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Gary Vitti (preparador de los Lakers): «Shaquille O’Neal conserva en una caja fuerte unas heces suyas que hizo tras un partido contra los Knicks»

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Gary Vitti (Foto: Cordon Press)
Gary Vitti (Foto: Cordon Press)

Gary Vitti fue el preparador físico y jefe de los servicios médicos de Los Ángeles Lakers durante 32 años, testigo directo de la época dorada con Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar, del triple anillo de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant y de la etapa final con Pau Gasol. Ahora es tiempo de repasar todo ese legado brutal y, en una entrevista en Byron Scott’s Fast Break  recuerda cómo llegó al equipo de la mano de Jerry West y Pat Riley, compara el baloncesto de los ochenta con el actual, explica las causas de tantas lesiones hoy y relata anécdotas de vestuario, como una de Shaq que quita el sentido.

Las anécdotas escatológicas de este jugador ya dieron la vuelta al mundo hace tres años, pero entra en detalle otro testigo directo de lo sucedido. Cuenta Vitti que volvían en autobús de un partido contra los Knicks, Shaq fue al baño del vehículo, hizo de vientre y: «…la cogió, la metió en una bolsa de plástico o lo que sea… había una bolsa de plástico, como la del cubo de basura. Ya estaba dentro de una bolsa, así que la sacó, la ató… y me dijo que todavía la tiene guardada, en una caja fuerte».

En un principio, creían que le pasaba algo: «llamábamos a la puerta del baño pensando que quizá estaba teniendo un ataque al corazón. Pero no, estaba vivo… Y sí, es verdad: Shaq guardó sus heces».

Aquello fue como una bomba química para los viajeros: «Tuvimos que pedir al conductor del bus que parara en la carretera, porque íbamos hacia Newark desde Manhattan, y abrir las ventanillas de emergencia del techo para ventilar. El olor era insoportable. Además, cuando intentaba pasar por el pasillo con la bolsa, los jugadores estiraban las piernas para que no pudiera avanzar, trataban de tropezarle… Yo iba en el primer asiento, no sabía nada hasta que me llegó el hedor. Luego incluso tuvimos que sacar el equipaje de Chick Hearn del maletero para buscarle ropa limpia en mitad de la autopista».

La cosa venía de largo, era un experto en bromas pesadas: «Mira, yo lo adoro, lo quiero. Pero había que estar siempre con un ojo abierto, porque era capaz de cualquier cosa. No podías dejar un cepillo de dientes fuera: se lo metía en el culo. No podías comer nada que no estuviera herméticamente cerrado: si Shaq estaba cerca, ni se me pasaba por la cabeza (…) Una vez fui al baño del centro de entrenamiento sin fijarme si Shaq estaba en el cubículo. Mientras orinaba, oigo mi nombre, me giro y él, de pie, sostenía un papel higiénico con el que se acababa de limpiar. Me decía: ‘Míralo’. Yo: ‘No, no lo voy a mirar’. Y al final me lo lanzó. Cayó en el suelo, cerca de mí. Papel con heces humanas. Una locura, pero pasó de verdad».

Lo más duros de la NBA

Preguntado por los jugadores más duros con los que ha tratado en los Lakers, ha dicho que el primero de todos es Kobe Bryant: «Fue el más duro. Jugó destrozado cuando se retiró. Tenía cirugías importantes detrás. Byron Scott también fue durísimo, pero la diferencia es que él no tuvo que pasar por operaciones de ese calibre. Kobe jugó con un montón de cosas que otro no habría soportado. Y además, Kobe te peleaba. Le daba igual quién fueras, le llegó a plantar cara hasta a Shaq. Eso te dice mucho de él».

Shaquille O' Neal (Foto: Cordon Press)
Shaquille O’ Neal (Foto: Cordon Press)

En esa lista, Vitti incluye a Byron Scott, a quien atendió durante años y con quien conserva una amistad. El preparador matizó que había distintos grados de dureza: «Puede ser jugar lesionado, o puede ser que si te provocan, te partes la cara con cualquiera. Byron tenía de las dos cosas. Por eso lo pongo ahí».

El tercer nombre es Kareem Abdul-Jabbar, al que describe como peligroso si se le enfadaba porque era frío y calculador: «Kareem no era un hombre al que quisieras enfadar. Recuerdo muchos jugadores, incluso compañeros en entrenamientos, corriendo con la mano en la garganta porque mientras tiraba el sky hook metía el codo ahí mismo. Como a Shaq, lo golpeaban en cada jugada, y si los árbitros no te protegen, tienes que protegerte tú. Kareem sabía hacerlo. Y lo hacía de manera calculada. Si le hacías algo, él se iba a encargar de devolvértela».

Maurice Lucas, aunque solo vistiera la camiseta de los Lakers un año, entra directo. Vitti lo recuerda como alguien al que nadie quería tener en contra: «Lucas era durísimo, su carrera lo demuestra. Llegó a noquear a Darryl Dawkins a puñetazos. Tenía ese carácter de no achicarse ante nadie. Aunque fuera breve, vistió la camiseta de los Lakers y por eso merece estar en la lista».

Y en el quinto lugar, por supuesto Shaquille O’Neal, más allá de las bromas y de las excentricidades citadas, dice que: «Shaq era un gigante jovial y divertido, pero al mismo tiempo un jugador muy duro. Jugó con dolor muchas veces. Se le criticó mucho por frases que soltó en su día, pero la verdad es que jugó lesionado y debió recibir más crédito. Yo mismo quizá debería haberlo dicho públicamente: este hombre está jugando con dolor. Y sí, podía ser controvertido, pero era un competidor que aguantaba mucho más de lo que la gente cree».

Los nuevos tiempos

A la hora de comparar épocas después de 32 años siendo testigo de la elite del baloncesto, Vitti siente una profunda nostalgia de la era del Showtime: «No había visto nada igual: el balón apenas tocaba el suelo, eran tres pases, un contraataque perfecto y Magic Johnson dirigiéndolo todo como si fuera coreografía».

Esa primera era estaba marcada por una idea clara: correr. El rebote era sinónimo de salida inmediata, y Kareem Abdul-Jabbar, Kurt Rambis o A. C. Green sabían que su misión era asegurar la captura y sacar la pelota lo antes posible. En palabras de Vitti, «era un baloncesto de opciones constantes: Magic podía acabar en el aro, podía doblar al ala izquierda o a la derecha. Siempre había tres soluciones, siempre había que elegir. Eso convertía cada jugada en un dilema imposible para las defensas».

Al hablar de la era de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant, Vitti cambia de registro. Reconoce que el espectáculo seguía ahí, pero el ritmo ya no era el mismo. «Con Shaq en la pintura, lo primero era asegurarse de que recibía en el poste. Eso ralentizaba el juego en comparación con los ochenta, pero lo volvía igualmente demoledor. No había manera de moverlo: si quería cada rebote, era suyo. Si quería cada canasta, solo los árbitros podían detenerlo pitando faltas».

Kareem Abdul-Jabbar (Foto: Cordon Press)
Kareem Abdul-Jabbar (Foto: Cordon Press)

El preparador describe aquellos años como la época de la fuerza bruta combinada con el hambre incansable de Kobe, una pareja que, sin embargo, acabó rota por la división interna del vestuario. El propio Vitti confiesa que le duele pensar en todo lo que se perdió aquel equipo. «Deberíamos haber ganado diez campeonatos. No solo tres. Fue fácil culpar a Kobe o culpar a Shaq, pero lo cierto es que muchos tomamos partido. Jugadores, técnicos, hasta los preparadores. Se formaron bandos y todo se vino abajo».

La última etapa triunfal que vivió Vitti fue la de Kobe y Pau Gasol, cuando los Lakers se reinventaron a finales de la década de 2000. Ya no se trataba de correr ni de aplastar en la pintura, sino de un baloncesto más táctico, más europeo, que combinaba la inteligencia de Gasol con la determinación de Bryant. «Pau nos dio una dimensión distinta, una sutileza que encajaba con el momento en que Kobe ya era un veterano absoluto».

A pesar de la importancia de esas dos últimas épocas, Vitti insiste en que ningún título puede compararse al de 1985, cuando los Lakers derrotaron a los Celtics en Boston. Era su primer año, el famoso Memorial Day Massacre en el primer partido de la final, seguido por la remontada que acabó con la histórica maldición de no haber ganado nunca a los Celtics en el Garden. «No se puede superar eso. Fue mi año de novato y terminamos levantando el trofeo en el parquet de Boston. Es el recuerdo imborrable, nada puede estar por encima de ese momento».

Lesiones de ayer y de hoy

Gary Vitti no solo fue testigo de la grandeza de los Lakers; también se convirtió en una de las voces más autorizadas en el terreno de la ciencia del rendimiento deportivo. A lo largo de la entrevista desgrana, con un tono didáctico, por qué a su juicio en el baloncesto contemporáneo se registran más lesiones que nunca. Su explicación arranca con un concepto clave: la repetición excesiva de movimientos desde edades muy tempranas. «Cuando un niño de siete años juega solo a baloncesto, repite una y otra vez los mismos gestos. Eso genera compensaciones en la postura, y esas compensaciones producen disfunciones que, cuando llegan a la élite, son casi imposibles de corregir del todo».

El expreparador recuerda que en su infancia y la de muchos jugadores de los ochenta, el deporte era estacional: «Fútbol en otoño, baloncesto en invierno, béisbol en primavera. Sin saberlo, aquellos chavales estaban haciendo ‘cross training’, variando la carga sobre músculos y articulaciones y evitando la sobreexposición a un solo patrón de movimiento. Hoy, en cambio, el chico que apunta maneras a los siete u ocho años solo juega al mismo deporte. Para cuando lo recibimos como profesionales, ya trae patrones posturales viciados que provocan lesiones en cadena».

Ese encadenamiento de efectos lo explica con lo que llama la cadena cinética: la transmisión de la fuerza desde el pie de apoyo hasta el tronco y de ahí a las extremidades superiores. Si un eslabón de esa cadena falla, todo el sistema se resiente. «Cuando un jugador apoya el talón en la pista empieza un recorrido de fuerzas que puede acabar en la fascia plantar, en el tendón de Aquiles, en el gemelo, en la cadera, en la espalda o en el cuello. El cuerpo siempre buscará el punto más débil para romperse».

Para Vitti, los momentos más críticos no son las aceleraciones, sino las desaceleraciones y los giros. «Si solo corrieras en línea recta y cada vez más rápido, probablemente no te lesionarías nunca. El problema es cuando tienes que frenar. Ahí los músculos se alargan bajo enorme tensión, y si no soportan la carga, revientan. Y si a eso le añades un giro, el torque, el momento de torsión, es la receta para una rotura de menisco o de ligamento cruzado». Por eso recuerda que ni los grandes saltos de Michael Jordan ni las suspensiones de Julius Erving eran tan lineales como parecían: justo antes de saltar, el cuerpo desaceleraba.

Kobe Bryant (Foto: Cordon Press)
Kobe Bryant (Foto: Cordon Press)

Ese análisis le lleva a reivindicar el trabajo del core, pero no en los términos habituales. «Siempre hablamos de core strength, de fuerza de core, pero en realidad deberíamos hablar de core endurance, resistencia de core. No se trata solo de cuánta fuerza puedes generar, sino de cuánto tiempo puedes mantener el control de tu centro de gravedad mientras te mueves en situaciones no controladas». Para Vitti, el gran reto es que los jugadores logren mantener esa resistencia en contextos de fatiga, cuando tienden a volver a sus patrones posturales defectuosos.

La fatiga, de hecho, es para él el segundo gran enemigo del jugador. «Puedes empezar un partido con una postura perfecta, pero cuando llevas treinta minutos de esfuerzo, vuelves a tu patrón de fábrica, y si ese patrón ya era defectuoso, entonces llega la lesión». Vitti recuerda cómo observaba a jugadores agarrarse las rodillas en los tiros libres: «no era solo cansancio, era un signo de que el core ya no soportaba la carga, que el centro de gravedad se desmoronaba».

Su discurso enlaza con ejemplos históricos. Vitti cita a Kareem Abdul-Jabbar como pionero: «Kareem hacía yoga cuando nadie sabía lo que era el core. Nunca tuvo una rotura muscular. Alguna torcedura, alguna fractura en la mano, pero nada de eso. Fue un adelantado a su tiempo». En ese contraste, apunta que hoy, pese a los avances tecnológicos y a la preparación física más sofisticada, hay más roturas que nunca porque el juego es más rápido y más potente, pero la eficiencia del movimiento no siempre acompaña a esa fuerza tan descomunal.

El diagnóstico es claro: el baloncesto moderno exige a los atletas más grandes, más fuertes y más veloces de la historia, pero no necesariamente más eficientes en su manera de moverse. Y ahí radica la paradoja que obsesiona a Vitti, el progreso físico no se traduce en menor número de lesiones, sino en lo contrario. «Si no aprendemos a sostener el core bajo fatiga, a variar los patrones de movimiento desde la infancia y a entender la cadena cinética completa, las lesiones seguirán multiplicándose», sentencia.

 

 

 

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