Cuando Steve Trumbo se acercaba al aro era casi imposible sacarle de la pintura. No era el más alto, ni el más rápido, tampoco el que más saltaba, pero sí el que más rebotes cogía. Tenía un imán para atrapar los balones que sus compañeros no eran capaces de encestar. Cogía tantos que incluso se decía que fallaba a propósito para hacerse con su propio rebote; también se rumoreaba que lanzaba los tiros libres con los ojos cerrados… de lo que no hay duda es de que poseía un don especial para el rebote.
Era un pívot de 2,06 m nacido el 20 de mayo de 1960 en Los Ángeles, California, con nacionalidad española. Llegó a nuestro país en 1983 y, aunque no entraba en sus planes permanecer mucho tiempo por aquí, acabaría echando raíces en España, siendo una pieza fundamental de los títulos que consiguió el Barça a finales de los ochenta y comienzos de los noventa.
Fórum Valladolid y Caja San Fernando fueron sus otros equipos ACB. Tras su retirada en 1994 comenzaría una breve carrera en los banquillos, Aíto lo reclamó como ayudante del primer equipo del Barcelona, donde fue partícipe del crecimiento y despegue de dos de los mejores jugadores españoles de todos los tiempos, Pau Gasol y Juan Carlos Navarro.
Costó cuadrar la entrevista, quería pillarla con calma porque es alguien al que le he seguido la pista durante mucho tiempo. Finalmente con la ayuda de su mujer, Carolina Iglesias, junto al apoyo de Brian Jackson y José Luis García Molero consigo quedar con él. Son las 22,00 horas en España, al otro lado del teléfono está Steve. Enseguida me doy cuenta de que es un hombre con una generosidad fuera de lo normal, de hecho, sus primeras palabras son para pedirme disculpas por no haberme podido atender antes.
Es mormón, o sea, miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y, durante sus años en el baloncesto no solo ha disfrutado de la práctica de este deporte, sino que además ha aprovechado su talento para mejorar su vida y la de los que no han tenido las mismas oportunidades que él.
Todos te conocemos por Steve, pero te llamas Esteban Dale. ¿Alguien te llama así?
Mi nombre en español sí es Esteban. Si hablas en español Esteban Dale Trumbo. Hay gente que me llama Esteban, pero casi todos Steve o Trumbo.
Tengo entendido que vives en Provo, Utah.
Sí, en un pueblo al lado de Provo, muy cerca, se llama Lindon.
Creo que Brandon Davies, el pívot que jugó en el Barça y Valencia Basket, también vive por ahí.
Sí, él vive… no sé exactamente, pero está cerca. Él jugaba en High School por aquí, mi hija estaba estudiando con él en el instituto. Y mi yerno, el que se casó con mi hija, también jugaba con Brandon. Sí, lo conocemos.
Tienes 5 hijos.
Sí, 5 hijos y 12 nietos.
¡12 nietos ya! Va creciendo la familia.
Sí, va creciendo poco a poco.
¿Algunos de tus hijos o nietos han seguido tus pasos en el baloncesto?
No, mis hijos jugaban, pero no a nivel de algo serio. Cuando se hicieron un poco más mayores, con 15, 16 o 17 años, empezaron a nadar. Todos fueron nadadores de High School y alguno, como mi hija pequeña, tenía nivel si quería para haber hecho natación en la universidad. Todos, mis 3 hijos y mis dos niñas son de natación y waterpolo, la natación era un deporte que les gustaba mucho.
¿Nacieron todos en España?
Todos nacieron en España, la pequeña en Sevilla. Mis gemelos mayores volvieron a España después de la universidad y trabajaron allí durante años. Mi primer nieto nació en Barcelona. Los dos han vuelto aquí a trabajar, pero uno tiene una oferta en Barcelona para volver a trabajar y está pensándolo. Aún tenemos contactos allí, ellos tienen amigos del colegio en Barcelona y siguen en contacto, pero actualmente todos viven aquí.
Por supuesto tenemos el contacto con la familia de mi mujer, que acaba de llegar hace dos días de España y volvemos de vez en cuando, ella cada año, pero yo llevo como 4 o 5 años sin estar en España. Este verano vuelvo para hacer otra visita a la familia y amigos [la entrevista se realizó en abril del 2024].
A Valladolid, la ciudad de tu mujer, y supongo que también a Barcelona.
Sí, Madrid, Valladolid… Tenemos una casa, bueno, la familia tiene una casa arriba en Comillas, en la playa. Estaremos por el norte, por la zona de San Sebastián y Santander, y por supuesto en Barcelona también.
Un compañero tuyo del Barcelona, Julián Ortiz, recordaba una anécdota con tus gemelos: “Cuando estábamos en el Barça tenía dos gemelos que eran igual que él, y era divertido porque cuando venían a los entrenamientos siempre teníamos un carro con todos los balones, y lo que hacían ellos nada más llegar era ir directos al carro, tirar todos los balones al suelo y salir corriendo en direcciones contrarias. Era muy divertido porque era ir a buscarlos entre todos, los balones y los niños. Debían tener 3 añitos, eran muy simpáticos. Steve siempre estaba contento, nunca estaba triste ni de mal humor”. ¿Te acuerdas de aquello?
(Risas mientras le estoy contando la anécdota) Sí, mis hijos… A Aíto le gustaba que vinieran los niños de los jugadores, y claro, yo tenía 3 hijos en Barcelona, el cuarto nació al final de mi carrera en Barcelona, pero los niños siempre venían al final de los entrenamientos para buscarme. Hemos disfrutado mucho de tenerlos por allí.
Todo era más familiar que ahora.
Sí, recuerdo una vez… habíamos ganado un campeonato, no recuerdo cuál era, y tuvimos que salir en un partido de fútbol antes de empezar, el campo estaba lleno, salimos allí con los niños, al medio campo con el trofeo, y Aíto mandó a uno de los gemelos: “Vete por allí a correr detrás de la pelota…” Y se fue corriendo hacia Zubizarreta, el portero del Barcelona. Recuerdo al público riendo y disfrutando mucho. Incluso hicieron fotos… hubo un reportaje.
Me has dicho que uno de tus hijos se fue corriendo hacia Zubizarreta. Posiblemente también le chutaría a Zubi.
Sí, lo intentaba, y por eso la gente se reía y disfrutaba mucho.
¿A qué te dedicas en la actualidad?
Soy supervisor en un edificio perteneciente a una compañía dedicada a la construcción de estructuras metálicas. Nos especializamos en levantar edificaciones de hierro y acero para grandes empresas como Intel o Facebook. Trabajamos en distintos puntos de Estados Unidos y, actualmente, estamos explorando oportunidades para expandirnos a Asia.
Tengo la suerte de que mi lugar de trabajo está cerca de casa, así que estoy allí todos los días. Mi labor principal consiste en asegurar que todo funcione correctamente, que los procesos fluyan como deben: que lo que entra por un lado salga bien por el otro. La mayoría de nuestros trabajadores son hispanos, principalmente de México, Colombia y Venezuela. Paso el día acompañándolos y supervisando que todo marche como debe.
En realidad, mi trabajo consiste, literalmente, en caminar. El edificio es enorme, tiene aproximadamente el tamaño de un campo y medio de fútbol, tanto de largo como de ancho. Me paso el día recorriéndolo. ¿Conoces esos relojes que cuentan los pasos? Pues en una jornada habitual hago entre 17.000 y 22.000 pasos.
O sea, que estás en forma.
Sí, la verdad es que nunca me he sentido mejor. Además del trabajo, practico natación cada mañana después de mi jornada. Me encuentro realmente bien, aunque reconozco que tengo algunos kilos de más que debería quitarme.
Mucha gente que no está familiarizada con el deporte piensa que los atletas están en forma solo por el hecho de jugar. Y sí, puede parecerlo. Pero cuando juegas profesionalmente entre los 20 y los 30 años, lo haces con dolores constantes. La gente no entiende esa parte: te dicen “Estás en forma”, pero no saben lo que hay detrás.
Cuando jugaba, mi cuerpo me dolía todos los días. Acababa los partidos y tenía que recurrir al hielo, a los masajes, a todo lo necesario para poder volver a entrenar y jugar la semana siguiente. Fueron años duros. Especialmente, sufría mucho de la espalda. Fue una etapa complicada físicamente, aunque desde fuera no lo pareciera.
Chinche Lafuente, compañero en Caja San Fernando, me comentó que se le quedaron grabados tus dolores de espalda al acabar los partidos y entrenamientos.
Sí, en Caja San Fernando fue ya al final de mi carrera, y fueron los peores momentos porque el dolor de espalda era horrible; no podía sentarme en el banquillo. Cuando empezaba el partido, si no estaba jugando, me iba a un lado y me quedaba de pie, estirándome y esperando a que me llamaran para salir. No podía sentarme porque, si lo hacía, la espalda se me enfriaba y luego me costaba mucho volver a calentarla.
Años después también seguía teniendo dolor, pero ahora, con caminar y nadar, estoy bien. Con casi 65 años, ya me encuentro bien (risas).
Háblanos de tu infancia.
Somos doce; tengo once hermanos, y todos somos adoptados. Mis padres no podían tener hijos y comenzaron a adoptar en el año 59, más o menos. Casi cada año adoptaban a un niño, así que llegaron a doce. Siempre tuve una vida llena de gente en casa, una familia numerosa, y disfrutábamos mucho estando juntos.
Tengo dos hermanas que son indias, dos hermanos de México, una hermana de Guatemala y otros hermanos de distintos lugares del mundo… Hemos disfrutado mucho de la familia.
A mí siempre me gustó el deporte: el fútbol americano, el béisbol y el baloncesto. Por mi estatura, los entrenadores me empujaban más hacia el baloncesto, aunque también jugué al fútbol en el instituto. Al final tuve la opción de jugar baloncesto en muchos sitios, pero un par de amigos vinieron a Utah para jugar en BYU (Brigham Young University), y decidí venir aquí. Me lo pasé muy bien en BYU. Seguro que conoces esta universidad por Brandon Davies; es una universidad de nuestra iglesia.
Sí, pero antes de meternos de lleno con el baloncesto me gustaría, si me lo permites, ahondar más en tu infancia. Vivías en California, ¿no?
Sí, en California, al lado de Disneylandia.
¿Con cuántos años te adoptaron?
Yo era un niño, casi recién nacido.
Me has dicho antes que tus padres adoptaban más o menos un niño cada año.
Entre el mayor, que es mi hermana, y la pequeña son como 12 años. Sí, cada año adoptaban a un niño, más o menos.
¿Cómo era el día a día familiar con 11 hermanos?
Era como un colegio; mis padres lo organizaban todo de forma muy estructurada. Mi padre era ingeniero y construía bancos y mesas para que pudiéramos comer todos juntos. En casa hacía cosas que permitían que la familia conviviera unida. Tenía mucho talento para crear cosas divertidas.
Tengo entendido que vivías cerca de un estadio de fútbol, y cuando había partido entrabais al campo con el partido empezado para que no os cobraran la entrada.
Sí, sí, siempre entraba con la familia o con mis amigos al final del partido para estar allí sin pagar, porque solo cobraban al principio. Por supuesto. Si el campo estaba lleno, no había asientos, pero muchas veces había bastantes sitios buenos y podías ver la mitad, y a veces más de la mitad, del partido.
¿Jugabas al fútbol americano antes que al baloncesto?
Bueno, a la vez. Había temporadas en las que jugaba al fútbol americano y otras en las que jugaba al baloncesto.
¿Con cuántos años empezaste a jugar al baloncesto?
Con 5 o 6 años. Estaba en equipos del barrio y luego seguí jugando en el colegio, tanto al fútbol como al baloncesto. Al béisbol jugaba más en la calle. Se puede decir que he jugado a todos los deportes.
Supongo que también jugarías al baloncesto en la calle.
También. Tenía una cancha enfrente de casa y jugaba todos los días allí. Con la temperatura de California, puedes jugar durante todo el año.
¿En qué momento te centras en el baloncesto y dejas el fútbol americano? ¿En High School?
En High School. En el segundo año ya jugaba y empezaba a venir gente de las universidades a verme. Recuerdo que mi entrenador me dijo: “Mira, si vas a jugar a nivel universitario, tienes que elegir un deporte”. Me gustaba el fútbol, pero tenía más talento en el baloncesto.
¿Eras muy grande ya cuando estabas en la High School?
Sí, sí. Yo medía casi dos metros. Con 15 años ya medía algo más de dos metros, y era muy delgado, tipo Pau Gasol, pero luego empecé a ganar algo de peso.
Llegaste a ser un jugador muy importante durante aquellos años. Creo que fuiste el jugador del año en tu High School.
Sí. En California está la división entre el norte y el sur. El sur va más o menos desde Los Ángeles hacia abajo, hasta San Diego, y el norte es más allá de San Francisco. En mi último año fui elegido jugador del año de todo el sur de California.
Jugabas de pívot, claro.
Sí.
¿Ya cogías tantos rebotes por entonces?
Sí, metía puntos, pero a mí me gustaba más coger rebotes, tenía algo de talento para coger rebotes.
Después estuviste cuatro años en la Universidad de Brigham Young, desde 1978 hasta 1982. Tengo entendido que Frank Arnold, tu entrenador allí, fue una figura clave para ti durante esos años universitarios. ¿Fue así?
Sí. Era un entrenador muy conocido, tenía grandes equipos y contaba con jugadores como Danny Ainge o Fred Roberts, que luego jugó en el Barça. Tuve la suerte de compartir equipo con grandes jugadores en la universidad.
¿Qué rivales destacarías de tu etapa universitaria?
A ver si me acuerdo… En el tercer año jugamos contra Ralph Sampson. Estoy pensando… Bueno, el equipo con el que había mayor rivalidad, como un Barça-Madrid en España, era Brigham Young contra la Universidad de Utah, aunque no la de Brian Jackson; en Utah hay dos universidades.
Fuiste elegido por Utah en el Draft del 82 en el puesto 49, pero no llegaste a debutar en la NBA y fichaste por los Ohio Mixers de la CBA (82/83). ¿Es cierto que los Lakers se interesaron por ti?
Sí, sí. Como yo era de California, me conocían, y durante dos años —hasta casi mi segundo año en el Barcelona— me llamaban cada verano para volver a intentarlo con ellos. Pero nunca me ofrecían una garantía. Después de mi experiencia con Utah —donde estuve hasta el último día antes de empezar y me dejaron fuera— pensaba: “Hasta que tenga algo garantizado, un contrato garantizado, no voy a volver”.
Nunca llegué a tener una oferta firme. Había propuestas, pero ninguna garantizada: solo regresar, entrenar con el equipo, y si todo salía bien, podía convertirme en jugador de la NBA. Yo sabía que no tenía nivel para ser una estrella, ni mucho menos, pero en aquella época los equipos de la NBA solo tenían doce jugadores. Así que pensaba que, con suerte, podría convertirme en el undécimo o duodécimo jugador del equipo. Sin embargo, aquello no me interesaba demasiado.
Los primeros años en Valladolid todavía me lo planteaba, pero en el tercer año, cuando me fui al Barcelona, ya sabía que era uno de los clubes más grandes de Europa. Pensé: “Si puedo ser alguien importante aquí, en el Barcelona…”. Además, mi mujer es española, mis hijos son españoles, disfruto aquí, me gusta la gente. Así que los siguientes años, cuando me volvía a llamar la NBA para probar, siempre decía que no, porque estaba muy a gusto en Barcelona.
¿Pero llegaste a hacer alguna prueba, alguna Summer League aquellos veranos? ¿Entrenaste con los Lakers?
Sí, entrené con los Lakers dos años.
¿Los años de Valladolid?
Después de mi primer año en Valladolid me fui a entrenar durante el verano con los Lakers. Me fue bien, o al menos eso pensaba, pero no querían ofrecerme nada garantizado, así que dije: “Me voy de vuelta a Valladolid”. Al año siguiente hice lo mismo, y ya fue cuando dije: “Mira, ahora estoy en Barcelona, tengo contrato en Barcelona, ya estoy aquí”. Jugué dos años la Summer League con los Lakers. Bueno, y el primer año, por supuesto, con los Jazz: jugué la Summer League hasta el final. Recuerdo que el día antes de empezar el primer partido fue cuando me dijeron que no había sitio para mí.
Y ahí es cuando te vas a la CBA, a los Ohio Mixers.
Sí, me fui a la CBA.

¿Qué tal los dos años que jugaste la Summer League con los Lakers?
Recuerdo que el primer año estuve con ellos un mes y pico, y el siguiente año fueron como dos o tres semanas, pero ya pensaba: “Bueno, esto no, no voy a seguir aquí”. Podía jugar, pero… yo era alguien más importante en España que el último jugador en un equipo NBA. Mi último verano con los Lakers fue justo antes de jugar con el Barça.
¿Hablaba Jerry West contigo?
Sí, sí, cada año hablaba con Jerry. Mi madre y él eran muy amigos, lo conocía desde hacía años. Jerry West, que era el general mánager, me llamaba diciendo: “Te seguí el año pasado, ¿quieres intentarlo una vez más?”. Y me iba allí, entrenaba un poco, y al final acababa sentado en su despacho diciendo: “¿Hay algo garantizado?”. Pero nunca podía garantizarme nada… Claro, en aquellos años los Lakers eran muy grandes, lo tenían todo: Magic, Kareem… eran los mejores, junto a Boston. Pero con la amistad que tenía con Jerry me dejaba entrenar y probar. Y bien, bien.
¿Era un sueño para ti jugar en los Lakers? ¿Soñabas con eso desde pequeño?
Sí, por supuesto. Siendo de Los Ángeles, escuchando cuando jugaba Wilt Chamberlain… siempre soñé con jugar en los Lakers. Pero bueno…
Pasas de haber podido jugar en el Forum de Los Ángeles a jugar en el Fórum Valladolid.
Ahí está (risas).
¿Por qué Valladolid? ¿Había otras ofertas?
Sí, había ofertas… Tenía ofertas de… no recuerdo exactamente qué equipo en Italia, una del Maccabi Tel Aviv, y mi agente también me decía que había un equipo en Lyon, en Francia. Mi idea, al principio —sin saber nada, porque no hablaba español ni nada—, era ir a España un par de años, aprender español, jugar allí un tiempo, luego ir a Italia un par de años, hacer lo mismo, aprender italiano, y después jugar en Francia. Quería jugar en los tres países, aprender los idiomas, conocer las costumbres y disfrutar un poco de la vida jugando en Europa. Esa era mi idea inicial. Llegó la oferta de Valladolid y pensé: “Empiezo en España, y después de dos años me marcho a otro sitio”.
He hablado con Mario Pesquera, tu entrenador cuando llegaste a Valladolid. Me contó que guarda muy buen recuerdo de ti y que, si finalmente podía entrevistarte, le pasase tu contacto para hablar contigo, porque eres uno de los jugadores de los que mejor recuerdo guarda en toda su carrera. Mario me dijo que te ficharon por unos vídeos que le envió Richard Percudani, entrenador en Varese y amigo suyo.
Sí, tengo muchos recuerdos de Mario. Era un amigo y me ayudó mucho. Me enseñó cómo es la vida en Europa y cómo se juega aquí. La vida en España era diferente, y el baloncesto también. Las ligas europeas eran distintas al baloncesto en Estados Unidos.
Antes de seguir con tu etapa en Valladolid, tú ya eras mormón desde pequeño, ¿no?
Sí, es mi religión.
¿Tus padres eran mormones?
Sí, son de Utah.
¿Nos puedes explicar en qué se basa vuestra religión?
Para nosotros, la religión lo es todo. La cosa más importante en nuestra vida es Dios y nuestra fe. Para los miembros de nuestra iglesia, la familia es lo más importante. Nunca he tenido dudas sobre mi religión. Siempre la he seguido. Como todo el mundo, he tenido muchos problemas y pruebas en la vida, pero gracias a mi religión todo ha salido bien.
Ser fiel, ir cada semana a la iglesia, me ayuda… me ayuda a hacer lo que sé que debo hacer, y me ayuda a superar las tentaciones y las cosas difíciles de la vida. No solo hablo de tentaciones en el sentido negativo, sino también de problemas familiares, enfermedades, injusticias… cosas que son muy difíciles de superar si no crees en algo más grande que tú mismo, ¿sabes?
¿Qué te aportaba tu religión como jugador de baloncesto? ¿En qué te ha ayudado más en el deporte?
En nuestra religión se habla mucho de que debemos disfrutar esta vida, y que cada persona nace con un talento. Ese talento hay que aprovecharlo, no solo para mejorar tu vida, sino también la vida de los demás. Con mi talento para el baloncesto intentaba hacerlo lo mejor posible para formar una familia y disfrutar. Tuve grandes oportunidades. Gracias al Barcelona ganaba suficiente dinero para cuidarme a mí y también para ayudar a mi familia en California, a amigos… y también a muchas personas en Barcelona.
No hay nada más bonito que eso. El deporte, los campeonatos… todo eso está bien, pero lo más importante es ayudar a los demás. Crear una familia, amistades, y poder ofrecer oportunidades a quienes no las tienen. Recuerdo que cuando estaba en Barcelona había dos o tres familias que querían adoptar niños de Rusia. Era muy caro viajar allí, y el gobierno ruso, además, cobraba mucho dinero para permitir esas adopciones; era un proceso bastante duro.
Con mi contrato —gracias a Dios— tuve la oportunidad de ayudarles: pagué los viajes, ayudé a cubrir lo que cobraba el gobierno, y así pudieron adoptar a niños rusos que estaban en muy malas condiciones. Eso es lo más bonito que recuerdo de mi etapa en Barcelona. Poder ayudar a tres familias que adoptaron en total a cuatro o cinco niños. Ahora ya son mayores, tienen sus propias familias, y están bien, porque esas familias españolas los cuidaron mucho. Como digo, esto es lo más bonito de la vida, y eso es lo que nos enseña nuestra iglesia: usar tus talentos para cuidar a tu familia y, si puedes, ayudar a los demás.
¿Eran mormonas las tres familias a las que ayudaste?
Sí, eran miembros de nuestra iglesia. Otra cosa: actualmente la gente nos llama “mormones”, pero hoy en día intentamos que se entienda que ese no es el nombre de nuestra iglesia. El nombre oficial es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Sí, recuerdo que también me lo comentó Jaycee Carroll.
Ya, ya sé que es un nombre muy largo, pero en España tenéis nombres muy largos también (risas). Porque, claro, mi mujer decía —cuando yo le preguntaba: “¿Cómo te llamas?”—: “Carolina Iglesias…” y empezaba a contar las ocho generaciones. Ella puede nombrar hasta ocho generaciones de su familia. Entonces digo: los españoles están acostumbrados a nombres largos, no pasa nada (risas).
¿Llamaba la atención tu religión en el mundo del baloncesto? ¿Tenías algunas rutinas o costumbres que llamasen la atención al resto de tus compañeros?
Cada domingo me iba a la capilla, intentaba ir siempre. Aunque, claro, a veces estábamos de viaje y era más difícil encontrar una. Estar en la capilla cada domingo para tomar la Santa Cena es lo más importante que tenemos en la iglesia: tomar la Santa Cena cada semana, intentar mejorar tu vida…
También era una persona que, no sé si tanto por mi iglesia, pero no decía palabrotas, no hablaba así. Realmente no me molesta que la gente lo haga, es su forma de expresarse, pero yo intentaba hablar bien, evitando decir cosas feas. Procuraba ser un buen ejemplo. Sé que no lo fui siempre, pero por lo menos mis compañeros sabían que yo era miembro de mi iglesia y que practicaba lo mejor posible.
Cuando volvía un domingo de la capilla y me iba directamente a entrenar, todos mis compañeros —sobre todo Epi— me decían: “¿Qué tal en mormolandia? ¿Qué tal hoy en mormolandia?”.
Te gastaban alguna broma.
Sí, sobre todo Epi.
¿Y tú cómo te lo tomabas? ¿Les seguías el rollo?
Bien, bien. Epi y yo estuvimos muchos años juntos, éramos muy amigos. Fue vecino mío durante ocho años, vivía al lado. Mi mujer y su exmujer, Ana, son íntimas amigas. Estuvieron juntas la semana pasada en Madrid.
¿Es verdad que llevabas libros de tu religión en tus viajes a Rusia?
Sí, siempre llevaba mis Libros de Mormón. En aquella época, Rusia no permitía la entrada de materiales religiosos de otras iglesias, eran muy estrictos. Así que yo pedía a la iglesia que me hiciera ejemplares del Libro de Mormón en ruso y los metía en la maleta de Toni Bové, el fisio del equipo, que siempre iba cargado con un montón de cosas. Metía los libros allí y los dejaba por ahí, para la gente de Rusia.
¿Dónde dejabas los libros?
Normalmente en hoteles, en los taxis…
Esto me lo comentó un buen amigo, José Luis García Molero, que tuvo una charla contigo junto a más personas durante la pandemia.
Sí, sí, me acuerdo de aquello y de José Luis. Es un gran tipo.
Retomando el baloncesto: a tu llegada a Valladolid impresionas por tu capacidad reboteadora. De hecho, ostentas un récord que nadie te podrá quitar: eres el primer máximo reboteador de la historia de la ACB, ya que la ACB comenzó el primero de tus dos años en Valladolid. Aquella temporada (83/84) lograste casi 12 rebotes por partido. Y en tu segundo año, más de 14 por partido, una auténtica barbaridad por entonces. ¿Por qué cogías tantos rebotes?
Si preguntas a mis compañeros, dirán que era porque yo fallaba mucho y cogía mi propio rebote (risas).
Sí, eso me ha dicho alguno, que fallabas a propósito para coger más rebotes (risas).
Sí, sí. Pero lo disfrutaba. Yo pensaba: “Bueno, tengo gente aquí…”. Soy una persona que, cuando entra en un trabajo nuevo, observa todo y se hace una idea de qué necesita esa compañía o ese equipo. En ese momento tenía compañeros que sabían tirar triples, otros que llevaban años metiendo más de 20 puntos por partido. Hablando con el entrenador y viendo lo que era más importante para mejorar, pensé: “No hay mucha gente que esté obsesionada con coger rebotes”.
La gente piensa: “Este es alto, que coja rebotes”, pero no es así. Si hay alguien que realmente se posiciona bien y piensa en el rebote, esa es la clave para ser un gran reboteador. En aquellos años había uno en la NBA, se llamaba Moses Malone.
Sí, claro.
Jugó muchos años, y eso era lo que hacía: ponerse en posición para coger rebotes. Cuando alguien tiraba, pensabas que iba a fallar, no que iba a meter. Y si fallaba desde una zona, ¿dónde había más posibilidades de que fuera el balón? Yo me colocaba, como Moses, en la mejor posición. Más tarde, como Dennis Rodman, hacía lo mismo: cuando un compañero tiraba, aunque fuera buen tirador, yo me posicionaba para coger el rebote.
En Valladolid empecé a tomarme esto más en serio, aunque ya lo hacía en la universidad. Pero en España me lo tomaba más en serio porque había grandes jugadores. En la universidad tenía que meter más puntos para ayudar, pero en Valladolid, y sobre todo en Barcelona, donde ya había suficientes estrellas, me concentraba más en estar en posición para coger el rebote o, al menos, tocarlo.
Palmearlo.
Palmearlo, eso es. No era porque fuera el más alto, ni porque saltara más, ni porque corriera más. Simplemente me colocaba bien. Si estudias el juego, verás que mucha gente piensa más en hacer un mate bonito o meter un triple, algo que llama la atención. A mí me gustaba más el trabajo sucio: coger el rebote, palmearlo o hacer lo que pudiera para seguir dándole oportunidades al equipo en ataque.
El trabajo sucio, lo has explicado muy bien. Pero, ¿cómo lo hacías? ¿En los entrenamientos estudiabas a los jugadores a la hora de tirar o veías vídeos de cómo tiraban tus rivales? ¿Era algo que entrenabas?
Si estás tirando desde un lado, no desde el centro, y fallas, el balón va a ir siete de cada diez veces al lado contrario. Así que, si tirabas desde el lado derecho, daba igual dónde estuviera yo: corría como loco al lado izquierdo.
Sí, el balón salía rebotado hacia atrás.
Ahí, siempre. Y la otra manera era estando debajo de la canasta. Yo miraba… ¿tú has jugado al baloncesto?
En plan aficionado.
Bueno, un poco. Entonces seguro que alguna vez has estado con un amigo que tiraba y tú estabas debajo de la canasta pasándole el balón. Si entraba, cogías el balón y se lo pasabas. Cuando estás debajo del aro, ya ves por dónde va el balón en el aire, si por un lado o por el otro. Si estás mirando el balón mientras va por el aire, puedes estudiarlo y ver por qué lado va a caer.
Si ves un partido nuestro en Barcelona, si ves un vídeo, yo siempre me ponía debajo de la canasta, siempre. Intentaba colocarme ahí, o si tiraban desde un lado, me ponía en el lado contrario. Jugaba con los porcentajes de acierto de mis compañeros. Al final, no era el más rápido: eran los porcentajes…
He hablado con Aíto García Reneses y me ha comentado lo siguiente sobre tu gran capacidad reboteadora: “Tenía un cuerpo importante y algunos rebotaban contra él. No saltaba mucho, aunque se colocaba muy bien, pero lo más importante es que iba a por el rebote”.
Ya, siempre. Cuando un compañero tiraba, yo disfrutaba (risas). A veces les decía: “Tira tú, ya cogeré yo el rebote si hay”.
A colación de esto, Brian Jackson me ha contado esta anécdota: “Cuando jugábamos juntos en el Caja San Fernando, yo había salido de un bloqueo y le pasé el balón a Steve, que estaba abierto para lanzar un layup. Él me la devolvió y gritó: ‘¡Te pagan para que tires, no a mí!’”
(Risas). Ahí está. Su trabajo era tirar, era el mejor tirador, y ese era su trabajo. Perfectamente: tiras tú, porque a ti te pagan por tirar, a mí me pagan por coger rebotes.
O sea, que no te gustaba mucho tirar.
Yo tiraba antes. En la universidad y en los primeros años en Valladolid metía 25 puntos por partido.
Sí, en Valladolid tuviste muy buenos números en anotación.
Ya, pero luego llegas a Barcelona y hay tiradores por todos lados. Entonces pensé: “¿Dónde me meto aquí para ser importante?”. Así que me dediqué más a defender y a coger rebotes.
¿Con qué compañeros de equipo, de todos los que tuviste a lo largo de tus años en España, había menos opciones de coger rebotes? Aquellos que no fallaban casi nunca.
Oh, bueno… primero Epi. Cuando estaba cerca de la canasta tenía un porcentaje impresionante.
¿De 4 metros más o menos?
Sí, de 4 metros Epi era mortal. Había muchos, jugadores buenísimos con porcentajes maravillosos. Pero había días que unos jugaban mejor y otros no, y yo estudiaba eso también.
Pero como ha dicho Aíto, daba igual si mis compañeros estaban bien o mal: yo iba siempre. Ese era mi trabajo. Si metían, bien, yo estaba allí y disfrutaba; pero si no, también estaba allí.
Cuando yo era entrenador, si uno de mis jugadores iba a lanzar, siempre les decía a los otros cuatro: “Tienes dos opciones: o vas al rebote o vas atrás a defender, pero no te quedes en el medio. En el medio del campo no haces nada. No puedes coger un rebote y, a veces, te pillan en un contraataque y no estás atrás para defender. Estar en el medio no sirve para nada. Mejor siéntate en el banquillo”.
Les decía: “No quiero ver a nadie en el medio del campo, a nadie, no sirve para nada”. Ahora, ir al rebote no quiere decir que todos tengan que ir debajo de la canasta. Hay rebotes que salen más largos y tienes que estar pendiente para cogerlos. Pero no te quedes mirando. Es que, si ves un partido ahora, puedes contar tres o cuatro jugadores en cada jugada que se quedan mirando.
Sí, que no hacen nada cuando sus compañeros tiran a canasta.
¡Nada!, es como el que está en primera fila, que ha pagado dinero para ver el partido, estás igual… pues no, ponte en posición para coger el rebote debajo de la canasta o un poco más lejos, o te vas corriendo detrás para que nunca puedan hacer un contraataque. Yo estaba obsesionado con esto, primero como jugador y luego como entrenador.
Siguiendo con tu etapa en Valladolid, me han explicado que no fue fácil tu adaptación, quizá porque era la primera vez que salías de tu país para jugar al baloncesto. Gustavo Aranzana era el entrenador ayudante de Mario Pesquera en tus inicios, aunque acabó tu primera temporada allí como primer entrenador y me dijo: “Su adaptación no fue fácil, me acuerdo que en su primer o segundo partido de pretemporada se le olvidaron las zapatillas en casa. Llegó al campo sin zapatillas, bueno, se generó ahí que si la multa, que si hay que cortarlo, que este chico… Recuerdo que Mario le montó un pollo: ‘Como no mejore hay que echarlo…’. Estábamos preocupados por su forma de ser, claro, si en el primer partido ya se te olvidan las zapatillas y no te enteras de nada… Entre el idioma, un chaval joven, primera llegada a España, los hábitos, la cultura… Estaba súper despistado y teníamos mucho miedo a la adaptación. No sé si hasta tenía un contrato a prueba… Bueno, pues le echamos, hay que cortarle. Venga, vamos a esperar, y nos salió bien. Al final se demostró que era un buen fichaje y muy buen jugador en lo que buscábamos, un jugador interior que rebotease”.
Y Mario Pesquera: “Recuerdo perfectamente un entrenamiento donde hablé con él, estaba sentado, poniéndose las zapatillas en ese momento. Le hablé duro, le dije que había venido pensando que llegaba a un sitio donde no teníamos ni idea del baloncesto, o que venía un poco en plan estrella, y lo aceptó muy bien. Le hablé de sus padres. Yo sabía que para él eran muy importantes porque si se tenía que marchar para casa por no cumplir con las expectativas sería duro, sería un fracaso personal. Y se lo tomó muy bien, le hizo tilín, digamos. El recuerdo que tengo de Steve es extraordinario, me parece una de las mejores personas con las que me he encontrado en mi vida. ¿Te acuerdas de todo esto?
Bueno, de las zapatillas… yo tenía muchos problemas con mis zapatillas (risas), eso sí lo recuerdo. Al principio, los primeros partidos no salieron muy bien, no jugaba como Mario pedía, tampoco estaba muy fino. Y en una ocasión me habló y me dijo: “Mira, tienes una oportunidad más para conseguir…” todo eso traducido, porque yo no entendía mucho español.
¿Y quién te lo traducía? ¿Era alguien del equipo?
Sí, Chus Llano.
Sí, lo conozco, he hablado con él en alguna ocasión.
Y también jugamos juntos al final en Caja San Fernando. Él me traducía y me decía: “Tienes que mejorar, tienes que hacerlo mejor o te van a mandar a casa”. En aquellos días los contratos europeos, aunque los firmabas, no eran nada garantizados.
O sea, que te podían mandar para casa en cualquier momento.
Claro, te podían mandar a casa y decirte: “Ya te pagamos el mes que viene”. Y nunca más sabías de ellos. Entonces tenía un poco de presión, pero por suerte empecé a jugar bien, el equipo empezó a ganar. Lo más importante, como sabes, es ganar. Aunque tú no estés muy fino, si el equipo gana te perdonan muchas cosas.
Por suerte, jugamos un poco mejor, ganamos dos o tres partidos seguidos contra equipos buenos… Empecé a jugar mejor, a acostumbrarme, a no quejarme. Ese era un problema mío: quejarme. Yo tenía ese problema en High School, en la universidad, en Valladolid, en Barcelona… en todos los sitios. Como he dicho, yo estudiaba mucho el deporte y, en mi mente, era entrenador-jugador. Siempre pensaba: “Oh, yo soy mejor que el entrenador, yo sé qué debemos hacer en este momento mejor que él”. Estaba mal, no quiero decir que no tuviese razón, pero no está bien porque el entrenador tiene su posición y hay que respetarlo.
Entonces tenía un poco de choque con los entrenadores, y esto me pasó también con Mario. Él creía otra cosa, pero al final pensé: “Mira, haz lo que el entrenador quiere y, en los momentos en los que creas que puedes mejorar, hazlo sin comentarios, sin decir ‘voy a hacer esto en vez de lo que me has dicho’”. A veces lo hacía sin decir nada y seguía jugando, ¿me entiendes?
Entonces tuve algún choque con Mario al principio, pero al final se solucionó. Yo aprendí a callarme y pensé: “Si quiero seguir aquí, tengo que hacer lo que me pide el entrenador”. Y lo hacía. Pero como te he dicho, esto fue en High School, en la universidad, en mi primer equipo profesional también, y luego con Aíto también (risas).
¿Con Aíto también te pasaba?
También, por supuesto, porque yo siempre pensaba otras cosas. En mi mente, pensaba como un entrenador: qué es lo mejor para el equipo, no lo mejor para mí. Pero como jugador tienes que pensar: “¿Cuál es mi trabajo? ¿Qué debo hacer yo?”. Yo tenía un trabajo y tenía que hacerlo. Y con esto siempre tenía problemas y choques. No eran grandes, nada grave, pero se notaba que era medio entrenador en mi mente y medio jugador. Esa era una cosa que tenía que superar, y poco a poco lo hice.
Ya que estamos abordando tu etapa en Valladolid, ¿cómo aparece Carolina Iglesias en tu vida?
Pues sí… no conseguí mi sueño de jugar en España, Francia e Italia porque conocí a Carolina la primera semana de estar en Valladolid, y se truncaron mis planes. Ella era pianista del equipo de gimnasia rítmica de allí. Ellas entrenaban al lado del campo del Fórum.
El pabellón Huerta del Rey.
Sí. Y la primera semana, después de un entrenamiento, oía música y me asomé para ver de qué se trataba. Vi a esas niñas pequeñas saltando con pelotas y todas esas cosas que hacían…
¿Pero entrenaban en vuestro mismo pabellón?
Sí, en el mismo pabellón, pero no en nuestra cancha, sino al lado. Me metí allí, miraba, y estaba ella tocando el piano como loca. Le pregunté a Chus Llano: “¿Quién es?”. Y él: “Es la pianista del equipo”. Y yo: “¿Tú podrías presentármela un día? Me gustaría conocerla, no sé por qué, pero…”.
Después de un entrenamiento, creo que al día siguiente, ella salía de entrenar y Chus fue a hablar con ella, me la presentó y le dije: “Oye, ¿te gustaría salir a comer mañana?”. Ella tenía una amiga de Estados Unidos y se la llevó para traducir. Nuestra primera cita fue en una pizzería, y allí empezamos.
Y la amiga traduciendo.
Sí, la amiga traduciendo. Y al día siguiente seguimos saliendo… Bueno, los primeros cuatro o cinco meses estuve con mi libro de español–inglés.
Aprendiste rápido.
Sí, apuntando mucho y diciendo: “¿Esto qué es?”. Y ella: “Un árbol, un…” lo que fuera, y me enseñaba. Pero no hablaba nada de inglés, cero. Estuvimos hablando, saliendo cada día, ella me enseñaba español, y allí…
Por suerte para nosotros, conocer a Carolina cambió tu vida y, como has comentado antes, ya no pudiste cumplir tus planes iniciales, que eran jugar en España, Francia e Italia.
Sí, se acabó. Me quedé en España con ella. Esto fue hace más de 40 años ya.
Durante tu etapa en Valladolid, ¿en qué ocupabas tu tiempo libre?
Hacía cosas en la iglesia, con la gente, conocer gente, conocer a los miembros de la iglesia y hacer cosas con ellos. Visité muchos sitios, me enseñaron Castilla y León, fuimos a ver castillos y a aprender un poco de España. Tenía mucho interés por aprender las costumbres, y comía de todo… la comida es impresionante. Todo eso me ayudaba a aprender a vivir allí como un español más.
¿El alcohol está prohibido en tu religión?
Sí, sí.
¿Hay restricciones en cuanto a la comida?
No. Me gustaría que hubiese alguna, porque como mucho, y mi mujer a veces me dice: “La Iglesia dice que no puedes tomar tanto azúcar” (risas). Pero no, solo es el alcohol y el café, que se considera que no son buenos para el cuerpo, y la gente intenta no tomarlos.
Era algo que yo intentaba evitar… claro, cuando estás comiendo con tu equipo, todo el mundo está bebiendo, con cervezas y tal. Mis compañeros sabían que yo no podía tomar alcohol. Pero también, la gente que me conoce como religioso, como miembro de la Iglesia, si me ven con una copa en la mesa, aunque no beba, pueden pensar: “¿Por qué está bebiendo?”.
Sobre todo en Barcelona, donde ganamos campeonatos, nunca me verás… Si ves fotos de mis compañeros celebrando en el vestuario después de ganar, con la copa y champán por todos lados, nunca salgo yo. Siempre me escondía en el baño o donde fuera hasta que terminaban las fotos, porque no quería aparecer en una imagen mojado de champán. No digo que sea algo malo, no es un pecado mortal, pero en mi religión intentamos no hacerlo, y yo quería dar ejemplo, que la gente no pensara que quizás estaba tomando algo.
Qué curioso, echaré un vistazo a esas fotos.
Sí, míralas, pero no salgo en ninguna foto (risas)… Ninguna con champán, ni en el medio campo ni en el vestuario. Yo siempre me escondía, dejaba disfrutar a mis compañeros, y luego ya me unía a ellos.
En tu última temporada en Valladolid coincidiste con George Singleton. Creo que os hicisteis muy buenos amigos.
Sí, fue un gran compañero en el segundo año allí, incluso fue testigo en mi boda. Recuerdo buenos momentos con él. Fue un gran jugador. Tuve muchos amigos en España, me lo pasé muy bien y aprendí mucho sobre el juego y sobre ser una buena persona en la vida gracias a muchos compañeros, y George Singleton fue uno de ellos.
Para terminar con tus dos años en Valladolid, ¿te acuerdas de Pepe Alonso?
Sí, claro.
También me ha dicho que no volvió a saber nada de ti y que te mandase muchos recuerdos. Me comentó que cuando llegaste a Valladolid conocías a muy pocos españoles, tan solo a Julio Iglesias y Severiano Ballesteros, y que eras un gran aficionado al golf.
Sí, sí. Yo jugaba mucho al golf. Incluso ahora mismo estoy viendo el Masters, todo el tiempo que estoy hablando contigo estoy viendo el Masters (risas).
Entonces se te está haciendo más amena la charla (risas).
(Risas).
Tus dos temporadas en Valladolid no pasaron desapercibidas y el Barcelona te hizo una gran oferta. Ya te habías casado con Carolina, ¿no?
Sí. Después de jugar el primer año en Valladolid, me volví a Estados Unidos a hablar con mi familia y les dije que había encontrado una chica muy maja, que iba en serio con ella, que a lo mejor nos casábamos. Volví, y al primer mes le pedí que me quería casar con ella. Y al empezar mi segunda temporada en Valladolid, el 8 de octubre fuimos al juzgado y nos casamos.
¿De 1984?
Del 84, sí.
¿Cómo fueron los trámites para nacionalizarte español?
Estuvimos casados ocho o diez meses antes de que alguien me dijera: “Oye, a lo mejor puedes ser español un día”. Y yo: “¿Qué?”. Nadie me había hablado de esto antes. Nadie hacía esto. Creo que fui uno de los primeros. Luego hubo dos o tres más… En aquella época no había nadie que se casara por coger la nacionalidad.
Sí, está claro, aquello surge casi un año después de estar casados.
Sí, sí. Pero Carolina y yo hablamos, después de casarnos, de ir a Italia o Francia, hasta que el Barcelona me llamó. En principio, yo no renunciaba a mi sueño… mi sueño era ir a los tres países.
¿Hubo ofertas de Italia o Francia?
Sí, había ofertas, gente interesada. Mi agente estaba empezando a mirar, y cuando llamó el Barcelona… claro, Barcelona era uno de los mejores equipos de Europa. Los equipos que me hicieron ofertas no eran tan buenos, eran del nivel de Valladolid, en Italia y en Francia. Tenía esta oferta para ir a Barcelona a jugar con el mejor equipo, así que ya…
Pasas de jugar en Valladolid haciendo unos números espectaculares tanto en rebotes como en anotación, a ser un jugador de rotación en Barcelona, más un sexto hombre. Se te recuerda como uno de los mejores sextos hombres de la historia de la ACB. ¿Cómo te sentías en este nuevo rol?
Pues hombre, ningún problema. Estaba cobrando más dinero, jugando con el mejor equipo de Europa, con compañeros impresionantes, buenísimos, casado con la mujer de mis sueños… y si querían que saliera del banquillo y jugara poco tiempo, pues… tenía mucho respeto a Aíto, así que yo encantado. No tenía choques, no tenía problemas, no tenía ese orgullo de: “Oh, yo tengo que ser el más importante”. No, no soy así. Soy más listo que eso (risas).
¿Cómo era entrenar con Aíto? ¿Cuál era su estilo? ¿Qué primaba en aquel Barça al que te incorporas en la 85/86?
Aíto era uno que… no sé si sigues el fútbol americano aquí en América.
No, no lo sigo mucho.
Hay un entrenador… bueno, da igual el entrenador. Te digo que hay muy pocos entrenadores que no son… no es que Aíto tuviera problemas con la prensa. Él tenía sus amigos en la prensa, pero no le gustaba la gente que criticaba sin saber, los periodistas que no entendían mucho. Esa es mi opinión.
Aíto respetaba a quienes sabían de baloncesto en la prensa. En cambio, con los que no entendían mucho del deporte, pasaba un poco, ¿sabes? Y sus respuestas eran muy cortas, como: “No”, “Sí”. Y la gente quería que hablara un poco más, pero Aíto no hablaba así. Tenía respeto por quienes sabían y por quienes le respetaban. Pero si sentía que no había respeto por su trabajo y por todo lo que hacía, era un poco más seco con ellos.
En México los llaman chismosos, ¿sabes lo que es?
Sí, que querían sacarle chismes.
Los chismes, sí. La gente quería hablar de cosas que no tenían nada que ver con el equipo ni con el baloncesto, y él no tenía paciencia con eso. La gente pensaba que era muy frío… No lo era. Era un hombre encantador si lo conocías, y estudiaba el deporte en profundidad. Pero no tenía mucha paciencia con los que estaban ahí solo para criticar y aprovecharse de su momento con el gran Aíto para hacerle una entrevista.
Yo me lo pasé muy bien con él, le tenía mucho respeto. Sabía mucho. Y una cosa: él pensaba en la final. Él veía el gran… ¿cómo se dice cuando ven todo?
Visionario.
Sí, visionario. Él tenía visión, sabía que el partido más importante no era en agosto ni en septiembre, sino en mayo y en junio, cuando te estás jugando los campeonatos. No estaba obsesionado con las críticas ni con quién jugaba en pretemporada. Él sabía que esto no era una carrera de 100 metros, era un maratón. La temporada era un maratón, y tenía que construir el equipo durante seis, siete, ocho meses para llegar al final en el mejor punto: que los jugadores estuviesen bien física y mentalmente, preparados para competir en los playoffs y ganar.
Tengo mucho respeto por la gente que ve así las cosas, que no piensa solo en el momento: “Oh, hemos ganado, vamos a disfrutar”. No, ese es solo el primer paso. Luego viene otro, y después Navidad, y luego enero y febrero, que son meses difíciles porque ya estás cansado, pero te estás preparando para lo más importante.
Aíto tenía un plan para toda la temporada, y yo tenía mucho respeto por eso. Estaba encantado de hacer lo que él quisiera. Si quería que no jugara, que esperara y dejara a otros jugar, perfecto. Si quería que saliera en el primer equipo, yo estaba preparado. Le tenía mucho respeto, mucho.
La temporada 88/89, la de Drazen Petrovic en el Real Madrid, os derrotaron en los primeros encuentros, pero al final vosotros acabáis conquistando la liga ACB. Creo que este año puede ser, como acabas de argumentar, un buen ejemplo del plan que llevaba a cabo Aíto durante las temporadas.
Sí, Aíto siempre tenía ese plan, miraba a largo plazo. Recuerdo los choques contra Petrovic… y con Fernando Martín y Audie, eran impresionantes. Para mí, fueron los mejores años de la rivalidad entre Madrid y Barcelona.
Entrenabas a diario con Audie Norris y te enfrentabas a Fernando Martín. Tus duelos con Fernando también son muy recordados. ¿Cómo eran esos enfrentamientos?
Buenísimos. Yo jugaba contra él y también contra Romay. Normalmente, yo me encargaba de Romay y Audie de Fernando. Audie era muy cariñoso, al público le encantaba cómo jugaba, sus gestos y todo eso. Y luego Fernando… ya sabes, una estrella. Un chico que trabajaba y lo daba todo.
¿Cómo vivisteis la noticia de su trágico fallecimiento? Aquel domingo 3 de diciembre de 1989 había jornada de liga y vosotros jugabais en el Palau, que por lo que tengo entendido, fue donde os enterasteis de la noticia.
Sí, recuerdo a los jugadores llorando, sobre todo los que habían jugado con él en la selección: Epi, Solozábal, Sibilio… Lo conocían no solo como rival, también como compañero del equipo nacional. Fue un choque horrible, una pena, porque era un buen hombre, muy buen hombre.
¿Cómo era la rivalidad con el Real Madrid? ¿Había tanta rivalidad como parecía? Contigo el Barça gana 4 ligas, 3 Copas del Rey, la Recopa y la Copa Korac, acabando con la hegemonía del Real Madrid en España a comienzos de los ochenta.
El Madrid era todo para nosotros, el mejor equipo de Europa. Estaban en nuestro mismo país, y con la historia del Barcelona–Madrid, era el principal rival. Había respeto entre nosotros, creo que en parte porque muchos jugaban juntos en la selección, pero cuando jugábamos contra ellos eran nuestro enemigo, y hacíamos todo lo posible por ganarles. Si ganabas al Madrid, era todo para nosotros, y sobre todo para el público de Barcelona. Llevaban años, no solo en baloncesto, también en fútbol, con esa rivalidad tan grande, y sigue siendo igual.
Hablando de la rivalidad con el Real Madrid, seguro que recuerdas este partido. Semifinal de la Copa del Rey de Zaragoza 1991, faltan 4 segundos, Stanley Roberts mete 2 tiros libres que adelantan al Madrid 81 a 80; saca de fondo tu compañero Lisard González, te hace un pase extraordinario de béisbol y recibes el balón cerca del aro, metes canasta y clasificas al Barça para la final. Eres el autor de una de las canastas más recordadas de la historia de los enfrentamientos entre Real Madrid y Barcelona.
Sí, claro. Maljkovic era el entrenador y Aíto estaba de jefe. Algo que me enseñó y siempre predicaba Aíto era estar concentrado hasta el final. Recuerdo que era una cosa que me ayudaba. Aunque el Madrid acababa de meter una canasta y todo el público pensaba que ya estaba resuelto el partido, yo me acordaba de lo que decía Aíto: “Hay que buscar maneras de seguir intentando luchar hasta el final”.
Me vino esa idea, me dirigí a Lisard y hablé con él, e hicimos la jugada para meter la última canasta. Recuerdo a Aíto con su voz, tanto cuando era mi entrenador como cuando fui su ayudante, insistiendo en estar siempre concentrado hasta el final, dejar al público al margen, dejar las celebraciones… estar concentrado hasta el final.
Me has hablado antes de Epi. ¿Cómo era en el día a día? ¿Era muy rutinario a la hora de entrenar el tiro? ¿Era de los que se quedaban siempre a tirar después o antes de entrenar?
Sí. Él y yo nos quedábamos mucho: yo recogiendo sus tiros para aprender a coger más rebotes, y él tirando y tirando. Éramos vecinos, nos íbamos juntos a entrenar y también regresábamos juntos. Llegaba muy pronto a entrenar para estar preparado, y después nos quedábamos siempre al final, él ahí tirando sin parar.
Era un hombre muy serio, con mucho orgullo por hacerlo lo mejor posible. No era el más rápido ni el más alto, pero no había nadie con sus ganas de ganar. Tenía algo interior que le impulsaba a hacer todo para ser el mejor.
Era el líder del Barcelona, ¿no?
Sí, por supuesto, por supuesto. Nacho Solozábal también era el capitán y líder… todos. Yo podría hablar de todos. Fue el grupo de jugadores con el que más disfruté como profesional. Disfrutaba la vida, me gustaba la vida fuera del juego. Cuando mis compañeros estaban en el campo eran… como doctores en una operación, ¿sabes? Un doctor, cuando entra a operar, está centrado, va a hacer su trabajo. Ellos eran así: muy profesionales y con mucho respeto a los otros jugadores.
Has tenido compañeros de mucha calidad, Piculín Ortiz…
Sí, Piculín. Con todos los americanos disfrutaba cuando estaba con ellos, intentaba ayudarles al llegar para que pudieran aprender un poco más de español mientras estaban aquí. Había muchos americanos que no querían saber nada de España, ni aprender español, solo pensaban que estaban allí…
De paso.
De paso, para volver a la NBA. Yo intentaba hablar con ellos y decirles: “Mira, disfruta mientras estés aquí, aprende algo y serás mejor jugador. Si vuelves a la NBA, perfecto, pero si disfrutas y aprovechas el tiempo aquí, va a ser mejor para ti y para tu vida”. Tuve buena relación con todos los extranjeros que jugaron allí. Y con los españoles también: De la Cruz, Chicho Sibilio… todos.
No era muy habitual que los americanos de tu época aprendieran y hablasen bien nuestro idioma.
Hombre, hay alguno, porque sus mujeres eran americanas y a lo mejor se quedaban en América. Te digo la verdad: los jugadores cuyas mujeres se quedaban en América aprendieron más español porque salían con otras chicas españolas. Pero si la mujer venía a España y tenía interés por aprender y por integrarse, bien. Si no, se veía que el jugador tampoco tenía… Yo tuve la suerte de estar en Valladolid sin nadie que hablara inglés, así que aprendí español mucho más rápido que los que iban a Barcelona. Estar en Barcelona era como estar en Nueva York, todo el mundo hablaba inglés.
Tenía y tengo muy buena relación con Audie Norris porque estuvimos muchos años juntos. Pero con todos los jugadores tuve buena relación. No he tenido mala relación con casi nadie.
¿Y con los rivales qué tal? Tengo entendido que era habitual quedar con algunos después de los partidos. ¿Cómo era el trato con ellos?
Con los americanos tuve mucho trato, por nuestro pasado en América, en la universidad. Algunos fueron mis compañeros en Estados Unidos, otros fueron rivales. Y sí, después de los partidos quedábamos mucho para cenar, hablar y ver qué tal nos iban las cosas. Normal, igual que los jugadores internacionales españoles también quedaban para cenar y estar juntos.
Tu época es muy recordada por los grandes pívots que pasaron por la ACB: Sabonis, Pinone, Corny Thompson, Ramón Rivas… Pívots que dejaron huella en nuestro país. ¿Qué recuerdas de los duelos con estos grandísimos jugadores? ¿Se te ha quedado grabado algún momento especial con Sabonis, Pinone…? ¿Quién te hacía sudar más?
Sí, con Sabonis… Había uno que jugaba en Estudiantes cuando yo estaba en Valladolid, era… (se queda pensando unos segundos)… a ver cómo se llamaba.
¿Chuck Aleksinas?
¡Aleksinas! Ese, sí. Recuerdo un partido: él era el máximo anotador de la liga, creo que metía 30 puntos por partido o algo así, y yo era el tercero o el cuarto. Me acuerdo jugando contra ellos y fue un choque… Estuvimos peleando el uno contra el otro en la primera parte, y al descanso él tenía 25 puntos y yo solo 5, o algo así. Recuerdo que, yendo al vestuario, él se estaba metiendo conmigo. Después salimos a calentar para el segundo tiempo y fui a buscarle. Le aposté una cena a que al final del partido metería más puntos que él. De vez en cuando hacíamos cosas así.
¿Y quién ganó la apuesta?
Gané yo, si no, no te lo estaría contando (risas).
Ya me imaginaba (risas).
Metí cuarenta y pico puntos y él metió dos o tres menos que yo. Recuerdo que, al final del partido, él gritaba a sus compañeros: “¡Pásame la pelota, tengo que meter más puntos!”.
¿Se estilaba mucho el trash talking en tu época? ¿Recuerdas más anécdotas de este tipo?
Más que trash talking, era hacer bromas, hacer reír, hablar con el rival y decirle cosas sobre cómo camina, o sobre su uniforme… bromas así, para que pierdan la concentración. Sobre todo cuando estaban tirando tiros libres, pasabas por allí y decías: “Oye, tienes un agujero detrás de los pantalones”, o algo así. Eran bromas para desconcentrar, más que insultos.
¿Cómo vivisteis en el Barcelona el fichaje de Drazen Petrovic por el Real Madrid?
Jugamos contra Drazen muchos años. Yo jugué contra él tres o cuatro años antes de que viniera al Madrid, cuando jugaba en Cibona, en Yugoslavia. Tuvimos muchos enfrentamientos Barcelona–Cibona, muchos. Y claro, al fichar por el Madrid fue… era uno de los primeros europeos que empezaban a venir a equipos españoles. Empezaron a llegar los rusos, los yugoslavos… y eso mejoraba mucho nuestra liga y también la liga europea.
No sé de dónde salían tantos jugadores en Yugoslavia. Empezaron a ir a la NBA, a fichar por Italia, por España… Cada año salían los mejores y fichaban por otros equipos, y al año siguiente aparecían nuevos jugadores y decías: “¿De dónde ha salido este?”. Siempre tenían más.
¿Qué recuerdas del famoso quinto partido de la final contra el Madrid, cuando ellos acaban con cuatro jugadores en la cancha?
Recuérdame… ¿qué año era esto?
Sí, es la liga de Petrovic en el Real Madrid, la 88/89.
¡Oh! Sí, sí, sí. Que ganamos en nuestra cancha.
En el quinto partido. La prensa empezó a llamarla la liga de Petrovic, pero al final algunos madridistas acabaron bautizándola como la liga de Neyro, por el árbitro que pitó la final.
(Risas). Por el árbitro, ya… Siempre había algo… Ganamos y fue algo impresionante para nosotros porque Drazen traía mucha prensa, no solo española, también europea. Por fortuna ganamos la final. No recuerdo la última jugada, no recuerdo eso, sé que había muchos nervios, pero al final salió bien para nosotros.
Os faltó la Copa de Europa. ¿Qué pasaba cuando os enfrentabais a la Jugoplastika? Os derrotaron durante tres Final Four seguidas.
Recuerdo la semifinal… creo que Audie, o no sé quién, estaba lesionado, y era difícil ganar. Jugoplastika era un equipo muy joven, pero con un talento impresionante. Fue una pena, porque estuvimos a punto de ganarlo todo. Pero Jugoplastika, con su talento y su equipo… nada, fue una oportunidad perdida.
¿Eran tan superiores?
No.
Las diferencias no fueron tan grandes durante esos 3 partidos.
Ya, pero Audie estaba bastante tocado. Nuestro equipo… no sé quién más, pero el equipo estaba un poco tocado en la final. No estuvimos en nuestro mejor nivel… una pena, una pena.
¿Eran superiores mentalmente? ¿Se creían mejores que los demás?
No, es que yo recuerdo… no recuerdo quién era ni qué lesión fue, pero me acuerdo de estar sentado en el vestuario y entrar Núñez. Y aunque habíamos ganado las semifinales, había un poco de bajón porque estábamos tocados para la final, físicamente, no mentalmente. Y Jugoplastika eran todos jóvenes y estaban a un nivel muy bueno. Recuerdo que, en el vestuario después de la semifinal, que habíamos ganado, decíamos: “Jo, tenemos que jugar otro partido”.
Tenemos que jugar otro partido y es contra la Jugoplastika.
También, contra un equipo que estaba impresionante. Creo que pusimos todo lo posible, pero no era nuestro año.
¿Cuál de esas 3 derrotas contra la Jugoplastika fue la más dura?
La de París, por supuesto. Y no quiero decir nada contra Maljkovic como entrenador, pero Aíto, como he dicho antes, preparaba desde agosto para estar todos en su mejor momento al final de la temporada. No estoy diciendo que Maljkovic no hiciera eso, pero me acuerdo de que llegamos a la semifinal, la ganamos y pensamos: “No hay nada más, no tenemos más energía, estamos tocados, estamos cansados…”.
Solo es mi opinión. Vuelvo a decir, esta es mi opinión: con Aíto eso no pasa. A lo mejor con Aíto no llegamos a la semifinal, a lo mejor perdemos antes. Pero no llegaríamos a la final ganando y luego estando tan cansados, tan rotos. Y creo que después de esto fuimos y perdimos la liga, ¿no?
Sí, os derrotó el Joventut en la final de la ACB 3–1. En la Final Four de París 90/91 os plantáis en la final después de derrotar al Maccabi en semifinales de paliza, 101–67.
Sí, de paliza. Y llegamos rotos al vestuario.
¿Pero rotos mentalmente o físicamente?
Los dos.
¿Y por qué?
No lo sé, no lo sé… estábamos tocados. Audie estaba tocado, no sé si Epi o no sé quién más, pero estábamos tocados.
Me has dicho que Núñez, que era vuestro presidente, bajó al vestuario al acabar la semifinal contra Maccabi.
Sí, para animarnos.
Para animaros de cara a la final. ¿Recuerdas qué os dijo?
Recuerdo a Núñez llegando y diciendo: “Vamos chicos…”. No recuerdo exactamente lo que dijo, pero era para animarnos. Decía: “Podemos ganar, podemos”. Aunque no sé si realmente teníamos esa mentalidad. No sé… es que no lo recuerdo. Recuerdo llegar al vestuario después de ganar la semifinal de paliza, y pensar: “¿Podemos hacerlo o no?”.
¿Pensabais que sí podíais?
Por supuesto. Si no crees que puedes, ya tienes un pie en el otro lado.
Sí, pero teníais dudas.
Sí, sí. Había lesiones, no era solo cansancio, era por las lesiones. Audie estaba muy tocado. Pero ¿por cuánto ganamos la semifinal?
101 a 67.
Vale, ganamos de casi 40 puntos. ¿Por qué está jugando Audie? ¿Por qué está jugando si estamos ganando de 20 puntos en la semifinal? No lo sé. Esto es lo que digo de Aíto: Aíto planeaba todo esto, sabía… Y vuelvo a decir, a lo mejor con Aíto no llegamos a la semifinal, pero si llegamos, te digo yo que con Aíto estamos preparados para la final. No sé si la vamos a ganar, pero estamos preparados. No tendríamos esa mentalidad que tuvimos en ese vestuario. Además, él también pensaba en ganar la liga.
Pero no. Salimos de allí como el segundo mejor equipo de Europa y no ganamos ni la liga porque estuvimos tocados, mentalmente, físicamente… No recuerdo exactamente qué era, pero recuerdo terminar esa temporada pensando: “Jo, hemos desaprovechado este equipo buenísimo y no hemos ganado nada”.
Sabíamos que Jugoplastika era un gran equipo. Sabíamos que teníamos que llegar a nuestro mejor momento para poder ganarles. Cuando llegas a la final de la Copa de Europa, todos tienen que estar en su mejor momento. Pero… mi recuerdo, vuelvo a decir, es que el ambiente en el vestuario era… bueno, yo pensaba: “Jope, ¿qué ha pasado? Acabamos de ganar y ahora ya no…”.
Estabas allí, acababais de derrotar al Maccabi en semifinales, pero mirabas las caras de tus compañeros y faltaba algo para afrontar la final, ¿no?
Sí, sí.
¿Había demasiada presión durante los días de la Final Four del 91 por ser la tercera seguida para vosotros?
No, bien, era normal. Estábamos acostumbrados a jugar finales. No pasaba nada extraño ni raro, pero… no sé…
¿Cómo fue el cambio de entrenar con Aíto a entrenar con Maljkovic?
Maljkovic era un poco más… (se queda pensando unos segundos)… no sé. Aíto explicaba cosas y entendías lo que quería, claro, estuvimos muchos años con él. Maljkovic, por el idioma, hablaba mucho, y a veces no se explicaba muy bien. A mí me gustaba Maljkovic, era un gran entrenador, pero había gente que no estaba muy a gusto con su forma de entrenar.
Todos los jugadores le tenían respeto, conocía el baloncesto, pero tenía otra manera de hacer las cosas. En Yugoslavia —no sé cómo es ahora—, en aquellos años el entrenador era como un rey. Si decía algo, era eso, y nadie decía nada. En cambio, en España los jugadores hablábamos mucho. Hablábamos con el entrenador y le decíamos: “Mira, no estoy de acuerdo con esto. Podemos mejorar esto haciendo tal…”.
Y con Maljkovic no. Maljkovic no estaba acostumbrado a que los jugadores le hicieran preguntas, ¿sabes? Éramos jugadores que ya no éramos chavales, no teníamos 20 años. Muchos teníamos 30 o más, y cuando le hacíamos preguntas, Maljkovic no estaba muy acostumbrado a eso. Y hubo un poco de choque con esto.
Entonces Maljkovic no estaba acostumbrado a que nadie le preguntase o le cuestionase algo.
Sí, eso es.
¿Y con Aíto había más intercambio de opiniones?
Sí, por supuesto. Bueno, al final salía lo que quería Aíto, pero lo hacía de una manera que tú sentías como si tuvieras voz en el equipo, ¿sabes?
Sí, lo entiendo.
Cuando hablaba Maljkovic no tenías voz. Era a su manera o ninguna. Y su manera estaba bien, cuidado, era un gran entrenador, pero algunos jugadores chocaban mucho con eso. No recuerdo quiénes eran, y si los recuerdo tampoco lo voy a decir.
(Risas). Ya me has quitado la siguiente pregunta.
(Risas). Pero era una forma diferente de…
Fue un cambio muy grande, un estilo totalmente diferente de entender el baloncesto.
Sí. Yo ya tenía años, y también me acuerdo corriendo… Había jugadores que estaban medio tocados y él quería a todo el mundo corriendo. Si estabas un poco tocado, él decía: “No, da igual, a correr”. Y por eso es una razón por la que llegamos a la final cansados, muertos…
Llegasteis fundidos.
Sí. Pero vuelvo a decir —y quiero que entiendas esto—: a lo mejor con otro entrenador ni llegamos allí, ni llegamos a la final de la Final Four. Con Maljkovic hemos llegado y hemos ganado la semifinal. Con otro entrenador, con Aíto a lo mejor, ni llegamos. Pero digo: cuando llegamos a la final estábamos muertos, muertos.
¿Cómo era convivir con dos perfiles tan diferentes, Boza Maljkovic de entrenador y Aíto de general mánager?
El problema con ellos era que los dos tenían un carácter muy fuerte. Eran los mejores entrenadores de aquella época en Europa. Los dos creían en lo que hacían y los dos tenían mucho éxito. Pero claro, cuando uno estaba entrenando y el otro era el jefe, supongo que habría conflictos, aunque yo no sabía exactamente lo que pasaba en las oficinas. Yo tenía mucho respeto por los dos.
Una de las cuestiones que todos queremos saber es si es cierto que lanzabas los tiros libres con los ojos cerrados.
(Risas).
Se ha especulado mucho en España sobre este tema. Le pregunté a Aíto y me dijo: “Pudo hacerlo en algún momento, pero creo que se ha exagerado muchísimo. Yo no recuerdo que lo hiciese, probablemente en algún entrenamiento sí porque a lo mejor le enseñaron a concentrarse y una forma de hacerlo es con los ojos cerrados. Pero no me parece trascendente. No recuerdo nada importante al respecto. Pudo haberlo hecho alguna vez, podría ser”.
También hablé con Mario Pesquera Mario Pesquera, que dijo: “Sí, yo creo que sí lo hacía, no lo recuerdo con exactitud, pero él tenía sus manías personales. En los entrenamientos sí lo recuerdo, pero no recuerdo si lo hacía en los partidos”
Y Gustavo Aranzana: “Sus tiros libres son famosos porque los tiraba con los ojos cerrados. Él entrenando tiraba con los ojos cerrados. No sé por qué tenía esa manía. Tenía unos hábitos muy hechos en el tiro libre y cerraba los ojos. Los tiraba con los ojos abiertos, pero a veces lo hacía con los ojos cerrados. Nos sorprendió, nos dijo que era su rutina y que los metía, y era verdad. No se nos ocurrió cambiárselo porque los metía, hacía un altísimo porcentaje en tiros libres y punto, se acabó. Habrá que preguntárselo a él”. Es tu turno…
Sí, yo siempre hacía cosas un poco raras, probando cosas y tal. Estudiaba el deporte mucho. Entonces, sí, empecé a practicar esto… primero, no era un gran tirador de tiros libres, yo era bastante regular en tiros libres, así que lo probé y salió bastante bien.
¿Dónde y cuándo lo probaste?
En los entrenamientos.
¿En tu etapa en la universidad o ya en España?
Sí, empecé en la universidad y en España. En Valladolid lo hacía, pero nunca en un partido, hasta que llegué… bueno, creo que lo hice un par de veces en Valladolid, pero nadie lo sabía, era para probar. En Barcelona lo seguía entrenando, probando, y en pretemporada, jugando no sé dónde, en el sur, empecé a tirar tiros libres con los ojos cerrados y… un poco mejor.
¿En un partido de pretemporada?
Sí. Empecé a hacerlo allí y mejor. En vez de 68 o 70%, pues 75%, o a lo mejor un 10% mejor. Y seguí haciéndolo hasta que me pilló Manolo Flores y me dijo: “¿Qué haces?”. Y yo: “Pues sí, haciendo esto…”. Y él: “No, no puedes”. Pero seguí haciéndolo y entrenándolo. Lo hice en un par de partidos más y Aíto se enteró.
Me acuerdo que en un partido tiraba los tiros libres con los ojos abiertos cuando estaba en el lado de mi banquillo. Y en la segunda parte, cuando cambiamos de campo y desde el banquillo no me veían la cara, tiraba con los ojos cerrados.
¿Era un partido de liga?
Sí, la liga. Lo hice en la liga en un par de partidos. Aíto se enteró, no sé cómo, y mandó a Manolo (Flores) a andar por el campo, enfrente del otro equipo, para comprobar si tenía los ojos abiertos. Recuerdo que yo estaba allí tirando y giro la cara a la izquierda para mirar, y ahí estaba Manolo, de pie enfrente del banquillo del otro equipo, para ver si tenía los ojos abiertos o cerrados. Entonces ya dejé de hacerlo. Pero lo hice en un par de partidos. Aíto mandaba a Manolo para ver si tenía los ojos abiertos o cerrados, porque no sé quién estaba diciendo que yo seguía haciéndolo.
O sea, empezaste a tirar los tiros libres con los ojos cerrados en el Barça durante un partido de pretemporada, y ahí le llegó el rumor a Aíto. Y lo volviste a hacer en 2 partidos de liga hasta que Aíto mandó a Manolo Flores a comprobarlo y ya dejaste de hacerlo, ¿es así?
Sí, sí.
¿Recuerdas alguna conversación con Aíto sobre esto?
Sí. Yo, como siempre, con mi mentalidad de entrenador, le dije: “Aíto, si los tiro mejor con los ojos cerrados, ¿por qué no me dejas? Es que no lo entiendo, si tiro mejor”. Y él: “Porque no se puede, no sé qué… no es serio, este es un juego serio, no sé qué…”. Claro, estuvimos en los entrenamientos hablando de esto, y bueno… pero nada. Pero sí lo he hecho.
En Valladolid lo recuerdan en los entrenamientos, pero durante los partidos no lo tenían claro.
No lo hacía. Lo hice, creo, en un partido en Valladolid, uno solo, el segundo año, pero sí practicaba para hacerlo, eso sí.
¿En Barcelona era durante tu primera temporada?
En el primer año no jugaba mucho. Practicaba, pero no jugaba mucho. Fue el segundo o tercer año, no recuerdo exactamente cuándo empecé a hacerlo… en los amistosos y en un par de partidos.
¿Qué te decían tus compañeros?
Primero que no era serio, pero luego decían: “Mira, si tiras mejor, hazlo”. Pero claro, yo siempre estaba bromeando, mis compañeros no me tomaban muy en serio. Pensaban que yo no me tomaba el juego muy en serio porque disfrutaba entrenando y estando con el equipo, y hacía muchas bromas.
Sí, eso me han dicho.
Sí.
Precisamente por lo que me has comentado al principio de tu religión, tú disfrutabas de todo eso, ¿no?
Sí, disfrutaba un montón de todo. Ahora, cuando estaba jugando, yo era serio, pero en el momento que terminaba… bromas para disfrutar un poco.
Me llamó la atención una historia muy curiosa que publicó un amigo periodista, Antonio Rodríguez, que ya habías contado en una entrevista en Estados Unidos. ¿Te lesionaste un hombro cuando jugabas en el Barça?
Sí, cuando estábamos en Mallorca.
Durante la pretemporada con el Barcelona. Tengo entendido que intentaste actuar como si no pasara nada, ocultando tu lesión, pero al final no te quedó más remedio que confesarlo porque acabaste con el hombro destrozado.
Sí. Al final de temporada estuvimos en Mallorca y había unas caídas al mar. Eran como 4 o 5 pisos de altura, muy alto.
¿4 o 5 pisos? Eso es mucho, Steve.
Sí. Y yo estaba con Manolo Flores y con otras dos personas, no recuerdo qué jugadores eran. De Manolo sí me acuerdo. Y un jugador me hizo una apuesta de que yo no tenía… (se queda pensando unos segundos)… no tenía…
¿Huevos?
Sí, eso, huevos para tirarme (risas), para tirarme de allí. Entonces me tiré y, cuando estaba cayendo de pie, abrí los brazos para no caer de cabeza, es decir, los abrí en cruz.
Para amortiguar la caída.
Sí. Cuando choqué contra el agua, el hombro izquierdo… se rompió todo, o sea, roto. Y no podía decírselo a Aíto ni a nadie. Entonces me fui a hablar con Bové, el fisio, y le dije: “Mira, tengo el hombro mal…”. Faltaba poco tiempo para terminar la temporada y… no sé qué año fue.
Según publicó Antonio Rodríguez, fue durante la pretemporada de 1989.
Sí, sí, sí, fue en la pretemporada, es verdad.
En las estadísticas oficiales de la ACB aparece que jugaste 7 partidos esa temporada. Jugaste muy poquito por la lesión.
Sí, ya… intentaba jugar, pero…
No podías.
No podía. Yo entrenaba con el brazo tapado, solo con una mano. Jugué algunos partidos con una inyección de… cortisona, o yo qué sé qué era.
Te infiltraron para poder jugar.
Sí, jugaba, pero luego me tuve que hacer un par de operaciones en este hombro, que aún hoy no puedo levantar mucho, aún está… Sí, este era un pequeño secreto. Entrenando me llamaban Cervantes.
Sí, eso tengo entendido.
Sí (risas), me llamaban Cervantes entrenando.
Entrenabas solo con el brazo derecho, ¿no?
Sí, con el brazo derecho.
Hasta que Aíto se enteró porque ya no podías ocultarlo más.
Ya, no podía jugar más y tenía que recuperarme.
Estuviste 7 temporadas en el Barcelona, ¿por qué se produjo tu salida? ¿Finalizabas contrato? ¿Qué pasó?
Yo tenía otra lesión de espalda y no pasaba el físico muy bien, y creo que dijeron: “Mira…”. Dos meses antes me hicieron una oferta de cuatro o cinco años.
¿Dos meses antes de acabar tu última temporada en el Barcelona te ofrecieron renovar?
Sí, dos meses antes de acabar mi última temporada en el Barça. Antes de terminar la temporada querían que yo volviera a fichar con ellos, pero yo quería esperar hasta final de temporada. Pero durante esos dos meses me hice otra lesión de espalda, entonces dije: “Bueno, ya ficho, ¿dónde tengo que firmar?”. Y ellos me dijeron: “No, ahora tienes que volver a pasar un físico”. Y no podía pasarlo. Por tanto me dijeron: “Ya vamos a dejarlo y puedes fichar con quien tú quieras”.
¿Te arrepientes de aquello, de no haber firmado un poquito antes? ¿Por qué te esperaste tanto?
Sí, hombre… dos meses antes podía haber terminado mi carrera allí, jugando en el Barcelona. Fue una pena. Pero estuvimos bien en Sevilla. Fuimos a Sevilla dos años. Bueno, fiché por tres, pero después del segundo año yo también tenía muchos problemas de espalda y acordamos una cantidad para el último año y ya me retiré.
¿Te llegó alguna oferta importante de España o Europa durante tus 7 años en el Barça?
Sí, había gente que hablaba, pero yo estaba tan a gusto en Barcelona… ¿dónde iba a estar mejor que en Barcelona?
En el Caja San Fernando coincides con tu gran amigo Brian Jackson. Según me ha contado Chinche Lafuente, compañero en Sevilla, siempre estabais juntos.
Sí, Brian y yo siempre estábamos juntos allí. Era la primera vez que el Caja San Fernando llegaba a jugar en Europa, después de nuestro primer año. Y bien, lo pasamos bien, muchos amigos, nació mi última hija allí… Estaba bien. Fui durante cuatro meses vecino de Maradona en Sevilla.
¿Ah sí? ¿Dónde vivíais?
En las afueras, en Gelves, y Maradona vivía cuatro casas más abajo, con sus guardaespaldas ahí.
¿Recuerdas algo con él?
Sí, me acuerdo que hablé un par de veces con él paseando con mis hijos por allí. Y Carolina llegó a conocer a su mujer en el gimnasio. Había un gimnasio en las afueras también, se llamaba Pista Sport, creo. Y allí, con Claudia, su mujer, hacían clases… llegó a conocerla. Él entrenaba con el equipo pero no viajaba con el equipo. Tenía un avión propio para los viajes. Era al final de su carrera…
Viajaba aparte del equipo.
Sí, aparte. Viajaba en un avión privado.
¿Hablaste alguna vez con él?
Sí, hablamos un par de veces paseando por allí con los niños. Tenía perros y los niños jugaban con sus perros. Yo sabía cuándo estaba en casa porque sus guardaespaldas estaban en el coche, afuera… Hablé un par de veces con él.
¿Y qué tal con él?
Bien, muy bien. Y claro, él sabía que su mujer y mi mujer eran amigas y se conocían en el gimnasio. Gente así, que tenían guardaespaldas y tal, eran… un poco intocables.
¿Cómo eran las sesiones de tiro con Brian Jackson? Antes hemos hablado de cuando reboteabas a Epi, supongo que Brian fallaría muy poco.
Ya (risas), él fallaba mucho menos. Pero igual… Brian era muy amigo, pasamos mucho tiempo juntos, viajando, entrenando juntos… o sea, muy bien, una amistad de muchos años.
Biran Jackson me ha contado una anécdota: “Antes de fichar por el Magia de Huesca, había preguntado a Steve y Carolina si podía quedarme con ellos en Barcelona mientras buscaba un nuevo equipo. Agradecí su hospitalidad porque una semana se convirtió en más de un mes y al final se deshicieron de mí haciéndome cuidar a sus hijos mientras ellos salían por la noche”.
(Risas) Es verdad, dormía en el sofá y me dijo: “Va a ser una semana”. Y nosotros: “El tiempo que quieras”. Casi 2 meses después (risas), ya había fichado por el Magia de Huesca… Fue una pena, mis hijos preguntaban por él: “¿Dónde está, Brian?”. Cuidaba de nuestros hijos mientras salíamos al cine y hacíamos otras cosas… y muy bien.
Después de retirarte comienzas una etapa como entrenador, llegando a estar de ayudante de Aíto en el Barcelona a finales de los noventa.
Sí, dos años con Aíto y un año entrenando al equipo B como primer entrenador.
Por aquel entonces dos jovencitos con mucho talento empezaron a asomar la cabeza en el primer equipo del Barça: Pau Gasol y Juan Carlos Navarro.
Sí, los dos. Aíto, como sabes, tiene su forma de hacer las cosas, y sobre todo en España no había ningún jugador jovencito que saliera tan pronto como Gasol, Navarro y luego como este del Joventut… ¿cómo se llamaba? Acaba de retirarse.
Ricky Rubio.
Sí, Rubio. En aquellos días no había jóvenes, los jóvenes tenían que hacer su penitencia. Llevaban las bolsas de los mayores, no jugaban… Y Pau y Juan Carlos tenían tanto talento que… yo empujaba todo lo que podía para que, por lo menos, entrenaran con el primer equipo, porque tenían talento. No solamente talento para jugar, también entendían el juego. Sobre todo Pau, veía el juego como nadie. No solo era un gran tirador: cogía rebotes, pasaba la pelota… entendía el juego.
Y yo veía esto, a Pau con 16, 17 años, y decía: “Jopé, este va a ser uno de los mejores”. Hacía todo lo posible para empujarle y que nos convenciéramos de que podía jugar cuanto antes en el primer equipo. Cuando Pau llegó al primer equipo es cuando yo empecé a entrenar al equipo B.
Pero empezaron a entrenar antes en el primer equipo, cuando tú estabas de ayudante de Aíto.
Sí, claro.

¿Qué consejos le dabas a Pau Gasol en esos comienzos con el primer equipo del Barça? Supongo que pasarías muchas horas con él.
Sí, hablábamos de que tenía que ponerse más en forma, que podía correr más y hacerse más fuerte. Él era muy delgado. Intentaba que cogiera un poco más de músculo, correr un poco más, porque talento para pasar, ver el juego, tirar… ya lo tenía. Le faltaba un poco de fuerza y yo intentaba hacer todo lo posible para que se pusiera más fuerte.
Y Juan Carlos hacía unas cosas que mucha gente no podía hacer: tirar desde muy lejos, pero a la vez pasar, entrar y tirar unas… no sé cómo se llaman.
Las bombas.
Las bombas, sí, eran impresionantes. El juego eran bombas de pases para que los grandes hicieran mates.
Los alley-oops.
Sí, ellos tenían talento y disfruté mucho de estar en el momento en que ellos llegaron para ser grandes.
¿Recuerdas alguna conversación o alguna anécdota con Pau Gasol que se te haya quedado grabada?
Recuerdo que, después de un entrenamiento en Rusia, él corría por las gradas mientras todos estaban duchándose y cambiándose. Yo le hacía correr más y terminó corriendo por las gradas, intentando ponerse más fuerte. Creo que fue cuando íbamos a jugar un partido contra el CSKA.
Tuve muchos momentos hablando con él. Jugaba a las cartas con él en los autobuses. A los dos, a Pau y a Juan Carlos, les gustaba jugar a las cartas.
¿Pensabas que Pau Gasol iba a llegar tan lejos?
Bueno, sabía que podía llegar a la NBA, pero llegar a ser Hall of Fame, ganarlo todo y ser tan importante en la NBA… nadie sabía esto, nadie. Pero jugar en la NBA, sí, y también Juan Carlos, porque tenían talento y ganas para jugar allí, eso sí. Pero llegar hasta donde llegó Pau, vamos… no. Igual que pasar del Barça B al primer equipo, nadie hacía esto tan rápido.
Fue una gran experiencia estar con él cuando era joven. Era un chaval con mucha potencia y con muchas ganas de ser el mejor. Tenía muchas cosas buenas: su altitud, su amor por el juego… Luchaba contra las cosas que sabía que tenía que mejorar para alcanzar sus metas, jugar en la NBA y conseguirlo todo y más.
Se te recuerda en muchos partidos con una camiseta roja de mangas debajo de la camiseta de juego. ¿Por qué?
Oh, ¿debajo de mi uniforme? Sí, al principio me la ponía porque hacía mucho frío. Fuimos a canchas como Santa Coloma o Badalona donde no había calefacción y hacía un frío… Empecé a ponérmela para tener menos frío. Pero después fue un poco también por el look, como se dice ahora.
Pero la razón principal era el frío. Recuerdo Santa Coloma… la cancha era de cemento y podías ver el vaho al hablar, hacía muchísimo frío. Empezó por eso y luego ya se convirtió un poco en imagen.
¿Es verdad que te surgió la posibilidad de irte de misionero a China cuando estabas jugando en el Barcelona? Algo me contó José Luis García Molero.
Sí, mi sueño siempre fue ir a vivir a China algún día, y quería que mis hijos hablaran chino porque pensaba: “Si hablo español, puro castellano de Castilla y León, puro inglés de California mío, y chino… ya no tendría problema para trabajar en cualquier parte”.
Empecé desde que eran pequeños a ponerles cintas en chino para que lo aprendieran, y en Sevilla contratamos a una chica de China para que les enseñara. Esa fue la idea con China. Ahora tres de mis hijos hablan chino perfectamente y lo usan en sus trabajos.
¿Y tú lo hablas?
No, no… en su momento entendía un poco, pero lo dejé. Un día, quién sabe, a lo mejor ese sueño se hace realidad y nos vamos a China. Vamos a ver.
Steve, es casi la 1 de la madrugada en España. He disfrutado mucho con esta charla de casi tres horas, pero no quiero robarte más tiempo. ¡Muchas gracias!
Gracias por todo y mucha suerte como padre. Mucha paciencia, porque cuando llegan a los 15 o 16 años va a ser un trabajo muy duro, pero vale la pena hacer ese esfuerzo por ser un buen padre. No hay nada más importante que vayas a hacer en esta vida que ser un buen padre y un buen esposo.
Agradecimientos a: José Luis García Molero, Mario Pesquera, Gustavo Aranza, Pepe Alonso, Aíto García Reneses, Julián Ortiz, Chinche Lafuente, Brian Jackson y Carolina Iglesias.










Una auténtica joya y una maravilla de entrevista, un orgullo haber aportado mi granito de arena
Gran entrevista. Se nota que cuando alguien vive y disfruta con lo que hace, las cosas salen bien.
Bunos días Javi, no dejas de sorprenderme con las entrevistas a nuestro ídolos de nuestra época dorada.
Espectacular otra vez y espero no sea la última.
Steve Trumbo que gran reboteador semejante a Felipe Reyes, que curioso lo de ser mormón con 5 hijos y 12 nietos el crack de Esteban.
No sabía que había jugado en los Lakers nada más que al lado de Sampson.
Que gran persona y que humanidad hasta de Aito habla bien.
Bueno amigo espero la siguiente con ansiedad para seguir disfrutando una vez más de tu trabajo.
Un abrazo Javi Balmaseda
Si amas el 🏀 de cualquier Época, las entrevistas de Javi Balmaseda, con auténticas Leyendas, Mitos que han marcado nuestro Deporte, no dejes pasar esta oportunidad Histórica 👏👌. Ojalá y nos duren mucho tiempo. A años Luz de la Mediocridad actual.
Enhorabuena Javi y web. Nos hacéis Felicidades. A seguir, por favor.
Su talento para jugar al baloncesto, como dice Trumbo, lo aprovechó para ayudar a otras personas. Ahí se ve su grandeza. Lo que me he reído con lo del apodo de Cervantes que le pusieron sus compañeros del Barça. He pasado un muy buen rato leyendo la entrevista. Mis felicitaciones.
Excelente trabajo periodístico, una vez más, el realizado por Javier Balmaseda (brillante experto en lograr que afloren interesantísimas curiosidades en sus entrevistas a los grandes personajes históricos del baloncesto).
En esta ocasión a Steve Trumbo (que formaba parte de una familia compuesta por 12 hermanos, todos adoptados de diversas nacionalidades; mormón practicante muy implicado con su religión, acostumbrado desde siempre a soportar grandes dolores físicos, etc.).
Chapeau.
Curiosísimas sus vivencias en Valladolid, la más importante conocer a la pianista del equipo de gimnasia rítmica y casarse con ella (Carolina Iglesias) en cuyas primeras citas iban siempre acompañados de una amiga de ella que sabía inglés para traducir lo que se decían, finalmente terminar hablando el español más puro y auténtico (el de Castilla León), etc.
Y muy ocurrente el juego de palabras de Balmaseda cuando le recuerda a Trumbo que, tras no conseguir firmar con Los Lakers, cambió de Fórum: pasando del Fórum de Los Ángeles al Fórum de Valladolid.
Éste debe su nombre al patrocinador principal y oficial de la época: Fórum Filatélico Financiero, la entidad de «las tres efes», que fue intervenida judicialmente en 2006.
Multitud de anécdotas durante su etapa en el Barcelona: gran compañerismo con Epi, prohibición de Aíto de que lanzase los tiros libres con los ojos cerrados, impotencia ante los enfrentamientos en Europa contra la Jugoplastika de Toni Kukoc, tristeza por el fallecimiento del admirado rival Fernando Martín, rotura de hombro ocultada, etc.
Después, en el Caja San Fernando: ser vecino de Diego Armando Maradona (en su etapa de futbolista del Sevilla), y sus esposas amigas de gimnasio.
Regreso a Barcelona como ayudante de entrenador, emergiendo de la cantera Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, etc.
Lo dicho: ¡formidable entrevista!