Ciclismo

Rojos en la Vuelta (parte I: el largo camino a Valladolid)

Sergey Sukhoruchenkov [Indiscreto.info]

Durante casi cuatro décadas hubo una Guerra Fría en el ciclismo. Una clara falla separaba a Oriente y Occidente marcada por la línea de demarcación entre profesionalismo y amateurismo. La URSS y sus aliados afirmaban entender el deporte adhiriéndose estrictamente a los nobles principios coubertinianos que debían regir el deporte, y en los que el mantenimiento del amateurismo (en oposición a competir a cambio de dinero) debía ser una condición inalterable. Es por ello que los ciclistas orientales no podían profesionalizarse, centrándose en un calendario paralelo que contenía su propia épica, sus mitos y leyendas equivalentes a los de las carreras profesionales occidentales. La Carrera de la Paz –la prueba por etapas más importante detrás del Telón de Acero, capaz de atraer multitudes comparables a las del Tour de Francia–, el campeonato mundial amateur –en línea y en contrarreloj por equipos– o los Juegos Olímpicos eran los grandes hitos de este calendario, y sus dominadores adquirían estatus de dioses deportivos a la altura de Coppi, Merckx o Hinault.

En la práctica, los ciclistas amateur orientales eran profesionales encubiertos. Corriendo para clubes ciclistas vinculados a combinats industriales o a instituciones del Estado –fundamentalmente el ejército– recibían salarios por oficios que no ejercían. Su vida, como la de los profesionales occidentales, consistía solamente en entrenar y competir, recibiendo por sus triunfos deportivos regalos en especie, en vez de premios en metálico. Vivían para la competición, al igual que sus contrapartes occidentales, pero no podían compartir calendario. Principios políticos opuestos encuadraban los mundos de unos y otros.

A partir de cierto momento, esta Guerra Fría del ciclismo empezó a experimentar también détentes y coexistencias pacíficas. Diálogos en la cumbre para caminar hacia cierta unificación. En muchas ocasiones, estos destellos de integración estaban estimulados por la aparición de grandes talentos en el lado oriental, que despertaban el deseo de responder a una pregunta fundamental: ¿qué pasaría si estos cracks orientales pudieran medirse con los grandes astros del profesionalismo? La París-Niza de 1974, por ejemplo, devino open con el objetivo de que los dos grandes dominadores a cada lado del Telón de Acero, Eddy Merckx y el polaco Ryszard Szurkowski, pudieran batirse en duelo.

Equipo ciclista femenino de la URSS en Albertville, 4 de septiembre de 1964

Szurkowski venía de ganar su tercera Carrera de la Paz y el Mundial amateur en Barcelona, mientras Merckx ya tenía por entonces cuatro Tours y cuatro Giros, además de dos Mundiales. La prensa se movilizó durante aquella París-Niza para reportar sobre su evolución y entrevistar conjuntamente a los dos campeones, tan parecidos en su pedaleo, en su voracidad competitiva y hasta en sus frondosas patillas setenteras.

En la segunda etapa, Szurkowski a punto estuvo de hacer historia al quedarse a unos centímetros de la victoria en un agónico sprint contra Merckx. El polaco aún sería segundo y tercero en otras dos etapas, demostrando que, efectivamente, tenía nivel para batirse contra los grandes capos del ciclismo profesional. Pero no tuvo oportunidad de seguir demostrándolo, al sobrevenir una nueva cerrazón político-deportiva. El experimento open no volvió a repetirse durante el resto de su carrera.

El siguiente intento sucedió también a tenor de la explosión deportiva de un talento europeo-oriental: el soviético Sergei Sujorúchenkov. Sujo había dado muestras de su fortaleza todoterreno en 1978 al ser campeón de la URSS en línea, ganador del Tour de la URSS y, en septiembre, vencedor del Tour del Porvenir. Para 1979 Sujo ya era imbatible, ascendiendo a lo alto de todos los podios posibles: de nuevo el Tour de la URSS, el Giro de las Regiones (organizado por el Partido Comunista Italiano) y, sobre todo, la Carrera de la Paz y el Tour del Porvenir por segundo año consecutivo. Pero la apoteosis llegó el 28 de julio de 1980, cuando Sujo triunfó en solitario, tras una impresionante cabalgada, la medalla de oro de la prueba en los Juegos Olímpicos de Moscú. Una victoria impresionante que marcó a toda una generación ciclista en la URSS y que contenía los elementos épicos para despertar la admiración del panorama ciclista universal, alimentando la fantasía de un enfrentamiento entre el monstruo soviético y el gran dominador del ciclismo profesional de aquel momento, Bernard Hinault.

Pero las negociaciones para hacer del Tour de Francia una carrera open se alargaron en el tiempo, así que el reto de hacer posible el sueño de unir a lo mejor de los dos mundos fue recogido por un inesperado personaje, Michael Aisner, en un lugar hasta entonces muy lejano del epicentro ciclista, como eran los Estados Unidos de América. Aisner era un loco de las bicis que quería crear un Tour de Francia a la americana. Para ello compró por un dólar la licencia de la moribunda Red Zinger Classic en 1980, y vendió su visión a la cervecera Coors. El resultado fue una imponente carrera, la Coors Classic, que cruzaba las Rocosas atrayendo a grandes multitudes merced a una intensa publicidad que conectaba con los aires de la nueva década.

Los primeros 80 iban a ser, además, los años del recalentamiento de la Guerra Fría: la intervención soviética en Afganistán, el boicot occidental a Moscú’80, los complejos militar-industriales exigiendo respuestas enérgicas. Reagan no tardaría en ganar las elecciones, mientras el avejentado Politburó desempolvaba retórica nuclear. Se trataba de un contexto perfecto para la visión comercial de Aisner: costase lo que costase, era imperativo que los ciclistas soviéticos participaran en la Coors, para regocijo de un público ávido por patearle el trasero al Imperio del Mal. En 1980 la URSS declinó la invitación, pero en 1981 cambió de opinión. Fue una sorpresa, más aún cuando anunció que acudiría con su equipo A.

Sergey Sukhoruchenkov

Por entonces la narrativa ya no era el duelo en las montañas de Colorado entre Hinault y Sujo. El francés no iba a ser de la partida y el soviético empezaba a dar muestras de desmotivación en un contexto de enfrentamiento abierto con su seleccionador, Viktor Kapitonov, que le acusaba de ser excesivamente individualista. Pero a Aisner no le importó. Hinault no era especialmente popular entre el pueril público estadounidense, y la aparición de Greg LeMond permitía contar una historia aún más estimulante: el rubio californiano luchando en solitario contra los pérfidos rojos.

Con un Sujo apático, el villano oficial sería el musculoso Yuri Barinov. Con gran maestría propagandística, Aisner documentó la épica historia: los repetidos ataques soviéticos contra el joven LeMond, su derrota contra Barinov en la cima de Morgul-Bismark y la victoria final del estadounidense en la clasificación general. Con su casco blanco, sus estratosféricos bíceps y su mirada asesina, Barinov era el contrapunto perfecto al heroico LeMond. Tal fue el impacto de esta imagen, que incluso inspiraría al personaje de Belov en la malísima pero icónica película American Flyers.

Pese al contexto de tensión internacional, los intentos de integrar al ciclismo oriental en el panorama profesional iban avanzando. En buena medida lo hacían a través de proxies individuales: en 1982 el polaco Czesław Lang –medalla de plata en Moscú’80 tras Sujo– se convirtió en el primer profesional surgido del frío. Siguió su compatriota Lech Piasecki en 1986, objeto de deseo de los principales equipos occidentales después de ganar Carrera de la Paz y campeonato del mundo en el mismo año. A continuación, en 1987, llegaría el checoslovaco Milan Jurco –apodado Camión–, hasta que finalmente se abrieron las puertas de los soviéticos en 1989 con la creación del equipo Alfa Lum. Tras la caída del Muro de Berlín llegaría el turno de las grandes estrellas germano-orientales Olaf Ludwig, Uwe Ampler y Uwe Raab, que habían arrasado durante años en la Carrera de la Paz, campeonatos del Mundo y Juegos Olímpicos.

Viktor Kapionov

En paralelo continuaba la discusión para hacer open las principales carreras profesionales, con objeto de atraer selecciones orientales y avanzar en la unificación del ciclismo. Fue el caso del Tour de Francia de 1983, por vez primera abierto al mundo entero y que a la postre permitió la irrupción de los escarabajos colombianos. Sin embargo, en un ambiente internacional de gran tensión, los soviéticos no se dejaron seducir por estos cantos de sirena y, como consecuencia, ninguna selección oriental viajó a Francia.

Se buscó entonces una vía alternativa: integrar a equipos profesionales en carreras amateur occidentales. Fue el caso del Tour del Porvenir de 1984, en el que hasta ocho equipos profesionales mandaron a sus ciclistas más jóvenes. Un par de años antes, estos ciclistas, caso de Charly Mottet o Jeff Bernard, habían padecido la arrolladora fortaleza de los ciclistas orientales en el calendario amateur. Ahora, recién encuadrados en el profesionalismo, con más recursos y conscientes de su potencial, querían resarcirse. Al otro lado, los nuevos valores de la URSS como Viktor Demidenko, Piotr Ugrumov o Ivan Ivanov, sobrevivientes de la picadora de carne que era el sistema de selección de la URSS, no tenían ningún miedo.

Equipo de la URSS tercero en Bélgica, 12 de agosto de 1963

Este choque entre hambrientos neoprofesionales occidentales y soviéticos duros como el pedernal, resultó en una edición especialmente violenta, en la que proliferaron los tirones de maillot y los golpes con intención de provocar caídas. Al final, el jurado multó al equipo soviético en conjunto por conducta violenta. El seleccionador de la URSS se quejó de la unidireccionalidad de las sanciones, pero admitió que su equipo se había pasado tres pueblos al responder a las provocaciones.

Pese a este accidentado precedente, lo imposible acabó teniendo lugar unos meses después. Las negociaciones entre la Vuelta a España y las autoridades deportivas de la URSS fructificaron y en la edición de 1985 iba a producirse la primera participación de un equipo ciclista de la Unión Soviética en una Gran Vuelta profesional. Celebrada apenas un mes y medio después de la muerte de Chernenko y de la elevación de Mijaíl Gorbachev a la secretaría general del PCUS, la Vuelta del 85 supuso un importante punto de inflexión en la vertiente deportiva de la Guerra Fría. No hubiera sido posible sin todos los intentos previos de acercar a ambos ciclismos. El 23 de abril de 1985 los maillots rojos con las letras CCCP bordadas en el pecho fueron presentados en Valladolid. Un hecho histórico estaba a punto de empezar a rodar.

Olaf Ludwig

Sigue la parte 2

2 Comentarios

  1. Pingback: Ciclistas soviéticos, rojos en la vuelta II

  2. En primer lugar, gracias y enhorabuena por el artículo (ambos).

    La documentación ha debido ser exquisita y con un currelo curioso.

    Y es en este punto donde me crea mayor la curiosidad, y también me crea la curiosidad el sesgo ideológico (el que sea) que desliza el artículo y las viviendas personales o formación que te hayan llevado a ello.

    ¿Como se ha llevado a cabo el proceso de investigación y de acceso a fuentes Alex?

    Se deslizan un conocimiento a la altura de personas que vivieran en la propia federación de ciclismo de la URSS, la URSS algo tan opaco para los jóvenes españoles de los 80, como de los de ahora.

    Me será tan interesante conocer algo de este proceso documentario, creo que debe haber relación vital de algún tipo con la URSS, fetiche de curiosidad mío desde los 80 (cuando para mí era el imperio del mal, que no era desde luego).

    Leeré tan atento algo sobre este proceso como el propio artículo Alex.

    Enhorabuena por él y gracias por el rato de lecturas.

    Atentamente Diego.

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