
Quien haya estado en una piscina cubierta reconocerá el olor clorado que se mezclaba con una humedad que, aun sin meterse uno en el agua, acababa empapándolo todo. Alrededor del 60 % del cuerpo humano es agua, de la que se pierde una parte desde el nacimiento hasta la vejez. Del agua salió el pez que echó a andar, y Jesús convirtió el agua en vino. Es un bien escaso que es capaz de quitar la sed, de transmitir miedo (hidrofobia) o de empezar una pasión. Si hay agua en Marte, hay vida.
En las gradas de una de las piscinas del CNAB (Club Natació Atlètic-Barceloneta) tiene lugar la siguiente entrevista, con el equipo masculino entrenando en el agua. Silbatos, gritos, indicaciones… y ese sonido tan característico que hace un balón al estrellarse contra el larguero. La waterpolista olímpica Paula Leitón (Terrassa, 2000) teme recibir un pelotazo, a pesar de la lejanía en la que ella se encuentra. Hace dos meses que ha regresado de Sídney, donde disputó con España la final de la Copa del Mundo contra Estados Unidos; también han pasado dos días de su ponencia en la segunda jornada del X FID Ciudad de León y, en unas horas, dará el pregón de la Fiesta Mayor de la Barceloneta. Desde que ganó el oro olímpico en París, Paula ha sido llamada para contar su historia. Tras haber sido campeona olímpica, sus redes sociales se llenaron de una serie de insultos y «mensajes de odio» que le hicieron apartarse del teléfono móvil durante un tiempo. Justo en el mejor momento de su carrera, y posiblemente uno de los más felices de su vida. Dice, sin embargo, que tiene las espaldas anchas para que los comentarios le resbalen. Por ello ha publicado XXL. Del oro olímpico a la lucha contra la gordofobia, un libro que dedica «a los que alguna vez sintieron que su cuerpo era un error». Hay cuerpos que se convierten en una medida para los demás. El de Paula Leitón lo ha sido de muchas maneras: para pesarla, para juzgarla, para exigirle que adelgazara y, también, para llevarla hasta el oro olímpico. Dentro del agua, ese mismo cuerpo tiene otra medida: la que marca el rendimiento. Y no es el balón, pero sí la humedad, la que acaba por atizar otro pelotazo con sabor a cloro y regusto de sudor.
¿El agua es el principio de todo?
Sí, es donde empezó mi pasión y a lo que tengo la suerte de dedicarme.
Dices en el libro que no todo es agua, porque también hay momentos distendidos de cenas y sobremesas.
Como en el rugby con el tercer tiempo, en waterpolo al final también hay un momento de compartir con —lo que yo llamo— «mi segunda familia», porque paso más horas con ellas que con mi familia de verdad. Al final de un partido malo, cuando no han salido las cosas, vamos a tomarnos algo juntas y charlar del partido, pero también de lo que no es el partido, y es ahí donde acaban saliendo las risas y a la que ha jugado mal se le escapa la lágrima y acaba explicando que a lo mejor no ha tenido un buen día y que por eso no ha estado… A eso me refiero, a que el waterpolo es mucho más que agua, porque somos personas a las que nos mueve una misma pasión, pero también compartimos cosas que nos gustan fuera del agua.
¿Por qué el waterpolo?
Porque llevo toda una vida relacionada con el mundo del agua. Empecé, siendo muy pequeñita, a aprender a nadar. Intenté hacer natación, pero no me acababa de gustar; era la típica niña que se tiraba, se le caían las gafas en medio de una competición, volvía atrás, se hundía, nunca acababa el largo… Entonces, cuando se me presentó la oportunidad de poder hacer un deporte de equipo que tenía pelota en el medio que más me gustaba (estar en el agua), dije: «Bueno, voy a probar». Y me gustó. No porque se me diera bien al principio —para nada, porque tuve que aprender—, sino porque estaban mis amigas, iba con más gente a entrenar, había un objetivo y un propósito común…
¿Con qué edad te iniciaste en el waterpolo?
Empecé muy pequeñita, de prebenjamín, con unos seis o siete años, y al final hicimos el primer equipo únicamente femenino a nivel catalán. Jugábamos contra equipos masculinos y mixtos. Éramos muchas de mi edad, del 2000, entonces el club dijo: «¿Por qué no hacemos un equipo femenino y uno masculino?». En vez de tener el equipo A y el B, porque son muchos niños y hay que separarlos, se hizo uno femenino y otro masculino. Si había un número de niñas para hacer el femenino y un número de niños para hacer el masculino, ¿para qué hacerlo mixto? Entonces teníamos un hándicap, que era que no existía liga femenina para poder jugar únicamente contra equipos femeninos, así que nos tocaba jugar incluso contra los chicos de nuestro propio club.
Más o menos en esa época, durante una competición, un padre desde la grada denunció que no podías jugar porque tu cuerpo no se correspondía con el de tu edad. Y no solo no te dejaron jugar, sino que además debías esperar a que tu madre presentara tu DNI.
Sí. Tuve que esperar al final. En el waterpolo, al principio, hay una presentación de equipos en la que chocas, pasan los árbitros y demás, y me acuerdo de que mi entrenador me dijo que me tenía que esperar porque mi madre tenía que entregar unos papeles, y yo me preguntaba qué estaba pasando. Nunca le di importancia hasta que, ya de mayor, lo hablé con mi madre y ella me explicó que era porque habían pedido mi DNI para asegurar que yo era una niña de la categoría y que no estaban bajando a gente más mayor a jugar con los pequeños.

¿Cómo se recibe eso siendo tan pequeña?
Yo en ese momento no me acuerdo ni le di importancia, como te digo. Creo que al final las cosas malas se acaban olvidando, las terminas expulsando, pero es verdad que cuando me lo ha recordado mi madre sí que me vinieron pequeños flashbacks a la cabeza, pero hasta ese momento no me acordaba. Los niños tenemos esa capacidad de olvidarlo todo, que es una cosa muy buena.
A posteriori te has preguntado si la actitud de aquel padre podía haber hecho que odiases tu cuerpo. ¿Cuánto puede llegar a cambiar una vida por una sola frase dicha desde una grada?
Lo puede cambiar todo, porque cuando tú empiezas un deporte lo haces por disfrute, porque te gusta, porque es un momento en el que a lo mejor te sientes parte de un grupo o encajas, entonces esa palabra o esa frase pueden hacer mucho daño, porque tú cuando empiezas no quieres ser el mejor, solamente quieres pasártelo bien. Con el tiempo puedes acabar reventando o puedes pensar que quieres moverte únicamente por eso, pero esas palabras pueden hacer mucho daño. A lo mejor lo que dijo aquel padre me hubiera hecho dejar el deporte, porque no me hubiera sentido cómoda con mi cuerpo o porque no encajaba en el waterpolo. Pero era todo lo contrario; mi cuerpo era ideal para el deporte que practicaba.
¿Ya estabas jugando de boya?
No, yo siempre había sido una jugadora que tenía un papel muy polivalente en el equipo, sobre todo jugaba de defensora de boya, que es lo contrario a lo que juego ahora. Pero hubo un momento que con la selección la segunda boya que tenía en el equipo se lesionó y fue el momento en el que me dijeron que iban a formarme de boya porque tenía las características y el potencial para poder serlo y era la manera en la que podía entrar en el equipo. ¿Pues por qué no? Era un nuevo reto.
Pero cuentas que no te entusiasmó la idea de jugar de boya.
Realmente no, porque la boya es la posición en la que más golpes te llevas y no creo que haya nadie al que le digan de ser boya y le apasione esa posición. En un deporte todo el mundo quiere ser goleador o lanzador, pero pensé que si me tenía que adaptar iba a ser lo que me permitiría poder entrar en la selección y cumplir mi sueño.
En el waterpolo, dices, arriba es técnica y debajo, lucha libre.
[Risas] Sí, porque en el waterpolo se juegan dos partidos: el que juegas fuera del agua, que es el que se ve y el árbitro pita, y después está el segundo, que es el que está por debajo del agua, el que no se ve, donde están las patadas y los golpes. Pero es inevitable. El waterpolo es un deporte de mucho contacto, y en un deporte donde no se ve lo que sucede debajo, porque no tenemos árbitros subacuáticos, es complicado controlar.
¿Cuándo conoces a Miki Oca?
En 2010, cuando va al Club Natació Terrassa, de donde yo soy, con el equipo absoluto, el mismo que dos años después iría a los Juegos Olímpicos de Londres. Fueron a Terrassa para hacer un partido amistoso y a entrenar, porque era como piscina neutral. Ahí fue la primera vez que Miki me vio. Tengo una foto con todas esas compañeras con las que después entraría en el equipo. Recuerdo que yo era igual de alta que el entrenador.
¿Qué te dijo él?
Nada. Yo creo que él, simplemente, a lo mejor le dijo a mi entrenador: «Empieza a entrenar a esta niña, que dentro de poco estará con nosotras». Pero no me acuerdo si me dijo alguna cosa.
¿Cuándo empiezas entonces a trabajar con él?
Cuando cumplo los quince años. Es más: los hago con mis compañeras en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat. Ese día entré con una camiseta de Mickey Mouse y pastas, porque cuando cumples años llevas pasteles o alguna cosa para compartirlo. Era una de las primeras veces que entraba al equipo una niña de quince años, feliz con su camiseta de Mickey, y era como… «Hola, equipo. No me conocéis, pero soy Paula y aquí estoy». Esa fue mi primera toma de contacto. Recuerdo que era para preparar un partido de Copa Mundial, en Rusia, aunque al final no fui, pero estuve entrenando con ellas.
Entre los siete y los quince años haces todo el recorrido hasta llegar a la absoluta. ¿Cuántas chicas o chicos en waterpolo pueden llegar a hacer ese recorrido en tan poco tiempo? ¿Es normal tu caso?
A ver, no es normal. Siempre he dicho que al final lo empecé todo muy prematuramente, todo muy seguido, muy rápido. Sí que es verdad que en waterpolo normalmente sueles jugar en categorías más grandes, porque tampoco somos tantos jugadores, y cuando tienes un poco de potencial, intentas aumentarlo, pudiendo jugar con los mayores, y así también coges muchísima más responsabilidad y empiezas a conocer mucho más el juego. Pero sí es verdad que no es lo normal; yo me presento a los Juegos Olímpicos con dieciséis años, siendo la más pequeña de toda la delegación española.
¿Eso te condiciona?
Sí y no. Te condiciona al final, porque a lo mejor la presión o los nervios no los sabes gestionar de la misma manera que cuando eres más mayor, pero sí que lo vives todo de una manera muy diferente, desde una perspectiva muchísimo más inocente, en lugar de darle tanta importancia. No quiero decir que no merezca darle la importancia que tiene, porque la tiene incluso más, pero esa parte de inocencia que llevas te hace poder disfrutar muchísimo más de momentos como la competición, cuando tal vez por la edad estás para otra cosa.

¿Has perdido esa inocencia?
No, nunca. No soy Peter Pan, porque tengo veintiséis años, sigo siendo joven, pero al vivirlo así toda mi vida, desde una perspectiva mucho más joven a la de mis compañeras, he de decir que sigo disfrutando sobre todo el día a día. Para mí es superimportante cómo entreno, pero no la manera de ver si ha salido bien o mal, sino de estar riéndome y hacer reír a mis compañeras, ¿sabes?, que no sea un calvario tirarse al agua, que con los años me acuerde de esos entrenamientos. Así era como lo vivía al principio, cuando me decía a mí misma: «Paula, disfruta del momento, de tus compañeras… Aprende todo lo que puedas, porque tal vez no vas a estar en la convocatoria, o tal vez no vas a estar en el partido, pero te han dado la oportunidad de estar con las mejores jugadoras». Yo creo que sigo teniendo ese espíritu y esa manera de pensar.
¿Lo viviste con presión?
Tampoco he seguido poniéndome mucha presión, pero sí es verdad que está la presión que te ponen desde fuera. Como te he dicho, siempre me lo he tomado de esa manera («Paula, aprende todo lo que puedas, empápate de las mayores…»), entonces no lo he vivido con esa presión. Es más: vivo ahora las situaciones con más presión, porque al final, en todos los años que llevo jugando, también implica eso, que soy veterana y tengo un peso en el equipo. Pero cuando eres joven es al contrario; estás ahí para aportar lo que puedas, para aprovechar los minutos que te dan y para pasártelo bien jugando.
¿Por qué Miki dijo que no te enterabas, que estabas sorda?
Porque cuando era más pequeña llevaba tapones hechos a medida (cogía muchas otitis). Creo que a lo mejor era por el crecimiento, porque mi cuerpo estaba cambiando y todo iba a los oídos, entonces llevaba tapones y al final dificultan la audición. Me acuerdo de que estábamos haciendo un stage en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, y me empezó a chillar. Efectivamente, yo no escuchaba, tampoco nadie me hablaba, hasta que hubo un momento que dijo: «¡¿Pero esta niña está puta sorda o qué?! ¡No me escucha!». Desde ese día se acabaron los tapones. Mis compañeras me han dicho que en ese momento me hice mayor de golpe.
¿Has vuelto a saber de Miki?
No, no he vuelto a saber de él. Lo único es que coincidimos alguna vez en campeonatos. Es el seleccionador de China y este verano, de hecho, hemos estado en Shanghái entrenando con ellas, pero la verdad es que nada más.
Miki dejó la selección española justo después de los Juegos de París. ¿No os lo estabais oliendo?
Bueno, lo pudimos intuir, pero nosotras no recibimos ningún mensaje suyo, en plan: «Chicas, me ha salido una oportunidad, me voy». Pero bueno, eran cosas que se rumoreaban hasta que vimos que era verdad. Siempre le desearemos lo mejor, tanto yo como todo el equipo. La suya es una decisión personal, ya sea por dinero o por cambios que quiera hacer en su vida, así que adelante y que le vaya todo bien. Es lo único que esperamos.
¿Crees que habrías tenido la misma relación con el waterpolo de no haber conocido a Miki Oca?
Yo creo que sí, porque si he de mirar atrás hay muchísimos más entrenadores que tal vez hayan marcado mi carrera deportiva más que Miki. Él ha sido seleccionador durante muchos años, entonces la parte de la selección, cuando miro atrás y tengo que enfocarla, está él, porque ha estado todos los años en los que he estado yo. Cada entrenador forma parte de mi historia, de mi recorrido, y durante ese recorrido he tenido muchos entrenadores que también me han marcado, desde el primero que decidió apostar por tenerme a mí como jugadora y que probara hasta el que decidió ponerme en el equipo absoluto siendo una niña, pasando por Miki, que me seleccionó, sin olvidar a todos los entrenadores que he tenido durante todos los años en diferentes categorías.
A tus diecisiete, Miki decía que había que «afinarte» y tú cuentas que adelgazaste, sí, y que la gente hablaba de lo guapa que estabas, pero mientras tanto estabas sufriendo.
Cuando eres adolescente, una cosa que pasa en el cuerpo es que hay muchos cambios hormonales y en ese momento mi cuerpo empezó a cambiar. Empezaba a recibir esos comentarios o halagos hacia mi cuerpo, pero no era la misma situación en la que estaba mentalmente. Es verdad que había perdido mucho peso y que había cambiado mi forma física, pero no porque hubiera hecho una dieta porque quisiera, sino simplemente porque mi cuerpo había empezado a cambiar, también había empezado a entrenar mucho y mi cuerpo tenía que acabar de asimilarlo, pero en realidad era un momento complicado; no me sentía bien jugando, pero era a lo que me dedicaba y estaba influyendo en mi carrera. Vale, todo el mundo me estaba dando como un aprobado, pero no era capaz de poder sentirme bien, de sentirme fuerte. Era una situación muy contradictoria.
Se suele decir que al comenzar el instituto, después de las vacaciones de verano, las chicas cambian bastante física y mentalmente…
Sí. Cambiamos antes que los chicos, algo que no es malo, pero en el deporte sí que se nota muchísimo más, porque si estás en una misma categoría ya ves el cambio. A lo mejor por haber jugado siendo peque fue como un cambio total, de decir: «¿Qué ha pasado?».

Físicamente, el adolescente tiene miedo al rechazo. ¿Cómo lo vivías tú?
Pues se juntaron un poco esos comentarios con el hecho de que también empezaba a acercarme a algún chico o ellos a mí. Es un momento en el que tal vez no me estaba sintiendo bien con lo que me estaba pasando en el deporte, pero es que en esa parte de la adolescencia, en la que quieres gustar y que se fijen en ti, lo estaba consiguiendo, entonces todavía entraban más incógnitas, porque no me estaba encontrando bien jugando, pero en todo lo demás sí, así que no entendía la balanza.
¡Qué contradictorio!
Es muy contradictorio, sí. Yo no me lo tomaba como simplemente deporte, sino que para mí el deporte era y es mi vida, lo que realmente me ha apasionado y a lo que ahora tengo la suerte de poder dedicarme totalmente.
Dices que no comías por agotamiento.
Sí. Llevaba tantas horas que al final no digería todas las calorías o todo lo que necesitaba mi cuerpo para ese momento, pero porque no podía más. Como había tanto entrenamiento, pensaba: «Ya comeré más tarde», pero el cuerpo necesita energía, necesita reservas y necesita estar preparado no solo para competir, sino para todo lo que le va llegando durante el día.
¿Te llegabas a preguntar si tanto sacrificio merecía la pena?
Muchas veces. Me paraba a pensar y… ¿Realmente esto me compensaba? ¿Estaba haciendo lo que quería hacer? ¿Hasta dónde estaba el cuerpo dispuesto a llegar? Pero siempre compensa y siempre vale la pena. Cuando lo miro con perspectiva y desde fuera, ese sacrificio y todo lo que he hecho, sí me ha valido la pena. Si no, hubiera llegado un momento en el que hubiera dicho: «Vale, hasta aquí».
Entiendo que, llegado un momento, te lo replantearías…
Bueno, al final hay muchos momentos, porque en la carrera de un deportista los hay. Es inevitable. Están las lesiones, muchos días de entrenamiento, el cansancio, el agotamiento… Pero siempre se presentan esas oportunidades o un entrenamiento que es satisfactorio, entonces sí que vale la pena. Ese sentimiento, lo que llegas a generar, hace que todo lo demás no tenga sentido.
¿Ni siquiera el dolor? Cuentas que tuviste dos discos aplastados y que después de una semifinal de Copa, la noche previa a la final, no pudiste dormir del dolor.
Sí, ni siquiera el dolor. Se me pinzó el nervio ciático después del partido, seguramente por forzar y seguir jugando y por la final, pero me mediqué e intenté lo que pude para poder llegar. También es parte del deportista, porque en la carrera entran las lesiones. Y yo no digo que debamos convivir con el dolor, no debería de ser así, pero muchas veces el dolor aparece en momentos en los que sí o sí tienes que aprender a convivir con él, entonces te acostumbras y no sabes si es una cosa u otra o si es algo más grave, así que al final aprendes a llevarlo, a que sea parte de tu día a día, y aprendes a cambiar cosas para que sea incluso menos doloroso.
En el waterpolo, ¿eres tú quien se retira o es el propio deporte el que te retira?
Soy yo la que decido que me voy a retirar. Lo tengo muy claro. Es algo que desde bien pequeña he hablado con mis compañeras y ellas me lo han dicho, pero no todo el mundo tiene la suerte de poder ser quien decide retirarse; el deportista debería de tener al menos el poder de ser él quien lo decide, porque muchas veces hay un entrenador que puede decidir que tú estás o tú no estás, o incluso una lesión, que eso sí que llega cuando menos te lo esperas. También puede ser que digan que no cuentan más contigo o lo que sea, pero yo siempre he tenido muy claro que quiero ser yo quien se retire cuando no pueda más; quiero quedarme con un buen sabor de boca, con un buen recuerdo, y que cuando vea una piscina no sienta rechazo, sino querer seguir tirándome para practicar mi deporte o enseñárselo a más gente.
Tu compañera Maica García ha denunciado su despido del Sabadell tras regresar de su baja de maternidad… ¿Qué sabor de boca crees que le va a quedar a ella?
Yo creo que será bueno, pero porque al final se va a llevar todos esos momentos de los que te he hablado: los entrenamientos, las compañeras… Creo que todo lo bonito y lo bueno que le ha pasado durante su carrera va a pesar muchísimo más que esta situación. No digo que no se le tenga que dar importancia, porque la decisión de retirarse al final tiene que ser de cada uno y tiene que ser propia. Creo que le pesará muchísimo más todo lo bueno que le ha pasado durante su carrera y no tanto este momento, que al final es un momento un poquito negro y agridulce. Ella sacará todo lo bueno de tantísimos años dedicándose a lo que ha sido su pasión.

¿Has hablado con ella de esto?
No he tenido la oportunidad de hablar todavía con ella. Tiene un bebé y la pobre va de bólido, y yo también estoy con mis entrenamientos y demás, pero es verdad que tenemos un café pendiente y estaré para lo que necesite.
También es boya.
Sí. Maica ha sido mi referente dentro del agua durante muchísimos años —lo sigue siendo— y también fuera. He tenido la suerte de que ha sido mi compañera y es mi amiga. De alguien a quien veía en la televisión, al final se ha convertido en una persona muy especial en mi vida.
¿Cuánto tiempo estuviste compitiendo junto a ella?
Pues he estado seis años en Sabadell, así que han sido seis años en los que he estado jugando con ella en el mismo club. Y después, desde el 2015, en la selección, que han sido diez años.
¿Cómo vivisteis las dos los Juegos de París?
Todavía me cuesta hablar de ello. Ha sido un momento tan bonito… El hecho de que París estuviera tan cerca de casa y que pudiera ir tantísima gente al final… Mis padres no habían podido ir a ninguno de los Juegos anteriores ni a los campeonatos mundiales, entonces era la primera vez que me iban a ver competir con la selección fuera de España. A mis compañeras y a mí nos movía la misma pasión, estábamos allí con el mismo objetivo, que era el oro, y poder compartirlo con la gente, algo que no sé si se va a poder repetir en Los Ángeles 2028. Mirar a la grada y ver que estaban allí animándome o llorando cuando ganamos la medalla de oro se va a quedar para siempre.
¿Qué se siente al ganar un oro?
Muchas emociones: tristeza, alegría, pena, nervios… Se juntan todas las emociones, pero porque es un momento muy feliz en el que te vienen todos los recuerdos que has ido pasando en tu carrera y todos los entrenamientos para poder llegar allí. Luego están todas las compañeras que han estado durante muchos años jugando para poder llegar hasta ahí, incluso las que se han quedado fuera de esos Juegos. Vienen tantas cosas que no sabes gestionar las emociones, como que las tienes todas en la barriga, pero yo te diría que es la alegría la que pesa, la alegría de poder disfrutarlo y de asimilarlo. Aunque eso todavía cuesta, porque cojo hoy la medalla y muchas veces me pregunto si es mía de verdad.
Después de tanto trabajo, lesiones… ¿No llega un momento en el que piensas «¡me lo merezco!»?
Sí, claro que sí, sobre todo cuando lo tienes en las manos. No es desmerecer a nadie ni merecérmelo por encima de nadie, sino que como deportista me lo merezco por todo lo que hemos sufrido, luchado y trabajado… Por todo el tiempo que hemos estado fuera, haciendo tantos viajes lejos de casa… Así que sí, al final pienso que me lo merezco, porque es que nos lo hemos trabajado para poder llegar hasta allí y porque nadie nos lo ha regalado.
Llegaste a París con una «madurez y una fortaleza física y mental» que no habías tenido antes, pero también hablas de una presión enorme porque todo el mundo os señalaba como favoritas. Sin embargo, dices que «el deporte de élite no es sano». ¿Tenéis además pruebas psicológicas?
No nos hacemos pruebas psicológicas, pero sí es cierto que durante todo el camino hay un acompañamiento a nivel mental, pero porque al final tienen que ir un poco en sintonía cuerpo y mente. Si estás muy preparado físicamente pero tu cabeza te pone barreras y te dice que no puedes, va a ser muy complicado. Y si es al revés, si solamente lo crees pero no has trabajado y no te has preparado para poder llegar, va a ser también muy complicado. Entonces es importante la preparación previa, porque durante todo ese camino has tenido que ir preparándote para la situación en la que vas a estar, gestionar los nervios y la presión que vas a tener. También la parte técnica, porque cuando estás cansado y la cabeza no puede más, tira de todo lo que ha entrenado, va a sus inicios, a lo primitivo, a lo que eres fiel, a lo que el equipo ha entrenado para poder estar ahí. Tu defensa o tu ataque estrella es lo que te sale cuando estás cansado, pero todo eso es un trabajo previo de mucha repetición y de mucho entrenamiento.
Ganas el oro, es tu mejor momento, pero llegan los insultos y comentarios en redes. ¿No podía la vida ir en consonancia con lo que te estaba pasando?
Sí que me lo pregunté: «¿Por qué en este momento? ¿No puede llegar la gente a entender lo que cuesta llegar hasta aquí?». Nunca es el momento, pero cuando estás en esa situación te preguntas por qué te tienen que llegar ahora esos comentarios. Pero bueno, era el mejor momento de mi carrera y también creo que eso me ayudó a poder responder de la manera en que respondí a esos comentarios. Pero sí que piensas: «¿Por qué la gente no se pone en mi papel?» o «¿Por qué la gente no piensa en las consecuencias que tienen esas palabras?».

Dices que respondiste.
Sí, respondí. No a esos comentarios, pero sí dije que tenía la espalda muy grande para que los comentarios me resbalaran. Era la verdad. Llevaba mucho tiempo trabajando para que comentarios así no me afectaran. Yo sabía la capacidad que tenía mi cuerpo, hacia dónde quería llegar con él, y lo que me había permitido conseguir, que era el oro olímpico.
Sin embargo, tuviste que apagar el móvil.
Sí, pero porque nadie me iba a quitar mi privilegio de poder descansar, de poder disfrutarlo después de tanto tiempo trabajando, de tantas horas fuera de casa, porque eso nadie me lo va a negar. Ya me han negado el momento de disfrutar del oro con esos comentarios, pero el de compartirlo con mi familia y con mis amigos no me lo iba a quitar nadie.
Si una niña de siete u ocho años pasara por tu misma situación, ¿qué le dirías?
Le diría que, sobre todo, no hiciera caso a los comentarios, que estuviera muy segura de lo que quiere hacer, que trabajara… Le diría que los sueños se cumplen, pero que tiene que trabajar, porque si realmente eso es lo que le apasiona, que siguiera, que disfrute de ese momento, de todo lo que le va a proporcionar el deporte y lo que le gusta hacer, y que no le dé importancia a lo que digan los demás, porque quien se tiene que querer es ella.
Le dedicas el libro a los que alguna vez sintieron que su cuerpo era un error. ¿Sentiste en algún momento que tu cuerpo era un error?
Yo tuve la duda, aunque nunca lo sentí, pero sí es verdad que al final esos pensamientos intrusivos están ahí: «¿Es suficiente?», «¿Me lo va a permitir?», «¿Voy a poder llegar con él hasta donde quiero?»… Creo que nadie debería pensar que habita un cuerpo erróneo. La gente dice: «No, es que es diferente», pero es que ese ser diferente creo que aporta lo bueno a este mundo, el poder encontrar tu sitio, el poder llevar lo especial que eres a donde sea, a cualquier parte. Era una frase que quería poner en el libro porque nadie debería sentirse así nunca.
¿Has llegado a desear el cuerpo o el físico de otra persona?
Nunca he hecho eso de mirarme y pensar en que ojalá pudiera estar así o… Nunca. Me he sentido muy afortunada de tener el cuerpo que tengo, y también es un mensaje que mi familia siempre me ha dado: «Paula, eres así, y eso es maravilloso. Somos una familia grande, lo raro es que hubieras salido pequeñita». Entonces, nunca he tenido esa sensación.
¿Es herencia por parte de madre y de padre?
De los dos. Ambos miden un metro y ochenta centímetros.
¿Y se han dedicado al deporte?
No, ninguno de los dos. Yo soy la primera de la familia que se dedica exclusivamente al deporte.
¿Tienes hermanas, hermanos…?
Un hermano, pero es cocinero. Ha estudiado para ello y no tiene nada que ver con el deporte. Sí que jugaba a básquet, pero se ha dedicado al mundo de la cocina.
¿Qué te dicen tus padres ahora, después de todo lo que has vivido?
Sobre todo están orgullosos. Me han acompañado a entrenamientos, partidos, viajes al aeropuerto a altas horas… Me han visto en todo mi camino y en todo mi proceso. Yo sé que cuando era más pequeña les hubiera gustado estar más, pero por motivos de trabajo no pudieron, aunque se sienten orgullosos y también se alegran mucho conmigo. Entonces, como lo han vivido conmigo, que yo consiga esos objetivos, esas metas y los retos que me proponga también es parte de ellos. Siempre digo que la medalla no la he conseguido yo sola, sino que tengo mucha gente detrás, aunque a la que se la ve es a mí. Al final tengo una red y muchísima gente que me quiere y que me acompaña y que esto también es parte de ellos, porque sin ellos no hubiera podido.
Mientras tanto, sigues estudiando. ¿Cómo compaginas los estudios?
Bueno, todo es tomárselo con filosofía. Cuando llegara el examen, pues llegaría. Si podía estudiar tal vez para un examen dos horas, pues estudiaba dos horas: cuarenta y cinco minutos en un tren y cuarenta y cinco minutos sentada en mi mesa de estudios. Lo que pudiera ser, ¿no?, pero lo importante era sacar un rato y llegar al examen, pero sobre todo que me sintiera satisfecha con el trabajo. Y aunque llegara un poco más justa al examen, lo importante era aprobar. No pasaba nada si era un cinco o un diez; lo importante era sacárselo y llevarlo todo para adelante.

¿Por qué Magisterio?
Siempre he tenido muy claro que a mí el deporte me ha enseñado muchas cosas. En parte, también me ha formado como soy, mi identidad, y una cosa que tenía clara es que yo quería ser docente para poder transmitir todos esos valores que me han ido formando a mí, valores que también me ha transmitido el deporte, a todos los niños y niñas y que sintieran la pasión por el deporte, pero no como una competición, sino como un espacio en el que puedan sentirse seguros y encontrar un grupo que les haga sentirse parte de algo. Estoy estudiando la parte de Educación Física para poder enseñar desde esta rama de la educación.
Comentaste a las chicas de la selección de fútbol sub-19 que se pierde más que se gana, pero que tienen que seguir para aprender.
Muchas veces, cuando ganas, tienes muchas más cosas que ya conoces y que los demás no saben, cosas preciadas que hasta cuando las pierdes no sabes que las tienes. Entonces claro que ganas muchísimo, pero en mi caso también lo perdí en su momento con los comentarios, aunque, como te digo, se ganan muchas otras cosas, como confianza. También ayudar a muchísima gente, como en mi caso, pues escribiendo un libro. Cosas que a lo mejor no te hubieras pensado de no haber llegado ese momento en tu vida.
¿Cuándo empezaste a escribir el libro?
Justo después me lo propuso la editorial, aunque en ese momento no sabía qué contar, porque tenía veinticinco años y no iba a dar ni para cien páginas, pero solo tenía que explicar quién era yo, quiénes habían estado a mi lado ayudándome después de los comentarios (y también sin los comentarios), explicar cómo gestioné muchos momentos en el deporte, como estar fuera de casa, echar de menos a los míos… Pensaba que podía hacerlo, pero al final tuve que tender la mano y que me la cogieran para que me ayudaran. El verbalizarlo, no encallarme… Así que, bueno, después de todo eso tenía que estar en un libro. Pensé que era un ejemplo dentro del agua, pero también me podía convertir en un ejemplo fuera para muchísimos niños y niñas. Era mi momento. Si no era entonces, ¿cuándo lo iba a ser? ¿No dicen que en la vida hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo?
¿Quién es Paula, entonces?
Pues si tuviera que decir quién es Paula, te diría que una apasionada de todo lo que hace, que le encanta pasar tiempo con los suyos, con la gente que está a su alrededor, con su familia y amigos… Que le encanta ser cercana, poder ayudar y tender la mano a todo el que lo necesite. Y también es ambiciosa, porque siempre tiene nuevos proyectos, nuevos objetivos, que es lo que le mueve. El hecho de decir: «Vale, esto acaba, pero siempre hay otra página».
¿Ves lejos el retiro?
De momento, sí. Lo que veo cerca son Los Ángeles, que es de aquí a dos años, y espero que me quede mucho, y si no me queda mucho que sea porque yo he dicho «hasta aquí», porque empezará una nueva etapa de mi vida.
¿Cuál es la edad de retiro de alguien que juega al waterpolo?
Aquí hay jugadores que tienen desde mi edad hasta los treinta y largos. O sea que es hasta donde tu cuerpo te lleve o hasta que ya no puedas más, aunque también depende de la posición en la que juegues. Ahora están los siguientes Juegos Olímpicos, así que queda mucho todavía.
Tenéis partidos muy seguidos.
Sí. Este año todo está más comprimido, porque el año que viene tenemos el Mundial en Budapest, entonces este año nos han puesto en la liga sábados y domingos, porque dentro de poco empezamos también la fase europea.
¿Qué vacaciones tenéis? ¿Cuánto duran?
Normalmente según cuándo acaba la competición con la selección. Por ejemplo, si acaba a mediados de febrero, vamos hasta septiembre, porque normalmente es cuando empezamos la pretemporada, entonces va un poco según el calendario. Puedes tener desde una semana a máximo un mes.
Antes, cuando te he preguntado si hubieras pensado en el cuerpo de otra mujer, dijiste que no. Por ello estaba pensando en la guía (Rising the Bar) para que en las transmisiones deportivas femeninas se eviten ciertos ángulos. ¿Qué te parece esta medida?
Pues me parece una medida muy acertada. Creo que lo que se tiene que enseñar es un cambio en el deporte y al final es una manera de reducir la sexualización del cuerpo de la mujer, que muchas veces a lo mejor era intencionado, pero otras no. Pienso que poniendo unas reglas lo que va a permitir es que no se pasen ciertas barreras que están estipuladas y que también la mujer deportista no sienta que lo único que sale en un titular sea desde que es «mujer de» hasta que le queda muy bien el pantalón, sino que se centra en lo que realmente sigue adelante: en el deporte y en los resultados que se consiguen.

¿Quién es capaz de sexualizar un deporte?
Es la manera en la que tú quieras ver ese deporte. Para mí el deporte es deporte, masculino y femenino, es lo mismo, pero no creo que esto sea tanto para la gente que ama el deporte, sino para mucha gente que a lo mejor lo ve de otra manera. También es enseñar, porque poniendo estas barreras lo que vamos a enseñar es únicamente deporte y que la gente lo pueda transformar más allá de si es un sexo u otro, sino para que vea esos resultados y lo que cuesta llegar ahí, todo el trabajo previo, los entrenamientos, todo lo que se necesita.
La actriz Sydney Sweeney ha posado desnuda para la publicidad de una casa de apuestas (Novig), desatando la crítica de las atletas. La nadadora Ariarne Titmus, campeona olímpica australiana, dijo que «era una bofetada en la cara de las mujeres». A Sydney Sweeney, ¿su cuerpo le ha llevado a donde quería estar?
Yo creo que no. O sea, yo creo que no es simplemente un cuerpo, sino que es buena actriz, que es por lo que se la debería de valorar, ¿no?, porque por lo que se la conoce es por sus interpretaciones y por las películas que hace, no porque haga un anuncio de deporte en el que únicamente nadie se fija en que es deporte; es una campaña que tal vez habrá movido mucho el dinero, pero la visibilidad que está dando al deporte femenino no es la que estamos intentando dar con tanto trabajo, que al final es enseñar lo que realmente es el deporte, los deportistas, el compromiso, el trabajo en equipo, la pasión… Eso es deporte femenino. Bueno, deporte femenino y deporte en general. Pero no, para nada creo que su cuerpo haya sido lo que la ha llevado hasta donde está.
Sweeney, como réplica, mostró fotos de atletas (mujeres y hombres) en el especial desnudos de ESPN The Magazine (The Body Issue), que se publica desde 2009. ¿Esto lo justifica?
No, claro que no lo justifica. Al final es una manera de justificarse ella por lo que ha hecho. Yo creo que es más sencillo decir que ha querido hacerlo porque le ha apetecido. Igual que seguramente toda la gente deportista que ha salido haciendo un calendario o algún anuncio, que lo habrá hecho porque a lo mejor era algo que quería tachar de su lista. Y es totalmente lícito, porque para eso está la libertad. Al final cada uno puede hacer lo que quiera y ella da sus motivos y a la gente le podrá parecer mejor o peor, pero es su decisión.
También se suma que es una casa de apuestas.
Es que también se juntan varias cosas. Al final, si quieres luchar por los derechos de la mujer, yo creo que no lo haría. Pero si ella te lo justifica de la manera en que lo cree, y es su decisión, pues adelante. Pero con el deporte femenino, con todo lo que está costando luchar y con todo lo que cuesta dar visibilidad, esta no es la imagen que queremos dar. Y menos de la manera en que vamos a llegar a los más pequeños, que van a pensar que eso es la normalidad, cuando no lo es para nada.
En ese sentido, ¿cuánto queda por recorrer?
Yo creo que ese es el camino más largo que nos queda por recorrer, con los pasos pequeños que se van dando, pero es importante haberlo empezado, que no quedara como estaba. Es una cosa que no solo la mujer deportista debe reivindicar, no solo la mujer deportista debe luchar por eso, sino que es una cosa de todos, porque al final la manera en que van a crecer sus hijos viendo el deporte es cosa de todos, y creo que si nos uniéramos sería más fácil. Poco a poco, con la ayuda de más patrocinios, más visibilidad, más medios y más noticias que nos ayuden a crecer y que sean constructivas y no para hundir el deporte, iremos por el buen camino.
Antes hemos hablado sobre qué le dirías a una niña de siete u ocho años y qué podría aprender. En tu caso, ¿qué has aprendido nadando en el agua?
Pues he aprendido a tener mucha calma, a que por más rápido que quiera nadar o más rápido que quiera hacer las cosas no voy a llegar antes. Si te tomas un momento de respiro no te vas a hundir; siempre acabas saliendo a flote. El agua es un medio que te hace sentir libre, porque ahí eres libre de moverte como quieras. También tiene la tranquilidad que te da al no tener que pensar en nada y, simplemente, dejarte flotar.
¿Qué te queda por aprender del agua?
Yo creo que todavía me tiene que enseñar muchísimo. Durante todos estos años me tiene que traer mucha gente que me enseñe, que me ayude a crecer como persona, que me llene muchísimo más como Paula… Y sé que esto lo aprenderé dentro y fuera de las piscinas, pero sobre todo con la gente que rodea este mundo, con toda la gente que va apareciendo en mi vida, en mis situaciones. Eso es lo que me tiene que aportar todavía el agua.

