
Nació el día de reyes de 1951, en Galapagar (Madrid), donde hoy sigue viviendo a los 75 años. Anastasio Greciano quizás retrata como nadie la figura del gregario. Sobre todo en aquel Reynolds de los ochenta y, sobre todo, del Tour de Francia del 83, cuando Ángel Arroyo devolvió al ciclismo español toda su grandeza, segundo detrás de Fignon. Anastasio, o Tasio, era su gregario, el que le lavaba los maillots y el que ahora espera que Ángel Arroyo se recupere de «una enfermedad que ha venido casi sin avisar y que le tiene malito, muy malito».
Hoy quedan «ilusión y recuerdos», como dice Anastasio Greciano que, después del ciclismo, se dedicó a la construcción. Se jubiló hace tres años, a los 72, después de toda una vida trabajando. «A los catorce años ya estaba asegurado». Solo lo interrumpió el ciclismo, donde compartió habitación con Luis Ocaña y trabajó para Arroyo, para Perico Delgado y, en la última estación, para Miguel Indurain. «Tenía un motor con muy pocos centímetros cúbicos, pero José Miguel Echavarri encontró mi lugar en el ciclismo», recuerda hoy.
Acabas de venir a ver en el hospital a Ángel Arroyo.
Sí, y está mal. Hace un rato me ha llamado el hermano y me ha dicho que le han puesto morfina. Ayer parecía que estaba mejor que el día anterior, pero pinta muy mal. Tiene 70 años, cinco menos que yo. Ha sido un hombre con una mala suerte en esta vida…
Mala suerte
Tuvo las fiebres de Malta y nunca volvió a ser el mismo. Quedó bien para la vida pero no para el ciclismo. Hace poco yo le decía a José Miguel Echavarri que de los escaladores Arroyo quizá sea el que mejor recuerdo porque, tal y como iba contrarreloj, era un peligro para la general. Pero vinieron las fiebres y nada volvió a ser igual.
Fue segundo en el Tour de Francia de 1983.
Estuve con él. A su lado. Siempre recordaré la etapa que tuvo un problema gordo, yo venía detrás de él y vi que se había bajado de la bicicleta. Echavarri estaba allí y le dijo: «Ángel, no quiero que te retires». Y él le contestó, literal: «No te preocupes, que aunque llegue de noche voy a llegar a meta».
Y llegó.
Y en la meta en Alpe d’Huez recortó la mitad de los 14 o 15 minutos que llegó a perder en esa etapa y, al día siguiente, llegó la etapa de Morzine, en la que Perico hizo aguas, y Arroyo dijo «aquí estoy yo», porque él era un fuera de serie, un ciclista con unas condiciones prodigiosas y, sobre todo, una gran persona, que es lo que más importa.
Sí, claro.
Arroyo tenía más fuerza, incluso, que Perico, pero tuvo problemas increíbles: una Vuelta que tuvo el mejor tiempo y no se la dan, otra que le acusaron de dar positivo en un producto que, en realidad, no estaba prohibido y, para rematar, lo de las fiebres de Malta…
Y ya dices que nunca fue el mismo.
Sin suerte no digo que no se pueda ir por la vida. Hay mucha gente que no tiene suerte. Pero entonces todo es más difícil. Y Ángel no ha sido un hombre de suerte. Tenía una gran capacidad y todo eso se mostró en el sitio más difícil, el Tour de Francia del 83. Recuerdo una etapa que se escapó con Fignon y nos contaba que Fignon llevaba unos desarrollos muy altos y nos decía con ese humor suyo: «Cuando él subía yo bajaba». Lo llamábamos el gañán, pero es que el gañán era mucho gañán.
Por eso estamos hablando de él.
Era un tipo muy simpático que nos sacaba motes a todos. Pero fíjate cómo sería, que yo siempre le decía: «Ángel, los de delante del pelotón te quieren mucho, sí, pero es que los de atrás te quieren más».

Fuiste su gregario, el que le lavaba el maillot, incluso.
A veces, porque no había lavadoras. Arroyo o Perico tenían que descansar más que yo y no me importaba. Desarrollaba ese trabajo con toda la tranquilidad. Además, en aquella época no era nada tan extraordinario. Ahora, sin embargo, está todo robotizado. Los tiempos han cambiado. Ahora me cuentan que los corredores llevan almohadas y colchones a los hoteles: nuestra época fue otra cosa.
¿Y te gustaba ese trabajo?
Sí, a mí sí. Me permitía estar donde quería estar. Además, era lo que había, lo que yo podía hacer. Fui un ciclista discreto. Siempre digo que en esta época me hubiesen montado en una máquina y me hubiesen mandado a trabajar porque tenía un motor con pocos centímetros cúbicos. Las cosas hay que reconocerlas.
Fuiste ciclista profesional más de doce años.
Aguanté hasta los 35 años porque siempre tuve muy buen ambiente. Fui un afortunado por lo que viví y por cómo lo viví. Trabajé para Arroyo, para Perico, hasta para Ocaña media temporada e, incluso, con Indurain. A punto de retirarme, coincidí año y medio con él. Con 20 o 21 años ya se veía que era un fenómeno. Bueno, y también estuve en un equipo que era de Bahamontes: La Casera.
Para hacer unas memorias.
Siempre digo que ahora ya vivo de recuerdos. Pero la suerte es que la mayoría son agradables, como aquel día en que estaba empezando en Superser y me toca compartir habitación nada menos que con Luis Ocaña, ¿te imaginas lo que es eso?
Hoy tienes 75 años.
Tengo esa edad y puedo decir que he tenido una vida casi bonita. Hay veces que empiezas en un trabajo y no te gusta. Pero yo nunca tuve ese problema. A mí, con trece años, me vino mi padre un día y me dijo: «El lunes empiezas en la obra con Zacarías, que era maestro de obras». Y fui tan contento. Enseguida le descubrí el encanto porque no me gustaba estudiar, los libros no eran lo mío y fue una manera de encontrar mi sitio.
Y empiezas a trabajar a los 13 años.
A los 13 años en la obra. Pero hasta entonces, en casa, en Galapagar, donde había huertos, había cerdos y todo eso lo movíamos los mayores, mi hermano Amando y yo. Recuerdo que caminaba hasta ocho o nueve kilómetros al día, pero no te quejabas, te gustaba.
¿Y el ciclismo?
Mi hermana. Todo fue gracias a mi hermana la mayor. El día que le digo que me voy a comprar una bicicleta y a los pocos días ella misma viene a Madrid y me la compra, recuerdo que por 4.400 pesetas. A plazos, en el año 65, y no me pidió un duro nunca. Ella trabajaba en una lechería de mis tíos en Madrid. Ayudaba a mi tía en la casa y después a las once de la noche cosía las medias de las mujeres y arreglaba las carreras con una máquina de coser.
¿Y cómo se lo reconociste a tu hermana?
No sé ni si llegué a tiempo. La pobre duró muy poco. Con 47 años, un cáncer de estómago y se fue para siempre. Y gracias a ella y a los dos hermanos mayores viví lo que viví. Me dieron todo lo que tenían para dedicarme a la bicicleta y ahí se inició mi vida de ciclista. Cuando me retiré a los 35 años volví a la construcción.
De correr el Tour de Francia a la construcción.
Bueno, pero no hay que verlo así, porque era algo que me gustaba, que siempre me ha gustado y que dominaba y que no significa ningún problema para mí. Recuerdo que me ofrecieron una representación, pero yo voy a lo que conozco. La prueba es que he estado en la construcción hasta los 72 años. Los dos últimos hice mampostería de piedra que me gustaba mucho. Pero con la misma satisfacción.

¿Y no es un trabajo duro?
Para mí no. No tanto. Mira, yo a los 14 años ya estaba asegurado. A esa edad, descargaba camiones de sacos de cemento de 50 kilos. Venía un camión con 200 sacos y los descargábamos entre tres o cuatro a mano. Eso sí era duro. Pero cuando volví, el oficio ya había cambiado mucho porque había grúas para hacer ese trabajo y, sí, sigue siendo duro, pero de otra manera. Sin embargo, en mis inicios era todo a mano, y eso sí era duro.
También tú venías del ciclismo.
Sí, yo he trabajado físicamente toda mi vida fuese en el huerto, en el matadero, en la construcción o en la bicicleta. No me gustaban los libros, como te he dicho antes, y me agarré a esta vida. Pero insisto en que tuve la suerte de que me gustó. Por eso no tengo que arrepentirme de nada.
Eres uno de los míticos del Reynolds
Yo empecé en Superser. Pero se deshace el equipo y me quedo fuera. Y hay un señor en Navarra, que se llama José Miguel Echavarri, que quiere hacer un equipo y nos llama y nos reúne en el restaurante de sus padres. Y allí lo conozco. Se presenta como un hombre con una ilusión enorme y, de entrada, da gusto conocerlo. Pero una cosa es la ilusión y otra la realidad de aquel momento. De hecho, nos venimos para casa pensando que eso no va a ser posible.
¿Y luego?
Con el tiempo, ese señor se va a Uruguay y me llama a través de un amigo y nos presenta la posibilidad de ir a correr la Vuelta a Uruguay como selección española. Y como a mí me gustaban los viajes digo que sí. Decido ir, pero fíjate en qué condiciones: en aquel momento yo estaba recién casado, sin sueldo y mi hija mayor venía en camino.
Pero vas.
Y allí está José Miguel como director de la selección. Y me doy cuenta de que es un hombre diferente que no hace alardes de nada, que dice las cosas como debe decirlas y que casi siempre da en el clavo. Me gusta esa forma de ser y, a pesar de que yo había estado todo el invierno trabajando en la obra, al final hago tercero o cuarto en Uruguay porque era una Vuelta muy plana.
Y luego hice la Vuelta a Méjico y después a la Vuelta a Colombia a cambio de quince mil pesetas por viaje. Pero en el 79 debo volver a empezar a trabajar hasta el 80, cuando sale el Reynolds y José Miguel vuelve a llamarme y me pregunta si quiero correr. Y otra vez vuelvo al ciclismo, sin haber tocado la bicicleta los últimos meses porque era una etapa que yo creía finalizada. Y el caso es que vuelvo y ya soy profesional hasta que me retiro a los 35 años.
Eres uno de los hombres del Reynolds en el mítico Tour de Francia del 83.
No quería ir nadie más que Alberto Fernández, que en paz descanse. En España se le había cogido miedo al Tour. Pero allí nos presentamos con humildad y se logra lo que ninguno de nosotros casi ni nos atrevíamos a pensar. Por eso se recuerda con tanto cariño.
Al final, resultó el resurgir del ciclismo español con Arroyo, que hace segundo y gana la cronoescalada del Puy-de-Dôme, y con un joven como Perico que hace grandes cosas en la montaña y demuestra que va a ser un hombre Tour.
Lo recuerdo como un verano maravilloso.
Bueno, hubo de todo. Yo siempre recordaré que en la salida se quedan hablando en la cola Perico y Arroyo todo despistados. La salida era neutralizada y a toda leche. Había hasta codazos. Cuando ellos se dieron cuenta tuvieron que ir a relevos porque se quedaban. En cuatro o cinco kilómetros hubo muchas caídas. Y recuerdo que un colombiano, Abelardo Ríos, me preguntó: «¿Aquí siempre se va así?» Y, en realidad, a mí me pasaba lo que a él. Fue algo que yo no había visto nunca con una tensión enorme, que te recordaba que el Tour es diferente a todo.
Fuiste un hombre de Reynolds
Sí, pero un año corrí en MG Orbea.

En el año en el que Perico le gana la Vuelta a España a Robert Millar estás con él en el MG Orbea.
Sí, con Perurena, que también me trató muy bien. Y, al hilo de ese día, recuerdo que después de la contrarreloj, que a Perico le salió muy mal, fue y nos dijo: «Mañana la lío», y no le dimos más importancia, porque pensábamos que era el calentón del enfado. Pero bajando Navacerrada se fue y se escapó con Recio y rompió totalmente la carrera, porque Perico era así. Tenía las ideas muy claras. Siempre solía lograr lo que pensaba. Era la seguridad en sí mismo. Y gana esa Vuelta a España que antes de empezar aquella etapa parecía imposible.
Toda una leyenda: Perico Delgado.
Es un hombre muy, muy directo. Te voy a contar una anécdota. Recuerdo la Vuelta a Suiza. Por la noche, en el hotel, había aparcado un Ferrari al lado del hotel. Estaban él y Gorospe y se acercaron. Y se abre una ventana desde la que les gritan «¡Españoles bandidos!» y Perico empieza a andar despacio hasta la ventana y cuando llega le responde: «Y tú, h. de p.»
Perico tuvo más suerte que Arroyo.
Arroyo tenía más fuerza, incluso, pero, como te he dicho, tuvo problemas increíbles: una Vuelta que tuvo el mejor tiempo y no se la dan, otra que le acusaron de dar positivo en un producto que no estaba prohibido y para rematar lo de las fiebres de Malta… Aun así, el gañán, como le llamábamos cariñosamente, siempre se levantaba.
Hoy queda la nostalgia.
La nostalgia y ahora mismo la rabia de que se nos pueda ir un hombre como Ángel tan pronto. Yo le quiero mucho, pero es que, además, fue un genio como ciclista y después ha hecho cosas de verdadero mérito en su vida laboral. Empezó con un lavadero de coches y montó casi un imperio él solo con visión de futuro comprando parcelas a las que solo él les veía recorrido. Y ahora cuando ya tiene todo dominado, porque le ha costado mucho, mucho tiempo, le ocurre esto.
Te escucho.
La primera casa que compró Ángel Arroyo valía diez o doce millones y no sé si ganaba dos o tres en Reynolds. Pero él era capaz de meterse en préstamos que los demás no veíamos y que luego él sabía sacar adelante. Trabajó más que nadie. En los lavaderos de coches él era el comodín. Cuando fallaba un trabajador, o alguien se ponía de baja médica, ahí estaba él para hacer lo que tuviese que hacer.
Gente de otra época.
Ángel es un hombre que ha ido poco a la escuela pero que es muy inteligente. Cada día trabajaba doce o catorce horas y luego, cuando le decían de quedar en cualquier sitio, iba. Siempre iba. Pero es que Ángel disfrutaba con lo que hacía y, además, uno nunca piensa que le vaya a pasar nada malo. El día que me pase a mí quiero que sea por sorpresa, que sea rápido y no hacer sufrir a nadie. Es lo mejor que te puede pasar.
Pero eso no depende de uno.
A veces, cuando salíamos de caza, lo hablábamos porque esa es otra: Ángel ha sido un gran cazador. Era capaz de matar diez o doce perdices. Increíble. La perdiz autóctona le volvía loco. Yo he ido mucho con él y tenía muy buenas piernas.
En tu época a ti se te dio mucha publicidad.
Más de la que merecía, sí. Yo era lo que era. Pero tuve la suerte de que Echavarri siempre se portó bien conmigo y de que yo supe coger el tren cuando pasó a mi lado y lo llevaba el mismo conductor: José Miguel Echavarri, que era diferente a todos.

¿Por qué?
Él fue el que formó Reynolds con un equipo pequeñito en el que al principio Laguía es el que tira del carro, estaba Dominique Arnaud que murió; estaba yo, que ayudaba en lo que podía… hasta que llega Arroyo y dos jovencitos como Perico Delgado y Julián Gorospe. Pero al principio, sobre todo, es Arroyo, que hace cosas impresionantes y le da una notoriedad al Reynolds muy importante.
¿Qué recuerdos tienes del Tour?
Se sufría, se sufría mucho, pero te voy a contar una anécdota en el Tour, en la etapa de Roquefort. Se iba muy rápido. A treinta kilómetros de la meta ya no había más puestos de avituallamiento y yo había cogido cinco o seis bidones de agua que llevaba en el maillot. Entonces pasó a mi lado en el coche Luis Ocaña, que era el director del equipo de Colombia, y me pidió si les podía pasar agua a sus dos corredores, Edgar Corredor y Patrocinio Jiménez, y yo les dije que cogiesen lo que quisiesen.
Y lo cogieron.
Desde entonces eran encantadores conmigo. Siempre que pasaba a su lado me ofrecían un bote de Coca-Cola y José Miguel Echavarri no nos dejaba tomar Coca-Cola. Pero ellos bebían más Coca-Cola que agua. Incluso durante las etapas. Nunca supe por qué, pero debían estar acostumbrados en Colombia: el caso es que lo hacían así.
Luis Ocaña.
Yo admiraba mucho a Ocaña y hacerle aquel favor me supo a gloria. Ocaña era uno de los ídolos de mi infancia y luego coincidí con él. Pero, además, coincidí con él en la habitación en el primer Tour que hago con Superser nada más pasar de amateur a profesional. Llego al hotel y había un papel en el que se indicaba la habitación y el compañero que te había tocado. Y de pronto, veo Ocaña-Greciano. Mi primera reacción es pensar que es un error y le llamo al masajista para preguntarle y me lo confirma.
¿Qué te dice?
Me dice que le habían preguntado con quién le ponían en la habitación y que Luis Ocaña contesta: «Ponedme con ese nuevo, que no lo conozco». Él había perdido la Vuelta a España en la cronoescalada y no había buen ambiente y, por lo visto, dijo: «Ponedme con el chaval ese».
Luis Ocaña fue todo un ganador del Tour. ¿Cómo era?
Siempre que me hacen esa pregunta digo que se parecía a las películas de Clint Eastwood: temperamento, carácter…
Palabras mayores.
La primera vez que coincidí con él fue en la Dauphiné Libéré y le escucho en una conversación que estaba teniendo y en la que me doy cuenta de cómo es. Hacía una semana que había perdido la Vuelta a España y dice: «A mí no me preocupa eso, lo que me preocupa es que no he tocado a la mujer en toda la semana». Quizá lo dijo de otra forma, pero más o menos vino a decir eso.
Ocaña se suicidió.
Parece que tenía cáncer de pulmón. De siempre cogía muchos catarros. Luego se metió en negocios difíciles. Estuvo a punto de montar un hotel y dijo: «Esto no es para mí». Luego, unos viñedos y cuando estaba a punto de empezar a producir, llega una tormenta que le deja los palos de las viñas y empezó a ser director de equipo pero no era lo suyo. Ocaña era un hombre de mucho temperamento. Él estaba acostumbrado a vivir de otra manera.
Fue una estrella, un ídolo.
El problema de gente así, que empieza a ganar tanto de la noche a la mañana, lo explicaba muy bien Piqué, el que fue defensa del Barcelona. Un día le escuché decir en El hormiguero: «Sabes que los deportistas que ganan mucho dinero a los ocho o diez años están en la ruina».
No fue tu caso.
Pero yo no pertenezco a ese gremio. Yo me refería a los que de verdad ganan dinero. Hay que saber dosificar el dinero porque todo tiene un final.

¿Y ése fue el caso de Ocaña?
No lo sé, pero se juntaron cosas como la enfermedad pulmonar. Aquí en la Vuelta a España le decía a Tamames y a Mínguez: «Ahora cuando llegue, me hacen unas pruebas y, si me lo confirman, me pego un tiro». Y Tamames le dijo: «No digas bobadas, si no tienes ni pistola».
¿Y qué le contestó Ocaña?
«Tengo pistola y escopeta». Y luego fue lo que pasó. ¿Por qué? Quizá porque la vida se le había complicado y es difícil admitirlo. Pero a mí me caía muy bien. Cuando me pidió que diese agua a sus corredores me hizo mucha ilusión, fue como un alivio para mí. Pero para director no le veía. Para ser director hay que tener mucho temple.
Como Echavarri.
Por ejemplo.
¿Tienes trato con él?
Tengo, tengo. Hace poco se operó de la espalda y está bien y, además, sigue siendo un hombre con una memoria infinita.
Pero el tiempo pasa.
El tiempo pasa muy rápido. Siempre digo que quedan ilusión y recuerdos. Y mira que yo soy un privilegiado porque me encuentro bien de salud a los 75 años. Es verdad que me operaron de la rodilla y no me dejaron bien. El traumatólogo dice que soy aspirante pero que aguante todo lo que pueda porque, según él, la prótesis es como un neumático: si se usa mucho se gasta.
A aguantar entonces.
Pero, mira, el domingo empecé a cazar a las ocho de la mañana. Cuando llegué al coche eran las tres y la rodilla estaba perfecta después de haber estado toda la mañana en un terreno difícil y lleno de piedras. Fue una sorpresa muy agradable.
¿Se sufre tanto en la construcción como en el ciclismo?
Nada que ver. En la bicicleta era muy friolero. En la construcción nada. Encendía unos papeles, unas tablas. Ponía las manos y ahí se quedaban. Sin embargo, en el ciclismo no había manera.
Ilusión y recuerdos.
Insisto en que, pese a no haber tenido el poderío de los campeones, he sido un privilegiado. Pero he estado entre ellos y me han tratado muy bien. Y me queda la amistad de Arroyo e, incluso, de Perico. De hecho, la obra de la reforma de su casa en Madrid la hice yo.
De hecho, te fuiste con Perico a Orbea MG.
Allí en Orbea, reconozco que había mucha gente joven y que quizá fui un poco cabrón. Pero hice mi trabajo, que en gran medida depende del jefe de filas. Mira, con Perico estuve en la gran pájara pero no iba. Fue la etapa en la que Arroyo deja a Van Impe en el Tour del 83 después del día de descanso. Ahí estoy con Perico y me siento mejor que nunca, pero no valió de nada porque él no funcionaba ese día.
Vamos a terminar la entrevista con un brindis por Ángel Arroyo.
Todo lo que se diga y se haga por él será un ejemplo. Para mí ha sido una prueba de vivir y saber vivir; de saber aceptar los obstáculos de la vida, que fueron muchos para él. Pero siempre estuvo y supo estar como en el Tour de Francia del 83, cuando se reivindicó, demostrando que entonces era el mejor y que en el ciclismo español no habia nadie como él.


Coca cola viva Colombia, Ocaña y como no el Reynolds del 83!!!
Gracias por escribir de ciclismo.
Me ha gustado leerlo .