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La última pachanga de Bob Marley

Aseguran fuentes bien informadas y alejadas de los que se apoyan en leyendas urbanas para hablar de algo o de alguien que el genial Tete Montoliu (Barcelona, 28 de marzo de 1933-24 de agosto de 1997) hacía todo lo posible para no perderse ni un partido de su FC Barcelona. Aunque se tratara de un vulgar amistoso. Cuando sus obligaciones profesionales le impedían disfrutar in situ de las evoluciones sobre un terreno de juego de su equipo del alma, un diminuto aparato de radio y un imperceptible pinganillo ejercían de impagable logística para saber al minuto cómo iba la cosa. Los que tuvieron la ocasión de verlo en directo, conocedores de tan singular protocolo culé, aseguraban que el pianista catalán (invidente de nacimiento) nunca reflejaba en su rostro el conocimiento de buenas o malas noticias procedentes de las ondas. No llegaba a tanto Bob Marley durante sus conciertos, aunque su amor por el fútbol convertía a sus giras en la excusa perfecta para juntarse con sus músicos, círculo de amigos y echar unas interminables pachangas con los futboleros del lugar. No importaba el país, las condiciones del terreno de juego, la calidad de los oponentes. Nunca faltaba una pelota, ropa deportiva y unas botas entre sus pertenencias viajeras. Una de ellas, posiblemente la última antes de convertirse en leyenda el 11 de mayo de 1981, tuvo lugar en Río de Janeiro. Un histórico 18 de marzo de 1980. Al lado de todo un Campeón del Mundo con Brasil en México 1970.

Mural enfrente de la casa de Bob Marley

No fue, como diría la canción, una noche después de un concierto. Tampoco una mañana. No estaba el jamaicano en tierras brasileñas para actuar. Las circunstancias le habían llevado a tan imprescindible destino para disfrutar de los fastos organizados por su compañía discográfica recién desembarcada en Brasil (Ariola). Junto a Marley, un peculiar grupo de sospechosos habituales que más de uno pudo ver observando las miserias y peripecias de los moradores de las favelas de una urbe tan rica y tan pobre. A saber: Junior Marvin, guitarrista de los Wailers; Jacob Miller; vocalista de Inner Circle, y Chris Blackwell, director de Island Records. Nada más llegar a su hotel, ataviado con su habitual ropaje y sus rastas y estando en Río de Janeiro, removió Roma con Santiago para no desperdiciar la oportunidad que el destino le había brindado para juntarse con uno de sus ídolos. Un futbolista tan genial como bohemio, al que su manera de entender la vida casi le cuesta la propia vida. Paulo César Cajú, pelotero ya en el crepúsculo de su carrera, que se había ganado la vida en Europa tras su paso por el Gremio, Flamengo y Fluminense, en su momento descartado por el Sevilla FC (pensaban los gestores del cuadro andaluz hace más de 40 años que su equipo necesitaba a un extranjero con mucho más gol)… y primer suplente de una selección irrepetible. La formada por Brasil en México 70. Sí, porque además de los Pelé, Carlos Alberto, Tostao, Rivelino, Gerson y Jairzinho, Cajú completaba el puzzle de una delantera que hoy en día no tendría precio.

Si Bob Marley era un genio sobre el escenario, ¿cómo era con un balón en los pies? Allan Cole, delantero jamaiquino de la década de los sesenta que militó en el club Santos de Jamaica, en los Atlanta Chiefs de la North American Soccer League y en el Náutico del Campeonato Brasileño de Serie A, hablaba de Bob Marley y sus virtudes futboleras en una entrevista concedida a la revista Rolling Stone en el año 1999: “Jugaba como volante creativo o delantero, poseía la habilidad y velocidad para dejar atrás a los adversarios más grandes, compensando su complexión delgada y baja estatura –medía aproximadamente 1.70 cm–, pudo haber desarrollado una gran carrera en el circuito profesional, aunque quizá no tan exitoso como lo hizo en la música”, recalcaba al respecto sobre alguien al que un modesto club irlandés homenajeo con una camiseta digna de ser conservada como oro en paño. La del Bohemians, que lanzaba al mercado una elástica en homenaje al Rey del Reggae, Bob Marley, con los colores rastafari (verde, amarillo y rojo) y el rostro del fenecido cantante jamaiquino. Algo que tenía una decisión más que justificada: Fue en el Dalymount Park de Dublín, Irlanda, donde ofreció su último concierto en mayo de 1980.

¿Y por qué esa admiración de Bob Marley por Cajú, el menos mediático de la mejor verdeamarela de la historia? Al margen de su exquisito gusto por futbolistas que hacían cosas diferentes sobre un terreno de juego, a Marley le había llegado a sus adentros su difusión por las ideas libertarias de las Panteras Negras (los que por ejemplo no se cortaron un pelo con sus reivindicaciones en México 68), su promoción de la filosofía de Malcolm X y de Marthin Luther King. Y su íntima relación con periodistas, músicos y políticos de la izquierda. Casi nada para una época en lo que anterior no era precisamente muy políticamente correcto. De haber podido, seguro que lo hubiera reclutado para las filas de su queridísimo Boys Town FC jamaiquino. Es, evidentemente fácil de entender, que quisiera juntarse con su ídolo. El tiempo y la salud no jugaba a favor de un Bob Marley al que, casualidades del destino, el fútbol anunciaba sin previo aviso que podía quedarle poco en este mundo (durante un partido de fútbol un pisotón le puso en alerta de un melanoma, pero su cultura rastafari le impedía amputar el dedo afectado).

La pachanga todavía está fresca en la retina de los que la disfrutaron en persona. Y es que, como si de una reunión de espías de los años de la Guerra Fría se tratara, todo era secretismo en relación a dicho amistoso. Empezando por el lugar, conocido por los selectos participantes a través de coordenadas. Se disputaría a las cuatro de la tarde en un campo de albero ubicado en el Kilómetro 18 de la Avenida Sernambetiba. Y con los equipos hechos de antemano. Con Marley irían, tomen buena nota, Chico Buarque, Toquinho y Jacob Miller. Al frente, cuatro empleados de la multinacional Ariola, Alceu Valenca y Chicao. Faltaba uno para que no fueran cuatro contra cinco. Ese uno, cómo no, el mismísimo Cajú. Cinco contra cinco y 3-1 al final de muchísimos minutos de regates, túneles y sombreros. Marley y el mundialista con Brasil en México 70 y Alemania 74 no dieron opción a un sparring voluntarioso, con más suplentes de la cuenta, pero que no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia de un fútbol que seguro tendría vigencia en pleno S.XXI. Marley, además de compartir intereses ese día con Cajú, se llevó para el hotel una camiseta del Santos de un tal Pelé. Un bonito recuerdo para alguien consciente de estar no demasiado lejos de la muerte (falleció a los 36 años, el 11 de mayo de 1981). Por su parte, Cajú, cercano a cumplir 74 años, cuenta de un tiempo a esta parte cómo supero sus adicciones a diversas sustancias no demasiado recomendables. Consumos que le obligaron a malvender la medalla que le acreditaba como Campeón del Mundo en México 70. Un salvoconducto que no lo permitió juntarse en el Sevilla con su compadre Pintinho (ambos habían coincidido en las filas del Fluminense). Pintinho, que no pudo tener una mejor idea que ponerle a uno de sus hijos el nombre de su excompañero de esfuerzos diarios (Pablo).

Años más tarde, la ciudad que despreció a Cajú a las puertas del Mundial 82 no tuvo más remedio abrazarse al fútbol imprevisible de un seguidor de Bob Marley. Nico Olivera, mediapunta fundamental en el último ascenso del Sevilla FC a Primera división. Rastafari declarado sin la necesidad de apostar por una imagen adornado por las rastas y autor de casi 20 goles en Segunda división a lo largo de la 00/01, que cada vez que profanaba el arco rival se levantaba su camiseta para promocionar otra de color negro en la que Marley era protagonista absoluto. El exfutbolista charrúa, uno que no habría desentonado en una pachanga para siempre recordar.

Por cierto, no es cuestión de olvidar que después de su muerte, los hijos de Marley han continuado teniendo un contacto muy directo con el mundo del fútbol. Lógicamente, contagiados por la afición de su padre. Sin ir más lejos, la selección femenina jamaicana se clasificaba por primera vez en una Copa del Mundo, en gran medida, gracias a su hija Cedella.

Cedella, junto a la selección femenina de Jamaica

Esta ha ayudado como embajadora, con patrocinadores y apoyo financiero y mediático, después de que la selección se disolviera por parte de la federación de su país. «A mí padre le encantaba el fútbol, estoy segura de que, si no hubiera sido músico, hubiera sido delantero de un equipo de fútbol. Estaba todo el día jugando», recordó en una ocasión la hija de la leyenda del reggae.

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