Lucha libre

Breve tratado de filosofía jobber, los «pardillos» del wrestling

Desde que tengo uso de razón quise ser un jobber

Nah, es coña. A ver, ¿quién querría ser un jobber? Es como cuando a los niños les preguntas cuál es su sueño… Todos quieren ser futbolistas, ganar el Tour de Francia o los cien metros lisos en la final olímpica. Que luego igual terminas jugando al futbol sala y haciendo marcha atlética (o, peor aun, de escritor), pero a priori nadie se pide eso. Y con lo del jobber, igual…

A ver, de primeras… ¿qué es un jobber? Porque igual hay alguien que no… Pues verán ustedes, el jobber es ese luchador que en wrestling pierde (casi) siempre, y cuyo único objetivo es que luzcan los realmente buenos. Las estrellas. Los que protagonizan anuncios, videos de youtube y botches (ah, no, espera, que Batista ya es actor a tiempo completo… eliminen lo de botches). Pues eso… el jobber es quien recibe leña de la forma más estética y realista posible. Porque, en fin… ustedes saben que el wrestling está guionizado, ¿no? Si no lo saben igual deberían dejar el artículo aquí…

Así que… los jobber. Una vez leí a Ray Loriga (cuando Ray Loriga molaba, cuando aun no había releído a Ray Loriga, que es ese momento en el que Ray Loriga deja de molar) que acudió a una velada de boxeo en el Madison Square Garden (en fin, hay que lucir estas cosas para hacer justificación de dietas, supongo). Combates menores, uno bien gordo justo al final, entre pesos pesados. Decía que los main eventers se dieron bien, pero poco ratito, mientras que los otros, los contratados para “efecto canapé”, se curtieron cara bien a gusto. De ahí extractó nuestro muy cool novelista una certeza tan grande como la misma humanidad: cuanto menos cobras, más hostias recibes.

Pues bien, eso es un jobber.

Ojo, no es solo recibir sopapos. Más aun… no es solo recibir muchos sopapos. No, el jobber está desempeñando un job, tiene un objetivo… que su oponente quede bien. Eso se hace encajando golpes, cayendo con estilo, pareciendo fuerte-pero-no-tan-fuerte. Pero también se hace, sí, con toneladas de humildad. Porque en ningún momento (en ningún momento) puede albergar el jobber la tentación de sobarse cámaras. No. Aunque se le ocurra algo guay, aunque tenga una frase ingeniosa en la punta de la lengua, aunque vea la posibilidad de establecer interactuación con ese espectador de la primera fila… jamás. Todo eso es cosa de quien ha de ganar. Así que encajas, claro, pero, sobre todo, luchas para que el otro parezca luchar mejor…

Imposible no tener cierta simpatía, cierta… afinidad. Jobber… traduzcan… sí, joder, un currela. Uno de los nuestros. El que solo sale como elemento secundario, el que siempre pierde, el que jamás podrá alcanzar gloria. Cuando empezaron a poner estos rollos, allí por la Telecinco noventera, pues… Nosotros éramos hijos de una ciudad fabril y ganadera. Doble herida: cuotas lácteas, reconversión. Tanto paro como jeringuillas usadas entre bardales y callejones con olor que no quieres descifrar. ¿Un tío pierde ocurra lo que ocurra? Joder, sí. Nosotros también somos jobbers. Cómo podríamos no serlo…

Luego está el asunto de las pintillas. Que deben tener pintillas, los jobbers. Tú ves a los wrestlers que realmente molan y… coño, no se puede ser más cool. Esos músculos, esa imagen, esa mirada de “ven pacá, que te hago un RKO y la caidita de Roma, jarl”. Aproximadamente. Y, miren, a nosotros eso senos escapaba, por Torrelavega no habían llegado tales actitudes. No, qué va. Pero los jobbers… oh, sí, los jobbers sí. Primero… levan mullet. A ver, no todos, y no siempre, pero a los jobbers les está permitido llevar mullet, y un mullet es como un currículum con manchas de chorizo… no confiarías tu vida a quien lo trae, pero sabes que esconde historietas interesantes. También, a veces, son calvos. Los jobbers, digo, que son calvos. No calvos, calvos, en plan me afeito la calva y acojono tipo Steve Austin, no… Calvos más “Iñaki Anasagasti en un díade viento”, más Tato Abadía que Thierry Henry. Y bigote, también hay jobbers con bigote. Mira, como el Tato, el Tato era un gran jobber. La excepción es Jake Roberts, pero es que Jake Roberts tenía pinta de ser un pringadete grande, solo que terminaba por molarlo todo y más. Y piel paliducha, es muy importante tener piel paliducha si eres jobber, piel lechosa, piel de opositor en diciembre, piel de esa que se pone rojísima al primer golpe, con lo que luce eso (el ponerse rojísima al primer golpe). Supongo que visualizan el estándar..

Ojo, también teníamos jobbers de élite. Jobbers que tú los miras y dices, hostia, pero si parece uno de los grandes. Y luego no. Por falta de talento, por falta de carisma, por falta de tantas faltas. Vaya usted a saber. Yo me acuerdo mucho de Jim Powers. Jim Powers se llamaba, en realidad, James Manley. Que eligiera idéntico nom de guerre que Homer Simpson quizá nos cuente bastante sobre el paisano. Manley nació en Manhattan y simultaneaba la lucha libre con el culturismo. “Es que me gustaban mucho las chicas”, dijo en una entrevista para Rolling Stone (porque los jobbers también hacen entrevistas para Rolling Stone).

Powers tenía todo para triunfar…. Pintas de desayunarse una tostada de aguacates sobre pan artesano con setenta y siete anfetas, pelazo (vale… mullet, pero pelazo, y el mullet con pelazo es mucho menos mullet), sonrisa “todos los dientes”, aspecto genérico de tocar el bajo en Poison. Pasa que, junto a estas virtudes, el tipo arrastraba una torpeza bastante gorda en el ring (sus movimientos eran puñetazo en la cara, patada en el estómago, puñetazo en lacara, sonrisa al público). Y que era bajito. Tú puedes ser torpe y guapo, no pasa nada, triunfas… pero si eres torpe y guapo y bajito… lo siento, siguiente bulto sospechoso, tenemos para aburrir. Para no aburrir, se entiende. Ah, y tampoco sele daba demasiado bien eso de hablar. ¿Carisma?… en fin, carisma no. Carisma ni de lejos. Así que nada… un equipo con Paul Roma (los Young Stallions ,porque la WWF nunca fue demasiado sutil), otra asociación con Tito Santana (que era un jobber de los gordos, solo que aquí nos lo quisieron vender a modo de superestrella, por el tirón lingüístico), palizas contra este, contra aquel, contra el de más allá, victorias esporádicas frente a tíos que se llamaban The Tazmaniaco, The Predator. Eso sí, lo de ir palmando… ahí leyenda, tío, ahí leyenda. Y con lo más florido. A mí me apalizó Ric Flair, y The Undertaker, y Owen Hart, y Mr. Perfect, y Ted Di Biase, incluso ese Gigante González que tiene historieta para contarles otro día. Joder, si hasta me atacaron los de la New World Order. Una actuación impecable… recibí hostias gordísimas y me acabaron pintando todo el cuerpo con spray oscuro. De Oscar.

Esa es la parte más o menos chistosa. Hay otro mundillo dentro, claro, uno que Jim conoció bien. Drogas, prostitución. Contaba que uno de los mandamases de la WWF le ofreció ganar algo de dinero extra. “Solo tenemos que ir a un hotel, tú te tumbas, ponemos una peli porno y te chupo la polla”. El Young Stallion se niega, y empiezan a marginarlo dentro del negocio. Dice que lo volvieron a tener en cuenta gracias a su amigo Roddy Piper, que habló directamente con Vince McMahon, el jefazo, sobre este asunto.

Powers es un clasicote de los ochenta y noventa. Que no le gusta el wrestling actual, dice, porque prefiere lo básico. Lo básico. Lo suyo. “Solo tengo una queja sobre el wrestling, y es que no me permitía llevar una vida familiar como la de cualquier otra persona. Eso es lo que me quitó el wrestling. Bueno, eso, a mi primera mujer y la mitad de mi pasta, pero ya sabes… Aun me pongo cintas con combates míos a veces”

Ojo, numéricamente Powers no es de los peores. O mejores, como quieran verlo. Recogiendo datos de la web indeedwrestling.com vemos que Steve Lombardi tiene contabilizados un total de 1503 combates con la nada envidiable cifra de quince victorias. Vamos, que le zurraron guapísimamente unas 1400 veces (cuenten también los nulos). No está mal. En cuanto a peor porcentaje… ganador clarísimo Reno Riggins. Que, también te digo, llamándote Reno Riggins pues, en fin… Vale, el tío completa 135 peleas, gana solo dos. Un uno por ciento, como los sábados míticos en su juventud…

Luego hay gente que pilla rachas así como regulares. SD Jones pierde 141 combates en 1984, y 142 al año siguiente. Lo cual nos hace ver el intenso ritmo de trabajo de esta gente (y que SD Jones seguramente no fuera el mejor haciendo sudokus a finales de los ochenta). Cuidao, en esto de enganchar hostias y cuentas hasta el fin aparecen también nombres bien conocidos. Ric Flair, a quien la WWF puteó todo lo que pudo tras su desembarco allí. Hasta 149 derrotas en 1992, lo que no está nada mal para alguien a quien muchos consideran el más grande de siempre. O TheIron Sheik, otro antiguo campeón mundial, que fue encadenando bochornos hasta un total de 366 en tres añitos. También es verdad que con este se juntaba el tema jobber, la xenofobia apenas disimulada y el patrioterismo de la administración Reagan, que dibujaba argumentos en el wrestling de un maniqueísmo sonrojante…

Perder una noche sí y otra no. Durante un mes. El siguiente. El siguiente. Hacerlo mientras te llevas tus buenos golpes, mientras se te inflama el hombro, mientras tu rodilla dice que, joder, por qué no acabarías ese Grado en Administración y Dirección de Empresas. Que el mismo tío te machaque de manera casi idéntica semana tras semana. Trabajar con él. Potenciar su por venir mientras el tuyo se mantiene (con suerte) constante. No quejas, no lágrimas. Hacer el job.

Orgullo de jobber

Un comentario

  1. Un tema chulo fastidiado por un «estilo narrativo» cansino e insufrible. Ni Manolito Jabois con tres carajillos de orujo. Qué pesados estos plumillas que van de estrellitas.

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