Bolos

Las diez curiosidades sobre bolos que te van a poner de buen humor

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Para Hollywood las boleras son el hábitat natural del perdedor americano. Neón parpadeante, zapatos alquilados que aún guardan el calor del pie anterior, un vaso de cerveza tibia y un tipo que ha decidido no arreglar nada de su vida. El Nota de El gran Lebowski vive prácticamente allí. Roy Munson pierde la mano y el porvenir en una en Vaya par de idiotas. Homer Simpson encuentra en la bolera de Springfield su único territorio de gloria. Y Paul Thomas Anderson llevó la idea al extremo teológico en Pozos de ambición, donde el capitalismo petrolero termina de rematarse a sí mismo con un bolo en la mano, en la pista privada del sótano de una mansión.

La cosa tiene su gracia porque los bolos son exactamente lo contrario de un pasatiempo menor. Son uno de los juegos documentados más antiguos del planeta, tienen federación reconocida por el Comité Olímpico Internacional desde 1979, mueven ciento catorce federaciones nacionales y arrastran detrás una historia que pasa por la Reforma protestante, la literatura fundacional estadounidense, el trabajo infantil, la sociología de Harvard y una religión con miles de ministros ordenados. Diez muestras.

La bolera más antigua del mundo estaba en el desierto egipcio

En un yacimiento del Fayum conocido como Medinet Madi, la antigua Narmuthis, un equipo italiano dirigido por la egiptóloga Edda Bresciani desenterró una sala de época ptolemaica con una calle poco profunda excavada en el suelo, un foso al final y dos bolas de piedra caídas al lado. La particularidad estaba en el centro de la pista, donde se abría un agujero cuadrado. La hipótesis de Bresciani es que dos jugadores lanzaban a la vez y que la bola grande servía para desviar a la pequeña e impedir que colara. No era derribar bolos. Era acertar en el hueco, o evitar que acertara el rival.

Lutero jugaba a los bolos y ordenó cuántos había que poner

En los claustros alemanes de la Edad Media circulaba un ritual estupendo. El fiel llevaba consigo un kegel, la maza o palo que se usaba como arma de defensa, lo plantaba de pie al fondo de un pasillo y le lanzaba una piedra. Derribarlo probaba que estaba libre de pecado. Fallar obligaba a rezar y volver a intentarlo. La historiografía sostiene que Martín Lutero fue un aficionado entusiasta, que mandó construir una pista para sus hijos y que zanjó una discusión que llevaba siglos abierta fijando en nueve el número de bolos. La absolución, por una vez, se dirimía a bolazos.

El décimo bolo pudo nacer para burlar una ley

Los bolos de nueve llegaron a Estados Unidos con los emigrantes alemanes y holandeses, y llegaron acompañados de lo que siempre los acompaña, que son las apuestas. Connecticut prohibió el juego en 1841 y otros estados fueron detrás, redactando leyes que hablaban expresamente de ninepins. La leyenda más repetida del deporte cuenta que alguien reparó en la literalidad del texto legal, añadió un décimo bolo, colocó los diez en triángulo y siguió jugando y apostando con total impunidad. Los historiadores serios recelan bastante de la anécdota y no la dan por probada. Nadie ha conseguido, en siglo y medio, inventar una mejor.

El trueno de los Catskills son bolos

Cuando Washington Irving publicó Rip Van Winkle en 1819 estaba fundando, sin proponérselo demasiado, la mitología literaria estadounidense. Su protagonista se interna en las montañas Catskills, oye un estruendo lejano y descubre a la tripulación fantasma de Henry Hudson jugando a los bolos entre las rocas. Bebe de su licor, se duerme veinte años y despierta en un país que ya no es colonia británica. El detalle importa porque instala los bolos en el corazón del relato nacional norteamericano casi un siglo antes de que existieran las boleras comerciales. El trueno de los Apalaches era un pleno.

Los bolos los ponían niños, y la máquina que los sustituyó cambió el deporte

Hasta mediados del siglo XX, al fondo de cada pista había un pinboy, casi siempre un chaval, sentado en un banco sobre el foso. Su trabajo consistía en esquivar la bola, recoger los bolos derribados, recolocarlos a mano y devolver la bola rodando por un canal. Cobraba propinas, trabajaba de noche y se llevaba impactos con regularidad. El ingeniero Gottfried Schmidt patentó a finales de los treinta un mecanismo automático que la marca AMF no logró comercializar hasta principios de los cincuenta. Aquella máquina liquidó el oficio y desató el gran boom de las boleras en la América de posguerra.

La pista está empapada de aceite y el espectador no lo ve

El elemento decisivo del juego profesional es invisible desde la grada. Antes de cada competición se aplica sobre la madera un patrón de aceite con una distribución milimétrica que determina por dónde agarra la bola y por dónde patina. Cambiar el patrón cambia el deporte entero, hasta el punto de que un jugador excelente en uno puede ser mediocre en otro. El circuito profesional estadounidense bautizó los suyos con nombres de animales según su dificultad, de modo que existe un patrón camaleón, uno guepardo, uno escorpión y uno tiburón. El público solo ve un suelo que brilla.

Existe una modalidad en la que nadie ha hecho nunca un juego perfecto

El candlepin nació en Worcester, Massachusetts, en la década de 1880 y jamás salió de Nueva Inglaterra. Los bolos son cilindros altos y finos que parecen velas, la bola cabe en la palma de la mano y no tiene agujeros, se dispone de tres lanzamientos por turno y la madera derribada se queda tirada en la pista estorbando. La puntuación máxima sigue siendo trescientos. En más de un siglo de historia nadie la ha alcanzado. El récord mundial son doscientos cuarenta y cinco puntos, firmados por Ralph Semb en 1984 e igualados por Chris Sargent en 2011.

España juega a otra cosa, y a más de una docena de cosas distintas

Mientras el mundo se homogeneizaba en torno a los diez bolos, la península conservó un catálogo de modalidades autóctonas que no tiene apenas equivalente en Europa. El bolo palma cántabro, el pasabolo tablón, el bolo leonés, la modalidad asturiana de cuatreada, las bitlles catalanas, los bolos huertanos murcianos y el bolo andaluz funcionan con reglas, distancias, pesos y sistemas de puntuación completamente incompatibles entre sí. La federación española reconoce más de una docena. Cada una tiene su liga, su vocabulario y su geografía cerrada, y ninguna se parece lo más mínimo a lo que se juega en un centro comercial.

Un sociólogo de Harvard usó los bolos para explicar el desmoronamiento de una sociedad

En 1995 Robert Putnam publicó en Journal of Democracy un ensayo que se convirtió en el texto de ciencia social más citado de su década. Su indicador estrella era este. Entre 1980 y 1993 el número total de estadounidenses que jugaban a los bolos había crecido un diez por ciento, mientras la participación en ligas organizadas se hundía un cuarenta. La gente seguía jugando, pero ya no jugaba con nadie. Putnam añadió un remate soberbio sobre el negocio, y es que el jugador de liga consume el triple de cerveza y pizza, y el dinero está en la cerveza, no en las bolas.

De una película sobre bolos ha salido una religión registrada

En El gran Lebowski, que los hermanos Coen estrenaron en 1998 con escaso éxito comercial, la bolera funciona como templo y como confesionario. El detalle más comentado por sus fieles es que al Nota no se le ve lanzar una sola bola en toda la película. Desde 2002 se celebra anualmente el Lebowski Fest, y en 2005 Oliver Benjamin fundó el dudeísmo, una fe basada en la desidia militante del personaje que ha ordenado ministros por internet a cientos de miles. Hollywood empezó tratando la bolera como purgatorio y ha terminado convirtiéndola en iglesia.

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