con una suela completamente plana.

Pero salí a jugar y ahí aprendí la primera lección de mi vida. Empezamos el partido, el césped ya algo más seco, pero yo resbalándome por todas partes. A los quince minutos, todavía no la había tocado. Entonces, me llamó mi padre. De forma muy expresiva, como somos en el pueblo, me dice: «¿qué haces que no la tocas? no has tocado la pelota». Contesto: «Es que no me la pasan«. Y me dio una lección que nunca olvidaré: «Pues si no te la pasan, vas y la coges tú, en la vida hay que ir a por lo que quieres, porque como te quedes esperando… las cosas hay que ir a buscarlas». Siempre he tenido presente ese consejo de mi padre. Cogí, me fui a por un compañero y le quité la pelota (risas) El tío «¡pero qué haces!». Le dije «que mi padre me ha dicho que vaya a buscar las cosas» (risas) Pero oye, cogí el balón y pim pam, pim pam, pim pam, me fui de todos y gol. Con las bambas, metí tres goles en la prueba con el consejo de mi padre y me cogieron. En la vida hay que ir a por lo que quieres, en todo, y en nuestra profesión ni te cuento.

Poco después, cuando me instalé en Barcelona no había ni Masía ni nada. Tuve que ir a vivir a una pensión en la que mis padres conocían a sus dueños. Nunca olvidaré mi primer día en Barcelona, estaba en la Plaza de la Universidad, en Gran Vía, y me perdí. Nada más aterrizar. Me sentí completamente abrumado por la magnitud de la ciudad. Había estado antes, pero solo para el Gamper, que mi padre y mi tío me traían al trofeo.

¿Ver a Cruyff ahí te marcó?

No, mira… ya naces culé. Están tus padres, además, en aquella época estaba el franquismo. En la televisión, en blanco y negro, daban siempre los partidos del Madrid, la Copa de Europa, y las veces que salía el Barça me ponía a verlo y sentía cómo me salía el barcelonismo. Yo creo que naces ya con un sentimiento culé. Recuerdo mi habitación llena de posters y banderines del Barça desde que tengo uso razón.

¿Era más duro el fútbol de los 70 en el que te iniciaste?

Había más agresividad, más contacto y más permisividad, pero no era tan defensivo como ha sido después. Era más abierto, no era tan táctico. Sí que era físico, pero había más espacios. Con el Barcelona Atlético, en Segunda División, los marcajes eran mucho más estrictos, más férreos. Luego, cuando llegué a Primera, debuté contra el Real Madrid y me marcaba Michel. La primera bola que cogí levanté la vista para ver dónde estaba y, joder, lo tenía a cinco o seis metros. Así se puede ejecutar y maniobrar. Eso fue lo que más me sorprendió al llegar a Primera. Había campos peores, con lluvia, pero encontrabas más espacios.

¿Qué pasó con tu servicio militar, que acabaste jugando en el Alcalá?

Si pedías el destino en tu región, hacías el doble de mili, veinte meses en lugar de doce. Así que yo pedí salir. Me tocó Madrid y ahí me destinaron a Alcalá de Henares, a Intendencia, haciendo la ropa, el pan, la comida… El Barça me dijo que me iba a ceder al Rayo Vallecano durante ese periodo, que estaba en Primera, pero cuando llegué a Alcalá, vi que tenían un campo de hierba natural precioso, aunque estaban en Tercera División. Me dijo el sargento que era el delegado del equipo y que si fichaba por ellos me ponían un piso para mí y un sueldo. Entonces, fiché. Ahora ves a Pedri y Gavi que siendo muy jóvenes juegan al máximo nivel, pero entonces no era igual con los jóvenes.

Cuando se enteró el Barça, no veas… «¡Tú tienes que seguir los parámetros que te hemos marcado!» El Rayo me estaba esperando, pero vi que no iba a jugar, que no tenía sitio porque era un crío. Así que jugué con el Alcalá y luego me cedieron al Valladolid. En Pucela jugué tres ratos, contra el Almería de Arsenio Iglesias, en San Mamés y contra el Sevilla, que lo entrenaba Miguel Muñoz, luego mi seleccionador nacional. Después de un partido de Copa que me salió horroroso, hablé con Paquito, míster del Valladolid, un tío serio pero muy buen entrenador, y le dije que no me veía preparado. Me dijo que solo había salido tres ratos, que acababa de debutar, pero contesté que no, que me volvía a Barcelona a jugar en el filial, que era mi zona de confort. Siempre he sido un ánima libre (risas)

Me presenté en Barcelona y me dicen «¿qué haces aquí?» y digo que nada, que me he ido. «¡¿Cómo que te has ido!?» El problema era que al haber jugado minutos en Primera ya no podía jugar hasta el año siguiente. Este fue el único reproche que le puedo hacer al Barça, porque me dijeron «como haces lo que te da la gana sin pedir permiso, sin llamar, ahora te vas de vacaciones a tu pueblo y el año que viene hablamos». Tenía contrato y cierto que yo era un poco rebelde, pero me abandonaron.

Llamé a la AFE quejándome de que no me dejaban jugar por una norma ridícula. Mientras tanto, el Barça no hizo nada, pero yo, yo solo, conseguí que la AFE me lo arreglara con la federación para jugar con la condicción de ir al último equipo en el que había estado, así que volví al Alcalá.

Te mediste ahí al filial del Athletic entrenado por Clemente, que daba sus primeros pasos como técnico.

En Segunda B. Ahí me vino el Deportivo de la Coruña, que estaba en nuestro grupo. Me llamó Pedro de Felipe y me preguntó si estaba libre, dije que sí, aunque no lo estaba (risas) y firme un precontrato. A veces pienso que yo llegué a Primera con el Barça por rebeldía, igual sin esa rebeldía no lo habría logrado. Y en el Barça, cuando se enteraron, otra vez «¿pero qué has hecho?». Y yo «es que no me hacéis caso». Entonces ya me metieron en el filial.

Un Barcelona Atlético que subió con Antonio Torres. La generación de Rojo, Clos, Salva, Moratalla…

Primero subieron Moratalla, Rojo y Clos, yo al final por lo mío. Cuando subí, iba a tope, como una moto, venía picado, tanto que me rompí la rodilla. Nueve meses fuera y de vuelta al filial. Tuve que volver a empezar. Pasan los meses, vuelvo a ir de puta madre otra vez y… me rompo el menisco. En la operación me lo sacaron todo, cosa que no se hace ahora, por eso tengo artrosis. Otros cuatro meses más…

Estaba jugando en el filial con 24 años. Me entrenaba Romero y jugaba de extremo. Laureano Ruiz me había puesto ahí porque tenía gol, era el máximo goleador todos los años. La verdad es que llegaba mucho. Pues mira hasta dónde llegó mi rebeldía que le dije al míster «yo, con mi edad, no puedo estar de extremo, tengo que jugar en el medio, diez o quince metros más atrás». Se lo pensó, me puso de medio y todo funcionó. ¿Ves? Por eso te digo lo del atrevimiento.

Luego le dijiste a Venables que te sacara de titular con el primer equipo contra el Madrid.

Sí, después de un Gamper.

Por cierto, que de ese filial del que sales, el 83-84, decía El País que tenía «un fútbol preciosista y exquisito»

Si casi subimos, lo que pasa es que no podíamos jugar en Primera. Había jugadores muy buenos, pero éramos más veteranos que ahora.

¿Ya tenía el Barça un estilo Cruyff antes de Cruyff?

Laureano Ruíz fue el impulsor de todo lo que hizo luego Cruyff. Los juveniles quedamos campeones de España cinco años seguidos. Luego también aportó mucho Paco Seirul•lo. Yo me hice entrenador gracias a él. Me diseñó unos entrenamientos especiales, que ahora se hace mucho, pero él ya me lo hacía entonces. Paco estaba en el balonmano, venía del atletismo, y le dije: «Paco, para mí que aquí se entrena poco físicamente». Yo era un tío de potencia, necesitaba más cosas. Y cada tarde, día sí, día no, me iba con Paco a trabajar aspectos físicos que me iban bien. Después de eso, Paco fue al primer equipo de fútbol con Cruyff y se creó la metodología, pero yo con él aprendí a trabajar analíticamente.

El caso es que en tu debut contra el Madrid marcaste.

Venía fuerte, ya había marcado contra el Bayern de Munich en el Gamper. Llegamos al primer partido de liga, que era en el Bernabeu, y recordé lo de mi padre: «Ramón, échale cara». Así que le pedí a Venables una oportunidad, le dije que era mi momento, que llevaba mucho tiempo esperando, y contestó: «no problem, no problem, tranquilo, Ramón». Me puso y 0-3 ganamos. Esa temporada fuimos líderes de la primera a la última jornada. Si ese partido se llega a televisar… no recuerdo haber hecho un partido más completo en la vida, el de Argelia del Mundial quizá… Me pegaron dos disparos en el larguero, la gente que estaba en el campo alucinaba. He llegado a hablar con algunos de los presentes ese día. Me salí.

¿No te intimidó el Bernabeu?

No, solo pensaba en las palabras de mi padre. Aunque hubo un momento en el que me estaba atando las botas al salir, miré para arriba, vi todo eso y dije: «Ramón, ahora o nunca, voy a por ello». Igual estuve más atenazado antes en el Gamper. Recuerdo que Schuster me vio nervioso, se me acercó a ver qué tal estaba y me dijo: «Tú no tengas problemas, si te complicas, me das el balón a mí, que ya te lo solucionaré». Lo del Bernabeu al final fue un desquite por todo lo que había pasado antes, salir del pueblo, ser un ánima libre, un rebelde, las lesiones… Ese día tenía claro que no podía fallar y no fallé.

¿Cómo sobreviviste a una lesión de año y medio tan joven?

La que es ahora mi ex mujer me ayudó mucho. Yo le decía: «Cariño, esto no funciona». No me iba la pierna. Ahora te hacen las operaciones de puta madre, pero yo entonces me notaba corriendo que no, iba cojo. Mi ex mujer ahí tuvo una paciencia enorme. Yo ya estaba pensando en dejarlo, en poner un negocio de restauración. No tenía dinero para comprarme máquinas ni nada, y ella iba a la playa a por arena, la metía en un saco y me lo ponía en casa para que lo levantara, empujando, motivándome. Mientras, me vi el Mundial 82 por la tele. Luego, en el Barça trajeron una máquina para Schuster, que le rompió la rodilla Goikoetxea, a Maradona fue el tobillo y a Schuster la rodilla. Ahí estuvimos juntos recuperando en una máquina alemana que era la bomba, me puso espectacular la musculatura, el vasto interno, el recto anterior, el cuádriceps… como una moto.

¿Antes de la lesión no contó contigo Menotti?

Me subió para jugar partidillos en los entrenamientos y la Copa de la Liga… No estuve mal.

¿Y Maradona?

Esto fue en el último año de Maradona, que fue el de la hepatitis. De lo que coincidí, si algo puedo destacar de él, es el trato. Como jugador era un mago, pero luego nos llegaba a los jóvenes a interesarse por nosotros, a preguntarnos qué tal estábamos. Impresionante. Schuster, por ejemplo, pasaba de los jóvenes.

¿Es verdad que Menotti cambió el horario de los entrenamientos para que pudiera llegar Maradona?

Es verdad. Diego vivía en Pedralbes, en una mansión y en esa mansión… Es normal que uno se pueda traer del extranjero tres o cuatro amigos, pero Maradona vino con treinta. Tenía amigos de todas partes, algunos eran buenos amigos, pero otros malas compañías que no le ayudaron. Pero en lo que a mí respecta, el trato de Maradona con los jóvenes era exquisito, impresionante.

Después de los argentinos llegó Venables a implantar otro fútbol, el que había dado las victorias en Europa a los ingleses. Lo que se llevaba en aquel momento, un fútbol directo; Venables que, por cierto, escribía novela negra.

No sabía que era escritor.

Escribía novela negra bajo seudónimo con otro escritor, tuvo una saga del detective Hazell que llegó a tener serie de televisión. En las tiendas de libros de segunda mano se ve mucho su novela Me llamo James Hazell.

Ni idea, lo que yo sé es que era cantante.

¿Lo trajeron para importar un sistema que entonces era ganador? De hecho, en España habían ganado la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao las últimas cuatro ligas.

Y fue bien. Venía del Everton, pasamos del estilo de Menotti a uno más directo, de segunda jugada, presión a tope, agresiva y estrategia. Metimos muchos goles de estrategia con Alexanco, Migueli y Moratalla que de cabeza iban muy bien. Los pulmones éramos Víctor Muñoz, Boquerón Esteban y yo. Luego Schuster era el director de la orquesta. Arriba estaban Carrasco, Rojo… con la presión que hacíamos no podía nadie físicamente. Y Archibald, con quien tengo mucha amistad, que era un goleador, siempre sabía escoger el espacio adecuado. Sorprendimos.

Es un equipo que se quedó a nada de ser campeón de Europa, si lo hubiera sido, se recordaría más.

Fuimos campeones de liga, llevábamos desde el 74 sin ganar, desde los tiempos de Cruyff. Dos años después nos plantamos en la final de Copa de Europa, que suelo decir en broma que no se ganó porque no jugué yo por una amarilla que… ¡me cago en la mar!

En la Recopa que jugasteis el año anterior caísteis contra el Metz de forma un tanto estrepitosa.

Cómo olvidarlo. Ganamos allí 2-4 y nos metieron aquí 1-4.

Schuster dijo que había que recibirlos con jamón por los regalos que os habían hecho en la ida.

Fue un exceso de confianza. Marcamos el 1-0 y lo vimos hecho, pero 1-1, 1-2, 1-3 y, joder, 1-4. Aunque esa derrota nos liberó de compromisos y seguramente jugamos mejor en la liga.

En la 85-86 en el Madrid empezó a carburar la Quinta, con un fútbol que rompía ese paradigma del estilo británico que había dominado la liga española.

Ficharon a Hugo Sánchez, que había estado a punto de venir con nosotros. Gallego, Camacho, Maceda, Gordillo, súmale Michel y Butragueño… pero tengo que decir que en esa liga nosotros nos relajamos para hacer lo contrario del año anterior, esta vez estábamos centrados en la competición europea, que si ganábamos iba a ser la primera de la historia. Antes no era tan fácil jugarla, una vez que lo lograbas tenías que estar ahí. Ahora tienes una oportunidad cada año.

Os ganó la Copa del Rey en la final el Zaragoza.

Nos despistamos. Estábamos obsesionados con la Copa de Europa. Nos marcó Rubén Sosa de una falta que pegó en la barrera y se metió, tampoco fue… el partido estuvo muy igualado. Fue un poco extraño, porque perdimos, pero seguíamos pensando en la Copa de Europa.

El camino fue duro. El Oporto de Futre, que luego fue campeón de Europa…

En Oporto yo metí una gamba, o ponle el calificativo que quieras, que nunca la olvidaré. Había una humareda o neblina de las bengalas y no veía. Le pasé el balón atrás a Urruti, que en paz descanse, y me salió Juary, el brasileño, no lo vi, y se la pasé a él. Dribla y mete gol. La primera vez en mi vida que me fui del partido mentalmente. Me sentí tan responsabilizado que la cagué. Me tuvieron que cambiar. Empecé a llorar como un niño pequeño y menos mal que marcó Archibald…

La ida fue 2-0 y la vuelta 3-1.

Pasamos por valor doble de los goles.

En la prensa. Cuatro de la mañana, en el hotel: «Ramón María Calderé, uno de los protagonistas de esa noche, cogió por el cuello al escocés Steve Archibald, el otro artista de la noche portuguesa. Se lo llevó detrás de una de las columnas y le dijo al oído: ‘Gracias, amigo, me has salvado de una buena’»

Me acuerdo de ese abrazo, no sé lo que dije exactamente, pero me veía en la ruina. El domingo luego nos tocaba partido contra el Madrid. Yo no sabía que iba a hacer Venables conmigo, pero me puso.

En la prensa había dicho: «Un profesional no se puede hundir por un error».

Pues me hundí, como con la lesión. Eso sí, en ese partido contra el Madrid marqué otra vez. Fue una liberación tremenda la que sentí.

Después, la Juventus, que venía de ser campeona de Europa, el partido del «gol con la oreja» de Archibald.

Lo dijo él, remató de lado y le dio con la oreja. Yo en el campo pensaba que le había dado con el parietal, pero no, fue con la oreja.

Esta era la Juve de Laudrup y Platini.

Un equipazo, tuvimos mucha suerte. Ganamos 1-0 en la ida, gol de Julio Alberto desde fuera. Allí marcó Platiní el 1-0. Tuvieron muchas más, pero Pacione, un delantero que tenían que era altísimo, las falló increíblemente hasta que llegó nuestro gol con la oreja y pasamos a las semifinales. Recuerdo que a Platini no le quitaba nadie la pelota, era impresionante. Un fuera de serie. Lo más importante en un jugador siempre es la técnica. Con Schuster era igual, cuando la cogía no había manera.

Después el supuestamente fácil, el Gotteborg.

Les menospreciamos. Veníamos de ganar a ese Oporto y a esa Juventus y de estos se decía que era un equipo de trabajadores, de jugadores que luego eran bomberos, electricistas, tenderos, panaderos… Pues era un equipazo físico, pero con un físico… Lo vi por la tele y mira que nosotros éramos fuertes, pero la capacidad de estos. La Copa de Europa antes era muy dura. Un día malo y adiós. La Champions de ahora para mí empieza con las eliminatorias, todo lo anterior es para recaudar. A nosotros en Suecia nos metieron 3-0.

Pero remontasteis.

Se apreció la Virgen, Santa María, Dios y el Espíritu Santo.

Prórroga y penaltis, metiste el tuyo por toda la escuadra.

Carrasco había fallado, si yo fallaba el mío estábamos fuera. Para mí fue un momento crítico.

Dicen que la ansiedad falla el penalti.

En cuanto cogí el balón me vinieron las dudas. Yo no era especialista. Pensé: «Como falle, se me acaba el mundo». Hay mucha gente que se ha confundido conmigo, que se ha pensado que yo solo era fuerza, pero yo tenía mucha técnica. Era de colocar el balón. Me lo llegaron a decir Michel y Butragueño con la selección, les sorprendió mi forma de pasar, de tirar…. Pues aquí me dije a mí mismo: «Mira Ramón, métele una hostia al balón y rómpela, como si tirases desde fuera del área». Si colocaba igual me la adivinaba el portero así que opté por la potencia.

Y entró.

Entró.

No habíais entrenado los penaltis para ese día y se decidió, para las semanas siguientes, practicarlos por si había tanda en la final.

Fíjate tú.

¿Recuerdas al recogepelotas que sale celebrando el pase con vosotros?

Pep Guardiola. Recuerdo que se abrazó a Víctor Muñoz, que hizo el último penalti. Aunque entonces, lógicamente, no sabíamos quién era Guardiola (risas)

No jugaste la final por una amarilla ese día, que fue por coger al árbitro.

Por tocarle. Llevaba una amarilla, le había preguntado al delegado si con otra me sancionaban y me dijo que no, que en la final quitaban todas. En la prórroga protesté tocándole y amarilla. Al día siguiente, todos muy contentos, y me vino el delegado a mi taquilla, en cuanto le vi me entró un escalofrío: resulta que no podía jugar.

Te tocó retransmitirla por televisión.

Quique Guasch me lo pidió. El partido iba cero cero, seguía cero cero, todo el rato cero cero y yo ya no sabía ni qué decir. Pensaba que tenía que llegar el gol, pero no llegaba. Hubo el cambio de Schuster…

¿Qué pasó? ¿Se infravaloró también al Steaua, como al Gotteborg?

Primero, el Steaua era mejor equipo de lo que la gente pensaba, porque luego volvió a jugar otra final contra el Milan, que fue en el Camp Nou. Balint, Lacatus, Iordanescu eso era un equipazo. Segundo, ganamos la Copa de Europa sin jugarla. La final era en Sevilla con setenta mil espectadores, todos de aquí. Cincuenta personas habrían venido de Bucarest… Siempre digo de broma que conmigo en el campo hubiéramos ganado, yo estaba pasando por mi mejor momento, después fui al Mundial de México.

No metisteis ni uno.

Creo que el quinto ni se tiró. Urruti paró dos, pero Duckadam tres. Ahí sí que noté que los que fueron a tirar estaban agarrotados. De mi carrera, es lo que más se me ha quedado, no haber podido jugar esa final.

¿Qué pasó con Schuster que se fue del estadio?

Lo cambió y se fue, había problemas con Venables, pero no recuerdo cuál. De repente desconfió de él y lo cambió. Una decisión respetable, pero en los penaltis Schuster era un seguro de vida.

Tus compañeros ese año se rieron de ti porque te compraste un Mercedes blanco.

Sí, en aquella época, recién llegado, fue lo que hice, pero vamos… una tontería. Núñez nos decía que no compráramos coches ni montáramos negocios, que metiéramos el dinero en ladrillo. En pisos. Yo compré dos. «Comprad locales, comprad piedra, dejaros de negocios y coches de lujo», decía. Yo entonces tenía la cosa todavía del niño que quería un cochazo. Un día pillé a Julio Alberto y a Marcos con un bote de pintura roja y les pude parar en el último momento. Me iban a pintar una cruz en la puerta del coche (risas).

Pediste el voto para Miquel Roca.

Sí, de Convergencia. Tiraba un poco a la derecha. Me pidió su apoyo, porque era catalán y eso. Tampoco me interesaba mucho la política, aunque no oculto mis preferencias, ahora si me preguntan digo que me gusta Laura Borràs. Suelo estar en el medio, sin extremismos.

Te lo pasarías bien con Julio Alberto, que pedía el voto para Alianza Popular.

Él tiraba para ahí, sí.

Igual en esa época no había tanta crispación como ahora.

No, lo que pasa es que cada uno tenía sus preferencias. Convergència i Unió era el partido con el que simpatizaba.

Con España debutaste contra Gales.

Sí, también.

Nos dijo Julio Salinas que la concentración para el Mundial de México fue infernal.

En Tlaxcala, cuarenta días. En una montaña, era para aclimatarnos a la altura, era necesario, era lógico, pero se hizo pesado. Solo había un futbolín y una mesa de pingpong. La verdad es que era insoportable, sin teléfono… Jugábamos a las cartas, los días se nos hacían largos, largos… Luego en Guadalajara lo pasamos mejor. Después, nos metieron en un hostal y, para jugar los octavos, en el hotel donde estaban los daneses. Ellos protestaron «¿pero qué hacen estos aquí?», pero nos quedamos. Íbamos a la sala de juegos recreativos y les vacilábamos. Con Rincón, Carrasco… les pinchábamos. Ellos eran muy serios, estaban con las mujeres, y fuimos a picarlos.

Fue Rocío Jurado a veros.

Correcto. Hicimos una cena, se portó muy bien, nos regaló una paloma de la libertad y nos cantó, pero no sé qué nos pasó, que nos pusimos malos. Salmonelosis. El que peor se puso fui yo. No sé si fue la cena con Rocío o al día siguiente, que nos lo dieron libre, nos fuimos por ahí y comimos cosas. Me puse con casi 40 de fiebre, me tuvieron que ingresar en el hospital. Me metieron suero, pero me cogió un catarro y el doctor me dio Bisolvon Compositum, me acordaré toda la vida, y a los tres días se me pasó.

En el partido contra Irlanda jugué veinte minutos, me tocó pasar el control y, al día siguiente, me vino el doctor diciéndome que había dado positivo. «¿Por un jarabe?», pregunté. Pues sí. Me hicieron análisis y lo justificaron, pero al médico le metieron un millón de multa. Me salvó que al salir del hospital había un papel en el que decía todo lo que me habían dado y por qué.

Este caso se sacó a colación luego cuando dio Maradona positivo en el 94.

Yo solo sé lo que sé.

Entonces, el partido de Argelia.

Otra vez me pasó como tras la lesión, llegué rabioso y metí dos goles.

Pudiste meter muchos más, pudiste ser tú Butragueño.

Si estoy acertado, ese día le supero. Podía haber metido cinco. De lo mal que lo había pasado, me veía con una fuerza mental alucinante. La noche anterior, esperando la decisión del doctor, no pude dormir. Víctor Muñoz no se separó de mí, esperando los dos en el hall del hotel. Cuando vi llegar al doctor sonriendo fue… Me dijo: «tranquilo, me han pegado el palo a mí porque es culpa mía».

En Querétaro, cuando se ganó 5-1 a Dinamarca, el resultado engañaba.

Nos metieron un meneo, iban 1-0, pero en un fallo de ellos, marcó Butragueño en el 44 y, después del descanso, salimos con la furia, lo que se decía entonces.

A ti se te tenía como uno de los representantes de La Furia.

Sí, por la intensidad. Esa generación éramos gente de carácter, Camacho, Gordillo, Maceda… También estábamos muy unidos, había rivalidad en los clásicos, pero luego con Michel y Butragueño me llevaba muy bien, me sorprendieron en persona. En los partidos Madrid-Barça, Gallego y yo íbamos al límite. Si nos podíamos hacer daño, íbamos. Yo a por él y él a por mí. Pero luego en la selección cambiaba el chip y todos trabajábamos juntos. Para mí jugar contra el Madrid era… piensa que nací en el franquismo, que el Barça nunca jugaba la Copa de Europa, el nacionalismo, el sentimiento catalán mío… y se palpaba que a los catalanes nos tenían envidia. La selección entonces era todo Madrid, pero cuando nos juntábamos, funcionaba. Camacho, Michel, Butragueño me parecían personas excepcionales, ahora, en los Clásicos iba a muerte. Aquello era o tú o yo.

Bélgica, otra tanda de penaltis fatídica. Dos en el mismo año.

Tuve la oportunidad antes, en la prórroga, con el 1-1, pero no entró por nada. Pude marcar y la tiré fuera. En los penaltis, ellos tenían a Plaff y se la paró a Eloy. Estos, al contrario que Dinamarca, eran peores que nosotros, y pasaron. Argentina, que era el siguiente cruce, no nos quería ver ni en pintura. Maradona lo dijo públicamente. No sé si hubiésemos sido campeones, pero merecíamos quedar entre las cuatro mejores del mundo.

¿Cómo conciliabas el sentimiento nacionalista con la selección española?

Ahí era fútbol. A ver, yo con Els Segadors… hostia, es como el himno de Brasil, que es precioso. Como cuando cantan los del Liverpool o los del Sevilla, pero la Marcha Real de España… yo ahí pensaba en el partido. No te engaño. Respeto, siempre, por supuesto. Defendías un país, defendías a tu país. Priorizando Catalunya, mi país es tanto Catalunya como España. He entrenado luego en Burgos, Castellón… he hecho la mili en Alcalá, y en todas partes me han tratado genial. Tengo amigos en toda España. Me han achacado que soy muy independentista, pero es que no sentía… Extremista es lo que no soy. Ni antes ni ahora. Como ahora ERC, no soy de ERC, soy más de Laura Borràs porque es un poco más hacia el centro. Me siento catalán, si un día llega la independencia, bienvenida sea, que igual ni la veo, pero yo a España la respeto, en sus regiones a mí me han querido.

Después, tuviste un poco más de Roja porque te llevaron con la sub21.

Sí, se podía alinear a dos veteranos y fui yo a la Eurocopa. Me tocó un equipazo, con Sanchís, Martín Vázquez, Quique, Andrinua… Jugamos la final de la Eurocopa sub21 Roberto y yo. A mí me habían puesto de centrocampista en el once del Mundial. Esto era contra la Italia de Donadoni y ganamos por primera vez. Luis Suárez me lo pidió y le contesté: «Míster, lo que usted considere, a mí no se me caen los anillos». Ahí le marqué un gol a Zenga, perdimos 2-1, la vuelta en Valladolid no la pude jugar por una luxación de clavícula, pero ganamos y fuimos campeones. Luis Suárez tenía muy buena gestión de vestuario. Aprendí mucho de él. Su estilo jugando era todo toque, por algo fue Balón de Oro.

Cuando luego fue seleccionador absoluto intentó implantar algo parecido a lo que años después ha sido el estilo que ha hecho campeona a España.

Lo importante es que convencía, no imponía. Al jugador, si le convences, te sigue, si no, no. Igual que Luis Aragonés, cuando vino al Barcelona, lo primero que me dijo fue: «míreme a los ojos, míreme a los ojos, le voy a hacer usted el mejor mediapunta de España». Imponer es muy fácil, pero convencer con argumentos es lo importante. En todas las facetas de la vida. Mira a Guardiola o mejor, a Luis Enrique, que le pueden criticar, pero a los jugadores los ha tenido convencidos. Al jugador le gusta que el entrenador vaya de cara, que no le engañen. No hace falta herir ni hacer daño, pero hay que decir la verdad.

En la segunda etapa de Venables llegaron Hughes y Lineker, se profundizó en la britanización del Barça.

Lineker había sido máximo goleador del Mundial. Como Venables tenía problemas con Schuster, también trajo a Mark Hughes y se fue Archibald. Hughes no se adaptó, jugando con Gales le vi meter uno de los mejores goles que he visto en la vida, pero el Camp Nou era otra historia. Es que el Barcelona no es fácil. Lineker sí, era un tío potente, sabía ir al espacio. Eso sí, ambos como personas impresionantes. Lineker tenía un sentido del humor alucinante. Hace poco salió por televisión en calzoncillos porque lo prometió si ganaba el Leicester la Premier. Es un gentleman. Hughes era diferente.

¿Qué tal con Zubizarreta?

Un portero práctico. Como persona no muestra efusividad, era muy serio. Estaba concentrado en lo suyo. En la selección aprendí que tenía un defecto como portero. Si le amagabas por su izquierda, le cambiabas. El era zurdo e iba mejor hacia su derecha y tampoco es que fuera un portero ágil. Me di cuenta en la selección, hacia la derecha iba muy rápido, pero hacia la izquierda le costaba más. Le marqué en el Camp Nou a pase de Schuster, le hice el amago y luego con la selección me dijo «cabrón» (risas). Pero claro, conocía sus puntos débiles y sus puntos fuertes. Todos tenemos un punto débil.

Jugasteis en la Albania comunista, contra el Flamurtari.

Me llamó la atención, sí. Me asusté. Los baños de pie, la hierba del campo en el que entrenamos era pasto, totalmente irregular. Fue la primera vez que me quedé sorprendido del país.

Porque luego también fuiste a Moscú.

Sí, pero ahí nos ponían en la Plaza Roja con todos los monumentos y unas chavalas que había fuera del hotel guapísimas, con los ojos azules, y era otra impresión. Por cierto, que yo pensaba que eran aficionadas y Lobo Carrasco me explicó que no, que eran chicas de alterne. Nos tocó jugar con nieve y hielo, lo pasamos regular.

Otro equipo interesante de la época al que te enfrentaste, el Sporting de Océano.

Él fue el que me impidió disputar la vuelta con la sub-21 contra Italia. Era una mole de tío, tenía unas espaldas, impresionante. Coincidimos él en la derecha y yo en la izquierda y se me cayó encima. Me partió la clavícula.

Cuando echaron a Venables y llegó Luis Aragonés, dices que el vestuario estaba muy dividido.

Es la peor experiencia de toda mi vida en un vestuario. Éramos 24 y eran 24 maneras de pensar. Puedo decir, como entrenador que he sido después, que es una de las facetas más difíciles que hay. Pero aquí estaba Luis Aragonés. Cómo conseguir que un vestuario partido, con el Motín del Hesperia y toda aquella cagada, cómo Luis supo reconducir todo aquello, volver a unirnos y hacernos ganar la Copa del Rey, eso solo lo pudo hacer alguien con su personalidad. El hombre en plena temporada se cogió una depresión de lo que se desgastó. Acabó una semana de baja, pero todo lo hacía cara a cara. Nos llevaba a hablar al gimnasio para resolver los problemas. Logró sacar todo lo malo, lo limpió todo en poco tiempo. Fíjate qué detalles, Schuster ya tenía el precontrato firmado con el Madrid, cosa que se sabía, y mucha gente no quería que jugase la final de Copa, pero Luis dijo que era el mejor jugador y tenía que jugarla.

¿El Motín del Hesperia por qué fue? ¿Por una trampa que hizo Núñez en los contratos? Parece que el neto era menos de lo estipulado.

Y no quería pagar la diferencia o un porcentaje solo. El problema lo había creado él, tenía que resolverlo él. Gaspart ya lo había arreglado, pero Núñez dijo que no, que a su manera. Eso nos hizo reunirnos y, en el Motín del Hesperia, pedimos la dimisión del presidente, pero nos equivocamos ¡Éramos los empleados! Pero atención, a Luis Aragonés le querían renovar después de ganar la Copa del Rey y no pudo ser porque se puso del lado de los jugadores porque vio que teníamos razón. Y la razón la teníamos, pero nos equivocamos en las formas.

Coger al Barça fue la mejor oportunidad de su carrera, luego pasaron muchos años hasta que llegó a la selección, que hasta que ganó él la Eurocopa era un cargo que no se lo deseabas a nadie, y perdió esa gran oportunidad de estar en un grande por ponerse del lado de los jugadores.

Por convencimiento. Y se puso enfrente.

¿Qué pasó en la Eurocopa 88?

Ahí el que se equivocó fui yo. Estaba lesionado y no lo dije. He sido muy poco egoísta, pero ahí lo fui. En el último partido de liga, contra el Zaragoza, Rijkaard me dio con la rodilla y me hizo un hematoma enorme. Acabé el partido y metí el gol de la victoria, pero tenía rotura. El lunes salía la convocatoria para la Eurocopa y no dije nada. Fui a Madrid y, en descargo a mi favor, pensé que en tres semanas me recuperaría, pero no fue así. No me recuperé y no participé. Estuve en el banquillo viendo los partidos. Perdimos, era el final de un ciclo.

Perdió contra Italia y Alemania, dentro de lo previsible.

Pero ya entró Luis Suárez para pasar página.

¿Cruyff no te quiso?

Sabía que tenía un planteamiento distinto al británico de Terry y quería jugadores de otras características. A mí me quedaban tres años de contrato y, al principio de la pretemporada, me motivé porque la metodología era muy diferente, era todo con el balón.

Lo que comentábamos de Paco Seirul•lo, no separar la preparación física, sino integrarla.

Exacto. Físico, técnico y táctico interrelacionados.

¿Entonces qué pasó con Cruyff?

Fuimos a Holanda. La plantilla tenía muchas bajas por el Motín del Hesperia, nos quedamos solo los que teníamos contrato, Carrasco, Julio Alberto, Urbano… Yo me veía en el sistema, pero Cruyff no me ponía en mi posición. Un día hablé con Charly Rexach, su ayudante, y le pedí por favor jugar en mi sitio. Por fin me puso donde jugaba Bakero y marqué goles. Al partido siguiente, Johan me puso de capitán. Me puse muy contento, ya vi que el problema era que no estaba en mi posición, pero luego volvió a cambiarme enseguida y no me adapté. Se complicó la cosa, me llamó Cruyff y me dijo la verdad, que corría mucho, que no hacía falta correr tanto en el fútbol. Entendí que quería otro tipo de jugador y, como a mí en la vida no me gusta molestar, le di la solución: «déjame irme al Atlético de Madrid».

Tenías una oferta.

Jesús Gil me llamaba cada dos por tres, pero Núñez no quiso, de eso me enteré después. A Cruyff le dije que solo quería, donde me fuera, cobrar lo mismo que lo que me quedaba de contrato. Ni ganar ni perder. Núñez, en cambio, dijo que no, que me iba a ir al Betis. Dije que vale. Me daban lo mismo que cobraba, pero Núñez consiguió un traspaso, treinta y pico millones más. Yo no me enteré. Gil no quiso pagar ese traspaso. Es decir, fui una ganga para el Barça, porque los de la cantera habíamos salido gratis y cobrábamos poco, estábamos infravalorados comparados con los de fuera, y encima sacaron por mí un traspaso. La operación incluía a Manolo Hierro y a Rojo. Si yo no iba, se iba todo al traste. Como era muy amigo de Rojo, pues dije que sí. Al Betis. Luego lo agradecí toda la vida, por la ciudad y la afición.

Antes te había querido Boskov en Italia.

Y yo quería ir. Creo que era a la Sampdoria. Es que los canteranos cobrábamos una mierda. Después del Mundial de México, pedí que me subieran y me subieron un poquito, pero en Italia me estaban ofreciendo el triple y no me dejaron irme. Luego, en cambio, mira. Cuando no te quieren… Al cabo de un año, en el Betis. Hombre, yo ya había hecho todo lo que tenía que hacer en el Barcelona, me podían haber dejado irme a ganar algo por ahí, igual que se fue Víctor Muñoz a la Sampdoria o Martín Vázquez al Torino. No lo entendieron, pero en cuanto llegó Johan con otro sistema, fuera, que corres demasiado.

Equizabal te quiso fichar para el Logroñés y te ofreció hacerte representante de sus vinos en Catalunya.

Equizabal me daba en el Logroñés más de lo que cobraba en el Barcelona. Encima, me daban ese trabajo para cuando dejara el fútbol, pero al final fui al Betis.

Parece que en Sevilla eran famosas tus partidas de billar.

Sí, con Manolo Hierro y López Ufarte en mi chalé.

Mucha gente te recuerda por el bigote, por esa especie de futbolistas que se extinguió.

Era cosa de mi mujer, a mí no me gustaba nada. Me lo dejé para tenerla contenta. Cuando nos separamos, lo primero que hice fue afeitarme. Nos hacía muy mayores. Si parezco más joven ahora con 64 años que entonces con 24 (risas)

Otro detalle es que jugabas sin espinilleras.

Es que tengo muchos gemelos, como Bakero. Las espinilleras no me entraban bien, podía romper las medias, había trucos, pero me gustaba más jugar liberado. Cuando las pusieron obligatorias, me jodieron. Lo que hacía era cortar las espinilleras. A veces el linier me llamaba la atención y yo «venga, no me jodas». Gordillo en cambio era simplemente porque le gustaba más jugar así. No veas los impactos que recibíamos, pero era mejor eso que la molestia continua.

En el Betis viviste descenso y luego ascenso.

Cuando llegué, éramos un equipazo, pero parecía la torre de Babel. Uno por aquí, otro por allá, Poli Rincón por otro lado, López Ufarte conmigo, los canteranos… Teníamos mucho nombre y descendimos. El portero era Pumpido, el campeón en México 86 con Maradona. Y otra vez me pasó lo mismo. Después de bajar, me quería el Rennes de Francia, que me daba el doble que el Betis, y dije que no, que ya que había bajado con el equipo, quería subirlo. Y me quedé. El dinero te da calidad de vida, pero son más importantes los valores. La afición se merecía que subiéramos al equipo y lo logramos, aunque yo me rompí el tendón de Aquiles, tuve que jugar infiltrado. Pensé que en el Betis me iban a dejar la tercera temporada que me quedaba para recuperarme, sobre todo después de no haberme ido a Francia, y me dijeron que no. Me descartaron. Me fui llorando con mi Mercedes, ya no era el blanco, sino uno negro que compré después; me fui llorando como un niño pequeño de lo bien que estaba en Sevilla.

Al Sant Andreu.

En esta ocasión, Gaspart se portó. Podía haber fichado por el Nàstic y me dijo que no, que me iba con él al Sant Adreu, que estaba en 2ªB y lo querían subir a Segunda. Gaspart no era el presidente, sino una especie de mecenas. Sentía el Sant Andreu, que tenía las cuatro barras en la camiseta…

¿Gaspart no era de Alianza Popular?

¿Ah sí? No sabía. El caso es que me llamaron y me pagaron bien. El objetivo era colocar el equipo en el fútbol profesional.

¿Qué pasó en Lugo?

Al final de la temporada, nos jugábamos el ascenso. Con el empate, subíamos. Pitaba Japón Sevilla. Antes del partido, vino Gaspart y nos dijo «cuidado con el árbitro». Gaspart, que estaba en la Liga de Fútbol Profesional. Cuando fui a ver quién era, resulta que le conocía. Japón Sevilla, cuando estaba yo en el Betis, pitaba entre semana en los partidillos de los entrenamientos, y cuando me ve ¿sabes qué hizo?

Girar la cara.

Correcto. Al ver que no me quería saludar, ya fue «ufff». Me sacó una tarjeta amarilla a la primera, a los ocho minutos. Luego, en el veintitantos de la primera parte, pase de la muerte, campo muy embarrado, con agua, iba solo, tenía al defensa detrás, controlo la bola, cuando voy a tirar a puerta, me empujan desde atrás. Se puede ver en YouTube. Me caigo, estaba claro que era penalti, ya voy a por la bola para tirarlo, pero me viene el árbitro y me expulsa con la segunda amarilla por simulación. Vamos a linier y dice «es igual, no hay nada que hacer, hagáis lo que hagáis no vais a ganar». Palabras textuales. Este personaje no quiso reconocer que se había equivocado. Lo ha reconocido ahora. ¿Y por qué antes decías que no? Luego en Primera fue el peor árbitro cada año. Estuvo dos y lo volvieron a descender de lo malo.

Agrediste a un policía.

Agredí a uno. Sacó la porra y le dio en la espalda a mi compañero Chupete. Yo estaba detrás, encendido, le cogí por el cuello y le pegué un puñetazo. Me querían encerrar, le tuve que pedir perdón para que no me metieran.

Japón Sevilla también anotó que recibió una patada en los testículos.

Eso fue Puncho, un central, que es calvo y se pensaron que era yo. Luego el Sant Andreu tuvo otra oportunidad y le pasó algo con la Ponferradina. En otra más que tuvo, contra el Barcelona B, que estaba Luis Enrique de entrenador, hubo otro penalti raro. Tres veces no pudieron subir por decisiones arbitrales. Al club de un barrio obrero que le pase esto… muy triste.

Y te retiraste.

Por una hernia discal. La última temporada pude seguir jugando gracias a Paco Seirul•lo, que me puso ejercicios en el INEFC, pero ya no podía más. Para seguir me tendría que haber operado. Ahora es más fácil, es con láser, pero entonces… Y eso que estaba como un toro, me cuidaba mucho el peso. Siempre lo digo, un jugador, cuanto más mayor es, menos tiene que pesar. Piqué podría haber seguido jugando, pero bajando peso, estaba gordo. Igual que Busquets, bajando dos kilos jugaría mejor. Yo en esta época, con 35 años, pesaba lo mismo que en juveniles. Así que lo dejé, me saqué el curso de entrenador y decidí aplicar todo lo que había aprendido de los maestros. A Paco Seirul•lo le dije que quería poner en práctica todo lo que había aprendido de él y me dejó ir un par de días a la semana al INEFC y me daba clases.

Me ha llamado la atención de tu experiencia entrenando que digas que Tintín Márquez lee el fútbol mejor que Pep Guardiola.

He estado con él unos meses en Bélgica. Ve el fútbol más rápido que Pep Guardiola, sí. Pep es el número uno, pero hablo solo de una faceta del juego y en esa era mejor Tintín. Fui a hacerle un trabajo metodológico, el de Paco, y allí no me dejaron. Ya tenían su preparador físico y no aceptaban nada. Tintín luchó, quería implantar estos métodos, pero vi que empezaba a tener problemas y me marché. Un error. Tenía que haberme quedado e imponerlo, porque los belgas son muy cabezas cuadradas. El preparador este todo lo hacía corriendo y corriendo y así ya no se trabaja. El problema para mí también fue el idioma. Vi que molestaba, pensaban que sabía más que ellos y era verdad. Así que me marché. Y a las tres semanas se marchó Tintín también.

Entrenando, estuviste en fútbol regional catalán, en Badalona y diste el salto al Ceuta ¿por qué no seguir por la zona?

Porque me llamó Nayim, ex jugador de Barça y Zaragoza, el que metió el golazo de la Recopa, que estaba de director deportivo. Cuando estaba en el Badalona, que quedamos campeones y ascendimos a 2ªB, Alexanco, con Beguiristain de director del Barça, me llamó para ir al Barça B, pero no me aceptaron los colaboradores que llevaba yo. Es la única oportunidad que tuve de entrar en el organigrama del Barça, pero tenía que ir solo, ellos me ponían los colaboradores. Dije que con lo que me pagaban a mí les pagaba yo a ellos, que no pasaba nada y no. Era o lo tomas o lo dejas y tuve lealtad con mis compañeros, que habíamos estado juntos yendo a campos de por ahí, que teníamos que comer bocadillos… No quise dejarles tirados. En Ceuta no acabé la temporada, estuve hasta marzo. Había muchos problemas en el equipo. Ser entrenador, ya sabes, puedes estar tres meses o tres años, siempre tienes que estar con las maletas hechas.

Luego Reus, Teruel…

En Teruel campeón y ascenso. Cuando marcamos el gol, se cayó una valla frontal de la gente que había. Estaba el campo a reventar.

Luego Palencia.

Salvamos la categoría, pero sin cobrar en todo el año. Algunos nos lo podíamos permitir, ya cobraríamos al final vía AFE, pero había chavales que necesitaban el dinero. Y claro, se iban. Nos quedamos catorce jugadores, pero lo salvamos. Eso sí que fue una universidad. Gestionar un equipo que se tiene que medir al Real Unión de Irún, a la Ponferradina, Valladolid B, y no cobran ¿Cómo los convences? Nos pasábamos todos los días hablando de lo mismo.

Después al Burgos.

Ahí la gente me reconoce lo que hice. Llegué en un momento que estaban hechos una mierda, deportivamente hablando, en Tercera y, poco a poco, y campeones, ascenso, casi hicimos play-off a Segunda el segundo año, y me fui.

Hay unas imágenes tuyas sacando agua de un campo inundado.

En Noja. No querían jugar, el campo se inundó y no quisieron sacar el agua. Cogimos nosotros con un par y la sacamos. Eran tres puntos vitales. Al final se jugó y ganamos.

Mientras sacabas el agua, desde la grada te insultaron diciendo que quién te había visto y quién te ve, de jugar un Mundial a estar achicando el agua.

Sí.

Y contestaste «mundialista con mucho orgullo, pero vengo del barro, de la calle, de un pueblo de mil habitantes, y no me importa estar achicando agua».

Del barro. Vengo del barro. Es buena frase esa. Mi camino me ha costado mucho, muchas subidas y bajadas, pero nos caracterizamos por nuestros actos, no tanto por nuestras palabras.

Castellón, Olot…

Con el Castellón fue fácil por la afición que hay allí, te levantaban al equipo, igual que en Burgos, pero nos cogió el Linares al final, que era un gran equipo, y nos eliminó. Y en Olot hay una gente que tiene estudiado el modelo del Eibar y quiere montar algo igual allí. Quedamos campeones y ascendimos a 2ªB, pero es cuando me fui a Bélgica con Tintín, al Sint-Truidense, en Primera.

El Salmantino, mala experiencia.

Los mexicanos. El presidente era buen tío, pero los que mandan son mexicanos que van de ordeno y mando.

Te acusaron de pelearte con un jugador.

Mentira. Mentirosos. Yo soy estricto con el jugador, pero no eso. Lo filtraron porque les interesaba. ¿Cuántas discusiones no hay en un vestuario? No fue así. Ahora siguen en Tercera.

¿Y la etapa del Santboià?

Fue ya en plan amateur y encima vino la pandemia. Las etapas para mí ya se han acabado. Mi tiempo aquí entrenando ya ha acabado. Por eso he estado en República Dominicana, a llevar los conocimientos que tenemos. También pagan m18ejor que aquí en 2ªB, como el doble. Aquí lo mío ya está hecho. Mira, he sido siete veces campeón, los ascensos, y no estoy en el fútbol profesional. Algo he debido hacer mal ¿no?

3 Comentarios

  1. Aquel equipo de canteranos del 86 solo tenia 2 cabteranos titulares, Carrasco y Pedraza.
    Urruti venia de la real, alexanco del athletic, Migueli del Cadiz…..y asi todos, empieza bien esto.

  2. Me gustaría saber porqué figura entre los tags del final el Valladolid B… Lo del Real Union de Irun tiene un pase, pero lo del Pucela B…

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