Ciclismo

La pájara más angustiosa de toda la historia del ciclismo

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Miguel Indurain y Ramón González Arrieta (Foto: Cordon Press)
Miguel Indurain y Ramón González Arrieta (Foto: Cordon Press)

Empiezas a tener hambre. Primero un poco. Luego algo más. No suben las pulsaciones, vaya, qué cosas. Voy a quitar el plato, que voy con cadencia regu… Espera, que ya lo quité en el repecho anterior. Y cada vez más hambre. Tienes ganas de comer… tigretones, donus, quesadas. Azúcar, azúcar. Mira tú, si me dan ahora algo para zamparme pues… no digo «no». Y, espera… es como si me costará enfocar la vista, como si hubiese niebla. Y hasta he dejado de sudar tanto. ¿Subo otro piñón? Hop, ya solo me queda el último. En fin, solo quince kilometrines a casa, y este puerto lo habré trepado mil veces. Chupao. Eso sí, cada vez tengo más hambre…

La pájara, amigo. El hombre del mazo, messié massó que dice Perico.

A sufrir.

Menuda pájara…

Le dicen, en el mundo «con gafitas», hipoglucemia. Que te has quedado sin energía, que no tienes más hidratos para quemar. Vamos, a ver de dónde sacas el combustible. Le dicen, digo, hipoglucemia. Pero para usted (y para mí, que las he conocido de todos los colores) es, ha sido, y será una pájara bien gorda.

La pájara, ay.

Todos sabemos lo que es una pájara. Todos los que leemos estas cosas, así que no voy a entrar en tecnicismos. Lo que sí quiero es marcar «qué no es una pájara». Porque vamos a hacer una lista de las más angustiosas, y mejor plantear el asunto seriamente (ejem). Para que después puedan ustedes aportar sus recuerdos e ideas, claro…

No es pájara, por ejemplo, cuando los demás son más fuertes que tú, y lo son de forma sostenida en el tiempo, y vas cada tarde ahí, ahí, y ya llega una etapa en que explotas con todo. Vamos, el Mejía de 1993. Tampoco es pájara si ruedas por encima de tus posibilidades de forma tan evidente que… bueno, que todos vemos allí un brindis al sol, un «camina o revienta», un «tiene las horas contadas». No es pájara, entonces, lo de Armand de las Cuevas en el Mortirolo, que iba dando más chepazos que Manuel Fraga Iribarne en el Barco Vikingo de las ferias.

Ustedes igual ni recuerdan las pájaras. Ya casi no existen, porque comemos cada quince minutos, y metemos en el cuerpo más calorías que Joey Tribbiani en un buffet libre. Y así es difícil quedarse vacío (pero vacío de verdad). Sumen que las carreras cada vez son más cortas, que los fueras de control cada vez son más laxos (permitiendo a todos los gregarios estar frescos cual lechuga), que los firmes son más lisos y las bicis más ligeras. Así que… (casi) ninguna pájara. Pero las hay, las conocimos. Aquí tienen un listado de algunas especialmente angustiosas. Y les ruego aporten otras en comentarios o similar.

Les dejo, me voy a comer una chocolatina.

Cuando los grandes caen

Pumba, el sexto a la buchaca.

Está Eddy Merckx, ese 1975, con el tanque en reserva. Con el tanque en reserva significa, para Eddy, ganar San Remo, De Ronde, Lieja, Amstel y hacer tercero en Roubaix tras mil pinchazos. O sea, la mejor primavera de siempre. Pero sí es cierto que por las montañas… pues falible. Meneo en Dauphiné, Thévenet verdugo.

Eddie Merckx (Foto: Cordon Press)
Eddie Merckx (Foto: Cordon Press)

Así que el Tour… como si fuera una Clásica. Ataca Eddy los cinco primeros días, consigue segundines aquí y allá, es batallador, es irreductible. Pierde comba en el Puy, vale, y le dan un puñetazo en el Puy, pero sigue líder… Hasta que llega, con amarillo, a la gran etapa de Alpes. Final en Pra Loup, una orgía de pasos hasta llegar. Y Merckx sentencia. Ataque furibundo arriba de Allos, sprint de ochocientos metros cuesta arriba, luego descenso jugándose el pellejo, con las motos pidiendo que fuese más despacio. Ya está, el sexto es suyo. Hasta que pilla la pájara. O hasta que le caen, a Eddy, todos sus esfuerzos de golpe. Y son muchos. Queda pegado a la brea Merckx, queda casi detenido. Primero lo adelanta Gimondi, que no puede creerse lo que está haciendo. Luego Nanard. No volverá a tener opciones en las tres semanas, ni a vestir de líder, ni a ganar una etapita.

Aquel día, aquel desfallecimiento, enterró a Eddy.

Pumba, el sexto a la buchaca.

Quien no lo había enterrado era Bernard Hinault. Porque siempre tuvo, Le Blaireau, a Eddy en el punto de mira. No alcanzo su palmarés, pero puedo competir en grandeza. Y ese fue su perderse, ese fue su final. En los Pirineos, camino de Superbagnéres, Hinault se midió con Su Majestad. Atacó como hizo Eddy el día de Mourenx, entró en un estado de enajenación merckxiano, quiso demoler todo y a todos. Hasta que… la pájara. Aquel día se fraguó el primero de Lemond. Aquella tarde Hinault quiso ser más que ningún ciclista, más que ninguno en la historia. Perdió un Tour, ganó leyenda…

Pumba, el sexto a la buchaca.

A ver, no iba ni de amarillo, pero quién iba a toserle a Miguel Indurain aquel 1996. Y menos con el recorrido de ese Tour… Llegada sencilluca a Les Arcs, dos cronos, Sestriere, Hautacam y baño de masas. Chupado.

Ay.

En Les Arcs se acabó una época, y la infancia de muchos. Vale que después Indurain demostró que andaba regu, que igual no iba ni para top 5, pero Les Arcs… pajarón. Con su pedir agua, con su ir muy abrigado, con su que te adelanten cual si tuvieras los cuatro intermitentes. Nadie con un poco de sensibilidad subirá nunca aquel puerto maldito.

No existe.

El gran Miguel y sus grandes pájaras

Vuelvan a leer lo de antes… Sí, Miguel Indurain. Que igual ustedes no se lo imaginan en asuntos pajarescos. Indurain, tan formalito, tan confiable, tan «yerno-perfecto-de-novio-un-poco-aburre», tan «escribe mi bio en excel, Marcos Pereda». Indurain, menos declaraciones bomba que un suplente del Newteam, menos altibajos que una tesis doctoral. Ese Indurain, el de «todo bajo control».

Y mira, ni de coña.

Ni de coña porque buenos melocotones que se pilla Miguel. Tiene mala fortuna en cuanto a criterio cronológico, porque actúa como nexo entre la época «uy, uy, uy, tralla desde el principio, menos control calórico que Diógenes haciendo ayuno intermitente» y la más actual de tenerlo todo bien medido y no fallar. Aunque, veremos más tarde, se sigue fallando, porque fallar es bello y necesario, también sobre las bicis.

Y eso, que Miguel parecía indestructible, y casi que lo era, pero a veces me lo llevaban hasta unos extremos bien gordos de agonía y dolor, extremos donde vas sintiéndote cada vez más fatigado, donde tienes una miaja de hambre, donde terminas ciego y haciendo eses. Como en Sestriere.

Aquella tarde fue cuando descubrimos al Miguel humano. Que le dicen «extraterrestre» (qué horror) o «terminator» (qué horror), pero sufre y puede cagarla. Cerca estuvo, sí, en Sestriere, el día de la etapa más dura de siempre, que ya se lo contamos por aquí. Si hay tres kilómetros más… lo mismo pierde La Grande Boucle. Claro que si hay tres kilómetros más lo mismo gana aquel Tour Franco Vona, porque tampoco iba a Chiappucci muy pimpante…

Y, además, reincide. Miguel, digo. Que no fue algo excepcional, que no quedó en «¿recuerdas cuando Indurain…?» concreto. No, reincide. En pocos días, año 1993, dos veces. Primero por Oropa. No sé yo si Oropa entra, porque no sé yo si Oropa es más una pájara o un explotar siguiendo al Ferrari de Michael Schumacher (o al Ugrumov de Michele Ferrari) por pendientes en escalones y latigazos asesinos. Pero bueno, que melocotonazo, que Indurain perdiendo rueda con Piotr (esa forma rarísima de subir, esas cejas hirsutas como prólogo de una frente alopécica a ratos, con mechoncillos aquí y allá cual furbys postsoviéticos), Indurain que lo adelanta Roche (bien Roche en Carrera, ejem), que lo adelanta Chiappucci (de nuevo), que lo adelanta Moreno Argentin (bien Moreno Argentin en la Mecair, ejem), que lo adelanta medio ejército italiano. Objetivamente… imposible perder mucho, porque tiene la meta cerquita. Pero un sofocón bien tonto.

Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)
Miguel Induráin (Foto: Cordon Press)

Y repite, el tío. Poco más tarde. En Valles Mineros, que es vuelta menor, pero… No tenemos costumbres de ver a Miguel así. Dos veces casi seguidas, a ver si nos está cogiendo hábitos. Los cinco minutos caen por el Puerto, allá en Asturias, y todos pelín acojonadetes, no vaya a ser que en el Tour… Luego ya meh, luego ya en el Tour na de na, luego en el Tour exhibición galibieresca, frenazo en Isola, Pirineos trantraneando y bajada al Tourmalet para meter miedo al miedo. Vamos, un completo de Don Miguel Indurain.

Tuvo, aun, epílogo esto de Miguel con las pájaras. Como les dije… salen muchas más de lo que uno pensaría. Sumen, claro, la del Mortirolo. O la del Valico, vaya, porque todo ocurre en el Valico. También les hemos hablado de ello alguna vez, y tiene más aroma noventero-pop que una pegatina de Oasis, así que se lo conocen de sobra. Miguel subiendo a riñones, Cacaito subiendo a riñones (y subido a los riñones de Miguel), Pantani volando, Berzin que tiene aire de ganar siete Tours. Les suena. Solo quería citar para… bueno, para que reparen sobre los fríos datos… en veinte meses se agarró el dominador de la bici, el ciclista indestructible, cuatro pájaras de estremecer.

Díganme si no ha cambiado el cuento.

Pájaras de cabeza

Lo que no necesariamente significa que tienes pájaros en la cabeza. Aunque, mira, las más veces sí, para qué voy a decirles otra cosa. Este tipo de pájaras se caracterizan porque… bueno, porque no tienen una explicación física más allá del hundirse mentalmente. Paisanos que llevan muchas jornadas soportando presiones gordas, paisanos que jamás se vieron en una igual, paisanos de natural taciturnos, paisanos que se obligan a correr de forma rara para ellos. Sumen las divas. Sumen los que se calientan. Qué coño, sumen las divas, son divertidísimas las divas.

Como Roberto Visentini.

Roberto visentini era guapo, era elegante, era rico. Roberto Visentini parecía caprichoso, parecía grandilocuente. Roberto Vientini tenía aire de estar en la playa hasta subiendo el Pordoi. Vamos, que Roberto Visentini daba grima de cojones. Sucede que también era bueno, muy bueno. Clase de narices, pocas ganas de sufrir, palmarés cortito para su potencial. Pero con la Corsa Rosa. En tiempos de Moser y Saronni, que no era nada fácil para alguien como él… Y a por la segunda iba, en 1987, ya líder, coequipier de lujo en la figura de Stephen Roche, la mejor cuadrilla, todo sobre ruedas.

Hasta Sappada.

A ver, que resumo… Stephen Roche no es el tío más fiel del pelotón. Ni el más obediente. Stephen Roche pedalea para el «Stephen Roche team», aunque lleve maillots diversos. Y en ese «Stephen Roche team» trabaja gustosísimo, pero que gustosísimo. Así que dile tú, al irlandés, que tire por Visentini. Ni de coña. Sumen que hace todo con esos mofletes gordetes, con esa sonrisa pícaruela, con esa caruca de «si ya saben cómo me pongo pa qué me invitan». Así que ataca en una tarde, media montaña, llegando a la Cima Traición (antes conocida como Sappada). Y Visentini tiene cruce de neuronas. Cogen a Stephen, luego vuelve a atacar, Roberto baja al auto, grita, hace aspavientos, mira a la cámara, tira de un grupo, luego cae hasta cola de un grupo, luego vuelve a tirar, luego… En fin, que funde en negro. Termina haciendo eses, entra mirando al pódium como Carlos V mira a Francisco de Francia, pierde siete minutos, lleva melocotón importante. Desde varios puntos de vista…

Cabecita loca.

Otras veces el ciclista sufre una pájara… podríamos decir que liberadora. Es alguien que realmente no desea estar en ese sitio, que prefiere semianonimatos lejos de la presión. Ocurre, por ejemplo, con Julián Gorospe, quien domeña a Le Blaireau (nada menos) durante toda la Vuelta de 1983 siendo apenas chaval… y casca de forma dramática en Serranillos, a pocas horas de Madrid, cuando ya todo parecía ir fácil. Veintitantos minutos le caen, al bueno de Julián. Y dicen que si al día siguiente dijo algo así como «al fin soy libre», despojado, ya para siempre, de ese maillot amarillo que tanto peso tuvo.

Proyecto nuevo 2
Roberto Visentini (Foto: Cordon Press)

Que, oigan, pareciera historia de símil con el primer Finestre de Simon Yates (el segundo tiene fantochada en subtexto, pero con Isaac), solo que aquello no resulta cosa de cabeza, y sí cosa de otras razones, que ese día revientan también los potenciómetros de Chris Froome, y Simon iba perdiendo fuelle desde hacía una semana, y ya en Pratonevoso mostró más fisuras que una casa hecha con bloques de exin castillos. Pero, moviéndonos en definición canónica… pájara de campeonato. Cuarenta minutos, segundos arriba o abajo, pierde…

Otras veces te llegan las pájaras porque… en fin, porque te calientas, se te pone la sangre como sopa hirviendo, no mides, no mides. Le pasó a Pedro Delgado. No al Pedro Delgado de 1983, cuando lo del Tour, cuando sube Aravis a gatas, aquello de los batidos que se pudren por el calor y muchos etcéteras, no. Digamos que 1983 lo dejamos ahí, en un aparte, para contárselo a usted con más detenimiento otro día. Pero yo recordaba la Vuelta de 1985, cuando Pedro trinca el maillot amarillo por primera vez en su vida. En Lagos, oigan, exhibiéndose. Tiene equipo, tiene un equipier (Peio) de completas garantías, tiene un director astuto. Es joven, es un ídolo. Y… agua. Agua hubo mucha, sí, camino de Alto Campoo. Subieron los tres Collaos (La Hoz, Ozalba, Carmona) antes de Palombera y el puerto final. Se encisca Perico en un ataque sin mayor importancia. Que persigue a un francés entre puertos, a ochenta kilómetros. Eso después de saltar a por todo lo que se moviese aquel día (y había colombianos, así que se movían de lo lindo). ¿Resumen? Caraja gorda subiendo a Campoo, seis minutos y la leyenda de que, oye, igual este muchacho tiende a desconcentrarse, ¿eh?

(Luego lo de Recio y Cotos, pero también da para pieza única).

Y ya, por último, otra pájara que fue de cabeza, de hacer cosas que no quieres, de forzarte a lo que se escapa de tu personalidad. Porque Bugno era Bugno, y le quisieron Chiappucci. El día de la Marmolada, Giro del 93. Ataque de lejos (de muy lejos), distancia siempre asumible, pinta de que eso acaba en cuita. Y acabó. A Gianni lo adelantan, por la Malga Ciapela, y parece que va muerto, parece que no puede dar pedales, parece que su piel es más blanca que su blanco arcobaleno. Pasa que el cadáver de Bugno tiene más elegancia que usted el día de su boda, así que… Pero menudo pajarón.

Perdió minutada en meta.

Pájaras del hoy

Dijimos más arriba que las pájaras eran, sobre todo, cosa del ayer, como los palillos y los sueldos altos. Que ya casi no quedan, que se ven menos. Pero hay, vaya si hay. Mogollón de paisanucos veo yo hurgándose con el mondadientes mientras toman solysolbra y leen su prensa deportiva. Pues con esto… ídem. Destacan, ya no ocurren cada tarde, pero algunas vemos. Y a gente de espesor, oigan, que las pájaras del último gregario pocas veces abrieron periódicos…

Miren, por ejemplo, lo de Jan Ullrich. En 1998, seguro que se acuerdan, ese día de Deux Alpes donde TODOS los grimpeurs parecían colegas para derrumbar el imperio teutón. Y, bueno… ellos pusieron también. Los telekomes, digo, que menudos cabezacuadradas. Porque salen a por cada cosa que se menea. Desde bien lejos, desde la Croix du Fer. ¿Leblanc? Salgo. ¿Leblanc de nuevo? Salgo. ¿Tercero de Leblanc? Eh, voy a quemarme un ciclista para que no se vaya mucho (Leblanc estaba, esa tarde, a setecientas catorce horas de Ullrich). Y luego lo del Galibier, el arreón de Pantani, Jan que ni hace amago, otros jerifaltes que prueban, él que no va, que no va. Descenso gélido y el chico de la República Democrática Alemana se nos queda pajarito. Con esa cara hinchada (¿por qué tenía la cara tan hinchada?), con esos ojos de boxeador sonao (¿por qué tenía ojos de boxeador sonao?). Nueve minutines en meta, que no podía ni seguir a los suyos, el bueno de Jan. Desmerece un poco todo aquello la identidad de ciertos protagonistas, ejem, pero… menudo etapón, macho.

Jan UIlrich (Foto: Cordon Press)
Jan UIlrich (Foto: Cordon Press)

Después de ese 1998 convulso llegó a Francia un yanqui con dramática historia de superación a sus espaldas, limpio y completamente desconocedor de todos esos tejemanejes dopingueros tan implantados en la sucia Europa. Les juro que así me vendieron a Armstrong durante mogollón, amigos. En fin, cosas veredes. El asunto es que también Lance tuvo su momento de pájara por la Grande Boucle. Y también se lo provocó Marco Pantani, que era un movidas de primera en aquel tiempo (y tuvo movidas de primera en aquellos tiempos). Fue camino Morzine, con Marco que ataca a mil de meta, varios puertos aun por subirse. Lleva Lance ventaja como para no mucho estrés, lleva equipo como para no mucho estrés, lleva control de sobra… Pues se pone de los tiros. Cuentan que si bajó hasta el coche de Bruyneel. Haz una llamada, Johan, que tú vienes a Francia para obedecer. Y Bruyneel cumple. Así que allí, en plena etapa del Tour, Armstrong habla con Michele Ferrari, su Panoramix de cabecera. Tranqui, dice el de Ferrara, que no hay peligro, que termina reventando. Y revienta, sí, Pantani. Pero también Lance, subiendo Joux Plane, con tensiones y esfuerzos en patas. Llega a Morzine pidiendo la hora. Nunca más volverá a verse en una pájara de tal calibre. Igual si Cap Découverte hubiese tenido quince kilómetros más…

Ay.

A principios de los dosmiles tuvimos el pajarón de Evans aquel «Día de todas las carajas». Sí, amigos, Folgaria, con el aussie subiendo a ritmos que te aguanta Leticia Sabater, Hamilton hundido por una chocolatina ausente, Tonkov a punto de ganar el Giro y hacer siete cortes de manga, y Savoldelli trincando rosa mayor con unos compis de equipo que se llamaban Dipsy, Laa Laa, Poo y Tinky Winky. Aproximadamente.

Lo de Floyd Landis en Morzine fue también gordísimo. Y tiene muchos elementos en común con Hamilton, tos, tos, guiño, guiño. Eso, que nuestro menonita predilecto (ya saben… rubicundez, porros, cierto aire de «saludaba en el portal») olvida lo importante que es la alimentación en carrera, y pierde once minutazos, y hasta sale de los diez mejores. Tour 2006, para que se sitúen. Ocurre que esa misma tarde (declaración de Floyd) se pilla una cogorza fiera a base de birras y whiskys, y eso (declaración de Floyd) le permite limpiar su organismo, y su director (declaración de Floyd) le da claves sobre cómo remontar, y él tiene la convicción (declaración de Floyd) de que es posible, y ataca de salida porque (declaración de Floyd) siente toda la rabia exudando y sabe (sabe) que está pedaleando para la historia.

Joder.

Eso, que hoy Floy Landis, entrepreneur de lujo, tiene unas plantaciones de maría de lo más pimpantes…

Por ir cerrando… la última pájara gorda, pero gorda gordísima de verdad, es la que pilló Tadej Pogačar camino de la Loze. Que le habían dado fuerte y flojo en la cronómetro de Combloux, pero aquello se escapa a todas las previsiones posibles. I´m gone, i´m dead, dijo dramáticamente en la radio, porque hoy todo se retransmite, y la gracia está en hacer Historia cada día (lo cual termina siendo poco histórico, oigan). Y eso, que palma allí Tadej minutos como si no costasen, y entra con él Tiejs Benoot haciendo el tonto, y deja imagen fea, y se recupera al día siguiente, y gana el último parcial de montaña, porque las pájaras son así, un poco amores de verano, te dan duro pero solo un ratito, luego puedes seguir con lo que tuvieras antes.

Eso sí… duelen mogollón.

8 comentarios

  1. Pingback: Las pájaras más dramáticas del ciclismo: relatos de sufrimiento y caída - Hemeroteca KillBait

  2. «Sube otro piñón», no, «es sube otra corona».

  3. Me parece un articulo fenomenal, auna tecnicismo y gracia. De diez

  4. Fernando Bravo

    Es verdad, si la crono de Cap deCouverte dura 15 km más…pero Lance no hizo mala crono sólo que enfrente tenía a Jan Ulrich, el ciclista más fuerte de los últimos 40 años

  5. Parece escrito por Chiquito de la Calzada. Le ha faltado lo de «se mueve más que los precios».

  6. Es insufrible la forma de escribir del articulista. No he sido capaz de terminarlo, y mira que me interesaba la temática

  7. La de Van der Poel en el mundial de Yorkshire también fue guapa

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