
Cuentan, de Carlos Sastre, que es tipo discreto. Silencioso, pocas palabras, mejor acciones, voy a lo mío, no me fastidies. Cuentan, de Carlos Sastre, que no se calla cuando necesita hablar. Que eso le trae trabas en un mundo tan gregario, tan rígido en escalafones, como el ciclismo pro. Quizá por ello tuvo problemas con algunos de quienes quisieron mandar en él más de lo que él mandaba en él. Manolo Saiz, Bjarne Riis. También, claro, esa estructura de Banesto, la misma que abandonó para irse a la némesis. ¿Polémica? No, nada de polémica. Solo ir haciendo camino propio sin atender a ruidos exteriores.
De esa manera fue labrando Sastre un Gotha bien chulo. Poco a poco, sin subidas abruptas y descensos ad inferos. Miren qué tiempo le tocó vivir… buen síntoma esa regularidad. Rondar los top ten, después subir escalones, hacerse un fijo en pódiums. Victoria que siempre, siempre, escapa. Hasta el año 2008. Cancellara tirando en el valle tras Tourmalet, todos aguantando Pratonevoso, ataque asesino saliendo de Bourg d’Oisans. El dedo al aire, que recuerda, en la última contrarreloj. A su cuñado, al Chava. «Fue quien más me ha enseñado y quien más me ha hecho llorar». Tantas historias en pocas palabras. Discreción, el valor por lo que se sabe y no por lo que se airea. Carlos en estado puro. Buscar nuevos horizontes, aspirar a desafíos fuera del confort. Italia, sí, Italia.
Italia, claro.
Porque, al fin, el Giro. El Giro de 2009, la carrera que mejor refleja, creo yo, lo que fue Carlos Sastre. Quintaesencia, epítome. Huir de los focos (no, desdeñar los focos), pedalear fuerte. Los demás, las estrellitas, quedan rezagaos. Los demás, las estrellitas, tienen imágenes en papeles. Qué importa.
Los demás, las estrellitas, eran, aquel mayo, Lance Armstrong. Fundamentalmente Lance Armstrong, por entendernos, que nadie quite currículums. Pero es que Armstrong… Volvía de su retiro en loor de multitudes, porque aún se creía el mundo a Lance Armstrong, porque aún saludaba con esa sonrisa de «mira, vencí al cáncer». Que, ojo, venció al cáncer y movilizó pasta a carraos en la lucha contra esa enfermedad… Donde fue fraudulento Armstrong es encima de una bici. Y nosotros, aquí, hablamos de bicis.
Pero es que en 2009 nadie veía regu a Lance. El gran héroe que regresa, una peli de Marvel, la novela que escriben todos los yanquis. Cuentan que su retorno lo provoca, precisamente, Carlos. Que estuvo Lance cronometrando subida a Alpe d’Huez, aquella etapa donde Sastre conquistó la Grande Boucle. Y que le salían cuentas. Han ido despacito, muy despacito. Mi cuerpo dice «podrás», mi ego cuenta «debes». Así que al meollo.
(Imaginen la gracia que debió hacer eso a Sastre).
Y, lo que decíamos… que todos quieren saber de Armstrong, y nadie pone ojuco en el actual vencedor del Tour. Que estrena equipo, maillot. Cervélo, oigan, tras salir destemplao de Chez Riis, cansadísimo de que mirase el gran (calvo) danés con ojos amartelados a Frank o Andy. Vamos, que corrieron para joderme, en julio. Y luego se rieron de nosotros, en la Vuelta. Y nadie puso orden. Y yo me piro, paso, este no es mi rollo, esta no es mi forma de ver las bicis, la vida. Seriedad y silencio. Hubo rajadas, pero de tono medio, porque las rajadas de Sastre eran más erosiones que explosión. Como sucede cuando algo es verdad y no «video cara a galería»…
Y eso, cambio de escuadra, un maillot negro preciosérrimo y más ganas de reivindicarse que Arturo Pérez-Reverte tras salir en El Chiringuito. Hacerlo a mi manera, que es hacerlo bien, sí, pero también hacerlo casi en silencio, hacerlo sin alharacas. Ojos fijos, gesto concentrado, una cadenota enorme asomando por el pecho para completar imagen. Doliente y abnegao, el Ángelus de Millet hecho ciclista, agricultor de piernas depiladas. Carlos Sastre, que nunca trenzó palabras muy fluor, quedaba transformado, definitivamente, en espejo de su origen y su imagen. Hablar con actuaciones, no regalar letras gordas que olvidas el viernes. Entender el mundo, entender la bici, delibesianamente…
Y hacerlo bien, decíamos. Porque esto sin hacerlo bien, esto sin patas, no sirve de na. Y Sastre tuvo, vaya que si tuvo. Muy por encima de las vedettes. Mira Armstrong, por ejemplo, descolgado desde casi el principio, implorante en Alpe di Siusi. Se le vieron costuras en San Martino di Castrozza, a mitad del Rolle, donde veraneaba Churchill, donde hay cafés con fotos, blanco y negro granulao, llenas de stars y starlettes. Hollywood clásico en los Dolomitas. Se le vieron costuras, digo, pero reventó al día siguiente, por el Tirol. Aterricé corto de forma, contaba, aterricé corto de forma por la caída en Antigüedad, Palencia. Fue por Vuelta a Castilla y León. En Antigüedad, dice la leyenda, besó el suelo un noble de los que llevaban a Felipe el Hermoso. Iba camino a Tórtoles de Esgueva, camino, también, a la iconografía macabra y morbosa. Dos caídas, dos, en Antigüedad, la segunda aún más grave. Descarten a Armstrong, su reino es, ya, de este mundo.
(Y aún quedaba mucho por venirle, al yanqui).
Pero hablábamos de Sastre. Y Sastre estaba ahí, agazapado, dejando que pasasen etapucas. Nunca con opciones de subir a pódiums, nunca muy lejos. Finales en montaña, terreno quebrado, crono. Allí, incluso, se dio el gustirrinín de quedar justo por delante de Lance. Fue por Cinque Terre, fueron ocho segundos. Que haga cuentas, que haga. Nunca dijo nada Sastre, porque no es Sastre de decir nada. Pero sucedió.
Hasta un lunes. Abruzzos, subidas de unos diez kilómetros, pendientes loquísimas. Etapa muy larga, ni un metro llano, desnivel para asustar. La segunda mitad es fácil… subes Nerone, bajas Nerone, subes Catria, bajas Catria, subes Petrano y meta. Meta. Allí ganó Carlos Sastre. Era lo más duro del Giro, era el día donde podía demostrar su fondo, ese arma que siempre distinguió a los grandes de la bici y que hoy casi está desapareciendo, porque hacemos etapucas de tres horas. Aquella duró más de siete para Carlos. Que ataca en Petrone, que se va solo, que controla su respiración como siempre hizo, ese gesto tan suyo, que lleva las manos sobre gomas de freno, que se alza a ratucos sobre los pedales, maillot abierto, las costillas marcando, gesto de dolores, aquella cruz tras la cadena marrón, larguísima, simbólica. Un páter doloroso, un tercio doliente, un pragmatismo con jersey color pez. Mete medio minuto al trío que sigue, mete dos del séptimo en adelante, mete tres a Armstrong. ¿Menos trascendencia que Alpe d’Huez? Por supuesto, pero esta etapa de Petrone fue su victoria más bonita…
Ah, y la que lo puso tercero. Tercero, y cerca. Tercero, y cerca pero lejos. Porque no da mucho, aquel Giro, cargado de finales exigentes, sí, con distancias de risa. Esto fue excepción, pero la siguiente etapa eran ochenta kilómetros. Llegando a Blockhaus, vale (Blockhaus, donde Merckx, donde Fuente), pero ochenta kilómetros. Y Carlos es diésel, Carlos necesita que todos sufran para que su sufrimiento personal sea más fructífero. Carlos necesita horas y puertos. Pierde aquel día, se le esfuman los sueños rosas.
Aún queda Vesubio. La Bahía de Nápoles, el paisaje partenopeo. Castilla mi natura, Italia mi ventura, etcétera. Sorrento, Positano, Avellino. Una carretera que juega a romper músculos antes de la subida final, que se encabrita y se enciende mientras mira Capri. Todos calentitos antes del calentón. Y allí, otra vez… Carlos. Como antes Chozas, como mucho antes Gaul. Carlos. Mismo modus operandi. Ataco casi al pie, abro hueco, aguantar embestidas finales de quienes juegan podio. Otra vez brazos arriba, otra vez la estampa de carácter, de seriedad. Otra vez gana. Va cuarto, entonces, y le preceden Menchov, di Luca, Pellizotti.
Llegarán así hasta el Foro, hasta Roma, con la lluvia, la caída del ruso, los gritos de rabia. Llegarán así, vale, pero no consta de esa manera en Wikis y similares, porque Di Luca es descalificado por doping, y Pellizotti es descalificado por doping, y entonces Carlos hace segundo, oficial, en aquel Giro. Segundo. Menchov también tuvo sus asuntos después con la farmacopea y el borrón, aunque sigue constando como primero entonces. Qué importa, quizá pensó Carlos. Lo que fue en carretera, fue… No me motiva el cambiar de cromos…
Volvió, al año siguiente, por Italia. Todo cambia, todo sigue igual, muy lampedusianamente transalpino. Si miras tablas y clasificaciones… pues más discreto, oigan. Sin parciales, un top ten bajo. Pero protagonismo… todo. Fue un Carlos Sastre muy Carlos Sastre. Uno que carbura regular en los primeros montes, que pierde segundos a puñaos en prólogos, que se atraganta en las Murallas de Dite que fueron Montalcino. Allí, entre légamos y pendientes locas, palmó Sastre minutos. Ya carburaré, ya. Y lo hizo. Camino de L’Aquila, escapada (o lo que sea) con más de cincuenta paisanos. Él gestiona y dirige, con varios coequipiers. Recupera diez minutos, vuelve a meterse con los buenos. Después hay Mortirolo, y Grappa, y Zoncolan, y Corones. Otra vez escanciando pérdidas, otra vez que se aleja. Hasta el penúltimo día. No servirá, pero… puede servir. Para qué un sexto si aspiras a gloria. Ataca en Bernina, sigue los pasos de Nietzsche. Ataca en Bernina, hace grupito, nadie tiene miedo, todos empiezan a temblar. Ataca en Bernina y quizá sí, quizá llegue. Faltan ciento y bastante a meta, todo el altiplano de Livigno, esa Suiza heidiana de montes y barrancos. No pudo, no da. Pierde tres minutos, cae hasta el octavo. Decían que era pusilánime, que era conservador. Castellano delibesco, silencios y acciones. Probó, porque siempre, siempre, debes probar.
Igual en el Tour, aunque ya nada era lo mismo viniendo de la Italia mágica. Fuera de focos, campeón sin fotos. La prensa que se tira al morboseo del Armstrong-Contador. No hay imágenes del dorsal «uno», no hay entrevistas, no hay repor en webs. Sastre se revuelve. Más dolido que enfadao, sospecho, pero con el agitar de quien sabe injusticia. Pullas aquí y allá, palabras hoscas, ironías, sonrisillas que no sonríen. Id, id donde el yanqui. Id con él. Yo gané el Tour, pero id con él. (A día de hoy Carlos Sastre permanece como vencedor de un Tour de Francia. Lance Armstrong suma la asombrosa cifra de cero). Sigue a lo suyo. ¿Lustres? Ya llevo, no me vengan ahora con lustres. Cada vez más libre, cada vez más ácido. «Estamos convirtiendo el ciclismo en una patraña de niñatos», dijo tras el video de Contador a Andy Schleck, cadena mediante. Una patraña de niñatos. No me jodas. Y ahí no cabe, ni de lejos, alguien como Carlos.
Ahora le llaman, a veces, para que comente cosas. Carreras, bicis. En la televisión pública, estuvo, un tiempo. Apuntes con buen ojo, dobles sentidos, una retranca gruesa que se va haciendo mayor según pasan horas. Sigue siendo, Sastre, ciclista de fondo. Recuerda sin rencores y sin olvidos. Y sonríe, sonríe más que cuando iba con coulotte y maillot.
Cuando llevaba una cadena asomando del pecho al ganar etapas.
