Comunismo Ciclismo

Rojos en la Vuelta (parte II: Salamanca mon amour)

Aavo Pikuus, (Bundesarchiv, Bild)

Viene de la parte 1

A mediados de los años 80 la Unión Soviética tenía más de 700.000 ciclistas activos. Estaban encuadrados en una constelación de clubes ciclistas vinculados a las fuerzas armadas, a los servicios de información o a grandes empresas estatales, cuyos observadores peinaban incansablemente el vasto territorio tratando de identificar el ingente talento deportivo. Como explica el exciclista Nikolai Razouvaev en una serie de artículos para la revista australiana RIDE, la selección para entrar en un gran club -el de la empresa estatal ucraniana Titan en su caso- pasaba por negociaciones entre entrenadores a espaldas del corredor y alcanzaba su clímax en una serie de pruebas sobre una bicicleta estática erizada de cables y monitores, analizada por anónimas batas blancas tras un cristal, cuyo final rozaba peligrosamente el asesinato del deportista. Razouvaev era originario del Cáucaso, pero acabó en el equipo del monstruoso combinat de construcción de maquinaria cerca de Kiev tras ser identificado por un observador en una carrera en Crimea. Era en esta península donde el calendario ciclista soviético daba comienzo y donde los corredores de los clubs pequeños se batían con ferocidad en la carretera para ser notados por los observadores de los clubs grandes. El escenario eran carreras como el Gran Premio de la Industria Socialista, el Tour de Sochi o el Tour de Crimea. En ellas aparecían también los miembros de la selección, con sus colnagos y sus flamantes maillots rojos, tras pasar varias semanas de concentración invernal en Asia Central, pero cuyo puesto en la élite debía ser confirmado etapa tras etapa. Un mal día sobre el sillín y antes de que te dieras cuenta un ambicioso chavalín de algún CSKA o Dynamo de provincias te había quitado el puesto. Tras el Tour de la URSS, celebrado durante dos semanas en las repúblicas más occidentales de la Unión, la elección se cerraba y los afortunados tenían el inmenso privilegio de representar a la Gran Madre Patria por las principales pruebas amateur del mundo.

El día a día de un miembro de la selección soviética estaba centrado en el entrenamiento intensivo: 200 kilómetros al día, natación, carrera y pesas. Más de 300 días al año fuera de casa. La presión era enorme y daba como resultado trágicos abortos de grandes promesas y carreras deportivas muy cortas incluso para los campeones. El estonio Aavo Pikkuus, uno de los mejores ciclistas soviéticos de la historia, se retiró a los 26 años, quemado por el riguroso régimen de entrenamiento y la tensión de unos objetivos inalcanzables. No volvió a coger una bicicleta en su vida y actualmente su corazón apenas puede hacer frente a la obesidad mórbida desarrollada por el viejo campeón. El arquitecto de este sistema brutal era Viktor Kapitonov, alfa y omega del ciclismo soviético.

Víktor Kapitonov

Como ciclista le había dado a la URSS su primer éxito ciclista internacional: el oro olímpico en Roma’60. Como seleccionador su posición fue incontestable durante dos décadas. Sus éxitos hablaban por sí mismos: metales olímpicos y mundiales, Carreras de la Paz, victorias aplastantes en las principales carreras del calendario amateur. Kapitonov había imprimido su propia personalidad y visión del mundo sobre la selección. La individualidad no podía estar por encima del grupo. Ganar la clasificación por equipos se daba por descontado, pero el objetivo era ganarlo todo. Todas las clasificaciones, todas las etapas, copar los podios. Arrasar. Y hacerlo sin líderes, más allá del seleccionador. El señalado para el maillot amarillo lo dictaba la carretera, y portarlo no daba derecho a privilegio. Sus choques con Sujorúchenkov, acusado de individualista, tenían su raíz en todo esto, hasta el punto de que en 1983 acabó expulsando de la selección a quien había sido el mejor de la historia. Aquel que sobrevivía a su sistema terminaba siendo duro como el acero, de esto no cabía duda, pero devenía en un deportista carente de iniciativa y autonomía táctica en carrera,algo que notó en 1989 Primo Franchini al dirigir a los primeros profesionales soviéticos.

Era un sistema exitoso, pero rígido e imperfecto. A mediados de los 80 ya era evidente que la República Democrática Alemana empezaba a superar a la URSS en metodología y preparación, y también en éxitos internacionales. Era necesario, pues, que se produjeran algunos cambios. En el contexto de remoción de cargos promovido por Yuri Andropov tras la muerte de Brezhnev, el el eterno jefe del Comité Estatal de Deportes, Serguei Pavlov, fue cesado. Como consecuencia de ello, en 1984, Viktor Kapitonov fue apartado como cabeza de la selección y recluido a la disciplina de la contrarreloj por equipos. Nikolai Gorelov, principal responsable del Dynamo de Moscú, se haría cargo de los equipos de ruta. Este cambio hizo posible el retorno de Sujo a la selección -que respondió ganando su segunda Carrera de la Paz-, pero, sobre todouna mayor apertura de miras al respecto de los intentos de mundialización e integración del ciclismo. El semanario El Ciclista recogía unas declaraciones de Gorelov en 1984 con ciertos tintes de perestroika avant-la-lettre: “vamos a participar más en las distintas carreras internacionales. La URSS también quiere poner su grano de arena en hacer el deporte más internacional. Más mundial”. Poco después se anunciaba que la URSS aceptaba la invitación de la Vuelta a España de participar en su edición de 1985.

Que la URSS participara en la­ Vuelta a España suponía una gran presión para Gorelov. Se daba cuenta de que se trataba de un hecho histórico que atraería a los focos de todo el mundo ciclista, por lo que era impensable ir para hacer el ridículo. Por otra parte, la URSS no podía plantearse acudir con sus mejores ciclistas, dado que la Vuelta se solapaba en fechas con el gran objetivo de la temporada: la Carrera de la Paz. Además, la edición de 1985 era sumamente especial. Conmemoraba el 40º aniversario de la victoria contra el fascismo y por vez primera el diario Pravda había entrado como organizador de la carrera, junto a los diarios oficiales de Polonia, Checoslovaquia y la República Democrática Alemana, tradicional troica organizadora. Esto hizo posible que el recorrido de ese año, que empezaba en Praga ante el monumento que honraba al Ejército Rojo, contuviese hasta 3 etapas en Moscú y sus alrededores. La URSS había ganado 8 de las 10 últimas clasificaciones por equipos y 6 de las últimas 8 clasificaciones generales individuales de la Carrera de la Paz (con cinco ciclistas distintos). Así que repetir éxito en ambas clasificaciones en el 40º aniversario de la victoria en la Gran Guerra Patria-que además terminaba en Berlín- constaba como objetivo ineludible, ya no solamente deportivo, sino político.

Si la selección soviética se hallaba en un momento de transición en su escalafón técnico, también lo estaba al nivel de la tropa atlética. En 1985 sus principales estrellas del comienzo de la década se habían bien retirado definitivamente –Zagretdinov, Mitchenko, Averin– o temporalmente, caso de Sujorúchenkov, centrado en sus estudios universitarios y en su creciente familia. La excepción era Yuri Kashirin, un veterano para el estándar soviético (26 años) que había resistido desde finales de los 70 en el equipo nacional la extrema dureza de sus entrenamientos y calendarios, además de las cíclicas purgas de Kapitonov. Kashirin era una leyenda. Llevaba desde 1979 en primera línea y había sido oro olímpico en contrarreloj por equipos en Moscú’80. Como explica Razouvaev en sus textos, a la altura de 1985 Kashirin ejercía el papel de sargentode hierro en las concentraciones invernales, recibiendo a los nuevos reclutas, formándolos en aspectos organizativos básicos y manteniendo con firmeza pero equidad un indispensable ambiente de convivencia, navegando con destreza las delicadas tensiones derivadas de la mezcla de nacionalidades y el exceso de testosterona. Kashirin capitanearía al equipo soviético en la Carrera de la Paz, siendo el único ciclista del equipo nacido en la década de los 50. El resto de la escuadra lo componía la flor y nata de la nueva generación de ciclistas soviéticos. Ugrumov, en tanto que ganador del Giro amateur de 1984 y uno de los protagonistas de la anterior Carrera de la Paz (cuarto a unos segundos del podio y ganador de etapa) era el más destacado de ellos, pero el resto no le iba a la zaga en cuanto a potencial y resultados: el poderoso sprinter Suun, el apuesto Zinoviev, campeón del mundo en crono por equipos,el croner Vasilijdanov y un jovencito llamado Viktor Klimov que unos años después se convertiría en el primer y único ciclista soviético en portar el maillot de líder de la Vuelta a España. Estos tres últimos, junto con el bielorruso Sumnikov, ganarían el oro mundial de 1985 en contrarreloj por equipos, al rodar durante 100 kilómetros a una media récord de 53,729 km/h. Conformaban, pues, una generación altamente competitiva.

El solapamiento entre Vuelta a España y Carrera de la Paz liberaba al director Guennadi Gorunov de una parte de la presión –no me pidan milagros si no puedo llevar a los mejores-, pero tampoco la eliminaba del todo. Sería un desastre propagandístico si los maillots de la CCCP destacaran solamente en tanto que farolillos rojos de cada etapa, así que el equipo tenía que estar equilibrado. Había mucho de donde elegir, y el resultado fue una mezcla de viejas glorias, posibles futuras estrellas y proletarios de la ruta. No era un mal equipo B, pero era B al fin y al cabo, en comparación con los Ugrumov y compañía que representarían a la Unión Soviética en Praga, Moscú, Varsovia y Berlín durante la Carrera de la Paz. Dos de sus hombres eran conocidos en los círculos ciclistas occidentales: Yuri Barinov -medallista olímpico en Moscú, ganador de la Carrera de la Paz en 1980 y gran villano de la lemondiana Coors Classic de 1981- y Andrei Vedernikov, campeón del mundo amateur en línea en 1981. A sus 30 años Barinov había sido rescatado del retiro por Gorelov para jugar en la Vuelta un rol parecido al de Kashirin en la Carrera de la Paz, el del veterano capitán que mantendría la paz y el buen ánimo en el equipo y que, habiéndolas visto ya todas, no se dejaría impresionar por el oropel capitalista de la España de los 80, amén de servir de reclamo para la prensa merced a sus éxitos pasados. Tras sobrevivir casi una década al matadero ciclista de Kapitonov su nivel era una sombra, pero su sola presencia prestigiaba al equipo. Se retiraría finalmente ese mismo año y se ocuparía desde entonces de ejercer de mentor para pulir a la nueva gran joya ciclista surgida de la cantera CSKA, un tal Dimitri Konyshev.

Konyshev, Lemond y Kelly

Vedernikov, por su parte, apenas llegaba a los 26 años, pero su éxito en el Mundial de Praga de 1981 había llegado quizás demasiado pronto para su desarrollo emocional. Hay que tener en cuenta que, pese a que la URSS acumulaba una gran cantidad de oros olímpicos y mundiales en contrarreloj por equipos -por no hablar de la pista-, la prueba en línea de los Mundiales había sido una eterna frustración. Ningún soviético había ganado esta prueba hasta que Vedernikov levantó los brazos en el Mundial de Praga. La fama que se le vino encima a sus 21 años conllevó una irresistible presión que le incapacitó para obtener buenos resultados en los años siguientes. Cayó en una espiral negativa que le expulsó a las penumbras exteriores de la selección. Solamente la marcha de Kapitonov y un sorpresivo triunfo en el Tour de la URSS de 1985 le permitieron acceder de nuevo al equipo nacional.

Vladimir Voloshin había sido uno de los niños mimados de Kapitonov, otro producto de la impresionante factoría ciclista CSKA de Kuibyshev. Sus facciones y pelito rubio le sitúan como un antecesor estético de Evgeni Berzin, similar también en cuanto a talento deportivo. Voloshin había sido campeón del mundo junior en crono por equipos en 1979, una prueba en la que los estadounidenses de LeMond y Hampsten fueron bronce. Se le abrieron entonces las puertas de la selección absoluta, participando desde muy joven en el Tour del Porvenir o la Coors Classic. En 1982 ganó el montañoso Tour de Eslovaquia y en 1983 dio la campanada al llevarse el Giro amateur, tras hacer lo propio con el Tour de la URSS. Parecía llamado a ser el nuevo Sujo, la gran esperanza soviet para Los Ángeles’84 si no se hubiera producido el boicot. Pero a las alturas de 1984 estaba ya física y mentalmente carbonizado, y su participación en la Vuelta a España de 1985 podía ser una oportunidad de redención.

Mayor dureza mental parecía atesorar Ivan Ivanov, un diminuto escalador siberiano de 25 años, quien unos años después cobraría fama en España por su amistad con Pedro Delgado. A Ivanov le había costado llegar a la selección, pero su triunfo en el Tour de la URSS de 1982 le permitió finalmente penetrar en el sanctasanctórum ciclista de la Unión, obteniendo buenos resultados pero escasas victorias a nivel internacional. En 1984, por ejemplo, a punto estuvo de birlarle una etapa a Charly Mottet en el conflictivo Tour del Porvenir de aquel año. Raramente era incluido en el equipo A de la selección, pero aguantó obstinadamente en la élite ciclista de la URSS hasta 1989, garantizándose su presencia en el primer lote de corredores que pasaría al profesionalismo aquel año.

Físicamente opuesto a Ivanov era Vladimir Malakhov, un mocetón de Rostov de casi metro noventa y noventa kilos. Había obtenido triunfos en carreras amateurs belgas a comienzos de los 80, por lo que le podemos presumir potencial clasicómano de haber nacido varios miles de kilómetros más al Oeste. Quizás estaba pensando en carreteras belgas cuando Malakhov reconoció a Eddy Merckx entre las autoridades que se disponían a dar la salidadel Mundial amateur de 1982, celebrado en Goodwood, Reino Unido. Ni corto ni perezoso, el corpulento soviético le ofreció la gorra que portaba sobre la chichonera y le chapurreó al campeón belga unas palabras para que se la firmara, cosa que hizo gustoso el legendario campeón. Por miedo a que el viento o el sudor echaran a perder tan valioso suvenir, Malakhov no volvió a colocarse la gorra en la cabeza, se la guardó dentro en un bolsillo del maillot y aún hoy la conserva. En 1985, a sus 27 años no le quedaba ya mucha gasolina en el tanque, tras haber ejercido de lanzador de Oleg Logvin y Riho Suun. Por si acaso, ya había iniciado sus estudios como ingeniero ferroviario. Como cuenta Razouvaev, el gigantón Malakhov era un hosco pero benevolente furriel que solía prestar a los jóvenes reclutas guantes, calentadores y consejos en las durísimas concentraciones de invierno de la selección. Malakhov era un buen tipo y un ciclista fuerte y con gran fondo, pero en 1985 no parecía tener nivel para batirse con los profesionales en los sprints de la Vuelta a España. El resto de los miembros del equipo –Ermachenko, Osipov, Perunovski y Toporizchev– eran recién llegados al equipo soviético sin apenas victorias previas, por lo que su nivel competitivo era una incógnita. La excepción era Nikolai Kosyakov, que tenía experiencia en pruebas internacionales de primer nivel como el Tour del Porvenir o el Gran Premio Tell, aunque con escaso protagonismo. En conclusión, a cualquier observador le quedaba claro que la URSS no acudía a la Vuelta con lo más exquisito de su catálogo.

Otro aspecto en el que se notaba que la URSS no iba a España con lo mejor de lo mejor se podía apreciar en su material. La prensa hizo notar en el prólogo de la Vuelta en Valladolid la pintura desconchada de muchas de sus bicicletas o la ausencia de lenticulares y manillares aero para las contrarrelojes. La marca de bicicletas con la que se asociaba al equipo soviético desde 1980 era Colnago. La URSS había utilizado los productos del fabricante italiano desde mediados de los 70, junto a otras marcas como De Rosa o Cinelli. Los productos propios se utilizaban para surtir a los miles de clubes del país, pero eran de calidad claramente inferior a los occidentales, por lo que los equipos más importantes utilizaban sus contactos políticos para acceder a las mejores bicicletas y materiales. Lo mismo ocurría con la ropa deportiva, los cascos y chichoneras o las zapatillas. La diversidad en el uso de cuadros occidentales se terminó sin embargo en 1979, cuando Ernesto Colnago alcanzó el objetivo que buscaba tras varios años dándole la brasa a las autoridades deportivas soviéticas: un contrato exclusivo con la selección de ruta de cara a los Juegos Olímpicos de Moscú’80 y en los años siguientes.

Desde entonces, los ciclistas de la selección utilizarían solamente cuadros de este fabricante, y desde esta privilegiada atalaya el papista Colnago extendió sus negocios con el comunismo ateo mediante contratos parecidos con la República Democrática Alemana y otros países del bloque del Este, sirviendo además de intermediador en las negociaciones para la profesionalización de Lech Piasecki y posteriormente en la creación del equipo profesional soviético-sanmarinense Alfa Lum. Los Juegos de Moscú’80 supusieron la llegada masiva en la URSS de equipamiento occidental de gran calidad, pero con los años las prioridades del Plan Quinquenal tuvieron que ser reajustadas. A las alturas de 1985 lo más nuevo y mejor solamente llegaba al equipo A de ruta y a la potentísima selección de pista. El resto de niveles y clubes debían contentarse con alargar la vida con lo recibido a comienzos de la década. Un auténtico reto, teniendo en cuenta la intensidad y erosión que suponían los programas de entrenamiento.

Así fue como la URSS llegó a Valladolid con un grupo de ciclistas, técnicos y equipamientos algo ajados y de segunda fila, pero con la presión de dejar bien alto el pabellón de la hoz y el martillo. En la presentación ya pudo apreciarse la excepcionalidad de su presencia. Su mismo maillot rojo, totalmente plano, sin más inscripción que el CCCP, contrastaba sobremanera con los coloristas maillots de los equipos comerciales occidentales, acostumbrados a albergar un gran número de patrocinadores. El maremágnum publicitario de aquella Vuelta ochentera debía ser mareante para el equipo soviético en esos primeros momentos. La cosa, sin embargo, no empezó del todo mal. Sin líderes definidos, los soviéticos salieron en el prólogo por el orden de sus dorsales y Osipov logró terminar en un meritorio 14º puesto a 18 segundos de Oosterbosch. Sin embargo, a medida que pasaban los días, quedaba claro que los soviéticos no acababan de encontrar su lugar en la carrera. Se filtraban en las fugas equivocadas, cedían en los repechos y Malakhov se quedaba muy lejos de los primeros en los sprints. No perdían minutadas, pero estaba claro que su nivel no daba para ofrecerle grandes alegrías al pueblo. Malakhov trató de luchar sin éxito por la clasificación de los sprints especiales.

En la décima etapa Ivanov se coló en la fuga ganadora. Aunque no tuvo opción de batir a los Kelly, Baronchelli o Pino en la meta de Tremp, el hecho de que se tratara de una de las etapas claves de la Vuelta –Cabestany perdió el liderato en favor del escocés Millar– dio un gran valor a la presencia de su maillot rojo entre tan prestigiosos escapados. Al día siguiente, se retiró Vedernikov, quien a la postre fue el único soviético que no llegó a Salamanca. Ivanov había sido el soviético más regular en la montaña asturiana, pero en Andorra perdió cuatro minutos. A la postre terminó en un gris 20º puesto, con Voloshin 32º. Si Gorunov hubiese optado para que el equipo trabajara para Ivanov, quizás su clasificación general final se hubiese acercado al top-10, pero esto hubiese requerido una mentalidad ajena al equipo soviético. Un comentario de un corredor anónimo en la publicación El Ciclista daba muestra de ello: “cuando uno pincha no le espera nadie. Y cuando atacan, atacan todos a la vez, sin control. No entendemos cómo corren”.

Andrej Vedernikov

En una entrevista realizada por Chema Rodríguez el seleccionador Gorunov insistía en que habían acudido para aprender cómo corrían los profesionales y que le satisfacía el papel de su equipo. Afirmó que de haber recibido el trazado de la carrera con mayor antelación hubiese llevado a un equipo más escalador y negó rotundamente que sus ciclistas fueran profesionales encubiertos o que pudieran prepararse en igualdad de condiciones con respecto a los occidentales. Eso sí, alabó a la organización y mostró su intención de repetir presencia en el futuro con un equipo más competitivo. El equipo médico de la carrera, por su parte, se sorprendió de la falta de dolencias de los ciclistas soviéticos. Ni uno solo bajó nunca al coche médico. “No se ponen malos. Ni se resfrían, ni tendinitis ni nada”, recogía el periodista.

El 12 de mayo la carrera arribó a Salamanca para dar cierre a la Vuelta a España. Y lo hizo, como es habitual en las etapas finales de las Grandes Vueltas, con un sprint masivo. Más que el exotismo de su maillot y de su forma de correr, y con la excepción del destello de Ivanov en Tremp, los soviéticos habían pasado bastante desapercibidos por la ronda española. Pero fue en el último suspiro cuando el más inesperado de los éxitos tuvo lugar para la URSS. Vladimir Malakhov ya había ganado el sprint del grupo en la etapa 16, demostrando que llegaba al final de la Vuelta con más fuelle que muchos sprinters. En aquella ocasión Isidro Juárez, del Chocolates Hueso, había llegado escapado 43 segundos antes, por lo que Malakhov se había tenido que conformar con la segunda plaza. Mientras el grupo enfilaba la recta final de la última etapa, Malakhov sintió que aún le quedaba abundante fuerza en sus piernas. Un último cartucho antes de volver a Rostov ya los estudios ferroviarios. Logró hacerse hueco con su enorme cuerpo y pegarse a Sean Kelly cuando el irlandés lanzó su sprint. El soviético consiguió ponerse a su altura y superó con aparente facilidad al cansado irlandés. Se dio cuenta entonces que a unos metros a su izquierda adelantaba el belga del Teka Noël Dejonckheere. Quedaban apenas 50 metros para el final de la etapa y de la Vuelta. Malakhov cruzó la calzada en persecución del belga, mientras la línea de meta se acercaba vertiginosamente. Llegó a su altura, abrió los codos y con toda la fuerza de sus brazos y su espalda, Malakhov empujó la bicicleta en un último y supremo golpe de riñón. Por apenas unos milímetros la rueda delantera de su Colnago pisó la línea en primer lugar. Hubo cierta confusión porque varios ciclistas del Teka levantaron los brazos celebrando la supuesta victoria de Dejonckheere, de modo que los jueces dieron ganador al belga en primera instancia. Pero a insistencia de Gorunov revisaron la foto-finish y cambiar su veredicto. Vladimir Malakhov había hecho historia. Se había convertido en el primer ciclista soviético y el primer amateur en ganar una etapa de una Gran Vuelta. Un pequeño ladrillo de la Guerra Fría había caído para siempre.

Al final todo había salido a satisfacción. En los meses siguientes Gorbachev se consolidó en el poder y lanzó su programa de perestroika, glasnost y desarme nuclear. La URSS estaba de moda, caía más simpática y no fue difícil que aceptase repetir presencia en la Vuelta a España al año siguiente. Entre los miembros del equipo que se presentó en Palma de Mallorca destacaba uno por encima de los demás. Años atrás millones habían coreado su nombre y soñado con repetir sus gestas. Serguei Sujorúchenkov había llegado para correr la Vuelta.

 

 

3 Comentarios

  1. Fenomenal artículo. Estoy esperando la tercera parte …

  2. Yo me leído el artículo y casi no recordaba a los ciclistas de unión sovietica…pero reconozco el grandisimo mérito suyo sien do solo amateurs y como disciplinadamente lo iban sacando cada etapa.y demostrar un coraje fuera de serie..me gustó este artículo…voy al barraco de veraneo y sigo el ciclismo desde hace ya más de 40 años…

  3. Pingback: Rojos en la Vuelta (parte I: el largo camino a Valladolid) - Jot Down Sport

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