
Puerto inacabables, trochas que no puedes superar. Competiciones llegando hasta el cielo, perdiéndose entre nubes. Y, allí, ellos. Ciclistas pequeñitos que escalan de forma increíble, ciclistas a los que nadie puede contener. Los colombianos, los escarabajos. En cada cuesta, en cada pendiente. Protagonistas de una historia tan grande que trasciende, en mucho, a las mismas bicis. Realismo mágico, por tirar de tópicos.
Les traemos aquí, orgullo, a los mejores ciclistas colombianos de siempre. Para que decidan por su preferido.
Para que disfruten con todos.
Escarabajo: Nairo Quintana
Nairo Quintana (Tunja, 1990) era el elegido. Desde joven, desde que apenas adolescente marchó a Europa para terminar de formarse, para conocer ese ciclismo que un día podrá dominar. Será él, decían, él quien triunfe donde los demás fracasaron. Él, ganador en París.
Y luego no.
Epató desde jovencito. Porvenir, aquella etapa en Dauphiné, la Ruta del Sur increíble, metiendo minutadas. Era, entonces, valiente y exuberante, atacador. Incontenible. Con los años se hizo calculadora humana. Jamás un derroche inútil, jamás me pillas fuera de mi sitio. El sueño para cualquier director; desesperante, a ratos, para el fan que siempre anhela épicas. Pero ganador, eso siempre.
Con veintitrés años debutó en el Tour… y volvió loca la competencia. Dos etapas, pódium, mejor joven, maillot a pepas. No hubo un desembarco más exitoso desde Laurent Fignon. Y eso sin salir como jefe de filas, quien sabe si…
La temporada siguiente Nairo conquista la maglia rosa. Primer cafetero. Tras él Rigo, en la edición más colombiana de siempre, banderas mediante mientras bajaba Stelvio. Era enorme. Era, ya, histórico. Visto con el tiempo quizá perdió posibilidad francesa, porque fue 2014 un año sin rey, con los accidentes de Froome y Contador, con la victoria de Nibali sobre Péraud…
Tras esto… pues siempre ahí, siempre en lucha, siempre en vanguardia. Consigue una Vuelta a España (rememoración al Lucho), tiene más Grandes que ningún otro escarabajo. También reincide en el Tour, con otros dos pódiums. La duda, recurrente, de si cargaba más en sus piernas, aquellos Alpes de 2015 con Chris renqueante y su equipo jugando por el cajón de Valverde. También reincide en el pódium milanés. Y en la Vuelta queda cerquita. Siempre, siempre ahí.
Se marcha Nairo, de entre los pros, en este 2026, tras unos años dubitativos de problemáticas y dispersiones. Queda su recuerdo, su inteligencia en carrera, su victoria en Portet o en Blockhaus. ¿Pudo lograr más?
Logro muchísimo.
Ramón Hoyos
Imagina ganar cinco veces la Vuelta a Colombia. Imagina que te hace un cuadro Fernando Botero, que te hace una «autobiografía» Gabriel García Márquez. Imagina que te tienen por epítome del paisa. Imagina, por último, que con tu sobrenombre se irán conociendo todos los demás ciclistas del país.
Imagina eso.
Ese fue Ramón Hoyos (Marinilla, 1932-Medellín, 2014).
Imposible ser más colombiano.
Ramón (Don Ramón de Marinilla) fue muchas cosas. Fue pionero, fue Antioquia entera, fue rival acérrimo (agresivo, deslenguado, irreductible) del Zipa. Fue, también, el dominador de sus años, de su época. Fue quien hizo morder polvo a todo un Fausto Coppi allá por La Línea (aunque aquel Coppi no fuese ya el gran Coppi). Era un volcán ante los reporteros, era una figura de leyenda. Escalador incontenible, uno que subía así, siempre sentado en aquellas trochas de légamo y agua, con las rodillas mirando cada una a cunetas distintas, con estilo de tosca hermosura. Es un saltamontes, pensó Jorge Enrique Buitrago, periodista a quien todos conocen como «Mirón». Es un saltamontes, piensa, pero se le traba el verbo, no recuerda bien, confunde bicho.
Véanlo ahí, un escarabajo en la montaña, dice.
El primer escarabajo. El único. El primordial.
Solo por eso merece leyenda. Pero quedan las demás cosas. Su historia, que contó García Márquez, que ve descerrajando cachitos de realidad y un mucho de magia. El cuadro de Botero, que se lo robaron a Botero, y le pidieron rescate, y pagó, Botero, una suma por un cuadro que como suyo pintó, tan importante era. Las apariciones por Europa, los Juegos Olímpicos, ese aire algo naif, de amateurismo casi jocoso, con el que se afrontaban entonces las bicis. La identidad para con todo un pueblo. El orgullo. Nunca agachó cabeza ante nadie, don Ramón, siguió siendo el hombre imponente, el hombre que imponía (hombre que amenazaba solo con mirar, hombre al que respetas) hasta el mismo día de su muerte.
Que no murió, Ramón Hoyos. Cómo iba a morirse si cada vez que sale un colombiano por la tele en las rutas del Tour alguien dice… “allá va el escarabajo”.
Cochise Rodríguez

Cochise era… distinto. Personalidad fuerte, determinación absoluta. Tanto como para cambiarse el nombre, nada menos. Tras ver una peli de cowboys. Y va el niño, Martín Emilio Rodríguez (Medellín, 1942) bautizado, y se queda con el jefe de los «otros». Llámenme Cochise desde hoy. Y con Cochise queda.
También cambiaba sobre su bici. En el reino de los escaladores pequeños y flacuchos, Cochise era grande, tenía espaldas fuertes, pareció más galán de telenovela que ciclista con éxito. Y lo tuvo. El éxito, digo. Cuatro Vueltas a Colombia, más etapas que nadie. Incontenible, años de dictadura total, de soberanía sin discusión. Quién puede contra Cochise, quién puede. Nadie. Así que se encierra un día, en solitario, dentro del velódromo. Lucharé contra mi propia sombra. Y sale sesenta minutos después, y es recordman dentro de los no profesionales. En el país de los puertos que no acaban tienen, sí, a un contrarrelojista de talla mundial.
Uno que prueba en el Viejo Continente, en el ciclismo grande. Corre el Tour, corre el Giro. Siempre ayudando a Felice Gimondi, siempre protegiéndole en el llano, rebufo de hombros enormes, remolcando incluso cuestas. Era gregario, pero también tenía tiempo para brillar. Dos veces triunfa en el Giro, por Forte dei Marmi, en Pordenone. Asiste también, primera persona, al drama de Pra-Loup. Forma parte de la aristocracia en esto de las bicis.
Es leyenda.
Fue, Cochise, primer colombiano que destaca por las pruebas de Europa. No pionero absoluto, que le robó primogenitura el olvidado Giovanni Jiménez, pero sí quien hace por empezar esta historia. Pasó, muy pronto, de exotismo a referente. Tardarán en volver los escarabajos, pero ya traen camino asfaltao…
Y luego está, como siempre en las grandes historias, lo otro. Lo otro. Los anexos, los detalles. Que fuese un chaval humilde, uno que se ganó la vida transportando pedidos desde adolescente, y acabara casando con cierta muchacha de la élite antioqueña. No tengo linaje, no, solo talento y ambiciones. Y triunfa. O esa legendaria nota que hace sobre él Gonzalo Arango, nadaísta egregio, donde habla del Corazón de Jesús más feo que hay en Medellín. Todo está, en Cochise, salpicado de grandeza.
Todo.
Zipa Forero
Yo lo haré, dijo alguien.
Y todo empieza.
Ese alguien se llama Efraín, se apellida Forero (Zipaquirá, 1930-Bogotá, 2022). Pero todos, todos, le dicen Zipa. Por un antiguo cacique que gobernaba su zona, siglos ha. Cundinamarca, comienza con Efraín, también, el duelo frente a los de Antioquia.
Pero del Zipa decíamos. Que empezó como todos, haciendo recados, engañando al hambre. Que era estrella emergente en aquella Colombia, mediados de siglo, donde no había estrella alguna, no al menos como ciclista. Que no tenía miedo a nada. Que aceptó el envite. Charleta informal, prohombres de la bici allí. ¿Por qué no imitar al Tour, no imitar al Giro? Imposible, dicen, imposible, nadie podría solventar tantas dificultades. No pedaleando. Y, entonces, surge el Zipa. Yo lo haré. Todos miran. Yo lo haré, ustedes buscan dineros y yo les vengo a demostrar que se puede. Cuentan que escoge el trayecto más difícil, ese que sube hasta el Páramo de Letras, cuatro mil metros de altura, ochenta kilómetros mirando a las nubes. Cuentan que lo sigue un coche, pero que quien conduce se acongoja, no paso, yo por ahí no paso. Y el ciclista, orgulloso, asiente. Den la vuelta, vayan por los valles, los veo tras coronar el monstruo. Donde fracasan los autos, triunfa el Zipa. Concluye. Habrá Vuelta a Colombia.
Ganará, claro, la primera edición.
Con dificultades. El Zipa se cae, el Zipa se abre la cabeza, el Zipa tiene, siempre, ese aura de mártir, de ecce homo, de triunfar sobre las adversidades. Al Zipa lo sigue, siempre, su mamá en las competiciones. Cuentan que una vez, tras besar el suelo, casi inconsciente, cubierto con polvo y sangre, llegó la señora, recogió al herido, le dio un beso tierno en la frente. Ahora a la bici, a la bici ahora. No querrás que todos te vean como cobarde.
Eso marca.
No repitió nunca el Zipa en la Vuelta. Las averías, las tácticas, el dominio paisa. No repetirá nunca, el Zipa, enzarzado en lides lenguaraces con los de Antioquia, enemistado para siempre con Ramón Hoyos. Pero es, por los siglos, el pionero en la Vuelta a Colombia. Eso nadie podrá quitárselo.
Díganme si no resulta digno de todo un Zipa.
Álvaro Mejía

Era, para los de nuestra generación, una sombra ausente. La adenda, el final de una frase. Indurain, Rominger y… A veces también Jaskula, pero sobre todo Álvaro Mejía (Santa Rosa de Cabal, 1967).
Así que viene, su imagen, pelín distorsionada por aquel julio. Que fue cuarto, en aquel julio, y no es poca cosa, que solo Fabio lo hizo mejor antes que él. Pero es que se tira todo el Tour penando a rueda de los favoritos, con esa pedalada dulce, armónica, que tenía Álvaro, que siempre pareció poder dar un plus, un acelerón, un ataque pequeño. Y nada. Bastante con defenderse. Salió segundo en la última crono, acabó fuera del cajón, porque llega quemado de narices.
Y queda, les dije, algo desdibujado el asunto, porque nos transmite un ciclista sufridor, uno de los que agarra ritmos y tira hasta morirse, tipo grisáceo que consigue clasificaciones a base de sufrimiento y ojos perdidos. Y nada, que ni de coña. Que fue, Álvaro Mejía, ídolo absoluto, paisano que prometía todo, uno con final… en fin, ya llegaremos a su final.
Porque era distinto. Un Mozart, como otros, con dos RCN recién cumplida la veintena, con etapas en Dauphiné, con la Vuelta a Galicia, con la casi medalla en Stuttgart, con el maillot blanco en aquel Tour de 1991, el de cambiar ciclos y romper ilusiones. Mejía era, sí, proyecto distinto, escalaba fenómeno pero también iba bien contrarreloj, se defiende en grupos, no pierde minutos en vientos y llanos. El sucesor de los dos grandes. El escarabajo 2.0. Todas las miradas puestas en él, todos pensando que era futuro de espesor. Si hasta Motorola hace fichaje gordo, y Álvaro se baja de la Vuelta 92 justo antes de empezar. Después, el Tour, con sus confirmaciones. Y después… nada.
Nada.
Dos añitos más, sin resultados reseñables. Después… ir alejándose. Estudia medicina, es, hoy, médico en la Federación Colombiana. Para que no les pase, a otros, lo que ocurrió con Álvaro. Dicen que si marchó de la bici desganao. Que había cosas… feas. Que no todos corrían con las mismas «posibilidades». Empezaban, tras él, los años oscuros para el escarabajo. Lean dos frases más arriba.
Quizá encuentren razones.
Lucho Herrera

Era perfecto.
Era etéreo, grácil, silencioso, un enigma. Tenía piernas como alambres, un rostro morenito, los pómulos salientes. Nunca, casi nunca, se alzaba en pie sobre su sillín. Nunca, casi nunca, metió ataques de fulgor. Solo eso, manos en las gomas, subir tan rápido como es posible para él. Para Lucho. Para nadie más en el planeta bici.
Lucho Herrera (Fusagsugá, 1961) fue la cara del ciclismo colombiano durante los dorados ochenta. El primero en coger parcial en Francia, nada menos que Alpe d´Huez, siendo aun equipo de no profesionales. El que dominó a placer ese Tour 1985 haciendo lo que quería cuando quería, trabajando para Hinault, conteniéndose para no marchar solo en cada cuesta. Ganará algún año, dijeron. Es incontenible, dijeron.
No pudo ser. No, al menos, en la Grande Boucle. Sí triunfa, Lucho, en la Vuelta a España, ese 1987 de forúnculos y nieves. Vine a entrenarme para el Tour, decía, tímido. Colombia fue una fiesta. Pionero de tanto.
Cuentan que si Lucho se contenía, adolescente, para no humillar a sus ídolos al principio de su carrera. Que podía volar solo por la Vuelta a Colombia, por el RCN, pero prefería mostrarse cauto, respeto y admiración. Sufría con los fríos y la lluvia, tuvo, a veces, poca capacidad para zafarranchos gordos, pierde minutadas en contrarrelojes. Pero para arriba no hay nadie como él. Nadie. Es Charly Gaul, es Fede con teles a color. En Italia, en España, por Dauphiné o el Tour. Fue Lucho Herrera el que hizo soñar (el que hizo fantasear, el que introdujo deseos) a toda una nación. Qué importa si después quedó la cosa sin concluir, todos recuerdan la silueta dulce, como sin esforzarse, de Lucho subiendo.
Y del resto no hablamos hoy.
Rigoberto Urán
Es algo que no puedes entrenar. Que no se mejora con una correcta alimentación, con un dedicarse de forma seria y rigurosa. Que se tiene o no se tiene. Carisma, le llaman.
Carisma.
Lo de Rigo.
Porque los mejores momentos de Rigoberto Urán (Urrao, 1987) han sido fuera de la bici. Y mira que a dos ruedas tiene un palmarés gordo, ¿eh? Pódiums en el Giro (primer colombiano que pisaba por allí), uno más en el Tour (ese postrero de Chris Froome, menos de un minuto con el jaune, posibilidades hasta la última cronometrada), aparición pionera por los cajones de un Monumento en la Lombardía de 2008. Sumen plata olímpico (a dónde miraste, Rigo, a dónde miraste cuando atacaba Vinokourov), sumen etapas aquí y allá, sumen presencia durante década y media en los pelotones más excelsos. Rigo fue fulgor cuando Colombia estaba triste, cuando los escarabajos se encontraban ausentes. Entonces viajó a Europa, consiguió puestos, devolvió sonrisas. Era, si quieren, prólogo para lo que habría de venir…
Pero es que con Rigoberto siempre palidecen las bicis respecto a lo de antes y después. Las declaraciones, los dejes en el habla, esa manera que tiene de no tomarse mucho en serio la vida después de que la vida se le pusiera muy seria a él. Infancia difícil, tragedia familiar, un niño que debe buscar trabajo, encontrar plata (como en Londres mucho después). Que halla, sobre la bici, su cénit, su forma de expresión. Y que nunca, nunca, se olvida de sonreír. Durante años las declaraciones de Rigo han sido de lo mejor en el mundillo ciclista. Por espontáneas, por jocosas, por naturales. También, a veces, por una profundidad escondida tras ligereza. No hay ciclista con más carisma que él.
Quizá se quedó algo cojito de un éxito mayor, de un aldabonazo grande. No sé, Vuelta de esas baratas, el Giro de las banderas encarnás, un ataque a Chris en el Izoard. Quizá sí, quizá prometía puestos más altos en el Gotha. Pero nadie puede exigirle, a Rigo. Porque su labor, su auténtica labor, la realizaba mejor que ningún otro.
Hacer felices a quienes estaban junto a él…
Fabio Parra

Fue, injustamente, el otro. El otro de los años ochenta, el otro escarabajo.
No supimos apreciar a Fabio Parra (Sogamoso, 1959), no lo suficiente. Estábamos encegados con el Lucho, con la facilidad del Lucho, con la armonía del Lucho, y no supimos apreciarlo a él. Hombre de pocas palabras, siempre gesto de dolor, regularidad, lucha. Y talento como para llenar toneles, también les digo.
Decía Fabio que su papá corrió la Vuelta a Colombia, pero que era malo bajando. Decía que él mismo se retiró muy joven, cansado de sufrir como un perro, de no tener retornos. Decía, Parra, que volvió a coger la bici tras ver a los escarabajos por la tele, en las rutas del Tour. Y lo hizo bien. Y volvió a tener éxitos, y se lo llevaron a Francia, y cogió allí etapas. Menos dulce que Lucho, menos llamativo. Pero más solvente y, quizá, más ambicioso.
Tanto como para probar la aventura europea. Qué bien se vive en Colombia, qué cómodo… pero en la vida debes arriesgarte. Así que vino al Kelme, y en Kelme se hizo aun mayor. Primer pódium en el Tour de Francia para un cafetero, solo tras Pedro Delgado y Rooks. Alguna vez dijo que debió ser primera victoria, por aquellos asuntos que ya ustedes saben. Al año siguiente un segundo, esta vez en la Vuelta. Otra vez Perico, otra vez una etapa última tirando a «rarita». No importa (bueno, sí importa, pero no a nuestro relato), es de los mejores del mundo, es un referente. Todos lo respetan, algunos lo llegan a temer.
Nunca logró el éxito gordo en una Grande, nunca pudo derribar esa barrera. Le faltó suerte, le sobró Pedro. Y, sin embargo, es imposible entender el ciclismo de Colombia en la década prodigiosa sin la figura (rostro cetrino, sonrisa tímida, ojos inteligentes) de Fabio Parra.
Rafael Antonio Niño
Le llamaban «el niño de Cucaita». Por el apellido, claro, pero también porque se le quedó para siempre la cara así, como de juventud, como de sueños adolescentes.
Le llamaban «el niño de Cucaita», y es el mejor ciclista de siempre, por palmarés, de competiciones cafeteras. Ganó seis veces la Vuelta a Colombia, ganó cinco veces el Clásico RCN. Nunca, nadie, triunfó tanto. Nunca, nadie.
Así que probó también suerte en Europa, Rafael Antonio Niño (Cucaita, 1949). Un poco a la estela del Cochise, también por Italia, también en labores de gregario. Solo que él nunca se adaptó. Cuentan que no tenía la mentalidad, que sufría con el mal tiempo, que no podía vaciarse para que otro ganara y él solo fuera un número veintitantos. Era Rafael, sí, conquistador, líder auténtico, y aquello se le hizo más cuesta arriba que cualquier Páramo de Letras.
Sucede que sacó enseñanzas, ideas. Certezas. Un equipo alrededor de un hombre, los buenos solo asoman rostro al viento en momentos decisivos, nadie juega sus cartas si el “dorsal uno” sufre. Todo aquello que no transigía en Italia se lo llevó para Colombia. Y eso le hizo casi invencible. Escalaba como nadie, tenía capacidad estratégica, movía sus peones como si fuesen ejército de caballerías y onagros. Nadie pudo con él.
Fue leyenda.
Y lo sería aun más.
Porque se hizo director, tras retirarse. Muy joven, con algunos a los que se había enfrentado. Y fueron, así, todos a Francia. A descubrir el Tour, a jugar con los mejores del mundo. Esos que no podían seguirles en Tourmalets o Izoards. Esos que pronto, muy pronto, dedicaron palabras trémulas sobre escarabajos imposibles. Fue aquello, también, cosa de Rafael Antonio Niño. Nunca dominó el Viejo Continente sobre su bici.
Hubo de esperar hasta ponerse al volante.
Egan Bernal
Alguien debía hacerlo. Triunfar, abatir ese muro incontenible que era la Grande Boucle. Lo más deseado, lo más esquivo. Todos, todos, pusieron anhelos sobre él. Pero únicamente Egan (Bogotá, 1997) pudo mirar París desde las alturas.
Y, realmente, parecía predestinado. El chico que todo lo puede, el ciclista que todo lo gana. Al que se lleva, viejo zorro, Gianni Savio para Europa sin ser veinteañero aun. Los números, las cifras, su misma ambición. Empieza a destacar, va quemando etapas, ficha por los dominadores del momento. Primer Tour y escudero de lujo. En el siguiente… victoria. No debía ser su año, tenía que pasear clase por Italia. Pero hubo una caída, y la historia se escribe así. Él, a quien se le torció el destino poco después, logró su gran éxito por carambolas inesperadas. Estar donde no debía cuando era el mejor momento. Aquel argayo camino Tignes. Ese ataque valiente, a por todas, en Iseran. Egan lo consiguió, Egan tocó cima para los escarabajos. Fue, será siempre, el pionero, el que derribó muros. Después dobló con el Giro, Daniel Felipe mediante. Y lo sigue intentando con la Vuelta, para reunir las tres. Se dejó salud con un accidente gordísimo, de espeluzno, mientras entrenaba. No vivirá, dijeron; no volverá a caminar; dijeron; jamás cogerá una bici, dijeron; olvídense de competir con los pros, dijeron. Y a todo, a todo, se opuso Egan. Que sigue, concienzudo, obstinación, buscando éxitos.
Los que terminen de adornar un palmarés con leyenda.








Muchas gracias por otro gran artículo. Me ha encantado rememorar la historia de los escarabajos que conocía, y descubrir a los que desconocía. Un saludo.
Con los artículos de Marcos Pereda se disfruta porque se rememora, se amplía lo que uno conoció en parte, y se aprende. Además de por su sello ameno, genuino y tan personal.
Los artículos de Marcos Pereda se esperan con ilusión, y una sonrisa, porque hace que uno quiera más.
Enhorabuena, agradecimiento y un saludo
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Gracias por el artículo. Apareció un Botero, Fernando, extrañé a Santiago.
Magnífico artículo. Enhorabuena, Marcos.