
Cuando era adolescente y empezaba a interesarme el fútbol escuchaba a los periodistas deportivos y trataba de adivinar de qué equipo eran. Me fijaba en cómo celebraban un gol, en las excusas que encontraban para una derrota, en la insistencia con la que volvían sobre un penalti. Había preferencias que se les escapaban y otras que uno les atribuía sin demasiado fundamento, pero pocos las declaraban abiertamente. Por la noche, José María García se extendía en un monólogo en el que podía arremeter contra unos y otros. No necesitaba sentar a media docena de tertulianos para organizar una bronca. Le bastaba con el micrófono y con todo lo que tenía que decir aquella noche.
Con los años el panorama mediático fue mutando. Lo que antes intentábamos deducir acabó formando parte de la presentación del periodista: este era del Madrid; aquel, del Barça; el de más allá, del Atleti. La bufanda empezó a llevarse a la vista y el oyente pudo elegir escuchar a quien mejor expresara lo que él sentía después de un partido. Si estaba furioso con el árbitro, sabía dónde encontrar compañía. También sabía qué emisora convenía evitar el lunes después de una derrota.
Los periódicos deportivos conocían bien esas preferencias. Bastaba mirar sus portadas la mañana siguiente a un clásico para reconocer al lector al que se dirigían. Internet añadió otro público: el que entraba precisamente porque detestaba lo que acababa de leer. Un titular circulaba entre los aficionados de un equipo y, poco después, entre los del contrario, que lo compartían para burlarse o protestar. La indignación de estos también sumaba visitas. Ya no hacía falta conformarse con los lectores de siempre.
Después llegaron los que comentaban los partidos desde su habitación y conseguían reunir a miles de espectadores con una cámara y una conexión. Competir con ellos exigía algo más que declarar unos colores. El periodista empezó a hacerse reconocible por su enfado, por sus enfrentamientos con otro colaborador, por una manera de reaccionar que el público esperaba ver de nuevo. Al terminar el programa circulaba el vídeo de su intervención, a menudo separado de la jugada que la había provocado.
Ahora basta ver quién se sienta en una tertulia para anticipar buena parte de la conversación. Uno buscará el agravio; otro recordará lo que hizo el rival la semana anterior. El «panenkita» intentará explicar la posición de los interiores y el exfutbolista le contestará que esas cosas se entienden de otra manera cuando se ha estado en el campo. Acabarán discutiendo entre ellos y alguien los acusará de estar convirtiendo el programa en Sálvame. Para entonces llevarán un buen rato hablando de lo que dijo un compañero en otro programa.
El derbi de estos días ha dado para prolongar esa conversación. Mourinho compareció con fotografías y reproches al arbitraje, y enseguida volvieron las discusiones sobre su carácter y los recuerdos de su anterior etapa en España. Sus palabras podían examinarse, contrastarse con las imágenes o rebatirse. Pero resultaba más familiar discutir si había vuelto el Mourinho de siempre. Quien quisiera defenderlo tenía argumentos preparados desde hacía años; quien quisiera atacarlo, también.
Mientras tanto, el Madrid ha cambiado su relación con quienes viven de contar lo que sucede en el club. Bajo la presidencia de Florentino Pérez ha reforzado el control sobre la explotación de su marca y sobre su comunicación. El merchandising forma parte de ese negocio, y los contenidos audiovisuales permiten además atraer al aficionado a sus propios canales. Las imágenes de entrenamientos, las entrevistas y los reportajes alimentan Real Madrid TV y RM Play. El seguidor puede ver al jugador en un contenido producido por el club sin esperar a que lo entreviste una radio o un periódico.
Quizá parte de la hostilidad hacia Florentino se entienda mejor al tener en cuenta ese cambio. Un medio que antes atraía público gracias a su acceso al Madrid se encuentra con que el propio Madrid compite por la atención de ese público y se reserva contenidos. Pierde capacidad de intermediación, y con ella puede perder negocio. El club, además, decide qué enseña y en qué condiciones. Ahí hay un conflicto que merece contarse, tanto por lo que afecta a las cuentas de los medios como por las dificultades que introduce para hacer información independiente. Reducirlo todo a simpatías futbolísticas deja fuera demasiado.
Esa disputa se ha mezclado estos días con las críticas a Real Madrid TV hasta desembocar en la comparación de Juanma Castaño con Gara. El club respondió con un comunicado y el periodista retiró después la comparación y pidió disculpas, aunque mantuvo sus reproches al canal. Había mucho que discutir sobre sus vídeos y su manera de señalar a los árbitros sin recurrir a semejante referencia. La comparación terminó generando otra noticia, otro comunicado y otra intervención radiofónica, con sus correspondientes reacciones.
Vuelvo a encender la radio y escucho cómo se citan unos a otros. Una frase de la noche anterior necesita respuesta; la respuesta obliga a recuperar una grabación; alguien recuerda entonces lo que ese mismo periodista dijo hace quince años. Me quedo escuchando, porque también quiero saber cómo acaba la discusión. Cuando llega la publicidad, todavía no han vuelto al partido.
