Halterofilia

Vasili Alexéiev, de la mina a la halterofilia; ni envenenándolo cinco veces pudieron con él

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Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)
Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)

Vasili Ivánovich Alexéiev nació en 1942 en la región de Pskov, en el noroeste de Rusia, y murió en noviembre de 2011 en una clínica de Múnich. Tenía 69 años. Hay vidas que destacan por sus obras, otras por sus rutinas, algunas por determinados sucesos, una sola fecha en la que se demostró una valentía increíble o una cobardía espectacular. No es fácil colocar a Vasili Alexéiev en una de estas categorías. Durante su vida, posiblemente levantó más hierro que ningún otro ser humano en la historia. En esas situaciones nos pone a veces la vida. Pero aquello no fue un absurdo, se levantó todo ese peso, reventándose la espalda en una ocasión, para mayor gloria de la URSS.

Vasili estableció 80 récords mundiales y ganó dos medallas de oro olímpicas. Fue uno de esos héroes socialistas que no destacaron en los campos de batalla, sino en los pabellones deportivos durante la segunda mitad del siglo XX. Así asombró al mundo, cuyos periodistas de todas las latitudes no dudaron en calificarlo como «El hombre más fuerte del mundo» cuando murió hace quince años. Sin embargo, Alexéiev también fue soviético. Es decir, en su existencia hubo letra pequeña o que leer entre líneas. También trabajó en una mina, estuvo un mes en prisión, fue envenenado varias veces por sus propios entrenadores, o eso aseguraba, y guardó durante décadas sus poemas sin mostrárselos a nadie, ni siquiera a su mujer. Y eso, amigos, ya no es tan absurdo.

Porque mientras la URSS lo paseaba cómo símbolo del éxito del sistema, Sports Illustrated le dedicaba portadas, como la de 1975, donde le dio el famoso título citado de hombre más fuerte del mundo, y las televisiones intentaban no perderse sus apariciones olímpicas porque eran una imagen icónica, Alexéiev no hablaba mucho. Dejaba que los demás dijeran, pero él tenía sus propias ideas sobre casi todo.

Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)
Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)

Trabajó desde los once años. A los veinte era capataz en la construcción de una planta química con una brigada de veinte presos bajo sus órdenes. Luego pasó diez años bajo tierra, en la mina de carbón de Shajty, una ciudad industrial del óblast de Rostov donde vivió el resto de su vida. En la mina sufrió un derrumbe. Se despertó en el hospital con una lesión de segunda categoría, cuya baja fue reconocida por el Estado, lo que demuestra que el estropicio tuvo que ser fino.

Precisamente, su primera pesa fue el eje de una vagoneta en la mina. Aunque ya antes, en el aserradero donde había trabajado previamente, torcía los ejes con las manos a medida que se volvía más fuerte e iba creciendo. Como detalle, señalar que el eje tenía entre seis y ocho centímetros de diámetro. Solo más tarde, ya en el instituto, vio por primera vez una barra de pesas reglamentaria, que mide veintiocho milímetros y medio.

Vasili Alexéiev: un campeón heterodoxo

Se inició en la halterofilia de manera seria a los veinticinco años, en Shajty. Era tarde. Los grandes campeones soviéticos llevaban compitiendo desde la adolescencia. Alexéiev no lo consideraba una desventaja. Entrenaba dos veces al día, sin días de descanso, cuando el resto de la selección levantaba tres o cuatro días a la semana y celebraba con coñac cuando alcanzaba las siete toneladas en un entrenamiento, él levantaba cuarenta, veinte por la mañana, veinte por la tarde.

Sus compañeros de selección, Tálts y Batíshev, se reían y lo llamaban El estibador. Alexéiev les respondía: «Reíd, reíd. Seré el primero en llegar a los seiscientos kilos en la suma de los tres levantamientos.» Así fue. En marzo de 1970, en Minsk, Alexéiev se convirtió en el primer hombre en superar los 600 kilogramos en la suma de todos los levantamientos. Tenía veintiocho años y no solo estaba cultivando el músculo, también era estudiante de ingeniería. La agencia TASS informó del hito como si fuera un acontecimiento histórico, que lo era. El New York Times también lo recogió.

Ese mismo año, en Columbus, Ohio, ganó su primer campeonato del mundo con una marca de 612 kilogramos. Era su primera participación en un mundial. El levantamiento de arrancada alcanzó los 170 kilos; el de dos tiempos superó los 227. Su gran rival, el belga Serge Reding, segundo clasificado, se convirtió al acabar la competición el hombre que más peso había levantado en la historia sin llamarse Alexéiev.

Los ochenta récords mundiales llegaron durante los años siguientes como un reloj. No obstante, a muchos les olía a chamusquina la eficacia. El americano Ken Patera, otro de sus grandes oponentes, declaró en 1971 que la única diferencia entre él y el soviético era que no podía permitirse su factura en medicamentos. «Cuando lleguemos a Múnich», dijo Patera, «veremos cuáles son mejores, sus esteroides o los míos.» Y en Múnich, Patera fue eliminado en la fase de arrancada por intentar empezar demasiado alto. Alexéiev no tuvo rival.

Desde su retiro en Shajty, donde había empezado, muchos años después, Alexéiev explicaba que podría haber llegado a los 270 kilogramos en el levantamiento de dos tiempos. Se detuvo en 256 ¿por qué? Por dinero, por un lado, por supervivencia, por otro. Los primeros puestos y los récords se pagaban por separado, pero si coincidían en el mismo concurso, solo abonaban uno de los dos. Además, agotar el margen de mejora demasiado pronto habría dado argumentos a quienes querían retirarle en las típicas intrigas palaciegas soviéticas. «Mejor ir golpeando a cada uno en la cabeza poco a poco», explicaba. «En un torneo un récord mundial, en otro también. Así el atleta parece que crece, que avanza con seguridad».

Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)
Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)

En los Juegos de Múnich 1972 ganó el oro con una suma total de 640 kilogramos, estableciendo dos récords olímpicos que nunca podrán ser batidos porque ese sistema de competición ya no existe. Uno de los tres levantamientos con el que se calculaba la suma, el press de pecho, fue suprimido ese mismo año del programa olímpico por fraude generalizado. Los atletas habían aprendido a doblar las rodillas y arquear la espalda de formas que los árbitros ya no podían controlar. El récord de Alexéiev ahí se ha quedado, intacto, congelado en el tiempo.

En los Juegos de Montreal 1976, con diecisiete días sin entrenar por una lesión en la ingle, ganó su segundo oro olímpico. Levantó 255 kilogramos en el dos tiempos, otro récord del mundo. Quería intentar los 265, pero los periodistas se lo impidieron, invadieron el estrado, arrastraron la barra, le pusieron micrófonos en la cara. «Mister Alexéiev, ¿por qué todos han tenido un mal día y usted ha batido un récord fantástico?» Él respondió: «Cada uno vive de lo suyo. ¡Beban vodka ruso!»

La Unión Soviética construyó una maquinaria deportiva sin precedentes durante la Guerra Fría. El Comité de Deportes dependía directamente del Partido, disponía de un presupuesto de cientos de millones de rublos y organizaba la captación, el entrenamiento y la vida entera de sus atletas desde la infancia. Los mejores accedían a universidades sin exámenes, cobraban sueldos extra en sobres cerrados, viajaban al extranjero y comían carne roja cuando el resto de la población hacía cola para el pan. El sistema fue extremadamente eficaz.

Alexéiev era parte de ese sistema, pero también fue su anomalía. No procedía de las escuelas deportivas de élite ni había sido seleccionado de adolescente. Llegó tarde, desde abajo, desde la mina. Y una vez dentro, nunca terminó de encajar. Se negaba a trasladarse a Moscú, ciudad que detestaba y lo iba diciendo públicamente en entrevistas. Vivía en Shajty y desde allí imponía sus condiciones.

Cuando fue nombrado entrenador principal de la selección soviética, se convirtió en una figura incómoda para los funcionarios. Cortó el consumo de anabolizantes, expulsó a los que no rendían y se negó a llevar a los Juegos a atletas con contactos políticos que no merecían estar allí. «Un tipo del campeonato de la Unión quedó sexto», recordaba. «Y me decían que lo llevara a la Olimpiada. De lo contrario, sería un enemigo de Rusia».

En los Juegos de Barcelona 1992, ya disuelto el país, entrenó al equipo unificado de la CEI. Ganaron cinco oros, cuatro platas y un bronce de los diez posibles en halterofilia. Al año siguiente, el mismo equipo sin Alexéiev, no ganó ningún oro.

Pero el mamoneo político no fue lo peor que se encontró en aquellos años. Al final de su vida, se quejó de que fue envenenado en repetidas ocasiones a lo largo de su carrera. La primera vez que lo recuerda fue en el campeonato del mundo de Perú, en 1971. Se despertó con la cabeza a punto de estallar. La segunda, en Las Vegas en 1978, fue igual. En 1977, alguien calculó mal la dosis y él ganó de todos modos. En el levantamiento de dos tiempos notó las piernas muertas, hizo un solo intento y abandonó. Al año siguiente, en los Juegos de Moscú de 1980, le dieron suficiente para tumbarlo.

Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)
Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)

Antes de salir al estrado, sus propios entrenadores le ofrecieron una bebida. Dijeron que era una infusión de hierbas del Altai, un elixir de vitalidad. Alexéiev bebió. «Me convertí en idiota», decía. «Pensé: ¿adónde voy? ¿Para qué sirve esto? Miraba la barra como a través de unos prismáticos al revés, pequeñita, lejanísima. Y en las sienes, como si me golpearan con un martillo.» No pudo levantar 120 kilogramos. Días antes había arrancado 165 en posición de pie.

Tardó seis meses en entender lo que había pasado. Los entrenadores querían abrir camino a otro miembro de la selección soviética, que necesitaba la medalla. Ese atleta fue Sultán Rajmánov, que ganó el oro. Alexéiev nunca habló del asunto con él. Sí habló con el médico del equipo, que le dijo que probablemente le habían mezclado somníferos, aunque quizás algo más serio. «En el segundo descanso me trajeron otro vaso», recordaba Alexéiev. «Luego otro más.»

Cuando el periodista de Sportivnaya Gazeta que le vistió en su casa poco antes de morir le preguntó si alguna vez había querido pegarle un puñetazo en la cara a los responsables, Alexéiev contestó: «Ya había estado en prisión una vez sin motivo. ¿Para qué añadir otro motivo?».

Esa era otra historia Ocurrió en Koriazhma, en el óblast de Arcángel, antes de su traslado definitivo a Shajty. Una noche pasó por delante de una fiesta, el décimo aniversario de una brigada de construcción. Entró a ver qué pasaba y un grupo de unos quince hombres fue tras él. Sin mediar palabra, le intentaron arrancar la insignia de maestro del deporte de la solapa.

Alexéiev huyó. Nunca había huido de nadie, pero en esos días llevaba todas sus pertenencias en maletas, listo para mudarse, y no podía permitirse un problema. Tropezó, cayó, lo alcanzaron y… los que tuvieron un problema fueron sus perseguidores. Se levantó y metió dos trucos. Pim, pam. Y automáticamente había hombres en el suelo. «Ahora ya sabéis que soy maestro del deporte, pero no de atletismo», dijo que les soltó. Y se fue.

Uno de los que había golpeado era el líder de las juventudes comunistas del distrito y estaba convocado al día siguiente para recibir una condecoración del Partido. No pudo ir porque tenía la mandíbula rota. El primer secretario del oblast preguntó quién le había pegado. Le dijeron que un maestro del deporte que se estaba marchando de la ciudad. «¿Qué se va? Encerradlo», ordenó.

Alexéiev pasó un mes en prisión esperando juicio. La celda tenía unos cuarenta reclusos y después del rancho, todos encendían un cigarrillo al mismo tiempo. El humo era asfixiante. Él abría las ventanas de par en par y los demás le gritaban que las cerrara. La única solución era tumbarse en el suelo, donde había algo de aire y podía respirar mínimamente.

En el patio de la prisión

Un día fue a ver al funcionario de la prisión y le dijo: «Me estoy preparando para la Espartacada del pueblo soviético. No le pido una barra, búsqueme un raíl para que pueda entrenar». Se le escuchó. Le trajeron un raíl de unos cuarenta kilogramos, pero eso era demasiado ligero para él. Pidió otro y le llevaron uno de ciento sesenta, de siete metros de largo, que no cabía en el patio. Lo ponía en equilibrio sobre los hombros, lo lanzaba, lo volvía a coger. Un día lo dejó caer y el raíl se partió en dos. Los guardias lo miraron. «Una cuadrilla entera no pudo cortar ese raíl y tú solo lo has partido. Vas a llevarte por delante al centinela con su garita». Ahí se apiadaron. A partir de ese día tuvo dos raíles de ochenta kilos y pudo hacer otros ejercicios.

Salió del juicio absuelto. Quedó probado que él no había perseguido a nadie, que habían sido ellos quienes le habían atacado primero. El líder de las juventudes comunistas, por su parte, tenía antecedentes conocidos por la fauna local, cada vez que se emborrachaba acababa a golpes. Alexéiev salió de la prisión dos kilos más gordo que cuando entró. La ciudad entera le había mandado comida, bacalao con patatas, cuanto quisiera, y el médico le llevaba suero glucosado en una botella, bacalao con patatas. A su manera, se apañó para no perder tiempo «deportivo» en el talego.

Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)
Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)

No obstante, nada de esto restó patriotismo o responsabilidad nacional al halterófilo. En los Juegos de Múnich, que estuvieron marcados por el atentado contra el equipo israelí y once atletas murieron, la delegación soviética también vivió aquellos días con una tensión política insoportable. El presidente del Comité de Deportes, Serguéi Pavlov, había advertido antes de la inauguración de que había carteles por toda la ciudad con el mensaje: «Un ruso mató a tu padre en Stalingrado. Tú debes vencerle aquí».

Por seguridad, a Alexéiev le asignaron un oficial del KGB para él solo y la comida se la subían directamente a la habitación. Era tanta que alcanzaba para los artistas del grupo de apoyo, que también andaban hambrientos: Mijonov, Krámarov, Rotaru, Galka Nenásheva y, según él, «unas chicas desconocidas» que pasaron por ahí. Alexéiev había llevado además diez botellas de vodka y diez pescados curados. Sabía crear buen ambiente.

En la competición, los alemanes intentaron hacerle trampas con la barra. En el primer levantamiento de dos tiempos, con 225 kilogramos, tomó la barra sobre el pecho y esta lo desequilibró. Cayó hacia atrás, pero se levantó. En el segundo intento, comprobó que el mecanismo de rotación de la barra estaba bloqueado. Alguien lo había fijado adrede. Una barra que no gira, al caer sobre el pecho, transmite todo el impacto sin amortiguar. Ya le había pasado antes, en un campeonato de Europa en Rumanía, sin entender el motivo. Ahora lo entendió.

Ganó el oro de todos modos. La suma total fue de 640 kilogramos. Ruldolf Mang, el alemán apodado El Oso de Bellenberg a quien los organizadores habían construido una entrada especial al estrado para que no tuviera que cruzarse con él, quedó segundo con una diferencia de casi treinta kilos. Alexéiev lo miraba durante los calentamientos y observaba cómo le caía el sudor a chorros. «Gotas tres veces más grandes que las normales», recordaba. «Ellos luchaban contra mí y contra la barra. Yo solo luchaba contra la barra», declaró en esa última entrevista.

Alexéiev nunca pisaba la barra. No pasaba por encima de ella. Tampoco se fotografiaba apoyando el pie en el eje. La trataba con respeto, como el ciclista a la bicicleta o el tenista a la raqueta. Decía que para él la barra estaba viva. Varios halterófilos reconocían que soñaban con ella por las noches, aunque Alexéiev decía lo contrario, que en sueños tenía que espantarla, que ya era suficiente pasar el día a su lado.

Su segunda barra, la que usó durante años con modificaciones propias, seguía en su casa de Shajty cuando lo entrevistaron en 2011. «Con aditamentos», decía cuando le preguntaban cuáles. «¿Crees que te voy a dar mis secretos gratis?» Micha Kokláiev, uno de los mejores halterófilos rusos del siglo XXI, iba a visitarle antes de los campeonatos importantes.

En Múnich, 1972, ante los diputados del Soviet Supremo en el estadio Luzhnikí de Moscú en 1977, ante periodistas americanos en hoteles de Nueva York… donde fuera, Alexéiev levantaba y el mundo miraba. En el Luzhnikí encendieron ocho focos de luz para los fotógrafos. Para los patinadores artísticos era algo habitual, para un halterófilo, un desastre. La luz ciega, rompe la concentración, hace que el espacio parezca irreal. Alexéiev cerró los ojos, tomó la barra al pecho y levantó 256 kilogramos. «Cuando salí del estrado solté el aire y pensé: ‘por el esfuerzo físico, acabo de levantar trescientos kilos’». En esos setenta dorados, la URSS lo tuvo todo, al hombre más fuerte y a la mujer más grácil, Olga Korbut, el éxito del programa deportivo era implacable.

Y eso es lo que vio el mundo. Lo que se perdió salió a la luz en ese encuentro con la prensa. Tenía doce mil libros en el sótano de su casa, muchos dedicados por sus autores. Releía a Gógol, a Shólojov, a Tolstói. De los poetas, prefería a Guberman. Recitaba sus epigramas de memoria. Era miembro del Partido Comunista y en 2010 todavía guardaba el carné con cuidado. «Por si vuelven al poder», decía. «Han aparecido neofascistas, ¿por qué no neobolcheviques?» No usaba el ordenador. «Me cuido», repetía.

Los Juegos de Moscú de 1980 terminaron su carrera. Cargado de somníferos, incapaz de levantar su peso habitual, fue eliminado en el estrado donde había triunfado. Retirado de la competición, siguió entrenando por su cuenta durante algún tiempo. Luego se dedicó a preparar a jóvenes en Shajty, aunque tenía poco trabajo. Había quedado como un monumento histórico, algo así como Piotr Mshvenieradze, el rey del waterpolo soviético, o un Lev Yashin, que acabó sus días amputado después de ser el más ágil de toda la URSS. Era uno más de una antigua saga de superhombres que no parecía humana.

Muhammad Ali y Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)
Muhammad Ali y Vasili Alexéiev (Foto: Cordon Press)

Cuando la Unión Soviética se disolvió, desapareció también su puesto de entrenador nacional. Igual que su domicilio en la capital. Se lo okuparon durante un viaje al extranjero. Volvió y había un policía viviendo en él. «Lo cogieron y se fue», recordaba. Lo que le dolió fue la colección de monedas extranjeras que había reunido en sus viajes, y una carta de Dzhojar Dudáiev, el líder checheno, invitándolo a visitar Ichkeria, porque había entrenado a un campeón del mundo checheno. La carta desapareció con todo lo demás. Solo le devolvieron el frigorífico hecho un Cristo, desvencijado y manchado. Era nuevo cuando se lo llevaron.

En esa Rusia caótica de los noventa, le ofrecieron ser director de un centro de formación física. Lo rechazó. Director de un palacio del deporte, también pasó. «¿Para estar cigilando quién ha robado los trapos?». Murió el 25 de noviembre de 2011 en la clínica donde le trataban del corazón, en Múnich, la ciudad donde había ganado su primer oro olímpico. Tenía 69 años. Su mujer no estaba. Una vez le preguntaron si la pegaba. Conestó: «Si la pegara, ¿qué quedaría de ella después de tantos años?» Bajo la montaña de músculo, había un sentido del humor bastante cabrón.

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