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Los negocios de Gerard Piqué empiezan a salir caros: de las llaves de la Copa Davis al BOE

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Gerard Piqué, durante su intervención en la feria de marketing digital OMR celebrada en Hamburgo el 6 de mayo de 2025. (Foto: Marcus Brandt/dpa)

Durante algunos años, Gerard Piqué parecía que estaba destinado a tener el mismo éxito como empresario que como excepcional futbolista.  Compró un club, quiso reinventar la Copa Davis, llevó la Supercopa a Arabia Saudí y creó la Kings League. Luego empezaron a llegar las pérdidas, los tribunales, la CNMV, los despidos y, finalment, la inhabilitación deportiva. 

No hace mucho Gerard Piqué parecía haber descubierto algo que los demás futbolistas ignoraban: retirarse era para pobres. Mientras sus compañeros inauguraban restaurantes, compraban edificios o se apuntaban a un máster en gestión deportiva para acabar comentando partidos, Piqué construía «ecosistemas». El término es importante. Una empresa puede perder dinero; un ecosistema está «en fase de crecimiento».

En 2017 fundó Kosmos y al año siguiente consiguió algo formidable: la Federación Internacional de Tenis le entregó prácticamente las llaves de la Copa Davis durante veinticinco años. El acuerdo se presentó como una inversión de más de 3.000 millones de dólares durante toda su vigencia, unos 120 millones anuales, para transformar una competición nacida en 1900. Piqué iba a hacer con el tenis lo que Silicon Valley llevaba una década haciendo con cualquier actividad humana: descubrir que llevaba un siglo funcionando mal.

El contrato duró menos de cinco años.

Kosmos trató de renegociar las condiciones económicas y en enero de 2023 la Federación Internacional de Tenis recuperó la competición. El matrimonio empresarial concebido para durar un cuarto de siglo sobrevivió aproximadamente lo que dura uno que empieza diciendo «esto cambiará para siempre la industria». Después vinieron reclamaciones, arbitrajes y, finalmente, en marzo de 2025, una «solución amistosa», expresión jurídica que suele significar que todos han decidido que ya han pagado suficientes abogados.

No fue el único proyecto que perdió brillo. LaLiga Entertainment, sociedad en cuyo consejo se sentaba Piqué y concebida para desarrollar negocios de ocio alrededor del fútbol, fue disuelta voluntariamente a finales de 2025. En marzo de 2026 desapareció definitivamente del Registro Mercantil, apenas cuatro años después de que Piqué entrara en su consejo. Kypers, la marca de gafas vinculada al entorno empresarial del exfutbolista, tampoco ha contribuido demasiado a que Harvard haya escrito todavía un caso de estudio titulado The Piqué Way.

El verdadero cambio de tono llegó cuando los problemas dejaron de consistir simplemente en perder dinero.

En mayo de 2026 el BOE publicó que la CNMV había sancionado a Piqué con 200.000 euros por una infracción «muy grave» relacionada con información privilegiada. No era una interpretación periodística. Según la resolución del supervisor, Piqué compró 104.166 acciones de Aspy Global Services el 20 de enero de 2021 estando en posesión de información privilegiada sobre las conversaciones para que Atrys Health adquiriera la compañía. La operación se anunció públicamente dos días después y Piqué vendió las acciones el día 27 obteniendo un beneficio económico.

La propia CNMV sostiene que esa información había sido comunicada a Piqué por José Elías, empresario e influencer, al que sancionó a su vez con 100.000 euros por «comunicación ilícita» de información privilegiada. Elías niega haberle proporcionado esos datos y ha anunciado su intención de defenderse judicialmente. Las dos sanciones son firmes en vía administrativa, aunque pueden recurrirse ante la Audiencia Nacional.

Es una forma bastante sofisticada de cumplir el viejo sueño futbolístico de anticiparse a la jugada.

Mientras tanto continuaba la causa por la Supercopa de España en Arabia Saudí, donde la justicia investiga los contratos y comisiones alrededor del acuerdo entre la RFEF y las autoridades saudíes y donde Piqué ha tenido que dar explicaciones ante el juzgado. Ha defendido reiteradamente la legalidad de la intermediación de Kosmos y no existe una condena contra él en ese procedimiento. A estas alturas, sin embargo, ya no hay manera de separar su biografía empresarial de juzgados, organismos reguladores y abogados. Hace una década las noticias económicas de Piqué trataban sobre las empresas que fundaba. Ahora hay que comprobar primero qué jurisdicción corresponde.

Incluso la Kings League, su mejor argumento contra cualquiera que pretenda escribir prematuramente su necrológica empresarial, ha empezado a mostrar grietas. Sería absurdo negar el éxito. Piqué logró convertir partidos disputados por streamers, exfutbolistas y jugadores semiprofesionales en un producto internacional capaz de atraer audiencias enormes, patrocinadores e inversores. La idea era buena. Tan buena que consiguió financiación suficiente para demostrar uno de los principios básicos de la economía digital: cuanto más dinero levantas, más espectacular puede ser la cantidad que pierdes antes de tener que explicar cuándo piensas ganarlo.

En junio de 2026, apenas cuatro meses después de captar unos 53 millones de euros de nuevos inversores, Kings Competition anunció un ERE para 41 empleados en España, casi la mitad de la plantilla según los trabajadores. La competición española quedó aplazada hasta 2027 y la organización reconoció la necesidad de reestructurar el modelo, con unas cuentas que en 2024 arrojaban una pérdida neta de 7,6 millones de euros pese al fuerte crecimiento de los ingresos. Antes de esa ronda la compañía había levantado ya unos 110 millones, de los que llevaba consumidos alrededor de 60.

No es necesariamente el principio del final. Las compañías tecnológicas han convertido durante años la falta de rentabilidad en una especie de juventud prolongada. Cada vez cuesta más, eso sí, vender cada problema de Piqué como una inversión para el futuro.

Y queda el FC Andorra, probablemente el proyecto que mejor resume su carrera empresarial porque combina éxito, ambición, dinero y una irresistible tendencia a terminar discutiendo con alguien. Piqué compró el club cuando militaba en Primera Catalana y consiguió llevarlo al fútbol profesional. Eso merece figurar en cualquier balance serio.

También merece figurar lo ocurrido el 1 de mayo de este año contra el Albacete. Tras el partido, Piqué protagonizó un enfrentamiento con el equipo arbitral que terminó con seis partidos de suspensión por violencia leve hacia los árbitros y dos meses de inhabilitación por actos contrarios a la dignidad y el decoro deportivos. Recurrió alegando, entre otras cuestiones, que no podía aplicársele determinado régimen disciplinario porque formalmente no era directivo del Andorra.

El Tribunal Administrativo del Deporte acaba de resolver el pequeño problema semántico: aunque no figure como tal, considera a Piqué «administrador o directivo de hecho» por su control indirecto del club a través de Kosmos, su participación en las decisiones y su presencia habitual junto al equipo. La sanción queda confirmada.

No cabe imaginar un colofón más ajustado. Gerard Piqué pasó años intentando demostrar que era mucho más que un futbolista. Creó sociedades, levantó capital, compró un club, reinventó competiciones y convirtió su apellido en una marca empresarial. Ahora resulta que ni siquiera necesita tener un cargo para que un tribunal deportivo lo considere directivo.

En eso, al menos, ha tenido éxito: quería que todo el mundo supiera quién mandaba.

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