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Liverpool-Real Madrid. La Premier se decide mañana en Anfield

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Photo: Arne Müseler

Mañana, a las cinco de la tarde, el Real Madrid puede proclamarse campeón de la Premier League. Va a ser alucinante narrar este partido, como alucinante es que el Real Madrid pueda proclamarse campeón de Inglaterra.

Para hacerlo tendrá que ganar en Anfield.

El Liverpool llega a la última jornada con 87 puntos. El Madrid tiene 85. A los ingleses les basta un empate. Al equipo de José Mourinho solo le sirve ganar, aunque para el entrenador portugués haber llegado hasta aquí ya es todo un premio tras el linchamiento mediático de la temporada pasada. El trofeo de la Premier estará mañana en Anfield y, cuando termine el partido, uno de los dos lo levantará.

Hace poco más de un año, que el Real Madrid abandonase LaLiga era solo un rumor de redes sociales. Ahora todo el mundo está flipando y Florentino Pérez es más rico y más feliz que nunca. Solo queda una última victoria para que se cumpla el sueño.

Recordemos que la guerra entre el Real Madrid y LaLiga llevaba demasiado tiempo acumulando agravios. Los arbitrajes denunciados cada semana por Real Madrid TV, el enfrentamiento con Javier Tebas, los horarios, el reparto audiovisual, las críticas de periodistas y tertulianos instalados en un «contra el Madrid nos va mejor» y la sensación instalada en el Bernabéu de que el club se había convertido en el enemigo común del fútbol español terminaron produciendo lo que durante meses se consideró imposible.

El Madrid decidió marcharse.

Al principio nadie lo creyó. Había demasiadas cosas que lo impedían: la Federación, la UEFA, la propia Premier, las leyes españolas, las inglesas y probablemente alguna bula papal. Pero comenzaron a aparecer reuniones que oficialmente no existían, informes jurídicos que oficialmente nadie había encargado y cenas en Londres que oficialmente habían sido casuales.

La Premier negó estar negociando con el Madrid.

El Madrid negó estar negociando con la Premier.

La Federación inglesa negó haber recibido consultas.

Tres negaciones en el fútbol moderno equivalen aproximadamente a una confirmación.

El 30 de junio de 2027 Florentino Pérez compareció en el Bernabéu y, parco en palabras y con gesto adusto, dijo: «Nos han dicho muchas veces que si no estamos a gusto, nos vayamos. Pues nos vamos».

Y se fueron.

Durante las primeras semanas hubo bromas. «Que disfruten del Stoke un martes por la noche», aunque el Stoke ni siquiera estaba en la Premier. «Ya volverán». «LaLiga está por encima de cualquier club». «A ver cuánto tardan en echar de menos España».

En septiembre ya hacía menos gracia.

LaLiga no se ha hundido, naturalmente. Siguen el Barcelona, el Atlético, el Athletic, el Betis, el Sevilla, la Real Sociedad, el Valencia y clubes con millones de aficionados y más de un siglo de historia. Los estadios continúan abriendo los fines de semana y el balón sigue entrando en las porterías.

Pero ha desaparecido algo que nadie había sabido valorar económicamente hasta que dejó de existir: el enemigo favorito de media España.

El Clásico ha quedado reducido a la posibilidad de un cruce europeo y, encima, como hemos visto con el partido de Champions que se celebró entre el Real Madrid y el Sevilla, se ha producido una de esas situaciones que hace apenas un año habría parecido una broma: un equipo español visitando el Bernabéu como extranjero. Los sevillistas llegaron a Madrid con la Champions como único salvoconducto para disputar un partido que durante décadas había formado parte de la rutina de LaLiga. Fue seguramente entonces cuando muchos comprendieron que el divorcio iba en serio.

Los operadores internacionales han renegociado las condiciones. Los datos de audiencia procedentes de Asia y América han encendido las alarmas. LaLiga ha negado las cifras filtradas por medios próximos al Madrid y el Madrid ha difundido otras todavía peores. La discusión ha acabado siendo tan española que durante varias semanas ha habido más debate sobre quién está perdiendo más dinero que sobre fútbol.

Mientras tanto, en Inglaterra han descubierto cuánto dinero produce el Real Madrid.

El primer Manchester United-Madrid fue tratado como una semifinal de Champions. El Chelsea-Madrid disparó las audiencias internacionales. El Newcastle agotó las localidades semanas antes de recibirlo. Clubes que habían aceptado con enormes reservas la incorporación del equipo español comprobaron que su visita convertía cualquier jornada en un acontecimiento global. Y la Premier, que ya era la competición nacional más internacionalizada del planeta, ha descubierto que todavía podía internacionalizarse un poco más.

Entonces apareció un problema que tampoco estaba previsto.

El Madrid empezó a ganar.

Al principio sufrió. Perdió en Newcastle, empató en Brighton y descubrió que los equipos ingleses no parecían especialmente impresionados por las Copas de Europa. Durante las primeras jornadas hubo cierta satisfacción en España. Cada derrota produjo un curioso fenómeno: periodistas que llevaban años quejándose de la superioridad económica madridista celebraban ahora que un lateral del Bournemouth le hubiese dado una mala tarde a Vinícius.

Pero llegó noviembre.

El Madrid encadenó ocho victorias.

En Navidad era tercero.

En marzo, segundo.

Y mañana puede ser campeón.

El viaje no ha sido exactamente como muchos imaginaban cuando comenzó la segunda etapa del portugués en el verano de 2026. El Madrid arrancó entre dudas que sonaban demasiado familiares: un equipo capaz de ganar pero no siempre de controlar los partidos, un centro del campo sin terminar de encontrar heredero para Kroos, Vinícius entrando y saliendo de los partidos, Mbappé desapareciendo en algunos de los grandes días y la sensación de que Valverde y Tchouaméni podían correr durante una semana sin que aquello significase necesariamente que el Madrid gobernase un encuentro.

Y luego estaba Mourinho.

En septiembre de 2026 perdió el derbi en el Metropolitano y salió a la rueda de prensa con dos fotografías impresas para denunciar dos acciones que, según él, debieron acabar en tarjeta roja. Habían pasado trece años desde su primera etapa y parecía que solo habían transcurrido trece minutos. Volvían las imágenes, los árbitros, las ruedas de prensa convertidas en prolongación del partido y esa capacidad suya para conseguir que al día siguiente se hablase más de lo que él quería que de lo que había sucedido sobre el césped.

También volvieron las críticas. Que el Madrid no tenía juego. Que el centro del campo no mandaba. Que Vinícius estaba lejos de su mejor versión. Que Mbappé aparecía demasiado poco cuando los partidos se ponían serios. Que el club había pasado otro verano sin solucionar el problema del mediocentro. Mourinho defendía públicamente a sus jugadores mientras sus propias decisiones sugerían que tampoco estaba satisfecho con todo lo que veía.

Por eso lo que ha ocurrido después tiene algo de revancha.

Un año y medio más tarde, Mourinho puede ganar la Premier con el Real Madrid.

La temporada ha dejado además una paradoja difícil de explicar. El Madrid ha abandonado LaLiga, pero LaLiga no ha conseguido abandonar al Madrid. Cada jornada inglesa ha ocupado horas de televisión española. Sus arbitrajes se han comparado con los españoles. Sus horarios, con los españoles. Sus ingresos, con los españoles. Cada victoria se ha utilizado para demostrar que marcharse fue una buena decisión y cada derrota, para anunciar que la aventura estaba condenada.

Y Mourinho, naturalmente, ha ayudado bastante.

En Inglaterra conocen el personaje demasiado bien. Allí no ha tenido que presentarse ni explicar por qué lleva una fotografía a una rueda de prensa, por qué convierte una decisión arbitral en un asunto de Estado o por qué puede elogiar a sus futbolistas durante cinco minutos y dejar una frase que los incendie durante una semana. Chelsea, Manchester United y Tottenham ya habían conocido esas versiones del portugués mucho antes de que regresara al Bernabéu.

Lo distinto esta vez era el escudo.

El Liverpool tampoco contempla el partido de mañana como una curiosidad administrativa. Anfield puede ver cómo un club que hace apenas un año jugaba en LaLiga conquista en su primera temporada una competición que los ingleses llevan décadas presentando como la más exigente del mundo. Las entradas han alcanzado precios absurdos en la reventa. Hay aficionados madridistas sin billete de avión buscando una entrada y aficionados del Liverpool con entrada buscando un comprador que les pague las vacaciones de verano. Más de ochocientos periodistas se han acreditado y algunos como Juanma Castaño, en el que será su último año en la COPE, no lo ha conseguido. En Madrid, Cibeles está preparada aunque oficialmente todavía no haya nada que celebrar.

Y en las oficinas de LaLiga también estarán mirando.

Una victoria del Liverpool permitiría conservar al menos un argumento: el Madrid se marchó, ha hecho una temporada extraordinaria, pero no ha ganado. Una victoria madridista dejaría una fotografía bastante más incómoda. El club que pasó años denunciando arbitrajes, horarios, reparto audiovisual y una hostilidad mediática permanente habría abandonado el campeonato español, se habría instalado en el más futbolero del planeta y lo habría ganado en el primer intento. Con Mourinho, además.

Por eso mañana se juegan dos partidos. Uno estará en Anfield y durará noventa minutos.

El otro empezó hace años en despachos, televisiones, juzgados, redes sociales y ruedas de prensa y, pase lo que pase mañana, va a durar bastante más.

A las cinco sonará «You’ll Never Walk Alone». El Real Madrid saldrá del túnel de Anfield hacia un estadio y una liga que están a punto de rendirse ante su escudo.

Un comentario

  1. Suena de maravilla.
    (Y ganando la premiere con gol de Alexander-Arnold en el descuento, final épico).
    Si esto fuera realidad quizás no haría falta que Tebas tuviera que seguir con los bloqueos de IP durante los partidos que perjudican tantas webs, entre ellas la de JotDown.

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