
A las afueras del estadio Metropolitano, donde nos cita, una placa recuerda que Ángel Jesús Mejías (Tembleque, Toledo, 1959) defendió la portería del Atlético de Madrid durante trece temporadas, de 1980 a 1993, una vida entera que hoy repasa sin rastro de nostalgia porque, según explica, él no vive de los recuerdos. Llegó al club con diecisiete años, después de una adolescencia en la que madrugaba a las cinco y cuarto para trabajar en una tienda de discos y entrenaba de noche en El Retiro, y desde entonces vio desfilar a los porteros que el club traía cada verano para quitarle el puesto y que acababan, casi siempre, viéndolo jugar a él.
Con sesenta y siete años, jubilado y repartido entre Madrid y el pueblo, donde lo esperan los amigos, las barbacoas y alguna partida de pádel, Mejías reivindica haber sido un pionero en una época en la que los guardametas vivían debajo del larguero, porque Luis Aragonés le pidió que jugara la pelota con el pie y se comportara como uno más en aquel Atlético que hizo del contragolpe un arte y en el que todo arrancaba en la portería, ya que sin inicio, como él mismo resume, no existiría ni la elaboración ni el final. Habla de las ofertas del Barcelona y del Sevilla que nunca llegó a aceptar, de las rarezas de Luis, de un Hugo Sánchez que no perdonaba ni en los entrenamientos, de los defensas de los ochenta, del dinero de entonces y del de ahora y de la escasa gratitud que, a su juicio, le ha mostrado el club al que dedicó media vida.
Yo te vi jugar en el Vicente Calderón.
Jugué trece temporadas en el Atlético, desde 1980 a 1993.
Y casi siempre de titular.
Casi siempre traían un portero a principios de temporada y al final terminaba jugando Mejías. Así fue año tras año.
Uno de los que vino fue Fillol, que había sido campeón del mundo con Argentina en el Mundial 78.
Vino con treinta y cinco años, sí. Lo trajo Menotti. Pero no solo él. Fueron muchos los que vinieron en aquellos años: Pereira, Elduayen, Diego… Hubo competencia para todos los gustos. Hasta Héctor Núñez trajo para el filial a Belza, que también subió al primer equipo. Pero mis trece temporadas no son fruto de la casualidad. Seré mejor o peor que los demás, pero cuando te renuevan y confían en ti durante tantos años…, eso fue por algo.
Hasta que se acabó.
Cuando ficharon a Molina, sí. Entonces también estaban Abel y Ricardo, y no iban a tener cuatro porteros. Alguno tenía que sobrar. Sobré yo.
Y te fuiste.
Me voy a mi casa, me voy de vacaciones y, cuando vuelvo, vino el Majadahonda a preguntarme si quería jugar, y me tiré cuatro temporadas jugando en Segunda B y en Tercera con ellos, y muy bien. Al lado de mi casa, porque yo entonces vivía en Majadahonda.
Fue un retiro silencioso. ¿No tuviste otras opciones?
Las opciones fueron el verano en el que el Barcelona ficha a Marcos y a Julio Alberto: el tercero era yo. Pero entonces habla conmigo el presidente, que era Alfonso Cabeza, y me dice que no me puedo ir, que yo soy el futuro del club, que se me va a revisar el contrato, porque estaban Aguinaga, con treinta y seis años, y Navarro, que tenía la rodilla y el hombro fastidiados.
Y te quedas.
Sí. Me dice que vamos a quedar la semana que viene para hablar de la renovación, habíamos fijado incluso una cantidad, pero esa misma semana Cabeza ya no está, se va. Así que me quedo sin Barcelona, me quedo sin dinero y me quedo en el Atlético con el contrato que tenía.
¿Qué ganabas en aquella época?
Lo que me ofrecía el Barcelona triplicaba lo que ganaba en el Atlético. Era un dinero y, al final, me quedé sin una cosa ni otra.

Y fue difícil.
Sí, porque ya te digo que era un dinero importante para mí, que venía de la cantera. Pero es que luego hubo otra oferta, la del Sevilla, y tampoco me dejaron ir, y así fue como me quedé en el Atlético hasta trece temporadas. No pude ni pensar en ir al Sevilla, que entonces vivía una buena época con Pintinho, Álvarez, Moisés, Francisco… Era un equipo importante, sí. Pero el caso es que no me dejan y me quedo en el Atlético.
Viviste muy buenos años en el Atlético con Luis Aragonés.
Fui muy feliz. Disfruté. Es mi club, es mi vida. Me formé hasta como persona en el Atlético. Luego fui entrenador de porteros durante muchos años, y de ellos te puedo decir que ocho porteros de categorías inferiores debutaron en el primer equipo. Pero ¿sabes lo que me duele? Que la valoración que ha hecho el club de mí ha sido mínima.
¿Te sientes maltratado?
Me siento mal, sí.
Y se nota.
Es que yo hice carrera en el Atlético, no estuve dos o tres años, como fue el caso de Pizo Gómez, Bustingorri, Abadía… Desde los diecisiete años, cuando firmé por el Atlético Madrileño, yo estuve ahí, y a partir de 1980 en el primer equipo.
Jugando al contragolpe.
Así era el Atlético de Luis, y yo creo que me adelanté a mi tiempo en cuanto al portero que juega con los pies. Sacaba muy rápido con la mano a Landaburu, a Quique Ramos, a Quique Setién, y también con el pie. De hecho, Luis me enseñó a comportarme como un jugador más, y todo eso siguió cuando vinieron Hugo Sánchez, Futre, Baltazar…
Era la marca registrada del Atlético de aquellos años.
El contragolpe había que iniciarlo, seguirlo y terminarlo. Para mí era un arte. Al contragolpe no es fácil jugar, y no jugaba nadie como nosotros. Zubizarreta podía pegarle un zambombazo al balón en el Athletic y había veces que salía bien, que llegaba a Sarabia y todo bien. Pero lo nuestro estaba elaborado, con Votava o con Quique Ramos partiendo desde las bandas… Eso era diferente. Por eso creo que era un arte.
¿Y qué importancia tenía el portero?
Era el inicio. Sin inicio no hay ni elaboración ni final. Siempre estaba atento. La cogía y sabía dónde echarla, y sobre todo tenía la agilidad para hacerlo muy rápido.
En aquella época los porteros vivían debajo del larguero.
El portero no acostumbraba a jugar con los pies. A mí, en cambio, me gustaba estar en el semicírculo del área, atento a esos balones en profundidad que llegaban. De alguna manera era diferente a los demás. Pero eso se lo debo a Luis Aragonés, que fue quien apostó por esa idea. Nadie lo hizo así.
¿Cómo era Luis Aragonés?
Era diferente, porque todo fue diferente en Luis. Date cuenta de que él jugaba con Bermejo, con Irureta, con Alberto…, y un día, de buenas a primeras, le dijo Vicente Calderón, el presidente: «Mañana, Luis, usted en la caseta de entrenador». Y desde el primer día en que cogió el primer equipo del Atlético empezó a llamar de usted a todos esos que habían sido sus compañeros, así que Luis nos trataba siempre de usted, desde su exigencia, desde sus enfados, desde sus cosas…
¿Y cómo eran esas cosas?
Te voy a contar una anécdota de cuando fuimos al Bernabéu a jugar un partido de Liga. Estábamos todos preparados y, de pronto, pregunta Vilda: «Oye, ¿sabéis dónde está el míster?». Fuimos a buscarlo y no lo encontró nadie. No estaba en ningún lado del estadio. Y cuando estamos calentando en el césped aparece, le preguntamos dónde se había metido y contesta: «Vengo del cajero, he sacado doscientas mil pesetas que me voy a ir a jugar al casino después de ganar a estos». Y, efectivamente, le metimos un 0-4 al Madrid, que tenía a Miguel Ángel en la portería.
¿Y ganó o perdió en el casino?
No, eso ya no lo recuerdo.

Era jugador Luis, era bebedor, era fumador.
Fumador, sí, pero ¿bebedor? Yo le vi tomarse una cerveza o tomarse un whisky, pero nunca le vi tomarse siete whiskies o doce cervezas… Los jueves, después de los partidillos, íbamos tres o cuatro con él a tomar algo y nos tomábamos una o dos cervezas con unas gambas o con unos boquerones en vinagre… Pero jamás le vi borracho ni medio tocado. Otra cosa es si me hablas de fumar: fumaba muchísimo, sí, era casi una parte de él.
En aquella época se fumaba en los vestuarios.
Los había, los había. Pero te diría que, a lo sumo, yo solo he visto fumar en el vestuario a uno o a dos, Futre y Alemão, porque los que fumaban, o los que fumábamos, lo hacíamos discretamente. Mira, yo en esa época me fumaba cuatro cigarros al día, que eso es nada. Y si lo hacía era porque mi cuerpo me lo pedía. Me fumaba uno o dos después de comer o de cenar, no más.
Entonces no se decía que fuese perjudicial.
Es que yo no fumaba como para que fuese malo. Si me hubiese fumado un paquete diario, entonces hubiese sido diferente. Pero, mira, Prosinečki, que se fumaba un paquete al día o dos, corría como un animal. Por eso nunca se sabe. Es verdad que a lo mejor duras hasta los treinta y cinco en vez de hasta los treinta y siete…, porque cuanto más te cuides se supone que es mejor. Pero yo te hablo de lo que he vivido.
¿En los años ochenta el fútbol era una ciudad sin ley?
Había jugadores más duros, sí. De eso no cabe duda. Pero es que el fútbol era de otra manera. Ahora tú rozas a uno y te sacan tarjeta, vayas con buena o con mala intención. En aquella época, en cambio… ¿Quién no recuerda a Goikoetxea cuando se cargó a Maradona y a Schuster, a los dos?
Yo sí.
En la primera entrada no le pasó nada, y en la segunda ya sí estuvo sancionado los seis meses que duró la lesión, porque eso no podía ser: tú no puedes hacer entradas de ese tipo. Pero es que en esa época algunos abusaban por el equipo en el que estaban. Fíjate en Chendo, Camacho, Hierro…, y no les enseñaban ni tarjeta. Fue una época dura, en cualquier caso. Camus, Sañudo, Liceranzu… Los que te estoy diciendo tendrían que haber estado casi hasta en la cárcel (risas). Cuando se enfrentaba a ellos, Hugo Sánchez se ponía espinilleras por delante y por detrás, y es que Hugo era muy listo.
Cuando Hugo Sánchez vino a España con veinte años ya había terminado la carrera de dentista.
No, la carrera de dentista la terminó aquí.
El caso es que vino muy joven.
Sí, vino una primera vez en la que el Atlético lo devolvió a los corrales por malo. Pero como lo tenía firmado volvió al año siguiente, y es cuando rompe. Recuerdo un entrenamiento en el que remató con toda su fuerza y me pegó un balonazo en los testículos, y lo cogí del pecho: «Escucha, Hugo, que estamos entrenando, que casi me revientas». Porque él era un matador, fuese con el culo, con la puntera, con lo que fuese… No perdonaba a nadie. De ahí esa anécdota que te cuento.
¿Y cómo era en la distancia corta?
Nada. Un chaval normal. Yo he estado con él en la habitación y era una persona muy normal. No tenía amigos, pero al que quería se notaba que lo quería.
¿Y a ti te quería?
Sí, porque me llevó a sitios, y eso lo notas rápido. Mira, el primero que me quiso en el Atlético fue Luiz Pereira, que era un tipo impresionante. Cuando subí al primer equipo me tocó la habitación con él, y en pretemporada fuimos al Trofeo Ibérico, a Badajoz, y me llevó con él a un acto de Puma, y me acuerdo de que dijo a los organizadores: «A este chaval le dais lo mismo que me deis a mí». Era impresionante.
¿Cómo fue tu infancia?
A los nueve años salía del colegio y me iba a ayudar a mis hermanos mayores en la albañilería hasta las nueve de la noche. Luego, a los catorce, empecé a trabajar en una tienda de abanicos en Sol y me echaron a las tres semanas porque faltaba los sábados por la tarde, porque yo jugaba al fútbol. Recuerdo que decía que tenía un bautizo y, como ni aun así me daban permiso, no hacía caso: «Pues yo me voy al bautizo», les decía.

Fue una infancia dura.
Desde los catorce años, cuando empecé en la tienda de discos, entrenaba a las siete y media en el parque de El Retiro los martes y los jueves. Pero de lunes a viernes me levantaba a las cinco y cuarto de la mañana, porque a las cinco y media me recogía mi jefe. Tenía que ir a trabajar al lado del cementerio de La Almudena. La suerte es que me llevaba el jefe, pero tardaba casi una hora.
Eso ahora sería inconcebible en un adolescente.
Había días en los que terminaba de cenar a las doce, entre que llegaba a casa de entrenar, me duchaba, me cambiaba y demás. Luego me levantaba a las cinco. Así que no dormía más de cinco horas. Llegaba el sábado y tenía que jugar, y así fue desde los catorce hasta los dieciocho años.
El fútbol te sacó de esa vida.
Cuando firmo por el Atlético de Madrid, y estoy terminando el servicio militar, todavía sigo trabajando en la tienda de discos. Una vez que dejé la tienda ya es otra cosa, sí, claro. Entreno por las mañanas y por las tardes, si acaso, echo una mano a mis hermanos. Pero había compañeros del Atlético Madrileño que limpiaban colegios, otros que trabajaban con los padres, porque en aquella época era diferente. Ahora subes al primer equipo y ya estás cobrando un millón de euros: yo no viví eso.
No tenías representante.
En mi época no lo recuerdo. Yo creo que empezó Manuel García Quilón con su hermano cuando vinieron Juanito y Vizcaíno al Atlético de Madrid. Entonces es cuando empezaron los representantes. El mismo Petón, con Fernando Torres. Pero yo siempre he pensado que el representante te da igual. Lo que quiere es llevarte de un sitio a otro, negociar y llevarse su parte.
Negociabas tú mismo.
Claro, es lo que te estoy diciendo.
¿Le sacaste mucho dinero al fútbol?
Le saqué dinero, pero nada que ver con lo de hoy. Nuestra época fue otra. El mismo Maradona: en el Barcelona tendría ciento cincuenta millones de ficha, que no llega ni a un millón de euros de los actuales. Pues Maradona en esta época estaría cobrando no menos de veinte millones de euros. La diferencia es abismal. Si yo estuviese ahora, como estuve, trece temporadas en el primer equipo del Atlético, sería multimillonario, y no lo soy.
Era otro mundo.
El primer piso que me compré lo hice con letras. Fue al lado del tanatorio de la M-30, unas casas que hizo Nuevo Mundo. Tuve que estar tres años pagando ese piso con la ficha. Luego es verdad que estaban las dietas, las primas… Pero ahora cualquier futbolista del primer equipo que se quiera comprar un piso lo paga con la ficha del primer año y le sobra. A mí me costó tres años.
Cuando te retiras, ¿qué patrimonio tienes?
Fui listo. Fui como una hormiguita. Cuando me retiré tenía un patrimonio de cien millones de pesetas. Gracias a Dios, hoy no dependo de nadie. Vivo con lo que tengo y con lo que he invertido. Pero, si no me hubiese separado, estaría mejor, claro.
Luis Aragonés os instaba a invertir en ladrillo.
Siempre que he tenido un portero nuevo, sea de Madrid o de donde sea, lo primero que le he dicho es: «Déjate de coches y cómprate una casa donde creas que vas a terminar, que sea tuya, y ya, por lo menos, venga como venga el futuro, te aseguras de que no dormirás debajo de un puente».
Es una buena manera de ver el futuro.
En cuanto sacas el coche del concesionario pierde un 33 % de su valor. Una casa, en cambio, permanece para siempre. Por eso es la primera inversión. Mira, te voy a contar el caso de Pichu Cuéllar: cuando fichó por el Sporting de Gijón, le dije que no se le ocurriese alquilar una casa, que la comprase, que diese la entrada y la fuese pagando todos los meses. Si a los tres años te vuelves, cuando la vendas recuperas todo lo que has pagado e incluso le sacas un dinero que no le vas a sacar al alquiler. Lo que no haces es tirar 1.200 euros mensuales de alquiler cada año.

¿Y Pichu Cuéllar te hizo caso?
Claro. Cuéllar, antes de irse del Atlético, ya tenía una casa en Majadahonda y le compró un chalé a sus padres…; un tipo inteligente, en suma.
¿Cuál fue tu primer coche?
Un Renault 12.
¿Cuánto te duró?
Un año, porque a mi hermano, que me sacaba diecisiete años y nunca había tenido coche, le dio por sacarse el carné de conducir. Un día me dice mi madre que Manolo está buscando un coche y decido darle el mío. Le digo que me pague doscientas mil pesetas —a mí me había costado seiscientas mil— y yo, que ya llevaba unos años en el Atlético, me compré un Ford.
Una vez que te retiras, pasas a ser entrenador de porteros.
Estuve doce años en una primera etapa, en el Atlético de Madrid, el Beşiktaş, el Rayo y el Málaga, y luego otros diez años en el Atlético, hasta poco antes de la pandemia. Después hubo una propuesta para irnos a Georgia. Me iba a ir con Pantić. Pero empezó la guerra de Ucrania, la cosa se puso mal y decidimos no ir.
Fueron muchos años, en cualquier caso.
Tuve porteros y vestuarios difíciles, sí. Imagina un vestuario con dos porteros como Willy Caballero y Kameni, que los viví en el Málaga. Hay que entrenarlos, hay que estar y hay que convivir, y no es que la convivencia fuese difícil, porque desde el principio se lo dejé claro: «El que quiera trabajar, trabaja, y el que va a decidir quién juega y quién no es el míster», que era Schuster, no yo.
¿Y cómo fue entonces?
Pues ocurrió que Willy se hace daño un domingo y el otro, que era Kameni, entrenaba como una bestia y creía que iba a jugar la jornada siguiente. Llega el viernes, sale Caballero un poco al campo y Schuster lo pone de titular, y Kameni no veas cómo lloraba, como un crío. Y era razonable, porque después de cinco días sin entrenar tu compañero lo lógico es que hubiese jugado él, pero… No es fácil tratar a los dos igual, los mismos balones, los mismos ejercicios…
En tu época solo había dos extranjeros por equipo.
Pero entonces empezaron con los oriundos, que si los abuelos eran de Asturias o de Galicia, etcétera. Es verdad que en las épocas anteriores se emigraba mucho. En mi pueblo mismo. Yo soy de Tembleque, en Toledo, y de allí se iba la mayoría; solo se quedaban los que tenían tierras. Pero, en vez de marcharse al extranjero, mi familia me trajo a Madrid a los siete años con mis cuatro hermanos.
¿Qué es de tu vida?
Jubilado. Lunes, martes y miércoles estoy en Madrid, juego al pádel y ayudo a mi pareja con su nieta. El miércoles por la noche me voy al pueblo, y mi pareja viene el viernes y se queda hasta el domingo por la noche. Esa es mi vida. Ahora, en vacaciones, nos fuimos veintiún días a la República Dominicana porque podía permitírmelo. Es una vez al año. Cuando volví me fui al pueblo, y tan feliz.
Eso es lo importante.
Solo hago las cosas que me puedo permitir. De lo contrario, no saldría de mi casa. Pero, si salgo, me da igual entrar en un restaurante en el que dos personas te cuesten doscientos euros que cincuenta. Si voy a tener que estar mirando el precio, no salgo. Para eso me tomo una cerveza en mi casa y me basta. Lo que te quiero decir es que me adapto a lo que tengo.
¿Qué pensión te ha quedado como exfutbolista del Atlético de Madrid?
Para vivir. Lo primero, porque no necesito mucho. No tengo muchas obligaciones: los seguros médicos, el agua, la luz, el gasóleo del pueblo y luego tomarme alguna cerveza. No soy de gastarme doscientos euros en un partido de tenis o en un concierto. No voy ni cuando me invitan al palco. Así que imagina. Yo voy al pueblo y soy feliz con los amigos en una barbacoa.
Se puede vivir con lo justo, en definitiva.
Soy de los que a veces se preguntan: si a mí me tocan ciento cincuenta millones del Euromillón, ¿en qué mejoraría mi vida? ¿En qué tiene que mejorar? ¿Acaso lo necesita? Pues a lo mejor, en vez de vivir en una casa de 110 metros, me iría a otra con una habitación más, puede ser, no te digo que no; pondría suelo radiante de calor y frío, y luego un coche alto, no de seiscientos mil euros, pero alto, sí, para que si tienes un accidente no te mates… Pero, ya ves, tendría que pensarlo mucho. No soy de gastar por gastar ni por aparentar. En esta vida nunca quise eso para mí. Me gusta pasar inadvertido.
¿Y la gente todavía te reconoce?
Te diría que en mi urbanización hay diez portales, tengo confianza con cinco y muy pocos saben que jugué en el Atlético, y si no lo supiese nadie, mejor. Yo no vivo del recuerdo. Hago mi vida, me meto en la piscina con la nieta de mi pareja, juego al pádel, me echo la siesta… No necesito más para ser feliz. No soy de grandes gastos. No los necesito.
En definitiva, no te hace falta ganar lo que gana Simeone.
No lo he ganado nunca ni lo voy a ganar, así que nunca he estado en esa situación. No me puedo comparar. También te digo que respeto absolutamente lo que cobra Simeone. Pero yo lo haría de otra manera. Es más, si me pidiesen opinión, le daría la oportunidad de cobrar más si logra los objetivos, ganar una Champions, una Copa, una Liga…, porque, al final, el fútbol son títulos.


Mejías fue un gran guardameta todavía lo recuerdo al final de su carrera cuando tras la gran temporada de Abel Resino lo tuvo que sustituir en la final de la Copa del Rey de 1991 contra el
Mallorca donde el » Mejillón » lo dio todo y la Copa del Rey se fue a las vitrinas de el estadio Vicente Calderón.